Signos y puntos de orientación
Acompañando a nuestros
hermanos y hermanas al Jubileo de los pobres en Roma, nos preguntamos sobre los
“signos” del Reino que debemos discernir.
El Día del Señor se acerca,
nos dice Malaquías. Vemos sucesos que se suceden unos a otros. Percibimos
muchos avisos. Pero ¿cómo distinguir los signos auténticos del Reino de Dios,
ese Reino de justicia y de paz que esperamos junto con toda la humanidad?
En este camino sinodal se nos
ofrecen algunos puntos de orientación, comenzando por el lugar esencial de los
“pobres”, pero también por la colaboración de cada miembro del Cuerpo de Cristo
en la obra evangelizadora, como nos invita san Pablo. Este es el pan cotidiano
que suplicamos cada día y que se nos da por gracia.
Un tercer punto de orientación
nos es propuesto hoy cuando san Lucas nos recuerda que somos testigos, es
decir, “mártires”, porque es la misma palabra en griego. Como hombres y mujeres
del Reino de Dios manifestamos nuestra esperanza por nuestra propia existencia,
a pesar de sus límites. Pero se nos ha prometido una doble ayuda: estamos equipados
con “un lenguaje y una sabiduría” dados y recibidos gratuitamente. No se trata
solamente de ser capaces de dar razón de nuestra esperanza. También podemos
entrar en diálogo con otras sabidurías que estructuran nuestra humanidad.
El lugar de los pobres, la
colaboración evangelizadora y el diálogo de las sabidurías pueden ayudarnos a
discernir los signos del Reino.
¿Cómo testimoniar hoy nuestra esperanza?
¿Con qué gesto voy a unirme al jubileo de los pobres?
Luc Forestier, prêtre à La Madeleine (diocèse de Lille)
Primera lectura
Mal
3, 19-20a
A
ustedes los iluminará un sol de justicia
Lectura de la profecía de Malaquías.
HE aquí que llega el día, ardiente como un horno, en el que todos los
orgullosos y malhechores serán como paja; los consumirá el día que está
llegando, dice el Señor del universo, y no les dejará ni copa ni raíz.
Pero a ustedes, los que temen mi nombre, los iluminará un sol de justicia y
hallarán salud a su sombra.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
97, 5-6. 7-8. 9ab. 9cd (R.: cf. 9)
R. El Señor
llega para regir los pueblos con rectitud.
V. Tañan la cítara
para el Señor,
suenen los instrumentos:
con clarines y al son de trompetas,
aclamen al Rey y Señor. R.
V. Retumbe el mar y
cuanto contiene,
la tierra y cuantos la habitan;
aplaudan los ríos,
aclamen los montes. R.
V. Al Señor, que
llega
para regir la tierra. R.
V. Regirá el orbe con
justicia
y los pueblos con rectitud. R.
Segunda lectura
2
Tes 3, 7-12
Si
alguno no quiere trabajar, que no coma
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses.
HERMANOS:
Ya saben ustedes cómo tienen que imitar nuestro ejemplo: No vivimos entre
ustedes sin trabajar, no comimos de balde el pan de nadie, sino que con
cansancio y fatiga, día y noche, trabajamos a fin de no ser una carga para
ninguno de ustedes.
No porque no tuviéramos derecho, sino para darles en nosotros un modelo que
imitar.
Además, cuando estábamos entre ustedes, les mandábamos que si alguno no quiere
trabajar, que no coma.
Porque nos hemos enterado de que algunos viven desordenadamente, sin trabajar,
antes bien metiéndose en todo.
A esos les mandamos y exhortamos, por el Señor Jesucristo, que trabajen con
sosiego para comer su propio pan.
Palabra de Dios
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya.
V. Levántense, alcen la
cabeza: se acerca su liberación. R.
