sábado, 25 de julio de 2026

26 de julio del 2026: decimoséptimo domingo del tiempo ordinario-ciclo A (Memoria de San Joaquín y Santa Ana)

 

Testigos de la fe:

Santos Ana y Joaquín

Siglo I antes de Jesucristo. Según una antigua tradición cristiana, Ana y Joaquín eran unos judíos piadosos, profundamente unidos a Dios. Durante mucho tiempo no pudieron tener hijos, pero perseveraron en la oración y en la confianza. Después de muchos años de espera, Dios escuchó su anhelo y les concedió una hija destinada a una misión excepcional: María, quien llegaría a ser la Madre de Jesús.

Aunque los Evangelios no mencionan sus nombres, la tradición de la Iglesia los reconoce como padres de la Virgen María y, por tanto, como abuelos de Jesús. Su historia testimonia la fecundidad de la oración perseverante, la confianza en los designios de Dios y la importancia de la familia en la transmisión de la fe. Santa Ana y san Joaquín son invocados especialmente como patronos de los abuelos y de las personas mayores.

Su memoria nos recuerda que la historia de la salvación también se construye en la sencillez del hogar, mediante la oración, la paciencia, el amor familiar y la educación de las nuevas generaciones en la fe.

 

 

Apostarlo todo por el Reino

En el capítulo 13 del Evangelio según san Mateo, las parábolas nos permiten vislumbrar los contornos del Reino de los cielos, sin llegar a agotar su misterio. Jesús propone a quienes lo escuchan imágenes sencillas, tomadas de la vida cotidiana, para ayudarles a descubrir una realidad que supera cuanto el ser humano puede imaginar.

El Reino se parece a un tesoro escondido en un campo o a una perla de gran valor. Quien los descubre comprende inmediatamente que nada de cuanto posee puede compararse con ellos. Entonces vende todos sus bienes, no con tristeza ni por obligación, sino con alegría, porque sabe que ha encontrado aquello que puede dar un sentido nuevo a toda su existencia.

Lo mismo sucede en la vida cristiana. Encontrar a Cristo y acoger su Evangelio nos llevan a reorganizar nuestras prioridades, liberarnos de ciertos apegos y escoger aquello que permanece. No se trata de despreciar las realidades terrenas, sino de reconocer que ellas no pueden llenar completamente nuestro corazón. El verdadero discípulo es quien descubre en Dios su bien más precioso y decide apostarlo todo por su Reino.

Para reconocer este tesoro necesitamos la sabiduría que pidió Salomón: un corazón atento, capaz de distinguir el bien del mal y elegir aquello que agrada a Dios. Entonces, como proclama el salmista, la Palabra del Señor llega a ser más preciosa que el oro y la plata. Y, aun en medio de las pruebas, podemos creer con san Pablo que Dios hace que todo contribuya al bien de quienes lo aman.

Apostarlo todo por el Reino no significa huir del mundo, sino habitarlo de una manera diferente: con un corazón libre, una fe profunda y una caridad activa. Es elegir a Cristo como nuestro verdadero tesoro y permitir que su presencia transforme nuestras decisiones, relaciones y proyectos. El Reino ya nos ha sido ofrecido; a nosotros nos corresponde acogerlo con la alegría y la decisión de quien finalmente ha encontrado la perla que buscaba.

1.    ¿Cuál es el verdadero tesoro que ocupa el primer lugar en mi corazón y orienta mis decisiones?

2.    ¿Qué apegos, hábitos o actitudes necesito dejar para acoger plenamente el Reino de Dios?

3.    ¿Qué decisión concreta tomaré para demostrar que Jesucristo es mi tesoro y mi mayor alegría?

G.Q

 


Primera lectura

1 Re 3, 5. 7-12

Pediste para ti inteligencia

Lectura del primer libro de los Reyes.

