23 de marzo del 2025: tercer domingo de Cuaresma- Ciclo C

 

Contra toda lógica

En este episodio se introduce en la enseñanza de Jesús un triste acontecimiento actual: han muerto hombres, algunas víctimas de la violencia de los poderosos, otras víctimas de un giro fatal del destino. En ambos casos, las muertes son injustas e inexplicables y, sin embargo, el reflejo de los contemporáneos de Jesús es tratar de justificarlas atribuyéndolas a la justicia divina.

Ahora, Jesús aprovecha la oportunidad para denunciar firmemente la idea de que Dios castiga de esta manera a los hombres pecadores. Pero sobre todo quiere ponernos en guardia: es inmensamente grave atribuir a Dios una violencia que le es fundamentalmente ajena, y es igualmente grave encerrarnos en las falsas representaciones que de él nos creamos. Porque al hacerlo somos nosotros mismos los que nos condenamos: si transmitimos la idea de que la desgracia que nos sucede es expresión de la justicia de Dios, nos separamos de su bondad.

El riesgo entonces es que entremos en el cara a cara con Dios cargados con el peso de una condenación que será fruto, no de alguna voluntad divina, sino de nuestra mirada corrompida.

Jesús quiere darnos acceso a una visión completamente distinta del mundo en la que Dios es como ese paciente viñador que, contra toda lógica, no desespera de un árbol que sin embargo permanece estéril. Una vez más Jesús nos entrega su mensaje: la misericordia de Dios es una inversión absoluta de nuestra lógica.


¿Cuál es mi visión de Dios?

¿Quién es Él realmente para mí?

¿Cómo puedo dejar que me convierta a su increíble amor?


¿Cómo me mira Dios?

¿Estoy dispuesto a considerar que Él me considerará con la misma benevolencia que el viñador que nunca dejará de esperar que la higuera dé fruto? 

Marie-Caroline Bustarret, teóloga, profesora en las facultades de Loyola París




PRIMERA LECTURA

LECTURA DEL LIBRO DEL ÉXODO 3, 1-8a. 13-15

 

En aquellos días, pastoreaba Moisés el rebaño de su suegro Jetró, sacerdote de Madián; llevó el rebaño trashumando por el desierto hasta llegar a Horeb, el monte de Dios. El ángel del Señor se le apareció en una llamarada entre las zarzas. Moisés se fijó: la zarza ardía sin consumirse. Moisés se dijo:

—Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver cómo es que no se quema la zarza.

Viendo el señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza:

—Moisés, Moisés.

Respondió él:

—Aquí estoy.

Dijo Dios:

—No te acerques; quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado.

Y añadió:

—Yo soy el Dios de tus Padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob.

Moisés se tapó la cara, temeroso de ver a Dios. El Señor le dijo:

—He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oídos sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. Voy a bajar a librarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra, para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa, tierra que emana leche y miel. Moisés replicó a Dios:

—Mira, yo iré a los israelitas y les diré: el Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si ellos me preguntan cómo se llama este Dios, ¿qué les respondo?

Dios dijo a Moisés:

—Soy el que soy.

Esto dirás a los israelitas:

—Yo soy, me envía a vosotros.

Dios añadió:

—Esto dirás a los israelitas: Yahvé (El-es) Señor Dios de vuestros padres, Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, me envía a vosotros. Este es mi nombre para siempre: así me llamaréis de generación en generación.

Palabra de Dios

 

SALMO RESPONSORIAL

SALMO 102

 

R.- SEÑOR ES COMPASIVO Y MISERICORDIOSO.

 

Bendice alma mía, al Señor,

y todo mi ser a su santo nombre.

Bendice, alma mía, al Señor,

y no olvides sus beneficios. R.-

 

Él perdona todas tus culpas,

y cura todas tus enfermedades;

Él rescata tu vida de la fosa

y te colma de gracia y de ternura. R.-

 

El Señor hace justicia

y defiende a todos los oprimidos;

enseñó sus caminos a Moisés

y sus hazañas a los hijos de Israel. R.-

 

El Señor es compasivo y misericordioso,

lento a la ira y rico en clemencia;

como se levanta el cielo sobre la tierra,

se levanta su bondad sobre sus fieles. R.-

 

 

SEGUNDA LECTURA

LECTURA DE LA PRIMERA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS CORINTIOS 10, 1-6. 10-12

 

No quiero que ignoréis, hermanos, que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube y todos atravesaron el mar y todos fueron bautizados en Moisés por la nube y el mar; y todos comieron el mismo alimento espiritual; y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la misma roca espiritual que les seguía; y la roca era Cristo. Pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto. Estas cosas sucedieron en figura para nosotros, para que no codiciemos el mal como lo hicieron nuestros padres. No protestéis como protestaron algunos de ellos, y perecieron a manos del Exterminador. Todo esto les sucedía como un ejemplo: y fue escrito para escarmiento nuestro, a quien nos ha tocado vivir en la última de las edades. Por lo tanto, el que se cree seguro, ¡cuidado!, no caiga.