Evangelio
Lc
21, 5-19
Con
su perseverancia salvarán sus almas
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
EN aquel tiempo, como algunos hablaban del templo, de lo bellamente adornado
que estaba con piedra de calidad y exvotos, Jesús les dijo:
«Esto que contemplan, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que
no sea destruida».
Ellos le preguntaron:
«Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está
para suceder?».
Él dijo:
«Miren que nadie los engañe. Porque muchos vendrán en mi nombre diciendo: “Yo
soy”, o bien: “Está llegando el tiempo”; no vayan tras ellos.
Cuando oigan noticias de guerras y de revoluciones, no tengan pánico.
Porque es necesario que eso ocurra primero, pero el fin no será enseguida».
Entonces les decía:
«Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos,
y en diversos países, hambres y pestes.
Habrá también fenómenos espantosos y grandes signos en el cielo.
Pero antes de todo eso les echarán mano, los perseguirán, entregándolos a las
sinagogas y a las cárceles, y haciéndolos comparecer ante reyes y gobernadores,
por causa de mi nombre. Esto les servirá de ocasión para dar testimonio.
Por ello, métanse bien en la cabeza que no tienen que preparar su defensa,
porque yo les daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni
contradecir ningún
adversario de ustedes.
Y hasta sus padres, y parientes, y hermanos, y amigos los entregarán, y matarán
a algunos de ustedes, y todos los odiarán a causa de mi nombre.
Pero ni un cabello de su cabeza perecerá; con su perseverancia salvarán sus
almas».
Palabra del Señor.
A guisa de introducción:
1
«No se asusten»
Cuando escuchamos la expresión “el Día del
Señor”, nuestros pensamientos se dirigen casi espontáneamente al domingo,
el día en que la comunidad cristiana se reúne para celebrar la resurrección del
Señor. Sin embargo, en la Sagrada Escritura esta expresión tiene un matiz más
amplio y, a veces, inquietante. El Día del Señor suele asociarse con imágenes
de juicio, transformación radical y con aquellos pasajes que evocan el fin de
un mundo marcado por la injusticia, para dar paso al mundo nuevo que Dios
promete.
Las páginas bíblicas, especialmente los escritos
proféticos y apocalípticos, hablan de cataclismos, señales en el cielo, guerras
y convulsiones. No buscan sembrar pánico, sino recordarnos que la historia no
está a la deriva: tiene un sentido, una meta, un cumplimiento en Dios. En este
horizonte se sitúa también la enseñanza de Jesús. Él recuerda que habrá
acontecimientos desconcertantes, pero no revela fechas ni alimenta curiosidades
morbosas. Más bien, previene contra los falsos profetas, contra quienes
se aprovechan del miedo para manipular conciencias y predecir finales
sensacionalistas.
A pesar de ello, el tema del fin del mundo ha sido
objeto de anuncios repetidos a lo largo de los siglos. Recordamos las
predicciones de distintos grupos religiosos, los temores que rodearon el año
2000, o la interpretación catastrofista asociada al calendario maya en 2012.
Cada generación ha tenido sus sobresaltos y ha querido ver en ellos el
desenlace final.
Pero Jesús nos invita a mirar más hondo. No hace
falta esperar grandes señales cósmicas para experimentar nuestros propios
“pequeños fines del mundo”: la enfermedad, el dolor, el desempleo, las pérdidas
afectivas, los duelos, incluso el cierre de templos y comunidades que han
marcado la vida de tantos cristianos en diversos países. También las guerras,
terremotos y tragedias humanitarias —por ejemplo, las gravísimas lluvias e
inundaciones que afectaron a Pakistán en 2025, con cientos de víctimas y
desplazados—. (Wikipedia)
En Colombia, no podemos olvidar lo que significó la
Tragedia de Armero (1985): una erupción del Nevado del Ruiz que generó
avalanchas de lodo y destruyó casi por completo el municipio de Armero,
cobrando la vida de alrededor de 23 000 personas. (Wikipedia)
Nuestra propia tierra ha sido testigo de esas dimensiones de fin de mundo para
comunidades enteras, y ello nos enseña que la invitación de Jesús “No se
asusten” no es un consuelo superficial, sino una comunión de esperanza en medio
del caos.
