24 de octubre del 2026: sábado de la vigésima novena semana del tiempo ordinario II-San Antonio María Claret, obispo-memoria libre
Testigo de la fe:
San Antonio María Claret (1807-1870)
Obispo y fundador.
Fundador de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, conocidos como Misioneros Claretianos. Este evangelizador catalán, según recordó Benedicto XVI, «trabajó con constante generosidad por la salvación de las almas». Su existencia estuvo marcada por la pasión de anunciar a Jesucristo y una profunda devoción a la Virgen María.
Nació el 23 de diciembre de 1807 en Sallent, Barcelona, en una familia dedicada a la fabricación de tejidos. Durante su juventud trabajó en el oficio textil, pero la llamada de Dios lo condujo al seminario de Vic. Fue ordenado sacerdote el 13 de junio de 1835. Se entregó a las misiones populares, recorriendo Cataluña y, posteriormente, las islas Canarias. Su predicación sencilla y fervorosa invitaba a la conversión y acercaba el Evangelio a la vida del pueblo.
Comprendió también la importancia de la palabra escrita para evangelizar. Publicó catecismos, devocionarios y numerosos folletos, y promovió la Librería Religiosa, fundada en 1848. El 16 de julio de 1849, junto con cinco sacerdotes, fundó en Vic la congregación claretiana, para extender el anuncio de la Palabra de Dios.
Nombrado arzobispo de Santiago de Cuba y consagrado obispo en 1850, ejerció su ministerio con espíritu misionero. Visitó las comunidades, impulsó la formación del clero, promovió la educación y emprendió iniciativas en favor de los pobres. En 1855 fundó, junto con María Antonia París, las Religiosas de María Inmaculada Misioneras Claretianas. Su labor encontró fuertes resistencias: sufrió calumnias y atentados, entre ellos el de Holguín, en 1856, que estuvo a punto de costarle la vida.
En 1857 fue llamado a Madrid como confesor de la reina Isabel II. Continuó predicando y escribiendo, y participó posteriormente en el Concilio Vaticano I. Murió en el exilio, en la abadía de Fontfroide, Francia, el 24 de octubre de 1870. Pío XII lo canonizó el 7 de mayo de 1950.
Su testimonio nos invita a alimentar la misión con la oración, a comunicar la fe por todos los medios a nuestro alcance y a unir siempre el anuncio del Evangelio con el servicio concreto a nuestros hermanos.
Una relación de causa y efecto puesta en cuestión
Como en el episodio del ciego de nacimiento del Evangelio de Juan (Jn 9), Jesús cuestiona el vínculo establecido entre la desgracia y el pecado, como ya lo habían hecho antes de él algunas voces de la tradición bíblica, especialmente el libro de Job. El sufrimiento de una persona no permite deducir su culpabilidad ante Dios.
Los amigos de Job pretendían explicar sus desgracias atribuyéndolas a faltas que debía de haber cometido. Sin embargo, Job se resistía a esa explicación, y Dios mismo terminó reprochando las palabras de sus amigos. El pecado puede ocasionar sufrimientos reales, propios y ajenos; pero sería injusto interpretar toda enfermedad, accidente o pérdida como un castigo por los pecados de quien los padece. El dolor del inocente exige respeto, compasión y humildad ante el misterio.
En el Evangelio de Lucas, Jesús responde a quienes le cuentan la matanza de unos galileos ordenada por Pilato. Añade otro acontecimiento: la muerte de dieciocho personas al desplomarse la torre de Siloé. En ambos casos rechaza que las víctimas fueran más pecadoras que los demás. A continuación, dirige a todos una llamada urgente: «Si no se convierten, todos perecerán de la misma manera» (Lc 13,3.5). Esta advertencia invita a cada oyente a examinar su propia vida y a reconocer su necesidad de conversión.
La parábola de la higuera ilumina esa llamada. El propietario busca frutos y encuentra un árbol estéril. El viñador pide un tiempo más y se compromete a cavar alrededor y abonarlo. Podemos reconocer en sus cuidados una imagen de la paciencia misericordiosa de Dios: el Señor sigue trabajando nuestra tierra y ofreciendo oportunidades para que nuestra existencia fructifique. El tiempo concedido reclama una respuesta.
