26 de octubre del 2026: lunes de la trigésima semana del tiempo ordinario II
Desbordados por el Señor
El
jefe de la sinagoga se enfurece y se dirige con vehemencia a la multitud: «Hay
seis días para trabajar; vengan, pues, a hacerse curar esos días». ¿Su
temor? Que la iniciativa de Jesús desborde lo que él considera permitido y
ponga en cuestión su manera de comprender la fidelidad a Dios. Así podemos
interpretar su reacción: está tan preocupado por defender la observancia del
sábado que no alcanza a alegrarse por una mujer liberada de su sufrimiento.
Jesús
la ha visto. Entre tantas personas reunidas, su mirada se ha detenido en
aquella mujer encorvada desde hacía dieciocho años. La llama, le habla y le
impone las manos. Ella se endereza y comienza a glorificar a Dios. ¡Su cuerpo
levantado se convierte en alabanza!
Al
llamarla «hija de Abrahán», Jesús recuerda su dignidad y su pertenencia al
pueblo de la promesa. Su sufrimiento merece atención; su liberación es motivo
de fiesta. El sábado, consagrado a Dios, encuentra en esta obra de misericordia
una expresión de su sentido más profundo.
También
nosotros podemos sentirnos desbordados por el Señor. Sucede cuando alguien
necesita escucharnos y altera nuestros planes; cuando una reconciliación exige
dar el primer paso; cuando descubrimos que hemos juzgado con dureza a una
persona cuya historia apenas conocemos. Entonces, el Evangelio nos invita a
ensanchar el corazón.
Conviene
preguntarnos: ¿sé alegrarme del bien que Dios realiza, aunque llegue de una
manera que no esperaba? ¿Mis prácticas religiosas me ayudan a reconocer y
acompañar el sufrimiento ajeno? ¿Dejo que Jesús transforme también mi manera de
mirar?
La
mujer se endereza y alaba a Dios. Nosotros podemos pedir una gracia semejante:
levantar la mirada, reconocer a quienes tenemos delante y acercarnos con
misericordia.
Señor Jesús, endereza lo que el egoísmo ha
encorvado en nosotros. Sana nuestra dureza, abre nuestros ojos al dolor del
prójimo y enséñanos a celebrar cada vida que tu amor levanta. Amén.
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Primera lectura
Ef
4, 32 — 5, 8
Vivan
en el amor como Cristo
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios.
HERMANOS:
Sean buenos, comprensivos, perdonándose unos a otros como Dios los perdonó en
Cristo.
Sean imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivan en el amor como Cristo
los amó y se entregó por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor.
De la fornicación, la impureza, indecencia o afán de dinero, ni hablar; es
impropio de los santos. Tampoco vulgaridades, estupideces o frases de doble
sentido; todo eso está fuera de lugar. Lo de ustedes es alabar a Dios. Tengan
entendido que nadie que se da a la fornicación, a la impureza, o al afán de
dinero, que es una idolatría, tendrá herencia en el reino de Cristo y de Dios.
Que nadie los engañe con argumentos falaces; estas cosas son las que atraen el
castigo de Dios sobre los rebeldes. No tengan parte con ellos. Antes sí eran
tinieblas, pero ahora, son luz por el Señor.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
1, 1-2. 3. 4 y 6 (R.: cf. Ef 5, 1)
R. Seamos imitadores
de Dios, como hijos queridos.
V.
Dichoso el hombre
que no sigue el consejo de los impíos,
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos;
sino que su gozo es la ley del Señor,
y medita su ley día y noche. R.
V. Será como un árbol
plantado al borde de la acequia:
da fruto a su tiempo
y no se marchitan sus hojas;
y cuanto emprende tiene buen fin. R.
V.
No así los impíos, no así;
serán paja que arrebata el viento.
Porque el Señor protege el camino de los justos,
pero el camino de los impíos acaba mal. R.
Aclamación
R.
Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Tu palabra, Señor,
es verdad; santifícanos en la verdad. R.
Evangelio
Lc
13, 10-17
A
esta, que es hija de Abrahán, ¿no era necesario soltarla de tal ligadura el día
sábado?
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
UN sábado, enseñaba Jesús en una sinagoga.
Había una mujer que desde hacía dieciocho años estaba enferma por causa de un
espíritu, y estaba encorvada, sin poderse enderezar de ningún modo.
Al verla, Jesús la llamó y le dijo:
«Mujer, quedas libre de tu enfermedad».
Le impuso las manos, y enseguida se puso derecha. Y glorificaba a Dios.
Pero el jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús había curado en sábado, se
puso a decir a la gente:
«Hay seis días para trabajar; vengan, pues, a que los curen en esos días y no
en sábado».
Pero el Señor le respondió y dijo:
«Hipócritas: cualquiera de ustedes, ¿no desata en sábado su buey o su burro del
pesebre, y los lleva a abrevar?
Y a esta, que es hija de Abrahán, y que Satanás ha tenido atada dieciocho años,
¿no era necesario soltarla de tal
ligadura el día sábado?».
Al decir estas palabras, sus enemigos quedaron abochornados, y toda la gente se
alegraba por todas las maravillas que hacía.
Palabra del Señor.
El Señor nos levanta y nos enseña a amar
Queridos
hermanos:
Hay
cargas que terminan por encorvarnos. Algunas se sienten en el cuerpo, después
de muchos años de trabajo o de enfermedad. Otras pesan por dentro: una
preocupación, un resentimiento, la soledad o la ausencia de alguien a quien
amamos. Hoy, al ofrecer nuestra oración por los difuntos, seguramente traemos
nombres, rostros y recuerdos que siguen muy presentes en nuestro corazón.
