miércoles, 28 de enero de 2026

29 de enero del 2026: jueves de la tercera semana del tiempo ordinario-año II

 

Las realidades ocultas

(Marcos 4, 21-25) Hacer claridad: un programa fácil en apariencia, pero a menudo difícil de llevar a la práctica.

En tiempos de exhibicionismo fácil en las redes sociales y del imperativo de la transparencia, muchas cosas permanecen ocultas, empezando por las situaciones de gran pobreza y de injusticia. Pero precisamente esas realidades son las que el Señor quiere venir a habitar: «Nada ha sido mantenido en secreto, sino para llegar a la luz».

Bertrand Lesoing, prêtre de la communauté Saint-Martin

 


Primera lectura

2 Sam 7, 18-19. 24-29

¿Quién soy yo, mi Dueño y Señor, y quién la casa de mi padre?

Lectura del segundo libro de Samuel.

DESPUÉS de que Natán habló a David, el rey vino a presentarse ante el Señor y dijo:
«¿Quién soy yo, mi Dueño y Señor, y quién la casa de mi padre, para que me hayas engrandecido hasta tal punto? Y, por si esto fuera poco a los ojos de mi Dueño y Señor, has hecho también a la casa de tu siervo una promesa para el futuro. ¡Esta es la ley del hombre, Dueño mío y Señor mío!
Constituiste a tu pueblo Israel pueblo tuyo para siempre, y tú, Señor, eres su Dios.
Ahora, pues, Señor Dios, confirma la palabra que has pronunciado acerca de tu siervo y de su casa, y cumple tu promesa. Tu nombre sea ensalzado por siempre de este modo: “El Señor del universo es el Dios de Israel y la casa de tu siervo David permanezca estable en tu presencia”.
Pues tú, Señor del universo, Dios de Israel, has manifestado a tu siervo: “Yo te construiré una casa”. Por eso, tu siervo ha tenido ánimo para dirigirte esta oración. Tú, mi Dueño y Señor, eres Dios, tus palabras son verdad y has prometido a tu siervo este bien.
Dígnate, pues, bendecir la casa de tu siervo, para que permanezca para siempre ante ti. Pues tú, mi Dueño y Señor, has hablado, sea bendita la casa de tu siervo para siempre».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 131, 1b-2. 3-5. 11. 12. 13-14 (R.: Lc 1, 32b)

R. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre.

V. Señor, tenle en cuenta a David
todos sus afanes:
cómo juró al Señor
e hizo voto al Fuerte de Jacob. 
R.

V. «No entraré bajo el techo de mi casa,
no subiré al lecho de mi descanso,
no daré sueño a mis ojos,
ni reposo a mis párpados,
hasta que encuentre un lugar para el Señor,
una morada para el Fuerte de Jacob». 
R.

V. El Señor ha jurado a David
una promesa que no retractará:
«A uno de tu linaje
pondré sobre tu trono». 
R.

V. «Si tus hijos guardan mi alianza
y los mandatos que les enseño,
también sus hijos, por siempre,
se sentarán sobre tu trono». 
R.

V. Porque el Señor ha elegido a Sion,
ha deseado vivir en ella:
«Esta es mi mansión por siempre,
aquí viviré, porque la deseo». 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero. R.

 

Evangelio

Mc 4, 21-25

La lámpara se trae para ponerla en el candelero. La medida que usen la usarán con ustedes

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, Jesús dijo al gentío:
«¿Se trae la lámpara para meterla debajo del celemín o debajo de la cama?, ¿no es para ponerla en el candelero? No hay nada escondido, sino para que sea descubierto; no hay nada oculto, sino para que salga a la luz. El que tenga oídos para oír, que oiga».
Les dijo también:
«Atención a lo que están oyendo: la medida que usen la usarán con ustedes, y con creces. Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene».

Palabra del Señor.

