jueves, 23 de julio de 2026

24 de julio del 2026: viernes de la decimosexta semana del tiempo ordinario-II- San Charbel Makhluf, presbítero-Memoria libre

 

Testigo de la fe:

San Chárbel Makhlouf


1828-1898

Monje, sacerdote y ermitaño libanés, muy querido por los cristianos maronitas. Después de varios años de vida monástica, recibió la ordenación sacerdotal y, más tarde, abrazó la vida eremítica, entregándose por completo a la oración, la penitencia, el silencio y la celebración de la Eucaristía.

Vivió oculto a los ojos del mundo, pero profundamente unido a Dios. Su existencia sencilla nos recuerda que la fecundidad de la Iglesia no depende únicamente de grandes obras visibles, sino también de tantas vidas consagradas que sostienen al mundo mediante la oración y la entrega silenciosa.

Murió el 24 de diciembre de 1898. Su tumba, en el monasterio de San Marón de Annaya, se convirtió en un concurrido lugar de peregrinación, al que acuden cristianos de distintas Iglesias e incluso creyentes de otras religiones para pedir su intercesión.

Fue canonizado por san Pablo VI en 1977.

En este día, san Chárbel nos invita a recuperar el silencio interior, a cultivar una amistad profunda con Cristo y a ofrecer nuestra vida por la Iglesia, por la paz en el Líbano y en todo Oriente Medio, y por la unidad de los cristianos. Su testimonio nos enseña que quien se aparta del ruido para buscar sinceramente a Dios no se aleja de la humanidad, sino que la lleva consigo en el corazón y en la oración.

 

 

Acoger y asumir la Palabra

«Escuchen»: esta invitación resuena a lo largo de toda la Biblia. Si la Palabra de Dios es sembrada con generosidad, corresponde a cada uno no solamente oírla, sino también acogerla, comprenderla y permitir que produzca frutos en su vida.

Jesús nos advierte hoy que diversos obstáculos pueden impedir que la semilla crezca: la superficialidad de un corazón que no comprende, la inconstancia ante las dificultades, las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas que ahogan la Palabra. La tierra buena, por el contrario, es el corazón disponible que escucha con fe, persevera en medio de las pruebas y traduce el Evangelio en obras concretas de amor, justicia y fidelidad.

El profeta Jeremías anuncia que Dios mismo reúne a su pueblo disperso y lo conduce hacia Sion. Promete pastores según su corazón y una Jerusalén renovada por su presencia. El salmo prolonga esta esperanza: el Señor, como un pastor, reúne a su rebaño, transforma el duelo en alegría y consuela a quienes sufren.

Acoger la Palabra significa, por tanto, permitir que Dios nos reúna, nos guíe y nos transforme. Quien le abre el corazón se convierte en tierra fecunda, capaz de producir fruto: treinta, sesenta o ciento por uno. Pidamos hoy la gracia de no ser solamente oyentes pasajeros, sino discípulos que asumen la Palabra, la conservan y la hacen vivir en medio del mundo.

G.Q 



Primera lectura

Jer 3, 14-17
Les daré pastores, según mi corazón; y todas las naciones se incorporarán a Jerusalén

Lectura del libro de Jeremías.

VUELVAN, hijos apóstatas —oráculo del Señor—, que yo soy su dueño. Los iré reuniendo a uno de cada ciudad, a dos de cada tribu, y los traeré a Sion. Les daré pastores, según mi corazón, que los apacienten con ciencia y experiencia.
Se multiplicarán y crecerán en el país. Y en aquellos días
—oráculo del Señor— ya no se hablará del Arca de la Alianza del Señor: no se recordará ni se mencionará; nadie la echará de menos, ni se volverá a construir otra.
En aquel tiempo llamarán a Jerusalén «Trono del Señor». Todas las naciones se incorporarán a ella en el nombre de «El Señor que está en Jerusalén», y ya no se dejarán guiar por su corazón perverso y obstinado.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Jer 31, 10. 11-12ab. 13 (R.: cf. 10d)

R. El Señor nos guardará como un pastor a su rebaño.

V. Escuchen, pueblos, la palabra del Señor,
anúncienla en las islas remotas:
«El que dispersó a Israel lo reunirá,
lo guardará como un pastor a su rebaño». 
R.

