sábado, 15 de noviembre de 2025

16 de noviembre del 2025: Domingo 33o del Tiempo ordinario-Ciclo C


Signos y puntos de orientación

Acompañando a nuestros hermanos y hermanas al Jubileo de los pobres en Roma, nos preguntamos sobre los “signos” del Reino que debemos discernir.

El Día del Señor se acerca, nos dice Malaquías. Vemos sucesos que se suceden unos a otros. Percibimos muchos avisos. Pero ¿cómo distinguir los signos auténticos del Reino de Dios, ese Reino de justicia y de paz que esperamos junto con toda la humanidad?

En este camino sinodal se nos ofrecen algunos puntos de orientación, comenzando por el lugar esencial de los “pobres”, pero también por la colaboración de cada miembro del Cuerpo de Cristo en la obra evangelizadora, como nos invita san Pablo. Este es el pan cotidiano que suplicamos cada día y que se nos da por gracia.

Un tercer punto de orientación nos es propuesto hoy cuando san Lucas nos recuerda que somos testigos, es decir, “mártires”, porque es la misma palabra en griego. Como hombres y mujeres del Reino de Dios manifestamos nuestra esperanza por nuestra propia existencia, a pesar de sus límites. Pero se nos ha prometido una doble ayuda: estamos equipados con “un lenguaje y una sabiduría” dados y recibidos gratuitamente. No se trata solamente de ser capaces de dar razón de nuestra esperanza. También podemos entrar en diálogo con otras sabidurías que estructuran nuestra humanidad.

El lugar de los pobres, la colaboración evangelizadora y el diálogo de las sabidurías pueden ayudarnos a discernir los signos del Reino.

¿Cómo testimoniar hoy nuestra esperanza?


¿Con qué gesto voy a unirme al jubileo de los pobres?

 

Luc Forestier, prêtre à La Madeleine (diocèse de Lille)



Primera lectura

Mal 3, 19-20a

A ustedes los iluminará un sol de justicia

Lectura de la profecía de Malaquías.

HE aquí que llega el día, ardiente como un horno, en el que todos los orgullosos y malhechores serán como paja; los consumirá el día que está llegando, dice el Señor del universo, y no les dejará ni copa ni raíz.
Pero a ustedes, los que temen mi nombre, los iluminará un sol de justicia y hallarán salud a su sombra.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 97, 5-6. 7-8. 9ab. 9cd (R.: cf. 9)

R. El Señor llega para regir los pueblos con rectitud.

V. Tañan la cítara para el Señor,
suenen los instrumentos:
con clarines y al son de trompetas,
aclamen al Rey y Señor. 
R.

V. Retumbe el mar y cuanto contiene,
la tierra y cuantos la habitan;
aplaudan los ríos,
aclamen los montes. 
R.

V. Al Señor, que llega
para regir la tierra. 
R.



V. Regirá el orbe con justicia
y los pueblos con rectitud. 
R.

 

Segunda lectura

2 Tes 3, 7-12

Si alguno no quiere trabajar, que no coma

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses.

HERMANOS:
Ya saben ustedes cómo tienen que imitar nuestro ejemplo: No vivimos entre ustedes sin trabajar, no comimos de balde el pan de nadie, sino que con cansancio y fatiga, día y noche, trabajamos a fin de no ser una carga para ninguno de ustedes.
No porque no tuviéramos derecho, sino para darles en nosotros un modelo que imitar.
Además, cuando estábamos entre ustedes, les mandábamos que si alguno no quiere trabajar, que no coma.
Porque nos hemos enterado de que algunos viven desordenadamente, sin trabajar, antes bien metiéndose en todo.
A esos les mandamos y exhortamos, por el Señor Jesucristo, que trabajen con sosiego para comer su propio pan.

Palabra de Dios

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Levántense, alcen la cabeza: se acerca su liberación. R.

