Santo del día:
Santa Isabel de Hungría
1207-1231.
Tras la muerte prematura de su
esposo, el duque Luis IV de Turingia, esta piadosa joven fue expulsada de su
hogar. Ingresó en la Orden de las Terciarias Franciscanas y se dedicó al
cuidado de los enfermos y a la oración. Fue canonizada en 1235.
Cara a cara
(Lucas 18, 35-43) Jesús
nos alcanza en lo profundo de nuestro camino, con nuestras heridas y nuestros
combates cotidianos. Pone sobre nosotros una mirada de amor y espera nuestro
grito. Tomemos tiempo para escucharlo y para responderle. Atrevámonos a
hablarle de corazón a corazón, a decirle aquello que nos pesa. En la humildad,
acojamos su mano tendida: Él quiere levantarnos y transformar nuestras vidas si
confiamos en Él.
Jean-Paul Musangania, prêtre assomptionniste
Primera lectura
1
Mac 1, 10-15. 41-43. 54-57. 62-64
Una
cólera terrible se abatió sobre Israel
Lectura del primer libro de los Macabeos.
EN aquellos días, brotó un vástago perverso, Antíoco Epífanes, hijo del rey
Antíoco. Había estado en Roma como rehén y subió al trono el año ciento treinta
y siete de la era seléucida.
Por entonces surgieron en Israel hijos apóstatas que convencieron a muchos:
«Vayamos y pactemos con las naciones vecinas, pues desde que nos hemos aislado
de ellas nos han venido muchas desgracias».
Les gustó la propuesta y algunos del pueblo decidieron acudir al rey. El rey
les autorizó a adoptar la legislación pagana; y entonces, acomodándose a las
costumbres de los gentiles, construyeron en Jerusalén un gimnasio, disimularon
la
circuncisión, apostataron de la alianza santa, se asociaron a los gentiles y se
vendieron para hacer el mal.
El rey decretó la unidad nacional para todos los súbditos de su reino,
obligando a cada uno a abandonar la legislación
propia. Todas las naciones acataron la orden del rey e incluso muchos hijos de
Israel adoptaron la religión oficial:
ofrecieron sacrificios a los ídolos y profanaron el sábado.
El día quince de casleu del año ciento cuarenta y cinco, el rey Antíoco mandó
poner sobre el altar de los holocaustos
la abominación de la desolación; y fueron poniendo aras por todas las
poblaciones judías del contorno. Quemaban incienso ante las puertas de las
casas y en las plazas. Rasgaban y echaban al fuego los libros de la ley que
encontraban; al que le descubrían en casa un libro de la Alianza, y a quien
vivía de acuerdo con la ley, lo ajusticiaban según el decreto real.
Pero hubo muchos hijos de Israel que resistieron, haciendo el firme propósito
de no comer alimentos impuros. Prefirieron la muerte antes que contaminarse con
aquellos alimentos y profanar la Alianza santa. Y murieron. Una cólera terrible
se abatió sobre Israel.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
118, 53. 61. 134. 150. 155. 158 (R.: cf. 88)
R. Dame vida, Señor,
para que observe tus preceptos.
V. Sentí indignación
ante los malvados,
que abandonan tu ley. R.
V. Los lazos de los
malvados me envuelven,
pero no olvido tu ley. R.
V. Líbrame de la
opresión de los hombres,
y guardaré tus mandatos. R.
V. Ya se acercan mis
inicuos perseguidores,
están lejos de tu ley. R.
V. La salvación está
lejos de los malvados
que no buscan tus decretos. R.
V. Viendo a los
renegados, sentía asco,
porque no guardan tus palabras. R.
Aclamación
R. Aleluya,
aleluya, aleluya.
V. Yo soy la luz
del mundo -dice el Señor- el que me sigue tendrá la luz de la vida. R.
