Jesús llora
(Lc 19,41-44) Al
llorar sobre Jerusalén, Jesús expresa el dolor de Dios ante el rechazo de su
paz.
Esta ciudad es también nuestro
corazón, nuestro hogar, nuestra comunidad cristiana.
¿Le abrimos la puerta de
nuestros días, de nuestras decisiones, de nuestras relaciones?
¿Sigue llorando sobre nuestras
resistencias?
¿O se alegra de nuestra
acogida?
Ofrezcámosle toda nuestra
vida, para que su paz brille en nosotros y a nuestro alrededor.
Jean-Paul Musangania, prêtre assomptionniste
Primera lectura
1
Mac 2, 15-29
Viviremos
según la Alianza de nuestros padres
Lectura del primer libro de los Macabeos.
EN aquellos días, los funcionarios reales, encargados de imponer la apostasía,
llegaron a Modín para que la gente ofreciese sacrificios, y muchos hijos de
Israel acudieron a ellos.
Matatías y sus hijos se reunieron aparte. Los funcionarios del rey tomaron la
palabra y dijeron a Matatías:
«Tú eres una persona ilustre, un hombre importante en esta ciudad, y estás
respaldado por tus hijos y parientes. Adelántate el primero, haz lo que manda
el rey, como lo han hecho todas las naciones; y los mismos judíos, y los que
han quedado en Jerusalén. Tú y tus hijos recibirán el título de Amigos del rey;
los premiarán con oro y plata y muchos regalos».
Pero Matatías respondió en voz alta:
«Aunque todos los súbditos del rey le obedezcan apostatando de la religión de
sus padres y aunque prefieran cumplir sus órdenes, yo, mis hijos y mis
parientes viviremos según la Alianza de nuestros padres. ¡Dios me libre de
abandonar la ley y nuestras costumbres! No obedeceremos las órdenes del rey,
desviándonos de nuestra religión ni a derecha ni a izquierda».
Nada más decirlo, un judío se adelantó a la vista de todos, dispuesto a
sacrificar sobre el ara de Modín, como lo mandaba el rey.
Al verlo, Matatías se indignó, tembló de cólera y, en un arrebato de ira santa,
corrió a degollar a aquel hombre sobre el ara. Y, acto seguido, mató al
funcionario real que obligaba a sacrificar y derribó el ara. Lleno de celo por
la ley, hizo lo que Pinjás a Zimrí, hijo de Salu.
Luego empezó a decir a voz en grito por la ciudad:
«¡Todo el que sienta celo por la ley y quiera mantener la Alianza, que me
siga!».
Y se echó al monte, con sus hijos, dejando en la ciudad todo cuanto tenía.
Por entonces, muchos decidieron bajar al desierto para instalarse allí, porque
deseaban vivir santamente de acuerdo con el derecho y la justicia.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
49, 1b-2. 5-6. 14-15 (R.: 23cd)
R. Al que sigue buen
camino
le haré ver la salvación de Dios.
V. El Dios de los
dioses, el Señor, habla:
convoca la tierra de oriente a occidente.
Desde Sion, la hermosa,
Dios resplandece. R.
V. «Congréguenme a
mis fieles,
que sellaron mi pacto con un sacrificio».
Proclame el cielo su justicia;
Dios en persona va a juzgar. R.
V. «Ofrece a Dios un
sacrificio de alabanza,
cumple tus votos al Altísimo
e invócame el día del peligro:
yo te libraré, y tú me darás gloria». R.
Aclamación
R. Aleluya,
aleluya, aleluya.
V. No endurezcan
hoy su corazón; escuchen la voz del Señor. R.
Evangelio
Lc
19, 41-44
¡Si
reconocieras lo que conduce a la paz!
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
EN aquel tiempo, al acercarse Jesús a Jerusalén y ver la ciudad, lloró sobre
ella, mientras decía:
«¡Si reconocieras tú también en este día lo que conduce a la paz! Pero ahora
está escondido a tus ojos.