V. «Porque el Señor redimió a Jacob,
lo rescató de una mano más fuerte».
Vendrán con aclamaciones a la altura de Sion,
afluirán hacia los bienes del Señor.
 R.

V. Entonces se alegrará la doncella en la danza,
gozarán los jóvenes y los viejos;
convertiré su tristeza en gozo,
los alegraré y aliviaré sus penas. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios con un corazón noble y generoso,
la guardan y dan fruto con perseverancia. 
R.

 

Evangelio

Mt 13, 18-23

El que escucha la palabra y la entiende, ese da fruto

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Ustedes, pues, oigan lo que significa la parábola del sembrador: si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino.
Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe.
Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos:

En el Evangelio de hoy, Jesús mismo nos explica la parábola del sembrador. La semilla es buena, porque es la Palabra de Dios; el sembrador es generoso, porque no se cansa de sembrar. La pregunta decisiva es: ¿qué clase de terreno encuentra esa Palabra en nuestro corazón?

Podemos escuchar la Palabra de Dios muchas veces y, sin embargo, permitir que pase sin dejar huella. Puede quedarse al borde del camino cuando la recibimos distraídamente, sin intentar comprenderla ni relacionarla con nuestra vida. Puede caer en terreno pedregoso cuando nos entusiasmamos por un momento, pero abandonamos el camino al aparecer una dificultad, una crítica o una prueba. También puede quedar entre espinos cuando las preocupaciones, el deseo de poseer, las ambiciones y el ruido cotidiano terminan por ahogarla.

Jesús no cuenta esta parábola para desanimarnos, sino para invitarnos a preparar la tierra. Ninguno de nosotros posee un corazón perfectamente dispuesto. Todos llevamos dentro caminos endurecidos, piedras y espinos. Por eso este viernes asumimos una actitud penitencial: reconocemos humildemente aquello que impide que el Evangelio crezca en nosotros.

Pidamos perdón por las veces que escuchamos la Palabra, pero no la obedecemos; por las ocasiones en que conocemos lo que Dios espera de nosotros, pero preferimos nuestra comodidad; por permitir que el resentimiento, la indiferencia, el egoísmo o las preocupaciones ocupen el espacio que le corresponde al Señor. La conversión comienza cuando dejamos que Dios remueva nuestra tierra y arranque aquello que está ahogando la semilla.

La primera lectura contiene una hermosa invitación: «Vuelvan, hijos apóstatas». Dios no se cansa de llamar a su pueblo. No lo abandona por sus infidelidades, sino que desea reunirlo, sanarlo y conducirlo nuevamente a Jerusalén. Además, promete darle pastores según su corazón, que lo apacienten con sabiduría y prudencia. Nuestro Dios no dispersa ni destruye: reúne, acompaña y restaura.

Esta promesa continúa en el salmo tomado del mismo profeta Jeremías: «El Señor nos guardará como un pastor a su rebaño». Dios rescata, congrega y consuela. Convierte el duelo en alegría y cambia la tristeza en gozo. Esta Palabra ilumina especialmente nuestra oración por quienes sufren en el alma y en el cuerpo.

Hay enfermedades visibles que necesitan atención médica, tratamientos, compañía y cuidado. Pero también existen dolores interiores que muchas veces permanecen ocultos: la tristeza profunda, la angustia, la soledad, el miedo, los recuerdos dolorosos, la pérdida de un ser querido o la sensación de no poder continuar. A todos ellos les anuncia hoy el Señor: «Yo los reuniré, los consolaré y cambiaré su tristeza en alegría».

La enfermedad también puede convertirse en un momento difícil para la semilla. Algunas personas, ante el sufrimiento, sienten que su fe se debilita y que Dios permanece en silencio. No debemos juzgarlas. Necesitan encontrar en nosotros la cercanía del Buen Pastor: una presencia respetuosa, una escucha paciente, una oración sincera y una ayuda concreta. Acompañar a un enfermo es cuidar la tierra donde Dios continúa sembrando esperanza.

La buena tierra no es el corazón que nunca ha sufrido ni ha pecado. Es el corazón humilde que se deja trabajar por Dios; el corazón que, a pesar de sus heridas, recibe la semilla y confía en su fuerza. Incluso una vida marcada por la enfermedad puede producir frutos abundantes mediante la paciencia, la oración y el ofrecimiento de su dolor. Del mismo modo, quienes cuidan a los enfermos producen frutos de ternura, servicio y misericordia.

