25 de octubre del 2026: trigésimo domingo del tiempo ordinario-Ciclo A


Amar como Dios

Basta una frase para darle la vuelta a todo: «Amarás». No dice: observarás, calcularás, cumplirás perfectamente unos ritos, sino: amarás. Jesús no simplifica la Ley: nos descubre el amor que la sostiene y le da sentido.

Los mandamientos nos enseñan a caminar, pero es el amor el que pone nuestro corazón en movimiento. Podemos cumplir muchas obligaciones y seguir siendo indiferentes al sufrimiento de quienes nos rodean. Por eso, la palabra de Jesús nos invita a mirar más profundamente: ¿qué mueve nuestras acciones?, ¿qué lugar ocupa el otro en nuestras decisiones?

«Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón». Dios desea encontrarnos en la verdad de nuestra vida. Podemos acercarnos a Él con nuestras alegrías y nuestras contradicciones, con la generosidad de algunos días y el cansancio de otros. Su amor nos precede y nos sostiene. De esa experiencia nace nuestra respuesta: aprender a confiar, escuchar su Palabra y permitir que transforme nuestra manera de vivir.

Jesús une a este mandamiento otro semejante: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». El amor a Dios encuentra una expresión concreta en el cuidado de nuestros hermanos. La oración abre nuestros ojos; la Eucaristía alimenta nuestra capacidad de entregarnos; el perdón recibido nos anima a ofrecer nuevas oportunidades.

El prójimo está cerca. Tiene el rostro de quien comparte nuestra casa, de quien necesita ayuda, de quien nos cuesta comprender. Amar comienza cuando prestamos atención y dejamos que su vida nos importe. A veces se expresa en una visita; otras, en una palabra prudente, una ayuda discreta o una escucha sin prisas.

«Como a ti mismo»: también nuestra propia vida merece cuidado. Somos amados por Dios, incluso en medio de nuestras fragilidades. Reconocer nuestras limitaciones con humildad y agradecer nuestras capacidades nos ayuda a relacionarnos con mayor libertad. Podemos aprender a amar mientras dejamos que otros nos acompañen y nos quieran.

Amar como Dios es un aprendizaje de cada día. Su amor nos enseña a dar sin llevar una cuenta de favores, a respetar la libertad del otro y a perseverar cuando el entusiasmo disminuye. Nos vuelve atentos y creativos: allí donde alguien necesita consuelo, buscamos una manera de acercarnos.

Hoy podemos comenzar con un gesto sencillo. Pensemos en una persona concreta y preguntémonos qué bien podemos hacerle. La palabra de Jesús encontrará entonces un lugar en nuestras manos, en nuestro tiempo y en nuestras decisiones.

Señor, enséñanos a amar con el amor que recibimos de ti. Abre nuestros ojos ante las necesidades de nuestros hermanos y fortalece nuestra voluntad para responder. Que nuestra fe dé fruto en un cariño sincero, paciente y generoso. Amén.



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Primera lectura

Éx 22, 20-26

Si explotan a viudas y a huérfanos, se encenderá mi ira contra ustedes

Lectura del libro del Éxodo.

ESTO dice el Señor:
«No maltratarás ni oprimirás al emigrante, pues emigrantes fueron ustedes en la tierra de Egipto.
No explotarás a viudas ni a huérfanos. Si los explotas y gritan a mí, yo escucharé su clamor, se encenderá mi ira y a ustedes los mataré a espada; sus mujeres quedarán viudas y sus hijos huérfanos.
Si prestas dinero a alguien de mi pueblo, a un pobre que habita contigo, no serás con él un usurero cargándole intereses.
Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás antes de ponerse el sol, porque no tiene otro vestido para cubrir su cuerpo, ¿y dónde, si no, se va a acostar? Si grita a mí, yo lo escucharé, porque yo soy compasivo».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 17, 2-3a. 3bc-4. 47 y 51ab (R.: 2)

R. Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.

V. Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza;
Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.
R.

V. Dios mío, peña mía, refugio mío,
escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte.
Invoco al Señor de mi alabanza
y quedo libre de mis enemigos.
R.

V. Viva el Señor, bendita sea mi Roca,
sea ensalzado mi Dios y Salvador:
Tú diste gran victoria a tu rey,
tuviste misericordia de tu ungido.
R.

 

Segunda lectura

1 Tes 1, 5c-10

Se convirtieron, abandonando los ídolos, para servir a Dios y vivir aguardando la vuelta de su Hijo

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses.