Palabra de Dios

 

 

 

 ACLAMACIÓN Mt 4, 17

Convertíos dice el Señor, porque está cerca el Reino de los Cielos.

 

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 13, 1-9

En una ocasión se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús le contestó:

— ¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no. Y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.

Y les dijo esta parábola:

—Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: “Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?” Pero el viñador contestó: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas”.

Palabra del Señor

 

 

 

1

 

Homilía del Tercer Domingo de Cuaresma - Ciclo C

Lecturas:

Éxodo 3,1-8a.13-15

Salmo 103(102),1-2.3-4.6-7.8 y 11

1 Corintios 10,1-6.10-12

Lucas 13,1-9

 

Introducción

Queridos hermanos y hermanas en Cristo, hoy nos encontramos en el tercer domingo de Cuaresma, un tiempo de gracia y conversión.

Las lecturas de este día nos invitan a reflexionar sobre la misericordia de Dios, su paciencia con nosotros y la necesidad de una conversión genuina en nuestras vidas.

Nos llaman a reconocer la presencia divina, a no confiarnos en nuestras seguridades humanas y a dar frutos dignos de nuestra fe.

Dios nos llama al encuentro

La primera lectura del libro del Éxodo nos presenta el momento en que Moisés se encuentra con Dios en la zarza ardiente. Moisés no esperaba este encuentro, pero Dios sale a su encuentro para encomendarle una misión: liberar a su pueblo de la esclavitud. Aquí vemos cómo el Señor no es un Dios lejano, sino cercano, atento a nuestro sufrimiento y dispuesto a intervenir.

En nuestra vida cotidiana, también hay "zarzas ardientes", momentos y situaciones en las que Dios nos llama y nos interpela. La pregunta es: ¿Estamos atentos a su voz? ¿Nos dejamos interpelar por Él? Dios se revela como "Yo soy", un nombre que expresa su eternidad, su fidelidad y su presencia constante. En este tiempo de Cuaresma, estemos atentos a su llamado y respondamos con generosidad.

No confiarnos ni descuidarnos

San Pablo, en su carta a los Corintios, nos recuerda que el pueblo de Israel recibió bendiciones inmensas, pero muchos cayeron por su falta de fidelidad. Nos advierte que no basta con haber recibido la gracia de Dios; también debemos perseverar en el camino de la fe. A veces pensamos que estamos firmes en nuestra vida espiritual, pero si descuidamos nuestra relación con Dios, podemos caer.

La Cuaresma nos invita a examinarnos con humildad y a fortalecer nuestra vida espiritual a través de la oración, el ayuno y la caridad.

Dios es paciente, pero espera frutos

El Evangelio de Lucas nos presenta dos enseñanzas fundamentales: primero, Jesús responde a la noticia de la tragedia de los galileos asesinados por Pilato y de los que murieron por el derrumbe de la torre de Siloé. Sus palabras nos invitan a dejar de pensar que las tragedias son un castigo divino reservado a los más pecadores. No es que aquellos que sufren sean peores que los demás, sino que todos necesitamos conversión.

Con frecuencia, buscamos explicaciones para el sufrimiento y caemos en la tentación de creer que las desgracias son señales de un mayor pecado. Jesús nos corrige: lo esencial no es preguntarse por qué sufren los demás, sino reconocer que cada uno debe examinar su propia vida y convertirse. Su advertencia es clara: "Si no se convierten, todos perecerán de la misma manera".

La verdadera urgencia no es explicar el dolor del mundo, sino responder a la llamada de Dios con una transformación profunda del corazón.

A continuación, Jesús narra la parábola de la higuera estéril. El dueño quiere cortarla porque no da frutos, pero el viñador pide una oportunidad más para cuidarla y abonarla. Aquí vemos reflejada la paciencia de Dios con nosotros. Nos da oportunidades para cambiar, para dar frutos, para crecer en el amor y en las obras buenas.

