sábado, 31 de enero de 2026

Primero de febrero del 2026: cuarto domingo del tiempo ordinario- Ciclo A

 


La lógica del Reino: Dios elige lo pequeño

(Sof 2,3; 3,12-13 / Sal 146(145) / 1 Co 1,26-31 / Mt 5,1-12a)

Reunidos como comunidad, el Señor nos convoca hoy para revelarnos el rostro verdadero de la felicidad y el corazón de su Reino. En un mundo que suele llamar “dichosos” a los fuertes, a los triunfadores, a los que tienen poder o prestigio, la Palabra de Dios nos propone una lógica distinta: la de Dios, que mira lo pequeño, sostiene lo frágil y levanta al humilde.

La primera lectura, del profeta Sofonías, nos invita a buscar al Señor con un corazón sencillo: “buscad la justicia, buscad la humildad”. Dios promete dejar en medio de su pueblo “un resto humilde y pobre” que confíe en su Nombre. No se trata solo de una pobreza material, sino de la actitud interior de quien reconoce que no se salva solo, de quien vive con manos abiertas y espíritu disponible, sin arrogancia ni engaño.

El salmo responsorial prolonga esta esperanza: el Señor es fiel por siempre, hace justicia, sostiene al que cae, protege al extranjero y ampara al huérfano y a la viuda. Por eso cantamos con confianza que es dichoso quien pone su esperanza en Dios. La verdadera seguridad no está en los “príncipes” ni en las fuerzas humanas, siempre limitadas, sino en el Señor que no abandona a los suyos.

San Pablo, en la segunda lectura, nos ayuda a comprender la sorprendente manera de actuar de Dios. Recordándonos nuestra propia vocación, afirma que Dios no eligió lo que el mundo considera brillante o poderoso, sino lo que parece débil e insignificante, para manifestar su gracia. Así queda claro que la salvación no es un trofeo de los autosuficientes, sino un don para quienes se dejan alcanzar por Cristo, “sabiduría, justicia, santificación y redención”.

En el Evangelio, Jesús sube al monte y proclama las Bienaventuranzas: el camino de los discípulos y la carta magna del Reino. “Dichosos” —dice— los pobres de espíritu, los mansos, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los que lloran y los perseguidos por causa del bien. No es una invitación a la tristeza ni a la resignación, sino a una vida nueva, sostenida por Dios, donde el amor se vuelve fuerza, la humildad se vuelve grandeza y la esperanza se vuelve certeza.

Al iniciar esta Eucaristía, pidamos la gracia de dejarnos convertir por esta palabra exigente y luminosa. Que el Señor nos enseñe a reconocer la verdadera felicidad, la que nace de confiar en Él, de vivir con un corazón pobre y libre, y de caminar tras las huellas de Cristo en la justicia, la misericordia y la paz.




Primera lectura

Sof 2, 3; 3, 12-13

Dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre

Lectura de la profecía de Sofonías.

BUSQUEN al Señor los humildes de la tierra,
los que practican su derecho,
busquen la justicia, busquen la humildad,
quizá puedan resguardarse
el día de la ira del Señor.
Dejaré en ti un resto,
un pueblo humilde y pobre
que buscará refugio en el nombre del Señor.
El resto de Israel no hará más el mal,
no mentirá ni habrá engaño en su boca.
Pastarán y descansarán,
y no habrá quien los inquiete.

Palabra de Dios.

Salmo




Sal 145, 6c-7. 8-9a. 9bc-10 (R.: Mt 5, 3)

R. Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

O bien:

R. Aleluya.

V. El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente,
hace justicia a los oprimidos,
da pan a los hambrientos.
El Señor liberta a los cautivos. R.

V. El Señor abre los ojos al ciego,
el Señor endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos.
El Señor guarda a los peregrinos. R.

V. Sustenta al huérfano y a la viuda
y trastorna el camino de los malvados.
El Señor reina eternamente,
tu Dios, Sion, de edad en edad. R.



segunda lectura


1 Cor 1, 26-31

Dios ha escogido lo débil del mundo

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

FÍJENSE en su asamblea, hermanos: no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; sino que, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso.
Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor.
A él se debe que ustedes estén en Cristo Jesús, el cual se ha hecho para nosotros sabiduría de parte de Dios, justicia, santificación y redención.
Y así —como está escrito—: «el que se gloríe, que se gloríe en el Señor».