Frente a todo esto, Jesús no nos pide que entremos
en pánico, sino que demos testimonio. Su mensaje es claro y liberador: «No
se asusten». El cristiano no cree en el fin del mundo como destrucción
absoluta, sino en el fin de un mundo injusto y caduco, para que nazca
algo nuevo de la mano de Dios. Y añade algo todavía más consolador: «Ni un
solo cabello de su cabeza se perderá». Es decir, nuestra vida está segura
en las manos de Aquel que ha vencido a la muerte.
Por eso, en Cristo, el miedo al final ha sido
reemplazado por el final del miedo. Él nos asegura que el amor de Dios es
más fuerte que cualquier cataclismo exterior o interior. Como decía Paul
Claudel, «Jesucristo no ha venido al mundo para explicar el mal y el
sufrimiento, sino para llenarlos de su presencia».
Eso es lo que celebramos cada domingo y lo que el
Evangelio de este día quiere despertar en nuestra alma: una esperanza que
permanece, incluso cuando todo parece tambalearse.
2
Tener
miedo… o transformar el mundo con valentía
A.
Entre el temor y la evasión
Si
usted dice: «¡Qué terrible lo
que va a suceder!», tal vez pertenezca a ese grupo de personas que
tienden a ver la vida en tonos oscuros, que se desaniman fácilmente ante lo que
pueda venir. Puede que el sufrimiento, la muerte o la posibilidad de una
separación familiar le infundan temor. Es una reacción profundamente humana: el
miedo aparece cuando sentimos que la vida se escapa de nuestro control.
En
cambio, si usted suele afirmar: «No
tiene sentido que algo así ocurra», quizá pertenezca al grupo de
quienes prefieren mirar siempre el lado amable de la existencia. Puede ser que
se haga ilusiones sobre la duración indefinida de esta vida, que quiera tomar
únicamente sus alegrías y momentos luminosos, pensando que las pruebas nunca
deberían llegar. También esta actitud es comprensible: es un mecanismo de
defensa ante la fragilidad que no queremos admitir.
Pero,
sea cual sea la reacción, una cosa es cierta: tarde o temprano todos debemos
afrontar la realidad de la muerte, que no es un castigo sino una parte
constitutiva de nuestra condición humana.
B.
La
valentía de transformar el mundo
Quienes
desean vivir de manera plena buscan modelos inspiradores: hombres y mujeres que
han dedicado su existencia a servir, ayudar, consolar, sanar, construir.
Figuras filantrópicas, benévolas, solidarias, que muestran que la vida es más
grande cuando se entrega. Son faros que iluminan el camino de muchos, incluidos
muchos cristianos.
El
cristiano, de hecho, es alguien que vive el presente con los ojos puestos en la
promesa futura. Trabaja, espera y ora por el Día del Señor. Sabe que no puede
desentenderse del mundo: tiene la responsabilidad de transformarlo desde
dentro, comenzando por las mentes y los corazones. Aspira a un mundo donde
todos puedan vivir con dignidad, avanzar hacia Dios, derribar barreras y
fronteras, y debilitar los tentáculos del egoísmo, la injusticia y el
materialismo. Esa es la valentía que brota de la fe.
C. Mirar
la muerte a la luz del Amor
Cada
persona tiene un camino singular hacia la verdad última, hacia Dios. Y cuanto
más clara es la idea que uno se hace del más allá, de la bondad divina y de su
amor, más pacífica y luminosa puede ser la visión de la muerte. Vale la pena
imaginar y soñar el cielo con esperanza: creer que será un espacio para
reconocernos, amarnos de un modo definitivo, profundo, interior, espiritual. El
amor que allí se vive es total, porque así nos ama Dios: abrazándonos
enteramente con su ternura incomparable.
