martes, 18 de noviembre de 2025

19 de noviembre del 2025: miércoles de la trigésima tercera semana del tiempo ordinario-I

 

Nuestro trabajo cotidiano

(Lucas 19, 11-28) Dios nos confía talentos para que los hagamos crecer, no para enterrarlos por miedo o por falta de confianza. De hecho, la fe nos impulsa a atrevernos, a arriesgar, a actuar. Aunque sean pequeños, nuestros gestos dan fruto cuando los ofrecemos con amor. Rehusar actuar es olvidar que Dios cree en nosotros. Trabajemos con fe y perseverancia: el Reino también crece gracias a nuestros esfuerzos cotidianos.

Jean-Paul Musangania, prêtre assomptionniste

 


 

Primera lectura

2 Mac 7, 1. 20-31

El Creador del universo les devolverá el aliento y la vida

Lectura del segundo libro de los Macabeos.

EN aquellos días, arrestaron a siete hermanos con su madre. El rey los hizo azotar con látigos y nervios para forzarlos a comer carne de cerdo, prohibida por la ley.
En extremo admirable y digna de recuerdo fue la madre, quien, viendo morir a sus siete hijos en el espacio de un día, lo soportó con entereza, esperando en el Señor. Con noble actitud, uniendo un temple viril a la ternura femenina, fue animando a cada uno y les decía en su lengua patria:
«Yo no sé cómo aparecieron en mi seno: yo no les regalé el aliento ni la vida, ni organicé los elementos de su organismo. Fue el Creador del universo, quien modela la raza humana y determina el origen de todo. Él, por su misericordia, les devolverá el aliento y la vida, si ahora se sacrifican por su ley».
Antíoco creyó que la mujer lo despreciaba, y sospechó que lo estaba insultando.
Todavía quedaba el más pequeño, y el rey intentaba persuadirlo; más aún, le juraba que si renegaba de sus tradiciones lo haría rico y feliz, lo tendría por Amigo y le daría algún cargo.
Pero como el muchacho no le hacía el menor caso, el rey llamó a la madre y le rogaba que aconsejase al chiquillo para su bien.
Tanto le insistió, que la madre accedió a persuadir al hijo: se inclinó hacia él y, riéndose del cruel tirano, habló así en su idioma patrio:
«¡Hijo mío, ten piedad de mí, que te llevé nueve meses en el seno, te amamanté y te crié durante tres años, y te he alimentado hasta que te has hecho mozo! Hijo mío, te lo suplico, mira el cielo y la tierra, fíjate en todo lo que contienen, y ten presente que Dios lo creó todo de la nada, y el mismo origen tiene el género humano. No temas a ese verdugo; mantente a la altura de tus hermanos y acepta la muerte. Así, por la misericordia de Dios, te recobraré junto con ellos».
Estaba todavía hablando, cuando el muchacho dijo:
«¿Qué esperan? No obedezco el mandato del rey; obedezco el mandato de la ley dada a nuestros padres por medio de Moisés. Pero tú, que eres el causante de todas las desgracias de los hebreos, no escaparás de las manos de Dios».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 16, 1bcde. 5-6. 8 y 15 (R.: 15b)

R. Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.

V. Señor, escucha mi apelación,
atiende a mis clamores,
presta oído a mi súplica,
que en mis labios no hay engaño. 
R.

V. Mis pies estuvieron firmes en tus caminos,
y no vacilaron mis pasos.
Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío;
inclina el oído y escucha mis palabras.
 R.

V. Guárdame como a las niñas de tus ojos,
a la sombra de tus alas escóndeme.
Yo con mi apelación vengo a tu presencia,
y al despertar me saciaré de tu semblante.
 R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo los he elegido del mundo -dice el Señor- para que vayan y den fruto, y su fruto permanezca. R.

 

Evangelio

Lc 19, 11-28

¿Por qué no pusiste mi dinero en el banco?