En
medio de nuestra vida, con sus alegrías y sus heridas, el Evangelio nos anuncia
una buena noticia: Jesús
nos ve, se acerca y quiere levantarnos.
Aquella
mujer llevaba dieciocho años encorvada. ¡Cuánto tiempo mirando hacia el suelo,
cuánto cansancio acumulado! San Lucas no recoge ninguna petición suya. Es Jesús
quien toma la iniciativa: la ve, la llama, le habla y le impone las manos. Ella
se endereza y comienza a glorificar a Dios.
Así
actúa el Señor: reconoce el sufrimiento que otros quizá ya se han acostumbrado
a ver. Aquella mujer tiene una historia y una dignidad. Jesús la llama «hija de
Abrahán»: pertenece al pueblo amado por Dios, y su dolor merece ser atendido.
Sin
embargo, el jefe de la sinagoga se indigna porque la curación ha ocurrido en sábado.
Mientras la mujer alaba a Dios, él protesta. Su preocupación por la observancia
le impide alegrarse por el bien que tiene delante.
Al
meditar este evangelio, como comentaba alguien, nos sentimos “desbordados por
el Señor”. También nosotros podemos experimentar esa dificultad cuando Dios nos
pide salir de nuestros planes. Habíamos organizado el día y alguien necesita
hablar; esperábamos descansar y un enfermo requiere nuestra presencia;
pensábamos que una persona nunca cambiaría y comienza a dar pasos de conversión.
¿Sabemos
reconocer la gracia en esas situaciones? ¿Dejamos espacio para que el Señor
ensanche nuestra manera de pensar y de amar?
La
primera lectura nos ayuda a responder. San Pablo invita a los cristianos de
Éfeso a practicar la bondad, la comprensión y el perdón, tomando como modelo el
perdón recibido de Dios. Nos recuerda que somos hijos amados y que nuestra
conducta está llamada a reflejar ese amor.
Ser hijos de Dios se aprende también en la manera de tratar
a los demás.
Se aprende escuchando con paciencia, evitando una palabra humillante,
renunciando a la venganza y ofreciendo una ayuda concreta.
Por
eso Pablo denuncia también la inmoralidad, la codicia y las palabras que
degradan. El amor cristiano compromete toda nuestra vida: el uso del dinero,
nuestras relaciones, nuestras conversaciones y nuestras decisiones. La luz de
Cristo debe llegar a esos lugares cotidianos donde se muestra quiénes somos.
El
Salmo 1 presenta una imagen muy cercana a quienes conocen el campo: un árbol
que crece junto al agua, conserva su verdor y da fruto a su tiempo. Sus raíces
encuentran alimento.
También
nuestra vida necesita raíces. La escucha de la Palabra, la oración y la
Eucaristía nos unen al Señor y alimentan nuestra capacidad de amar. Cuando
llegan las dificultades, descubrimos cuánto necesitamos esa fuente. El árbol
sigue necesitando agua en tiempo de sequía; nosotros seguimos necesitando a
Dios cuando atravesamos el dolor.
Hoy
pensamos especialmente en nuestros difuntos. Recordamos cuánto bien recibimos a
través de ellos: cuidados, consejos, trabajo, sacrificios y gestos de cariño.
Podemos agradecer los frutos que sus vidas dejaron entre nosotros y
comprometernos a cuidar lo bueno que nos enseñaron.
También
conocemos la fragilidad humana. Por eso los encomendamos a la misericordia del
Padre y pedimos que perdone sus pecados, los purifique y los reciba en su paz.
La Iglesia ofrece desde antiguo la oración y, especialmente, el sacrificio
eucarístico por quienes han muerto. En esta comunión de amor encuentra sentido nuestra
intención de hoy.
Nuestra
esperanza se apoya en Jesucristo, muerto y resucitado. El Señor que se acercó a
aquella mujer y la levantó es quien ha vencido la muerte y nos abre el camino
de la vida eterna. En sus manos confiamos a nuestros seres queridos, incluso
cuando nos cuesta comprender su partida.
Y
en esas mismas manos podemos poner nuestro duelo. Tal vez llevamos una
despedida pendiente, una palabra que no alcanzamos a decir o el dolor de una
ausencia reciente. Podemos hablarle al Señor de todo ello. La fe nos permite
llorar con esperanza y recibir el apoyo de quienes caminan a nuestro lado.
La
oración por los difuntos nos recuerda también el valor del tiempo que hoy
tenemos. Podemos llamar a alguien que está solo, visitar a un enfermo, agradecer
a nuestros padres, reconciliarnos o expresar ese cariño que tantas veces
dejamos para después.
Pidamos
que esta Eucaristía dé fruto en nuestra vida. Que quienes se acerquen a
nosotros encuentren comprensión; que nuestra fe nos haga más atentos al sufrimiento;
que aprendamos a alegrarnos cada vez que alguien recupera la esperanza.
Señor Jesús, mira nuestras cargas y levanta nuestro
corazón. Enséñanos a vivir en tu amor y mantennos arraigados en tu Palabra.
Recibe en tu misericordia a nuestros difuntos, consuela a quienes lloran su
ausencia y condúcenos a todos hacia la plenitud de la vida contigo.
Dales, Señor, el descanso eterno, y brille para ellos la
luz perpetua. Que descansen en paz. Amén.

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