lunes, 17 de noviembre de 2025

17 de noviembre del 2025: lunes de la trigésima tercera semana del tiempo ordinario- I- Santa Isabel de Hungría, religiosa


Santo del día:

Santa Isabel de Hungría

1207-1231.

Tras la muerte prematura de su esposo, el duque Luis IV de Turingia, esta piadosa joven fue expulsada de su hogar. Ingresó en la Orden de las Terciarias Franciscanas y se dedicó al cuidado de los enfermos y a la oración. Fue canonizada en 1235.

 

 

Cara a cara

(Lucas 18, 35-43) Jesús nos alcanza en lo profundo de nuestro camino, con nuestras heridas y nuestros combates cotidianos. Pone sobre nosotros una mirada de amor y espera nuestro grito. Tomemos tiempo para escucharlo y para responderle. Atrevámonos a hablarle de corazón a corazón, a decirle aquello que nos pesa. En la humildad, acojamos su mano tendida: Él quiere levantarnos y transformar nuestras vidas si confiamos en Él.

Jean-Paul Musangania, prêtre assomptionniste

 


Primera lectura

1 Mac 1, 10-15. 41-43. 54-57. 62-64

Una cólera terrible se abatió sobre Israel

Lectura del primer libro de los Macabeos.

EN aquellos días, brotó un vástago perverso, Antíoco Epífanes, hijo del rey Antíoco. Había estado en Roma como rehén y subió al trono el año ciento treinta y siete de la era seléucida.
Por entonces surgieron en Israel hijos apóstatas que convencieron a muchos: «Vayamos y pactemos con las naciones vecinas, pues desde que nos hemos aislado de ellas nos han venido muchas desgracias».
Les gustó la propuesta y algunos del pueblo decidieron acudir al rey. El rey les autorizó a adoptar la legislación pagana; y entonces, acomodándose a las costumbres de los gentiles, construyeron en Jerusalén un gimnasio, disimularon la
circuncisión, apostataron de la alianza santa, se asociaron a los gentiles y se vendieron para hacer el mal.
El rey decretó la unidad nacional para todos los súbditos de su reino, obligando a cada uno a abandonar la legislación
propia. Todas las naciones acataron la orden del rey e incluso muchos hijos de Israel adoptaron la religión oficial:
ofrecieron sacrificios a los ídolos y profanaron el sábado.
El día quince de casleu del año ciento cuarenta y cinco, el rey Antíoco mandó poner sobre el altar de los holocaustos
la abominación de la desolación; y fueron poniendo aras por todas las poblaciones judías del contorno. Quemaban incienso ante las puertas de las casas y en las plazas. Rasgaban y echaban al fuego los libros de la ley que encontraban; al que le descubrían en casa un libro de la Alianza, y a quien vivía de acuerdo con la ley, lo ajusticiaban según el decreto real.
Pero hubo muchos hijos de Israel que resistieron, haciendo el firme propósito de no comer alimentos impuros. Prefirieron la muerte antes que contaminarse con aquellos alimentos y profanar la Alianza santa. Y murieron. Una cólera terrible se abatió sobre Israel. 

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 118, 53. 61. 134. 150. 155. 158 (R.: cf. 88)

R. Dame vida, Señor,
para que observe tus preceptos.

V. Sentí indignación ante los malvados,
que abandonan tu ley. 
R.

V. Los lazos de los malvados me envuelven,
pero no olvido tu ley. 
R.

V. Líbrame de la opresión de los hombres,
y guardaré tus mandatos. 
R.

V. Ya se acercan mis inicuos perseguidores,
están lejos de tu ley. 
R.

V. La salvación está lejos de los malvados
que no buscan tus decretos. 
R.

V. Viendo a los renegados, sentía asco,
porque no guardan tus palabras. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo soy la luz del mundo -dice el Señor- el que me sigue tendrá la luz de la vida. R.

 

Evangelio

Lc 18, 35-43

«¿Qué quieres que haga por ti?» «Señor, que recobre la vista»

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.