HERMANOS:
Saben cómo nos comportamos entre ustedes para su bien. Y ustedes siguieron nuestro ejemplo y el del Señor, acogiendo la Palabra en medio de una gran tribulación, con la alegría del Espíritu Santo. Así llegaron a ser un modelo para todos los creyentes de Macedonia y de Acaya.
No solo ha resonado la palabra del Señor en Macedonia y en Acaya desde su comunidad, sino que además su fe en Dios se ha difundido por doquier, de modo que nosotros no teníamos necesidad de explicar nada, ya que ellos mismos cuentan los detalles de la visita que les hicimos: cómo se convirtieron a Dios, abandonando los ídolos, para servir al Dios vivo y verdadero, y vivir aguardando la vuelta de su Hijo Jesús desde el cielo, a quien ha resucitado de entre los muertos y que nos libra del castigo futuro.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El que me ama guardará mi palabra —dice el Señor—,
y mi Padre lo amará, y vendremos a él.
R.

 

Evangelio

Mt 22, 34-40

Amarás al Señor tu Dios, y a tu prójimo como a ti mismo

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en un lugar y uno de ellos, un doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba:
«Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?».
Él le dijo:
«“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”.
Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él:
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas».

Palabra del Señor.

 

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1

Amar a Dios y al prójimo con todo el corazón

 

Queridos hermanos y hermanas:

Podemos terminar una jornada habiendo hecho muchas cosas y, sin embargo, descubrir que nos faltó tiempo para escuchar a alguien, acompañar a una persona o expresar nuestro cariño. El Evangelio nos invita a revisar qué lugar ocupa el amor en nuestra vida.

Un maestro de la Ley se acerca a Jesús y le pregunta: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?». Aunque busca ponerlo a prueba, su pregunta nos ayuda a reconocer lo esencial de nuestra fe. Jesús responde: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser». Y añade: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

Estos dos mandamientos son inseparables y orientan toda la vida cristiana. El amor a Dios alimenta el amor al prójimo, y en el trato al prójimo se manifiesta la verdad de nuestro amor a Dios.

Todo comienza con una certeza que necesitamos recordar: Dios nos ha amado primero. Nuestra vida cristiana es una respuesta a ese amor recibido. Podemos acercarnos a Él con confianza, reconocer nuestras faltas y dejarnos levantar por su misericordia.

Por eso, en el salmo decimos: «Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza». ¡Cuánto necesitamos esta oración! Hay días en que nos cuesta tener paciencia, perdonar o seguir sirviendo. Entonces podemos decirle: «Señor, fortalece mi corazón. Enséñame a amar cuando estoy cansado, cuando me siento herido, cuando mis fuerzas parecen acabarse».

Amar a Dios con todo el corazón significa darle un lugar real en nuestras decisiones, en nuestro trabajo, en la familia y en el uso de nuestros bienes. Significa preguntarnos si lo que hacemos y la manera como lo hacemos responden a su voluntad.

La oración, la escucha de la Palabra y los sacramentos alimentan esta relación. En la Eucaristía recibimos a Cristo, que entrega su vida por nosotros y nos enseña a entregarnos. Ese encuentro está llamado a dar fruto cuando regresamos a casa y nos encontramos con los demás.

Porque el prójimo tiene un rostro concreto. Es la persona con quien vivimos, el vecino que necesita ayuda, el enfermo que espera una visita. También es quien piensa distinto, quien nos resulta difícil de tratar o quien alguna vez nos ha decepcionado.

Aquí aparece una exigencia del Evangelio: amar implica buscar el bien del otro, incluso cuando el sentimiento no nos acompaña. Podemos estar cansados y, aun así, escuchar con respeto; podemos tener diferencias y cuidar nuestras palabras; podemos sentirnos heridos y empezar un camino de perdón. El amor crece mediante decisiones y gestos concretos.

La primera lectura, del libro del Éxodo, nos ayuda a comprenderlo. Dios pide proteger al extranjero, a la viuda, al huérfano y al pobre. Prohíbe aprovecharse de su necesidad y recuerda al pueblo que también él conoció la condición de extranjero.

Es una invitación a recordar nuestras propias fragilidades. Todos hemos necesitado alguna vez que alguien nos ayudara, nos tuviera paciencia o nos diera una oportunidad. Esa memoria puede hacernos más compasivos.