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, Jesús dijo una parábola, porque estaba cerca de Jerusalén y ellos pensaban que el reino de Dios iba a manifestarse enseguida.
Dijo, pues:
«Un hombre noble se marchó a un país lejano para conseguirse el título de rey, y volver después.
Llamó a diez siervos suyos y les repartió diez minas de oro, diciéndoles:
“Negocien mientras vuelvo”.
Pero sus conciudadanos lo aborrecían y enviaron tras de él una embajada diciendo:
“No queremos que este llegue a reinar sobre nosotros”.
Cuando regresó de conseguir el título real, mandó llamar a su presencia a los siervos a quienes había dado el dinero, para enterarse de lo que había ganado cada uno.
El primero se presentó y dijo:
“Señor, tu mina ha producido diez”.
Él le dijo:
“Muy bien, siervo bueno; ya que has sido fiel en lo pequeño, recibe el gobierno de diez ciudades”.
El segundo llegó y dijo:
“Tu mina, señor, ha rendido cinco”.
A ese le dijo también:
“Pues toma tú el mando de cinco ciudades”.
El otro llegó y dijo:
“Señor, aquí está tu mina; la he tenido guardada en un pañuelo, porque tenía miedo, pues eres un hombre exigente que retiras lo que no has depositado y siegas lo que no has sembrado”.
Él le dijo:
“Por tu boca te juzgo, siervo malo. ¿Conque sabías que soy exigente, que retiro lo que no he depositado y siego lo que no he sembrado? Pues ¿por qué no pusiste mi dinero en el banco? Al volver yo, lo habría cobrado con los intereses”.
Entonces dijo a los presentes:
“Quítenle a este la mina y dénsela al que tiene diez minas”.
Le dijeron:
“Señor, ya tiene diez minas”.
“Les digo: al que tiene se le dará, pero al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Y en cuanto a esos enemigos míos, que no querían que llegase a reinar sobre ellos, tráiganlos acá y degüellenlos en mi presencia”».
Dicho esto, caminaba delante de ellos, subiendo hacia Jerusalén.

Palabra del Señor.



1

 

Queridos hermanos:

Hoy la Palabra de Dios nos coloca frente a un espejo que revela la calidad de nuestro corazón y la hondura de nuestra fe. A pocos días de cerrar el año litúrgico, la Iglesia nos invita a mirar hacia atrás con gratitud, hacia adelante con esperanza y hacia dentro con sinceridad. En el marco del Año Jubilar, la Palabra se vuelve un llamado a la valentía, a la fidelidad y a ese “renacimiento interior” que sólo surge cuando volvemos al Señor con confianza filial. Y en esta Eucaristía, unimos todo este camino a una intención que toca lo más humano de nuestra vida: orar por los enfermos, por quienes sufren en el alma y en el cuerpo, por quienes luchan silenciosamente y necesitan experimentar la cercanía del Dios que sana y consuela.


1. Eleazar, la madre y sus hijos: el libro de los mártires de Israel

El Segundo Libro de los Macabeos, que escuchamos hoy, es un libro escrito en medio del dolor y la resistencia. No es una continuación histórica del primero, sino una lectura más profunda, más espiritual, de los mismos acontecimientos: la persecución de Israel por parte del imperio seléucida, los intentos de borrar la identidad religiosa del pueblo, y la valentía de hombres y mujeres que, aun en medio de la tortura, no cedieron su fidelidad al Dios de la Alianza.

El capítulo que hoy nos presenta la liturgia nos muestra la figura heroica de la madre y sus siete hijos, animados por el ejemplo previo de Eleazar, aquel anciano íntegro que prefirió morir antes que traicionar la Ley del Señor. En un tiempo donde muchos negociaban su fe por comodidad o miedo, Eleazar se convirtió en la “memoria viva” que alimentó el coraje de los más jóvenes.

Y aquí aparece algo hermoso:
La fidelidad es contagiosa. El testimonio provoca nuevos testimonios. La fe valiente despierta fe valiente.

La madre, en medio del horror, anima a sus hijos a no renegar del Señor. No lo hace desde la dureza, sino desde la convicción profunda de que la vida verdadera está en Dios, de que morir por la fe no es perder, sino completar el camino de la esperanza.

