30 de marzo del 2025: cuarto domingo de cuaresma- año C

La alegría de volver

La Cuaresma es un tiempo de conversión y de alegría.

Este domingo celebramos la alegría de la conversión, tanto la del pecador que regresa a Dios como nuestra propia conversión cuando se trata de cambiar nuestra visión de Dios.

Jesús comparte con los pecadores y los fariseos se escandalizan. Quien come con ellos sólo puede ser cómplice del pecado y compartir su impureza.

Ante la acusación, Jesús no se justifica. Nos muestra el verdadero rostro del Padre. Y para ello narra una parábola de un padre admirable y dos hijos.

El hermano menor reclama su parte de la herencia. Quiere alejarse de su padre y llevar una vida propia. Anticipa su desaparición y se libera de su autoridad. Habiéndolo perdido todo, decide regresar a casa, sin saber que su padre lo espera para darle la ropa, el anillo de bodas y las sandalias para continuar su viaje. Se le devuelve su dignidad de hombre, pero más aún su dignidad de hijo. Dios no es un juez que castiga nuestras desviaciones sino un Padre amoroso que espera pacientemente nuestro regreso.

Al igual que los fariseos con respecto a Jesús, también el hijo mayor necesita cambiar su visión del padre. Él es el mayor obediente y fiel. Pero él demuestra ser incapaz de saborear su presencia y reconocer su amor por él. El padre todavía está obligado a salir a recibirlo. No son sus obras las que lo mantienen vivo, sino la ternura de su padre. Ojalá pueda él también entrar en la alegría de la salvación.

Somos sin duda los dos hijos de la parábola.

¿Cuál es nuestra alegría al leer este evangelio?


El Señor es quien me ama más de lo que yo he sido amado, ¿esto me ayuda a vivir mi fe de manera diferente? 

Vincent Leclercq, sacerdote asuncionista






PRIMERA LECTURA

LECTURA DEL LIBRO DE JOSUÉ
5, 9a.10-12

En aquellos días, el Señor dijo a Josué: -- Hoy os he despojado del oprobio de Egipto. Los israelitas acamparon en Guilgal y celebraron la pascua al atardecer del día catorce del mes, en la estepa de Jericó. El día siguiente a la pascua, ese mismo día, comieron el fruto de la tierra: panes ázimos y espigas fritas. Cuando comenzaron a comer del fruto de la tierra, cesó el maná. Los israelitas ya no tuvieron maná, sino aquel año comieron de la cosecha de la tierra de Canaán. Palabra de Dios.


SALMO RESPONSORIAL

SALMO 33

R.- GUSTAD Y VED QUE BUENO ES EL SEÑOR

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegran. R.-

Proclamad conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor y me respondió,
me libró de todas mis ansias. R.-

Contempladlo y quedareis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará.
Si el afligido invoca al Señor,
él lo escucha y lo salva de sus angustias. R.-


SEGUNDA LECTURA

LECTURA DE LA SEGUNDA CARTA DE SAN PABLO A LOS CORINTIOS
5, 17-21

Hermanos: El que es de Cristo es una criatura nueva: lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado. Todo esto viene de Dios, que por medio de Cristo nos reconcilió consigo y nos encargó el servicio de la reconciliación. Es decir, Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados, y a nosotros nos ha confiado el mensaje de la reconciliación. Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por medio nuestro. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios. Al que no había pecado, Dios lo hizo expiación por nuestros pecados, para que nosotros, unidos a él, recibamos la justificación de Dios. Palabra de Dios.


ACLAMACIÓN
Lc 15, 18

Me pondré en camino adonde está mi padre y le diré: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti”.



EVANGELIO LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS

15- 1-3.11-32

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos. -- Ese acoge a los pecadores y come con ellos. Jesús les dijo esta parábola: -- Un hombre tenía dos hijos: el menor de ellos dijo a su padre: "Padre, dame la parte que me toca de la fortuna" El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país, que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer. Recapacitando entonces se dijo: "Cuantos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: "Padre he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros." Se puso en camino adonde estaba su padre: cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió y echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”: Pero el padre dijo a sus criados: "Sacad enseguida el mejor traje y vestidlo, ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado." Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó que pasaba. Este le contestó: "Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud." El se indignó y se negaba a entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: "Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres le matas el ternero cebado." El padre le dijo: "Hijo, tu estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido, y lo hemos encontrado."
Palabra del Señor




REFLEXIÓN CENTRAL

Homilía

INDULGENCIA


VER

Debido a la celebración del Jubileo “Peregrinos de esperanza”, muchas personas han preguntado cómo ‘ganar la indulgencia’.