EN aquellos días, el Señor se apareció de noche en sueños a Salomón y le dijo:
«Pídeme lo que deseas que te dé».
Salomón respondió:
«Señor mi Dios: Tú has hecho rey a tu siervo en lugar de David mi padre, pero yo soy un muchacho joven y no sé por dónde empezar o terminar. Tu siervo está en medio de tu pueblo, el que tú te elegiste, un pueblo tan numeroso que no se puede contar ni calcular. Concede, pues, a tu siervo, un corazón atento para juzgar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal. Pues, cierto, ¿quién podrá hacer justicia a este pueblo tuyo tan inmenso?».
Agradó al Señor esta súplica de Salomón.
Entonces le dijo Dios:
«Por haberme pedido esto y no una vida larga o riquezas para ti, por no haberme pedido la vida de tus enemigos sino inteligencia para atender a la justicia, yo obraré según tu palabra: te concedo, pues, un corazón sabio e inteligente, como no ha habido antes de ti ni surgirá otro igual después de ti».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 118, 57 y 72. 76-77. 127-128. 129-130 (R.: 97a)

R. ¡Cuánto amo tu ley, Señor!

V. Mi porción es el Señor;
he resuelto guardar tus palabras.
Más estimo yo la ley de tu boca
que miles de monedas de oro y plata. 
R.

V. Que tu bondad me consuele,
según la promesa hecha a tu siervo;
cuando me alcance tu compasión, viviré,
y tu ley será mi delicia. 
R.

V. Yo amo tus mandatos
más que el oro purísimo;
por eso aprecio tus decretos
y detesto el camino de la mentira. 
R.

V. Tus preceptos son admirables,
por eso los guarda mi alma;
la explicación de tus palabras ilumina,
da inteligencia a los ignorantes. 
R.

 

Segunda lectura

Rom 8, 28-30

Nos predestinó a reproducir la imagen de su Hijo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

HERMANOS:
Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien; a los cuales ha llamado conforme a su designio.
Porque a los que había conocido de antemano los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito entre muchos hermanos.
Y a los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bendito seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra,
porque has revelado los misterios del reino a los pequeños.
 R.

 

Evangelio

Mt 13, 44-52 (forma larga)

Vende todo lo que tiene y compra el campo

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.


EN aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:
«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo.
El reino de los cielos se parece también a un comerciante de perlas finas, que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra.
El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran.
Lo mismo sucederá al final de los tiempos: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.
¿Han entendido todo esto?».
Ellos le responden:
«Sí».
Él les dijo:
«Pues bien, un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo».

Palabra del Señor.


Mt 13, 44-46  (forma breve)

Vende todo lo que tiene y compra el campo

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:
«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo.
El reino de los cielos se parece también a un comerciante de perlas finas, que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra».

Palabra del Señor.

 

1

Apostarlo todo por el Reino

 

Las lecturas de este domingo nos invitan a preguntarnos: ¿cuál es el verdadero tesoro de nuestra vida?

En la primera lectura, Dios le dice al joven Salomón: «Pídeme lo que quieras». Él podría haber pedido riquezas, larga vida o la derrota de sus enemigos; sin embargo, pidió un corazón atento, capaz de discernir el bien y gobernar con justicia. Salomón comprendió que la sabiduría vale más que el poder y el dinero. También nosotros necesitamos pedir al Señor un corazón sabio para reconocer qué merece realmente el primer lugar.

El salmista lo expresa con claridad: «Más estimo yo la ley de tu boca que miles de monedas de oro y plata». La Palabra de Dios es un tesoro porque ilumina nuestras decisiones, corrige nuestros caminos y nos enseña a vivir de acuerdo con su voluntad.

En el Evangelio, Jesús compara el Reino de los cielos con un tesoro escondido y con una perla de gran valor. Quienes los encuentran venden todo para adquirirlos. Lo hacen no con tristeza, sino con alegría, porque han descubierto algo incomparablemente mejor.

Así sucede con la fe. Cuando una persona encuentra verdaderamente a Cristo, empieza a reorganizar su vida. Cambian sus prioridades, sus relaciones y su manera de utilizar el tiempo y los bienes. No renuncia para comprar el amor de Dios, sino porque ya se ha descubierto amada y ha encontrado en Él una alegría mayor.

Por eso debemos preguntarnos: ¿cuál es el verdadero tesoro que ocupa el primer lugar en mi corazón? Podemos decir que creemos en Dios y, sin embargo, vivir pendientes únicamente del dinero, del reconocimiento, del poder o de la comodidad.

También conviene preguntarnos: ¿qué apegos, hábitos o actitudes necesito dejar para acoger plenamente el Reino? Tal vez sea un resentimiento, una ambición desordenada, una relación que nos aleja de Dios o una costumbre que nos quita la libertad. Encontrar el tesoro implica tomar decisiones.

San Pablo nos anima recordándonos que «a los que aman a Dios todo les sirve para el bien». Quien ha elegido a Cristo sabe que incluso las dificultades pueden convertirse, en las manos de Dios, en caminos de crecimiento y salvación.