Evangelio
Lc
18, 35-43
«¿Qué
quieres que haga por ti?» «Señor, que recobre la vista»
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
CUANDO se acercaba Jesús a Jericó, había un ciego sentado al borde del camino
pidiendo limosna. Al oír que pasaba gente, preguntaba qué era aquello; y le
informaron:
«Pasa Jesús el Nazareno».
Entonces empezó a gritar:
«¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!».
Los que iban delante lo regañaban para que se callara, pero él gritaba más
fuerte:
«¡Hijo de David, ten compasión de mí!».
Jesús se paró y mandó que se lo trajeran.
Cuando estuvo cerca, le preguntó:
«¿Qué quieres que haga por ti?».
Él dijo:
«Señor, que recobre la vista».
Jesús le dijo:
«Recobra la vista, tu fe te ha salvado».
Y enseguida recobró la vista y lo seguía, glorificando a Dios.
Y todo el pueblo, al ver esto, alabó a Dios.
Palabra del Señor.
Homilía
Queridos
hermanos y hermanas:
Nos
acercamos a los últimos días del año litúrgico. La Iglesia, como Madre sabia,
dirige nuestra mirada hacia lo esencial: la fidelidad a Dios en medio de la
historia, la esperanza ante la persecución y la vida eterna como horizonte
último de quienes caminan confiando en el Señor. Este año, además, lo hacemos
bajo la luz del Año Jubilar, tiempo en el que nos reconocemos peregrinos,
sostenidos por la misericordia y llamados a renovar nuestro corazón.
Hoy
elevamos también una oración confiada por nuestros difuntos,
especialmente por aquellos cuyos nombres llevamos en el alma, por quienes
murieron solos, por los que nadie recuerda, y por quienes nos transmitieron la
fe. En esta Eucaristía los ponemos en las manos del Dios que “no es un Dios de
muertos sino de vivos”.
**1. ¿Por qué leer Macabeos
hoy?
La fe
frente al totalitarismo del “pensamiento único”**
La
primera lectura (1 Mac 1) nos introduce en un tiempo complejo: la ocupación
helenística del territorio judío. El Imperio seléucida, con toda su fuerza
militar, cultural y política, quiso imponer una religión única, un estilo de
vida único, una identidad única. En otras palabras, quiso borrar la diferencia.
Antíoco
IV Epífanes, figura
histórica y símbolo espiritual, representa al poder que no admite diversidad,
que elimina lo que incomoda, que pretende decidir hasta lo más íntimo del ser
humano: su fe.
El libro
nos muestra una pregunta que atraviesa los siglos:
Muchos
judíos cedieron, seducidos o presionados por la cultura dominante. Pero otros
—los Macabeos— sostuvieron su identidad con valentía y esperanza. Ellos son un
espejo para todos los tiempos: cuando una sociedad pretende uniformar, cuando
las normas o ambientes diluyen la identidad cristiana, cuando la comodidad se
vuelve más atractiva que la fidelidad, la Palabra de Dios nos llama a recordar
quiénes somos.
En este
Año Jubilar, la Iglesia nos dice:
Recupera
tu corazón, tu identidad cristiana, tu libertad interior, tu capacidad de decir
Sí al Señor y No a los ídolos de turno.
2. Los ídolos de hoy: más
sutiles, pero igual de exigentes
Los
judíos eran obligados a sacrificar en templos paganos. Hoy ya no encontramos
ídolos de piedra… pero sí ídolos de poder, de imagen, de éxito, de
ideologías, que exigen sacrificios aún más dolorosos: sacrificar la propia
conciencia, sacrificar la verdad, sacrificar la dignidad, sacrificar la fe para
no quedar “mal”, sacrificar la oración para no parecer anticuados, sacrificar
la vida sacramental para vivir en superficialidad.
El
espíritu de Antíoco sigue vivo cada vez que se pretende instaurar una única
manera de pensar, cuando se ridiculiza la fe, cuando se intenta borrar a Dios
del corazón de los más jóvenes, cuando se manipula la libertad de conciencia.