Pidamos al Señor que haga de nuestro corazón una tierra buena. Que quite las piedras de nuestra dureza, arranque los espinos del egoísmo y abra surcos de esperanza en nuestras heridas. Que perdone nuestros pecados, fortalezca a quienes están enfermos, consuele a quienes sufren en el alma y conceda paciencia y generosidad a sus familiares y cuidadores.

Que su Palabra, acogida con fe, produzca en nosotros frutos de conversión, misericordia y servicio; treinta, sesenta y ciento por uno. Amén.

 

2

 

Un corazón receptivo al Evangelio

 

Queridos hermanos:

Después de proclamar ante la multitud la parábola del sembrador y explicar a sus discípulos por qué les hablaba mediante parábolas, Jesús les ofrece hoy su interpretación. Les habla de manera clara y personal porque ellos están dispuestos a escucharlo y desean comprender la verdad.

La parábola nos presenta cuatro clases de terreno que representan cuatro disposiciones del corazón: el corazón endurecido, el superficial, el distraído y el verdaderamente receptivo. La semilla siempre es buena, pues es la Palabra del Reino, y el Sembrador nunca deja de sembrarla generosamente. Lo que cambia es la tierra donde cae.

La semilla sembrada al borde del camino representa a quienes escuchan la Palabra sin comprenderla ni esforzarse por hacerlo. Sus corazones han sido endurecidos por el pecado, la indiferencia o unos hábitos centrados en sí mismos. La Palabra llega a sus oídos, pero no alcanza a penetrar en su interior. Esto puede sucedernos incluso cuando participamos habitualmente en la Eucaristía: escuchamos las lecturas y la homilía, pero salimos sin permitir que el Evangelio cuestione nuestras decisiones.

El terreno pedregoso representa al corazón superficial. Recibe la Palabra inicialmente con alegría, emoción y entusiasmo, pero carece de raíces profundas. Cuando llegan la dificultad, la crítica o la persecución; cuando seguir a Cristo exige sacrificio, perseverancia y valentía, entonces se desanima y abandona. Le atrae la belleza del Evangelio, pero no está dispuesto a aceptar las exigencias de vivirlo plenamente.

La semilla caída entre espinos representa al corazón distraído. La Palabra logra entrar y comienza a crecer, pero debe competir con las preocupaciones, el afán de poseer, la ambición, la búsqueda de comodidad y el deseo de controlar todas las cosas. Son los corazones que desean vivir para Dios sin renunciar a los criterios del mundo; anhelan el cielo, pero buscan al mismo tiempo seguridad y satisfacción según sus propias condiciones. Poco a poco, los espinos terminan ahogando la Palabra y esta no produce fruto.

Finalmente, la tierra buena representa al corazón verdaderamente receptivo. Es aquel que no solo escucha la Palabra, sino que la comprende, la medita, la conserva y permite que transforme su existencia. No se trata de un corazón perfecto, sino humilde, orante y dispuesto a colaborar con la gracia. En esa tierra, la semilla divina penetra profundamente y produce fruto: treinta, sesenta o ciento por uno. Allí se forman los santos: hombres y mujeres que se dejan santificar día tras día por la verdad y el amor de Dios.

La primera lectura nos ayuda a comprender que Dios no renuncia a trabajar nuestra tierra. Por medio del profeta Jeremías, llama con ternura a su pueblo: «Vuelvan, hijos apóstatas». A pesar de sus infidelidades, el Señor promete reunirlo, conducirlo nuevamente a Sion y darle pastores según su corazón, que lo apacienten con sabiduría y prudencia. Dios no abandona la tierra endurecida: la llama a volver, la reúne y desea hacerla fecunda.

Jeremías anuncia también una Jerusalén renovada, que será llamada «Trono del Señor». Ya no habrá un pueblo obstinado que camine siguiendo la dureza de su corazón, sino una comunidad reunida en torno a la presencia de Dios. Esta es también la obra que la Palabra desea realizar en nosotros: pasar de un corazón endurecido a un corazón donde Dios pueda habitar y reinar.