Finalmente, preguntémonos: ¿qué decisión concreta tomaré para demostrar que Jesucristo es mi verdadero tesoro y mi mayor alegría? Puede ser dedicar más tiempo a la oración, reconciliarme con alguien, acercarme a la Eucaristía, acompañar a una persona mayor o compartir generosamente con quien lo necesita.

Hermanos, el Reino de Dios no es una carga que empobrece nuestra existencia. Es el tesoro que le devuelve su verdadero valor. Pidamos hoy la sabiduría de Salomón para reconocerlo, la libertad necesaria para elegirlo y la alegría de apostarlo todo por Jesucristo. Amén.

 

2

 

Homilía: ¿Cuál es nuestro verdadero tesoro?

Hace ya varios años, cuando era seminarista, propuse a un grupo juvenil de Medellín una pregunta sencilla: ¿qué es un tesoro?

Uno de los jóvenes respondió: «Es algo que vuelve rica a una persona». Otro añadió: «Es algo que se busca y que, cuando se encuentra, produce una gran alegría». Un tercero dijo: «Es algo muy precioso y valioso, generalmente escondido; quien logra encontrarlo se considera afortunado y feliz».

Todas aquellas respuestas tenían algo de verdad. Un tesoro es algo de extraordinario valor, capaz de despertar una búsqueda apasionada y de llenar de alegría a quien lo encuentra.

Muchos de nosotros conocimos primero los tesoros por las historias de aventuras. Recordemos La isla del tesoro, la célebre novela publicada por Robert Louis Stevenson en 1883. En ella aparecen mapas secretos, piratas, barcos, engaños, peligros y cofres llenos de monedas. Todos están dispuestos a arriesgar la vida por alcanzar aquella riqueza antes que los demás.

Sin embargo, las lecturas de este domingo nos hablan de otra clase de tesoro: uno que no se corrompe, que ningún ladrón puede arrebatarnos y que no pierde su valor con el paso del tiempo. Es el tesoro que da sentido a toda la vida: el Reino de Dios.

Un corazón capaz de discernir

En la primera lectura, Dios se aparece en sueños al joven rey Salomón y le dice:

«Pídeme lo que quieras».

¡Qué oportunidad! Salomón podía haber pedido una larga vida, abundantes riquezas, poder o la derrota de sus enemigos. Pero reconoce su pequeñez y pide algo mucho más importante:

«Concede a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal».

Salomón comprende que el mayor tesoro no consiste en poseer muchas cosas, sino en tener un corazón sabio, capaz de escuchar a Dios, reconocer el bien y tomar decisiones justas.

También nosotros recibimos cada día muchas ofertas: dinero, prestigio, comodidad, éxito, reconocimiento y poder. Algunas pueden ser legítimas, pero ninguna garantiza por sí misma una vida plena. Podemos tener muchas cosas y, sin embargo, estar vacíos; podemos acumular bienes y haber perdido la paz, la familia, la fe o la capacidad de amar.

Por eso necesitamos pedir con Salomón: «Señor, dame un corazón que escuche y sepa elegir». La verdadera sabiduría consiste en descubrir qué merece ocupar el primer lugar.

La Palabra vale más que el oro

El salmo prolonga esta enseñanza:

«Más estimo yo la ley de tu boca que miles de monedas de oro y plata».

El salmista ha comprendido que la Palabra de Dios es más preciosa que cualquier riqueza porque orienta sus pasos, ilumina sus decisiones y lo sostiene en la dificultad. El dinero puede ayudarnos a resolver muchos problemas, pero no puede decirnos para qué vivimos, cómo debemos amar, a quién debemos perdonar ni cuál es el camino que conduce a la vida eterna.

La Palabra de Dios no nos empobrece ni limita nuestra libertad. Al contrario, nos libra de gastar la existencia persiguiendo falsos tesoros.

Una alegría que cambia las prioridades

En el Evangelio, Jesús compara el Reino de los cielos con un tesoro escondido en un campo. El hombre que lo encuentra vuelve a ocultarlo y, lleno de alegría, vende todo lo que tiene para comprar aquel campo. También lo compara con un comerciante que busca perlas finas y, al encontrar una de gran valor, vende cuanto posee para adquirirla.

En ambas parábolas hay una renuncia radical: los dos lo venden todo. Pero el sentimiento dominante no es la tristeza, sino la alegría. No se desprenden de sus bienes porque alguien los obligue, sino porque han descubierto algo incomparablemente mejor.