En este Año Jubilar, donde tantas veces hablamos de “Peregrinos de la Esperanza”, esta escena ilumina una verdad poderosa:
La esperanza cristiana no es ilusión barata; es fidelidad hasta el extremo.


2. Fe y enfermedad: un mismo combate interior

En este momento quiero detenerme un poco en nuestra intención orante por los enfermos.

Los Macabeos enfrentan una persecución externa; nuestros enfermos viven una persecución interna: dolor, fragilidad, incertidumbre, cansancio. Muchos sienten que su cuerpo se convierte en un lugar de batalla. Otros sienten que la soledad pesa más que la enfermedad misma.

Pero la fe que sostiene a la madre y a sus hijos es la misma fe que sostiene al enfermo que hoy ofrece su sufrimiento en silencio, al que lucha contra un diagnóstico difícil, al que espera con paciencia un tratamiento, al que se siente desgastado por el dolor.

El enfermo, como los Macabeos, es un testigo.
Testigo de que el cuerpo puede debilitarse, pero la fe puede fortalecerse.
Testigo de que la enfermedad no tiene la última palabra.
Testigo de que la vida humana, incluso en la fragilidad, sigue siendo sagrada y fecunda.

En ellos, en cada uno de ellos, late una verdad bíblica:
“Mi gracia te basta; en tu debilidad se manifiesta mi poder” (2 Cor 12,9).


3. El Evangelio: “Ahora te toca a ti”

El Evangelio de hoy —la parábola de los talentos— no podría ser más oportuno. Jesús se acerca a Jerusalén y el Reino de Dios está a las puertas. Pero Jesús deja algo claro: el Reino no aparece sin nuestra participación. Dios confía en nosotros. Dios apuesta por nosotros. Dios nos da talentos, capacidades, oportunidades… y nos invita a hacerlos fructificar.

Es como si Jesús nos dijera:

“Ahora te toca a ti. Es tu turno.”

Así como en los juegos de mesa uno espera pacientemente su turno para lanzar el dado, mover la ficha o tomar una decisión decisiva, así también en la vida cristiana Dios nos dice:
“Esta es tu jugada. Este es tu momento.”

Pero aquí emerge un obstáculo que el Evangelio denuncia con fuerza:
el miedo.

El miedo del tercer siervo es el miedo de muchos cristianos hoy.
Miedo a fallar.
Miedo a intentar.
Miedo a comprometerse.
Miedo a arriesgar.
Miedo a servir.
Miedo a salir de lo cómodo.

Ese miedo, cuando se instala en el corazón, es como una enfermedad espiritual:
paraliza, oscurece, apaga la iniciativa y nos hace perder la alegría del Evangelio.

¿Cuántos talentos enterramos por miedo?
¿Cuántas palabras de consuelo dejamos sin decir?
¿Cuántos gestos de servicio postergamos?
¿Cuántos enfermos no visitamos?
¿Cuántos proyectos buenos nunca nacen porque nos falta confianza?

Pero Jesús rompe este cerco psicológico diciendo:
“Dios confía en ti más de lo que tú confías en ti mismo.”


4. Un llamado jubilar: actuar, servir y arriesgar

Este Año Jubilar nos recuerda que la salvación no es pasiva; es un camino. Es peregrinación. Es movimiento. Es respuesta. Es poner la vida al servicio de Dios y del prójimo.

El Señor hoy nos invita a:

  • Arriesgar más amor.
  • Multiplicar más esperanza.
  • Servir con más generosidad.
  • Hacer fecunda la vida incluso desde nuestras heridas.

El Jubileo nos regala una gracia inmensa:
volver a empezar,
reordenar la vida,
desenterrar talentos,
sanar miedos,
reencontrar nuestro lugar en la misión de Dios.

No es casual que hoy recemos por los enfermos: ellos nos recuerdan que la vida es frágil, pero también que es preciosa; que la esperanza no es teoría, sino un acto de fe cotidiano; que cada día es un talento que Dios nos confía para vivirlo con dignidad y amor.