 

1

 

Hermanos y hermanas:

Hoy la Palabra nos enfrenta a una paradoja muy actual: vivimos en una época donde casi todo se muestra, se publica, se exhibe… pero, al mismo tiempo, lo más importante suele quedar escondido. Se exhibe la imagen, pero se oculta la herida. Se publica la fiesta, pero se esconde la soledad. Se presume “transparencia”, pero se tapan la pobreza, la injusticia, el dolor silencioso de tantas familias. Y el Evangelio viene con una frase que no es amenaza, sino promesa: “No hay nada oculto que no llegue a descubrirse; nada secreto que no llegue a ponerse al descubierto.”

1) Dios entra donde nadie quiere mirar

Alguien lo dice con fuerza, comentando este evangelio: hay realidades escondidas —pobreza, injusticia, sufrimientos callados— y precisamente allí quiere habitar el Señor. Esto es decisivo: Jesús no viene solo para iluminar “ideas”; viene a iluminar vidas. Y la luz de Cristo no funciona como reflector que humilla; funciona como lámpara que calienta, cura, orienta.

Porque una cosa es “exponer” y otra cosa es “revelar”.

·        Exponer puede ser cruel: deja al otro desnudo.

·        Revelar, en cambio, es misericordioso: muestra la verdad para salvarla.

Cuando Jesús dice que todo irá a la luz, no está alimentando el chisme ni el juicio; está anunciando que la última palabra no la tiene la oscuridad, ni en la historia, ni en la Iglesia, ni en tu corazón.

2) “¿Se trae la lámpara para meterla debajo del celemín?”

La imagen de Jesús es sencillísima: una lámpara no se enciende para esconderla. La fe tampoco. El Evangelio no se nos dio para guardarlo como “tesoro privado”, sino para ponerlo en alto, para que alumbre la casa.

Y aquí conviene aterrizar: ¿qué significa poner la lámpara en el candelero hoy?

·        Significa una Iglesia que no se encierra, que sale.

·        Significa comunidades que no se acostumbran al dolor ajeno.

·        Significa creyentes que no viven la fe solo como “devoción”, sino como misión: palabras de esperanza, manos que sirven, presencia que acompaña.

Evangelizar no es “hacer propaganda religiosa”; evangelizar es hacer visible el Reino: donde hay odio, sembrar reconciliación; donde hay mentira, sembrar verdad; donde hay indiferencia, sembrar compasión.

3) “Tengan cuidado con lo que oyen”

Jesús añade una advertencia fina, casi psicológica: “Miren lo que oyen”. ¿Por qué? Porque lo que escuchamos, lo que consumimos, lo que dejamos entrar, termina modelando el alma.
Si solo escucho ruido, viviré disperso.
Si solo escucho cinismo, terminaré sin esperanza.
Si solo escucho miedo, viviré a la defensiva.
Pero si escucho el Evangelio con corazón abierto, se me enciende una luz adentro.

Por eso Jesús insiste: “Con la medida con que midan se les medirá… y se les añadirá.” Es como decir: si escuchas superficialmente, te quedas en la superficie; si escuchas en profundidad, Dios ensancha tu interior. La fe crece por “capacidad de escucha”.

Y remata con una frase que nos sacude: “Al que tiene se le dará; al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene.” No significa que Dios sea injusto; significa que la vida espiritual se rige por una ley: lo que no se cultiva, se apaga. La lámpara que no se alimenta de aceite, se extingue.

4) David: la luz de la gratitud y la promesa

La primera lectura (2S 7) nos muestra a David en una actitud preciosa: no presume, no se engríe, no se adueña de Dios. Se sienta ante el Señor y reconoce: “¿Quién soy yo para que me hayas traído hasta aquí?” David entiende que todo es gracia. Y suplica que el Señor mantenga firme su promesa y bendiga a su pueblo.