Jesús nos llama a no vivir en la indiferencia espiritual. A veces, nos acostumbramos a una vida de fe superficial, sin frutos concretos de conversión. Esta parábola nos recuerda que, aunque Dios es paciente, el tiempo de gracia que nos da no es infinito. No podemos posponer nuestro cambio de vida esperando "otro momento mejor". El llamado es hoy, el momento de la conversión es ahora.

Además, el viñador que intercede por la higuera es una imagen de Cristo, quien no solo nos da otra oportunidad, sino que nos cuida y nos fortalece con su gracia. Su amor no es un amor pasivo; es un amor que actúa, que nos riega con su palabra y nos alimenta con los sacramentos. De nosotros depende acoger esta gracia y responder con una vida renovada en el amor y el servicio.

Así, el evangelio de hoy nos deja una doble enseñanza: por un lado, la misericordia de Dios, que nos da nuevas oportunidades; por otro, la urgencia de responder con frutos de conversión.

No basta con simplemente existir dentro de la Iglesia, sino que estamos llamados a dar testimonio vivo de nuestra fe con nuestras obras.

Conclusión

Queridos hermanos, este domingo nos recuerda que Dios nos llama, nos acompaña y nos da oportunidades para convertirnos. Pero también nos invita a tomar en serio nuestra fe y a dar frutos. Aprovechemos este tiempo de Cuaresma para escuchar su voz, fortalecer nuestra vida espiritual y vivir según el Evangelio.

Que la Eucaristía que celebramos hoy renueve nuestro compromiso de seguir a Cristo con corazón sincero.

Pidamos la intercesión, inspiración y protección de la Santísima Virgen María, Estrella del Mar, Madre de Misericordia.

Que ella nos ayude a acoger la gracia de Dios con un corazón abierto, a perseverar en la conversión y a dar frutos de amor y justicia en nuestra vida cotidiana.

Bajo su amparo, caminemos con confianza hacia la Pascua, renovados en la fe y en el amor de Cristo. Amén.

 

1B


“¿POR QUÉ?”

   

VER

En pocas semanas he tenido conocimiento de problemas que están sufriendo varias personas de mi entorno: enfermedades graves, conflictos familiares muy serios, otras circunstancias repentinas que afectan dolorosamente a las personas… Esto provoca, en quienes pasan por esas situaciones, que se pregunten ‘¿por qué?’. Pero esta pregunta, a menudo no tiene respuesta, y se cae en el fatalismo y la desesperanza. Y lo mismo ocurre con los grandes problemas mundiales: están ahí, millones de personas los sufren, pero la pregunta de ‘¿por qué?’ no encuentra una respuesta satisfactoria y, lo que es peor, tampoco se les ve vías de solución o, por lo menos, de avance.

JUZGAR

Es lógico que, ante el dolor, el sufrimiento, propio o ajeno, nos preguntemos ‘¿por qué?’ y busquemos respuestas y, si podemos, busquemos culpables.

Pero es muy común que no encontremos una causa concreta o un culpable para esas situaciones.

Es lo que Jesús ha dicho en el Evangelio, cuando “se presentaron algunos a contar lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de los sacrificios que ofrecían”; y lo que Jesús añade al referirse a “aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre en Siloé y los mató”. La gente buscaba explicaciones, ‘culpables’, pero Jesús les responde: “¿Pensáis que eran más pecadores que los demás…? Os digo que no”. Hay cosas malas que ‘ocurren’, que nos sobrevienen, sin más, sin que sean consecuencia de algo que nosotros o los demás hemos hecho. Y esto lleva, también muy a menudo, a otras preguntas: ‘¿Y por qué Dios no hace nada? ¿Por qué no lo ha evitado? ¿Por qué no me saca de ésta? ¿Por qué no me cura o cura a esta persona?’. Y, como tampoco para esta pregunta hay una respuesta clara, surge la desesperanza y, al final se acaba negando la existencia de Dios o abandonándolo porque nos parece que no nos hace caso. Pero, como hemos escuchado en la 1ª lectura, Dios no es indiferente al dolor y sufrimiento: “He visto la opresión de mi pueblo… he oído sus quejas… conozco sus sufrimientos… He bajado a librarlo de los egipcios”.