Palabra de Dios.



Aclamación


R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en el cielo. R.



Evangelio


Mt 5, 1-12a

Bienaventurados los pobres en el espíritu

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos,
porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que lloran,
porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia,
porque ellos quedarán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados ustedes cuando los insulten y los persigan y los calumnien de cualquier modo por mi causa. Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en el cielo».

Palabra del Señor.




1

 

Las Bienaventuranzas: la gran aventura del Evangelio

Hermanos y hermanas,

La liturgia de este IV Domingo del Tiempo Ordinario nos introduce en el corazón del mensaje de Jesús. El Evangelio según san Mateo nos presenta las Bienaventuranzas (cf. Mt 5,1-12), un texto que no es solo bello ni consolador, sino profundamente revolucionario. Aquí Jesús nos revela su proyecto de vida, su propuesta de felicidad, su manera de entender al ser humano y su relación con Dios.

No estamos ante un discurso piadoso ni ante una lista de ideales inalcanzables. Estamos ante el programa del Reino, la carta de navegación del discípulo, el camino que conduce a la vida plena.

7.    ¿Qué es una bienaventuranza?

La palabra bienaventuranza no forma parte de nuestro lenguaje cotidiano, pero encierra una riqueza inmensa. Sin pretender hacer filología estricta, podemos acercarnos a su sentido desde una lectura pedagógica y pastoral.

“Bienaventuranza” parece reunir tres elementos:

  • Bien: lo bueno, lo justo, lo que está en sintonía con Dios.
  • Aventura: una experiencia de vida intensa, comprometida, que implica riesgo, audacia y entrega.
  • -anza: un sufijo que expresa acción, efecto, incluso una misión o un encargo.

Así, podríamos decir que una bienaventuranza es una buena aventura, una manera de vivir que no evita las dificultades, pero que está llena de sentido, atravesada por el amor de Dios y orientada a la verdadera felicidad.

No es casual que en francés las bienaventuranzas se llamen béatitudes, una palabra que evoca una actitud bella, una forma hermosa y coherente de estar en la vida.

2. La vida como la gran aventura

El término aventura viene del latín advenire: llegar, acontecer, suceder. Algo que irrumpe y nos pone en camino.

Con frecuencia asociamos la aventura a lo extraordinario o a la ficción: las aventuras de Superman, de Tarzán, de Kalimán, de Tintín… héroes que enfrentan peligros y realizan gestas memorables.
O, en un sentido más pobre y distorsionado, reducimos la aventura a relaciones escondidas, pasajeras y riesgosas, vacías de compromiso y de verdad.

Pero la aventura más grande es la vida misma. Cada ser humano está llamado a hacer de su existencia algo valioso, fecundo y significativo. Cada uno de nosotros está invitado a ser —en el mejor sentido— protagonista de su propia historia, no con poderes extraordinarios, sino con verdad, justicia, misericordia y coraje.

Y es precisamente ahí donde Jesús irrumpe con las Bienaventuranzas: no para quitarnos la vida, sino para enseñarnos a vivirla en plenitud.

3. Jesús en el monte: un nuevo Moisés

San Mateo nos dice que Jesús sube al monte para proclamar las Bienaventuranzas. Este detalle no es casual. Para la comunidad de Mateo, profundamente arraigada en la tradición judía, Jesús aparece como el nuevo Moisés, que no entrega tablas de piedra, sino que graba la ley del Reino en el corazón.

Las Bienaventuranzas son:

  • una carta de navegación,
  • un manual de instrucciones,
  • un programa de felicidad,

pero no de una felicidad superficial o inmediata, sino de la que conduce a la vida verdadera, aquí y en la eternidad.

Y Jesús comienza con una afirmación desconcertante:

“Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el Reino de los cielos”.

4. La clave de la primera lectura: los humildes de Dios

La primera lectura, tomada del profeta Sofonías (cf. Sof 2,3; 3,12-13), nos da una clave esencial para comprender esta bienaventuranza.

Dice el profeta:

“Buscad al Señor todos los humildes de la tierra, los que cumplís sus mandamientos; buscad la justicia, buscad la humildad”.

Y añade:

“Dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre, que confiará en el nombre del Señor”.

Aquí entendemos que la pobreza de la que habla la Escritura no se reduce simplemente a la carencia material. Se trata, ante todo, de una actitud interior: humildad, confianza, mansedumbre, disponibilidad.