Dios escucha el clamor del que sufre. Quienes creemos en Él estamos llamados a prestar atención a ese mismo clamor. Nuestra fe se expresa también en la honradez con que trabajamos, en el respeto al más débil y en nuestra disposición a compartir.

Jesús añade unas palabras que merecen atención: «Como a ti mismo».

También nosotros somos personas amadas por Dios. Reconocer nuestra dignidad, cuidar nuestra salud, aceptar nuestras limitaciones y pedir ayuda cuando la necesitamos forman parte de una vida cristiana sana.

A veces arrastramos heridas, palabras que nos hicieron daño o una mirada demasiado dura sobre nosotros mismos. Dejemos que el amor de Dios ilumine esas heridas. Nuestro valor permanece incluso en medio de nuestras fragilidades. Desde esa confianza podemos aprender a recibir amor y a ofrecerlo con mayor libertad.

San Pablo, en la segunda lectura, recuerda que los cristianos de Tesalónica acogieron la Palabra en medio de dificultades y llegaron a ser un ejemplo para otros creyentes. Su manera de vivir hacía visible la fe que habían recibido.

También nuestras comunidades pueden dar ese testimonio. Una familia que aprende a dialogar, unos vecinos que se ayudan y una comunidad que acompaña a sus enfermos hacen cercano el Evangelio.

Por eso, hermanos, seamos creativos en el amor. Preguntémonos qué gesto concreto podemos realizar esta semana. Tal vez una llamada a alguien que está solo, una visita pendiente, una ayuda discreta o una petición sincera de perdón. Tal vez el primer paso sea escuchar con más atención a quienes tenemos cerca.

Al acercarnos a la mesa del Señor, presentémosle nuestro deseo de amar y nuestras dificultades para hacerlo. Él conoce nuestro corazón y puede transformarlo.

Oremos:

Señor Jesús, tú nos has amado primero.
Enséñanos a responderte con toda nuestra vida.
Fortalece nuestro corazón cuando nos cueste amar.
Ayúdanos a reconocer nuestra dignidad
y a respetar la dignidad de cada hermano.
Abre nuestros ojos ante las necesidades de los demás
y haz que nuestro amor se traduzca en obras.
Que quienes se acerquen a nosotros
encuentren un reflejo de tu bondad.

Amén.

 

2

Aprender a amar con todo el corazón

 

Queridos hermanos y hermanas:

Durante la vida aprendemos muchas cosas. Aprendemos a trabajar, a cuidar una casa, a cultivar la tierra, a manejar herramientas y a resolver problemas. Pero hay un aprendizaje que necesitamos siempre, cualquiera que sea nuestra edad: aprender a amar.

Podemos llevar muchos años de matrimonio, de vida familiar o de participación en la Iglesia y descubrir que todavía necesitamos escuchar mejor, tener más paciencia y expresar nuestro cariño. El amor necesita crecer con nosotros.

El Evangelio nos lleva hoy al corazón de este aprendizaje. Un maestro de la Ley se acerca a Jesús y le pregunta: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?».

La pregunta buscaba ponerlo a prueba, pero toca una inquietud que también puede ser nuestra: entre tantas obligaciones y preocupaciones, ¿qué es lo que debe orientar nuestra vida?

Jesús responde recogiendo dos enseñanzas que ya estaban en las Escrituras de Israel: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser», y «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

Al unir estos dos mandamientos, Jesús nos ayuda a comprender su profundidad: el amor a Dios y el amor al prójimo están llamados a formar una sola vida.

Amar a Dios con todo el corazón significa abrirle nuestra existencia. Contar con Él al tomar decisiones, escuchar su Palabra, agradecer sus dones y confiarle también lo que nos preocupa. Significa permitir que su amor vaya dando forma a nuestra manera de vivir.

Porque Dios nos ha amado primero. Antes de que pudiéramos buscarlo, Él ya nos conocía y nos amaba. Nuestra fe crece cuando descubrimos que estamos respondiendo a ese amor.

Esta certeza puede transformar nuestras prácticas religiosas. Al confesarnos, regresamos al Padre que nos espera y nos ayuda a comenzar de nuevo. Al participar en la Eucaristía, nos encontramos con Cristo, que se entrega por nosotros y alimenta nuestra vida. Al orar, cultivamos la amistad con quien conoce nuestro corazón.

Conviene preguntarnos: ¿qué buscamos cuando nos acercamos al Señor? ¿Le damos espacio para transformar nuestra vida? ¿Nuestra oración nos ayuda a tratar mejor a los demás?

