Las realidades ocultas
(Marcos 4, 21-25) Hacer claridad: un programa fácil en
apariencia, pero a menudo difícil de llevar a la práctica.
En
tiempos de exhibicionismo fácil en las redes sociales y del imperativo de la
transparencia, muchas cosas permanecen ocultas, empezando por las situaciones
de gran pobreza y de injusticia. Pero precisamente esas realidades son las que
el Señor quiere venir a habitar: «Nada
ha sido mantenido en secreto, sino para llegar a la luz».
Bertrand Lesoing, prêtre de la communauté Saint-Martin
Primera lectura
¿Quién soy
yo, mi Dueño y Señor, y quién la casa de mi padre?
Lectura del segundo libro de Samuel.
DESPUÉS de que Natán habló a David, el rey vino a presentarse ante el Señor y
dijo:
«¿Quién soy yo, mi Dueño y Señor, y quién la casa de mi padre, para que me
hayas engrandecido hasta tal punto? Y, por si esto fuera poco a los ojos de mi
Dueño y Señor, has hecho también a la casa de tu siervo una promesa para el
futuro. ¡Esta es la ley del hombre, Dueño mío y Señor mío!
Constituiste a tu pueblo Israel pueblo tuyo para siempre, y tú, Señor, eres su
Dios.
Ahora, pues, Señor Dios, confirma la palabra que has pronunciado acerca de tu
siervo y de su casa, y cumple tu promesa. Tu nombre sea ensalzado por siempre
de este modo: “El Señor del universo es el Dios de Israel y la casa de tu
siervo David permanezca estable en tu presencia”.
Pues tú, Señor del universo, Dios de Israel, has manifestado a tu siervo: “Yo
te construiré una casa”. Por eso, tu siervo ha tenido ánimo para dirigirte esta
oración. Tú, mi Dueño y Señor, eres Dios, tus palabras son verdad y has
prometido a tu siervo este bien.
Dígnate, pues, bendecir la casa de tu siervo, para que permanezca para siempre
ante ti. Pues tú, mi Dueño y Señor, has hablado, sea bendita la casa de tu
siervo para siempre».
Palabra de Dios.
Salmo
R. El
Señor Dios le dará el trono de David, su padre.
V. Señor,
tenle en cuenta a David
todos sus afanes:
cómo juró al Señor
e hizo voto al Fuerte de Jacob. R.
V. «No entraré
bajo el techo de mi casa,
no subiré al lecho de mi descanso,
no daré sueño a mis ojos,
ni reposo a mis párpados,
hasta que encuentre un lugar para el Señor,
una morada para el Fuerte de Jacob». R.
V. El
Señor ha jurado a David
una promesa que no retractará:
«A uno de tu linaje
pondré sobre tu trono». R.
V. «Si
tus hijos guardan mi alianza
y los mandatos que les enseño,
también sus hijos, por siempre,
se sentarán sobre tu trono». R.
V. Porque el
Señor ha elegido a Sion,
ha deseado vivir en ella:
«Esta es mi mansión por siempre,
aquí viviré, porque la deseo». R.
Aclamación
V. Lámpara
es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero. R.
Evangelio
La lámpara se
trae para ponerla en el candelero. La medida que usen la usarán con ustedes
Lectura del santo Evangelio según san Marcos.
EN aquel tiempo, Jesús dijo al gentío:
«¿Se trae la lámpara para meterla debajo del celemín o debajo de la cama?, ¿no es
para ponerla en el candelero? No hay nada escondido, sino para que sea
descubierto; no hay nada oculto, sino para que salga a la luz. El que tenga
oídos para oír, que oiga».
Les dijo también:
«Atención a lo que están oyendo: la medida que usen la usarán con ustedes, y
con creces. Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará
hasta lo que tiene».
Palabra del Señor.
1
Hermanos
y hermanas:
Hoy
la Palabra nos enfrenta a una paradoja muy actual: vivimos en una época donde
casi todo se muestra, se publica, se exhibe… pero, al mismo tiempo, lo más importante suele quedar escondido.
