Fiesta de la Iglesia:
Martirio de san Juan Bautista
Celebramos la memoria del martirio de san Juan
Bautista, a quien el rey Herodes Antipas mantuvo encarcelado en la fortaleza de
Maqueronte y mandó decapitar, el día de su cumpleaños, a petición de la hija de
Herodías. Como una lámpara que arde y alumbra, el precursor del Señor dio
testimonio de la verdad tanto en su vida como en su muerte.
San Juan Bautista fue encarcelado porque tuvo el
valor de decirle a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano»
(Mc 6,18). No murió por defender una opinión personal, sino por permanecer fiel
a la verdad y a la ley de Dios. Su martirio revela el enfrentamiento entre una
conciencia recta y un poder dominado por el miedo, la vanidad y el respeto
humano.
Herodes reconocía que Juan era un hombre justo y
santo; incluso lo escuchaba con agrado. Sin embargo, no tuvo el valor de
cambiar de vida. Prefirió conservar su prestigio ante los invitados y cumplir
una promesa insensata antes que proteger la vida de un inocente. Herodías, por
su parte, permitió que el resentimiento se transformara en deseo de venganza.
El banquete, que debía celebrar la vida, terminó convertido en escenario de
muerte.
Juan Bautista permaneció fiel hasta el final. El
que había preparado los caminos del Señor anticipó también, con su muerte
injusta, la pasión de Jesucristo. Su sangre continúa recordándonos que la
verdad no puede acomodarse a los intereses del momento y que la fidelidad a
Dios puede exigir valentía, renuncia e incluso el don de la propia vida.
Esta memoria nos invita a examinar nuestra
conciencia: ¿callamos la verdad por miedo a perder la aprobación de los demás?
¿Permitimos que los compromisos sociales, las apariencias o el orgullo pesen
más que la justicia? San Juan Bautista nos enseña a hablar con claridad, pero
también con humildad; a denunciar el pecado sin dejar de buscar la conversión
del pecador.
Pidamos por su intercesión una conciencia libre,
una fe coherente y el valor de permanecer junto a Cristo cuando la verdad
resulte incómoda. Que, como Juan, sepamos disminuir para que Cristo crezca en
nosotros, y que nuestra vida sea una lámpara encendida que ilumine a los demás
con la verdad y el amor de Dios.
Cuando nos cuesta…
Juan Bautista es un testigo fiel de Dios. Ante la
injusticia, no habla para agradar a los demás, sino para ser justo delante del
Señor. Se atreve a decir la verdad, incluso cuando esta le cuesta la libertad
y, finalmente, la vida.
Su martirio nos recuerda que la fidelidad al
Evangelio no siempre es cómoda. A veces exige ir contra la opinión dominante,
vencer el miedo y renunciar a la aprobación de los demás. Herodes escucha a
Juan, pero no tiene la valentía de convertirse: prefiere proteger su imagen
antes que obedecer a su conciencia.
También nosotros estamos llamados a dar testimonio
de la verdad, pero sin arrogancia ni violencia, siempre unidos a la caridad.
Ser discípulos de Cristo significa permanecer fieles cuando resulta difícil,
cuando nos critican o cuando hacer el bien implica algún sacrificio. La fe
demuestra su autenticidad precisamente cuando nos cuesta.
Que san Juan Bautista nos conceda una conciencia
recta, una palabra valiente y un corazón dispuesto a que Cristo crezca en
nosotros, aunque para ello nuestro orgullo tenga que disminuir.
Primera lectura
Jer 1, 17-19
Diles todo lo
que yo te mande. No les tengas miedo
Lectura del libro de Jeremías.
EN aquellos días, me vino esta palabra del Señor:
«Cíñete los lomos:
prepárate para decirles todo lo que yo te mande.
No les tengas miedo,
o seré yo quien te intimide.
Desde ahora te convierto en plaza fuerte,
en columna de hierro y muralla de bronce,
frente a todo el país:
frente a los reyes y príncipes de Judá,
frente a los sacerdotes y al pueblo de la tierra.
Lucharán contra ti, pero no te podrán,
porque yo estoy contigo para librarte
—oráculo del Señor—».
Palabra de Dios.
Salmo
R. Mi boca
contará tu salvación.
V. A ti,
Señor, me acojo:
no quede yo derrotado para siempre.
Tú que eres justo, líbrame y ponme a salvo,
inclina a mí tu oído y sálvame. R.
V. Sé tú mi
roca de refugio,
el alcázar donde me salve,
porque mi peña y mi alcázar eres tú.
Dios mío, líbrame de la mano perversa. R.
V. Porque tú,
Señor, fuiste mi esperanza
y mi confianza, Señor, desde mi juventud.
