domingo, 26 de julio de 2026

27 de julio del 2026: lunes de la decimoséptima semana del tiempo ordinario-II

 

Al contacto con el mundo

(Jr 13, 1-11 / Sal Dt 32, 18-19.20.21 (R. 18a) /
Mt 13, 31-35)
Un hombre y una mujer se desprendieron de algo que les pertenecía. El primero tomó un grano de mostaza para sembrarlo en la tierra; la segunda, una porción de levadura para mezclarla con tres medidas de harina. La semilla desaparece bajo el suelo y la levadura se confunde con la masa. Ambas parecen perderse, pero precisamente al entrar en contacto con la tierra y con la harina despliegan toda la fuerza que llevan dentro.

Así es el Reino de los cielos. No se impone con estrépito ni se contempla desde lejos; actúa discretamente desde el interior. Comienza en lo pequeño: una palabra sembrada con fe, un gesto de misericordia, un servicio humilde, una oración perseverante. Cuando el Evangelio entra verdaderamente en la vida, la transforma y la hace fecunda.

Sin embargo, la primera lectura nos advierte que no basta estar externamente cerca de Dios. El cinturón de lino que Jeremías lleva ceñido al cuerpo simboliza a Israel, llamado a permanecer unido al Señor para convertirse en su pueblo, su gloria y su alabanza. Pero, al alejarse de Dios y seguir otros ídolos, el pueblo termina corrompiéndose y pierde su razón de ser. También nosotros podemos llevar signos religiosos y escuchar con frecuencia la Palabra, pero, si nuestro corazón no permanece unido al Señor, la fe puede volverse estéril.

Por eso el cántico del Deuteronomio denuncia con dolor: «Despreciaste a la Roca que te engendró y olvidaste al Dios que te dio a luz». Olvidar a Dios significa perder el fundamento de nuestra existencia. Por el contrario, permanecer unidos a Él permite que la pequeña semilla crezca y que la levadura fermente toda la masa.

Jesús nos invita hoy a confiar en la fuerza escondida de su Reino. Aunque nuestros esfuerzos parezcan pequeños y sus frutos tarden en aparecer, Dios continúa trabajando. Dejemos que su Palabra se mezcle con nuestra vida cotidiana, penetre nuestros pensamientos, nuestras relaciones y decisiones. El cristiano no debe apartarse del mundo, sino entrar en contacto con él como la levadura con la masa: sin perder su identidad, pero comunicando silenciosamente la fuerza transformadora del Evangelio.

G.Q

 


Primera lectura

Jer 13, 1-11
El pueblo será como ese cinturón que ya no sirve para nada

Lectura del libro de Jeremías.

ESTO me dijo el Señor:
«Ve, cómprate un cinturón de lino y rodéate con él la cintura; pero no lo metas en agua».
Me compré el cinturón, según me lo mandó el Señor, y me lo ceñí.
El Señor me dirigió la palabra por segunda vez:
«Toma el cinturón que has comprado y que llevas ceñido; ponte en marcha hacia el río Éufrates y lo escondes allí, entre las hendiduras de las piedras».
Fui y lo escondí en el Éufrates, según me había mandado el Señor.
Tiempo después me dijo el Señor:
«Vete al río Éufrates y recoge el cinturón que te mandé esconder allí».
Fui al Éufrates, cavé y recogí el cinturón del sitio donde lo había escondido: estaba estropeado, no servía para nada.
Entonces el Señor me habló así:
«Esto dice el Señor: Del mismo modo consumiré la soberbia de Judá, la gran soberbia de Jerusalén. Este pueblo malvado que se niega a escuchar mis palabras, que se comporta con corazón obstinado y sigue a dioses extranjeros, para rendirles culto y adorarlos, será como ese cinturón
que ya no sirve para nada.
Porque del mismo modo que se ajusta el cinturón a la cintura del hombre, así hice yo que se ajustaran a mí la casa de Judá y la casa de Israel —oráculo del Señor— para que fueran mi pueblo, mi fama, mi alabanza y mi honor. Pero no me escucharon».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Dt 32, 18-19. 20. 21 (R.: cf. 18a)

R. Despreciaste al Dios que te engendró.

V. Despreciaste a la Roca que te engendró,
y olvidaste al Dios que te dio a luz.
Lo vio el Señor, e irritado
rechazó a sus hijos e hijas. 
R.