CUANDO se acercaba Jesús a Jericó, había un ciego sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que pasaba gente, preguntaba qué era aquello; y le informaron:
«Pasa Jesús el Nazareno».
Entonces empezó a gritar:
«¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!».
Los que iban delante lo regañaban para que se callara, pero él gritaba más fuerte:
«¡Hijo de David, ten compasión de mí!».
Jesús se paró y mandó que se lo trajeran.
Cuando estuvo cerca, le preguntó:
«¿Qué quieres que haga por ti?».
Él dijo:
«Señor, que recobre la vista».
Jesús le dijo:
«Recobra la vista, tu fe te ha salvado».
Y enseguida recobró la vista y lo seguía, glorificando a Dios.
Y todo el pueblo, al ver esto, alabó a Dios.

Palabra del Señor.

 

Homilía

 

Queridos hermanos y hermanas:

Nos acercamos a los últimos días del año litúrgico. La Iglesia, como Madre sabia, dirige nuestra mirada hacia lo esencial: la fidelidad a Dios en medio de la historia, la esperanza ante la persecución y la vida eterna como horizonte último de quienes caminan confiando en el Señor. Este año, además, lo hacemos bajo la luz del Año Jubilar, tiempo en el que nos reconocemos peregrinos, sostenidos por la misericordia y llamados a renovar nuestro corazón.

Hoy elevamos también una oración confiada por nuestros difuntos, especialmente por aquellos cuyos nombres llevamos en el alma, por quienes murieron solos, por los que nadie recuerda, y por quienes nos transmitieron la fe. En esta Eucaristía los ponemos en las manos del Dios que “no es un Dios de muertos sino de vivos”.


**1. ¿Por qué leer Macabeos hoy?

La fe frente al totalitarismo del “pensamiento único”**

La primera lectura (1 Mac 1) nos introduce en un tiempo complejo: la ocupación helenística del territorio judío. El Imperio seléucida, con toda su fuerza militar, cultural y política, quiso imponer una religión única, un estilo de vida único, una identidad única. En otras palabras, quiso borrar la diferencia.

Antíoco IV Epífanes, figura histórica y símbolo espiritual, representa al poder que no admite diversidad, que elimina lo que incomoda, que pretende decidir hasta lo más íntimo del ser humano: su fe.

El libro nos muestra una pregunta que atraviesa los siglos:

¿Qué hacer cuando la fe entra en conflicto con el poder?
¿Traicionar o morir? ¿Callar o resistir? ¿Arrodillarse ante los ídolos del momento o mantenerse fiel a Dios?

Muchos judíos cedieron, seducidos o presionados por la cultura dominante. Pero otros —los Macabeos— sostuvieron su identidad con valentía y esperanza. Ellos son un espejo para todos los tiempos: cuando una sociedad pretende uniformar, cuando las normas o ambientes diluyen la identidad cristiana, cuando la comodidad se vuelve más atractiva que la fidelidad, la Palabra de Dios nos llama a recordar quiénes somos.

El Libro de los Macabeos es una escuela de resistencia espiritual.
No resistencia violenta, sino resistencia desde la conciencia, desde la fidelidad, desde la identidad profunda que brota de la alianza con Dios.

En este Año Jubilar, la Iglesia nos dice:

Recupera tu corazón, tu identidad cristiana, tu libertad interior, tu capacidad de decir Sí al Señor y No a los ídolos de turno.


2. Los ídolos de hoy: más sutiles, pero igual de exigentes

Los judíos eran obligados a sacrificar en templos paganos. Hoy ya no encontramos ídolos de piedra… pero sí ídolos de poder, de imagen, de éxito, de ideologías, que exigen sacrificios aún más dolorosos: sacrificar la propia conciencia, sacrificar la verdad, sacrificar la dignidad, sacrificar la fe para no quedar “mal”, sacrificar la oración para no parecer anticuados, sacrificar la vida sacramental para vivir en superficialidad.

El espíritu de Antíoco sigue vivo cada vez que se pretende instaurar una única manera de pensar, cuando se ridiculiza la fe, cuando se intenta borrar a Dios del corazón de los más jóvenes, cuando se manipula la libertad de conciencia.

El Jubileo nos invita a resistir desde dentro:
— Con oración.
— Con un corazón vigilante.
— Con una fe que no se negocia.
— Con la certeza de que la esperanza no defrauda.


3. El Evangelio: un ciego que ve más que todos

En este ambiente de opresión y de fuerzas que quieren apagar la fe, aparece el Evangelio de Lucas (18,35-43): un ciego junto al camino que grita, aunque intenten callarlo.