5. Conclusión: “Peregrinos de esperanza” que no entierran sus talentos

Hoy, hermanos, el Señor nos invita a tres cosas:

1.    A la valentía de los Macabeos, que mantuvieron viva la fe incluso en la persecución.

2.    A la confianza del Evangelio, que nos recuerda que Dios nos abre caminos y espera nuestra respuesta.

3.    A la compasión por los enfermos, que son una presencia viva de Cristo sufriente y Cristo esperanzado entre nosotros.

Que el ejemplo de Eleazar y de la madre de los siete hijos nos inspire a ser testigos firmes de la fe.
Que el Evangelio nos anime a no enterrar la vida, sino a ofrecerla con audacia.
Que los enfermos encuentren consuelo en esta comunidad que ora por ellos y los acompaña.

Y que este Año Jubilar, que ya se acerca a su fin, nos encuentre más valientes, más confiados y más disponibles para servir al Reino.

Amén.

2

 

Tu vocación apostólica: cuando el Rey te confía su Reino

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este día nos vuelve a colocar ante una verdad decisiva: Dios confía en nosotros. Dios apuesta por nosotros. Dios entrega su Reino en nuestras manos. Y lo hace no como quien abandona un proyecto, sino como quien invita a colaboradores libres, creativos, responsables y llenos de esperanza. Estamos ya al final del año litúrgico, y en medio del Año Jubilar, esta parábola nos obliga a revisar, con humildad y con valentía, qué hemos hecho con lo que Dios ha puesto en nuestra vida.


1. Las tres actitudes ante el Rey: el espejo del corazón

El Evangelio nos presenta tres grupos de personas, tres formas de relacionarse con Dios, tres caminos espirituales que revelan lo que hay en el corazón.

1) Los que reciben, obedecen y producen frutos

Este primer grupo es el de los siervos que toman el encargo del Rey en serio. Reciben una moneda de oro —un talento, un don, una misión— y no la guardan. La ponen a producir. Asumen el riesgo. Se involucran. Realizan su tarea con alegría. Saben que todo lo que hacen tiene sentido porque viene de Dios y vuelve a Dios.

Estos son los discípulos que entienden que la fe no es pasividad, ni rutina, ni mero cumplimiento: es misión, es creatividad, es fecundidad. Son los cristianos que viven su vida con un fuego interior: el deseo de que el Reino crezca. Su recompensa no es solo el resultado, sino la alegría de servir, de influir para el bien, de transformar realidades.

En ellos se cumple la palabra:
“Fuiste fiel en lo poco, te confiaré lo mucho.”

2) Los que reciben, pero esconden por miedo

El segundo grupo es quizás el más común en nuestro tiempo. Es el creyente que recibe dones, escucha la Palabra, participa, quiere ser fiel… pero tiene miedo. Miedo a comprometerse. Miedo a equivocarse. Miedo a dar un paso que lo saque de su comodidad. Miedo a hablar de Dios. Miedo a evangelizar. Miedo a ser criticado. Miedo a no estar a la altura.

Ese miedo se convierte en una especie de parálisis espiritual que lleva a guardar la vida “en un pañuelo”, a no arriesgar nada, a no perder nada… pero tampoco a ganar nada.

Y Jesús no es ambiguo:
El miedo no es excusa.
El miedo no justifica la esterilidad.
El miedo no puede convertirse en nuestro director espiritual.

Dios es exigente —no en el sentido negativo del término— sino porque sabe de lo que somos capaces. Y espera de nosotros frutos, obras, gestos, iniciativas.

Este es el grupo al que el Evangelio nos invita a no pertenecer.

3) Los que rechazan al Rey

El tercer grupo es el más dramático: los que desprecian al Rey, los que dicen explícitamente:
“No queremos que este gobierne sobre nosotros.”

Representan a quienes rechazan a Dios, a quienes niegan su Señorío, a quienes luchan contra el Evangelio, a quienes ven en Cristo un obstáculo y no una luz. Su destino es el resultado libre de su rechazo. No es venganza divina: es consecuencia de optar por vivir sin Dios.