Pues vendrán días sobre ti en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te
sitiarán, apretarán el cerco de todos lados, te arrasarán con tus hijos dentro,
y no dejarán piedra sobre piedra. Porque no reconociste el tiempo de tu
visita».
Palabra del Señor.
1
1. Un Dios que llora ante la
ciudad
El
Evangelio de hoy nos muestra una de las escenas más conmovedoras de la vida de
Jesús:
«Al
acercarse y ver la ciudad, lloró sobre ella» (Lc 19,41).
No llora
por un fracaso personal, ni porque la gente no lo aplaude, ni porque las cosas
no salieron como Él quería. Jesús llora por la ciudad, por un pueblo que
no ha reconocido el don que se le ofrecía:
«¡Si al
menos tú comprendieras en este día lo que conduce a la paz…! Pero ahora está
oculto a tus ojos… No reconociste el tiempo de tu visita» (cf. Lc 19,42.44).
En este
Año Jubilar, en el que nos sabemos Peregrinos de la Esperanza, esta
escena tiene una fuerza especial. El Señor se acerca también a nuestras
“ciudades”:
- a nuestro corazón,
- a nuestro hogar,
- a nuestra parroquia,
- a nuestras comunidades
religiosas y movimientos,
- a la Iglesia que
peregrina en Colombia y en todo el mundo.
La
pregunta es directa:
¿Jesús se alegra al mirarnos… o todavía derrama lágrimas por nuestras
resistencias a su paz?
Esa
Jerusalén ante la que el maestro llora, somos nosotros. Nuestro corazón puede
convertirse en ciudad abierta a Dios… o en ciudad que cierra sus puertas a la
visita de la gracia.
2. Jerusalén: una historia de fidelidad y de
rechazo
Para
entender el llanto de Jesús, conviene recordar que Jerusalén es el lugar
de la Alianza, del Templo, de la presencia de Dios. Es el corazón religioso de
Israel. Pero también es el lugar donde los profetas fueron rechazados,
perseguidos y asesinados.
La
primera lectura, del libro de los Macabeos (1 Mac 2,15-29), nos recuerda un
momento trágico en la historia del pueblo:
- Autoridades paganas obligan
a ofrecer sacrificios contrarios a la Ley.
- Muchos ceden por miedo, por
conveniencia, por comodidad.
- Pero un anciano, Matatías,
se mantiene firme y proclama:
«Aunque todas las naciones que están bajo el
dominio del rey le obedezcan… yo y mis hijos y mis hermanos seguiremos la
alianza de nuestros padres» (cf. 1 Mac 2,19-22).
Jerusalén,
a lo largo de la historia, ha sido escenario de fidelidad heroica… y
también de traiciones dolorosas. Por eso Jesús llora: porque ve que una
vez más el pueblo corre hacia su destrucción, cerrando el corazón a la visita
de Dios.
Y hoy,
esa historia continúa:
- hay Matatías anónimos
que permanecen fieles a Dios,
- y hay también corazones que
se venden por poco, que renuncian a la fe por comodidad, miedo o
indiferencia.
3. El llanto de Jesús hoy: nuestra realidad
personal y comunitaria
Si hoy
Jesús se acercara y mirara:
- mi corazón,
- mi familia,
- mi comunidad cristiana,
- nuestra Iglesia local,
- nuestra sociedad
colombiana,
¿qué
vería?
¿Una ciudad que se abre a la paz de Dios o una ciudad que lo ignora?
Podemos
imaginar tres escenas:
1.
El corazón cerrado
o El corazón que dice: “Señor,
entra solo en algunos rincones; en otros no te metas”.
o Donde el rencor, la soberbia, la
doble vida, la falta de perdón o la indiferencia ocupan espacios enteros.
o Corazones que viven de sacramento
en sacramento, pero sin conversión real, sin cambio de vida.