Bajó entonces por medio de Moisés, siguió bajando por medio de diferentes miembros de su pueblo, y finalmente bajó Él mismo en su Hijo hecho hombre, que murió y resucitó por nosotros y por nuestra salvación, para librarnos de la desesperanza que provoca el dolor y el sufrimiento.

De ahí la llamada de Jesús: “Si no os convertís, todos pereceréis…”

La Cuaresma es el tiempo para ‘convertirnos’, para confiar más en este Dios que no nos protege del sufrimiento, que no responde a nuestros ‘¿por qué?’ sino que se mete con nosotros en medio del sufrimiento para que, por su muerte y su resurrección, encontremos en Él nuestra fuerza y esperanza.

Cuando, como es lógico ante el sufrimiento, nos preguntemos ‘¿por qué?’, podemos tener presentes las palabras del Papa Francisco en la Bula de convocatoria del Jubileo: «La vida está hecha de alegrías y dolores, el amor se pone a prueba cuando aumentan las dificultades y la esperanza parece derrumbarse frente al sufrimiento. Pero en tales situaciones, en medio de la oscuridad se percibe una luz; se descubre cómo lo que sostiene es la fuerza que brota de la cruz y de la resurrección de Cristo.  Cristo murió, fue sepultado, resucitó, se apareció. Por nosotros atravesó el drama de la muerte. El amor del Padre lo resucitó con la fuerza del Espíritu. La esperanza cristiana consiste precisamente en esto: ante la muerte, donde parece que todo acaba, se recibe la certeza de que, gracias a Cristo, a su gracia, que nos ha sido comunicada en el Bautismo, recibimos en Él resucitado el don de una vida nueva, que derriba el muro de la muerte».

ACTUAR

¿Estoy atravesando alguna situación de especial sufrimiento?

¿Me pregunto y pregunto a Dios ‘por qué’?

¿Me desespero?

¿Siento la necesidad de convertirme a este Dios que padece con nosotros?

En Cuaresma se nos recuerda especialmente que «la vida cristiana es un camino, que también necesita momentos fuertes para alimentar y robustecer la esperanza, compañera insustituible que permite vislumbrar la meta: el encuentro con el Señor Jesús».

Aprovechemos este tiempo para que la oración individual y comunitaria, la Eucaristía, el Sacramento de la Reconciliación… sean para nosotros verdaderos momentos fuertes de conversión que alimenten nuestra fe y nuestra esperanza en Jesús, muerto y resucitado

Los ‘¿por qué?’ seguirán a menudo sin respuesta, pero «nosotros, en virtud de la esperanza en la que hemos sido salvados, mirando al tiempo que pasa, tenemos la certeza de que la historia de la humanidad y la de cada uno de nosotros no se dirigen hacia un punto ciego o un abismo oscuro, sino que se orientan al encuentro con el Señor de la gloria. Vivamos por tanto en la espera de su venida y en la esperanza de vivir para siempre en Él».


2

¡Arrepentirse ¡

Este Evangelio nos habla de desgracias que han afectado profundamente la mente de las personas: Galileos masacrados mientras presentaban su ofrenda a Dios y 18 muertos al caer la Torre de Siloé. Y nosotros mismos pensamos en todos los desastres que azotan nuestro mundo, las tormentas e inundaciones que ocurren periódicamente, las víctimas de la violencia, los accidentes o las enfermedades. En el tiempo de Jesús, se pensaba comúnmente que esto se debía a los pecados de las víctimas. Y nosotros mismos escuchamos a veces a personas muy afectadas por la enfermedad que se preguntan: “¿Qué le he hecho yo a Dios para sufrir tanto?”

Pero la Biblia nos dice en varios lugares que Dios no tiene nada que ver con eso. Las desgracias no son un castigo de Dios por nuestras faltas. Entonces ¿por qué tanto sufrimiento?

En la Biblia encontramos el libro de Job que plantea esta cuestión de la manera más aguda: Enumera las respuestas que los hombres han inventado desde el principio de los tiempos. Los familiares de Job intentan hacerle comprender que si le aquejan tantas desgracias es a causa de sus pecados y que debe aprovecharlo al máximo. Pero la conclusión es clara: el sufrimiento no es el castigo del pecado; Dios sólo viene a pedirle a Job que reconozca dos cosas: primero, que el control de los acontecimientos está fuera de su control; En segundo lugar, que debe experimentar todo lo que sucede sin perder nunca la confianza en su creador.