Éste es un término que, durante siglos y hasta hace poco tiempo, ha sido mal explicado y comprendido.

En general se entiende como una especie de ‘perdón fácil’, una ‘transacción comercial’ mediante la cual una persona hace unas prácticas religiosas o entrega una cantidad de dinero a cambio de ‘librarse’ de las penas derivadas de los pecados cometidos.

JUZGAR

Pero este año jubilar nos enseña qué es realmente la indulgencia.

En primer lugar, no es ‘algo que se gana’, sino que es un don de Dios, como nos dice el Papa Francisco en la Bula de convocatoria del Jubileo: «La indulgencia permite descubrir cuán ilimitada es la misericordia de Dios. No sin razón en la antigüedad el término “misericordia” era intercambiable con el de “indulgencia”, precisamente porque pretende expresar la plenitud del perdón de Dios que no conoce límites».

Y hoy en el Evangelio hemos escuchado la mejor expresión de esa misericordia y perdón de Dios sin límites: la parábola del padre misericordioso, en la que sus personajes, por medio de lo que hacen y dicen, nos enseñan qué es verdaderamente la indulgencia.

El hijo menor, tras el desprecio hecho a su padre (“dame la parte que me toca de la fortuna”) y el estilo de vida que ha llevado (“derrochó su fortuna viviendo perdidamente”), acaba reconociendo su pecado, aunque sea de un modo interesado (“cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre”), pero eso es suficiente para ponerse en camino “adonde estaba su padre”.

La indulgencia requiere, por tanto, que nos reconozcamos realmente pecadores. Seguidamente, confiesa su pecado: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti…La indulgencia conlleva la confesión sacramental: «La Reconciliación sacramental representa un paso decisivo, esencial e irrenunciable para el camino de fe de cada uno» (Bula).

Esto a muchos les supone un obstáculo, pero, como escribió el arzobispo de Valencia en su Carta Pastoral con motivo del Jubileo:

«A quienes han abandonado la práctica de este sacramento les quiero invitar a volver a él, para redescubrir el gozo de la salvación; a quienes lo viven de una forma rutinaria los animo a profundizar en su significado, a acoger la gracia de Dios que nos ayuda a intensificar la amistad con Él y a avanzar en el camino de la santidad. Soy consciente de que la mediación eclesial en la recepción del perdón es para muchos una dificultad, cuando en realidad debería ser una ayuda para una auténtica reconciliación: la humildad para reconocer y confesar nuestras faltas ante un ministro de la Iglesia nos ayuda a vivir este encuentro con Dios no con miedo».

Porque en el sacramento de la Reconciliación, por medio del ministro ordenado, vivimos lo que hizo el padre de la parábola: “Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas… se le echó al cuello y lo cubrió de besos…”

«En la Reconciliación sacramental permitimos que el Señor destruya nuestros pecados, que sane nuestros corazones, que nos levante y nos abrace, que nos muestre su rostro tierno y compasivo» (Bula).

Pero, «como sabemos por experiencia personal, el pecado “deja huella”, lleva consigo unas consecuencias; no sólo exteriores, en cuanto consecuencias del mal cometido, sino también interiores. En nuestra humanidad débil y atraída por el mal, permanecen los “efectos residuales del pecado”. Éstos son removidos por la indulgencia». Tras la confesión de nuestros pecados, Dios también dice: “Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies…” 

Esto es la indulgencia: Dios nos devuelve a nuestra dignidad inicial, nos restituye como verdaderos hijos suyos, como si nunca nos hubiéramos alejado de Él. La indulgencia es el regalo, el don que Dios pone a nuestro alcance especialmente en este año jubilar, invitándonos a recorrer de forma consciente el proceso del hijo menor de la parábola, porque «un camino de conversión vivido en profundidad no puede limitarse a la celebración del sacramento de la Reconciliación; debe ser un camino de purificación que todos debemos recorrer». (Carta pastoral)

ACTUAR

¿Qué idea tengo sobre la indulgencia?

¿Me he propuesto ‘ganarla’ en este año Jubilar?

¿Las prácticas externas (oración, confesión sacramental, peregrinación, comunión de bienes…) me ayudan vivir la indulgencia como un don de Dios y una experiencia de su amor misericordioso?

Decía la 2ª lectura: “En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios”.