2.
El hogar dividido
o Casas donde se reza, pero también
se hiere con la palabra.
o Familias que piden bendición, pero
viven en guerra fría, sin diálogo, sin ternura.
o Hogares donde Cristo está en un
cuadro en la pared, pero no en las decisiones concretas de la economía, de la
educación de los hijos, del uso del tiempo.
3.
La comunidad que se acostumbra
o Parroquias donde todo funciona,
pero falta ardor misionero.
o Comunidades donde la liturgia es
correcta, pero el corazón está tibio.
o Agentes de pastoral cansados,
desmotivados, más centrados en la organización que en el amor primero al Señor.
Sobre
estas realidades, Jesús no lanza condenas fulminantes. Llora. Y sus
lágrimas son el modo más tierno de decirnos:
“¡No te
destruyas! ¡No cierres la puerta a mi paz! Estás a tiempo…”
9. “No reconociste el tiempo de tu
visita”: un llamado jubilar
En el
centro del Evangelio de hoy encontramos una frase que debe resonar a lo largo
de todo este Año Jubilar:
«No
reconociste el tiempo de tu visita» (Lc 19,44).
El
Jubileo es precisamente un tiempo de visita:
- Dios sale a nuestro
encuentro,
- la Iglesia se pone en
camino,
- se abren puertas santas,
- se invita a una renovación
profunda de la fe, de la esperanza y de la caridad.
Pero
existe un riesgo: vivir el Año Jubilar como “un año más”, con algunos
actos bonitos, celebraciones especiales… pero sin verdadera conversión.
Podemos
participar en peregrinaciones, ganar indulgencias, multiplicar devociones… y,
sin embargo, no reconocer la visita de Dios a nuestra vida concreta.
¿Cómo
reconocer este tiempo de visita?
- Dejando que la Palabra de
Dios cuestione realmente nuestras actitudes.
- Abriendo espacios de
silencio para que el Señor nos hable al corazón.
- Aceptando procesos de
conversión concreta: reconciliaciones, cambios de conducta, decisiones
valientes.
- Haciendo de la Eucaristía no
solo una obligación, sino el centro de la semana y de la vida.
10.
El salmo: el verdadero culto que Dios desea
El Salmo
50(49) que hemos proclamado nos recuerda que Dios no se contenta con cultos
externos:
«No te
reprocho tus sacrificios…
Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza
e invoca mi nombre en el día de la angustia;
yo te libraré y tú me darás gloria» (cf. Sal 49,8.14-15).
En otras
palabras:
- Dios no busca ritos vacíos,
- sino un corazón que lo
alabe,
- una vida que lo invoque en
la tribulación,
- una existencia que le dé
gloria con obras de justicia, misericordia y caridad.
En clave
jubilar, esto significa:
- No basta “ir a la
parroquia”: hay que dejarse transformar por el encuentro.
- No basta “hacer cosas en la
Iglesia”: hay que hacerlas con amor, humildad y espíritu misionero.
- No basta “ponerse la
camiseta del Jubileo”: hay que encarnar la esperanza en gestos
concretos, especialmente con los pobres y los que sufren.
6. La Iglesia que evangeliza: ¿consuela las
lágrimas de Jesús?
Hoy, de
manera especial, oramos por la obra evangelizadora de la Iglesia. Y nos
preguntamos:
- ¿Nuestra evangelización hace
sonreír a Jesús o lo hace llorar?
- ¿Anunciamos el Evangelio
como buena noticia, o solo como carga moral?
- ¿Somos una Iglesia que sale
al encuentro de las periferias, o una Iglesia que se encierra en sus
propias seguridades?
Jesús
llora sobre la ciudad porque ve lo que viene: la destrucción, el sufrimiento,
la violencia. Y también hoy mira nuestras ciudades:
- la violencia que no termina,
- la corrupción que roba pan y
dignidad,
- los jóvenes atrapados en
adicciones, criminalidad o desorientación,
- familias rotas por el
egoísmo, la infidelidad o la pobreza extrema.