Ante el horror de la masacre y la catástrofe de la Torre de Siloé, la gente se dirige a Jesús para pedirle una respuesta clara; Él es categórico: no hay ningún vínculo: no hay ningún vínculo entre el sufrimiento y el pecado.

Otro día le harán la misma pregunta acerca de un hombre que nació ciego: ¿Quién pecó para que naciera así? ¿Él o sus padres? Y Jesús responderá: «Ni él ni sus padres». Jesús deja así abierta la difícil cuestión de la relación entre la desgracia y el pecado personal. Una cosa es cierta: Dios es amor. Ciertamente no es un justiciero sin corazón.

Lo vemos en la primera lectura: vio la miseria de su pueblo y llamó a Moisés para liberarlos. El mismo Dios ve todas las desgracias que hoy abruman a los hombres, mujeres y niños; y sigue invitándonos a construir un mundo más justo y fraterno, un mundo abierto a compartir y a acoger a los demás. Nuestro Dios se reconoce en los que sufren, en los que tienen hambre, en los que son extranjeros. A través de los pobres, es Jesús a quien acogemos o rechazamos: Él mismo nos dice: «cada vez que lo hicisteis con uno de estos más pequeños, conmigo lo hicisteis». (Mt 25)

Se trata pues de una llamada urgente que se nos dirige en este tiempo de Cuaresma. Debemos tomar muy en serio las palabras de Jesús: “Si no os convertís, pereceréis como ellos”. No, no es una amenaza, no es Dios quien nos va a hacer perecer; Somos nosotros los que vamos hacia nuestra ruina. Por eso Cristo nos exhorta a no dejar nuestra conversión para mañana. La muerte puede ocurrir inesperadamente. El peligro más grave es el de la muerte eterna, la que separa definitivamente al hombre de Dios. Por tanto, todos están invitados a convertirse, a cambiar su comportamiento y a alejarse de sus pecados. Dios sólo quiere nuestra felicidad. Él espera de nosotros una vida bella y fructífera. Pero si nos negamos a escuchar su llamado, seremos nosotros mismos quienes provocaremos nuestra propia desgracia.

Jesús desarrolla su enseñanza contándonos la historia de esta higuera que no produce fruto. Desde hace tres años, el árbol no produce ni un solo higo y corre el peligro de ser talado. El enólogo pide un año de aviso para darle a esta higuera los cuidados que necesita para que dé fruto. Hoy somos esta higuera que debe traer alegría y orgullo a su Señor. Nuestro Dios está ansioso por darnos lo mejor, pero es muy paciente cuando espera que sus hijos descarriados regresen.

Desde el 5 de marzo hemos entrado en el tiempo de Cuaresma. El Señor estaba esperando ansiosamente este momento. Su único deseo es entrar en nuestros corazones y reinar allí. ¿Le permitiremos que lo haga abriéndole la puerta de nuestros corazones?

Él lo desea incluso más que nosotros.

Cuando los hombres, las mujeres y los niños vuelven a Dios, cuando redescubren la oración y los sacramentos, cuando comienzan a compartir con los más necesitados, la Cuaresma es para él un verdadero momento de felicidad.

Gracias Señor por esta oportunidad que nos has dado. Bendito seas por tu amor, tu paciencia, tu misericordia. Concédenos que escuchemos tus llamados a convertirnos y volvernos hacia ti. Quédate con nosotros para que seamos siempre verdaderos testigos de tu amor en el mundo de hoy. Amén

 

3

Una estación (o periodo, o tiempo) para convertirse

Nos encontramos ya en el tercer domingo de Cuaresma. ¿Dónde estamos? ¿En qué parte del camino? ¿Cómo va la travesía del desierto, el esfuerzo en nuestra oración, nuestro ayuno, nuestros encuentros con los hermanos, nuestra penitencia para llegar con dignidad y con lo necesario a la fiesta de Pascua?

En el primer domingo, tratamos de comprender las tentaciones que nos asaltan y que nos hacen desviar de nuestro camino. La semana pasada, es en el misterio del rostro que nos detuvimos, el rostro de Jesús que se manifiesta en su Verdad, a través su Transfiguración, nuestro propio rostro a veces máscara, a veces luz.