«Las prácticas para vivir la indulgencia del año jubilar expresan la aspiración de que, no sólo nuestras obras, sino también nuestros deseos y nuestras intenciones broten de un corazón que quiere estar en la presencia del Señor en justicia y santidad. La indulgencia jubilar, expresión de la sobreabundancia del perdón y de la misericordia de Dios, es también el signo de que la gracia de Dios, además de perdonarnos, tiene poder para transformarnos interiormente» (Carta), como ocurrió con el hijo menor.


2

De tal padre tal hijo (a)…De tal palo tal astilla




Pensándolo bien, hay un poco de estos dos hermanos en cada uno de nosotros. A veces somos como el hijo menor. Buscamos construir nuestras vidas sin Dios. Nos aventuramos insensatamente en la autosuficiencia y negamos su existencia basados en las opiniones infundadas y los intereses ateos de otros, entre otras cosas, por ejemplo, nos dejamos arrastrar por la corriente manipuladora de los medios de comunicación…si, negamos con rapidez y negligencia el misterio del totalmente OTRO y nos entregamos irresponsablemente al ateísmo (negando a Dios)  sin profundizar en la propia fe, sin pedir a nuestros padres las razones de su creencia y sin adentrarnos siquiera un poco en nuestra ciencia teológica.

Pero cuando llega una crisis o afrontamos una dificultad, nos volvemos hacia Dios y esperamos que Él arregle todos nuestros problemas. Y entonces nos mostramos dispuestos a muchas conversiones de estómago, siempre y cuando Dios nos provea y nos de todo lo que deseamos.

En otras ocasiones nos parecemos al hijo mayor. Vemos a Dios como un amo o capataz exigente, alguien ante quien no tenemos otra elección que servir, mismo si deseamos hacer otra cosa; vemos a Dios como alguien que nos debe algo puesto que hacemos lo que Él nos manda. Y, sobre todo, nos parecemos al hijo mayor cuando se nos dificulta amar a los hermanos y hermanos (semejantes) que nos rodean.

Por fortuna, la Buena Noticia de este domingo no se encuentra del lado de los hijos. La Buena Noticia de este domingo la encontramos del lado del padre. Ante todo, él acepta dejar partir a su hijo menor con su herencia. Sin cesar, él mira constantemente hacia el horizonte con la esperanza de que volverá. Cuando a lo lejos lo ve volver, corre hacia él, se lanza entre sus brazos y lo cubre de besos. Él no le hace ningún reproche, pero a través de gestos concretos a su hijo más joven le restablece en su dignidad de hijo. Como dicen los mexicanos: ¡qué padre este hombre con corazón de madre!

Cuando Jesús nos cuenta la parábola del hijo prodigo, nos revela los verdaderos rasgos de Dios, nuestro Padre. Él nos dice de nuevo que Padre tan amoroso y amante tenemos. También, Jesús nos revela el deseo ardiente de nuestro Padre de devolvernos nuestra dignidad de hijos de Dios, su deseo de reconciliarnos con Él, su deseo de reconciliarnos los unos con los otros.

¿Cuál es nuestra reacción ante los hijos, la esposa, el marido, que nos dejan? ¿Ante la ingratitud o las calumnias que nos afectan, y mucho más cuando vienen de nuestros parientes y cercanos? ¿Cólera? ¿Venganza? ¿Palabras que matan? “Ojo por ojo, diente por diente “, “él está muerto, ella está muerta para mí. “Tú no eres más mi hija (o), mi padre, mi madre”.

¿Quieren conocer ustedes la alegría plena, la felicidad completa? Aprendan a parecerse o a asemejarse al Padre, a dar y a perdonar…que se pueda decir de nosotros: “De tal padre tal hijo (a)”, “Hijo de tigre sale pintado” …

Pero la parábola de Jesús termina sin que sepamos si el hijo mayor se reconciliará con su hermano. No sabemos tampoco si los dos hermanos reconocerán, en fin, se darán cuenta del padre extraordinario que tienen.

Nos corresponde a nosotros escribir el fin de la parábola en lo cotidiano de nuestras vidas.



REFLEXION 3

La comida de Jesús con pecadores es una expresión evidente de que no vino “a llamar a los justos sino a los pecadores” (5,32); es su costumbre contraria a la religiosidad “tradicional” la que está en cuestión; Jesús quiere cambiar el rostro de Dios como se ha dicho más de una vez, quiere reemplazar el Dios de la pureza por el Dios de la misericordia, sus comidas reflejan ese Dios que Jesús propone, uno que recibe a pecadores, a “todos”. Este marco de las comidas de Jesús que revela un nuevo rostro de Dios es el que el Señor quiere ahora mostrar en la parábola.