El “pueblo pobre” de Sofonías es el pueblo que ya no se apoya en su propio poder, que no vive de la soberbia ni de la autosuficiencia, sino que pone su esperanza en Dios. Ese es el pueblo que Dios protege, sostiene y salva.

Cuando Jesús proclama las Bienaventuranzas, está hablando precisamente a este pueblo: a los humildes, a los que buscan, a los que no se creen autosuficientes, a los que tienen hambre de sentido y sed de justicia.

5. El salmo: confiar solo en el Señor

El Salmo 146 responde como una oración confiada a esta misma verdad. Nos presenta un retrato conmovedor del Dios en quien vale la pena poner la esperanza:

  • Él mantiene su fidelidad eternamente,
  • hace justicia a los oprimidos,
  • da pan a los hambrientos,
  • libera a los cautivos,
  • endereza a los encorvados,
  • protege al extranjero, sostiene al huérfano y a la viuda.

Y el salmo nos advierte con claridad:

“No confiéis en los príncipes, en un mortal que no puede salvar”.

Aquí está la lógica de las Bienaventuranzas: la verdadera felicidad nace de confiar en el Señor, no en las seguridades humanas, no en el poder, no en el prestigio, no en la riqueza.

6. Las elecciones sorprendentes de Dios

Toda la historia de la salvación confirma esta lógica. Dios elige de manera sorprendente:
eligió a María, una joven sencilla de Nazaret;
eligió a José, un hombre justo y silencioso;
eligió a Pedro, frágil y temeroso;
eligió incluso a Judas, respetando su libertad;
eligió a Juan, el discípulo fiel al pie de la cruz.

Dios no elige según nuestros criterios. Él no busca a los más fuertes ni a los más sabios según el mundo, sino a los disponibles, a los que se dejan amar y transformar.

San Pablo lo expresa con claridad en la segunda lectura:

“Lo necio del mundo lo escogió Dios para confundir a los sabios; y lo débil del mundo lo escogió Dios para confundir a lo fuerte” (1 Co 1,27).

Y añade desde su propia experiencia:

“Cuando soy débil, entonces soy fuerte” (cf. 2 Co 12,10).

7. Conclusión

Hermanos y hermanas,

Las Bienaventuranzas no son una teoría ni una utopía. Son una forma concreta de vivir, la gran aventura del Evangelio. No prometen una vida fácil, pero sí una vida verdadera.

Ser bienaventurado no es no sufrir, sino saber hacia dónde caminar.
No es evitar la cruz, sino descubrir que Dios camina con nosotros.
No es huir del mundo, sino transformarlo desde dentro.

Sí, las elecciones de Dios pueden ser sorprendentes.
Y quizá hoy, escuchando esta Palabra, descubrimos que Dios también nos está eligiendo a nosotros.

Que el Señor nos conceda la gracia de vivir esta buena aventura del Reino, con humildad, confianza y esperanza.

Amén.

 

2

 

Las Bienaventuranzas: el camino de la verdadera felicidad

Hermanos y hermanas,

Las lecturas que hoy hemos proclamado nos colocan frente a una pregunta fundamental, quizá la más decisiva de todas:
¿qué significa ser verdaderamente feliz?
No una felicidad pasajera, superficial o dependiente de las circunstancias, sino esa felicidad profunda que da sentido a la vida y que permanece incluso en medio del dolor, de la pobreza o de la persecución.

Toda la liturgia de este domingo nos responde con una sola voz: la felicidad verdadera nace de la dependencia confiada en Dios.

1. La felicidad según Dios, no según el mundo

Vivimos en una sociedad que identifica la felicidad con el éxito, el dinero, el poder, la comodidad o el reconocimiento. Se nos hace creer que es feliz quien tiene más, quien puede más, quien disfruta más. Sin embargo, basta mirar con honestidad nuestro mundo para darnos cuenta de que, a pesar de tantos avances, la insatisfacción, la angustia y la tristeza crecen.

El Evangelio de hoy nos sitúa en otro horizonte. Jesús sube al monte —como nuevo Moisés— y proclama las Bienaventuranzas, que no son simples consejos espirituales, sino el programa del Reino, el retrato del discípulo, el camino hacia la felicidad eterna.