El ciego de Jericó es el contrapunto perfecto a los Macabeos:

  • Mientras muchos judíos se dejaban seducir, él resiste a quienes le mandan callar.
  • Mientras la ley del imperio aplastaba la diferencia, él defiende su derecho a ser escuchado por Jesús.
  • Mientras la cultura dominante oscurecía la fe, él clama:

“¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!”

Y Jesús… se detiene.
Jesús escucha la voz que nadie quería oír.
Jesús mira al que todos querían ocultar.

El ciego no tiene formación, no tiene influencia, no tiene poder… pero tiene algo que lo salva: un deseo profundo de ver y de encontrar a Cristo.

Ese deseo es la base de todo Jubileo.


4. Jesús toma la iniciativa del encuentro

Comentando este evangelio alguien lo dice bellamente:

“Ver a Jesús de paso es suficiente para provocar el deseo de verlo. Él toma la iniciativa del encuentro.”

Jesús pasa por nuestras vidas todos los días: en la Palabra, en la Eucaristía, en el rostro del pobre, en los difuntos por quienes hoy rezamos, en las heridas de nuestro propio corazón.
La pregunta es:
¿Tenemos deseos de verlo? ¿O también nosotros hemos cedido al ruido del mundo?

En Jericó, Jesús le pregunta al ciego:

“¿Qué quieres que haga por ti?”

Hoy Jesús nos pregunta lo mismo a todos, pero de manera especial a quienes lloran a sus difuntos:

“¿Qué quieres que haga por tu dolor, por tu ausencia, por tu añoranza?”
“¿Quieres que te ayude a ver más allá de la muerte?”

Él es especialista en abrir ojos:
— Ojos que han llorado.
— Ojos cegados por la tristeza.
— Ojos nublados por el pecado.
— Ojos que buscan luz, esperanza y sentido.


5. Encomendamos a nuestros difuntos en esta esperanza

Creer en la vida eterna no es evasión:
es la certeza de que Dios es fiel, y que cada vida que se apagó en este mundo, resplandece ahora en Él.

Hoy, mientras escuchamos a los Macabeos y al ciego de Jericó, oramos:

  • Por los que murieron defendiendo su fe.
  • Por los que murieron víctimas de la violencia o de la indiferencia.
  • Por los que ya no pueden “vernos” con los ojos de este mundo, pero nos miran con los ojos de Dios.
  • Por nuestros familiares que nos transmitieron la fe.
  • Por los que están en camino hacia la plena visión de Dios.

Y pedimos que el Señor les conceda la luz eterna, esa luz que el ciego recibió como anticipo del cielo.


6. Conclusión: Peregrinos que resisten y esperan

Que esta Palabra nos deje tres convicciones:

1. La fe no se negocia.

Como los Macabeos, somos llamados a resistir a los ídolos del pensamiento único.

2. Jesús escucha el grito del que clama.

Como el ciego de Jericó, no tengamos miedo de suplicar.

3. Nuestros difuntos están en manos del Dios que da la vida.

La esperanza del Jubileo se enciende precisamente allí: en la certeza de que la muerte no tiene la última palabra.


Oración final

Señor Jesús,
Hijo de David y Señor de la vida,
abre nuestros ojos para reconocerte en estos días finales del año litúrgico.
Danos un corazón fiel como el de los Macabeos,
valiente para resistir,
firme para permanecer en tu alianza.

Mira con ternura a nuestros difuntos.
Concédeles el descanso eterno
y a nosotros la esperanza de verlos un día
en la gloria donde Tú nos esperas.

Que este Año Jubilar sea para nosotros
camino de libertad,
de renovación interior
y de fe que no se rinde.

Amén.

 


********************


17 de noviembre:

Santa Isabel de Hungría, religiosa — Memoria
1207–1231
Patrona de los Terciarios Franciscanos, de los panaderos, mendigos, novias, sociedades y trabajadores caritativos, exiliados, personas falsamente acusadas, personas sin hogar, hospitales, encajeras, hogares de ancianos, servicios de enfermería y de las personas ridiculizadas por su piedad, y de las viudas.
Invocada contra los problemas con la familia política, la muerte de los hijos y el dolor de muelas.
Canonizada por el Papa Gregorio IX el 27 de mayo de 1235.