V. Y dijo: «Les ocultaré mi rostro,
y veré cuál es su suerte,
porque son una generación pervertida,
unos hijos desleales».
 R.

V. «Me han dado celos con un dios que no es dios,
me han irritado con sus ídolos vacíos;
pues yo les daré celos con un pueblo que no es pueblo,
con una nación insensata los irritaré». 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Por propia iniciativa el Padre nos engendró con la palabra de la verdad,
para que seamos como una primicia de sus criaturas. 
R.

 

Evangelio

Mt 13, 31-35

El grano de mostaza se hace un árbol hasta el punto de que los pájaros del cielo anidan en
sus ramas

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola al gentío:
«El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno toma y siembra en su campo; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un árbol hasta el punto de que vienen los pájaros del cielo a anidar en sus ramas».
Les dijo otra parábola:
«El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, hasta que todo fermenta».
Jesús dijo todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les hablaba nada, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta:
«Abriré mi boca diciendo parábolas;
anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios nos presenta hoy dos imágenes sencillas y llenas de esperanza: un pequeño grano de mostaza sembrado en la tierra y un poco de levadura mezclado con la harina. Ambos parecen desaparecer: la semilla queda oculta bajo la tierra y la levadura se confunde con la masa. Sin embargo, en ese silencio comienza una transformación. La semilla se convierte en un árbol donde anidan los pájaros, y la levadura hace fermentar toda la masa.

Así actúa el Reino de Dios. No siempre llega acompañado de acontecimientos extraordinarios. Muchas veces comienza con algo pequeño: una palabra de consuelo, un gesto de perdón, una visita al enfermo, una ayuda discreta, una oración hecha con fe o un servicio que nadie reconoce. A los ojos del mundo puede parecer insignificante, pero, cuando está inspirado por el amor de Dios, lleva dentro una fuerza capaz de transformar la realidad.

El grano de mostaza nos enseña a no despreciar los pequeños comienzos. Quizá pensamos que nuestra fe es débil, que nuestra oración sirve de poco o que nuestros esfuerzos no producen resultados. Jesús nos invita a confiar: aquello que sembramos con amor puede crecer más de lo que imaginamos. Nosotros sembramos; Dios concede el crecimiento.

La levadura nos recuerda, además, que el cristiano no está llamado a vivir aislado del mundo. Así como la levadura entra en contacto con toda la masa, el discípulo de Cristo debe estar presente en la familia, en la comunidad, en el trabajo y en la sociedad, comunicando silenciosamente la fuerza del Evangelio. No necesitamos hacer ruido para ser testigos de Jesús; basta permitir que su amor transforme nuestras palabras, decisiones y relaciones.

Pero la primera lectura nos dirige una seria advertencia. Mediante el signo del cinturón de lino, el profeta Jeremías recuerda que el pueblo había sido elegido para permanecer estrechamente unido al Señor. Dios quería que Israel fuera su pueblo, su renombre, su alabanza y su gloria. Sin embargo, por su orgullo y por seguir a otros dioses, terminó alejándose y perdiendo su verdadera vocación.

También nosotros podemos estar externamente cerca de las cosas de Dios y, sin embargo, tener el corazón distante. Podemos participar en celebraciones, llevar signos religiosos y conocer muchas oraciones, pero, si no escuchamos al Señor ni permitimos que su Palabra cambie nuestra vida, la fe corre el riesgo de convertirse en algo meramente exterior.

Por eso el cántico del Deuteronomio dice con dolor: «Despreciaste a la Roca que te engendró y olvidaste al Dios que te dio a luz». Cuando olvidamos a Dios, perdemos la raíz que sostiene nuestra existencia. Pero cuando permanecemos unidos a Él, incluso nuestra pequeñez puede convertirse en instrumento de su Reino.

En esta Eucaristía oramos especialmente por nuestros difuntos. Sus cuerpos fueron depositados en la tierra como una pequeña semilla. A nuestros ojos, la muerte parece ocultarlos definitivamente; pero, iluminados por la fe, creemos que la vida entregada a Dios no se pierde. Jesús mismo comparó su muerte con el grano de trigo que cae en tierra para dar mucho fruto. Cristo murió y resucitó, y en Él esperamos también la resurrección de quienes nos han precedido.