El salmo, tomado igualmente del profeta Jeremías, prolonga esta promesa: «El Señor nos guardará como un pastor a su rebaño». El Señor reúne a los dispersos, rescata a su pueblo, transforma el duelo en alegría y consuela las tristezas. La Palabra sembrada en nuestro corazón no viene a condenarnos, sino a restaurarnos; no pretende aplastarnos, sino reunir aquello que el pecado, el sufrimiento y las preocupaciones han dispersado dentro de nosotros.

Hoy celebramos también la memoria libre de san Chárbel Makhluf, sacerdote, monje y ermitaño libanés. Su vida fue una magnífica imagen de la tierra buena. En el silencio, la oración, la penitencia y la celebración de la Eucaristía, permitió que la Palabra echara raíces profundas en su corazón. Humanamente llevó una vida escondida; sin embargo, esa semilla silenciosa produjo frutos abundantes que todavía hoy fortalecen la fe de innumerables peregrinos.

San Chárbel comprendió que retirarse del ruido para buscar a Dios no significa desentenderse del mundo. En su soledad llevó ante el Señor las necesidades de la Iglesia y de la humanidad. Su vida nos enseña que la fecundidad espiritual no depende del reconocimiento, de la popularidad ni de grandes obras visibles, sino de permanecer unidos a Cristo y dejarnos transformar por su gracia.

En este viernes, asumimos también una actitud penitencial. Preguntémonos sinceramente: ¿qué terreno encuentra hoy la Palabra en mí? ¿Se ha endurecido mi corazón por el pecado o el resentimiento? ¿Mi fe depende solamente de emociones pasajeras? ¿Las preocupaciones, los bienes materiales o el deseo de comodidad están ahogando mi relación con Dios? ¿Qué piedras debo retirar y qué espinos necesito arrancar?

No basta con identificar nuestro terreno; es necesario dejar que Dios lo trabaje. La tierra no puede ararse a sí misma. Necesitamos la acción de la gracia, la oración perseverante, la escucha atenta de las Escrituras, la reconciliación sacramental y decisiones concretas de conversión. Así, incluso la tierra más endurecida puede convertirse en suelo fecundo.

Pidamos también por quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Que la Palabra de Dios sea para nuestros enfermos semilla de fortaleza, consuelo y esperanza. Que el Señor sostenga a quienes padecen dolores físicos, angustia, depresión, soledad o cansancio; que bendiga a sus familias, médicos y cuidadores. Como promete el salmo, que transforme su tristeza en consuelo y les haga experimentar la cercanía del Buen Pastor.

Hoy el Sembrador vuelve a pasar por nuestra vida. No dejemos que su Palabra permanezca en la superficie. Recibámosla con fe, meditémosla con humildad y sostengámosla con perseverancia. Con la intercesión de san Chárbel, pidamos un corazón silencioso, profundo y disponible para Dios, capaz de producir frutos abundantes de conversión, misericordia, servicio y santidad.

Oración final

Divino Sembrador, Tú siembras generosa y abundantemente la semilla de la verdad. Continuamente me hablas, me revelas tu amor y me manifiestas tu voluntad; sin embargo, muchas veces mi corazón permanece endurecido, superficial o distraído.

Remueve la tierra de mi corazón y hazme receptivo a todo lo que quieras revelarme. Arranca las piedras del pecado y los espinos de las preocupaciones y los apegos. Haz que mi vida produzca frutos abundantes para tu Reino.

Por intercesión de san Chárbel Makhluf, fortalece a nuestros enfermos, consuela a quienes sufren en el alma y en el cuerpo, y concédenos un corazón humilde, orante y perseverante.

Jesús, confío en ti. Amén.

 


****************


24 de julio:

San Chárbel (Charbel) Makhlūf, presbítero y ermitaño — Memoria libre


1828-1898
Santo patrono del Líbano
Canonizado por el papa Pablo VI el 9 de octubre de 1977.

 


 

Cita

«Sí, el tipo de santidad practicado por Chárbel Makhlouf tiene un gran valor, no solo para la gloria de Dios, sino también para la vitalidad de la Iglesia… Se necesitan pastores que reúnan al pueblo de Dios… Necesitamos teólogos… evangelizadores y misioneros… catequistas… personas que se dediquen directamente a ayudar a sus hermanos… Pero también necesitamos personas que se ofrezcan como víctimas por la salvación del mundo, mediante una penitencia libremente aceptada, una oración incesante de intercesión… y una búsqueda apasionada del Absoluto, dando testimonio de que Dios merece ser adorado y amado por sí mismo.