 

Evangelio

Lc 21, 5-19

Con su perseverancia salvarán sus almas

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, como algunos hablaban del templo, de lo bellamente adornado que estaba con piedra de calidad y exvotos, Jesús les dijo:
«Esto que contemplan, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida».
Ellos le preguntaron:
«Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?».
Él dijo:
«Miren que nadie los engañe. Porque muchos vendrán en mi nombre diciendo: “Yo soy”, o bien: “Está llegando el tiempo”; no vayan tras ellos.
Cuando oigan noticias de guerras y de revoluciones, no tengan pánico.
Porque es necesario que eso ocurra primero, pero el fin no será enseguida».
Entonces les decía:
«Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países, hambres y pestes.
Habrá también fenómenos espantosos y grandes signos en el cielo.
Pero antes de todo eso les echarán mano, los perseguirán, entregándolos a las sinagogas y a las cárceles, y haciéndolos comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre. Esto les servirá de ocasión para dar testimonio.
Por ello, métanse bien en la cabeza que no tienen que preparar su defensa, porque yo les daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún
adversario de ustedes.
Y hasta sus padres, y parientes, y hermanos, y amigos los entregarán, y matarán a algunos de ustedes, y todos los odiarán a causa de mi nombre.
Pero ni un cabello de su cabeza perecerá; con su perseverancia salvarán sus almas».

Palabra del Señor.




A guisa de introducción:

 

1

«No se asusten»

Cuando escuchamos la expresión “el Día del Señor”, nuestros pensamientos se dirigen casi espontáneamente al domingo, el día en que la comunidad cristiana se reúne para celebrar la resurrección del Señor. Sin embargo, en la Sagrada Escritura esta expresión tiene un matiz más amplio y, a veces, inquietante. El Día del Señor suele asociarse con imágenes de juicio, transformación radical y con aquellos pasajes que evocan el fin de un mundo marcado por la injusticia, para dar paso al mundo nuevo que Dios promete.

Las páginas bíblicas, especialmente los escritos proféticos y apocalípticos, hablan de cataclismos, señales en el cielo, guerras y convulsiones. No buscan sembrar pánico, sino recordarnos que la historia no está a la deriva: tiene un sentido, una meta, un cumplimiento en Dios. En este horizonte se sitúa también la enseñanza de Jesús. Él recuerda que habrá acontecimientos desconcertantes, pero no revela fechas ni alimenta curiosidades morbosas. Más bien, previene contra los falsos profetas, contra quienes se aprovechan del miedo para manipular conciencias y predecir finales sensacionalistas.

A pesar de ello, el tema del fin del mundo ha sido objeto de anuncios repetidos a lo largo de los siglos. Recordamos las predicciones de distintos grupos religiosos, los temores que rodearon el año 2000, o la interpretación catastrofista asociada al calendario maya en 2012. Cada generación ha tenido sus sobresaltos y ha querido ver en ellos el desenlace final.

Pero Jesús nos invita a mirar más hondo. No hace falta esperar grandes señales cósmicas para experimentar nuestros propios “pequeños fines del mundo”: la enfermedad, el dolor, el desempleo, las pérdidas afectivas, los duelos, incluso el cierre de templos y comunidades que han marcado la vida de tantos cristianos en diversos países. También las guerras, terremotos y tragedias humanitarias —por ejemplo, las gravísimas lluvias e inundaciones que afectaron a Pakistán en 2025, con cientos de víctimas y desplazados—. (Wikipedia)

En Colombia, no podemos olvidar lo que significó la Tragedia de Armero (1985): una erupción del Nevado del Ruiz que generó avalanchas de lodo y destruyó casi por completo el municipio de Armero, cobrando la vida de alrededor de 23 000 personas. (Wikipedia)
Nuestra propia tierra ha sido testigo de esas dimensiones de fin de mundo para comunidades enteras, y ello nos enseña que la invitación de Jesús “No se asusten” no es un consuelo superficial, sino una comunión de esperanza en medio del caos.

Frente a todo esto, Jesús no nos pide que entremos en pánico, sino que demos testimonio. Su mensaje es claro y liberador: «No se asusten». El cristiano no cree en el fin del mundo como destrucción absoluta, sino en el fin de un mundo injusto y caduco, para que nazca algo nuevo de la mano de Dios. Y añade algo todavía más consolador: «Ni un solo cabello de su cabeza se perderá». Es decir, nuestra vida está segura en las manos de Aquel que ha vencido a la muerte.

Por eso, en Cristo, el miedo al final ha sido reemplazado por el final del miedo. Él nos asegura que el amor de Dios es más fuerte que cualquier cataclismo exterior o interior. Como decía Paul Claudel, «Jesucristo no ha venido al mundo para explicar el mal y el sufrimiento, sino para llenarlos de su presencia».

Eso es lo que celebramos cada domingo y lo que el Evangelio de este día quiere despertar en nuestra alma: una esperanza que permanece, incluso cuando todo parece tambalearse.