Esta Palabra nos invita a revisar nuestra manera de mirar a quienes sufren. Ante una persona herida por la vida, estamos llamados a acercarnos, escucharla y ayudarla. También nos mueve a reconocer aquello que necesita cambiar en nosotros: una reconciliación aplazada, una injusticia tolerada, una indiferencia que se ha vuelto costumbre.
La paciencia de Dios es una oportunidad para aprender a amar y dar fruto. Hoy podemos acoger su gracia mediante un gesto concreto de conversión: pedir perdón, reparar un daño, acompañar a alguien que está solo o compartir con quien necesita ayuda.
Señor Jesús, líbranos de juzgar a quienes sufren. Danos un corazón compasivo y dispuesto a la conversión. Cultiva nuestra vida con tu Palabra y haznos fructificar en justicia, misericordia y amor. Amén.
***************
Primera lectura
Ef 4, 7-16
Cristo es la cabeza, del cual todo el cuerpo se procura el crecimiento
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios.
HERMANOS:
A cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo. Por eso dice la Escritura:
«Subió a lo alto llevando cautivos
y dio dones a los hombres».
Decir «subió» supone que había bajado a lo profundo de la tierra; y el que bajó es el mismo que subió por encima de los cielos para llenar el universo.
Y él ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelistas, a otros, pastores y doctores, para el perfeccionamiento de los santos, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al Hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud. Para que ya no seamos niños sacudidos por las olas y llevados a la deriva por todo viento de doctrina, en la falsedad de los hombres, que con astucia conduce al error; sino que, realizando la verdad en el amor, hagamos crecer todas las cosas hacia él, que es la cabeza: Cristo, del cual todo el cuerpo, bien ajustado y unido a través de todo el complejo de junturas que lo nutren, actuando a la medida de cada parte, se procura el crecimiento del cuerpo, para construcción de sí mismo en el amor.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal 121, 1bc-2. 3-4ab. 4cd-5 (R.: cf. 1bc)
R. Vamos alegres a la casa del Señor.
V. ¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén. R.
V. Jerusalén está fundada
como ciudad bien compacta.
Allá suben las tribus,
las tribus del Señor. R.
V. Según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia,
en el palacio de David. R.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. No me complazco en la muerte del malvado —dice el Señor—,
sino en que se convierta y viva. R.
Evangelio
Lc 13, 1-9
Si no se convierten, todos perecerán lo mismo
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
EN aquel momento se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de los sacrificios que ofrecían.
Jesús respondió:
«¿Piensan que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos porque han padecido todo esto? Les digo que no; y, si no se convierten, todos perecerán lo mismo. O aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre en Siloé y los mató, ¿piensan que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les digo que no; y, si no se convierten, todos perecerán de la misma manera».
Y les dijo esta parábola:
«Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró.
Dijo entonces al viñador:
“Ya ves, tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a perjudicar el terreno?”.
Pero el viñador respondió:
“Señor, déjala todavía este año y mientras tanto yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto en adelante. Si no, la puedes cortar”».
Palabra del Señor.
1
Dios sigue cultivando nuestra vida
Queridos
hermanos y hermanas:
Cuando
conocemos la enfermedad de una persona, una muerte inesperada o una tragedia
familiar, nuestro corazón se llena de preguntas. Buscamos una explicación para
lo que nos resulta doloroso e incomprensible. A veces, incluso entre creyentes,
aparecen expresiones que pueden aumentar el sufrimiento: «Algo habrá hecho»,
«Dios le está cobrando», «Eso le pasó por sus pecados».
Hoy
Jesús nos enseña a mirar con mayor respeto el dolor de nuestros hermanos y a
reconocer con sinceridad aquello que necesita cambiar en nuestra propia vida.