Las Bienaventuranzas no anulan los Diez Mandamientos; los llevan a plenitud. Mientras los mandamientos nos dicen sobre todo lo que no debemos hacer, Jesús nos muestra las actitudes del corazón que nos conducen a la vida verdadera.

2. La primera lectura: un pueblo humilde que confía en el Señor

El profeta Sofonías, en la primera lectura (Sof 2,3; 3,12-13), se dirige a un pueblo marcado por la corrupción, la injusticia y la infidelidad. Sin embargo, en medio de ese panorama oscuro, anuncia la esperanza de un “resto”, una minoría fiel, a la que llama dichosa.

¿Quiénes son esos bienaventurados?
Son los que buscan la justicia,
los que buscan la humildad,
los que no hacen el mal ni dicen mentiras,
los que confían en el nombre del Señor.

No se trata de una pobreza romántica ni ideológica, sino de una actitud interior: reconocer que no nos salvamos solos, que necesitamos de Dios. Esa es la pobreza que Jesús proclamará como bienaventurada: la del corazón que se sabe necesitado, abierto, disponible.

3. El salmo: dichoso el que pone su esperanza en el Señor

El Salmo 146 continúa esta misma enseñanza y la convierte en oración. El salmista proclama dichoso al que pone su esperanza en el Señor, no en los príncipes ni en los poderosos de este mundo, que hoy están y mañana desaparecen.

Dios —nos dice el salmo—:

  • mantiene su fidelidad eternamente,
  • hace justicia a los oprimidos,
  • da pan a los hambrientos,
  • libera a los cautivos,
  • sostiene al huérfano y a la viuda.

Este es el Dios de las Bienaventuranzas: un Dios cercano, defensor de la vida, aliado de los pequeños. Quien confía en Él no queda defraudado.

4. San Pablo: Dios elige lo débil

En la segunda lectura (1 Co 1,26-31), san Pablo ayuda a la comunidad de Corinto —y a nosotros— a entender el modo de actuar de Dios. Les recuerda que no fueron llamados por sus méritos, su sabiduría o su poder, sino por pura gracia.

Dios —dice Pablo— elige lo débil para confundir a lo fuerte, lo necio para confundir a lo sabio. De este modo, nadie puede gloriarse delante de Él. Nuestra fuerza, nuestra justicia y nuestra santidad tienen un solo nombre: Jesucristo.

Aquí aparece de nuevo el núcleo de las Bienaventuranzas: vivir desde la dependencia de Dios, reconociendo que todo es don.

5. El Evangelio: una felicidad paradójica

Y llegamos al Evangelio (Mt 5,1-12a). Jesús proclama bienaventurados a quienes el mundo no considera felices: los pobres, los que lloran, los mansos, los perseguidos.

Esto suena a provocación, incluso a escándalo. ¿Cómo puede haber felicidad en la pobreza, en el llanto, en la persecución?

Jesús no glorifica el sufrimiento ni justifica la injusticia. Lo que hace es revelar dónde se encuentra el verdadero fundamento de la felicidad:

  • en la pobreza de espíritu, reconocemos el reinado de Dios;
  • en el hambre y la sed de justicia, descubrimos su providencia;
  • en el llanto, somos consolados por su cercanía;
  • en la persecución por causa del bien, participamos de su misma gloria.

Las Bienaventuranzas describen el rostro de Jesús y, al mismo tiempo, el rostro del cristiano llamado a seguirlo.

6. Dos caminos, una decisión

Desde los primeros siglos, la Iglesia enseñó que hay dos caminos: el camino de la vida y el camino de la muerte. El camino de la vida es Jesús mismo. No es un camino fácil, pero es el único que conduce a la vida eterna.

La pregunta que hoy nos plantea la Palabra es clara y exigente:
¿Queremos ser felices a la manera del mundo o a la manera de Cristo?

Vivir las Bienaventuranzas significa:

  • identificarnos con los pobres y los que sufren,
  • ser misericordiosos,
  • buscar la justicia,
  • trabajar por la paz,
  • mantener un corazón limpio y sincero,
  • aceptar incluso la incomprensión o el rechazo por fidelidad al Evangelio.

Cada vez que tendemos la mano al necesitado, que consolamos al que llora, que defendemos la dignidad del otro, hacemos presente ya aquí las promesas del Reino.

