Santo del día:
San Francisco de Sales
1567-1622.
“La humildad nos perfecciona
hacia Dios y la gentileza hacia nuestro prójimo”,
escribió este noble Saboya, obispo de Ginebra-Annecy, cofundador de la Orden de
la Visitación con Santa Juana-Françoise de Chantal. Doctor de la Iglesia desde
1877.
La multitud y el pan
(Marcos 3, 20-21) Jesús
es nuevamente asediado por la multitud, encerrado, sin poder ni siquiera comer.
Hay motivo para inquietarse y pensar que ha perdido la cabeza por dejarse hacer
así. Pero ¿quién ha perdido la cabeza? ¿Quién tiene hambre? ¿Jesús o la
multitud? ¿Quién ha perdido el sentido de lo que está pasando? El hambre, solo
Él puede colmarla, Él que es el pan, que no se deja encerrar, sino que se
parte, se multiplica, se comparte, sin dejarse apresar.
Colette Hamza, xavière
Primera lectura
2
Sam 1, 1-4. 11-12. 19. 23-27
¡Cómo
han caído los héroes en medio del combate!
Comienzo del segundo libro de Samuel.
EN aquellos días, David regresó tras derrotar a Amalec y se detuvo dos días en
Sicelag.
Al tercer día vino un hombre del campamento de Saúl con las vestiduras rasgadas
y tierra en la cabeza. Al llegar a la presencia de David, cayó a tierra y se
postró.
David le preguntó:
«¿De dónde vienes?».
Respondió:
«He huido del campamento de Israel».
David le preguntó de nuevo:
«¿Qué ha sucedido? Cuéntamelo».
Respondió:
«La tropa ha huido de la batalla y muchos del pueblo han caído y han muerto,
entre ellos Saúl y su hijo Jonatán».
Entonces David, echando mano a sus vestidos, los rasgó, lo mismo que sus
acompañantes. Hicieron duelo, lloraron y ayunaron hasta la tarde por Saúl, por
su hijo Jonatán, por el pueblo del Señor y por la casa de Israel, caídos a
espada.
Y dijo David:
«La flor de Israel herida en tus alturas.
Cómo han caído los héroes.
Saúl y Jonatán,
amables y gratos en su vida,
inseparables en su muerte,
más veloces que águilas,
más valientes que leones.
Hijas de Israel, lloren por Saúl,
que las cubría de púrpura y adornos,
que adornaba con alhajas de oro sus vestidos.
Cómo han caído los héroes
en medio del combate.
Jonatán, herido en tus alturas.
Estoy apenado por ti, Jonatán, hermano mío.
Me eras gratísimo,
tu amistad me resultaba más dulce
que el amor de mujeres.
Cómo han caído los héroes.
Han perecido las armas de combate».
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
79, 2-3. 5-7 (R.: 4b)
R. Que brille
tu rostro, Señor, y nos salve.
V. Pastor de Israel,
escucha,
tú que guías a José como a un rebaño;
tú que te sientas sobre querubines, resplandece
ante Efraín, Benjamín y Manasés;
despierta tu poder y ven a salvarnos. R.
V. Señor, Dios del
universo,
¿hasta cuándo estarás airado
mientras tu pueblo te suplica?
Les diste a comer llanto,
a beber lágrimas a tragos;
nos entregaste a las contiendas de nuestros vecinos,
nuestros enemigos se burlan de nosotros. R.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya.
V. Abre, Señor, nuestro
corazón, para que aceptemos las palabras de tu Hijo. R.
Evangelio
Mc
3, 20-21
Su
familia decía que estaba fuera de sí
Lectura del santo Evangelio según san Marcos.
EN aquel tiempo, Jesús llegó a casa con sus discípulos y de nuevo se juntó
tanta gente que no los dejaban ni comer.
Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba
fuera de sí.
Palabra del Señor.
1
Hermanos
y hermanas,
Las lecturas de hoy nos colocan frente a un drama
profundo: el del hambre del corazón humano y la dificultad para
reconocer dónde está su verdadero alimento.
En el evangelio, Jesús vuelve a estar rodeado por
la multitud. Hay tanta gente, tanta demanda, tanta urgencia, que “no podían
ni comer”. La situación es tan extrema que sus propios familiares piensan
que ha perdido la cabeza. Desde fuera, su modo de vivir parece desordenado, excesivo,
incluso irresponsable. Pero el evangelio nos obliga a hacernos una pregunta
clave:
¿quién está realmente descentrado? ¿Jesús… o la
multitud?