El Jesús que ama y prefiere a los pecadores, y come con ellos, no hace otra cosa que conocer la voluntad del Padre y realizarla concretamente, sus mesas compartidas y sus comidas nos hablan de Dios, ¡claramente! En el comportamiento de Jesús se manifiesta el comportamiento de Dios, Jesús mismo es parábola viviente de Dios: su acción es entonces una revelación. ¿Qué Dios, qué Iglesia, qué ser humano revelamos con nuestra vida? Con frecuencia, como hermanos mayores estamos tan orgullosos de no haber abandonado la casa del padre, que creemos saber más que Él mismo: “Dios es injusto”, para nuestras justicias; Dios es "de poco carácter" para nuestra inmensa sabiduría. Quizá, Dios ya esté viejo, para dedicarse a su tarea y debería jubilarse y dejarnos a nosotros...

Frente a tanta gente que rechaza la Iglesia ("creo en Dios, no en la Iglesia"), a veces decimos "pero Dios sí quiere la Iglesia", ¿no debemos preguntarnos constantemente qué Iglesia es la que Él quiere? ¿No debemos preguntarnos, en nuestras actitudes, qué Iglesia mostramos? Esta Iglesia, la que yo-nosotros mostramos, ¿es como Dios la quiere? Jesús, con su vida, y hasta con sus comidas, muestra el rostro verdadero de Dios, muestra la comunidad de mesa en la que él participa; hasta comiendo Él revela al verdadero Dios.

 Quizá debamos, de una buena vez, dejar nuestra actitud de hijo mayor, y ya que nos sale tan mal el papel de Dios, debamos asumir el papel de hijo menor; debemos volver a Dios para llenarlo de alegría, para participar de su fiesta; y, participando de su alegría empecemos a mostrar el rostro de la misericordia de este Dios de puertas abiertas.

La misma cena eucarística es expresión de la universalidad del amor de Dios: es comida para el perdón de los pecados. El Dios de la misericordia, no quiere excluir a nadie de su mesa; es más, quiere invitar especialmente a todos aquellos que son excluidos de las mesas de los hombres por su situación social, por su pobreza, por su sexo o por cualquier otro motivo; y va más allá, no ve con buenos ojos que crean participar de su cena quienes no esperan a sus hermanos excluidos de la mesa por ser pobres. El Dios que no hace distinción de personas, ama dilectamente a los menos amados. Sin embargo, muchas veces tomamos la actitud del hermano mayor. ¿Cuándo nos sentaremos en la mesa de los pobres, y abandonaremos nuestra tradicional postura soberbia y sectaria de "buenos cristianos"? ¿Cuándo nos decidiremos a participar de la fiesta de Dios reconociéndonos hermanos de los rechazados y despreciados? Jesús nos invita a su comida, una comida en la que mostramos -como en una parábola- cómo es el Dios, como es la fraternidad en la que creemos. Y nos mostraremos cómo somos hermanos, cómo somos hijos en la medida de participar de la alegría del padre y del reencuentro de los hermanos.   (Koinonia.org)

Lo primero que hay que hacer al escuchar esta parábola del Hijo Prodigo, es comparar la imagen que tenemos de Dios con la imagen que Jesús nos da de su Padre. El primer objetivo de la parábola es enseñarnos, en efecto, quién es Dios. 
Charles Peguy, ese gran poeta francés escribía: “Si todos los ejemplares del evangelio debieran ser destruidos en el mundo, sería necesario que se guardara al menos una página, aquella que relata la parábola del Hijo Prodigo para comprender quién es Dios: ese padre que aguarda, que espera, abre sus brazos, perdona y organiza una gran fiesta por el regreso de su hijo”.


4

Buscando lo perdido


En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos. -- Ese acoge a los pecadores y come con ellos. Jesús les dijo esta parábola

Lucas 15:1-3

¡Qué buena noticia! Nuestro Señor acoge a los pecadores y come con ellos. Por eso, ¡hay lugar en su mesa para ti!

A veces es difícil admitir que somos pecadores. Claro que en el fondo lo sabemos. Pero nuestro orgullo puede llevarnos fácilmente a justificar nuestro pecado, restarle importancia y concluir que, después de todo, no somos tan malos. Si piensas así, ten cuidado. Hacerlo te hará como los fariseos y escribas del pasaje anterior. Claramente, ellos no se consideraban pecadores, por eso condenaron a Jesús por recibir a pecadores y comer con ellos. 