 

2

 

Tener miedo… o transformar el mundo con valentía

 

A.   Entre el temor y la evasión

Si usted dice: «¡Qué terrible lo que va a suceder!», tal vez pertenezca a ese grupo de personas que tienden a ver la vida en tonos oscuros, que se desaniman fácilmente ante lo que pueda venir. Puede que el sufrimiento, la muerte o la posibilidad de una separación familiar le infundan temor. Es una reacción profundamente humana: el miedo aparece cuando sentimos que la vida se escapa de nuestro control.

En cambio, si usted suele afirmar: «No tiene sentido que algo así ocurra», quizá pertenezca al grupo de quienes prefieren mirar siempre el lado amable de la existencia. Puede ser que se haga ilusiones sobre la duración indefinida de esta vida, que quiera tomar únicamente sus alegrías y momentos luminosos, pensando que las pruebas nunca deberían llegar. También esta actitud es comprensible: es un mecanismo de defensa ante la fragilidad que no queremos admitir.

Pero, sea cual sea la reacción, una cosa es cierta: tarde o temprano todos debemos afrontar la realidad de la muerte, que no es un castigo sino una parte constitutiva de nuestra condición humana.

B.    La valentía de transformar el mundo

Quienes desean vivir de manera plena buscan modelos inspiradores: hombres y mujeres que han dedicado su existencia a servir, ayudar, consolar, sanar, construir. Figuras filantrópicas, benévolas, solidarias, que muestran que la vida es más grande cuando se entrega. Son faros que iluminan el camino de muchos, incluidos muchos cristianos.

El cristiano, de hecho, es alguien que vive el presente con los ojos puestos en la promesa futura. Trabaja, espera y ora por el Día del Señor. Sabe que no puede desentenderse del mundo: tiene la responsabilidad de transformarlo desde dentro, comenzando por las mentes y los corazones. Aspira a un mundo donde todos puedan vivir con dignidad, avanzar hacia Dios, derribar barreras y fronteras, y debilitar los tentáculos del egoísmo, la injusticia y el materialismo. Esa es la valentía que brota de la fe.

C.  Mirar la muerte a la luz del Amor

Cada persona tiene un camino singular hacia la verdad última, hacia Dios. Y cuanto más clara es la idea que uno se hace del más allá, de la bondad divina y de su amor, más pacífica y luminosa puede ser la visión de la muerte. Vale la pena imaginar y soñar el cielo con esperanza: creer que será un espacio para reconocernos, amarnos de un modo definitivo, profundo, interior, espiritual. El amor que allí se vive es total, porque así nos ama Dios: abrazándonos enteramente con su ternura incomparable.

Existen realidades invisibles que son más verdaderas que muchas visibles:

·        el pensamiento que se expresa en nuestra mente y a través de los sentidos;

·        el amor profundo que se manifiesta en gestos de bondad y afecto;

·        y sobre todo Dios, que nos habla por los sacramentos —el bautismo, el perdón, la reconciliación, la Eucaristía—, por los acontecimientos de la vida y por las personas que amamos y nos aman.

Lo visible nos ayuda a vislumbrar lo invisible; y, a la vez, lo invisible —cuando creemos de verdad en él— ilumina el sentido de lo que vemos.

Hay personas cuya serenidad ante la muerte nos evangeliza: su aceptación tranquila, vivida en fe y en amor confiado, nos reconcilia con nuestra propia fragilidad. Ellos nos enseñan que morir en Dios es nacer plenamente a Él.

C.   Un mundo que pasa… un mundo que nace

Un mundo antiguo está destinado a desaparecer y un mundo nuevo está llamado a surgir. Ese tránsito es para el cristiano un tiempo de testimonio, no de temor; de perseverancia, no de fuga.

El mal, la guerra, el sufrimiento y la muerte no se vencen con más violencia, sino con la fuerza humilde y poderosa de la paz. Se derrotan con el ejercicio cotidiano de la reconciliación, inspirada por el amor profundo: el amor mismo de Dios por cada uno de nosotros.

Que esta certeza nos impulse a vivir sin miedo, trabajando cada día para transformar el mundo con valentía, con esperanza y con la luz del Evangelio.