Le
cuentan la muerte de unos galileos que Pilato había mandado matar. Jesús
recuerda también a dieciocho personas que murieron cuando se desplomó la torre
de Siloé. Sus palabras son claras: aquellas víctimas no eran más pecadoras ni más
culpables que los demás. La
desgracia que padece una persona no nos autoriza a condenarla.
Esta
enseñanza nos hace recordar al ciego de nacimiento. Los discípulos querían
saber quién había pecado para que aquel hombre naciera ciego: él o sus padres.
Jesús rechazó esa manera de explicar su condición y se acercó a sanar su vida.
También el libro de Job había cuestionado la pretensión de atribuir todo
sufrimiento a una culpa personal. Ante el dolor del inocente, nuestras
explicaciones pueden resultar muy pequeñas. Nuestra capacidad de acompañar, en
cambio, siempre puede crecer.
Por
eso, cuando visitemos a un enfermo, acompañemos a una familia en duelo o
encontremos a alguien atravesando una situación difícil, procuremos que
nuestras palabras lleven consuelo. Hay momentos en los que una presencia fiel,
una oración sencilla o una ayuda concreta dicen mucho más que una explicación
apresurada.
Después
de defender a las víctimas de aquellos juicios injustos, Jesús dirige a todos
una advertencia: «Si no se convierten, todos perecerán de la misma manera».
Es
una llamada seria. Nuestra vida tiene un horizonte eterno, y el pecado puede
apartarnos de la comunión con Dios. La conversión nos invita a revisar el rumbo
que llevamos, a abandonar el mal y a dejarnos reconciliar con el Señor. La fe
no nos vuelve inmunes a las enfermedades o los accidentes; nos enseña a vivir
nuestra fragilidad unidos a Cristo.
Podemos
pasar mucho tiempo examinando los defectos de los demás y dejar pendiente
nuestra propia transformación. Hoy el Evangelio nos devuelve una
responsabilidad muy personal: reconocer el rencor que conservamos, la
injusticia que toleramos, la reconciliación que seguimos aplazando. Como
recordó el papa Francisco al comentar este pasaje, nuestras decisiones egoístas
y violentas hieren las relaciones; la conversión abre espacio al amor y a la
fraternidad.
Para
ayudarnos a comprenderlo, Jesús cuenta la parábola de una higuera que lleva
tiempo sin producir fruto. El dueño propone cortarla. El viñador pide una
oportunidad más y se compromete a trabajar la tierra y abonarla.
Quienes
conocen el campo saben que cultivar exige atención. Hay que observar la tierra,
cuidar las raíces, quitar lo que impide crecer y esperar con paciencia. El
viñador de la parábola está dispuesto a hacer ese trabajo.
Así podemos contemplar el cuidado que Dios tiene de
nosotros.
El Señor conoce nuestras posibilidades y también nuestras resistencias. Nos
alcanza con su Palabra, nos fortalece mediante los sacramentos y pone a nuestro
lado personas que nos ayudan a levantarnos.
Pero
la parábola conserva toda su seriedad: el tiempo concedido está orientado a dar
fruto. La paciencia de Dios nos compromete. Hoy podemos comenzar ese cambio que
llevamos tanto tiempo dejando para después.
La
primera lectura nos ayuda a reconocer los frutos que el Señor espera. San Pablo
enseña que Cristo ha distribuido sus dones para edificar su cuerpo, que es la
Iglesia. Apóstoles, evangelizadores, pastores y maestros están al servicio de
una comunidad llamada a crecer hasta alcanzar la madurez en Cristo.
Esto
nos incluye a todos. Cada bautizado ha recibido una gracia que puede poner al
servicio de los demás. Una persona sabe escuchar; otra puede enseñar; otra
tiene capacidad para organizar; otra sostiene a su familia con una entrega
silenciosa. También quien está enfermo puede ofrecer su oración y recibir, con
dignidad, el cuidado de sus hermanos. Todos tenemos un lugar en el cuerpo de
Cristo.