3. El Evangelio: un ciego
que ve más que todos
En este
ambiente de opresión y de fuerzas que quieren apagar la fe, aparece el
Evangelio de Lucas (18,35-43): un ciego junto al camino que grita,
aunque intenten callarlo.
El ciego
de Jericó es el contrapunto perfecto a los Macabeos:
- Mientras muchos judíos se
dejaban seducir, él resiste a quienes le mandan callar.
- Mientras la ley del imperio
aplastaba la diferencia, él defiende su derecho a ser escuchado por Jesús.
- Mientras la cultura
dominante oscurecía la fe, él clama:
“¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!”
El ciego
no tiene formación, no tiene influencia, no tiene poder… pero tiene algo que lo
salva: un deseo profundo de ver y de encontrar a Cristo.
Ese deseo
es la base de todo Jubileo.
4. Jesús toma la iniciativa
del encuentro
Comentando este evangelio alguien lo dice bellamente:
“Ver a
Jesús de paso es suficiente para provocar el deseo de verlo. Él toma la
iniciativa del encuentro.”
En
Jericó, Jesús le pregunta al ciego:
“¿Qué
quieres que haga por ti?”
Hoy Jesús
nos pregunta lo mismo a todos, pero de manera especial a quienes lloran a sus
difuntos:
5. Encomendamos a nuestros
difuntos en esta esperanza
Hoy,
mientras escuchamos a los Macabeos y al ciego de Jericó, oramos:
- Por los que murieron
defendiendo su fe.
- Por los que murieron
víctimas de la violencia o de la indiferencia.
- Por los que ya no pueden
“vernos” con los ojos de este mundo, pero nos miran con los ojos de Dios.
- Por nuestros familiares que
nos transmitieron la fe.
- Por los que están en camino
hacia la plena visión de Dios.
Y pedimos
que el Señor les conceda la luz eterna, esa luz que el ciego recibió
como anticipo del cielo.
6. Conclusión: Peregrinos
que resisten y esperan
Que esta
Palabra nos deje tres convicciones:
1. La fe no se negocia.
Como los
Macabeos, somos llamados a resistir a los ídolos del pensamiento único.
2. Jesús escucha el grito del que clama.
Como el
ciego de Jericó, no tengamos miedo de suplicar.
3. Nuestros difuntos están en manos del Dios que da
la vida.
La
esperanza del Jubileo se enciende precisamente allí: en la certeza de que la
muerte no tiene la última palabra.
Oración final
Señor
Jesús,
Hijo de David y Señor de la vida,
abre nuestros ojos para reconocerte en estos días finales del año litúrgico.
Danos un corazón fiel como el de los Macabeos,
valiente para resistir,
firme para permanecer en tu alianza.
Mira con
ternura a nuestros difuntos.
Concédeles el descanso eterno
y a nosotros la esperanza de verlos un día
en la gloria donde Tú nos esperas.
Que este
Año Jubilar sea para nosotros
camino de libertad,
de renovación interior
y de fe que no se rinde.
Amén.
17 de noviembre:
Santa Isabel de Hungría, religiosa — Memoria
1207–1231
Patrona de los Terciarios Franciscanos, de los panaderos, mendigos, novias,
sociedades y trabajadores caritativos, exiliados, personas falsamente acusadas,
personas sin hogar, hospitales, encajeras, hogares de ancianos, servicios de
enfermería y de las personas ridiculizadas por su piedad, y de las viudas.
Invocada contra los problemas con la familia política, la muerte de los hijos y
el dolor de muelas.
Canonizada por el Papa Gregorio IX el 27 de mayo de 1235.
Cita:
«El Viernes Santo de 1228, habiendo puesto sus manos sobre el altar en la
capilla de su ciudad, Eisenach —en la cual había acogido a los Hermanos
Menores—, en presencia de varios frailes y parientes, Isabel renunció a su
propia voluntad y a todas las vanidades del mundo. Ella también quiso renunciar
a todas sus posesiones, pero yo la disuadí por amor a los pobres. Poco después
construyó un hospital, reunió a los enfermos y lisiados, y servía en su propia
mesa a los más miserables y privados. Cuando la reprendí por estas cosas,
Isabel respondió que recibía de los pobres una gracia y humildad especiales».