Se exhibe la imagen, pero se oculta la herida. Se publica la fiesta, pero se
esconde la soledad. Se presume “transparencia”, pero se tapan la pobreza, la
injusticia, el dolor silencioso de tantas familias. Y el Evangelio viene con
una frase que no es amenaza, sino promesa: “No hay nada oculto que no llegue a descubrirse; nada
secreto que no llegue a ponerse al descubierto.”
1) Dios entra donde nadie quiere mirar
Alguien
lo dice con fuerza, comentando este evangelio: hay realidades escondidas
—pobreza, injusticia, sufrimientos callados— y precisamente allí quiere habitar el Señor.
Esto es decisivo: Jesús no viene solo para iluminar “ideas”; viene a iluminar vidas. Y la luz de
Cristo no funciona como reflector que humilla; funciona como lámpara que calienta,
cura, orienta.
Porque
una cosa es “exponer” y otra cosa es “revelar”.
·
Exponer puede ser cruel: deja al otro desnudo.
·
Revelar, en cambio, es misericordioso: muestra
la verdad para salvarla.
Cuando
Jesús dice que todo irá a la luz, no está alimentando el chisme ni el juicio;
está anunciando que la
última palabra no la tiene la oscuridad, ni en la historia, ni
en la Iglesia, ni en tu corazón.
2) “¿Se trae la lámpara para meterla debajo del
celemín?”
La
imagen de Jesús es sencillísima: una lámpara no se enciende para esconderla. La
fe tampoco. El Evangelio no se nos dio para guardarlo como “tesoro privado”,
sino para ponerlo en alto, para que alumbre la casa.
Y
aquí conviene aterrizar: ¿qué
significa poner la lámpara en el candelero hoy?
·
Significa
una Iglesia que no se encierra, que sale.
·
Significa
comunidades que no se
acostumbran al dolor ajeno.
·
Significa
creyentes que no viven la fe solo como “devoción”, sino como misión: palabras de
esperanza, manos que sirven, presencia que acompaña.
Evangelizar
no es “hacer propaganda religiosa”; evangelizar es hacer visible el Reino:
donde hay odio, sembrar reconciliación; donde hay mentira, sembrar verdad;
donde hay indiferencia, sembrar compasión.
3) “Tengan cuidado con lo que oyen”
Jesús
añade una advertencia fina, casi psicológica: “Miren lo que oyen”. ¿Por qué? Porque lo
que escuchamos, lo que consumimos, lo que dejamos entrar, termina modelando el
alma.
Si solo escucho ruido, viviré disperso.
Si solo escucho cinismo, terminaré sin esperanza.
Si solo escucho miedo, viviré a la defensiva.
Pero si escucho el Evangelio con corazón abierto, se me enciende una luz
adentro.
Por
eso Jesús insiste: “Con la
medida con que midan se les medirá… y se les añadirá.” Es como
decir: si escuchas superficialmente, te quedas en la superficie; si escuchas en
profundidad, Dios ensancha tu interior. La fe crece por “capacidad de escucha”.
Y
remata con una frase que nos sacude: “Al
que tiene se le dará; al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene.”
No significa que Dios sea injusto; significa que la vida espiritual se rige por
una ley: lo que no se
cultiva, se apaga. La lámpara que no se alimenta de aceite, se
extingue.
4) David: la luz de la gratitud y la promesa
La
primera lectura (2S 7) nos muestra a David en una actitud preciosa: no presume, no se engríe, no se adueña
de Dios. Se sienta ante el Señor y reconoce: “¿Quién soy yo
para que me hayas traído hasta aquí?” David entiende que todo es gracia. Y
suplica que el Señor mantenga
firme su promesa y bendiga a su pueblo.
Aquí
aparece la luz más hermosa: la
memoria agradecida. Cuando uno recuerda con gratitud lo que
Dios ha hecho, se fortalece para lo que viene. Una Iglesia evangelizadora nace
de ahí: de personas que pueden decir con verdad: “El Señor ha sido fiel, no me
ha soltado, no ha abandonado a su pueblo”.