Existen
realidades invisibles que son más verdaderas que muchas visibles:
·
el
pensamiento que se expresa en nuestra mente y a través de los sentidos;
·
el
amor profundo que se manifiesta en gestos de bondad y afecto;
·
y
sobre todo Dios, que nos habla por los sacramentos —el bautismo, el perdón, la
reconciliación, la Eucaristía—, por los acontecimientos de la vida y por las
personas que amamos y nos aman.
Lo
visible nos ayuda a vislumbrar lo invisible; y, a la vez, lo invisible —cuando
creemos de verdad en él— ilumina el sentido de lo que vemos.
Hay
personas cuya serenidad ante la muerte nos evangeliza: su aceptación tranquila,
vivida en fe y en amor confiado, nos reconcilia con nuestra propia fragilidad.
Ellos nos enseñan que morir en Dios es nacer plenamente a Él.
C.
Un mundo que pasa… un mundo que nace
Un
mundo antiguo está destinado a desaparecer y un mundo nuevo está llamado a
surgir. Ese tránsito es para el cristiano un tiempo de testimonio, no de temor;
de perseverancia, no de fuga.
El
mal, la guerra, el sufrimiento y la muerte no se vencen con más violencia, sino
con la fuerza humilde y poderosa de la paz. Se derrotan con el ejercicio
cotidiano de la reconciliación, inspirada por el amor profundo: el amor mismo
de Dios por cada uno de nosotros.
Que
esta certeza nos impulse a vivir sin miedo, trabajando cada día para
transformar el mundo con valentía, con esperanza y con la luz del Evangelio.
1
(Reflexión
a la luz del comentario inicial que encabeza esta entrada)
1. Vivimos en un mundo que tiembla… pero no está
perdido
Queridos
hermanos, las lecturas de este domingo, ya en la antesala del final del año
litúrgico, nos introducen en una atmósfera de inquietud: anuncios de
destrucción del templo, guerras, cataclismos, persecuciones, incertidumbre.
Jesús no edulcora la realidad. Él sabe que la historia humana, marcada por la
fragilidad, conoce épocas oscuras: crisis políticas, guerras sin tregua,
migraciones dolorosas, desastres naturales, tensiones culturales.
Y nuestra
propia vida también conoce sus propios “fines de mundo”:
— la enfermedad inesperada,
— la muerte de un ser querido,
— el desempleo,
— el derrumbe de los proyectos,
— la soledad que hiere,
— las catástrofes colectivas como la tragedia de Armero, cuya memoria sigue
siendo para Colombia un grito que mezcla dolor, solidaridad y esperanza.
Todos
esos fenómenos nos recuerdan que el cristiano no vive de ilusiones; pero
tampoco vive paralizado por el miedo. Jesús es tajante: “No tengan miedo”.
No tengan miedo del final, porque en Él el final del miedo ya ha comenzado.
2. Discernir los signos del Reino: tres luces para
tiempos confusos
El
comentario que hemos traducido nos ofrece una clave preciosa: en medio de
tantas señales y avisos, ¿cómo distinguir los signos auténticos del Reino?
a) El lugar privilegiado de los pobres
Malaquías
anuncia un día del Señor ardiente… pero añade con ternura: “para ustedes,
los que temen al Señor, surgirá un sol de justicia que trae salvación”.
Ese “sol” alumbra primero a quienes el mundo deja a la sombra: los pobres, los
sencillos, los que cargan las heridas de la vida.
El Papa
Francisco lo repite: la Iglesia debe aprender a mirar la realidad desde
abajo, desde los últimos. El Año Jubilar no puede vivirse sin poner a los
pobres en el centro como sacramento vivo del Reino que viene.
¿Cuáles
son los pobres que hoy nos evangelizan?