Los mandamientos nos orientan y nos ayudan a reconocer el bien. El amor nos mueve a recorrer ese camino con un corazón dispuesto. Cuando amamos, empezamos a descubrir por nosotros mismos cuánto necesita el otro nuestra atención.

Pensemos en una persona que cuida a un familiar enfermo. Aprende a reconocer sus gestos, procura aliviar sus molestias y está pendiente de lo que necesita. Ese cuidado puede ser cansado y exigente, pero el cariño le ayuda a encontrar fuerzas para continuar.

Algo semejante sucede en nuestra relación con Dios: cuanto más lo conocemos y amamos, más deseamos vivir de una manera que responda a su bondad.

Y ese deseo nos conduce hacia el prójimo.

El amor cristiano necesita hacerse concreto. Jesús lo recuerda con el ejemplo del buen samaritano. Aquel hombre vio a una persona herida y se acercó. Curó sus heridas, la llevó a un lugar seguro y procuró que la cuidaran. Su compasión se convirtió en ayuda.

También nosotros encontramos personas heridas en el camino. Algunas llevan heridas visibles; otras sufren en silencio. Hay quien necesita alimento y quien necesita que alguien lo escuche. Hay ancianos que esperan una visita, familias agobiadas por las deudas y personas que sienten que ya no le importan a nadie.

La primera lectura nos recuerda la atención que merecen el extranjero, la viuda, el huérfano y el pobre. Dios escucha su clamor y pide a su pueblo que los proteja. Nuestra cercanía con Él debe volvernos atentos a quienes viven con menos apoyo y mayores dificultades.

Ese amor comienza en los lugares que habitamos cada día.

Podemos pedir por la paz del mundo y contribuir a ella cuidando nuestras palabras en casa. Podemos preocuparnos por quienes sufren lejos y, al mismo tiempo, prestar atención al vecino que atraviesa una dificultad. Las grandes necesidades de la humanidad y las pequeñas necesidades de nuestro entorno reclaman nuestra respuesta.

A veces, el gesto más necesario es sencillo: dejar a un lado el teléfono para escuchar, reconocer un error, compartir un alimento o visitar a quien lleva mucho tiempo esperando compañía.

Amar también supone aprender a corregir con respeto y a decir la verdad sin humillar. Supone alegrarnos del bien del otro, aunque no recibamos reconocimiento por lo que hacemos.

Jesús añade unas palabras que fácilmente pasamos por alto: «Como a ti mismo».

También nosotros necesitamos aprender a mirarnos con el amor con que Dios nos mira.

Amarnos sanamente significa reconocer el valor de nuestra vida, agradecer nuestras capacidades y aceptar que tenemos límites. Significa cuidar la salud, descansar cuando lo necesitamos y pedir ayuda cuando una carga nos supera.

Podemos reconocer nuestras equivocaciones sin despreciarnos. Podemos pedir perdón y reparar el daño que hemos causado, confiando en que somos capaces de cambiar.

Hay personas que han recibido palabras muy duras desde pequeñas. Otras han vivido abandono, rechazo o falta de afecto. Esas experiencias pueden dificultar la confianza y las relaciones. Pero las heridas de nuestra historia no deciden para siempre nuestra capacidad de amar. Con apoyo, paciencia y la gracia de Dios, podemos aprender formas nuevas de relacionarnos.

No hace falta tener toda la vida resuelta para comenzar. Podemos dar pequeños pasos y permitir que otros nos acompañen.

Cuando reconocemos nuestra dignidad, aprendemos también a respetar la del prójimo. Comprendemos que cada persona tiene su historia, sus capacidades y su libertad. El cariño madura cuando permite al otro crecer y cuando busca su bien sin convertirlo en una posesión.

Como decía el padre Calixto: Dios sigue conversando con su Iglesia. El Señor continúa educándonos en el amor.

Nos habla en su Palabra, nos ilumina por su Espíritu y nos ayuda a comprender mejor la vida que tenemos delante. En la oración podemos reconocer una actitud que debemos cambiar; al escuchar a alguien, podemos descubrir una necesidad que habíamos ignorado.

Por eso hace falta detenernos y escuchar. Escuchar a Dios y escuchar de verdad a las personas. Muchas veces creemos saber lo que el otro necesita, hasta que le damos tiempo para contarnos lo que lleva en el corazón.

San Pablo recuerda hoy que los cristianos de Tesalónica acogieron la Palabra y llegaron a ser un ejemplo para otros creyentes. Su fe se hacía visible en su manera de vivir.