El
Salmo responde con esa esperanza: Dios ha elegido una morada, ha prometido
fidelidad. Y nosotros lo escuchamos hoy en clave cristiana: el Señor quiere
habitar entre nosotros, y su Reino no es sombra: es luz.
5) Intención: la obra evangelizadora y las
vocaciones
Con
esta Palabra, la intención de hoy cae como anillo al dedo: oramos por la obra evangelizadora de la
Iglesia y por las vocaciones.
·
Señor,
que tu Iglesia no esconda la lámpara por miedo, cansancio o comodidad.
·
Que
no nos pase que tenemos luz… pero la tapamos con el “celemín” del qué dirán,
del “así siempre se ha hecho”, del “no vale la pena”.
·
Danos
vocaciones auténticas: sacerdotes, religiosos, religiosas, misioneros, laicos
comprometidos, familias evangelizadoras… gente que no brille para sí, sino que haga brillar a Cristo.
Y
oremos también por quienes disciernen su llamado: que se atrevan a mirar con
honestidad lo que está “oculto” en su corazón: ese deseo de servir, esa
inquietud santa, ese fuego que no los deja tranquilos. Porque Dios, cuando
llama, no confunde: enciende.
Conclusión
Hermanos,
hoy Jesús nos pregunta sin palabras:
¿Tu lámpara está encendida
o está escondida?
¿Tu fe ilumina o se ha vuelto un adorno?
¿Escuchas el Evangelio para cambiar… o solo para cumplir?
Pidámosle
al Señor la gracia de la claridad: que saque a la luz lo que necesita sanación,
que ilumine lo que necesita verdad, y que encienda en la Iglesia el fuego de la
misión.
Que
María, estrella de la evangelización, nos enseñe a llevar la luz sin ruido, con
humildad, y con una alegría que no se apaga. Amén.
2
Hermanos
y hermanas:
1) ¿Qué guía tu vida?
El
Evangelio de hoy pone sobre la mesa una pregunta decisiva: ¿qué está guiando mis decisiones?
Muchos se dejan llevar por lo que brilla: el dinero, el prestigio, la
aprobación, la comodidad; otros buscan una felicidad rápida que se evapora.
Pero el discípulo de Jesús está llamado a beber de una sola fuente: la Luz de la Verdad de Dios.
Y
por eso Jesús nos habla de una lámpara. No es un detalle bonito: es un
diagnóstico espiritual. Porque cuando uno camina sin luz, termina tropezando… y
a veces ni se da cuenta de que vive a oscuras.
2) La lámpara es Cristo: la Verdad que ilumina
Dice
Jesús: “¿Acaso se trae la
lámpara para ponerla debajo del celemín o debajo de la cama?” (Mc
4,21).
La lámpara, ante todo, es Cristo
mismo, Luz del mundo. Él ilumina la mente, orienta el corazón,
revela el camino. Como una lámpara en la noche, Jesús no solo “acompaña”: guía.
Y
la consecuencia es clara: si Cristo es la Luz, entonces no podemos dejarlo
reducido a un rincón de la vida:
·
“Cristo
sí… pero no en mis negocios”.
·
“Cristo
sí… pero no en mi forma de tratar a mi familia”.
·
“Cristo
sí… pero no en mis decisiones afectivas”.
·
“Cristo
sí… pero sin meterse en mis criterios”.
Una
lámpara escondida no cumple su misión. Un
Cristo escondido en la vida de un bautizado tampoco.
3) El candelero somos nosotros: sostener y
elevar la Luz
Si
la lámpara es Cristo, el candelero
es el lugar, el soporte, el modo de mantener esa luz en alto. Y ahí viene una
verdad hermosa: Dios ha querido que su luz llegue a otros a través de mediaciones.