Aquí encontramos una clave muy importante para comprender la conversión cristiana: primero se descubre el tesoro y después viene la renuncia. No abandonamos ciertos hábitos, pecados o apegos para comprar el amor de Dios. Nos decidimos a cambiar porque hemos descubierto que Dios ya nos ama, que Cristo ha entregado su vida por nosotros y que su Reino es el bien más grande que podemos recibir.

La conversión no es pagar un precio para conseguir a Dios. Es reorganizar nuestra vida porque hemos descubierto que Dios es el verdadero tesoro.

Cuando una persona encuentra sinceramente a Cristo, comienza a revisar su propio “portafolio” de valores. Se pregunta: ¿qué ocupa mi tiempo?, ¿en qué gasto mis fuerzas?, ¿qué domina mis pensamientos?, ¿qué estoy defendiendo como si fuera imprescindible?, ¿qué lugar tienen Dios, la familia, los pobres y la comunidad en mis decisiones?

Entonces comprende que hay posesiones, resentimientos, costumbres, relaciones y proyectos que no se dejan transformar fácilmente. Desprendernos de ellos puede producir miedo y dolor. Sin embargo, la alegría del tesoro encontrado da fuerzas para realizar esas rupturas.

El Evangelio no nos propone una vida triste ni una cadena de privaciones. Nos invita a dejar lo pequeño para abrazar lo verdaderamente grande; a soltar aquello que esclaviza para recibir lo que libera; a renunciar a una felicidad superficial para alcanzar la vida plena que Dios ofrece.

Dios conduce nuestra historia

San Pablo nos recuerda en la segunda lectura:

«Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien».

Esto no significa que todo cuanto ocurre sea bueno. Existen el dolor, la enfermedad, la injusticia, el fracaso y la muerte. Pero significa que Dios puede actuar incluso en medio de esas realidades y conducir nuestra historia hacia su plenitud.

El tesoro del Reino no nos evita todas las dificultades. Quien encuentra el campo todavía debe vender, comprar, cavar y cuidar lo recibido. Pero sabe que su vida ya tiene una dirección. No camina al azar: ha sido llamado a reproducir en sí mismo la imagen de Cristo.

Por eso el cristiano puede vivir con esperanza. Dios toma incluso nuestras heridas, errores y luchas, y puede hacer que cooperen para nuestro crecimiento y nuestra salvación cuando nos abandonamos en sus manos.

La red y la elección definitiva

Finalmente, Jesús compara el Reino con una red que recoge peces de toda clase. Al llegar a la orilla, los pescadores separan los buenos de los que no sirven. Esta parábola nos recuerda que nuestras decisiones tienen consecuencias. Dios es paciente y misericordioso, pero nuestra vida se dirige hacia un encuentro definitivo con Él.

No basta con saber que el tesoro existe. Es necesario escogerlo. No basta con admirar la perla preciosa. Hay que reorganizar la vida para recibirla.

Hoy podríamos preguntarnos:

  • ¿Cuál es el tesoro por el que realmente estoy viviendo?
  • ¿Qué le pediría a Dios si me dijera: «Pídeme lo que quieras»?
  • ¿Qué actitud, apego o pecado necesito dejar para vivir con mayor libertad el Evangelio?
  • ¿He descubierto la fe como una obligación pesada o como un tesoro que llena de alegría?

Hermanos, el verdadero tesoro no es solamente una doctrina ni una recompensa futura. Nuestro tesoro es Jesucristo mismo, presente en su Palabra, en la Eucaristía, en la comunidad y en los hermanos que sufren. Encontrarlo significa descubrir que somos amados, perdonados y llamados a una vida nueva.

Pidamos hoy la sabiduría de Salomón, el amor del salmista por la Palabra y la decisión de los hombres de las parábolas. Que el Señor nos conceda un corazón capaz de reconocer el tesoro, la valentía para elegirlo y la alegría de entregar por Él toda nuestra vida.

Señor Jesús, tú eres nuestra perla preciosa y nuestro tesoro escondido. Enséñanos a buscarte, a reconocerte y a preferirte por encima de todo. Amén.

 

3

 

El tesoro que nuestros mayores nos ayudan a descubrir

 

En el Evangelio, Jesús nos presenta dos imágenes sencillas y profundas:

«El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo»; y también «a un comerciante que busca perlas finas».

