SANTO DEL DÍA:
San
Juan I
Murió
en el año 526. Este toscano sucedió en el año 523 al papa san Hormisdas.
Sospechoso de conspiración por el rey godo arriano Teodorico, fue encarcelado y
murió allí de agotamiento.
Un camino de paz
Juan 16, 29-33
Cristo
prepara a sus discípulos para el misterio pascual. Para nosotros, se trata de
no ocultar ninguna de las facetas de este misterio: ya sea la Cruz bajo sus
diversas formas, o la victoria pascual cuya realidad ya está presente en medio
de la prueba.
Entre
la desesperanza o una atracción morbosa por el sufrimiento, y el triunfalismo o
la negación de la realidad, Jesús nos propone un camino de paz. Una plenitud a
la que solo podemos acceder en Él.
Emmanuelle Billoteau, ermite
Primera lectura
¿Ustedes
recibieron el Espíritu Santo al aceptar la fe?
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
MIENTRAS Apolo estaba en Corinto, Pablo atravesó la meseta y llegó a Éfeso.
Allí encontró unos discípulos y les preguntó:
«¿Ustedes recibieron el Espíritu Santo al aceptar la fe?».
Contestaron:
«Ni siquiera hemos oído hablar de un Espíritu Santo».
Él les dijo:
«Entonces, ¿qué bautismo han recibido?».
Respondieron:
«El bautismo de Juan».
Pablo les dijo:
«Juan bautizó con un bautismo de conversión, diciendo al pueblo que creyesen en
el que iba a venir después de él, es decir, en Jesús».
Al oír esto, se bautizaron en el nombre del Señor Jesús; cuando Pablo les
impuso las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo, y se pusieron a hablar en
lenguas extrañas y a profetizar. Eran en total unos doce hombres.
Pablo fue a la sinagoga y durante tres meses hablaba con toda libertad del
reino de Dios, dialogando con ellos y tratando de persuadirlos.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Reyes de la
tierra, canten a Dios.
O bien:
R. Aleluya.
V. Se
levanta Dios, y se dispersan sus enemigos,
huyen de su presencia los que lo odian;
como el humo se disipa, se disipan ellos;
como se derrite la cera ante el fuego,
así perecen los impíos ante Dios. R.
V. En cambio,
los justos se alegran,
gozan en la presencia de Dios,
rebosando de alegría.
Canten a Dios, toquen a su nombre;
su nombre es el Señor. R.
V. Padre
de huérfanos, protector de viudas,
Dios vive en su santa morada.
Dios prepara casa a los desvalidos,
libera a los cautivos y los enriquece. R.
Aclamación
V. Si
han resucitado con Cristo, busquen los bienes de allá arriba, donde Cristo está
sentado a la derecha de Dios. R.
Evangelio
Tengan valor:
yo he vencido al mundo
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
EN aquel tiempo, los discípulos dijeron a Jesús:
«Ahora sí que hablas claro y no usas comparaciones. Ahora vemos que lo sabes
todo y no necesitas que te pregunten; por ello creemos que has salido de Dios».
Les contestó Jesús:
«¿Ahora creen? Pues miren: está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en
que se dispersen cada cual por su lado y a mí me dejen solo. Pero no estoy
solo, porque está conmigo el Padre. Les he hablado de esto, para que encuentren
la paz en mí. En el mundo tendrán luchas; pero tengan valor: yo he vencido al
mundo».
Palabra del Señor.
1
Queridos
hermanos:
Estamos
entrando en la última semana del tiempo pascual antes de Pentecostés. La
Iglesia nos invita a mirar hacia el Espíritu Santo, a prepararnos interiormente
para recibirlo con un corazón más abierto, más humilde y más disponible. Y las
lecturas de hoy nos ponen precisamente en esa dirección: no basta con haber
oído hablar de Jesús, no basta con conocer algunas verdades de la fe, no basta
con decir: “creemos”. Necesitamos dejarnos llenar por el Espíritu Santo para
vivir la fe en medio de las pruebas.
En
la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, Pablo llega a Éfeso
y encuentra a unos discípulos. Les hace una pregunta muy importante: “¿Recibieron el Espíritu Santo cuando
abrazaron la fe?” Ellos responden: “Ni siquiera hemos oído decir que haya
Espíritu Santo.”