Esa es también nuestra vocación como comunidad. Que quien se acerque encuentre acogida; que el enfermo se sienta acompañado; que el pobre sea tratado con dignidad; que nuestras diferencias puedan hablarse con respeto.

Al acercarnos a la Eucaristía, recibimos a Jesús, que nos ama hasta entregar su vida. Pidámosle que ese amor renueve el nuestro.

Y salgamos con un compromiso concreto. Cada uno puede pensar en una persona a quien necesita escuchar, ayudar o pedir perdón. Pongamos un rostro y un gesto a lo que hoy hemos escuchado.

Hagamos nuestra la oración del salmo: «Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza».

Te amo, Señor: enséñame a conocerte y a confiar en ti.

Tú eres mi fortaleza: sostén mi corazón cuando me cueste tener paciencia.

Ayúdame a reconocer el valor de mi vida y a cuidar la vida de mis hermanos.

Que esta semana alguien pueda sentirse escuchado, acompañado y amado a través de mí.

Amén.

 

3

El amor que comienza aquí y permanece para siempre

 

Queridos hermanos y hermanas:

Entre tantas cosas que tenemos que hacer cada día, necesitamos reconocer qué es lo más importante. Nos ocupamos del trabajo, de la casa, de la salud, de las dificultades familiares. También en nuestra vida cristiana tenemos compromisos, prácticas y responsabilidades. Pero ¿qué debe orientar todo lo que hacemos?

Esa pregunta nos acerca al Evangelio de hoy. Un maestro de la Ley le pregunta a Jesús: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?».

Aunque pretende ponerlo a prueba, Jesús aprovecha la ocasión para conducirlo al corazón de la fe. Su respuesta recoge dos enseñanzas de las Escrituras: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente», y «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

Estos dos mandamientos sostienen toda la vida del creyente. Nos enseñan cómo vivir hoy y nos preparan para aquello que viviremos plenamente en el cielo: amar a Dios y amarnos unos a otros.

Amar a Dios con todo el corazón significa reconocerlo como el fundamento de nuestra existencia. Él nos ha dado la vida, nos sostiene y nos llama a compartir su amistad. Nuestra respuesta nace del agradecimiento y se expresa en la confianza, la oración y el deseo de cumplir su voluntad.

Por eso, el salmo pone hoy en nuestros labios una hermosa declaración: «Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza».

Es una oración que podemos llevar a nuestra vida cotidiana. Cuando nos sentimos cansados: «Tú eres mi fortaleza». Cuando nos cuesta perdonar: «Tú eres mi fortaleza». Cuando una preocupación nos quita la paz: «Señor, yo te amo; ayúdame a confiar en ti».

El salmista llama a Dios su roca, su refugio y su libertador. Reconoce que puede apoyarse en Él. También nosotros necesitamos ese apoyo para aprender a amar, especialmente cuando nuestras propias fuerzas parecen insuficientes.

Pero Jesús une inmediatamente el amor a Dios con el amor al prójimo. Nuestra relación con el Señor está llamada a transformar el trato que damos a las personas.

La primera lectura lo muestra con mucha claridad. El libro del Éxodo pide proteger al extranjero, a la viuda, al huérfano y al pobre. Son personas especialmente expuestas al abuso y al abandono. Dios escucha su sufrimiento y pide a su pueblo que cuide de ellas.

Hay un detalle muy concreto: si alguien recibe como garantía el manto de un pobre, debe devolvérselo antes de que llegue la noche. Ese manto puede ser lo único que tiene para cubrirse mientras duerme.

¡Qué imagen tan cercana del amor de Dios! Al Señor le importa que una persona tenga con qué abrigarse. Le importa su frío, su descanso y su dignidad.

Esta lectura nos ayuda a comprender que amar incluye prestar atención a las necesidades reales de los demás. A veces hablamos de grandes ideales y pasamos por alto a quien necesita algo sencillo: alimento, compañía, una oportunidad o un trato respetuoso.

Dios recuerda además a Israel que también él fue extranjero en Egipto. La memoria de las propias dificultades puede volvernos más comprensivos. Quien ha necesitado ayuda puede reconocer mejor la necesidad ajena. Quien ha sufrido soledad puede descubrir el valor de una visita.

Preguntémonos, entonces: ¿qué persona cercana necesita hoy algo que yo puedo ofrecerle? Tal vez tiempo para escucharla, paciencia para comprenderla o una ayuda que alivie su carga.