La evangelización
no es un lujo para tiempos tranquilos; es una necesidad urgente. El mundo
necesita discípulos misioneros que:
- lleven la paz al barrio, al
trabajo, al colegio;
- anuncien la esperanza donde
solo se habla de fracaso;
- curen heridas con la
cercanía, la escucha, el testimonio de una vida distinta.
Una
Iglesia que evangeliza con pasión seca lágrimas: las de Jesús y las de
los hermanos.
7. Vocaciones: lágrimas de Jesús por llamadas no
respondidas
Nuestra
intención orante de hoy incluye de modo especial las vocaciones:
- vocaciones sacerdotales,
- vocaciones a la vida
consagrada,
- vocaciones laicales
comprometidas,
- vocaciones misioneras ad
gentes.
Podemos
atrevernos a imaginar:
¿no llorará también Jesús por tantas vocaciones no escuchadas, abortadas por el
miedo, sofocadas por la comodidad o la presión social?
- Jóvenes que sintieron un
llamado, pero no encontraron acompañamiento.
- Corazones que se ilusionaron
con seguir a Cristo, pero se dejaron arrastrar por la cultura del “éxito”
y del “tener”.
- Familias que no quieren
“perder” a un hijo o a una hija por el Evangelio, como si entregar la vida
a Cristo fuera desperdiciarla.
En clave
jubilar, el Señor nos llama a ser comunidades que favorezcan el nacimiento y
el discernimiento de vocaciones:
- comunidades donde se hable
con naturalidad del sacerdocio y de la vida consagrada;
- parroquias donde los niños y
jóvenes vean testimonios alegres, cercanos, coherentes;
- familias donde se rece por
las vocaciones y no se tema decir: “Si Dios te llama, nosotros te
apoyamos”.
Tal vez,
si abrimos así nuestros corazones, Jesús dejará de llorar sobre tantas
“ciudades interiores” que por miedo se cierran a su plan.
8. De las lágrimas al compromiso: ¿qué nos pide hoy
el Señor?
A la luz
de las lecturas, del Año Jubilar y de nuestra realidad, el Señor podría estar
pidiéndonos hoy tres cosas concretas:
1.
Reconocer su visita
o Hacer un examen de conciencia
honesto:
“Señor, ¿en qué momentos te he cerrado la puerta?
¿Qué espacios de mi vida no quieren saber de tu paz?”
o Ponerle nombre a aquellas
resistencias interiores que hacen llorar a Jesús:
orgullo, resentimiento, pereza espiritual, doble vida…
2.
Convertir la tristeza en misión
o No quedarnos solo en la culpa,
sino dejarnos renovar por la misericordia.
o Pedir la valentía de Matatías: “Yo
y mi casa serviremos al Señor”, también en medio de un ambiente contrario
al Evangelio.
o Decir:
“Señor, no quiero que llores sobre mi ciudad;
quiero que te alegres al ver mi esfuerzo por anunciarte”.
3.
Orar y trabajar por las vocaciones
o Incluir cada día en nuestra
oración una súplica por vocaciones santas y generosas.
o Animar a los jóvenes, sin miedo,
a preguntarse: “¿Qué quiere Dios de mí?”.
o Crear espacios de acompañamiento
vocacional, de escucha, de discernimiento.
9. Conclusión orante
Podríamos
cerrar esta homilía convirtiéndola ya en oración:
Señor
Jesús,
que lloraste sobre Jerusalén porque no reconoció el tiempo de su visita,
mira hoy nuestras ciudades, nuestros pueblos, nuestras familias, nuestras
comunidades.
Mira nuestra Iglesia, tantas veces cansada, herida, tentada de encerrarse.