7. Conclusión

Hermanos y hermanas,

Las Bienaventuranzas están en el corazón del mensaje de Jesús. No son una utopía ni una espiritualidad reservada para unos pocos. Son una forma concreta de vivir, una escuela de libertad y una fuente de alegría verdadera.

Pidamos hoy la gracia de hacer nuestra propia declaración de dependencia de Dios, de poner en Él nuestra esperanza y de caminar, con su gracia, por este camino exigente pero luminoso que conduce a la felicidad que no pasa.

Que el Señor nos conceda vivir desde ahora como ciudadanos de su Reino.
Amén.

 

3

 

La llamada a la bienaventuranza: un camino de santidad posible por la gracia

Hermanos y hermanas,

Hoy la Palabra de Dios nos habla de algo que todos anhelamos, aunque a veces lo busquemos por caminos equivocados: la felicidad. Pero no se trata de una alegría superficial ni de un bienestar que depende de tenerlo todo resuelto. Las lecturas de este domingo nos muestran el objetivo cristiano: la bienaventuranza, es decir, la felicidad que nace de vivir con Dios y que se consuma en el Reino.

El Evangelio nos presenta a Jesús subiendo al monte. Ese detalle no es accidental: Mateo quiere que lo veamos como el nuevo Moisés. Moisés recibió la Ley en el Sinaí; Jesús, en el monte, proclama la “Ley” del Reino: las Bienaventuranzas. Y lo hace no como una lista de prohibiciones, sino como un camino positivo de virtudes: la santidad entendida como vida transformada por Dios.

1) La bienaventuranza no es una teoría: es una vocación

Jesús “se sienta” y enseña. No está improvisando; está formando discípulos. Las bienaventuranzas no son frases bonitas para enmarcar: son una llamada. Nos invitan a una altura moral y espiritual que parece difícil: pobreza de espíritu, mansedumbre, misericordia, pureza de corazón, hambre y sed de justicia, trabajo por la paz, paciencia en la persecución.

Y sin embargo, Jesús no las propone para desanimarnos, sino para mostrarnos lo que Dios es capaz de hacer en un corazón que se abre a su gracia. Las bienaventuranzas no son solo un “código moral”; son, sobre todo, una vida a la manera de Cristo, una participación en su modo de amar.

2) Primera lectura: Sofonías y el “resto” humilde

El profeta Sofonías (Sof 2,3; 3,12-13) habla a un pueblo en crisis, donde la fe se había mezclado con la corrupción y la violencia. En ese contexto, Dios anuncia que no se dejará sin testigos: conservará un “resto”, una minoría fiel.

¿Y cómo describe Sofonías a esa minoría? Con palabras que parecen un preludio de las Bienaventuranzas:

  • “Buscad al Señor… buscad la justicia, buscad la humildad”.
  • “Dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre, que confiará en el nombre del Señor”.

Aquí está el punto: la bienaventuranza empieza cuando dejamos de apoyarnos en nuestra autosuficiencia y nos declaramos dependientes de Dios. Ese “pueblo humilde y pobre” no es una masa derrotada; es una comunidad purificada, libre de engaño, sin doblez, que vive de la confianza. En otras palabras: el “pobre” que Dios bendice es el que tiene el corazón desarmado, el que ya no negocia con la mentira, el que se pone en manos del Señor.

3) Salmo 146: la felicidad de confiar en el Dios que defiende a los pequeños

El Salmo 146(145) responde a Sofonías y nos enseña a orar con realismo:
“Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob, el que espera en el Señor su Dios”.

Y enseguida nos explica por qué:

  • porque Dios es fiel,
  • hace justicia a los oprimidos,
  • da pan a los hambrientos,
  • libera a los cautivos,
  • sostiene al huérfano y a la viuda,
  • protege al extranjero.

El salmo es como una radiografía del corazón de Dios: Dios se inclina hacia los frágiles. Por eso, quien pone su esperanza en Él no se equivoca. Y por eso el salmo advierte: no pongamos el corazón en “los príncipes”, en los poderes de turno, en la fuerza humana que hoy brilla y mañana cae. La bienaventuranza no nace de controlar todo, sino de confiar en el Dios que nunca falla.

4) Segunda lectura: Pablo y la lógica sorprendente de Dios

San Pablo (1 Co 1,26-31) nos mete de lleno en el estilo de Dios: Dios no elige como el mundo. A la comunidad de Corinto, rodeada de prestigio cultural y orgullo intelectual, Pablo le recuerda una verdad que cura la soberbia:
no muchos eran sabios, ni poderosos, ni nobles… pero Dios los llamó.