 


Cita:


«El Viernes Santo de 1228, habiendo puesto sus manos sobre el altar en la capilla de su ciudad, Eisenach —en la cual había acogido a los Hermanos Menores—, en presencia de varios frailes y parientes, Isabel renunció a su propia voluntad y a todas las vanidades del mundo. Ella también quiso renunciar a todas sus posesiones, pero yo la disuadí por amor a los pobres. Poco después construyó un hospital, reunió a los enfermos y lisiados, y servía en su propia mesa a los más miserables y privados. Cuando la reprendí por estas cosas, Isabel respondió que recibía de los pobres una gracia y humildad especiales».


~ Testimonio de su director espiritual, el fraile Conrado, durante el proceso de canonización


Reflexión

Isabel nació siendo hija del rey Andrés II y de la reina Gertrudis de Hungría. Su tía materna era Santa Eduviges, Duquesa de Silesia. Como era la costumbre entre la nobleza de la época, los matrimonios se arreglaban desde temprana edad para asegurar alianzas entre familias poderosas. Cuando Isabel tenía apenas cuatro años, caballeros llegaron para llevarla a Turingia, a unos ochocientos kilómetros de distancia, donde fue criada en la corte de Hermann I, Landgrave (gobernante) de Turingia. Allí creció junto al hijo de Hermann, Luis IV, de once años, a quien Isabel estaba desposada para casarse diez años más tarde.

La madre de Isabel provenía de la poderosa Casa de Andechs y también se había casado con el rey Andrés por razones políticas. Como Gertrudis no era húngara, era reina consorte —reina por matrimonio, no por derecho propio—. Sin embargo, influía frecuentemente en los asuntos del reino, lo cual causó conflictos entre nobles y miembros de la familia real. Como resultado, Gertrudis fue asesinada cuando Isabel tenía seis años.

Dos años antes, un gran séquito y una dote enviada por su padre habían acompañado a Isabel a la corte del Landgrave. Allí recibió una educación católica, una excelente formación y la atención de damas de compañía. Aprendió cultura, modales y protocolo real; asistió a banquetes; vistió ropa fina; y presenció intrigas y luchas de poder propias de la corte. El Castillo de Wartburg, donde vivía, era magnífico, y el Landgrave de Turingia era uno de los más ricos del imperio. La vida era lujosa, con poetas y músicos, comidas exquisitas, reuniones sociales y lo mejor que el mundo podía ofrecer. Tras bambalinas, muchos grupos conspiraban, buscaban favores y alianzas para obtener poder. A pesar de esos desafíos y tentaciones, Isabel creció en la fe. Rezaba, practicaba mortificaciones y se enamoró profundamente de su Señor.

Durante los primeros diez años en el castillo, Isabel y su futuro esposo, Luis IV, desarrollaron un lazo personal y espiritual muy fuerte. Aunque el matrimonio era arreglado, pusieron mente, corazón y voluntad en lo que sería su proyecto de vida. Cuando el padre de Luis murió, éste tenía dieciséis años y se convirtió en Landgrave. Cuatro años después, Luis e Isabel se casaron.

Desde el principio, Isabel no encajaba en la vida cortesana. Era sensible a los pobres, buscaba la virtud y prefería la sencillez. Por eso se convirtió en objeto de chismes y burlas entre los miembros más “refinados” de la corte. En Luis, sin embargo, encontró un fuerte apoyo. Él admiraba sus virtudes y bondad, y rechazaba las críticas, defendiéndola ante todos.

Dos años después del matrimonio, cuando Isabel tenía dieciséis años, llegaron frailes franciscanos al castillo para atender espiritualmente a la corte. El santo fraile Conrado de Marburgo se convirtió en su director espiritual. Gracias a él conoció la vida de San Francisco, quien alcanzó las cimas de la santidad y recibió los estigmas al final de su vida, por obra de un serafín, del coro más alto de los ángeles. Las historias de San Francisco, la influencia de los frailes y su propia devoción llevaron a Isabel a profundizar en los misterios de la fe. Se cuenta que un día, orando en la capilla del castillo, se quitó su corona real, la colocó ante el Crucifijo y se postró en oración. Cuando su suegra lo vio, la reprendió, diciéndole que ese gesto no correspondía a su dignidad. Isabel respondió: «¿Cómo puedo yo, criatura miserable, seguir llevando una corona terrena cuando veo a mi Rey Jesús coronado de espinas?».