La gente tiene hambre. No solo hambre de pan, sino
hambre de sentido, de palabra, de esperanza, de salvación. Y esa hambre es tan
grande que no deja espacio, no da respiro, no permite ni siquiera sentarse a la
mesa. Jesús, en cambio, no huye de esa necesidad; no se protege; no se reserva.
Él no se deja encerrar, pero sí se deja partir. No se guarda, se
entrega. No se defiende, se ofrece como pan.
Aquí resuena profundamente la reflexión que hemos
escuchado:
¿Quién tiene hambre?
No es Jesús el hambriento; es la multitud. Y sin embargo, es Jesús quien se
“consume” para saciarla.
Esta lógica atraviesa también la primera lectura.
David llora la muerte de Saúl y de Jonatán. No canta una victoria, sino una
pérdida. El lamento revela un corazón que ama, que reconoce la grandeza incluso
en quien fue adversario. David tiene hambre de fidelidad, de comunión, de una
humanidad reconciliada. Y su canto nos recuerda que el dolor compartido también
es una forma de alimento que humaniza.
El salmo lo expresa con una súplica insistente:
“Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.”
Es el grito de un pueblo hambriento, desorientado, que ha perdido el rumbo y
necesita volver a mirar el rostro de Dios para reencontrarse a sí mismo.
En este contexto celebramos hoy la memoria de san
Francisco de Sales, maestro de la mansedumbre y de la paciencia. Él
comprendió que el corazón humano no se conquista por la fuerza, sino por el
amor; no se sacia con imposiciones, sino con un pan ofrecido con delicadeza. Su
vida fue un reflejo de este Cristo que no aplasta, que no se impone, sino que
se da.
Y en este sábado, miramos también a María,
mujer del silencio y de la escucha. Ella no aparece rodeada de multitudes, pero
guarda y medita el misterio. Nos enseña que solo quien sabe recibir puede luego
ofrecer; solo quien se deja alimentar por Dios puede convertirse en pan para
los demás.
Hermanos, el evangelio nos interpela hoy con
fuerza:
¿De qué tenemos hambre?
¿Buscamos a Jesús solo para que nos resuelva urgencias, o estamos dispuestos a
dejarnos transformar por Él?
¿Lo queremos como un pan que se consume rápidamente, o aceptamos convertirnos
nosotros mismos en pan partido para otros?
Jesús no ha perdido la cabeza.
Ha entregado el corazón.
Y solo ese amor, que se rompe y se comparte, puede saciar el hambre más
profunda del mundo.
Amén.
2
Hermanos y hermanas,
El evangelio de hoy es breve, casi desconcertante,
pero de una densidad espiritual enorme. Jesús entra en una casa con sus
discípulos, buscando un mínimo descanso, y nuevamente la multitud irrumpe con
tal fuerza que “no podían ni comer”. Y lo más llamativo no es solo la
presión de la gente, sino la reacción de los suyos: sus familiares piensan
que ha perdido la cabeza.
Este pasaje nos introduce en una experiencia muy
humana: seguir fielmente el camino de Dios puede provocar incomprensión,
incluso entre los más cercanos.
La multitud representa el hambre profunda del
corazón humano. No se trata solo de curiosidad ni de espectáculo; hay una
urgencia real, una sed de sentido, de sanación, de palabra viva. Jesús no se
queja de esa multitud, no la rechaza, no la vive como un estorbo. Al contrario,
su corazón —como dirá Mateo— está lleno de compasión por ellos, porque están
“como ovejas sin pastor”. Jesús acepta el desgaste, el cansancio, incluso la
falta de lo más básico, porque la necesidad del otro se convierte en su
prioridad.
Pero mientras la multitud busca, la familia se
inquieta. Ellos conocieron a Jesús durante años en la vida ordinaria de
Nazaret. No habían visto milagros, ni predicaciones públicas, ni conflictos con
autoridades religiosas. De pronto, este Jesús provoca aglomeraciones,
tensiones, sospechas. Y el cambio desconcierta. No logran comprender lo que
Dios está haciendo en Él.
Aquí se revela una verdad muy actual: cuando
Dios actúa con fuerza en una vida, no todos lo entienden. La fidelidad al
llamado de Dios puede generar distancia, preguntas, incluso rechazo. No porque
falte amor, sino porque el misterio de Dios siempre desborda nuestras
categorías humanas.
La primera lectura, el lamento de David por Saúl y
Jonatán, nos muestra otro rostro de esta tensión. David no canta el triunfo del
enemigo vencido; llora la pérdida, honra el vínculo, reconoce el bien incluso
en medio del conflicto. Su canto nace de un corazón maduro, capaz de amar más
allá de la lógica del poder o del éxito. También aquí hay incomprensión, dolor
y fidelidad entrelazados.