¿Cuáles?:
·
La Palabra de Dios (Escritura)
·
La enseñanza viva de la Iglesia (Catecismo,
Magisterio)
·
La vida de los santos
·
El testimonio de personas buenas que nos inspiran
Pero
también —y esto es clave— el candelero necesita firmeza para que la lámpara no
se apague con los “vientos” de la vida. Por eso Jesús nos regala soportes
concretos:
·
La oración, que centra el corazón
·
Los sacramentos, que nos sostienen con
gracia real
·
Las buenas obras, que hacen estable y
visible la fe
Sin
oración, la lámpara titila. Sin sacramentos, nos quedamos sin aceite. Sin
caridad, la luz se vuelve discurso.
4) Evangelizar: dejar que la Luz se note
Cuando
la vida se deja iluminar por Cristo, ocurre algo natural: esa luz se desborda. Eso
es evangelizar: no es imponer; es irradiar.
No es gritar; es alumbrar.
No es ganar discusiones; es mostrar
un camino.
Evangeliza
quien ora y no presume, quien sirve y no se exhibe, quien corrige con
misericordia, quien se mantiene firme sin volverse duro, quien tiene paz en
medio del dolor. Evangeliza quien, por su vida, hace que otros se pregunten:
“¿De dónde saca esta esperanza?”
5) La tentación: esconder la lámpara por miedo
Jesús
conoce nuestro corazón. Por eso advierte: a veces, cuando encontramos
indiferencia o rechazo, nos dan ganas de callar, de bajar el perfil, de “no
meternos en problemas”. Y entonces escondemos la lámpara “debajo de la cama”:
debajo del miedo, del qué dirán, del complejo, de la pereza espiritual.
Incluso
podemos pensar: “Si ellos prefieren la oscuridad, ¿para qué alumbrar?”
Pero ahí hay una trampa: la
caridad exige evangelización. Porque si amo, no puedo quedarme
tranquilo viendo al otro caminar a oscuras.
No
se trata de ser “superiores” ni “moralistas”; se trata de ser testigos. Una luz no
humilla: orienta.
6) “Nada hay oculto…”: vivir de cara a Dios
Jesús
añade: “No hay nada escondido
sino para que sea manifestado; nada secreto sino para que venga a la luz”
(Mc 4,22).
Esto nos recuerda algo serio y liberador: un día todo quedará claro. No para
avergonzarnos, sino para que la verdad venza definitivamente.
Y
aquí se une con la primera lectura: David, en 2 Samuel 7, no se pone como dueño
de Dios; se pone humilde ante Él, agradecido, consciente de que todo es gracia.
David vive “de cara al Señor”, y pide que la promesa se cumpla para el pueblo.
Esa es una vida luminosa: agradecida,
confiada, disponible.
7) Intención del día: misión y vocaciones
Hoy
pedimos por la obra
evangelizadora. Señor: haznos candeleros firmes, no lámparas
escondidas.
Y pedimos por las vocaciones:
porque el mundo necesita testigos luminosos.
·
Vocaciones
sacerdotales que no busquen brillar por sí mismas, sino sostener la Luz de Cristo
para el pueblo.
·
Vocaciones
consagradas que sean signo de que Dios basta.
·
Vocaciones
laicales valientes, padres y madres que evangelicen en casa, jóvenes que no
apaguen el fuego interior.
La
vocación, al final, es esto: ser
lugar donde Cristo pueda descansar y desde donde pueda alumbrar.
Conclusión
Hermanos,
hoy el Señor nos pregunta con ternura y firmeza:
¿He escondido tu luz por
miedo, comodidad o tibieza?
¿Quiénes, en mi camino, necesitan la Luz de Cristo y todavía no la han
encontrado a través de mí?
Pidámosle
al Señor la gracia de ser candeleros: humildes, firmes, constantes.
Y que nuestra vida —con oración, sacramentos y caridad— levante en alto la Luz
de Cristo para que muchos salgan de la oscuridad hacia la esperanza.
Jesús, Luz del mundo, ilumina mi vida; y hazme instrumento
para que tu luz brille en otros. Amén.

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