Te
pedimos perdón por las veces en que no hemos acogido tu paz,
por las resistencias de nuestro corazón,
por las ocasiones en que hemos puesto obstáculos a tu gracia.
En este
Año Jubilar, haznos peregrinos de esperanza:
que escuchemos tu paso en nuestra historia,
que abramos las puertas de nuestras decisiones y relaciones,
que nuestra vida entera sea lugar de tu presencia.
Bendice
la obra evangelizadora de tu Iglesia:
renueva a los misioneros, fortalece a los catequistas, anima a las comunidades,
suscita en medio de nosotros un nuevo ardor para anunciar tu Evangelio a los
pobres,
para consolar a los que lloran, para sanar los corazones rotos.
Te
confiamos de modo especial las vocaciones:
llama, Señor, a muchos jóvenes a seguirte de cerca,
como sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos misioneros.
Da a nuestras familias un corazón generoso para apoyar estas llamadas,
y a tus consagrados la alegría y coherencia que atraen hacia Ti.
Que un
día, al mirar nuestras ciudades,
no tengas que llorar por nuestra indiferencia,
sino sonreír al ver que tu paz brilla en nosotros y alrededor nuestro.
Amén.
2
La santa tristeza de Jesús: llorar el pecado sin
odiar al pecador
1. Un Dios que no responde con rabia, sino con
santa tristeza
El
Evangelio nos presenta hoy a Jesús mirando Jerusalén y llorando: no llora
por miedo, ni por rabia, ni por deseo de venganza, sino con una “santa
tristeza”.
Jesús
contempla el futuro:
- el asedio,
- la destrucción de la ciudad,
- el Templo arrasado,
- tantas vidas perdidas…
Pero,
sobre todo, ve la falta de fe, la dureza del corazón, el rechazo a la
salvación que Él viene a ofrecer. Eso es lo que más le duele.
Y, aun así, no responde con condenas airadas, sino con lágrimas de amor.
Aquí hay
una primera llamada para nosotros:
Cuando el mal nos hiere, cuando la injusticia nos alcanza, ¿cómo reaccionamos?
- ¿Con rabia?
- ¿Con resentimiento?
- ¿Con deseos de venganza?
¿O somos capaces de entrar en la dinámica de Cristo y dejarnos habitar por una santa tristeza, que no odia al que hace el mal, sino que sufre por él?
2. Jerusalén: profecía de una destrucción… y espejo
de nuestro corazón
Jesús
anuncia:
«Llegarán
días sobre ti en que tus enemigos te rodearán con trincheras, te sitiaron y te
apretarán por todas partes; te estrellarán contra el suelo… y no dejarán en ti
piedra sobre piedra, porque no reconociste el tiempo de tu visita» (cf. Lc 19,43-44).
Históricamente,
sabemos que esta profecía se cumplió:
- el año 70 d.C.,
- el general Tito,
- el Templo destruido,
- la ciudad arrasada.
Jesús no
llora principalmente por las piedras, sino por los corazones.
Jerusalén se convierte en símbolo de un corazón que rechaza la visita de
Dios.
En clave
jubilar podemos decir:
- Jerusalén es también mi
vida,
- mi parroquia,
- mi diócesis/vicariato,
- la Iglesia en Colombia,
- nuestra sociedad.
Y la
pregunta es:
¿Estamos reconociendo el tiempo de la visita del Señor?
¿O caminamos hacia una destrucción interior, hacia una pérdida de la fe,
mientras Cristo nos mira con santa tristeza?
3. Santa tristeza o ira desordenada: ¿cómo
reacciono ante el mal?
Cuando
sufres una injusticia, ¿cómo reaccionas?
¿Atacas, condenas, te defiendes… o entras en la lógica de la “santa tristeza”?
Hay una
diferencia muy grande entre:
- La ira desordenada
- que nace del amor propio
herido,
- que quiere “devolver el
golpe”,
- que busca humillar al otro,
- que termina oscureciendo el
corazón.