Recordemos con gratitud las pequeñas semillas de amor que nuestros difuntos sembraron durante su vida: sus sacrificios, enseñanzas, consejos, oraciones y gestos de cariño. Tal vez muchos de ellos pasaron inadvertidos, pero Dios conoce todo el bien que realizaron. Nada hecho por amor se pierde ante sus ojos.

Pidamos al Señor que perdone sus faltas, purifique sus vidas y los reciba en el árbol frondoso de su Reino, donde puedan descansar para siempre. Y que nosotros sepamos continuar sembrando el bien que ellos nos enseñaron.

Que esta Eucaristía nos ayude a permanecer unidos a Dios, nuestra Roca; a confiar en la fuerza de las cosas pequeñas y a ser levadura de fe, esperanza y caridad en medio del mundo. Aunque hoy no veamos todos los frutos, sigamos sembrando: Dios trabaja silenciosamente y puede hacer de nuestra pequeña entrega una bendición para muchos.

Amén.

 

2

 

Desde los comienzos humildes

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos presenta dos parábolas breves, pero extraordinariamente ricas: la parábola del grano de mostaza y la parábola de la levadura. Por medio de estas imágenes sencillas, Jesús nos revela dos características del Reino de los cielos: comienza de manera humilde y casi imperceptible, pero lleva dentro una fuerza capaz de crecer y transformarlo todo.

Jesús dice: «El Reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno sembró en su campo; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más grande que las hortalizas y se convierte en un árbol, de modo que los pájaros vienen a anidar en sus ramas».

Los Santos Padres descubrieron varios sentidos espirituales en esta parábola. En primer lugar, el grano de mostaza puede representar al mismo Cristo. A los ojos del mundo, su vida comenzó desde la pequeñez y el anonimato: nació pobremente en Belén, tuvo que huir con María y José hacia Egipto y creció en la humilde aldea de Nazaret. Su divinidad —la del Verbo eterno por quien fueron creadas todas las cosas— permanecía oculta bajo la sencillez de su humanidad.

También cuando Jesús fue clavado en la cruz, su majestad divina permaneció escondida ante los ojos del mundo. Allí parecía derrotado, abandonado e insignificante. Pero de aquella semilla de amor entregado, sepultada en la tierra, brotó la victoria de la Resurrección. Cristo venció el pecado y la muerte y se convirtió en aquel gran árbol en cuyas ramas vienen a refugiarse los pájaros del cielo.

Ese árbol representa también a la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, llamada a extender sus ramas para que todos los pueblos encuentren en ella acogida, alimento, consuelo y esperanza eterna. La Iglesia no existe para encerrarse sobre sí misma, sino para convertirse en hogar, refugio y comunidad para quienes buscan a Dios, especialmente para los pequeños, los pobres, los heridos y los que se sienten solos.

Sin embargo, la primera lectura del profeta Jeremías nos advierte que esta fecundidad solamente es posible cuando permanecemos estrechamente unidos al Señor. Dios manda al profeta comprar un cinturón de lino y colocárselo alrededor de la cintura. Aquel cinturón simbolizaba al pueblo de Israel, al que Dios había unido íntimamente a sí. El Señor quería que Israel fuera su pueblo, su renombre, su alabanza y su gloria.

Pero el cinturón termina estropeándose y queda inservible. Es la imagen de lo que sucede cuando el pueblo se llena de orgullo, deja de escuchar la Palabra de Dios y corre detrás de otros dioses. Había sido elegido para vivir unido al Señor, pero, al separarse de Él, perdió su belleza, su fuerza y su misión.

Esta palabra también nos interpela. Podemos estar externamente cerca de las cosas sagradas, conocer oraciones, participar en celebraciones y llevar signos religiosos; pero, si nuestro corazón se aleja de Dios, podemos terminar como aquel cinturón deteriorado: sin capacidad para cumplir la misión que el Señor nos ha confiado. La fe no es solamente algo que llevamos por fuera; debe unirnos interiormente a Dios y transformar nuestra manera de pensar, hablar y actuar.