Los que sufren sin perder la fe, los que perdonan aún con el corazón roto, los
que lloran, pero siguen confiando, los que agradecen en medio de la escasez,
los que cargan cruz sin hacerse víctimas. Ellos son nuestros maestros.
b) La colaboración de todos en la misión
San Pablo
—de carácter directo, realista— advierte a los cristianos de Tesalónica que no
se conviertan en “parásitos espirituales”:
“El que no quiera trabajar, que no coma”.
No se
trata de eficiencia empresarial, sino de una verdad espiritual:
el Reino es obra de Dios… pero Dios quiere contar con nuestras manos.
La Iglesia no es un escenario donde unos actúan y otros aplauden.
Somos Cuerpo, y cada uno tiene una misión irreemplazable.
En clave
jubilar: ¿cómo colaboro yo?
¿Con mi servicio? ¿Con mi tiempo? ¿Con mi oración? ¿Con mi escucha?
¿Soy constructor de comunidad o consumidor de sacramentos?
¿Ayudo a cargar la misión o soy peso muerto?
c) Testigos equipados para la esperanza
Jesús nos
asegura: “Serán llevados ante reyes y gobernadores. Así tendrán ocasión de
dar testimonio”.
Es decir: no nos lanza solos al combate.
Nos promete lengua y sabiduría, palabras y serenidad, fortaleza y luz.
El
discípulo no es un profeta del desastre, sino un mártir de la esperanza,
un testigo que, incluso entre dificultades, transmite paz:
• por su estilo de vida,
• por su paciencia,
• por la mansedumbre del corazón,
• por la transparencia de la fe.
El Año
Jubilar nos invita precisamente a eso: a hacer más visible la esperanza que
llevamos dentro.
3. Cuando el mundo se tambalea, la fe madura
El
evangelio concluye con dos promesas que son el corazón de esta homilía:
“Ni un
cabello de su cabeza perecerá.”
“Con su perseverancia salvarán sus almas.”
El
cristiano no es ingenuo: sabe que la fe no nos libra del dolor.
Pero sí nos libra de la desesperanza.
Nada que
vivimos es inútil, nada es absurdo cuando se vive en Cristo.
Las pruebas no son señales de abandono; son territorio donde la esperanza
aprende a respirar.
Por eso
la pregunta clave del Jubileo es:
¿Cómo testimoniar hoy nuestra esperanza?
• ¿A qué gesto concreto me voy a unir?
• ¿Qué pobre voy a abrazar?
• ¿Qué reconciliación voy a iniciar?
• ¿Qué herida interior voy a presentar al Señor?
• ¿Qué servicio voy a ofrecer como semilla del Reino?
En
tiempos en que muchos se desalientan, el cristiano está llamado a ser signo,
referencia, luz.
4. Conclusión: confiemos nuestra esperanza a la
Madre del Señor
Hermanos,
a medida que se acerca el final del año litúrgico, la Iglesia nos recuerda que
la historia tiene destino: Dios.
Y nos invita a no vivir asustados, sino disponibles.
No temerosos, sino misioneros.
No paralizados, sino vigilantes y perseverantes.
Y hoy, en
este Año Jubilar, ponemos nuestra esperanza y nuestro camino bajo la protección
de la Santísima Virgen María, la Mujer vestida de sol, la Madre de la
Iglesia, la Estrella de la Esperanza.
✦ ORACIÓN FINAL DE INTERCESIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA
Santa
María, Madre de los pobres y consuelo de los que sufren,
enséñanos a discernir los signos del Reino en medio de nuestras sombras.
Tú que guardaste la Palabra en el corazón,
ayúdanos a perseverar sin miedo cuando el mundo se sacude.
Haznos constructores de justicia, servidores de la paz,
y testigos valientes de la esperanza.
Acompaña
a quienes lloran,
fortalece a quienes luchan,
intercede por los que dudan,
y guía a tu Iglesia en este Año Jubilar
para que sea luz para el mundo y hogar para los pobres.
