16 de marzo del 2025: segundo domingo de Cuaresma (Ciclo C)

 

Cuerpo de Cuaresma

Nuestros cuerpos son tocados por los elementos de la Cuaresma: la oración, la penitencia, el compartir.

Hoy también se habla de cuerpos: el cuerpo glorioso de Cristo, las personas centradas en el ombligo y los animales como signos de la Alianza.

El episodio de la Transfiguración anticipa la alegría pascual y testimonia una tensión interior en la fe, entre el encuentro deslumbrante con el Resucitado en el monte y el camino a través de la llanura de nuestra vida cotidiana.

Con los discípulos escuchamos la voz que nos señala a Cristo y gustamos esta Transfiguración que nos transporta. Pero también nosotros estamos en la llanura, dispuestos a dar testimonio como los discípulos que, al principio en silencio, terminaron contando lo que habían vivido, como habla San Lucas.

Esta misma tensión, entre el tiempo del Reino que llega a nosotros y las condiciones habituales de vida, explica el afecto exigente de Pablo. De este modo, da testimonio del modo de anticipar la vida nueva, a la que están prometidos nuestros pobres cuerpos, amando con pasión y delicadeza.

Finalmente, el sueño de Abram es ante todo el momento de la acción de Dios, que consume las ofrendas. Al mostrar que sólo los mamíferos están divididos en dos, el relato indica la posible actitud de los humanos que somos, cuando aceptamos que un fuego ardiente de amor recorre nuestras vidas.

Abriendo dos manos para acoger el cuerpo de Cristo, recibimos nueva fuerza para la semana que comienza, para vivir la Transfiguración al servicio de la humanidad.

¿Qué tiempo dedicaré a la Palabra?
¿A quién puedo contactar esta semana?
 

Luc Forestier, sacerdote de La Madeleine (diócesis de Lille)


Primera lectura

Gn 15,5-12.17-18

Dios inició un pacto fiel con Abrahán​

Lectura del libro del Génesis

EN aquellos días, Dios sacó a Abrán y le dijo: «Mira al cielo, y cuenta las estrellas, si puedes contarlas». Y añadió: «Así será tu descendencia». Abrán creyó al Señor y se le contó como justicia. Después le dijo: «Yo soy el Señor que te saqué de Ur de los caldeos, para darte en posesión esta tierra». Él replicó: «Señor Dios, ¿cómo sabré que voy a poseerla?». Respondió el Señor: «Tráeme una novilla de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón». Él los trajo y los cortó por el medio, colocando cada mitad frente a la otra, pero no descuartizó las aves. Los buitres bajaban a los cadáveres y Abrán los espantaba. Cuando iba a ponerse el sol, un sueño profundo invadió a Abrán y un terror intenso y oscuro cayó sobre él. El sol se puso y vino la oscuridad; una humareda de horno y una antorcha ardiendo pasaban entre los miembros descuartizados. Aquel día el Señor concertó alianza con Abrán en estos términos: «A tu descendencia le daré esta tierra, desde el río de Egipto al gran río Éufrates​»

Palabra de Dios


Salmo

Sal 27(26),1.7-8. 9abc.13-14 (R. 1a)

​R. ​E​l​ ​ ​Señor es mi luz y mi salvación.

V. El ​​Señor es mi luz y mi salvación,
​¿​a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar?
 R.

V. Escúchame, Señor,
 que te llamo;
ten piedad, respóndeme​.​
Oigo en mi corazón: ​
«​Busquen mi rostro.»
Tu rostro buscaré, Señor. 
R.

V. No me escondas tu rostro.
No rechaces con ira a tu siervo,
que tú eres mi auxilio;
no me deseches. 
R​.

​V. Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.
Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor. 
R.


Segunda lectura

Flp 3,17-4,1 (forma larga)

​Cristo nos configura según su cuerpo glorioso

Lectura de la Carta del apóstol San Pablo a los Filipenses

​HERMANOS:
Sean imitadores míos y fíjense en los que andan según el modelo que tienen en nosotros. Porque —como les decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos— hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas; solo aspiran a cosas terrenas. Nosotros, en cambio, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo. Así, pues, hermanos míos queridos y añorados, mi alegría y mi corona, manténganse así, en el Señor, queridos.