En la primera parábola, el hombre encuentra el tesoro de manera inesperada. Podemos imaginar que caminaba por aquel campo sin sospechar lo que se escondía bajo sus pies. De pronto lo descubre y comprende que ha encontrado algo de valor incalculable. Entonces, lleno de alegría, vende cuanto posee y compra aquel terreno.

En la segunda parábola sucede algo diferente. El comerciante sí estaba buscando. Conocía las perlas, sabía distinguirlas y había dedicado tiempo y esfuerzo a encontrar una verdaderamente preciosa. Finalmente descubre una cuyo valor supera al de todas las demás y vende cuanto tiene para adquirirla.

Uno encuentra sin estar buscando; el otro encuentra después de una búsqueda perseverante. Pero la reacción de ambos es la misma: lo dejan todo para alcanzar aquello que han descubierto. Y no lo hacen con amargura, sino con alegría, porque ante semejante tesoro todo lo demás les parece secundario.

Así puede suceder también en nuestra vida espiritual. Algunos encuentran a Dios de forma inesperada: durante una Eucaristía, en una experiencia de oración, a través de una obra de caridad, en el testimonio de alguien o incluso en medio de una enfermedad o un sufrimiento. No estaban buscando conscientemente aquel tesoro, pero la gracia de Dios salió a su encuentro y les permitió descubrir que nada puede compararse con su amor.

Otros se parecen al comerciante. Han pasado años buscando la verdad, la belleza y el bien. Han estudiado, preguntado, orado, luchado y esperado. Hasta que finalmente descubren la perla preciosa: Jesucristo. Entonces el Evangelio cobra sentido, la fe deja de ser una tradición superficial y se convierte en una relación viva con el Señor.

En ambos casos, el tesoro es el mismo: Cristo y su Reino. Él es la perla preciosa por la que vale la pena reorganizar toda la existencia.

La primera lectura nos ayuda a comprender qué necesitamos para reconocer ese tesoro. Dios le dice a Salomón: «Pídeme lo que quieras». El joven rey podía haber pedido una larga vida, riquezas, poder o la derrota de sus enemigos. Sin embargo, pidió un corazón dócil y comprensivo para gobernar al pueblo y discernir entre el bien y el mal.

Salomón comprendió que la sabiduría vale más que el oro. Por eso su petición agradó al Señor. También nosotros necesitamos un corazón sabio para no confundir lo urgente con lo importante, lo llamativo con lo verdadero y lo costoso con lo verdaderamente valioso.

El mundo nos ofrece muchos falsos tesoros: dinero, poder, comodidad, reconocimiento y placer sin límites. Incluso el pecado puede presentarse como algo deseable, aunque al final deje vacío el corazón. Por eso necesitamos pedir: «Señor, dame un corazón que escuche, que discierna y que sepa elegirte».

El salmista expresa esa misma convicción cuando proclama:

«Más estimo yo la ley de tu boca que miles de monedas de oro y plata».

Quien descubre el valor de la Palabra de Dios comprende que ella orienta sus pasos, fortalece su esperanza y le enseña a vivir. El dinero puede comprar muchas cosas, pero no puede comprar la paz interior, el perdón, una familia unida, una conciencia tranquila ni la vida eterna. La Palabra del Señor, en cambio, nos muestra el camino hacia esos bienes que no se deterioran.

San Pablo, en la segunda lectura, añade una certeza consoladora:

«Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien».

El Apóstol no afirma que todo cuanto nos sucede sea bueno. La enfermedad, la soledad, la injusticia y la muerte siguen siendo dolorosas. Lo que nos asegura es que Dios puede actuar en medio de todo ello y conducir nuestra historia hacia el bien y la salvación. Quien ha descubierto a Cristo como su tesoro puede atravesar las dificultades con esperanza, porque sabe que su vida está en manos de un Padre que no lo abandona.

Esta Palabra adquiere hoy un significado especial al celebrar la Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores. Ellos son un verdadero tesoro para nuestras familias, para la Iglesia y para la sociedad. En sus rostros contemplamos una historia construida con trabajo, sacrificios, alegrías, pérdidas, fe y perseverancia.

Muchos de nosotros conocimos las primeras oraciones en labios de nuestros abuelos. Ellos nos enseñaron a hacer la señal de la cruz, a bendecir los alimentos, a rezar el rosario, a confiar en Dios durante las dificultades y a respetar a los demás. Tal vez no utilizaron grandes discursos, pero transmitieron la fe mediante su ejemplo, su paciencia y su manera de afrontar la vida.