Hoy se trata de una higuera estéril. Jesús cuenta una parábola donde el esquema se remonta mucho tiempo atrás en la cultura de su tiempo. Sabemos que la higuera es quizás el primer objeto de la agricultura y que esta data de tiempos remotos, a propósito nos dice WIKIPEDIA: Fue una de las primeras plantas cultivadas por el hombre. Un artículo en la revista Science constataba el hallazgo de nueve higos fosilizados fechados alrededor de 9400-9200 a. C. en el poblado neolítico Gilgal I, en el Valle del Jordán. Debido a que las higueras son del tipo partenocarpico, constituyen una de las especies domesticadas. Este hallazgo antecede la domesticación del trigo, la cebada y las legumbres, por lo que puede ser el primer caso conocido de agricultura.

Había también un pequeño relato que databa del siglo V antes de Cristo y se escuchaba en tiempos de Jesús: había un árbol de higuera que se encontraba rodeado de agua y que no daba fruto. Su dueño quiere tumbarlo. El árbol le dijo: “trasplántame y si todavía soy estéril, entonces córtame. Pero el propietario le dijo: “cuando estabas entre el agua no dabas ningún fruto, como pretenderás querer dar fruto en otra parte?

(J. Jeremias, les paraboles de Jésus, p.168).

En el tiempo de Jesús, en una cultura oral, la gente tenía historias comunes, parábolas, cuentos, relatos que cada quien retoma e interpretaba a su manera…Ocurre como con el cuento de Caperucita Roja, a mí me gusta contar la versión donde es la abuela quien mata al lobo. Jesús era manifiestamente un buen contador de cuentos y utilizaba un viejo fondo folclórico para transformarlos.

He aquí entonces un hombre que ha plantado una higuera en su viña, era la costumbre de hacerlo así, de tal modo que las viñas llegaban a ser igualmente huertos con diversos frutos. El dueño ha plantado una higuera, pero la higuera no da frutos. Este árbol, como el mango de mi infancia, tenía probablemente muchas hojas, pero nada de frutos. El texto dice que el propietario espera higos en vano después de 3 años. Normalmente, ese es el tiempo que necesita una higuera para dar frutos. Agreguemos otros 3 años donde el dueño espera en vano y nos encontramos con que son 6 años ya en los que la higuera se nutre del suelo, pompea el agua del terreno, da sombra a la viña, pero no reporta nada. La decisión normal, entonces, es cortarla. “¿Para qué ha de ocupar terreno?”, dice el texto del evangelio (v.7). Si se corta, se tendrá al menos fuego para la chimenea y calentarse, se podría decir. Cuando estuve en Canadá, por ejemplo, supe de personas que cortan arboles de acer (maple en inglés o érable en francés) para una ganancia inmediata.

Pero Jesús cambia el relato. A pesar de los 6 años de esterilidad, el viñador pide un año más: “el tiempo para que yo pueda cavar a su alrededor y echarle abono”. (v.8).

¿Qué es lo que quiere decir esta historia? Me parece que es directo y simple. Jesús dice a quienes lo escuchan que están retardados para producir frutos. Se espera de ellos la bondad, la dulzura, la generosidad. Se espera los frutos normales de la experiencia cristiana: la esperanza, una cierta manera de vivir, de ver la vida y la muerte, de orar, de cantar. Pero los frutos no llegan. Será entonces el tiempo del juicio y del rechazo.

Pero no es esta la imagen de Dios que Jesús vehicula. No es la imagen del juicio y la condenación  sino más bien la de otra estación, de otro periodo, de un año más. El tiempo es como la paciencia y la solicitud de Dios, pero no para alentar la pereza, la negligencia, la despreocupación, sino para poner en práctica la esperanza en la obra (el trabajo, la vida, la existencia) y que los frutos aparezcan.

El peligro que nos amenaza todos los días, es la mediocridad. Uno termina por instalarse en un ronroneo (como los gatos), en un cierto conformismo espiritual, y donde las cosas parecen marchar por sí solas. Es eso lo que Pablo dice a los cristianos de Corinto. Ellos tienen el bautismo y la Eucaristía y porque ellos han recibido los sacramentos, se creen salvados y no hacen ya un esfuerzo más grande por cambiar de vida, cambiar la vida. 

Pablo les cuenta la historia de los padres, de los ancianos del tiempo de Moisés. Pablo utiliza una argumentación que nos desconcierta. Aquellos también habían conocido el bautismo. Ellos habían atravesado el mar y habían sido salvados por Dios. Y después en el desierto, habían sido alimentados y refrescados por Dios.