Palabra de Dios



Flp 3,20-4,1 (forma breve)

​Cristo nos configura según su cuerpo glorioso


​Lectura de la Carta del apóstol San Pablo a los Filipenses

​HERMANOS:

Nosotros, en cambio, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo. Así, pues, hermanos míos queridos y añorados, mi alegría y mi corona, manténganse así, en el Señor, queridos.


Palabra de Dios.


Aclamación

V. En el esplendor de la nube se oyó la voz del Padre​:​ «Este es mi Hijo amado, escúchenlo.»


Evangelio

Lc 9,28b-36

​Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió​

Lectura del santo Evangelio según San Lucas

EN aquel tiempo, tomó Jesús a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto del monte para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de resplandor. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su éxodo, que él iba a consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros se caían de sueño, pero se espabilaron y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras estos se alejaban de él, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». No sabía lo que decía. Todavía estaba diciendo esto, cuando llegó una nube que los cubrió con su sombra. Se llenaron de temor al entrar en la nube. Y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo». Después de oírse la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por aquellos días, no contaron a nadie nada de lo que habían visto. 

Palabra del Señor.



1

Promesas divinas


Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

En este segundo domingo de Cuaresma del ciclo C, la liturgia nos invita a profundizar en nuestra fe a través de las lecturas que nos presentan. Estas nos llevan a reflexionar sobre la alianza de Dios con Abraham, nuestra ciudadanía celestial y la Transfiguración de Jesús.

Primera Lectura: La Alianza con Abraham (Génesis 15, 5-12. 17-18)

La primera lectura nos relata el momento en que Dios establece una alianza con Abraham. Dios lo saca al exterior y le dice: "Mira al cielo, y cuenta las estrellas, si puedes contarlas. Así será tu descendencia".

A pesar de su avanzada edad y de la esterilidad de su esposa Sara, Abraham creyó en el Señor, y esta fe le fue contada como justicia. Dios le promete una descendencia numerosa y la posesión de una tierra. Para sellar esta promesa, se realiza un rito de alianza, según lo acostumbrado en la época, y así  una humareda de horno y una antorcha ardiendo pasan entre los animales sacrificados, simbolizando la presencia de Dios que confirma su pacto.

Este pasaje destaca la fe inquebrantable de Abraham, quien confía plenamente en las promesas divinas, incluso cuando las circunstancias parecen imposibles. Su fe es un ejemplo para nosotros, invitándonos a confiar en Dios y a mantenernos firmes en la esperanza, especialmente en momentos de incertidumbre.

Salmo Responsorial: Salmo 26

El salmista proclama: "El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?". Este salmo es una expresión de confianza absoluta en Dios, quien es nuestra luz en medio de las tinieblas y nuestra salvación en tiempos de peligro. Nos invita a buscar constantemente el rostro del Señor y a esperar con valentía su intervención en nuestras vidas.

Segunda Lectura: Nuestra Ciudadanía Celestial (Filipenses 3, 17—4, 1)

En la segunda lectura, San Pablo exhorta a los filipenses a ser imitadores suyos y a fijarse en quienes viven según el modelo que han aprendido. Advierte sobre aquellos que viven como enemigos de la cruz de Cristo, centrados en cosas terrenales, cuyo destino es la perdición. En contraste, nos recuerda que "nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo". Él transformará nuestro cuerpo humilde en un cuerpo glorioso, semejante al suyo, con el poder que tiene para someter todas las cosas.

Esta lectura nos invita a reflexionar sobre nuestra verdadera identidad como cristianos. Aunque vivimos en el mundo, nuestra ciudadanía está en el cielo. Estamos llamados a vivir de manera coherente con esta realidad, orientando nuestra vida hacia los valores del Reino de Dios y esperando con esperanza la transformación que Cristo obrará en nosotros.

Evangelio: La Transfiguración de Jesús (Lucas 9, 28b-36)

El Evangelio de hoy nos presenta el relato de la Transfiguración.