Aquellos
hombres tenían buena voluntad. Habían recibido el bautismo de Juan, un bautismo
de conversión, de preparación, de deseo sincero de cambiar de vida. Pero
todavía les faltaba entrar plenamente en la novedad de Cristo: recibir el
bautismo en el nombre del Señor Jesús y abrirse al don del Espíritu.
Esto
nos ayuda a preguntarnos: ¿nuestra fe está viva? ¿Hemos recibido los
sacramentos como una simple costumbre, o realmente dejamos que el Espíritu
Santo transforme nuestra manera de pensar, de hablar, de servir, de perdonar y
de esperar? Hay cristianos que conocen oraciones, ritos, tradiciones, pero
viven como si no hubieran descubierto todavía la fuerza interior del Espíritu.
Y sin el Espíritu, la fe se vuelve rutina; con el Espíritu, la fe se vuelve
fuego, misión, consuelo y valentía.
El
Evangelio de hoy nos presenta un momento muy humano de los discípulos. Ellos le
dicen a Jesús: “Ahora sí
vemos que lo sabes todo… por esto creemos que has salido de Dios.”
Parece una profesión de fe firme, casi heroica. Pero Jesús les responde con
realismo: “¿Ahora creen?
Miren que está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que se dispersarán
cada uno por su lado y me dejarán solo.”
Qué
impresionante es esta palabra. Jesús no desprecia la fe de sus discípulos, pero
sabe que todavía es una fe frágil. Ellos creen, sí, pero cuando llegue la Cruz,
cuando aparezca el miedo, cuando la oscuridad se imponga, se dispersarán.
Prometen fidelidad, pero todavía no conocen la profundidad de su propia debilidad.
Y
esa también es nuestra historia. Muchas veces decimos: “Señor, yo creo, yo
confío, yo te sigo.” Pero cuando llega la enfermedad, la muerte de un ser
querido, la incomprensión, el fracaso, la soledad, el cansancio pastoral, la
crisis familiar o comunitaria, entonces descubrimos que nuestra fe necesita
madurar. No basta una fe de palabras; necesitamos una fe sostenida por el
Espíritu.
Sin
embargo, lo más hermoso del Evangelio no es la advertencia sobre la fragilidad
de los discípulos, sino la serenidad de Jesús. Él sabe que será abandonado,
pero no se siente derrotado. Dice: “Me
dejarán solo, pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo.”
Aquí
está el secreto de la paz cristiana. Jesús no niega la dificultad. No maquilla
la realidad. No dice que no habrá lágrimas, ni cruz, ni persecución. Al
contrario, afirma claramente: “En
el mundo tendrán luchas.” Pero añade una palabra luminosa: “Tengan valor: yo he vencido al mundo.”
Esta
frase debería quedar grabada en nuestro corazón: “Tengan valor: yo he vencido al mundo.”
No significa que la vida será fácil. No significa que no lloraremos. No
significa que no pasaremos por momentos de angustia. Significa que ninguna
oscuridad tiene la última palabra cuando estamos unidos a Cristo. La Cruz
existe, pero también existe la Pascua. El dolor es real, pero la victoria de
Cristo es más real todavía. La muerte hiere, pero no puede destruir la
esperanza de los que viven y mueren en el Señor.
Por
eso hoy, al orar especialmente por nuestros difuntos, esta Palabra nos consuela
profundamente. Nuestros seres queridos que han partido también atravesaron sus
luchas, sus noches, sus enfermedades, sus dolores, sus despedidas. Algunos
murieron después de una larga vida; otros partieron demasiado pronto según
nuestra mirada humana. Algunos pudieron despedirse; otros no. Y nosotros
cargamos con recuerdos, gratitud, nostalgia y quizá también preguntas.
Pero
la fe pascual nos permite mirar la muerte desde Cristo. Para quien cree, la
muerte no es un muro cerrado, sino un paso doloroso hacia el encuentro
definitivo con Dios. Nosotros no oramos por los difuntos como quien habla al
vacío; oramos porque creemos en la comunión de los santos, en la misericordia
divina, en la vida eterna, en Cristo resucitado que ha vencido al mundo, al
pecado y a la muerte.
El
salmo de hoy proclama a Dios como aquel que se levanta, dispersa a sus
enemigos, defiende a los huérfanos, protege a las viudas y da hogar a los
desvalidos. Es una imagen muy bella: Dios no abandona a sus hijos. Dios recoge
a los solos. Dios da casa a los que no tienen refugio. Y si eso hace con
nosotros en esta vida, cuánto más podemos confiar en que acoge con misericordia
a nuestros difuntos en la casa del Padre.