¿Para qué? Para que quede claro que la salvación es don, no trofeo. Y Pablo remata con una frase decisiva:
Cristo es nuestra sabiduría, justicia, santificación y redención.

Es decir: las Bienaventuranzas no se viven a pulso, ni con simple fuerza de voluntad. Se viven unidos a Cristo. Él no solo nos enseña el camino; Él es el Camino. Y nos da la fuerza para caminarlo por la gracia, especialmente en los sacramentos, en la oración, en la vida eclesial.

5) Evangelio: “Bienaventurados los pobres de espíritu…”

Ahora entendemos mejor por qué Jesús abre así su enseñanza:
“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”.

“Pobre de espíritu” no significa “conformista” ni “apagado”; significa alguien que sabe que no se sostiene solo, alguien que no hace de su ego su dios. Es el corazón que dice: “Señor, te necesito”. Y desde esa primera bienaventuranza se despliega toda la vida nueva:

  • el que llora no se encierra en la amargura: se deja consolar por Dios;
  • el manso no es débil: es fuerte por dentro y no responde al mal con mal;
  • el que tiene hambre de justicia no se resigna: se compromete con la dignidad del otro;
  • el misericordioso aprende a perdonar y a sanar;
  • el limpio de corazón vive sin doble vida, con integridad;
  • el que trabaja por la paz no es neutral: es constructor, reconciliador;
  • y el perseguido por causa del bien descubre una alegría misteriosa: se parece a Cristo.

Las Bienaventuranzas son “paradójicas” porque el mundo llama feliz al que domina, pero Jesús llama feliz al que ama. El mundo llama feliz al que acumula, pero Jesús llama feliz al que comparte. El mundo llama feliz al que no sufre, pero Jesús llama feliz al que, aun sufriendo, no pierde la esperanza ni la caridad.

6) Una espiritualidad exigente… pero posible

Quizá, al escuchar las Bienaventuranzas, alguno piensa: “Padre, eso es demasiado alto; yo estoy lejos de vivir así”. Y es verdad: si dependiera solo de nosotros, sería imposible. Pero aquí viene la buena noticia de este domingo:
Dios no nos pide una santidad imposible; nos ofrece una gracia real.

Jesús vivió las Bienaventuranzas a la perfección: fue pobre, manso, misericordioso, limpio de corazón, pacificador; lloró con los que lloran; tuvo hambre de justicia; fue perseguido y crucificado. Y desde su Pascua nos da su Espíritu para que también nosotros podamos vivir, paso a paso, esta vida nueva.

7) Aplicación concreta: dos elecciones diarias

Me gustaría aterrizarlo en dos decisiones muy prácticas para esta semana:

1.    Declarar nuestra dependencia de Dios cada mañana.
Una oración simple: “Señor, sin Ti no puedo. Hoy quiero vivir según tu Evangelio”. Ese acto interior es el inicio de la bienaventuranza.

2.    Escoger una bienaventuranza para practicarla hoy.
No todas a la vez. Una:

  • un gesto de misericordia,
  • una palabra que haga paz,
  • una renuncia a la mentira,
  • una reconciliación pendiente,
  • una ayuda concreta a alguien necesitado,
  • una mansedumbre que domina la ira.

Verás cómo la promesa de Jesús empieza a cumplirse ya aquí: porque la bienaventuranza es futura en plenitud, sí, pero también se anticipa cuando amamos como Cristo.

Conclusión

Hermanos y hermanas,
Sofonías nos habla del pueblo humilde que confía en el Señor.
El salmo nos canta que dichoso es quien espera en Dios.
Pablo nos recuerda que Dios elige lo pequeño y que Cristo es nuestra salvación.
Y Jesús, en el monte, nos entrega el camino más alto: las Bienaventuranzas.

Pidamos hoy, con sencillez, la gracia de no desanimarnos, sino de levantar la mirada. La santidad no es para “otros”; es nuestra vocación. Y la felicidad verdadera no está en el camino del mundo, sino en el camino de Cristo.

Que el Señor nos conceda responder a esta llamada, vivirla con su gracia y caminar juntos hacia la alegría eterna de su Reino.

Amén.

 

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