 



 HOMILÍAS


1

 

(Reflexión a la luz del comentario inicial que encabeza esta entrada)

 

1. Vivimos en un mundo que tiembla… pero no está perdido

Queridos hermanos, las lecturas de este domingo, ya en la antesala del final del año litúrgico, nos introducen en una atmósfera de inquietud: anuncios de destrucción del templo, guerras, cataclismos, persecuciones, incertidumbre. Jesús no edulcora la realidad. Él sabe que la historia humana, marcada por la fragilidad, conoce épocas oscuras: crisis políticas, guerras sin tregua, migraciones dolorosas, desastres naturales, tensiones culturales.

Y nuestra propia vida también conoce sus propios “fines de mundo”:
— la enfermedad inesperada,
— la muerte de un ser querido,
— el desempleo,
— el derrumbe de los proyectos,
— la soledad que hiere,
— las catástrofes colectivas como la tragedia de Armero, cuya memoria sigue siendo para Colombia un grito que mezcla dolor, solidaridad y esperanza.

Todos esos fenómenos nos recuerdan que el cristiano no vive de ilusiones; pero tampoco vive paralizado por el miedo. Jesús es tajante: “No tengan miedo”. No tengan miedo del final, porque en Él el final del miedo ya ha comenzado.


2. Discernir los signos del Reino: tres luces para tiempos confusos

El comentario que hemos traducido nos ofrece una clave preciosa: en medio de tantas señales y avisos, ¿cómo distinguir los signos auténticos del Reino?

a) El lugar privilegiado de los pobres

Malaquías anuncia un día del Señor ardiente… pero añade con ternura: “para ustedes, los que temen al Señor, surgirá un sol de justicia que trae salvación”.
Ese “sol” alumbra primero a quienes el mundo deja a la sombra: los pobres, los sencillos, los que cargan las heridas de la vida.

El Papa Francisco lo repite: la Iglesia debe aprender a mirar la realidad desde abajo, desde los últimos. El Año Jubilar no puede vivirse sin poner a los pobres en el centro como sacramento vivo del Reino que viene.

¿Cuáles son los pobres que hoy nos evangelizan?
Los que sufren sin perder la fe, los que perdonan aún con el corazón roto, los que lloran, pero siguen confiando, los que agradecen en medio de la escasez, los que cargan cruz sin hacerse víctimas. Ellos son nuestros maestros.

b) La colaboración de todos en la misión

San Pablo —de carácter directo, realista— advierte a los cristianos de Tesalónica que no se conviertan en “parásitos espirituales”:
“El que no quiera trabajar, que no coma”.

No se trata de eficiencia empresarial, sino de una verdad espiritual:
el Reino es obra de Dios… pero Dios quiere contar con nuestras manos.
La Iglesia no es un escenario donde unos actúan y otros aplauden.
Somos Cuerpo, y cada uno tiene una misión irreemplazable.

En clave jubilar: ¿cómo colaboro yo?
¿Con mi servicio? ¿Con mi tiempo? ¿Con mi oración? ¿Con mi escucha?
¿Soy constructor de comunidad o consumidor de sacramentos?
¿Ayudo a cargar la misión o soy peso muerto?

c) Testigos equipados para la esperanza

Jesús nos asegura: “Serán llevados ante reyes y gobernadores. Así tendrán ocasión de dar testimonio”.
Es decir: no nos lanza solos al combate.
Nos promete lengua y sabiduría, palabras y serenidad, fortaleza y luz.

El discípulo no es un profeta del desastre, sino un mártir de la esperanza, un testigo que, incluso entre dificultades, transmite paz:
• por su estilo de vida,
• por su paciencia,
• por la mansedumbre del corazón,
• por la transparencia de la fe.

El Año Jubilar nos invita precisamente a eso: a hacer más visible la esperanza que llevamos dentro.


3. Cuando el mundo se tambalea, la fe madura

El evangelio concluye con dos promesas que son el corazón de esta homilía:

“Ni un cabello de su cabeza perecerá.”
“Con su perseverancia salvarán sus almas.”

El cristiano no es ingenuo: sabe que la fe no nos libra del dolor.
Pero sí nos libra de la desesperanza.

Nada que vivimos es inútil, nada es absurdo cuando se vive en Cristo.
Las pruebas no son señales de abandono; son territorio donde la esperanza aprende a respirar.

Por eso la pregunta clave del Jubileo es:
¿Cómo testimoniar hoy nuestra esperanza?
• ¿A qué gesto concreto me voy a unir?
• ¿Qué pobre voy a abrazar?
• ¿Qué reconciliación voy a iniciar?
• ¿Qué herida interior voy a presentar al Señor?
• ¿Qué servicio voy a ofrecer como semilla del Reino?