El salmo nos pone en labios una súplica que resume
toda la jornada:
“Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.”
Es el clamor de quien se siente desorientado, presionado, incomprendido, pero
no deja de confiar. Solo el rostro de Dios puede devolvernos el sentido.
En este contexto celebramos a san Francisco de
Sales, maestro de la caridad paciente y de la firmeza interior. Él supo
vivir la verdad del Evangelio sin violencia, sin dureza, convencido de que la
santidad auténtica no aplasta ni se impone, sino que atrae. En medio de
oposiciones y malentendidos, respondió con dulzura evangélica, enseñándonos que
la fidelidad a Dios debe ir siempre unida a la mansedumbre del corazón.
Y como cada sábado, miramos a María. Ella
también conoció la incomprensión: guardó en su corazón palabras y
acontecimientos que no siempre entendía del todo. No necesitó explicarlo todo
ni defenderse; confió. María nos enseña a permanecer fieles cuando el camino se
vuelve oscuro y cuando incluso los vínculos más cercanos se tensan por causa
del Evangelio.
Hermanos, este evangelio nos invita a mirarnos por
dentro:
– ¿Somos como la multitud, buscando a Jesús con urgencia y necesidad real?
– ¿Nos sentimos a veces desbordados, como los discípulos, por las exigencias
del seguimiento?
– ¿O estamos del lado de los familiares, desconcertados ante una fe que se
vuelve demasiado radical?
– ¿O quizá vivimos, como Jesús, la experiencia de ser incomprendidos por
permanecer fieles a la voluntad del Padre?
Pidamos hoy la gracia de perseverar con amor,
sin endurecer el corazón ni claudicar en la fidelidad. Que sepamos buscar a
Cristo con todo el deseo del alma, seguirlo incluso cuando no nos entienden, y
dar testimonio —con mansedumbre y firmeza— de la alegría profunda que nace de
vivir para Dios.
Amén.
**********
24 de enero:
San Francisco de Sales, obispo y doctor de la
Iglesia — Memoria
1567–1622
Santo patrono de autores, periodistas, escritores, personas sordas,
educadores
Canonizado el 8 de abril de 1665 por el papa Alejandro VII
Declarado Doctor de la Iglesia en 1877 por el papa Pío IX
Cita:
Finalmente, hijo mío muy amado, te ruego por todo lo que es sagrado en el cielo
y en la tierra, por tu propio Bautismo, por el pecho del que Jesús se alimentó,
por el tierno Corazón con el que Él te ama, y por las entrañas de misericordia
en las que tú esperas: permanece firme y persevera en esta empresa tan bendita
de vivir una vida devota…
~ «Introducción a la vida devota», san Francisco de Sales
Reflexión
San Francisco de Sales nació cincuenta años después
de que un sacerdote agustino llamado Martín Lutero encendiera la Reforma
protestante, y apenas veinticinco años después de que las enseñanzas
anticatólicas de Juan Calvino se difundieran en Ginebra, Suiza. Francisco nació
en una familia noble del Ducado de Saboya, en la actual Francia, no lejos de
Ginebra. Debido a su linaje noble y a la influencia de su padre, Francisco
recibió una educación excelente, llegando a obtener doctorados en derecho civil
y en teología. Su padre había elegido para él una noble dama con quien casarse
y también había planeado que su talentoso hijo se dedicara a la política, pero
Francisco fue conducido por un camino distinto.
En 1586, a la edad de diecinueve años, Francisco
asistió a una conferencia calvinista sobre la predestinación, lo que lo llevó a
creer que estaba destinado al infierno. Esto lo afectó profundamente y luchó
con esa idea durante meses. Finalmente, por intercesión de la Santísima Virgen
y mediante la oración del Acuérdate, Francisco fue liberado de este
error y orientó su vida hacia el amor puro de Dios. Tras experimentar en carne
propia los efectos que una teología errónea puede tener en una persona,
Francisco se consagró a una vida de celibato y comenzó a seguir el deseo que
Dios había puesto en su corazón de ser sacerdote. Aunque al principio su padre
se mostró reticente, finalmente aceptó la ordenación de su hijo y luego ayudó a
que fuera nombrado para un cargo importante en la diócesis de Ginebra.