Aquí aparece la luz más hermosa: la memoria agradecida. Cuando uno recuerda con gratitud lo que Dios ha hecho, se fortalece para lo que viene. Una Iglesia evangelizadora nace de ahí: de personas que pueden decir con verdad: “El Señor ha sido fiel, no me ha soltado, no ha abandonado a su pueblo”.

El Salmo responde con esa esperanza: Dios ha elegido una morada, ha prometido fidelidad. Y nosotros lo escuchamos hoy en clave cristiana: el Señor quiere habitar entre nosotros, y su Reino no es sombra: es luz.

5) Intención: la obra evangelizadora y las vocaciones

Con esta Palabra, la intención de hoy cae como anillo al dedo: oramos por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones.

·        Señor, que tu Iglesia no esconda la lámpara por miedo, cansancio o comodidad.

·        Que no nos pase que tenemos luz… pero la tapamos con el “celemín” del qué dirán, del “así siempre se ha hecho”, del “no vale la pena”.

·        Danos vocaciones auténticas: sacerdotes, religiosos, religiosas, misioneros, laicos comprometidos, familias evangelizadoras… gente que no brille para sí, sino que haga brillar a Cristo.

Y oremos también por quienes disciernen su llamado: que se atrevan a mirar con honestidad lo que está “oculto” en su corazón: ese deseo de servir, esa inquietud santa, ese fuego que no los deja tranquilos. Porque Dios, cuando llama, no confunde: enciende.

Conclusión

Hermanos, hoy Jesús nos pregunta sin palabras:
¿Tu lámpara está encendida o está escondida?
¿Tu fe ilumina o se ha vuelto un adorno?
¿Escuchas el Evangelio para cambiar… o solo para cumplir?

Pidámosle al Señor la gracia de la claridad: que saque a la luz lo que necesita sanación, que ilumine lo que necesita verdad, y que encienda en la Iglesia el fuego de la misión.

Que María, estrella de la evangelización, nos enseñe a llevar la luz sin ruido, con humildad, y con una alegría que no se apaga. Amén.

 

2

 

Hermanos y hermanas:

1) ¿Qué guía tu vida?

El Evangelio de hoy pone sobre la mesa una pregunta decisiva: ¿qué está guiando mis decisiones?
Muchos se dejan llevar por lo que brilla: el dinero, el prestigio, la aprobación, la comodidad; otros buscan una felicidad rápida que se evapora. Pero el discípulo de Jesús está llamado a beber de una sola fuente: la Luz de la Verdad de Dios.

Y por eso Jesús nos habla de una lámpara. No es un detalle bonito: es un diagnóstico espiritual. Porque cuando uno camina sin luz, termina tropezando… y a veces ni se da cuenta de que vive a oscuras.

2) La lámpara es Cristo: la Verdad que ilumina

Dice Jesús: “¿Acaso se trae la lámpara para ponerla debajo del celemín o debajo de la cama?” (Mc 4,21).
La lámpara, ante todo, es Cristo mismo, Luz del mundo. Él ilumina la mente, orienta el corazón, revela el camino. Como una lámpara en la noche, Jesús no solo “acompaña”: guía.

Y la consecuencia es clara: si Cristo es la Luz, entonces no podemos dejarlo reducido a un rincón de la vida:

·        “Cristo sí… pero no en mis negocios”.

·        “Cristo sí… pero no en mi forma de tratar a mi familia”.

·        “Cristo sí… pero no en mis decisiones afectivas”.

·        “Cristo sí… pero sin meterse en mis criterios”.

Una lámpara escondida no cumple su misión. Un Cristo escondido en la vida de un bautizado tampoco.

3) El candelero somos nosotros: sostener y elevar la Luz

Si la lámpara es Cristo, el candelero es el lugar, el soporte, el modo de mantener esa luz en alto. Y ahí viene una verdad hermosa: Dios ha querido que su luz llegue a otros a través de mediaciones.