Pablo
nos propone crecer «viviendo la verdad con caridad». Necesitamos esa madurez
para hablar con honestidad y delicadeza, corregir sin humillar y mantenernos
firmes en la fe. Una comunidad crece cuando sus miembros aprenden a cuidarse y
a asumir su responsabilidad.
El
salmo expresa la alegría de caminar juntos: «Qué alegría cuando me dijeron:
“Vamos a la casa del Señor”». Los peregrinos se acercan a Jerusalén, ciudad que
reúne al pueblo para alabar a Dios.
También
nosotros hemos venido a la casa del Señor trayendo historias diferentes:
preocupaciones, agradecimientos, cansancio, esperanza. Aquí el Señor nos reúne
como hermanos. La alegría de encontrarnos con él está llamada a prolongarse al
regresar a casa: en el trato con nuestra familia, en la disposición para servir
y en el cuidado de la unidad. Sería un hermoso fruto de esta Eucaristía que
alguien pudiera sentirse más acompañado gracias a nosotros.
En
san Antonio María Claret encontramos una vida que produjo abundantes frutos.
Fue predicador, escritor, fundador y arzobispo de Santiago de Cuba. Anunció el
Evangelio, promovió la formación cristiana y se preocupó por las necesidades de
los pobres. Comprendió, además, que la palabra escrita podía llegar a lugares
donde él personalmente no alcanzaba a estar.
Su
ejemplo nos anima a poner nuestros medios al servicio de la fe. Una
conversación, un mensaje, una publicación o un espacio de radio pueden ayudar a
alguien a encontrarse con Cristo. Necesitamos cuidar lo que comunicamos y
procurar que nuestras palabras estén acompañadas por una vida coherente.
Claret
quiso que sus misioneros fueran hijos del Inmaculado Corazón de María. Por eso,
su recuerdo nos conduce de manera muy natural a nuestra Madre del Cielo, a
quien encomendamos especialmente este sábado.
María
acogió la Palabra y permitió que transformara toda su existencia. Su
disponibilidad se hizo servicio cuando fue al encuentro de Isabel; su atención
descubrió la necesidad de los esposos en Caná; su fidelidad la mantuvo junto a
la cruz. En ella contemplamos un corazón plenamente abierto a Dios y cercano al
sufrimiento humano.
Pidámosle
que nos enseñe a escuchar, a perseverar y a servir. Que nos ayude a reconocer
los cuidados que Dios nos ofrece y a responder con generosidad.
Hermanos,
acerquémonos a la mesa eucarística con confianza. Cristo nos entrega su vida y
nos fortalece para amar. Cada uno puede poner hoy ante él un propósito
concreto: pedir perdón, reparar un daño, visitar a alguien, retomar la oración
o asumir un servicio en la comunidad.
Señor
Jesús, gracias por seguir cultivando nuestra vida. Danos compasión ante el
dolor ajeno, sinceridad para reconocer nuestros pecados y decisión para
convertirnos. Por intercesión de san Antonio María Claret y de la
Bienaventurada Virgen María, haz que nuestros dones edifiquen tu Iglesia y que
nuestra vida produzca frutos de amor. Amén.
2
Queridos
hermanos y hermanas:
La
Palabra de Dios nos invita hoy a reconocer la bondad del arrepentimiento. El
Señor quiere que acojamos su misericordia y permitamos que su gracia transforme
nuestra vida. Escuchemos de nuevo las palabras con las que comienza el
Evangelio:
«Algunas
personas le contaron a Jesús lo sucedido a los galileos cuya sangre Pilato
había mezclado con la sangre de sus sacrificios. Él les respondió: “¿Piensan
que, por haber sufrido de esta manera, esos galileos eran más pecadores que
todos los demás galileos? ¡De ninguna manera! Pero les digo que, si no se
arrepienten, todos perecerán como ellos”» (Lc 13,1-3).