Jesús toma a Pedro, Juan y Santiago y sube a una montaña para orar. Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante.

Aparecen Moisés y Elías conversando con Él sobre su "éxodo" que iba a cumplirse en Jerusalén. Los discípulos, aunque vencidos por el sueño, se despiertan y contemplan la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con Él. Pedro, en su asombro, propone hacer tres tiendas para prolongar ese momento, pero una nube los cubre y se escucha una voz que dice: "Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo". Después de oírse la voz, Jesús se encuentra solo y los discípulos guardan silencio sobre lo que han visto.

La Transfiguración es una manifestación anticipada de la gloria de Jesús, que fortalece la fe de los discípulos ante la pasión que se avecina. Moisés y Elías representan la Ley y los Profetas, indicando que Jesús es el cumplimiento de las Escrituras. La voz del Padre reafirma la identidad de Jesús como su Hijo amado y nos exhorta a escucharlo. Este evento nos recuerda que, aunque el camino de la cruz es inevitable, conduce a la gloria de la resurrección.

Reflexión: El Camino de la Fe y la Transformación Interior

Las lecturas de hoy nos invitan a reflexionar sobre nuestra propia transformación espiritual durante este tiempo de Cuaresma.

Al igual que Abraham, estamos llamados a confiar en las promesas de Dios, incluso cuando no vemos claramente el camino. Nuestra fe debe ser firme y nuestra esperanza constante, sabiendo que Dios es fiel y cumple sus promesas.

San Pablo nos recuerda que nuestra verdadera ciudadanía está en el cielo. Esto significa que, aunque vivimos en el mundo, no debemos dejarnos atrapar por las preocupaciones y deseos terrenales que nos alejan de Dios. Estamos llamados a vivir con la mirada puesta en la eternidad, buscando los valores del Reino y esperando la transformación que Cristo obrará en nosotros.

La Transfiguración de Jesús nos muestra que la oración es el camino hacia la transformación. Es en la intimidad con Dios donde somos iluminados y fortalecidos para enfrentar las pruebas de la vida. Los discípulos experimentaron la gloria de Jesús mientras oraban, enseñándonos que la verdadera transformación interior ocurre cuando nos encontramos con Dios en la oración.

La Virgen María: Modelo y Guía en Nuestro Camino de Fe

En este itinerario cuaresmal, contamos con la intercesión y el ejemplo de la Virgen María. Ella, que conservaba y meditaba constantemente en su corazón las palabras de Dios, nos enseña a escuchar a Cristo en su Palabra, en los acontecimientos de nuestra vida y en nuestros hermanos, especialmente en los más necesitados. María, que siguió a su Hijo hasta la cruz, nos acompaña y sostiene en nuestras propias cruces, animándonos a mantener la esperanza en la resurrección.

Pidamos a la Virgen María que nos ayude a vivir este tiempo de Cuaresma con un corazón abierto a la transformación que Dios quiere obrar en nosotros, para que, renovados por su gracia, podamos participar plenamente en la alegría de la Pascua.

Que así sea.



2

¿En positivo o en negativo?


VER

Hay un cuento muy conocido (con diferentes versiones) sobre dos albañiles que están levantando un muro. Una persona le pregunta a uno de ellos qué está haciendo y le responde con resignación: ‘Pues poner ladrillos. Es duro, pero con algo hay que ganarse la vida’. Un poco después la misma persona pregunta al otro albañil qué está haciendo, y éste le responde con ánimo alegre: ‘Estoy construyendo una catedral’. El trabajo es el mismo para los dos, pero lo viven de forma completamente diferente: mientras que para el primero es un trabajo pesado y rutinario cuyo único fin es ganar el sueldo, para el segundo ese trabajo pesado y rutinario tiene un objetivo, una meta más grande, y eso le proporciona satisfacción porque da sentido al esfuerzo que está realizando.  

