jueves, 27 de agosto de 2026

27 de agosto del 2026: jueves de la vigésima primera semana del tiempo ordinario II- Memoria de Santa Mónica, madre de San Agustín

 

Testigo de la fe:

Santa Mónica

332-387

Madre de san Agustín.

Durante largos años oró con lágrimas, paciencia y confianza para que su hijo se convirtiera al cristianismo. Su perseverancia fue finalmente escuchada: Agustín recibió el bautismo y llegó a ser obispo, santo y uno de los grandes doctores de la Iglesia.

Santa Mónica es ejemplo de esposa y madre cristiana, de fe firme y esperanza inquebrantable. Enseña a las familias a no dar nunca por perdido a nadie y a confiar en el poder transformador de la gracia de Dios. Es patrona de las madres, especialmente de aquellas que oran por sus hijos alejados de la fe.

Santa Mónica, intercede por nuestras familias y enséñanos a orar, esperar y amar sin desfallecer.

 


En cada instante

El Señor confía en nosotros y nos invita a permanecer vigilantes. Su venida se hace presente en nuestra vida cotidiana: en el trabajo, en los encuentros y en cada llamada a amar. Vigilar significa vivir con el corazón despierto, reconocer su presencia en los acontecimientos y cumplir fielmente la misión que nos ha confiado.

No se trata de esperar con temor el futuro, sino de acoger a Cristo en cada instante, sirviendo con responsabilidad, generosidad y perseverancia. Dichoso aquel servidor a quien el Señor, cuando llegue, encuentre trabajando por su Reino. 



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Primera lectura

1 Cor 1, 1-9
En él han sido enriquecidos en todo

Comienzo de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

PABLO, llamado a ser Apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios, y Sóstenes nuestro hermano, a la Iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados por Jesucristo, llamados santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro: a ustedes, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.
Doy gracias a mi Dios continuamente por ustedes, por la gracia de Dios que se les ha dado en Cristo Jesús; pues en él han sido enriquecidos en todo: en toda palabra y en toda ciencia; porque en ustedes se ha probado el testimonio de Cristo, de modo que no carecen de ningún don gratuito, mientras aguardan la manifestación de nuestro Señor Jesucristo.
Él los mantendrá firmes hasta el final, para que sean irreprensibles el día de nuestro Señor Jesucristo.
Fiel es Dios, el cual los llamó a la comunión con su Hijo, Jesucristo nuestro Señor.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 144, 2-3. 4-5. 6-7 (R.: cf. 1b)

R. Bendeciré tu nombre por siempre, Señor.

V. Día tras día, te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.
Grande es el Señor, merece toda alabanza,
es incalculable su grandeza. 
R.

V. Una generación pondera tus obras a la otra,
y le cuenta tus hazañas.
Alaban ellos la gloria de tu majestad,
y yo repito tus maravillas. 
R.

V. Encarecen ellos tus temibles proezas,
y yo narro tus grandes acciones;
difunden la memoria de tu inmensa bondad,
y aclaman tu justicia. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Estén en vela y preparados, porque a la hora que menos piensen viene el Hijo del hombre. R.

 

Evangelio

Mt 24, 42-51

Estén preparados

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Estén en vela, porque no saben qué día vendrá su Señor.
Comprendan que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría que abrieran un boquete en su casa.
Por eso, estén también ustedes preparados, porque a la hora que menos piensen viene el Hijo del hombre.
¿Quién es el criado fiel y prudente, a quien el señor encarga de dar a la servidumbre la comida a sus horas?
Bienaventurado ese criado, si el señor, al llegar, lo encuentra portándose así. En verdad les digo que le confiará la administración de todos sus bienes.
Pero si dijere aquel mal siervo para sus adentros: “Mi señor tarda en llegar”, y empieza a pegar a sus compañeros, y a comer y a beber con los borrachos, el día y la hora que menos se lo espera, llegará el amo y lo castigará con rigor y le hará compartir la suerte de los hipócritas.
Allí será el llanto y el rechinar de dientes».

Palabra del Señor.

 

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«Fiel es Dios, que nos llamó a vivir unidos a su Hijo»

 

Queridos hermanos:

Desde hoy, y durante casi tres semanas, la liturgia nos permitirá escuchar de manera continuada algunos pasajes de la Primera Carta de san Pablo a los Corintios. Podríamos preguntarnos: ¿por qué volver sobre una carta escrita hace tantos siglos a una comunidad tan distante de nosotros?