~ Testimonio de su director espiritual, el fraile Conrado, durante el proceso
de canonización
Reflexión
Isabel nació siendo hija del rey Andrés II y de la
reina Gertrudis de Hungría. Su tía materna era Santa Eduviges, Duquesa de
Silesia. Como era la costumbre entre la nobleza de la época, los matrimonios se
arreglaban desde temprana edad para asegurar alianzas entre familias poderosas.
Cuando Isabel tenía apenas cuatro años, caballeros llegaron para llevarla a
Turingia, a unos ochocientos kilómetros de distancia, donde fue criada en la
corte de Hermann I, Landgrave (gobernante) de Turingia. Allí creció junto al
hijo de Hermann, Luis IV, de once años, a quien Isabel estaba desposada para
casarse diez años más tarde.
La madre de Isabel provenía de la poderosa Casa de
Andechs y también se había casado con el rey Andrés por razones políticas. Como
Gertrudis no era húngara, era reina consorte —reina por matrimonio, no por
derecho propio—. Sin embargo, influía frecuentemente en los asuntos del reino,
lo cual causó conflictos entre nobles y miembros de la familia real. Como
resultado, Gertrudis fue asesinada cuando Isabel tenía seis años.
Dos años antes, un gran séquito y una dote enviada
por su padre habían acompañado a Isabel a la corte del Landgrave. Allí recibió
una educación católica, una excelente formación y la atención de damas de
compañía. Aprendió cultura, modales y protocolo real; asistió a banquetes;
vistió ropa fina; y presenció intrigas y luchas de poder propias de la corte.
El Castillo de Wartburg, donde vivía, era magnífico, y el Landgrave de Turingia
era uno de los más ricos del imperio. La vida era lujosa, con poetas y músicos,
comidas exquisitas, reuniones sociales y lo mejor que el mundo podía ofrecer.
Tras bambalinas, muchos grupos conspiraban, buscaban favores y alianzas para
obtener poder. A pesar de esos desafíos y tentaciones, Isabel creció en la fe.
Rezaba, practicaba mortificaciones y se enamoró profundamente de su Señor.
Durante los primeros diez años en el castillo,
Isabel y su futuro esposo, Luis IV, desarrollaron un lazo personal y espiritual
muy fuerte. Aunque el matrimonio era arreglado, pusieron mente, corazón y
voluntad en lo que sería su proyecto de vida. Cuando el padre de Luis murió,
éste tenía dieciséis años y se convirtió en Landgrave. Cuatro años después,
Luis e Isabel se casaron.
Desde el principio, Isabel no encajaba en la vida
cortesana. Era sensible a los pobres, buscaba la virtud y prefería la
sencillez. Por eso se convirtió en objeto de chismes y burlas entre los
miembros más “refinados” de la corte. En Luis, sin embargo, encontró un fuerte
apoyo. Él admiraba sus virtudes y bondad, y rechazaba las críticas,
defendiéndola ante todos.
Dos años después del matrimonio, cuando Isabel
tenía dieciséis años, llegaron frailes franciscanos al castillo para atender
espiritualmente a la corte. El santo fraile Conrado de Marburgo se convirtió en
su director espiritual. Gracias a él conoció la vida de San Francisco, quien
alcanzó las cimas de la santidad y recibió los estigmas al final de su vida,
por obra de un serafín, del coro más alto de los ángeles. Las historias de San
Francisco, la influencia de los frailes y su propia devoción llevaron a Isabel
a profundizar en los misterios de la fe. Se cuenta que un día, orando en la
capilla del castillo, se quitó su corona real, la colocó ante el Crucifijo y se
postró en oración. Cuando su suegra lo vio, la reprendió, diciéndole que ese
gesto no correspondía a su dignidad. Isabel respondió: «¿Cómo puedo yo,
criatura miserable, seguir llevando una corona terrena cuando veo a mi Rey
Jesús coronado de espinas?».