San Pablo nos presenta, en la segunda lectura, una comunidad cuya fe había comenzado a transformar la vida. Los cristianos de Tesalónica acogieron la Palabra en medio de dificultades, con la alegría del Espíritu Santo, y llegaron a ser un ejemplo para otros creyentes.

Pablo recuerda también que abandonaron los ídolos para servir al Dios vivo y verdadero.

Esta conversión sigue siendo necesaria. Podemos dejar que el dinero, el orgullo, la necesidad de tener siempre la razón o el deseo de reconocimiento ocupen demasiado espacio en nuestro corazón. Entonces nos cuesta escuchar a Dios y atender a los demás.

Acoger al Señor nos ayuda a ordenar nuestros afectos y nuestras prioridades. Una comunidad que lo hace se convierte en testimonio: su manera de compartir, de acompañar y de resolver sus diferencias permite que otros reconozcan la fuerza del Evangelio.

Al meditar más profundamente este evangelio, vemos que nos invita a descubrir algo más: estos dos grandes mandamientos también iluminan el Padrenuestro.

Cuando decimos «Santificado sea tu nombre», expresamos nuestro deseo de reconocer la santidad de Dios, honrarlo y glorificarlo con nuestra vida.

Santificamos su nombre cuando lo alabamos, cuando agradecemos sus dones y cuando vivimos de una manera que refleja su bondad. Nuestra honradez, nuestra misericordia y nuestro cuidado del prójimo pueden convertirse en una alabanza hecha vida.

Además, aprendemos a amar a Dios por quien es. Es natural acudir a Él para pedir salud, trabajo, protección o ayuda en una dificultad. Jesús mismo nos enseña a pedir. Pero nuestra relación con el Padre puede crecer hasta llegar a decirle: «Señor, te amo y confío en ti, también mientras espero una respuesta y cuando todavía no comprendo lo que estoy viviendo».

Después rezamos: «Venga a nosotros tu reino».

Pedimos que Dios reine en nuestro corazón y en nuestras relaciones. Que su voluntad encuentre espacio en nuestras familias y comunidades. Cada gesto de justicia, reconciliación y caridad nos permite anticipar algo de ese Reino cuya plenitud esperamos.

También las demás peticiones del Padrenuestro nos educan en el amor. Pedimos el pan «nuestro», recordando que otros también necesitan comer. Pedimos perdón y nos comprometemos a perdonar. Reconocemos juntos nuestra fragilidad y suplicamos ser librados del mal.

Toda esta oración nos enseña a vivir como hijos de un mismo Padre.

Y aquí aparece la perspectiva más profunda del Evangelio: el amor que aprendemos en esta vida está llamado a permanecer para siempre.

En el cielo ya no necesitaremos pedir perdón, porque estaremos plenamente purificados. Ya no sufriremos las necesidades y las pruebas de nuestra condición presente. Habremos entrado en el banquete eterno, en la vida plena que Cristo nos ha preparado.

Pero seguiremos amando.

Alabaremos a Dios y reconoceremos su santidad con un corazón libre de todo egoísmo. Viviremos unidos a los ángeles y a los santos. El amor a Dios y el amor entre nosotros alcanzarán su plenitud.

Por eso tiene tanto valor aprender a amar desde ahora. Una ayuda ofrecida con generosidad, una palabra que consuela o un esfuerzo sincero por perdonar pueden prepararnos para esa comunión eterna.

Hoy Jesús nos invita a revisar nuestra vida: ¿mi oración me ayuda a amar mejor? ¿Mi participación en la Eucaristía me vuelve más atento a mis hermanos? ¿Qué lugar doy a las personas con las que me cuesta convivir?

Al acercarnos al altar recibimos a Cristo, que se entrega por nosotros. Él alimenta el amor que nos pide y nos da fuerzas para comenzar de nuevo.

Confiémosle nuestro corazón:

Señor del cielo y de la tierra,
te damos gracias por tus mandamientos.
Ayúdanos a descubrir en ellos un camino de vida y de alegría.

Enséñanos a santificar tu nombre en todo lo que hacemos,
a buscar tu Reino por encima de nuestros intereses
y a amar a cada persona con el amor que tú le tienes.

Haznos atentos al sufrimiento de nuestros hermanos.
Sostennos cuando nos cueste perdonar
y transforma nuestra oración en una vida más generosa.

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.
Jesús, en ti confío.

Amén.


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