La respuesta es sencilla: porque muchas de las dificultades de aquella comunidad siguen siendo las nuestras. Corinto era una ciudad cosmopolita, próspera y llena de contrastes. Allí convivían culturas, religiones, intereses económicos y diversas maneras de entender la vida. También era una ciudad marcada por la idolatría, los excesos, la inmoralidad, las rivalidades y las divisiones.

En medio de ese ambiente había nacido una comunidad cristiana. Aquellos hombres y mujeres, sacudidos por el encuentro con Jesucristo, comprendieron que seguirlo no consistía solamente en aceptar unas ideas nuevas, sino en transformar profundamente la vida. El Evangelio los invitaba a revisar sus costumbres, sus relaciones, el uso de sus bienes, su sexualidad, el matrimonio, la vida comunitaria, la manera de afrontar la muerte y la esperanza en la resurrección.

La fe necesitaba convertirse en una forma nueva de vivir.

San Pablo conocía bien aquella comunidad porque él mismo la había fundado. Sabía de su entusiasmo y fervor, pero también de sus fragilidades. Los corintios poseían muchos dones, pero les costaba vivir en unidad. Había rivalidades, divisiones y competencias entre ellos. Por eso Pablo procurará orientar su energía sin apagarla y corregir sus errores sin destruir su esperanza. Así escribirá algunas de las páginas más hermosas del Nuevo Testamento sobre la Iglesia como Cuerpo de Cristo, la diversidad de carismas, la primacía de la caridad y la resurrección de los muertos.

Sin embargo, al comenzar su carta, Pablo no se detiene primeramente en los pecados de la comunidad. Empieza reconociendo la obra de Dios en ellos:

«Doy gracias continuamente a mi Dios por ustedes, por la gracia de Dios que se les ha dado en Cristo Jesús».

¡Qué importante es esta mirada pastoral! Pablo no niega los problemas, pero tampoco reduce a las personas a sus defectos. Antes de corregir, reconoce la gracia. Antes de señalar las debilidades, descubre los dones que Dios ha sembrado.

También nosotros debemos aprender a mirar así a nuestras comunidades, familias y hermanos. Ninguna comunidad es perfecta. Todos tenemos dones, talentos y virtudes, pero también defectos, heridas y limitaciones. La Iglesia no es una reunión de personas impecables, sino un pueblo de pecadores llamados, perdonados y sostenidos por la gracia.

Pablo afirma que Dios mismo nos mantendrá firmes hasta el final, porque:

«Fiel es Dios, que los llamó a vivir en comunión con su Hijo Jesucristo».

Nuestra esperanza no se apoya solamente en nuestra capacidad de perseverar, sino en la fidelidad de Dios. Somos débiles, pero Dios es fiel. Podemos desanimarnos, pero Él no abandona la obra que ha comenzado en nosotros. Podemos caer, pero su misericordia vuelve a levantarnos.

El salmo de hoy responde a esta certeza invitándonos a la alabanza:

«Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey».

El salmista contempla la grandeza y la bondad de Dios y proclama: «Cada día te bendeciré». No se trata de bendecir al Señor únicamente cuando las cosas marchan bien, sino cada día: en la alegría y en la enfermedad, en la tranquilidad y en la prueba, cuando comprendemos sus caminos y cuando debemos caminar confiando sin comprenderlo todo.

Además, el salmo nos recuerda que una generación anuncia a otra las obras del Señor. Allí encontramos una hermosa imagen de la evangelización: la fe recibida debe ser transmitida. Alguien nos habló de Dios, nos enseñó a orar, nos acercó a los sacramentos y nos mostró con su vida que vale la pena confiar en Jesucristo. Ahora nos corresponde comunicar esa misma fe a las nuevas generaciones.

El Evangelio nos presenta la exhortación de Jesús:

«Estén en vela, porque no saben qué día vendrá su Señor».

Jesús no pretende llenarnos de miedo ni alimentar cálculos sobre el fin del mundo. Las señales, dificultades y catástrofes no nos permiten conocer la fecha exacta del regreso del Hijo del Hombre. Pretender adivinarla es inútil. Lo verdaderamente importante no es saber cuándo vendrá el Señor, sino preguntarnos cómo nos encontrará.

La vigilancia cristiana no consiste en permanecer inmóviles mirando al cielo. Significa vivir responsablemente, cumplir la misión recibida y trabajar con fidelidad en la construcción del Reino. Por eso Jesús declara:

«Bienaventurado aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentre trabajando».