La
paz que Jesús promete no es la paz superficial del que no tiene problemas. Es
una paz más honda: la paz de saberse acompañado por Dios aun cuando humanamente
parezca que todo se derrumba. Es la paz de Cristo en la Cruz, cuando parecía
abandonado, pero se entregaba confiado al Padre. Es la paz del Resucitado, que
se aparece a sus discípulos no para reprocharles su huida, sino para decirles: “La paz esté con ustedes.”
Esa
paz es la que hoy necesitamos pedir. Paz para nuestras familias. Paz para
quienes están de duelo. Paz para quienes sienten culpa por no haber podido
hacer más por sus difuntos. Paz para quienes todavía lloran en silencio. Paz
para quienes tienen miedo al futuro. Paz para quienes se sienten dispersos,
cansados o solos.
Y
junto con la paz, pidamos el Espíritu Santo. Sin Él, nos quedamos en una fe
incompleta, como aquellos discípulos de Éfeso. Con Él, podemos atravesar la
prueba sin desesperar. Con Él, podemos llorar sin perder la esperanza. Con Él,
podemos recordar a nuestros difuntos no solo con tristeza, sino también con
gratitud y confianza.
Queridos
hermanos: Jesús no nos promete una vida sin luchas; nos promete su victoria. No
nos promete que nunca seremos débiles; nos promete su Espíritu. No nos promete
que no pasaremos por la Cruz; nos promete que en Él encontraremos paz.
Que
esta Eucaristía nos ayude a vivir unidos a Cristo vencedor. Y que nuestros
difuntos, por la misericordia de Dios, sean recibidos en la plenitud de esa paz
que solo en Cristo podemos encontrar.
Amén.
2
“En el mundo tendrán luchas; pero tengan valor: yo he
vencido al mundo.”
Queridos
hermanos:
En
este lunes de la séptima semana de Pascua, cuando ya la Iglesia se encamina
hacia la solemnidad de Pentecostés, la Palabra de Dios nos coloca ante una
pregunta fundamental: ¿dónde
está nuestra paz? ¿Está nuestra paz en Cristo o está
condicionada por el mundo? ¿Vivimos sostenidos por el Espíritu Santo o
arrastrados por el ruido, la prisa, el miedo y las preocupaciones?
En
el Evangelio, Jesús está concluyendo el gran discurso de despedida de la Última
Cena. Él sabe que se acerca la hora de la pasión. Sabe que sus discípulos serán
sacudidos por el miedo, la confusión y la tristeza. Sabe que ellos creen, pero
que su fe todavía es frágil. Por eso les dice: “Os he hablado de esto para que encontréis la paz en mí.”
Jesús
no les promete una vida sin problemas. No les dice: “Si creen en mí, nunca
sufrirán.” Tampoco les ofrece una paz superficial, de apariencia, de evasión o
de comodidad. Al contrario, les habla con realismo: “En el mundo tendrán luchas.”
Pero enseguida añade la palabra decisiva: “Tengan valor: yo he vencido al mundo.”
Aquí
está el centro del mensaje cristiano: la paz de Jesús no consiste en la
ausencia de problemas, sino en la certeza de que Cristo está con nosotros en
medio de ellos. La paz cristiana no es huir de la cruz, sino atravesarla con la
confianza puesta en el Señor resucitado. No es negar la realidad, sino mirarla
desde la victoria pascual de Cristo.
A
lo largo del discurso de la Última Cena, Jesús ha ido preparando a sus
discípulos para esta paz. Les ha hablado de su unión con el Padre. Les ha dicho
que Él es la vid y nosotros los sarmientos, llamados a permanecer unidos a Él.
Les ha prometido el Espíritu Santo, el Paráclito, el Consolador, el Defensor.
Les ha advertido también que el mundo rechazará a quienes vivan arraigados en
la verdad.
Por
eso, cuando Jesús dice: “para
que encuentren la paz en mí”, no está hablando de una emoción
pasajera. Está hablando de una vida sostenida por Él. La paz de Cristo nace de
permanecer en Él, de dejarnos guiar por su Espíritu, de no dejarnos dominar por
los criterios del mundo.
Y
aquí la primera lectura ilumina profundamente el Evangelio. San Pablo llega a
Éfeso y encuentra a unos discípulos. Les pregunta: “¿Recibieron el Espíritu Santo al
abrazar la fe?” Ellos responden: “Ni siquiera hemos oído decir que haya
Espíritu Santo.”