¿Cuáles?:

·        La Palabra de Dios (Escritura)

·        La enseñanza viva de la Iglesia (Catecismo, Magisterio)

·        La vida de los santos

·        El testimonio de personas buenas que nos inspiran

Pero también —y esto es clave— el candelero necesita firmeza para que la lámpara no se apague con los “vientos” de la vida. Por eso Jesús nos regala soportes concretos:

·        La oración, que centra el corazón

·        Los sacramentos, que nos sostienen con gracia real

·        Las buenas obras, que hacen estable y visible la fe

Sin oración, la lámpara titila. Sin sacramentos, nos quedamos sin aceite. Sin caridad, la luz se vuelve discurso.

4) Evangelizar: dejar que la Luz se note

Cuando la vida se deja iluminar por Cristo, ocurre algo natural: esa luz se desborda. Eso es evangelizar: no es imponer; es irradiar. No es gritar; es alumbrar. No es ganar discusiones; es mostrar un camino.

Evangeliza quien ora y no presume, quien sirve y no se exhibe, quien corrige con misericordia, quien se mantiene firme sin volverse duro, quien tiene paz en medio del dolor. Evangeliza quien, por su vida, hace que otros se pregunten: “¿De dónde saca esta esperanza?”

5) La tentación: esconder la lámpara por miedo

Jesús conoce nuestro corazón. Por eso advierte: a veces, cuando encontramos indiferencia o rechazo, nos dan ganas de callar, de bajar el perfil, de “no meternos en problemas”. Y entonces escondemos la lámpara “debajo de la cama”: debajo del miedo, del qué dirán, del complejo, de la pereza espiritual.

Incluso podemos pensar: “Si ellos prefieren la oscuridad, ¿para qué alumbrar?”
Pero ahí hay una trampa: la caridad exige evangelización. Porque si amo, no puedo quedarme tranquilo viendo al otro caminar a oscuras.

No se trata de ser “superiores” ni “moralistas”; se trata de ser testigos. Una luz no humilla: orienta.

6) “Nada hay oculto…”: vivir de cara a Dios

Jesús añade: “No hay nada escondido sino para que sea manifestado; nada secreto sino para que venga a la luz” (Mc 4,22).
Esto nos recuerda algo serio y liberador: un día todo quedará claro. No para avergonzarnos, sino para que la verdad venza definitivamente.

Y aquí se une con la primera lectura: David, en 2 Samuel 7, no se pone como dueño de Dios; se pone humilde ante Él, agradecido, consciente de que todo es gracia. David vive “de cara al Señor”, y pide que la promesa se cumpla para el pueblo. Esa es una vida luminosa: agradecida, confiada, disponible.

7) Intención del día: misión y vocaciones

Hoy pedimos por la obra evangelizadora. Señor: haznos candeleros firmes, no lámparas escondidas.
Y pedimos por las vocaciones: porque el mundo necesita testigos luminosos.

·        Vocaciones sacerdotales que no busquen brillar por sí mismas, sino sostener la Luz de Cristo para el pueblo.

·        Vocaciones consagradas que sean signo de que Dios basta.

·        Vocaciones laicales valientes, padres y madres que evangelicen en casa, jóvenes que no apaguen el fuego interior.

La vocación, al final, es esto: ser lugar donde Cristo pueda descansar y desde donde pueda alumbrar.

Conclusión

Hermanos, hoy el Señor nos pregunta con ternura y firmeza:
¿He escondido tu luz por miedo, comodidad o tibieza?
¿Quiénes, en mi camino, necesitan la Luz de Cristo y todavía no la han encontrado a través de mí?

Pidámosle al Señor la gracia de ser candeleros: humildes, firmes, constantes.
Y que nuestra vida —con oración, sacramentos y caridad— levante en alto la Luz de Cristo para que muchos salgan de la oscuridad hacia la esperanza.

Jesús, Luz del mundo, ilumina mi vida; y hazme instrumento para que tu luz brille en otros. Amén.

 

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