El Señor quiere encontrarnos trabajando: sirviendo, perdonando, anunciando el Evangelio, cuidando a los débiles, visitando a los enfermos, educando a los hijos, acompañando a quien sufre y perseverando en la oración. La verdadera preparación para el encuentro con Cristo es la fidelidad cotidiana.

Hoy contemplamos esta fidelidad en Santa Mónica. Durante años oró, lloró y esperó por la conversión de su hijo Agustín. No abandonó su responsabilidad como madre ni perdió la confianza en Dios. Su vigilancia fue una oración perseverante; su trabajo por el Reino fue amar, aconsejar y esperar sin rendirse.

Santa Mónica nos enseña que no debemos dar por perdida a ninguna persona. Hay conversiones que requieren años de oración, paciencia y lágrimas. Quizá muchos padres y madres experimentan hoy el dolor de ver a sus hijos alejados de Dios, de la Iglesia o de los valores recibidos. Santa Mónica les dice: no dejen de amar, no dejen de orar, no permitan que la tristeza se convierta en desesperanza. Dios trabaja también en el silencio.

En este jueves sacerdotal, oremos de manera especial por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones sacerdotales, religiosas, misioneras y laicales. Necesitamos servidores fieles, hombres y mujeres dispuestos a gastar la vida anunciando el Evangelio. Pidamos también por la perseverancia y santidad de los sacerdotes, para que el Señor nos encuentre trabajando, sirviendo a su pueblo con humildad, caridad y entrega.

Que Santa Mónica interceda por las madres que sufren y oran por sus hijos; por quienes esperan la conversión de un familiar; por los evangelizadores que no ven inmediatamente los frutos de su trabajo, y por los jóvenes a quienes el Señor está llamando a consagrar su vida.

No sabemos cuándo vendrá el Señor, pero sí sabemos cómo queremos que nos encuentre: con la lámpara de la fe encendida, las manos ocupadas en el servicio, el corazón perseverante en la oración y la vida entregada a la misión.

Señor, que cuando vengas nos encuentres trabajando por tu Reino. Que, como Santa Mónica, sepamos orar sin cansarnos, esperar sin desesperarnos y amar sin poner condiciones. Amén.

 

2

 

En cada instante

 

Hermanos:

El Señor confía en nosotros y hoy nos invita: «Estén en vela, porque no saben qué día vendrá su Señor». Estas palabras no buscan producir miedo ni llevarnos a calcular fechas sobre el final de los tiempos. Jesús quiere despertar nuestra responsabilidad: su venida se hace presente en cada jornada, en el trabajo, en los encuentros y en las llamadas concretas a amar.

Vigilar es vivir con el corazón despierto. Es reconocer a Cristo en quien necesita nuestra escucha, en el enfermo que espera una visita, en la familia que atraviesa una dificultad y en la comunidad que necesita nuestro servicio. Por eso, Jesús proclama: «Dichoso aquel servidor a quien su señor, al llegar, encuentre trabajando». La mejor preparación para el encuentro definitivo con Dios consiste en cumplir con amor la misión que hoy nos confía.

En la primera lectura, san Pablo da gracias por la comunidad de Corinto. Aunque conoce sus divisiones y debilidades, comienza reconociendo la gracia que Dios ha derramado sobre ella: «En Cristo han sido enriquecidos en todo». También nosotros somos una comunidad imperfecta, pero amada, llamada y enriquecida por el Señor. No debemos apoyarnos únicamente en nuestras capacidades, porque Pablo nos asegura: «Dios es fiel». Él nos sostendrá hasta el final si permanecemos unidos a Jesucristo.

El salmo convierte esta certeza en alabanza: «Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey». El creyente vigilante aprende a bendecir a Dios cada día y a contar sus maravillas de generación en generación. No podemos guardar la fe solo para nosotros: estamos llamados a transmitirla y a convertir nuestra vida en anuncio del Evangelio.

Esta misión resplandece hoy en Santa Mónica. Durante años permaneció vigilante en la oración, esperando la conversión de su hijo Agustín. No se dejó vencer por el cansancio, las lágrimas ni la aparente ausencia de resultados. Su oración perseverante preparó silenciosamente el camino para que la gracia de Dios transformara el corazón de quien llegaría a ser san Agustín.

Santa Mónica enseña a los padres a no dar por perdido a ningún hijo; a los evangelizadores, a no desanimarse cuando no ven frutos inmediatos; y a todos nosotros, a confiar en que Dios sigue obrando aun cuando no podamos verlo.