 

JUZGAR

Acabamos de iniciar la Cuaresma, el tiempo que la propia Iglesia nos ofrece para prepararos a la celebración y actualización del núcleo de nuestra fe: la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Y un año más recibimos la llamada a la conversión, a volvernos más hacia Dios. Y hoy, dentro de ese proceso de conversión, la Palabra de Dios nos llama a revisar con qué actitud estamos viviendo no sólo la Cuaresma, sino todo lo que es nuestra vida como cristianos: en positivo o en negativo.

En la 1ª lectura hemos escuchado un pasaje de la historia de Abrán. Él había obedecido a la llamada del Señor: “Sal de tu tierra… y vete a la tierra que yo te indicaré” (Gn 12, 1), había escuchado en varias ocasiones la promesa que Dios le hacía de darle descendencia y tierra (12, 7; 13, 15) y “creyó al Señor”. Y hoy hemos escuchado el momento en que “el Señor concertó alianza con Abrán”; éste prepara todo lo que Dios le dice (una novilla, una cabra, un carnero, una tórtola y un pichón), lo dispone del modo correcto (los cortó por el medio, colocando cada mitad frente a la otra), cuida de que no se estropee (los buitres bajaban y Abrán los espantaba)… Está haciendo lo que Dios le pide, Dios se le está manifestando (una humareda de horno y una antorcha ardiendo pasaban entre los miembros descuartizados) pero no lo está disfrutando, al contrario: “un terror intenso y oscuro cayó sobre él”. Abrán está viviendo todo eso en negativo.

En el Evangelio, por el contrario, hemos escuchado el pasaje de la Transfiguración del Señor: “Tomó Jesús a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto del monte”. Los discípulos, como Abrán, también habían obedecido a la llamada del Señor “y, dejándolo todo, lo siguieron” (Lc 5, 11), habían escuchado su predicación, le habían visto realizar varios milagros, y ahora tienen la experiencia de la Transfiguración de Jesús: “el aspecto su rostro cambió y sus vestidos brillaban de resplandor…” Y ellos “vieron su gloria”, pero esta manifestación del Señor, al contrario que en el caso de Abrán, no les produce terror, sino que hace exclamar a Pedro: “¡Qué bueno es que estemos aquí!” Lo están viviendo en positivo. ¿Qué es lo que provoca esta reacción en positivo? Que ellos no sólo están cumpliendo lo que Jesús les pide, sino que subieron al monte con Jesús “para orar”. Y por eso “espabilaron y vieron su gloria”.

Como dijimos el Miércoles de Ceniza, la oración es uno de los pilares maestros, no sólo de la Cuaresma, sino de toda la vida cristiana. Una oración no entendida como ‘rezos que debo hacer’, sino diálogo con Dios. La conversión cuaresmal nos llama a buscar nuestro ‘monte’, para orar; no hace falta que sea un tiempo prolongado, pero sí un tiempo ‘para el Señor’, tranquilo, sin prisas, sin interrupciones.

La oración será la que nos hará enfocar nuestra vida cristiana en positivo, sin ‘miedos’, sin verla como una ‘obligación’ ni menos como una carga. La oración nos permite vislumbrar la meta de gloria a la que estamos llamados, como decía la 2ª lectura: “Somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso…” La oración da sentido a nuestra acción.

ACTUAR

 En general, ¿cómo vivo mi vida cristiana: en positivo, siento que es bueno lo que hago?, o en negativo, como una obligación, una penitencia? ¿Tengo presente que “somos ciudadanos del cielo”?

Que la oración sea un momento de Transfiguración que nos permita ‘ver’ la gloria del Señor y realicemos todo lo que conforma nuestra vida cristiana no como una obligación sino como una misión, un trabajo que, sin quitarle su parte de esfuerzo, tiene un sentido que hace que merezca la pena y, además, va a fortalecer nuestra esperanza, como estamos celebrando en este año jubilar.

 (Acción Católica)


3

El Dios de la Alianza


Cuando hablamos de Cuaresma, a menudo pensamos en sacrificios, renuncias, privaciones. De hecho, las lecturas bíblicas de este domingo nos invitan a mirar más lejos y más alto; Es nuestro destino eterno entero lo que se nos recuerda en este día;

Esto es lo que aparece en la promesa hecha a Abraham (1ª lectura), en el estímulo de san Pablo a los cristianos de Filipo (2ª lectura) y en el Evangelio de la Transfiguración.