El estilo de vida de estos religiosos, de estos monjes y de estos ermitaños no se propone a todos como un carisma que deba ser imitado; pero, en estado puro y de manera radical, ellos encarnan un espíritu del que ningún fiel de Cristo está exento. Ejercen una función de la cual la Iglesia no puede prescindir y nos recuerdan un camino saludable para todos».

—Papa Pablo VI, homilía durante la canonización de san Chárbel


Reflexión

Youssef Antoun Makhlouf nació en la aldea de Bekaa Kafra, al norte del Líbano. Era el menor de cinco hermanos y fue bautizado en el rito maronita de la Iglesia católica. La familia Makhlouf vivía en la aldea situada a mayor altura del Líbano y se dedicaba a la agricultura. Su padre, quien murió cuando Youssef tenía solamente tres años, era arriero. Después de la muerte de su padre, su madre volvió a casarse; posteriormente, su padrastro fue ordenado sacerdote y ejerció su ministerio en la parroquia local. En la Iglesia católica maronita existe la antigua tradición de admitir al sacerdocio a hombres casados.

Desde muy joven, Youssef llevó una vida santa y piadosa. Dos de sus tíos eran ermitaños, y su ejemplo lo inspiró. Durante su juventud cuidaba el ganado y solía pasar largos períodos orando en lugares solitarios mientras los animales pastaban. Sentía una devoción especial por la Santísima Virgen María y levantó un pequeño santuario en su honor dentro de una cueva cercana. Desde temprana edad supo que Dios lo llamaba al sacerdocio y a la vida monástica, especialmente a la vida eremítica.

En 1851, a la edad de veintitrés años, Youssef dejó a su familia para no regresar jamás e ingresó en el monasterio de Nuestra Señora de Mayfouq, perteneciente a la Iglesia católica maronita. Más tarde, su madre le escribió:

«Si no fueras a ser un buen religioso, te diría: “Regresa a casa”. Pero ahora sé que el Señor te quiere a su servicio. Y en medio del dolor que me causa estar separada de ti, le digo resignada: “Que Él te bendiga, hijo mío”».

Al profesar como monje, Youssef adoptó el nombre de Chárbel, en honor de san Chárbel mártir, un oficial militar del siglo II martirizado en Antioquía durante una persecución del emperador romano Marco Aurelio.

Como monje, el hermano Chárbel anhelaba convertirse en ermitaño y presentó esta petición muchas veces a sus superiores. Sin embargo, durante los primeros veinticuatro años de su vida religiosa, sus superiores le exigieron vivir en comunidad con los demás monjes.

Primero fue trasladado al monasterio de San Marón, en Annaya, donde profesó sus votos. Después fue enviado al monasterio de los Santos Cipriano y Justina, donde estudió teología y filosofía. Fue ordenado sacerdote en 1859, a la edad de treinta y un años, y regresó al monasterio de San Marón, donde permaneció durante los dieciséis años siguientes.

Aunque algunos monjes vivían como ermitaños, esta vocación estaba reservada para aquellos que demostraban ser capaces de soportar tal soledad y ascetismo. En 1875, cuando tenía cuarenta y siete años, el padre Chárbel recibió permiso para ingresar en la ermita de los Santos Pedro y Pablo y vivir como ermitaño, después de que tuviera lugar un acontecimiento milagroso.

Algunos de sus hermanos monjes decidieron gastarle una broma y llenaron con agua su lámpara de aceite. Cuando regresó a su celda, tomó la lámpara llena de agua, la encendió y esta ardió. Al enterarse, sus superiores inspeccionaron la lámpara y comprobaron que efectivamente estaba llena de agua. Incapaces de explicar aquel prodigio, lo consideraron un signo de su santidad y accedieron a permitirle convertirse en ermitaño, conforme a su deseo.

Fue enviado a la ermita de los Santos Pedro y Pablo, donde pasó los veintitrés años siguientes en soledad, siguiendo un régimen estricto de oración diaria, trabajo manual y severo ascetismo. En 1898, a los setenta años, el padre Chárbel sufrió un ataque cerebrovascular mientras celebraba la Misa y murió ocho días después, en la víspera de Navidad. Según la costumbre de su orden, fue sepultado directamente en la tierra, sin ataúd.