En
tiempos de Jesús, estaba extendida la creencia de que el sufrimiento y las
tragedias eran señales de un castigo divino. El incidente que acabamos de
mencionar constituye uno de esos ejemplos. Aunque ni las Escrituras ni otros
registros históricos proporcionan detalles adicionales de este acontecimiento,
puede inferirse razonablemente del pasaje que Pilato había ordenado la matanza
de ciertos judíos, quizá incluso en el Templo de Jerusalén mientras
participaban en el culto. A los ojos de la gente, aquel acontecimiento
horroroso parecía indicar que Dios estaba disgustado con esas víctimas y había
permitido su muerte como una forma de justicia divina.
Jesús
se refiere después a otra tragedia reciente, en la que dieciocho personas
murieron cuando la torre de Siloé se desplomó sobre ellas. Muchos interpretaban
también este suceso como una señal del juicio y del desagrado de Dios.
Sin
embargo, Jesús corrige esta idea equivocada y la transforma en una llamada
personal al arrepentimiento. Deja claro que quienes sufrieron no eran más
pecadores que los demás. Esta afirmación debió de hacer reflexionar seriamente
a sus oyentes. Nadie quería compartir el destino de quienes habían sido
asesinados por Pilato o aplastados por la torre que se derrumbó. Al aclarar que
aquellas personas no eran más pecadoras que el resto, Jesús habría captado la
atención de quienes lo escuchaban y provocado un profundo examen interior.
En
lugar de permitir que sus oyentes se concentraran en las faltas ajenas, Jesús
los llama a examinar su propia vida: «Pero les digo que, si no se arrepienten,
todos perecerán como ellos». En otras palabras, la verdadera tragedia no es la
muerte física, sino la muerte espiritual: la pérdida eterna que procede de un
corazón que no se arrepiente. Jesús dirige la conversación desde el juicio
sobre los demás hacia un reconocimiento serio de nuestra propia necesidad de
conversión. Enseña que el sufrimiento en esta vida no siempre es consecuencia
del pecado, pero que el pecado del que no nos arrepentimos conduce finalmente
al sufrimiento mucho más grave y permanente de la separación de Dios.
La primera lectura nos ayuda a comprender hacia dónde nos
conduce la conversión. San Pablo presenta una comunidad llamada a crecer hasta
alcanzar la madurez de Cristo. El Señor ha dado sus dones a cada uno y ha
suscitado diversos ministerios para edificar su cuerpo, que es la Iglesia.
Nuestra vida cristiana tiene una meta: crecer en la fe, en el conocimiento del
Hijo de Dios y en el amor.
Por
eso, arrepentirse forma parte de nuestro crecimiento. Cuando reconocemos una
falta, pedimos perdón y procuramos reparar el daño, permitimos que Cristo
transforme nuestra manera de relacionarnos. La conversión personal beneficia
también a toda la comunidad: una familia encuentra paz cuando alguien abandona
su orgullo; una comunidad se fortalece cuando sus miembros renuncian a la
mentira, al resentimiento y a la división. Así vamos creciendo unidos a Cristo,
nuestra cabeza.
Detente
en oración ante esas dos tragedias y contémplate dentro de ellas. Aunque
resulte desagradable, imagina que eres una de aquellas personas asesinadas por
Pilato mientras ofrecían culto a Dios en el Templo. O imagina que te encuentras
junto a la torre de Siloé cuando se desploma sobre ti. Un pensamiento así nos
sacude. En nuestros tiempos, podríamos imaginar una muerte repentina en un
accidente de tránsito o ser asesinados durante un robo. ¿Por qué querríamos
detenernos a considerar esas posibilidades? Porque Jesús contrapone esos
sufrimientos visibles e imaginables con un mal mucho mayor: la negativa a
arrepentirse.
La
enseñanza es directa: si con razón nos estremecemos ante la posibilidad de
experimentar una de esas tragedias, cuánto más deberíamos estremecernos ante la
idea de no arrepentirnos. Al decir: «Si no se arrepienten, todos perecerán»,
Jesús quiere que percibamos la urgencia del arrepentimiento. Quiere que tomemos
una conciencia tan profunda de nuestros pecados que huyamos de ellos como
huiríamos de una torre que se está derrumbando. De hecho, nuestra urgencia
debería ser todavía mayor, y nuestra decisión aún más firme, cuando se trata de
apartarnos del pecado.