En este jueves sacerdotal, oremos especialmente por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones sacerdotales, religiosas, misioneras y laicales. Pidamos al Dueño de la mies que continúe llamando servidores fieles y generosos. Oremos también por la santidad y perseverancia de nuestros sacerdotes, para que el Señor, cuando llegue, nos encuentre trabajando con humildad y alegría por su Reino.

Que, por intercesión de Santa Mónica, aprendamos a orar sin cansarnos, esperar sin desesperarnos y amar en cada instante. Amén.

 

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27 de agosto:

Santa Mónica — Memoria

c. 332-387

Patrona de las amas de casa, las mujeres casadas, las madres, las víctimas de abuso, los alcohólicos y las viudas.
Invocada ante los matrimonios difíciles y por los hijos problemáticos.

 

Cita

«Hijo, por lo que a mí respecta, ya nada me deleita en esta vida. No sé qué hago todavía aquí ni por qué permanezco, ahora que mis esperanzas en este mundo se han cumplido. Había una sola cosa por la cual deseaba permanecer un poco más en esta vida: poder verte como cristiano católico antes de morir. Mi Dios me lo ha concedido con mayor abundancia, pues ahora te veo despreciar la felicidad terrena y convertirte en servidor suyo».

—Palabras de santa Mónica, tomadas de las Confesiones de san Agustín.

 


Reflexión

Santa Mónica, a quien honramos hoy, fue la madre de uno de los santos más grandes de la historia de la Iglesia: san Agustín. Probablemente nació en Tagaste, la actual Souk Ahras, Argelia, en el norte de África, y perteneció al pueblo bereber, un diverso conjunto de pueblos originarios de aquella región antes de la llegada de los árabes.

Tagaste formaba entonces parte del Imperio romano, que había legalizado el cristianismo apenas veinte años antes del nacimiento de Mónica. Fue educada en un hogar cristiano y llegó a ser una mujer profundamente piadosa. Puesto que el cristianismo todavía era relativamente nuevo dentro del Imperio romano, es probable que los cristianos constituyeran una minoría en aquel tiempo.

Mónica contrajo matrimonio con un hombre llamado Patricio, que era pagano y de quien se dice que tenía un temperamento violento y llevaba una vida inmoral. La madre de Patricio vivía con ellos y, según se cuenta, poseía el mismo carácter violento de su hijo. Mónica y Patricio tuvieron tres hijos: Agustín, Navigio y una hija cuyo nombre se desconoce.

La vida matrimonial y familiar de Mónica fue difícil, pero ella era una mujer de fe profunda y de oración. En su juventud había tenido problemas con el alcohol, pero logró superarlos. Una vez casada, su esposo se opuso a su fe cristiana y a su vida de oración; sin embargo, también descubrió en ella algo que lo llevó a respetarla.

Mónica quería bautizar a sus hijos al nacer, pero Patricio se negó a concederle el permiso. Esta negativa le rompió el corazón y la impulsó a orar incansablemente por su familia. Cuando Agustín enfermó siendo niño, Patricio aceptó inicialmente que fuera bautizado; pero, cuando el muchacho recuperó la salud, volvió a impedirlo.

El único recurso de Mónica era la oración. Oró fervientemente por la conversión de su familia, y sus plegarias comenzaron a dar fruto. Patricio admiraba sus virtudes y se sentía profundamente conmovido por el amor que ella le profesaba. Todo esto, unido a sus oraciones, condujo a la conversión y al bautismo de Patricio hacia el año 370. Murió un año después. También la madre de Patricio se convirtió.

Agustín, el hijo mayor, tenía alrededor de dieciséis años cuando murió su padre. Durante su juventud había recibido una buena educación en una escuela situada aproximadamente a treinta kilómetros al sur de su ciudad natal. Cuando tenía diecisiete años fue enviado a Cartago, en la actual Túnez, para estudiar retórica.

Aunque en aquel tiempo formaba parte del Imperio romano, Cartago tenía raíces en la cultura griega y contaba con algunas de las mejores escuelas, en las que se educaban muchas figuras destacadas de la sociedad. En Cartago, Agustín buscaba la verdad. Después de leer el diálogo Hortensio, de Cicerón, su sed de verdad se hizo más intensa. Por aquel tiempo conoció a una mujer con quien convivió y tuvo un hijo, a pesar de las fuertes advertencias de su madre contra la fornicación.