Madre del
Señor y Madre nuestra,
en tus manos ponemos nuestra vida y nuestra comunidad,
seguros de que bajo tu mirada
ningún cabello de nuestra cabeza se perderá.
Amén.
2
1. Palabras que inquietan… pero que fortalecen
El
evangelio de hoy contiene algunas de las palabras más desconcertantes de Jesús.
Habla de persecuciones, de prisiones, de conflictos familiares, de desafíos que
parecen superar la capacidad humana.
“Los
apresarán, los perseguirán… los llevarán ante reyes y gobernadores por causa de
mi nombre.”
Ciertamente
estas no son frases suaves. Si hubiéramos estado allí, quizá algunos habríamos
pensado:
—“¿Es este realmente el camino que quiero seguir?”
—“¿Vale la pena enfrentar tantos riesgos?”
—“¿Por qué seguir a un Maestro que anuncia persecución en vez de comodidad?”
Pero lo
que a primera vista parece desolador, se revela como un mensaje profundamente consolador
y liberador cuando se escucha con fe. Jesús no está sembrando miedo… está
fortaleciendo el corazón. No está anunciando desgracias… está forjando
discípulos valientes. No está pronosticando un final oscuro… está enseñando a
atravesar la noche con una luz encendida.
2. Las palabras de Jesús como grito de batalla
espiritual
Como
comentaba alguien, estas no son palabras para desanimar; son palabras
equivalentes al grito de un general que prepara a sus soldados para una batalla
que exige firmeza, entereza y convicción.
Jesús nos
dice la verdad —que habrá oposición, burlas, incomprensiones, injusticias— pero
lo hace para despertar en nosotros el coraje necesario. Él sabe que la
fe no se sostiene con ingenuidad, sino con fortaleza interior.
Mientras
que el mundo tiende a suavizar la realidad y a ocultar el costo de las
decisiones, Jesús nos habla claro y de frente. Por eso su palabra es tan
luminosa:
porque no engaña, no adorna, no manipula.
Prepara. Fortalece. Consolida.
Él es el
único líder que no promete éxito fácil, sino fidelidad victoriosa.
3. El conflicto no es accidental: estamos en
combate espiritual
Estamos
en una batalla real, no contra personas, sino contra el mal, contra
aquello que oscurece, confunde, divide y destruye. El adversario no es otro que
el “príncipe de este mundo”, que no descansa.
Por eso
Jesús no quiere discípulos distraídos o temerosos, sino testigos firmes.
El Año Jubilar nos invita a asumir esta dimensión espiritual de la vida: no
somos espectadores pasivos; somos protagonistas en la historia de la salvación.
En
nuestro tiempo, la persecución no suele significar martirio físico —aunque
algunos hermanos en el mundo sí lo sufren—, pero existen formas más silenciosas
y cotidianas de rechazo que hieren el corazón del creyente:
- Ser ridiculizado por no
aceptar relativismos.
- Ser tachado de retrógrado
por defender la vida.
- Ser acusado de “intolerante”
por mantenerse fiel a la verdad del Evangelio.
- Vivir tensiones familiares
por optar por Dios.
- Ser visto como anticuado por
ser discípulo de Jesús en una cultura líquida.
A veces
ese rechazo se experimenta en la casa, en la universidad, en el trabajo,
incluso dentro de la misma comunidad eclesial.
4. No se trata de resistir solos: Jesús promete la
sabiduría necesaria
El
corazón del evangelio está en esta frase poderosa:
“Yo mismo
les daré una sabiduría a la cual no podrá hacer frente ni resistir ningún
adversario.”
¡Qué
promesa!
Jesús no dice: “Busquen ustedes cómo defenderse”.
No dice: “Prepárense solitos”.
No dice: “Ensayen su discurso”.
Dice:
“YO MISMO les daré las palabras.”
Es decir:
— No hablen solos.
— No peleen solos.
— No vivan solos.
— No se defiendan solos.
— No evangelicen solos.