El pasaje anterior proviene del comienzo del capítulo 15 del Evangelio de Lucas y sirve de introducción a tres parábolas posteriores.

Primero, nuestro Señor narra la parábola de la oveja perdida, luego la parábola de la moneda perdida y, finalmente, la parábola que se encuentra en el resto del pasaje del Evangelio de hoy, la parábola del hijo perdido.

En la primera parábola, el pastor que encuentra su oveja perdida se regocija.

En la segunda parábola, la mujer que encuentra su moneda perdida se regocija.

Y en la parábola que leemos hoy, el padre que encuentra a su hijo perdido se regocija y organiza una fiesta para celebrarlo.

Volvamos, de nuevo, al pasaje anterior que presenta estas tres parábolas: «Los publicanos y los pecadores se acercaban para escuchar a Jesús».

Una vez que se acercaron, Jesús les habló de la alegría de encontrar lo perdido.

Quizás, al hablar inicialmente de la oveja y la moneda perdidas, esto habría resonado en cierta medida con estos publicanos y pecadores. Pero entonces nuestro Señor les cuenta la larga y detallada historia de este muchacho que irrespeta a su padre, toma su herencia, la malgasta en una vida ilícita y termina sin nada. La historia expresa la confusión de este muchacho, su desesperación, su culpa y su vergüenza. Conocemos sus pensamientos, razonamientos, miedos y ansiedades.

Al reflexionar sobre esta parábola, procura comprender el efecto que tuvo en los publicanos y pecadores que se acercaron a nuestro Señor. Tenían hambre espiritual, igual que el hijo pródigo. Tenían un pasado lleno de arrepentimiento, igual que este joven. Estaban insatisfechos con la vida y buscaban una salida, igual que este hijo del padre amoroso. Por estas razones, aquellos publicanos y pecadores que se acercaron a Jesús quedaron fascinados por todo lo que Él les enseñó y también llenos de esperanza, al ver que ellos también podrían compartir la alegría que tan generosamente se concedió a este hijo descarriado.

Reflexiona hoy sobre la conmovedora imagen de estos publicanos y pecadores acercándose a Jesús. Aunque sintieran cierto temor y cautela, también albergaban esperanza.

Intenta comprender lo que debieron pensar y sentir al escuchar esta historia de la abundante misericordia del Padre.

Piensa en cómo se habrían sentido al descubrir que también había esperanza para ellos. Si tiendes a parecerte a los escribas y fariseos, rechaza esa tentación. En cambio, imagínate como uno de esos pecadores que se acercaron a nuestro Señor y serás motivo de alegría en el Corazón del Padre Celestial.

 

Señor amoroso y compasivo, publicanos y pecadores se sintieron atraídos hacia Ti. Encontraron en Ti a alguien que podía liberarlos de las cargas que llevaban dentro. Ayúdame a verme como una de esas almas humildes que necesitan de Ti y de Tu misericordia. Rechazo el orgullo que me lleva a la autojustificación y te pido humildad para poder acercarme a Ti y alegrar el Corazón del Padre Celestial. Jesús, confío en Ti.




OBJETIVO DE VIDA PARA LA SEMANA

1.     Verifico mi confianza en la misericordia de Dios: ¿estoy convencido que Dios me acoge y me perdona en todo lo que yo soy?

2.     Realizo gestos concretos que favorezcan la reconciliación: vivir el sacramento de la penitencia y de la reconciliación, volver a comunicarme o fortalecer los lazos con alguien de quien me había alejado, visitar una persona sola o marginada, colaborar con un organismo humanitario, etc.




ORACIÓNMEDITACIÓN

Hijo pródigo, hijo mayor,
Hija prodiga, hija fiel,
Padre inflexible y severo, padre alcahuete y bonachón,
¿Madre ingenua, madre vigilante?
Yo no sé quién o qué soy
Y me niego mismo a saberlo.
Yo querré justo y todo simplemente
Acoger la revelación del amor del Padre
Que Tú me develas (o descubres) en esta parábola, Señor.
Mis errores no acaban,
Por momentos hijo menor, a ratos hijo mayor,
Yo navego entre el perdón para mí
Y la severidad (exigencia) para el otro.
Permíteme hundirme simplemente en la alegría del Padre.

Amén.




REFERENCIAS:

https://www.prionseneglise.ca/


-       Pequeño misal “Prions en Église”, edición en francés, Quebec, 2013.

-        https://www.accioncatolicageneral.es/index.php/publicaciones/acompanantes/preparando-adultos



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