“El Concilio de Nicea
permanece como un faro que sigue iluminando la fe de la Iglesia: allí se
proclamó con claridad que Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, es el centro
de nuestra salvación y de nuestra historia.”
— San
Juan Pablo II, Discurso a la Asamblea del Consejo para la Unidad de los
Cristianos, 25 de mayo de 1995.
Introducción: un aniversario que
nos interpela
En el año 325, el Concilio de Nicea marcó un
antes y un después para la Iglesia naciente. Hoy, 1.700 años después, no
celebramos solo un hecho histórico; celebramos una identidad espiritual que se
consolidó allí, un modo de comprender la fe que ha sostenido a generaciones
enteras y que todavía ilumina nuestros pasos. Este aniversario llega en un
momento en que la Iglesia atraviesa luces y sombras, búsquedas y tensiones,
pero también esperanzas profundas. Sería ingenuo —y hasta injusto— hablar del
pasado sin escuchar lo que nos dice el presente.
Nicea no es un monumento frío de museo: es una
llama que no se apaga.
1. Ecos de Nicea: cuando la
Iglesia aprendió a respirar unida
El Concilio fue convocado por el emperador
Constantino en un tiempo de conflictos internos y amenazas para la unidad. El
arrianismo dividía a las comunidades y hería la identidad misma de la fe
cristiana. Frente a ello, Nicea proclamó con una claridad luminosa que Jesucristo
es “Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no
creado, de la misma naturaleza del Padre”.
Estos ecos siguen resonando. Nicea nos recuerda
que:
- La
Iglesia respira unidad cuando confiesa un mismo Credo.
- Defender
la verdad no es un gesto de imposición, sino un acto de amor.
- Cuando
Cristo está en el centro, las fracturas se vuelven oportunidades de
conversión.
Nicea fue la escuela de la ortodoxia, pero también
de la comunión.
2. Las repercusiones: un Credo
que formó la conciencia de la cristiandad
El Credo Niceno-constantinopolitano, fruto
de Nicea y completado en Constantinopla (381), no es solo una fórmula
litúrgica. Es un mapa espiritual, una brújula doctrinal, una poesía de la fe
destinada a atravesar los siglos.
Allí nacieron frases que todavía recitamos en
nuestras Eucaristías dominicales y que han moldeado nuestro modo de pensar a
Dios:
- La
confesión de Cristo como Hijo eterno.
- La
afirmación de que el Espíritu Santo es “Señor y dador de vida”.
- La
fe en la Iglesia “una, santa, católica y apostólica”.
Estas líneas han sido repetidas en catacumbas y
catedrales, en tiempos de persecución y de gloria, por mártires, misioneros,
padres y abuelos que le enseñaron a sus hijos a trazar la cruz.
Nicea no solo defendió la fe: la hizo
transmisible, inteligible, y profundamente humana.
3. El legado: custodiar la fe sin
perder la frescura del Evangelio
Celebrar los 1.700 años de Nicea es también
examinar cómo estamos cuidando hoy su legado.
Nicea nos dio tres tesoros que siguen siendo faros:
a) La centralidad de Cristo
Si Cristo es “consustancial al Padre”, entonces no
es un maestro más, ni un símbolo, ni un mito. Es Dios hecho historia, Dios
hecho carne.
Por tanto, toda reforma eclesial auténtica comienza por volver a Él, no
por estrategias sociológicas o administrativas.
b) La necesidad de la comunión
Los Padres conciliares nos enseñan que la verdad se
busca en conjunto, aunque el desacuerdo sea fuerte.
Hoy, cuando la polarización eclesial parece crecer, Nicea nos pide bajar el
tono, escuchar con humildad y recordar que nadie posee la Iglesia, porque la
Iglesia es de Cristo.
c) La responsabilidad de
transmitir la fe
Los Padres de Nicea entendieron que la doctrina
debía ser clara para ser compartida.
En plena cultura digital, donde la fe es a menudo cuestionada o caricaturizada,
este legado nos anima a anunciar con claridad, belleza y misericordia.
4. Reflexión actual: ¿qué nos
está diciendo Nicea hoy?
En un mundo fragmentado, donde muchos experimentan
soledades profundas, miedos culturales o sequedad espiritual, Nicea nos ofrece
un punto firme: Dios no es lejano, sino cercano; no es cambiante, sino fiel;
no es idea, sino Persona.
Hoy, Nicea nos invita a:
- Regresar
al corazón del Credo para redescubrir nuestra identidad.
- Cultivar
una fe madura que no se deja arrastrar por modas doctrinales.
- Trabajar
por una Iglesia más fraterna, donde la verdad se viva con caridad.
- Redescubrir
la belleza de la liturgia, donde el Credo se hace oración viva.
- Hacer
del Jubileo un tiempo de esperanza, purificación y unidad.
Celebrar Nicea no es nostalgia; es profecía.
5. Desde el interior de la
Iglesia: un llamado a la esperanza
Quienes vivimos y servimos en la Iglesia sabemos
que no estamos en tiempos fáciles. Las tensiones internas, los escándalos, el
desgaste espiritual o la indiferencia de muchos bautizados ponen a prueba
nuestra fe y nuestro ánimo pastoral.
Pero justamente ahí, Nicea nos habla:
- La
verdad prevalece,
aunque parezca que las tinieblas avanzan.
- La
comunión es posible, incluso cuando parece frágil.
- El
Espíritu Santo sigue guiando a la Iglesia, tal como lo hizo con los
Padres conciliares.
- Los
concilios pasan, pero Cristo permanece.
Nicea nos recuerda que la Iglesia ha atravesado
crisis mucho más profundas y que siempre ha resurgido, purificada y luminosa,
porque su fuerza no viene de estrategias humanas, sino del Dios que la
sostiene.
Conclusión: una oportunidad para
renovar el sí
Estos 1.700 años no son una efeméride más. Son una
invitación a renovar nuestro sí al Credo que nos sostiene y a la misión
que nos convoca; una ocasión para sanar heridas internas, para fortalecer la
comunión y para proclamar con más convicción que Jesucristo es el Señor,
ayer, hoy y siempre.
Que este aniversario sea para la Iglesia un nuevo
Pentecostés.
Y para cada creyente, un renovado acto de fe:
**Creo en un solo Dios.
Creo en un solo Señor, Jesucristo.
Creo en el Espíritu Santo.**
Lo demás —como la historia lo demuestra— pasa.
Su Palabra, no.

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