Cuando el
discípulo es fiel, el Espíritu Santo habla desde dentro: ilumina lo que
hay que decir, da serenidad, inspira, conduce, sostiene y pone en nuestra boca
palabras que no habríamos podido producir con nuestras solas fuerzas.
¡Cuántas
veces en la vida pastoral uno lo experimenta!
Palabras oportunas que no estaban previstas.
Consejos inesperados que sanan.
Frases que llegan más allá de lo que uno se imaginaba.
Ese es
Jesús cumpliendo su promesa.
5. Perder por amor es ganar en el Reino
Jesús
añade:
“Los traicionarán… algunos serán llevados a la muerte… pero ni un cabello de
su cabeza perecerá.”
¿Qué
significa?
Que los cristianos sí pueden perder cosas:
— reputación,
— amigos,
— posiciones sociales,
— seguridades,
— incluso la vida.
Pero nunca
perderán la comunión con Dios ni la victoria final.
El Reino
no se mide en éxitos visibles, sino en fidelidad.
Y la fidelidad tiene una sola madre: la perseverancia.
“Con
su perseverancia salvarán sus almas.”
6. Año Jubilar: testigos fuertes, no asustados
Este Año
Jubilar es un tiempo para despertar el coraje espiritual.
No basta “creer”; hay que permanecer.
No basta “simpatizar con Jesús”; hay que caminar con Él incluso cuando el
mundo se oscurece.
No basta “admirarlo”; hay que seguirlo hasta el final, porque Él ya fue
hasta el final por nosotros.
La
Iglesia necesita cristianos:
— que no
huyan,
— que no negocien su fe,
— que no se escondan,
— que no diluyan el Evangelio para caer bien,
— que no tengan miedo de ser diferentes cuando el Evangelio lo exige.
El
Jubileo nos recuerda que somos Peregrinos de la Esperanza, no peregrinos
del miedo. Somos hijos de la luz, no cómplices de la oscuridad.
7. ¿Cómo responder hoy al llamado de Jesús?
Preguntas
para este domingo:
- ¿Cuándo fue la última vez
que defendí mi fe con humildad y firmeza?
- ¿Qué espacios me exigen
valentía cristiana hoy?
- ¿Qué persecuciones
silenciosas me invitan a fortalecer mi identidad como discípulo?
- ¿Me dejo formar por Jesús
para que Él hable en mí?
- ¿Soy testigo del Evangelio
por convicción o solo por costumbre?
El
combate espiritual no se libra con violencia, sino con santidad.
No se gana con gritos, sino con fidelidad.
No triunfa por imposición, sino por verdad, humildad y caridad.
8. Conclusión: confiemos nuestra valentía a la
Madre
En la
última etapa de este Año Jubilar, pongamos nuestro camino bajo la mirada de la Santísima
Virgen María, que supo ser fuerte en la mayor de las persecuciones: la
cruz.
Ella es la Mujer que no huyó, que permaneció, que sostuvo la esperanza cuando
los discípulos estaban dispersos.
ORACIÓN FINAL A LA
SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA
Santa
María, Madre del Señor y Madre nuestra,
Tú que permaneciste firme junto a la cruz,
intercede por nosotros para que no desfallezcamos
cuando la fe nos exija valentía.
Haznos
humildes en el combate espiritual,
mansos ante la incomprensión,
fuertes en la esperanza,
y dóciles al Espíritu que nos da palabras y sabiduría.
Que en
este Año Jubilar
podamos ser testigos coherentes del Evangelio,
luz en las tinieblas y consuelo para quienes sufren.
Madre de
la Iglesia, ruega por nosotros,
para que, en medio de toda prueba,
experimentemos la promesa de tu Hijo:
que ni un cabello de nuestra cabeza perecerá
y que la perseverancia nos conducirá a la salvación.
Amén.



No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por visitar mi blog, Deje sus comentarios que si son hechos con respeto y seriedad, contestaré con mucho gusto. Gracias. Bendiciones