Los abuelos y los mayores se parecen al escriba del que habla Jesús al final del Evangelio: aquel que sabe sacar de su tesoro «cosas nuevas y antiguas». Ellos conservan la memoria de la familia y de la comunidad, pero también pueden ayudarnos a afrontar el presente con sabiduría. Su experiencia no es un objeto viejo que deba guardarse en un rincón: es una riqueza que necesita ser escuchada, valorada y transmitida.

Sin embargo, también debemos reconocer con dolor que muchos mayores viven solos, enfermos o abandonados. Algunos sienten que ya no son útiles porque no pueden producir al mismo ritmo que antes. La lógica del Evangelio nos enseña algo diferente: el valor de una persona no depende de su productividad, de su juventud ni de su salud. Cada vida humana posee una dignidad sagrada y continúa siendo un don para los demás.

Celebrar esta jornada no puede limitarse a dedicarles unas palabras bonitas. Debe llevarnos a visitarlos, escucharlos, acompañarlos, atender sus necesidades y hacerlos partícipes de la vida familiar y comunitaria. Una llamada, una visita, un medicamento llevado a tiempo, una conversación sin prisa o una oración compartida pueden convertirse en signos concretos del Reino de Dios.

También hoy queremos decirles a nuestros abuelos y mayores: ustedes siguen teniendo una misión. La Iglesia necesita su oración, su testimonio y su sabiduría. Necesitamos que nos cuenten cómo Dios los sostuvo en los momentos difíciles; que oren por las nuevas generaciones y que nos ayuden a conservar la memoria agradecida de nuestra fe.

El Evangelio nos deja tres preguntas esenciales:

¿Cuál es el verdadero tesoro que ocupa el primer lugar en mi corazón y orienta mis decisiones?

¿Qué apegos, hábitos o actitudes necesito dejar para acoger más plenamente el Reino de Dios?

¿Qué decisión concreta tomaré para demostrar que Jesucristo es mi tesoro y mi mayor alegría?

Quizás una de esas decisiones pueda ser, precisamente, acercarnos a un abuelo o a una persona mayor que necesita compañía. En ellos también podemos descubrir la presencia de Cristo y un tesoro que muchas veces permanece escondido ante nuestros ojos.

Hermanos, no nos conformemos con haber oído hablar del tesoro. Busquémoslo. Si todavía no hemos descubierto personalmente la alegría de conocer, amar y servir a Dios, sigamos caminando: el Reino está cerca. Y si ya hemos encontrado a Cristo, permitamos que ese encuentro transforme nuestras prioridades, nuestros apegos, nuestras familias y nuestra forma de tratar a los demás.

Que el Señor nos conceda la sabiduría de Salomón para reconocer lo verdaderamente valioso; el amor del salmista por su Palabra; la confianza de san Pablo para creer que Dios puede conducir todo hacia el bien, y la alegría de los hombres del Evangelio, capaces de apostarlo todo por el Reino.

Y que santa Ana y san Joaquín, abuelos de Jesús, intercedan por nuestros abuelos y personas mayores, especialmente por quienes se encuentran enfermos, solos o abandonados.

Oración final

Señor Jesús, con frecuencia buscamos los tesoros pasajeros de este mundo y nos dejamos engañar por las falsas promesas del pecado. Abre nuestros ojos para que podamos reconocerte como la perla preciosa y descubrir el valor incomparable de tu Reino.

Concédenos la sabiduría y la valentía necesarias para entregarte cuanto nos impide recibir plenamente tu gracia. Bendice a nuestros abuelos y a todas las personas mayores; recompénsalos por el bien que han sembrado, consuélalos en sus sufrimientos y haz que nunca les falten nuestro cariño, nuestra gratitud y nuestra compañía.

Que tu Reino habite plenamente en nuestros corazones. Jesús, confiamos en ti. Amén.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Gracias por visitar mi blog, Deje sus comentarios que si son hechos con respeto y seriedad, contestaré con mucho gusto. Gracias. Bendiciones




27 de julio del 2026: lunes de la decimoséptima semana del tiempo ordinario-II

  Al contacto con el mundo (Jr 13, 1-11 / Sal Dt 32, 18-19.20.21 (R. 18a) / Mt 13, 31-35 ) Un hombre y una mujer se desprendieron de alg...