La primera lectura quizá nos haya parecido un poco confusa; De hecho, evoca prácticas muy conocidas en Oriente Próximo: cuando dos hombres o dos grupos hacían una alianza, utilizaban este ritual.

Aquí es Dios quien hace un pacto con Abraham: “Respondiste a mi llamado, dejaste tu tierra, tu comodidad, confiaste en mí…” Y Dios le promete una descendencia numerosa; Él promete estar siempre con él. Como Abraham, todos estamos invitados a mirar más allá de nuestro pequeño horizonte. Dios quiere conducirnos a su Reino. Y espera que nos convirtamos en sembradores de fraternidad.

Esta es la buena noticia que nos recuerda el apóstol san Pablo en su carta a los Filipenses. El propósito de nuestra vida no está en esta tierra. Somos “ciudadanos del cielo”.

Nuestros pobres cuerpos están destinados a ser transformados a la imagen del “Cuerpo glorioso” de Jesús.

La Cuaresma nos da la oportunidad de alejarnos de nuestras preocupaciones mundanas y apegarnos a Cristo. Hoy el apóstol denuncia a "quienes se comportan como enemigos de la cruz de Cristo". Nosotros los cristianos sabemos que sólo Cristo nos salva. Esperamos compartir su resurrección. Es en este sentido que somos “ciudadanos del cielo”.

El Evangelio nos muestra a Jesús llevando a tres de sus discípulos a la montaña para orar.

“Mientras oraba, la apariencia de su rostro cambió, y su ropa se volvió de un blanco resplandeciente”. Así, los discípulos de Jesús descubren que su oración lo hace «transfigurarse»; Esto también es cierto para cada uno de nosotros. Nos ayuda a salir de nosotros mismos y adaptarnos a Dios. Este contacto permanente con él sólo puede transformarnos. Nos corresponde acoger el amor que hay en Dios para que irradie y se comunique a nuestro alrededor.

En la montaña, Jesús no está solo: con él conversan dos hombres, Moisés y Elías, que fueron los grandes actores de la alianza de Dios con los hombres. Los tres "hablaban entre sí acerca de su partida, que iba a tener lugar en Jerusalén". Aquí es donde Jesús será arrestado, condenado y ejecutado en una cruz. Para los discípulos será una prueba muy dolorosa.

Pero para reavivar su fe, Jesús les da una visión de la gloria que será suya en su resurrección.

Más allá de nuestros sufrimientos y pruebas, es a esta gloria a la que todos estamos llamados por Dios mismo.

En este domingo y durante toda la Cuaresma se escucha la voz del Padre: “Éste es mi Hijo, escúchenlo”. Hoy ustedes ven su rostro transfigurado; Un día lo verán desfigurado por el odio, la violencia y los escándalos de todo tipo. Pero el mal no tendrá la última palabra. Es el amor el que triunfará.

Todos estamos llamados a participar en la victoria de Cristo resucitado.

Éste es el llamado del Padre. La respuesta que demos nos transfigurará si cumple el deseo de Dios.

Todas nuestras acciones cuaresmales participan de este vasto movimiento de transfiguración.

Esto puede manifestarse en nuevas formas de ayuno, de compartir y de solidaridad.

Durante este tiempo de Cuaresma, muchas organizaciones benéficas nos recuerdan que millones de personas no tienen suficiente para comer. A través de ellos es el Señor quien está allí y nos llama.

Como Abraham, como Pablo y como los discípulos, estamos invitados a salir de nosotros mismos y ESCUCHAR la voz del Padre. Ésta es la condición requerida para nuestra transfiguración.

Pero no olvidemos que, para nosotros, como para Jesús, todo debe comenzar en la oración.

La Eucaristía que celebramos es “fuente y culmen de toda la vida cristiana”.

Que, al participar de ella, nos envíe hacia una transfiguración de vida concreta que vamos a encontrar “bajando del monte”.


Fuentes:

- Diversas fuentes de internet 

- prionseneglise.ca

- dimancheprochain.org


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