2. Año Jubilar: un llamado a despertar la vocación apostólica

El Año Jubilar de la esperanza nos recuerda que todos tenemos una misión apostólica. Todos. No solo los sacerdotes, no solo los consagrados, no solo los agentes pastorales. Todo bautizado ha recibido una moneda de oro, un talento, una gracia particular que el Señor espera que se haga fecunda.

Este año de gracia nos pregunta a cada uno:

  • ¿Qué has hecho con los dones que Dios te ha dado?
  • ¿Qué has hecho con tu tiempo, tu carisma, tu inteligencia, tu fe, tu experiencia?
  • ¿Qué talento has puesto al servicio de tu comunidad, de tu familia, de los pobres, de los enfermos, de los que sufren?
  • ¿Qué misión te ha encomendado el Señor y cómo la estás desarrollando?

Porque el Jubileo no es solo indulgencia, no es solo celebración:
es una llamada a recuperar el ardor misionero.

Cristo Rey está a punto de volver —el lenguaje apocalíptico de estos días lo recuerda— y no quiere encontrarnos dormidos, distraídos, tibios o paralizados. Quiere vernos activos, creativos, fecundos, arriesgados. Quiere vernos “en camino”, porque somos peregrinos, no turistas espirituales.


3. La psicología del miedo y la espiritualidad de la confianza

La parábola toca un punto delicado: el miedo. Y no cualquier miedo, sino el miedo al compromiso.
Muchas veces ese miedo nace de:

  • heridas del pasado,
  • falta de confianza en uno mismo,
  • temor a la crítica,
  • pensamientos negativos sobre Dios (“es exigente”, “espera demasiado”),
  • sensación de no ser suficientes,
  • temor a salir de la zona de confort.

Pero Jesús enseña que este miedo es contrario a la fe.
Donde hay miedo que paraliza, falta confianza.
Donde hay miedo que bloquea, falta oración.
Donde hay miedo que justifica la omisión, falta amor.

El cristiano crece cuando se arriesga. Madura cuando entrega. Encuentra sentido cuando sirve. Se fortalece cuando sale de sí mismo.

Por eso, Jesús dice hoy:
“No guardes tu vida; entrégala. No escondas tu talento; compártelo.”


4. Ser siervos fructíferos: un estilo de vida apostólico

El Evangelio nos invita a adoptar una espiritualidad concreta:

1. Vivir con sentido de misión

Nada en la vida del cristiano es neutro.
Todo es oportunidad de amar, de sembrar, de construir Reino.

2. Trabajar por el Reino con alegría

El servicio cristiano no es carga; es honor.
No es castigo; es participación en la obra de Dios.
No es agotamiento; es plenitud.

3. Estar dispuestos a sacrificios

Los siervos fieles arriesgan, trabajan, se esfuerzan.
El Evangelio nunca prometió una vida cómoda, sino una vida fecunda.

4. Confiar más en Dios que en las propias fuerzas

El talento es de Él.
La misión es de Él.
El resultado es de Él.
Solo la disponibilidad es nuestra.


5. Conclusión: “Engage in trade” — ¡Ocúpate en mi obra!

Jesús nos dice hoy, con la misma claridad con la que habló en la parábola:
“Ocúpate en mi obra hasta que yo vuelva.”

Ese es el mandato apostólico.
Ese es el sentido de nuestra vida cristiana.
Ese es el motor de todo discípulo misionero.

Que este Año Jubilar nos encuentre transformando nuestros talentos en frutos,
nuestro miedo en confianza,
nuestra fragilidad en ofrenda,
nuestro tiempo en misión,
nuestra vida en Reino.

Al final de la vida, el Señor no nos preguntará cuánto acumulamos, sino cuánto entregamos; no cuánto supimos, sino cuánto amamos; no qué escondimos, sino qué hicimos fructificar.

Que cada uno de nosotros pueda escuchar aquellas palabras que son la meta de todo cristiano:
“Bien, siervo bueno y fiel… pasa al gozo de tu Señor.”

Amén.

 

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