En tiempos en que muchos se desalientan, el cristiano está llamado a ser signo, referencia, luz.


4. Conclusión: confiemos nuestra esperanza a la Madre del Señor

Hermanos, a medida que se acerca el final del año litúrgico, la Iglesia nos recuerda que la historia tiene destino: Dios.
Y nos invita a no vivir asustados, sino disponibles.
No temerosos, sino misioneros.
No paralizados, sino vigilantes y perseverantes.

Y hoy, en este Año Jubilar, ponemos nuestra esperanza y nuestro camino bajo la protección de la Santísima Virgen María, la Mujer vestida de sol, la Madre de la Iglesia, la Estrella de la Esperanza.


ORACIÓN FINAL DE INTERCESIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

Santa María, Madre de los pobres y consuelo de los que sufren,
enséñanos a discernir los signos del Reino en medio de nuestras sombras.
Tú que guardaste la Palabra en el corazón,
ayúdanos a perseverar sin miedo cuando el mundo se sacude.
Haznos constructores de justicia, servidores de la paz,
y testigos valientes de la esperanza.

Acompaña a quienes lloran,
fortalece a quienes luchan,
intercede por los que dudan,
y guía a tu Iglesia en este Año Jubilar
para que sea luz para el mundo y hogar para los pobres.

Madre del Señor y Madre nuestra,
en tus manos ponemos nuestra vida y nuestra comunidad,
seguros de que bajo tu mirada
ningún cabello de nuestra cabeza se perderá.

Amén.

 

2

 

1. Palabras que inquietan… pero que fortalecen

El evangelio de hoy contiene algunas de las palabras más desconcertantes de Jesús. Habla de persecuciones, de prisiones, de conflictos familiares, de desafíos que parecen superar la capacidad humana.

Los apresarán, los perseguirán… los llevarán ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre.”

Ciertamente estas no son frases suaves. Si hubiéramos estado allí, quizá algunos habríamos pensado:
—“¿Es este realmente el camino que quiero seguir?”
—“¿Vale la pena enfrentar tantos riesgos?”
—“¿Por qué seguir a un Maestro que anuncia persecución en vez de comodidad?”

Pero lo que a primera vista parece desolador, se revela como un mensaje profundamente consolador y liberador cuando se escucha con fe. Jesús no está sembrando miedo… está fortaleciendo el corazón. No está anunciando desgracias… está forjando discípulos valientes. No está pronosticando un final oscuro… está enseñando a atravesar la noche con una luz encendida.


2. Las palabras de Jesús como grito de batalla espiritual

Como comentaba alguien, estas no son palabras para desanimar; son palabras equivalentes al grito de un general que prepara a sus soldados para una batalla que exige firmeza, entereza y convicción.

Jesús nos dice la verdad —que habrá oposición, burlas, incomprensiones, injusticias— pero lo hace para despertar en nosotros el coraje necesario. Él sabe que la fe no se sostiene con ingenuidad, sino con fortaleza interior.

Mientras que el mundo tiende a suavizar la realidad y a ocultar el costo de las decisiones, Jesús nos habla claro y de frente. Por eso su palabra es tan luminosa:
porque no engaña, no adorna, no manipula.
Prepara. Fortalece. Consolida.

Él es el único líder que no promete éxito fácil, sino fidelidad victoriosa.


3. El conflicto no es accidental: estamos en combate espiritual

Estamos en una batalla real, no contra personas, sino contra el mal, contra aquello que oscurece, confunde, divide y destruye. El adversario no es otro que el “príncipe de este mundo”, que no descansa.

Por eso Jesús no quiere discípulos distraídos o temerosos, sino testigos firmes.
El Año Jubilar nos invita a asumir esta dimensión espiritual de la vida: no somos espectadores pasivos; somos protagonistas en la historia de la salvación.

En nuestro tiempo, la persecución no suele significar martirio físico —aunque algunos hermanos en el mundo sí lo sufren—, pero existen formas más silenciosas y cotidianas de rechazo que hieren el corazón del creyente:

  • Ser ridiculizado por no aceptar relativismos.
  • Ser tachado de retrógrado por defender la vida.
  • Ser acusado de “intolerante” por mantenerse fiel a la verdad del Evangelio.
  • Vivir tensiones familiares por optar por Dios.
  • Ser visto como anticuado por ser discípulo de Jesús en una cultura líquida.