Es
una escena muy significativa. Aquellos discípulos tenían buena voluntad, habían
recibido el bautismo de Juan, un bautismo de conversión, pero todavía no habían
entrado plenamente en la vida nueva de Cristo. Les faltaba el don del Espíritu
Santo.
También
nosotros podríamos preguntarnos hoy: ¿hemos
recibido verdaderamente al Espíritu Santo en nuestra vida? No
solo sacramentalmente, sino existencialmente. ¿Vivimos como hombres y mujeres
habitados por el Espíritu? ¿O vivimos como si la fe fuera solo una tradición,
una costumbre, una idea bonita, pero sin fuerza interior?
Porque
sin el Espíritu Santo, la paz de Cristo se nos vuelve lejana. Sin el Espíritu,
la fe se convierte en rutina. Sin el Espíritu, la oración se enfría. Sin el
Espíritu, el corazón se llena fácilmente de miedo, ansiedad, resentimiento o
tristeza. En cambio, cuando el Espíritu Santo actúa en nosotros, incluso en
medio de la lucha podemos tener una serenidad profunda, una luz interior, una
fuerza que no viene de nosotros.
El
mundo, en cambio, ofrece otra clase de “paz”: una paz de distracción, de
consumo, de ruido, de evasión. Hoy vivimos rodeados de estímulos constantes: el
celular, las redes sociales, las noticias, los mensajes, la televisión, la
música permanente, los compromisos, las carreras, las opiniones de todos.
Muchas veces ya no sabemos estar en silencio. Nos cuesta apagar el teléfono.
Nos cuesta quedarnos solos con Dios. Nos cuesta escuchar nuestra propia alma.
Y
entonces sucede algo muy delicado: podemos estar muy conectados exteriormente,
pero profundamente desconectados interiormente. Podemos recibir cientos de
mensajes al día, pero dejar de escuchar la voz suave del Señor. Podemos estar
informados de todo, pero perder la paz del corazón. Podemos saber muchas cosas,
pero no saber descansar en Dios.
El
mundo ruidoso nos roba la paz poco a poco. No siempre con grandes pecados o
grandes persecuciones, sino con una dispersión constante. Nos roba el silencio,
nos roba la atención, nos roba la oración, nos roba la capacidad de contemplar,
de agradecer, de discernir.
Por
eso la pregunta del Evangelio es tan actual: ¿qué está reinando dentro de nosotros: la paz de Cristo o
el ruido del mundo?
Jesús
dice: “En el mundo tendrán
luchas.” Esas luchas pueden venir de fuera: incomprensiones,
dificultades familiares, enfermedades, problemas económicos, conflictos
sociales, heridas comunitarias. Pero también pueden venir de dentro: ansiedad,
miedo, culpa, cansancio, tristeza, falta de fe, incapacidad de perdonar.
Y,
sin embargo, Jesús no nos abandona en la lucha. Él dice: “Tengan valor.” No es un
simple consejo psicológico. Es una palabra pascual. Jesús puede decir “tengan
valor” porque Él ya ha pasado por la cruz y ha vencido. Él conoce el
sufrimiento, la soledad, la traición, la angustia y la muerte. Pero también
conoce la gloria de la resurrección.
Por
eso nuestra paz no se apoya en que todo nos salga bien. Nuestra paz se apoya en
Cristo vencedor. Él no elimina mágicamente todos los problemas, pero nos da una
fuerza nueva para atravesarlos. No siempre cambia las circunstancias de
inmediato, pero transforma el corazón de quien confía en Él.
El
salmo de hoy también nos llena de esperanza. Proclamamos a Dios como aquel que
se levanta, dispersa a sus enemigos, protege a los huérfanos, defiende a las viudas
y da hogar a los desvalidos. Es una imagen preciosa de Dios: no es un Dios
indiferente, lejano o frío. Es un Dios que se inclina sobre los frágiles, que
recoge a los abandonados, que sostiene a los que lloran.
Esto
nos toca especialmente cuando oramos por nuestros difuntos. La muerte de un ser
querido siempre deja un vacío. Aunque tengamos fe, duele. Aunque creamos en la
resurrección, lloramos. Pero la Palabra de hoy nos recuerda que Cristo ha
vencido al mundo, y en esa victoria está incluida también la victoria sobre la
muerte.