- La santa tristeza
- que sufre porque el otro se
hace daño al pecar,
- que no odia a la persona,
sino que lamenta el pecado,
- que mueve a orar, a
interceder, a ofrecer la propia vida,
- que desea la conversión y
la salvación del que hace el mal.
Jesús, al
contemplar Jerusalén, no se pone furioso, no maldice, no se venga.
Llora, y sus lágrimas son un acto de amor extremo.
En este
Año Jubilar, el Señor nos invita a un paso de madurez espiritual:
- dejar atrás reacciones
infantiles, impulsivas, agresivas,
- para acoger un corazón que
sabe “llorar con amor el pecado del mundo”, empezando por el
propio.
4. Macabeos: celo santo que no se convierte en odio
La
primera lectura (1 Mac 2,15-29) nos presenta a Matatías, un anciano que se
niega a traicionar la Alianza cuando las autoridades quieren imponer
sacrificios paganos. Su gesto es fuerte, incluso violento en el contexto
narrativo. Pero la Iglesia, al proponer este texto junto al Evangelio, nos
invita a un discernimiento:
- Sí al celo por la fe,
- no a la violencia del odio.
La
tentación hoy, ante tantas ideologías contrarias al Evangelio, es responder con
la misma moneda:
- insultar,
- descalificar,
- ridiculizar,
- dividir.
El
Jubileo nos llama a otro estilo:
- Celo apostólico, como el de Matatías, que
proclama:
«Yo y mis hijos y mis hermanos seguiremos la
alianza de nuestros padres»
- unido a la santa tristeza
de Jesús, que ama incluso a quienes se convierten en sus enemigos.
La misión
de la Iglesia hoy exige esta doble actitud:
- firmeza en la verdad,
- mansedumbre en el corazón.
Ni
relativismo que lo diluye todo,
ni fanatismo que destruye al otro.
Santa tristeza que nos hace sufrir por el pecado sin odiar al pecador.
5. El verdadero culto: un corazón que sabe llorar
El Salmo
50(49) nos recuerda que Dios no se deja impresionar por sacrificios externos:
«Ofrece a
Dios un sacrificio de alabanza…
invócame en el día del peligro; yo te libraré y tú me darás gloria» (cf. Sal 49,14-15).
La “santa
tristeza” de Jesús está profundamente unida a este verdadero culto:
- no es teatro emocional,
- no es victimismo,
- es la expresión de un
corazón totalmente entregado al Padre y a la salvación de los demás.
En
nuestra vida eclesial podemos estar muy ocupados en actividades, reuniones,
celebraciones…
pero si no aprendemos a llorar de verdad por el pecado del mundo, a
dolernos por la indiferencia religiosa, por la injusticia, por la corrupción,
por la violencia, ¿qué clase de culto damos a Dios?
El
Jubileo es una gran oportunidad para:
- recuperar la oración de
intercesión,
- los momentos de adoración
eucarística en los que presentamos al Señor las heridas del pueblo,
- la compunción del corazón,
que llora los propios pecados y los del mundo, confiando en la
misericordia.
6. Santa tristeza y obra evangelizadora de la
Iglesia
Hoy
oramos de manera especial por la obra evangelizadora de la Iglesia.
La santa
tristeza no se queda en sentimiento; se convierte en motivación para
transformar el pecado.
Es decir:
- No basta lamentarse de que
“la gente ya no va a Misa”,
- no basta criticar que “los
jóvenes están perdidos”,
- no sirve de mucho repetir
que “el mundo está muy mal”.
La santa
tristeza:
- nos mueve a salir, a
acercarnos,
- nos impulsa a escuchar,
a acompañar,
- nos anima a proponer el
Evangelio con paciencia, con misericordia, con esperanza.
Una
parroquia, un vicariato, una diócesis, una comunidad religiosa que viven la
santa tristeza de Jesús:
- no insultan al mundo,
- no se encierran en nostalgia
del pasado,
- no se quedan criticando
desde la barrera.