Por eso el cántico del Deuteronomio expresa el dolor de Dios ante la infidelidad de sus hijos: «Despreciaste a la Roca que te engendró y olvidaste al Dios que te dio a luz». El pecado consiste, en gran medida, en olvidar de dónde venimos y quién sostiene nuestra existencia. Cuando abandonamos a Dios, nuestra Roca, buscamos apoyo en ídolos que prometen mucho, pero no pueden salvarnos: el dinero, el poder, la apariencia, el placer, el orgullo o la autosuficiencia.

El grano de mostaza representa igualmente a Cristo sembrado en cada alma. Por medio de la fe, la oración, la escucha de la Palabra y los sacramentos, Jesús es depositado en la tierra de nuestro corazón. Al comienzo, su presencia puede parecernos pequeña y casi imperceptible, pero, si la cuidamos, comienza a echar raíces y a transformar nuestra vida desde dentro.

Quizá no percibamos inmediatamente sus frutos. Muchas veces queremos cambios rápidos, respuestas evidentes y resultados extraordinarios. Pero Dios suele trabajar silenciosamente. Una breve oración diaria, una confesión sincera, una comunión recibida con fe, un pequeño gesto de perdón o una decisión humilde de servir pueden convertirse en la semilla de una profunda transformación.

La segunda parábola expresa una verdad semejante. Una mujer toma un poco de levadura y la mezcla con tres medidas de harina hasta que toda la masa queda fermentada. La levadura puede representar a Cristo y a su gracia, que trabajan de manera escondida, paciente y eficaz. Cristo no quiere permanecer únicamente a nuestro lado; desea habitar dentro de nosotros y santificar todas las dimensiones de nuestra existencia: nuestros pensamientos, afectos, palabras, relaciones, proyectos y decisiones.

No basta, entonces, con reservarle a Dios unos cuantos momentos aislados. La levadura debe alcanzar toda la masa. La fe debe penetrar nuestra vida familiar, nuestro trabajo, el uso del dinero, el trato con los demás y nuestra forma de responder ante las dificultades. Si alguna parte de nuestra vida permanece cerrada al Evangelio, todavía necesitamos permitir que la gracia de Cristo llegue hasta allí.

El evangelista concluye recordando las palabras del salmo: «Abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo». Las parábolas parecen sencillas, pero contienen profundos misterios. Estos permanecen ocultos para quienes se acercan con indiferencia o soberbia; en cambio, el Espíritu Santo revela su sentido a quienes las reciben con fe y las meditan con un corazón humilde.

Las parábolas son, por tanto, una escuela de sabiduría divina. Nos enseñan a ir más allá de las apariencias. Lo pequeño puede contener una fuerza inmensa; lo escondido puede estar transformando el mundo; aquello que parece una derrota puede convertirse, en las manos de Dios, en el comienzo de la resurrección.

Preguntémonos hoy: ¿estamos atentos a las formas silenciosas mediante las cuales Cristo actúa en nuestra vida? ¿Alimentamos la semilla de su presencia por medio de la oración y los sacramentos? ¿Permanecemos unidos al Señor o estamos permitiendo que otros intereses ocupen su lugar? ¿Nuestra fe está fermentando toda nuestra existencia o permanece limitada a algunos momentos?

No despreciemos los comienzos humildes. Sigamos sembrando una palabra de esperanza, un gesto de reconciliación, una obra de misericordia y una oración confiada. Aunque ahora no veamos los resultados, Dios está construyendo su Reino en nosotros, por medio de nosotros y para su mayor gloria.

Podemos concluir haciendo nuestra esta oración:

Señor Jesús, Rey glorioso, Tú deseas que tu Reino nazca en nuestra vida por la gracia que brota de tu pasión, muerte y resurrección. Planta profundamente en nuestra alma la semilla de tu gracia. Permite que eche raíces, crezca y nos transforme conforme a tu voluntad. No dejes que olvidemos al Dios que nos dio la vida ni que nos separemos de Ti, nuestra Roca. Haznos levadura del Evangelio y extiende por medio de nosotros tu Reino sobre la tierra, hasta el día en que contemplemos su plenitud en la gloria eterna.

Jesús, confío en Ti. Amén.

 

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