Por
eso, al presentar en esta Eucaristía la intención por nuestros difuntos, lo
hacemos con dolor, sí, pero también con esperanza. Los encomendamos al Dios que
da hogar a los desvalidos, al Padre misericordioso que no abandona a sus hijos,
al Cristo vencedor que nos promete una paz que el mundo no puede dar ni quitar.
Queridos
hermanos: necesitamos recuperar la paz de Cristo. Y para recuperarla
necesitamos volver a las fuentes: la oración silenciosa, la escucha de la
Palabra, la Eucaristía, la confesión, la vida sacramental, el servicio humilde,
el abandono confiado en Dios.
Quizá
hoy el Señor nos esté invitando a hacer un pequeño examen de conciencia:
¿cuánto silencio hay en mi vida? ¿Cuánto espacio le doy al Espíritu Santo? ¿Cuánto
tiempo dedico a escuchar a Dios y no solo al mundo? ¿Qué me está robando la
paz? ¿Qué ruido necesito apagar para volver a oír la voz de Cristo?
La
paz de Jesús no se improvisa. Se cultiva. Se recibe. Se protege. Se alimenta
permaneciendo unidos a Él, como el sarmiento unido a la vid.
Pidamos
hoy al Señor que nos dé su paz. No una paz superficial, sino una paz profunda.
No una paz dormida, sino una paz valiente. No una paz que niega la cruz, sino
una paz que nace de la Pascua.
Y
pidamos también el don del Espíritu Santo, como aquellos discípulos de Éfeso.
Que el Espíritu venga sobre nosotros, renueve nuestra fe, purifique nuestro
corazón, silencie nuestros miedos y nos haga testigos serenos de Cristo en
medio de un mundo inquieto.
Que
Jesús, Señor de la paz plena, nos ayude a vencer el ruido del mundo y a
descansar en Él. Que nuestros difuntos sean recibidos en la paz eterna del
Reino. Y que nosotros, mientras caminamos todavía entre luchas, podamos
escuchar cada día la voz del Resucitado que nos dice:
“Tengan valor: yo he vencido al mundo.”
Amén.
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18 de mayo: San Juan I, Papa y Mártir—Memoria opcional
C. Finales del siglo V–526
Invocado contra las tentaciones hacia la falsa unidad y la aceptación de la herejía
Cita espiritual
“¿Quién no envidiaría la felicidad de un mártir en su calabozo, al contemplar la alegría interior, la paz y la caridad con que cierra los ojos a este mundo? Y más aún, al imaginar la gloria con que su alma es conducida por los ángeles, como Lázaro, hacia las moradas de la bienaventuranza eterna. En cambio, el tirano injusto no puede sentirse seguro ni siquiera en su trono. Sus placeres engañosos son un pobre intercambio frente al verdadero gozo y la paz de la virtud; no puede escapar ni del tormento de su conciencia ni del peso de su culpa. ¡Cuánto aumentan sus temores cuando se acerca la muerte! Y ¡cómo lamentará eternamente su insensatez, si no la ha reparado antes mediante un sincero arrepentimiento!”
La vida de los santos, de Butler
Reflexión
El 18 de mayo la Iglesia recuerda a San Juan I, Papa y Mártir, un pontífice que supo defender la fe católica en un tiempo marcado por tensiones políticas, presiones religiosas y peligrosas tentaciones de falsa unidad.
San Juan I era originario de Toscana. En el año 523 sucedió al papa san Hormisdas en la sede de Pedro. Su pontificado fue breve, pero profundamente significativo. Le correspondió vivir en una época difícil, cuando todavía seguían abiertas muchas heridas doctrinales en torno al misterio de Cristo y a la plena confesión de su divinidad.
La Iglesia había definido solemnemente en el Concilio de Calcedonia, en el año 451, que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre: una sola Persona divina en dos naturalezas, humana y divina, sin confusión ni separación. Esta verdad de fe era esencial para custodiar el corazón mismo del Evangelio. Sin embargo, diversos grupos y poderes políticos intentaban suavizar, manipular o reinterpretar la doctrina católica con el fin de lograr acuerdos aparentes, muchas veces a costa de la verdad.