Se
arrodillan ante el Señor, lloran con Él el pecado del mundo, y luego se
levantan para evangelizar con gestos de cercanía, con proyectos concretos,
con presencia en las periferias.
7. Vocaciones: ¿sabemos llorar la falta de obreros?
Nuestra
intención orante toca hoy las vocaciones.
La santa tristeza de Jesús también se puede aplicar aquí:
- ¿Nos duele de verdad la
falta de sacerdotes, de religiosos, de misioneros?
- ¿Nos duele que muchos
carismas se apaguen, que muchas comunidades envejezcan, que tantos jóvenes
ni siquiera se planteen la posibilidad de una entrega total a Dios?
Podemos
reaccionar con queja:
- “Nadie quiere
comprometerse”,
- “Los jóvenes de hoy no
sirven para esto”,
- “Antes sí había vocaciones,
ahora ya no”.
O podemos
entrar en la lógica de la santa tristeza:
- llorar ante el Señor la
falta de obreros,
- reconocer nuestras propias
incoherencias que alejan a los jóvenes,
- pedir perdón por los
escándalos y sombras de la Iglesia,
- suplicar con fe:
«Señor, envía obreros a tu mies; toca corazones,
despierta llamados, renueva nuestra entrega.»
Una
comunidad que se deja habitar por esta santa tristeza:
- ora más,
- acompaña mejor,
- propone con más valentía la
vocación consagrada,
- crea un ambiente donde decirle
“sí” a Dios no sea visto como locura, sino como gracia.
8. De la santa tristeza al compromiso concreto
Se nos
invita finalmente a un examen muy práctico:
“Reflexiona
sobre tu manera de afrontar el mal que ves…
¿reaccionas con ira o con santa tristeza?”
Podríamos
traducirlo en tres pasos, en clave jubilar:
1.
Mirar de frente el mal
o no negar las injusticias,
o no minimizar el pecado,
o no tapar lo que duele.
2.
Dejar que el corazón se conmueva
o permitir que el Espíritu Santo
nos conceda compunción,
o sufrir por el pecado propio y
ajeno,
o llorar delante de Dios como Jesús
ante Jerusalén.
3.
Transformar la tristeza en misión
o ofrecer la Eucaristía, la
adoración, el rosario, la vida misma,
o asumir compromisos concretos de
evangelización, caridad, reconciliación,
o ser instrumentos de paz allí
donde el mal destruye.
9. Conclusión orante
Señor
Jesús,
Tú contemplaste Jerusalén y lloraste sobre ella.
No te llenaste de rabia ni de odio,
sino de una santa tristeza por la falta de fe de muchos.
Mira hoy
nuestras ciudades, nuestros pueblos, nuestras familias,
nuestra Iglesia local, nuestra patria.
Mira nuestra tibieza, nuestras incoherencias, nuestras resistencias.
Danos,
Señor, participar de tu santa tristeza:
que sepamos llorar nuestros pecados y los del mundo
sin odiar a nadie,
sin devolver mal por mal,
sin encerrarnos en la queja o el resentimiento.
Haznos,
en este Año Jubilar,
hombres y mujeres de corazón conmovido,
capaces de interceder, de ofrecer, de reparar.
Bendice
la obra evangelizadora de tu Iglesia:
que nuestras comunidades no se queden criticando desde lejos,
sino que salgan al encuentro con misericordia y valentía.
Te
pedimos también por las vocaciones:
suscita en muchos jóvenes el deseo de seguirte de cerca,
como sacerdotes, religiosos, consagrados y laicos misioneros.
Que nuestras familias y parroquias sean tierra buena
donde tu llamada no se apague, sino que sea acogida con alegría.
Jesús,
con tu corazón triste y santo,
enséñanos a amar como Tú amas.
Jesús, en Ti confiamos. Amén.

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