Aunque san Chárbel llevó una vida de extraordinaria santidad, no fue sino hasta después de su muerte cuando esta comenzó a ser conocida más allá de los muros del monasterio. Después de su entierro, se vio una luz que resplandecía sobre su tumba. Este fenómeno atrajo la atención de muchos habitantes de la región, quienes desafiaron el frío y la nieve para contemplar aquella misteriosa luz.

Cuatro meses después, las autoridades eclesiásticas concedieron permiso para exhumar su cuerpo. Para asombro de todos, lo encontraron completamente incorrupto. Su piel y sus articulaciones estaban como las de una persona dormida: suaves y flexibles. Limpiaron la tierra y el barro que cubrían su cuerpo y lo depositaron en un ataúd dentro de la capilla del monasterio.

Entonces comenzó a suceder algo más: de sus poros parecía brotar sangre y sudor, empapando el hábito. El fenómeno era tan intenso que sus vestiduras tenían que cambiarse dos veces por semana. Finalmente, en 1927, dos médicos de Beirut examinaron cuidadosamente su cuerpo. Después fue colocado en otro ataúd y sellado en una tumba dentro de uno de los muros del monasterio.

Poco más de dos décadas después, se observó un líquido semejante a la sangre que salía por una esquina del muro detrás del cual Chárbel había sido sepultado. Durante la década de 1950, su tumba fue abierta en tres ocasiones. Una de ellas fue transmitida por televisión y contó con la presencia de altos funcionarios del Estado, autoridades religiosas, médicos y científicos.

En 1965, su cuerpo fue hallado nuevamente incorrupto y continuaba exudando el mismo líquido semejante a sangre y sudor. Finalmente, en 1976, un año antes de su canonización, se comprobó que el cuerpo se había descompuesto y que solo quedaban los huesos.

Resulta llamativo que la descomposición del cuerpo de Chárbel coincidiera con los primeros años de la devastadora guerra civil que estalló en el Líbano en 1975. En 1976 tuvo lugar la masacre de Damour. Fuerzas palestinas atacaron esta población cristiana maronita. Muchos de sus habitantes murieron en los enfrentamientos, fueron masacrados o se vieron obligados a huir.

Desde la sepultura de Chárbel, quienes han visitado su tumba le han atribuido numerosos milagros obtenidos por su intercesión. Esto ocurrió especialmente durante la década de 1950, cuando su cuerpo fue encontrado incorrupto después de cincuenta años. En ese momento, los monjes comenzaron a registrar las curaciones milagrosas atribuidas a la intercesión del padre Chárbel. En solo dos años recopilaron una lista de más de doce mil curaciones reportadas.

La devoción hacia él y la noticia de la conservación de su cuerpo se difundieron rápidamente. Esta devoción, acompañada de numerosos testimonios de milagros, impulsó una nueva evangelización en todo el Líbano.

Dios se vale de cada uno de nosotros de distintas maneras. Después de su muerte, san Chárbel fue instrumento para evangelizar el Líbano y otros lugares del mundo. Durante su vida permaneció profundamente unido a Dios. Respondió a su vocación de ermitaño mediante una existencia de penitencia diaria, sacrificio, oración profunda y humilde servicio sacerdotal. Como fruto de esa fidelidad, llegó a convertirse en uno de los santos más influyentes del último siglo.

San Chárbel realizó grandes obras por una razón sencilla: oró y cumplió la voluntad de Dios. Cada uno de nosotros puede hacer lo mismo. Medita hoy acerca de la voluntad de Dios para tu vida y decídete a cumplir esa misión sin vacilar. Así permitirás que nuestro divino Señor realice grandes obras por medio de ti, quizá de maneras que no llegarás a conocer plenamente sino hasta el cielo.

Oración

San Chárbel, fuiste llamado a la vida solitaria como monje y, después, como ermitaño, y respondiste generosamente. Mantuviste tus ojos fijos en Cristo, y Él transformó tu alma humilde en un glorioso faro de luz para el mundo.

Ruega por mí, para que reciba la gracia que necesito a fin de ser fiel a la vocación que Dios me ha concedido y pueda responder con la misma generosidad y entrega que tú manifestaste durante tu vida terrena.

San Chárbel, ruega por mí.
Jesús, confío en ti. Amén.

 


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