En el vientre materno ya me apoyaba en ti,
en el seno tú me sostenías. R.
V. Mi boca
contará tu justicia,
y todo el día tu salvación,
Dios mío, me instruiste desde mi juventud,
y hasta hoy relato tus maravillas. R.
Aclamación
V. Bienaventurados
los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos. R.
Evangelio
Quiero que
ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista
Lectura del santo Evangelio según san Marcos.
EN aquel tiempo, Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la
cárcel encadenado.
El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano
Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener a la mujer de su hermano.
Herodías aborrecía a Juan y quería matarlo, pero no podía, porque Herodes
respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo defendía. Al
escucharlo quedaba muy perplejo, aunque lo oía con gusto.
La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus
magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea.
La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados.
El rey le dijo a la joven:
«Pídeme lo que quieras, que te lo daré».
Y le juró:
«Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino».
Ella salió a preguntarle a su madre:
«¿Qué le pido?».
La madre le contestó:
«La cabeza de Juan el Bautista».
Entró ella enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió:
«Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista».
El rey se puso muy triste; pero por el juramento y los convidados no quiso
desairarla. Enseguida le mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de
Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la
entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre.
Al enterarse sus discípulos fueron a recoger el cadáver y lo pusieron en un
sepulcro.
Palabra del Señor.
**********
La verdad que permanece cuando cuesta
Queridos
hermanos:
Hoy
contemplamos el martirio de san Juan Bautista, el profeta fiel que se atrevió a
decir la verdad aun cuando sabía que podía costarle la libertad y la vida. Juan
no habló para agradar a Herodes ni para conservar su prestigio; habló para ser
fiel delante de Dios: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano». Su
palabra no nacía del odio ni del deseo de condenar, sino de una conciencia
recta y del deseo de llamar a la conversión.
El
Evangelio nos presenta un fuerte contraste. Juan es un hombre libre, aunque se
encuentre encarcelado; Herodes, en cambio, parece poderoso, pero está
prisionero de sus pasiones, del miedo, de una promesa imprudente y del deseo de
quedar bien ante sus invitados. Juan pierde la cabeza, pero conserva la
dignidad y la fidelidad; Herodes conserva el trono, pero traiciona su
conciencia.
La
primera lectura nos ayuda a comprender esta paradoja: «Lo débil del mundo lo ha
escogido Dios para humillar lo fuerte». Dios no eligió a Juan por su poder, sus
riquezas o su prestigio social. Lo eligió por su disponibilidad y por su
fidelidad. Ante el mundo, Juan parece derrotado; ante Dios, participa de la
victoria de quienes permanecen firmes en la verdad.
Por
eso san Pablo nos recuerda que nadie puede gloriarse delante de Dios. Nuestra
verdadera grandeza no está en los cargos, en el reconocimiento o en la opinión
de los demás, sino en pertenecer a Cristo, quien ha sido hecho para nosotros
sabiduría, justicia, santificación y redención. Juan Bautista vivió plenamente
esta verdad cuando dijo acerca de Jesús: «Él tiene que crecer y yo tengo que
disminuir».
El
salmo proclama: «Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad».
Dichoso no es necesariamente quien evita toda dificultad, sino quien pone su
confianza en el Señor. Los ojos de Dios están sobre quienes lo temen y esperan
en su misericordia. Juan pudo entregar su vida porque sabía que su existencia
estaba en las manos de Dios. Los poderosos podían silenciar su voz, pero no
podían destruir su testimonio.
En
este sábado dirigimos también nuestra mirada filial hacia la Virgen María.
Ella, como Juan, no buscó agradar al mundo, sino cumplir la voluntad de Dios:
«Hágase en mí según tu palabra». María permaneció fiel cuando la obediencia le
exigió atravesar la incomprensión, el dolor y la cruz. Ella nos enseña que la
verdad debe anunciarse con valentía, pero también con humildad, caridad y
misericordia.
Preguntémonos
hoy: ¿somos capaces de defender la verdad cuando nos cuesta? ¿Callamos por
miedo a perder la aprobación de los demás? ¿Nos parecemos a Juan, que escucha a
Dios, o a Herodes, que escucha la verdad, pero no se decide a cambiar?
Pidamos al Señor, por intercesión de san Juan Bautista y de
la Santísima Virgen María, que nos conceda una conciencia recta, una palabra
valiente y un corazón humilde. Que no busquemos quedar bien ante los hombres,
sino permanecer fieles ante Dios; y que, incluso en medio de las dificultades,
podamos decir con nuestra vida: nuestra gloria está solamente en el Señor.
Amén.

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