Debido a que Ginebra estaba bajo el control de los
calvinistas, el padre de Sales predicaba y residía en una catedral situada a
unos treinta kilómetros al sur de la ciudad. Como sacerdote recién ordenado,
comenzó a darse a conocer. Sus sermones estaban marcados por un estilo
caballeroso, mostrando gran respeto hacia quienes no estaban de acuerdo con él.
Nunca rehuyó las verdades teológicas que estaban siendo atacadas por los
errores de la Reforma. Evitaba la controversia y la crítica, concentrándose más
bien en las virtudes, la oración, la santidad y la superación del pecado. A
pesar de su carácter amable y de su enfoque caritativo, fue tratado con dureza
por muchos anticatólicos de la región, algunos de los cuales incluso atentaron
contra su vida.
En 1602, a los treinta y cinco años, el padre de
Sales fue ordenado obispo de Ginebra, y su celo evangelizador avanzó a toda
marcha. Su intención era reconquistar para la Iglesia católica a los ciudadanos
de Ginebra. Muchos se habían apartado siguiendo las enseñanzas de Calvino.
Durante los primeros años, el obispo de Sales tuvo poco éxito en ganar
conversos. Pero poco a poco, alma por alma, comenzó a dar fruto. Su éxito se
debió especialmente a la difusión de explicaciones escritas de la fe que dejaba
bajo las puertas de las casas, invitando a las personas a regresar a la Iglesia
católica. Su predicación era clara, respetuosa, verdadera y caritativa. Su lema
era: «Quien predica con amor, predica eficazmente».
El obispo de Sales fue un hombre muy práctico,
especialmente en lo que respecta a su teología. Creía que la santidad no estaba
reservada solo para quienes vivían en monasterios o conventos. Estaba
convencido de que todos, en cualquier estado de vida y en cualquier ocupación,
estaban llamados a la santidad. Esta convicción se manifiesta con mayor
claridad en su libro más famoso, Introducción a la vida devota. Esta
obra es una recopilación de cartas que había enviado a lo largo de los años a
las personas a las que dirigía espiritualmente. Comienza ofreciendo consejos
claros y prácticos sobre la importancia de purificarse del pecado y de los
apegos a hábitos pecaminosos. Luego enseña cómo crecer en las virtudes,
especialmente en la humildad; cómo afrontar las tentaciones; y cómo superar la
ansiedad y la tristeza. También propone ejercicios para renovar la vida de
devoción, que no es otra cosa que amar y agradar a Dios con la propia vida.
Este libro, junto con otros escritos, condujo a muchos a la fe. En 1610, ayudó
a una de sus dirigidas espirituales, la futura santa Juana Francisca de
Chantal, a fundar la Orden de la Visitación de Santa María. Sus cartas
inspiradoras a ella se convirtieron en una fuente de formación espiritual para
las mujeres de la nueva congregación.
Tras rechazar ascensos dentro de la Iglesia, el
obispo de Sales prefirió dedicar su tiempo y sus energías a la salvación de las
almas en su diócesis. Se dice que logró que hasta 40.000 católicos que se
habían hecho calvinistas regresaran a la Iglesia. Después de nueve años como
sacerdote y veinte años como obispo, el obispo de Sales sufrió un derrame
cerebral y murió poco después. Se cree que una de las últimas cosas que
escribió fueron las palabras: «Humildad, humildad, humildad», su
exhortación final a su grey.
Al honrar hoy a este santo obispo, intenta imaginar
cómo habría sido tenerlo como pastor. Se habría tomado en serio tu llamado a la
santidad. Te habría exhortado a vencer el pecado mediante una confesión sincera
en el Sacramento, y luego a crecer en la virtud, especialmente en la humildad.
Te habría ayudado a conocer y creer todas las verdades reveladas por Dios a
través de su Iglesia católica, y a buscar todos los medios prácticos posibles
—mediante la oración y la meditación diarias— para llegar a ser santo. Te
habría recordado con frecuencia que la santidad no está reservada solo al
monje. Tú también, en el contexto de tu propio estado de vida, estás llamado.
Responde como uno de su rebaño y decide firmemente seguir el camino que Dios ha
preparado para ti, buscando amarlo y glorificarlo con tu vida.
Oración
San
Francisco de Sales, fuiste un verdadero pastor de tu rebaño, predicándoles
incansablemente la fe, llamándolos a la conversión, exhortándolos a abrazar una
vida de oración y de virtud, y ayudándolos a amar más plenamente a Dios
cumpliendo su voluntad en sus vidas. Ruega por mí, para que también yo responda
a tu predicación y busque llegar a ser santo en el contexto de la vocación que
me ha sido confiada.
San Francisco, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.

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