El corazón de Isabel ardía por la justicia y la
caridad. Si veía una injusticia, actuaba de inmediato. Prefería pasar hambre
antes que comer alimentos obtenidos injustamente. Si los pobres eran engañados,
pagaba ella misma la deuda. Le encantaba ir a los pueblos a visitar a los
pobres, llevando comida, ropa y lo que les hiciera falta. Ella misma distribuía
estos bienes, acompañada de sus sirvientas. Esta humildad y generosidad le ganó
el cariño del pueblo, a pesar de la burla de los nobles. Cuando ellos se
quejaban a Luis, él seguía defendiendo a su esposa y apoyando sus obras.
Un día, mientras Isabel llevaba pan escondido desde
el castillo para entregarlo a los pobres, se encontró con su esposo en el
camino. Le habían dicho que Isabel robaba del castillo, así que él le preguntó
qué llevaba en su delantal. Cuando ella lo abrió, aparecieron bellas rosas,
para alegría de Luis, quien interpretó esto como un signo del favor divino que
calló a sus detractores. En otra ocasión, Isabel llevó a un leproso a su propio
cuarto y lo acostó en su cama para cuidarlo. Cuando la suegra de Isabel informó
a Luis indignada, él fue a retirar las sábanas infectadas; pero al hacerlo, vio
—ya sea en visión o por intuición espiritual— que era Cristo mismo a quien
Isabel había atendido en la persona del leproso. Esto profundizó aún más la
admiración de Luis por su esposa.
En 1227, a los veintiséis años, Luis se unió al
ejército del emperador Federico II en la sexta cruzada. En el camino, una
enfermedad se propagó entre las tropas y Luis murió poco después. La noticia
devastó a Isabel, que tenía veinte años. Ella y Luis habían prometido no volver
a casarse si uno de los dos moría, así que Isabel volvió aún más su mirada
hacia Cristo, dedicándose por completo a su misión.
Isabel y Luis tuvieron tres hijos. La menor,
Gertrudis —con la que Isabel estaba embarazada al morir Luis—, llegó a ser
abadesa del Monasterio de Altenburg. La mediana, Sofía, se casó con Enrique II,
Duque de Brabante. El mayor, Hermann, sucedió inicialmente a su padre como
Landgrave cuando tenía solo cuatro años. Aunque Isabel actuó como gobernante en
nombre de su hijo, el hermano de Luis, Enrique, tomó el control como regente y
expulsó a Isabel y a sus hijos del castillo. Hermann murió poco después antes
de poder reclamar su título, y Enrique asumió el control total.
Vagando un tiempo con dos de sus sirvientas, Isabel
confió sus hijos a familiares que simpatizaban con ella. Con el tiempo, la
familia consiguió refugio para Isabel en el Castillo de Marburgo, donde, bajo
la guía del fraile Conrado, se dedicó completamente al servicio de Dios. Tomó
un hábito gris, hizo votos privados y formó una pequeña comunidad con otras
compañeras. La familia de Luis le aseguró el resto de su dote, que ella utilizó
para construir un hospital para los pobres. Pasó los últimos tres años de su
vida atendiendo humildemente a los enfermos. En 1231, a los veinticuatro años,
enfermó con una fuerte fiebre y, tras días de sufrimiento, se entregó
totalmente a Dios. Cuando la gente supo de su enfermedad, acudió a orar por
ella. Poco después de su muerte, numerosos milagros se atribuyeron a su
intercesión. La devoción popular creció tan rápido que, solo cuatro años
después, el Papa Gregorio IX la canonizó y construyó una iglesia en su honor en
Marburgo.
Santa Isabel de Hungría recibió desde muy joven
todos los privilegios y riquezas que este mundo podía ofrecer, pero en su
corazón nada igualaba el privilegio de servir a su Señor, especialmente en los
pobres y enfermos. Ella eligió la mejor parte y ahora goza para siempre en el
cielo.
Oración


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