En Cartago, Agustín conoció las enseñanzas de Mani, un hombre que afirmaba ser el último profeta de una serie que incluía a Buda, Zoroastro y Jesús. Mani enseñaba que existía un conflicto fundamental entre dos principios opuestos y coeternos: la luz y las tinieblas. La luz era buena y las tinieblas eran malas.

Enseñaba también que el mundo material era una unión de luz y oscuridad, de bien y mal, y que el objetivo de la vida humana consistía en liberar la luz atrapada dentro de las tinieblas del mundo material. Agustín abrazó esta religión y se hizo maniqueo. Pero había algo que tendría que afrontar: la fe y las oraciones de su madre eran poderosas.

Cuando Agustín regresó de sus estudios en Cartago, comenzó a enseñar en su ciudad natal. Fue entonces cuando anunció que se había convertido al maniqueísmo. Como consecuencia, Mónica lo expulsó de su casa como un acto del más profundo amor. Después, Dios le habló mediante una visión que le devolvió la esperanza respecto a su hijo, y ella se reconcilió con él.

Agustín decidió abrir una escuela de retórica y pensó que no había mejor lugar para hacerlo que Roma. Hacia los treinta y un años comunicó a su madre que viajaría allí. Debido a su preocupación maternal por él, y puesto que ya había visto convertirse y bautizarse a sus otros dos hijos, Mónica le anunció que lo acompañaría.

Sin embargo, antes de que ella pudiera darse cuenta, Agustín se marchó a escondidas y viajó a Roma sin ella. Mónica no se dio por vencida y lo siguió. Cuando llegó a Roma, Agustín ya había partido para ocupar un prestigioso puesto como profesor en Milán. Ella volvió a seguirlo hasta allí.

Durante los cuatro años siguientes en Milán, Mónica jamás se rindió y continuó orando por su hijo entre lágrimas. Como Agustín se sentía atraído por los intelectuales, comenzó a interesarse por el obispo católico de Milán, el futuro san Ambrosio. El obispo Ambrosio fue la respuesta a las oraciones de aquella madre. Hacia el año 387, a los treinta y tres años, Agustín se convirtió al cristianismo y fue bautizado por el obispo Ambrosio.

Después de su conversión, Agustín y su madre decidieron regresar a su hogar en Tagaste, pero Mónica nunca completaría el viaje. Enfermó y murió en Ostia, una ciudad situada a las afueras de Roma.

Agustín llegaría a convertirse en uno de los teólogos más influyentes de la historia de la Iglesia. En su libro Confesiones, san Agustín relata la hermosa historia de su madre y presenta cuanto conocemos acerca de ella. Habla de su temprana lucha contra el alcohol. Cuando Agustín se extravió en Cartago, recuerda que su madre lloraba por él más de lo que muchas madres llorarían la muerte de un hijo.

Agustín cuenta con cuánto fervor oraba su madre mientras se encontraban en Milán y cómo buscó el consejo del obispo Ambrosio. La descripción más tierna que hace de ella se refiere a la relación que tuvieron después de su conversión, a sus conversaciones y a la muerte de Mónica. Ella ejerció una influencia profunda sobre él y Agustín, a su vez, ha ejercido una influencia inmensa sobre toda la Iglesia.

Santa Mónica soportó una vida difícil, pero perseveró, superó sus propias dificultades y se consagró a la oración y a una vida virtuosa. Sus oraciones y virtudes conquistaron primero el corazón de su esposo y de su suegra, y después el de sus tres hijos. Aunque san Agustín sea el más conocido, aquella madre, nuera y esposa marcó profundamente la vida de toda su familia.

Muchos consideran a santa Mónica un modelo de esperanza para quienes tienen familiares que se han apartado del buen camino. Al honrarla hoy, meditemos en el poder de su oración. Recordemos también que nuestras plegarias por nuestros familiares son poderosas.

Si tenemos en nuestra familia a alguien que se ha alejado de Dios, permitamos que santa Mónica nos inspire. Dediquémonos a orar por esa persona, para que un día todos los miembros de nuestra familia puedan compartir con nosotros la gloria del cielo.

Oración

Santa Mónica, aunque tuviste una vida difícil, pusiste continuamente tus sufrimientos en las manos de Dios. Perseveraste en la oración, creciste en virtud y ejerciste una profunda influencia sobre toda tu familia.

Ruega por mí, para que nunca pierda la esperanza respecto a quienes se han apartado del buen camino, sino que permanezca fiel en la oración por ellos, confiando en la misericordia divina.

Santa Mónica, ruega por mí. Jesús, confío en ti. Amén.

 

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