Alimentados por el maná que es como un pan, saciados de agua gracias a una roca. Y Pablo dice: “esta roca era ya Cristo”. Pablo deja entender que los antiguos (antepasados) tenían lo que equivalía al bautismo y a la eucaristía: el maná y el agua, es comer y beber.

Ahora, los padres han pecado. Ellos recriminaron contra Dios. Ellos adoraron los ídolos, se desanimaron. Ellos practicaron cosas indignas. Esto también puede sucedernos.

Pablo evoca la idea de una punición, de un castigo. El dice que los padres han sido exterminados. Pablo creía probablemente en el castigo de Dios desde esta vida. Y en un determinado momento de su vida, parece que él creía que algunos no morirían y que la venida de Dios y con ello el fin del mundo, llegarían mientras estuvieran vivos. De ahí, entonces la idea muy extendida que la muerte era el castigo por el pecado.

Yo no pienso que las cosas ocurran así. Yo conozco tantos justos que sufren y tantas personas deshonestas que viven colmados y son adulados por tanta gente, que no creo mucho en ciertas formas de justicia inmanente (mientras se viva, sobre este mundo). De todos formas, buenos o malos, todos nosotros morimos. Mas yo pienso que es mejor producir, portar, dar frutos de amor, justicia y de paz (y no lo contrario a esto: odio, injusticia y guerra) mientras se está en vida. No es una cuestión de miedo o de castigo. Es una cuestión de realización (de plenitud) y felicidad profunda aquí abajo y ahora, y enseguida en el otro mundo.

Me gusta la parábola de Jesús que nos dice que Dios nos da un tiempo de más para convertirnos y dar verdaderos frutos. Estamos en el tiempo de la paciencia de Dios, o mejor, en el tiempo de la solicitud (cuidado, esmero) y de la incitación de Dios. La perspectiva no es: aun 6 meses y yo te voy a castigar, sino lo contrario: ¿Cuánto tiempo necesitas para encontrar tu madurez y aceptar tu ser?

Dios es un educador paciente, alguien que incita al crecimiento y al desarrollo. 

Una estación (periodo o tiempo) de Dios no es uno ni diez años. Ya han pasado poco más de 2000 años y pueden ser 10.000 todavía. Una temporada o tiempo de Dios son 100 o mil generaciones, ese largo tiempo de crecimiento que nos hará recorrer el camino desde el Homo Erectus hasta el Cristo total, aquel que Pierre Teilhard de Chardin llama el Cristo omega.

No nos es suficiente con ser bautizados y comulgar, ser practicantes regulares. Es necesario ir más lejos aun, hacer nacer lo imprevisible.

Hoy es el tiempo de Dios. Aquí y ahora, durante esta cuaresma. En lo efímero de nuestra vida personal, por otra parte,  no sabemos si estaremos acá todavía el año entrante o mismo en Pascua. Nuestra fragilidad es inmensa. La cuestión no es tener miedo de morir. La cuestión es de estar plenamente vivos aquí y entonces reportar todos los frutos que la vida divina puede producir en nosotros.

 Bienaventurados (felices) las higueras aferradas al árbol de Dios.

 

Puntilla:  

Con seriedad e insistencia, Jesús en nombre de su Padre, nos llama a la conversión. Mismo si nosotros no conocemos la dimensión ni como es la paciencia del Padre, debemos responder con premura al llamado del Hijo. Para convertirnos, importa mucho saber hasta qué punto nosotros somos amados


OBJETIVO DE VIDA PARA LA SEMANA

 (Escoger uno y tratar de ponerlo en práctica)

 

1.     Esta semana, trato de descubrir mejor la misión que el Señor me confía en el seno de mi comunidad parroquial, en mi ambiente espacio de trabajo o dentro de mi familia.

2.     Busco el sentido o significación del nombre que me fue dado en el bautismo. Le pregunto a mis padres o algún pariente porque mis progenitores han escogido ese nombre para mí

3.   Anoto sobre un trozo de papel un aspecto de mi vida que me gustaría mejorar durante el tiempo de cuaresma que me resta (la cuaresma termina entre el 6 y 13 abril). El próximo domingo, volveré a leer lo que he escrito para ver donde estoy o en donde voy con mi propósito.

 

 

 Referencias bibliográficas:

 

 http://prionseneglise.ca

 

 BEAUCHAMP, André. Comprendre la Parole, Novalis, Canadá, 2007

 

http://dimancheprochaiun.org

 

 


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