El corazón de Isabel ardía por la justicia y la caridad. Si veía una injusticia, actuaba de inmediato. Prefería pasar hambre antes que comer alimentos obtenidos injustamente. Si los pobres eran engañados, pagaba ella misma la deuda. Le encantaba ir a los pueblos a visitar a los pobres, llevando comida, ropa y lo que les hiciera falta. Ella misma distribuía estos bienes, acompañada de sus sirvientas. Esta humildad y generosidad le ganó el cariño del pueblo, a pesar de la burla de los nobles. Cuando ellos se quejaban a Luis, él seguía defendiendo a su esposa y apoyando sus obras.

Un día, mientras Isabel llevaba pan escondido desde el castillo para entregarlo a los pobres, se encontró con su esposo en el camino. Le habían dicho que Isabel robaba del castillo, así que él le preguntó qué llevaba en su delantal. Cuando ella lo abrió, aparecieron bellas rosas, para alegría de Luis, quien interpretó esto como un signo del favor divino que calló a sus detractores. En otra ocasión, Isabel llevó a un leproso a su propio cuarto y lo acostó en su cama para cuidarlo. Cuando la suegra de Isabel informó a Luis indignada, él fue a retirar las sábanas infectadas; pero al hacerlo, vio —ya sea en visión o por intuición espiritual— que era Cristo mismo a quien Isabel había atendido en la persona del leproso. Esto profundizó aún más la admiración de Luis por su esposa.

En 1227, a los veintiséis años, Luis se unió al ejército del emperador Federico II en la sexta cruzada. En el camino, una enfermedad se propagó entre las tropas y Luis murió poco después. La noticia devastó a Isabel, que tenía veinte años. Ella y Luis habían prometido no volver a casarse si uno de los dos moría, así que Isabel volvió aún más su mirada hacia Cristo, dedicándose por completo a su misión.

Isabel y Luis tuvieron tres hijos. La menor, Gertrudis —con la que Isabel estaba embarazada al morir Luis—, llegó a ser abadesa del Monasterio de Altenburg. La mediana, Sofía, se casó con Enrique II, Duque de Brabante. El mayor, Hermann, sucedió inicialmente a su padre como Landgrave cuando tenía solo cuatro años. Aunque Isabel actuó como gobernante en nombre de su hijo, el hermano de Luis, Enrique, tomó el control como regente y expulsó a Isabel y a sus hijos del castillo. Hermann murió poco después antes de poder reclamar su título, y Enrique asumió el control total.

Vagando un tiempo con dos de sus sirvientas, Isabel confió sus hijos a familiares que simpatizaban con ella. Con el tiempo, la familia consiguió refugio para Isabel en el Castillo de Marburgo, donde, bajo la guía del fraile Conrado, se dedicó completamente al servicio de Dios. Tomó un hábito gris, hizo votos privados y formó una pequeña comunidad con otras compañeras. La familia de Luis le aseguró el resto de su dote, que ella utilizó para construir un hospital para los pobres. Pasó los últimos tres años de su vida atendiendo humildemente a los enfermos. En 1231, a los veinticuatro años, enfermó con una fuerte fiebre y, tras días de sufrimiento, se entregó totalmente a Dios. Cuando la gente supo de su enfermedad, acudió a orar por ella. Poco después de su muerte, numerosos milagros se atribuyeron a su intercesión. La devoción popular creció tan rápido que, solo cuatro años después, el Papa Gregorio IX la canonizó y construyó una iglesia en su honor en Marburgo.

Santa Isabel de Hungría recibió desde muy joven todos los privilegios y riquezas que este mundo podía ofrecer, pero en su corazón nada igualaba el privilegio de servir a su Señor, especialmente en los pobres y enfermos. Ella eligió la mejor parte y ahora goza para siempre en el cielo.


Oración

Santa Isabel, desde muy joven te entregaste a tu Señor crucificado, rechazando las vanidades del mundo. A pesar de las tentaciones y dificultades, permaneciste fiel a tu Rey hasta el final. Te ruego que intercedas por mí, para que también yo rechace todo lo vano y elija siempre al Señor y su voluntad por encima de todo.
Santa Isabel de Hungría, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.

 

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