A veces ese rechazo se experimenta en la casa, en la universidad, en el trabajo, incluso dentro de la misma comunidad eclesial.


4. No se trata de resistir solos: Jesús promete la sabiduría necesaria

El corazón del evangelio está en esta frase poderosa:

“Yo mismo les daré una sabiduría a la cual no podrá hacer frente ni resistir ningún adversario.”

¡Qué promesa!
Jesús no dice: “Busquen ustedes cómo defenderse”.
No dice: “Prepárense solitos”.
No dice: “Ensayen su discurso”.

Dice:
“YO MISMO les daré las palabras.”

Es decir:
No hablen solos.
No peleen solos.
No vivan solos.
No se defiendan solos.
No evangelicen solos.

Cuando el discípulo es fiel, el Espíritu Santo habla desde dentro: ilumina lo que hay que decir, da serenidad, inspira, conduce, sostiene y pone en nuestra boca palabras que no habríamos podido producir con nuestras solas fuerzas.

¡Cuántas veces en la vida pastoral uno lo experimenta!
Palabras oportunas que no estaban previstas.
Consejos inesperados que sanan.
Frases que llegan más allá de lo que uno se imaginaba.

Ese es Jesús cumpliendo su promesa.


5. Perder por amor es ganar en el Reino

Jesús añade:
“Los traicionarán… algunos serán llevados a la muerte… pero ni un cabello de su cabeza perecerá.”

¿Qué significa?
Que los cristianos sí pueden perder cosas:
— reputación,
— amigos,
— posiciones sociales,
— seguridades,
— incluso la vida.

Pero nunca perderán la comunión con Dios ni la victoria final.

El Reino no se mide en éxitos visibles, sino en fidelidad.
Y la fidelidad tiene una sola madre: la perseverancia.

Con su perseverancia salvarán sus almas.”


6. Año Jubilar: testigos fuertes, no asustados

Este Año Jubilar es un tiempo para despertar el coraje espiritual.
No basta “creer”; hay que permanecer.
No basta “simpatizar con Jesús”; hay que caminar con Él incluso cuando el mundo se oscurece.
No basta “admirarlo”; hay que seguirlo hasta el final, porque Él ya fue hasta el final por nosotros.

La Iglesia necesita cristianos:

— que no huyan,
— que no negocien su fe,
— que no se escondan,
— que no diluyan el Evangelio para caer bien,
— que no tengan miedo de ser diferentes cuando el Evangelio lo exige.

El Jubileo nos recuerda que somos Peregrinos de la Esperanza, no peregrinos del miedo. Somos hijos de la luz, no cómplices de la oscuridad.


7. ¿Cómo responder hoy al llamado de Jesús?

Preguntas para este domingo:

  • ¿Cuándo fue la última vez que defendí mi fe con humildad y firmeza?
  • ¿Qué espacios me exigen valentía cristiana hoy?
  • ¿Qué persecuciones silenciosas me invitan a fortalecer mi identidad como discípulo?
  • ¿Me dejo formar por Jesús para que Él hable en mí?
  • ¿Soy testigo del Evangelio por convicción o solo por costumbre?

El combate espiritual no se libra con violencia, sino con santidad.
No se gana con gritos, sino con fidelidad.
No triunfa por imposición, sino por verdad, humildad y caridad.


8. Conclusión: confiemos nuestra valentía a la Madre

En la última etapa de este Año Jubilar, pongamos nuestro camino bajo la mirada de la Santísima Virgen María, que supo ser fuerte en la mayor de las persecuciones: la cruz.
Ella es la Mujer que no huyó, que permaneció, que sostuvo la esperanza cuando los discípulos estaban dispersos.


ORACIÓN FINAL A LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

Santa María, Madre del Señor y Madre nuestra,
Tú que permaneciste firme junto a la cruz,
intercede por nosotros para que no desfallezcamos
cuando la fe nos exija valentía.

Haznos humildes en el combate espiritual,
mansos ante la incomprensión,
fuertes en la esperanza,
y dóciles al Espíritu que nos da palabras y sabiduría.

Que en este Año Jubilar
podamos ser testigos coherentes del Evangelio,
luz en las tinieblas y consuelo para quienes sufren.

Madre de la Iglesia, ruega por nosotros,
para que, en medio de toda prueba,
experimentemos la promesa de tu Hijo:
que ni un cabello de nuestra cabeza perecerá
y que la perseverancia nos conducirá a la salvación.

Amén.

  

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