En Oriente, el emperador Justino I apoyaba la fe católica y la doctrina de Calcedonia. En Occidente, en cambio, Roma se encontraba bajo el dominio de Teodorico el Grande, rey de los ostrogodos, quien profesaba el arrianismo. Aunque durante algún tiempo Teodorico había tolerado la presencia católica, se indignó cuando el emperador Justino tomó medidas contra los arrianos en Oriente. Temiendo represalias contra los suyos, obligó al papa Juan I a viajar a Constantinopla para interceder ante el emperador y conseguir una reversión de aquellas medidas.
El Papa aceptó el viaje, no por comodidad ni por conveniencia política, sino por obediencia a las circunstancias y por amor a la Iglesia. Al llegar a Constantinopla, fue recibido con grandes honores por el emperador. La tradición recuerda incluso que Justino salió a su encuentro y se inclinó ante él como signo de veneración hacia el sucesor de Pedro.
San Juan I pudo haber buscado una solución diplomática, pudo haber cedido ante la presión, pudo haber diluido la verdad en nombre de una paz aparente. Pero no lo hizo. Aunque era hombre de diálogo, no estaba dispuesto a sacrificar la fe de la Iglesia. Comprendía que la verdadera unidad nunca puede construirse sobre la renuncia a la verdad revelada.
Cuando Teodorico supo que el Papa no había cumplido sus exigencias, se llenó de ira. Primero mandó encarcelar y ejecutar a Boecio, uno de los grandes pensadores cristianos de la época y amigo cercano del Papa. Luego, al regreso de Juan I a Italia, lo hizo arrestar junto con otros obispos y senadores, y lo encerró en una prisión de Rávena. Allí, debilitado por la edad, el cansancio del viaje y las duras condiciones del cautiverio, murió en el año 526.
Aunque no fue ejecutado directamente con espada o tormento visible, la Iglesia lo veneró como mártir, porque murió a causa de su fidelidad a la fe y de su negativa a someter la verdad de Cristo a los intereses del poder.
La vida de San Juan I nos recuerda que no toda paz es verdadera paz. Hay una falsa paz que se compra al precio del silencio, de la cobardía o de la renuncia a los principios. Hay una falsa unidad que pide callar la verdad para evitar conflictos. Hay una falsa tolerancia que no busca amar al otro, sino vaciar la fe de su contenido.
Pero el Evangelio nos enseña otra cosa. La caridad cristiana nunca es enemiga de la verdad. Al contrario, solo la verdad vivida con amor puede conducir a una auténtica comunión.
San Juan I nos invita a preguntarnos: ¿en qué momentos me siento tentado a rebajar mi fe para quedar bien? ¿Cuándo prefiero callar por miedo al rechazo? ¿Estoy dispuesto a vivir mi fe con respeto, humildad y caridad, pero también con firmeza?
Hoy el mundo sigue ofreciendo muchas formas de falsa unidad. A veces se nos pide dejar de hablar de Dios, de la dignidad de la vida humana, de la moral cristiana, de la familia, del pecado, de la conversión o de la vida eterna, como si esos temas fueran obstáculos para convivir. Pero el cristiano no está llamado a imponer, sino a testimoniar. Y testimoniar significa vivir de tal manera que la verdad de Cristo se haga visible en nuestras palabras, decisiones y actitudes.
San Juan I no fue un hombre violento ni fanático. Fue un pastor fiel. No buscó el conflicto, pero tampoco traicionó la fe. Su martirio silencioso nos enseña que la fidelidad muchas veces no se expresa en grandes discursos, sino en la perseverancia humilde de quien no vende su conciencia.
Al honrar hoy su memoria, pidamos al Señor la gracia de ser cristianos firmes y serenos: fieles a la verdad, libres ante el poder, caritativos con todos, pero nunca indiferentes ante la fe que hemos recibido.
Oración
Papa San Juan I,
pastor fiel de la Iglesia y mártir de Cristo,
tú preferiste sufrir antes que traicionar la verdad del Evangelio.
Intercede por nosotros,
para que no cedamos ante la tentación de una paz falsa,
de una unidad sin verdad
o de una fe debilitada por el miedo.
Ayúdanos a vivir con valentía, humildad y caridad.
Que sepamos defender la fe sin arrogancia,
dialogar sin confundirnos,
amar sin renunciar a Cristo
y permanecer firmes aun cuando el mundo nos presione.
Que tu ejemplo fortalezca a la Iglesia,
anime a sus pastores
y despierte en todos los fieles
un amor más profundo por la verdad que salva.
San Juan I, Papa y Mártir,
ruega por nosotros.
Jesús, en Ti confío.


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