A
veces, la palabra «arrepentirse» tiene una connotación negativa. Puede
parecernos dura, acusadora o condenatoria. Nuestra inclinación al orgullo,
propia de nuestra condición caída, nos tienta a resistirnos, justificándonos
con la idea de que no somos «grandes pecadores» y de que deberíamos
concentrarnos únicamente en lo bueno. Pero esa actitud constituye un grave
error, porque uno de los mayores bienes que podemos realizar es, precisamente,
arrepentirnos y volver a unirnos al amor de Dios por medio de su misericordia.
Hermanos,
el Evangelio completo de este día ilumina esa bondad mediante la parábola de la
higuera. El árbol lleva tiempo sin dar fruto. El viñador pide una oportunidad
más y se compromete a cavar alrededor y abonarlo. Podemos reconocer en sus
cuidados la paciencia con la que el Señor trabaja nuestra vida.
La
misericordia nos ofrece tiempo y ayuda para responder. Dios nos llama a una
conversión posible, sostenida por su gracia. Podemos comenzar hoy con una
confesión sincera, una reconciliación pendiente o la decisión de abandonar una
conducta que está haciendo daño. La oportunidad que recibimos merece una
respuesta concreta.
El salmo nos permite reconocer la alegría de ese regreso a
Dios:
«Qué alegría cuando me dijeron: “Vamos a la casa del Señor”». Los peregrinos
caminan hacia Jerusalén para encontrarse con el Señor y alabarlo como pueblo
reunido. También nosotros podemos recorrer el camino del arrepentimiento con
esperanza. Volver a Dios significa acercarnos a quien nos ama y desea nuestra
vida.
Esa
alegría puede comenzar de manera muy sencilla: al dejar de ocultarnos detrás de
nuestras excusas y atrevernos a decirle al Señor: «He pecado; necesito tu
perdón». El sacramento de la Reconciliación nos ofrece ese encuentro con la
misericordia de Cristo. Allí podemos entregar nuestras heridas, reconocer
nuestra responsabilidad y recibir la gracia para continuar el camino.
Reflexionemos
hoy sobre la facilidad con la que podemos caer en la trampa de sentirnos
demasiado seguros de nosotros mismos, concentrándonos en los pecados ajenos o
restando importancia a nuestra necesidad de conversión diaria. Meditemos en la
urgencia con la que habla Jesús. Dejemos que sus palabras penetren nuestra
conciencia y despierten en nosotros un santo temor: no ante la muerte física,
sino ante un corazón endurecido que se niega a arrepentirse. Corramos entonces
hacia el Señor con confianza, humildad y dolor por nuestros pecados, seguros de
que su misericordia es siempre mayor que nuestros fracasos.
En
este sábado recordamos a san Antonio María Claret, cuya predicación misionera
invitaba a las personas a acercarse a Cristo y renovar su vida cristiana. Su
entrega al anuncio del Evangelio y su amor al Inmaculado Corazón de María nos
animan a acoger la gracia con generosidad y a compartirla con los demás.
Nos
confiamos también a la Bienaventurada Virgen María. Ella, plenamente abierta a
la voluntad de Dios, nos enseña a escuchar su Palabra y a responder con
fidelidad. Pidámosle que acompañe nuestro camino de conversión y nos ayude a
perseverar cuando nos cueste cambiar.
Al
acercarnos a la Eucaristía, presentemos al Señor nuestra vida tal como está. Él
conoce nuestras debilidades y nos ofrece su amor salvador. Hagamos nuestra la
oración con la que concluye esta reflexión:
Señor de misericordia, tú no deseas la muerte del pecador,
sino que volvamos a ti y vivamos. Ayúdame a ver claramente mis pecados, a
dolerme de ellos con un corazón contrito y a volver a ti sin demora. Haz del
arrepentimiento mi camino diario, ayúdame a reconocer su bondad y atráeme cada
vez más profundamente hacia la alegría de tu amor salvador. Jesús, en ti
confío.
Amén.
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