sábado, 29 de agosto de 2026

30 de agosto del 2026: vigésimo segundo domingo del tiempo ordinario-Ciclo A

 

Bajo apariencia de sensatez

La mayoría de las veces, las tentaciones no aparecen bajo la forma de pequeños demonios. De ser así, sería fácil decir con Jesús: «¡Apártate de mí, Satanás!». Más bien se presentan con apariencia de prudencia, comodidad o buenas intenciones. Pedro quiere evitarle el sufrimiento a Jesús; sin embargo, sin darse cuenta, intenta apartarlo del camino querido por el Padre.

En la primera lectura, Jeremías experimenta el peso de su misión: quisiera callar para evitar burlas y persecuciones, pero la Palabra de Dios arde dentro de él como fuego incontenible. El salmo descubre el secreto de su perseverancia: «Mi alma está sedienta de ti, Señor». Quien ha probado el amor de Dios no puede vivir lejos de Él.

San Pablo nos invita a no acomodarnos a los criterios de este mundo, sino a transformar nuestra mentalidad para discernir la voluntad de Dios y convertir la vida entera en una ofrenda agradable. Finalmente, Jesús nos recuerda en el Evangelio que seguirlo no consiste en buscar el sufrimiento, sino en permanecer fieles al amor cuando este exige renuncia, entrega y cruz.

Para reflexionar:

  • ¿Qué decisión evangélica estoy evitando bajo la apariencia de prudencia, comodidad o sentido común?
  • ¿Arde en mí la Palabra de Dios como en Jeremías, o prefiero callarla cuando puede traerme dificultades?
  • ¿Qué debo cambiar para no acomodarme a la mentalidad del mundo y seguir a Jesús con mayor libertad y fidelidad?



************

 

Primera lectura

Jer 20, 7-9

La palabra del Señor me ha servido de oprobio

Lectura del libro de Jeremías.

ME sedujiste, Señor, y me dejé seducir;
has sido más fuerte que yo y me has podido.
He sido a diario el hazmerreír,
todo el mundo se burlaba de mí.
Cuando hablo, tengo que gritar,
proclamar violencia y destrucción.
La palabra del Señor me ha servido
de oprobio y desprecio a diario.
Pensé en olvidarme del asunto y dije:
«No lo recordaré; no volveré a hablar en su nombre»;
pero había en mis entrañas como fuego,
algo ardiente encerrado en mis huesos.
Yo intentaba sofocarlo, y no podía.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 62, 2. 3-4. 5-6. 8-9 (R.: cf. 2b)

R. Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.

V. Oh, Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua. 
R.

V. ¡Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios. 
R.

V. Toda mi vida te bendeciré
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré de manjares exquisitos,
y mis labios te alabarán jubilosos.
 R.

V. Porque fuiste mi auxilio,
y a la sombra de tus alas canto con júbilo.
Mi alma está unida a ti,
y tu diestra me sostiene. 
R.

 

Segunda lectura

Rom 12, 1-2

Presenten sus cuerpos como sacrificio vivo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

LOS exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presenten sus cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; este es su culto espiritual.
Y no se amolden a este mundo, sino transfórmense por la renovación de la mente, para que sepan discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El Padre de nuestro Señor Jesucristo ilumine los ojos de nuestro corazón, para que comprendamos cuál es la esperanza
a la que nos llama. 
R.

 

Evangelio

Mt 16, 21-27

Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí
mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.
Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo:
«¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte».
Jesús se volvió y dijo a Pedro:
«¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios».
Entonces dijo a los discípulos:
«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga.
Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará.
¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla?
Porque el Hijo del hombre vendrá, con la gloria de su Padre, entre sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta.

Palabra del Señor.

 

*************

 

Seguir a Cristo hoy: una fe que no huye de la cruz

 

Hermanos:

El domingo pasado escuchábamos a Pedro proclamar con entusiasmo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Parecía haber comprendido quién era Jesús. Sin embargo, cuando el Señor anuncia que debe ir a Jerusalén, padecer, morir y resucitar, Pedro se escandaliza y trata de apartarlo del camino.

Pedro acepta al Mesías glorioso, pero rechaza al Mesías crucificado. Quiere el triunfo sin sacrificio, la resurrección sin Calvario, el Reino sin conversión. Y, si somos sinceros, también nosotros podemos caer en esa tentación: queremos un cristianismo que consuele, pero que no cuestione; una fe que bendiga nuestros planes, pero que no transforme nuestras decisiones; un Evangelio que prometa bienestar, pero que no nos pida renuncias.

Por eso Jesús dice con claridad:

«El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga».

Negarse a sí mismo no significa despreciarse, anular la personalidad o renunciar a la propia dignidad. Significa dejar de colocarnos en el centro; renunciar al egoísmo, al orgullo, al deseo de dominar y a la pretensión de que todo se haga según nuestra voluntad.

Y cargar con la cruz no significa buscar sufrimientos ni resignarse pasivamente ante las injusticias. Dios no pide a una persona maltratada que permanezca en peligro, ni al pobre que considere sagrada su pobreza, ni a las víctimas que callen ante sus agresores. La cruz cristiana no es el sufrimiento provocado por el capricho de los poderosos. Es el precio que, muchas veces, debe pagar quien ama, sirve, defiende la verdad y permanece fiel a Dios.

Un fuego que no puede apagarse

Jeremías conoció ese precio. Dios lo llamó para anunciar su Palabra en medio de una sociedad que no quería escuchar. Por denunciar la violencia, la corrupción y la injusticia, fue insultado, perseguido y encarcelado. Llegó a sentirse cansado y engañado. Por eso exclama: «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir».

Jeremías quiso guardar silencio. Pensó: «No volveré a hablar en su nombre». Pero no pudo hacerlo, porque la Palabra de Dios se había convertido dentro de él en «un fuego ardiente encerrado en los huesos».

El profeta continúa, no porque sea insensible ni porque tenga un carácter obstinado, sino porque ha sido alcanzado por Dios. La Palabra le duele, pero también lo sostiene. Lo persiguen, pero no pueden apagar el fuego que lleva dentro.

Colombia necesita hoy cristianos con ese fuego: hombres y mujeres que no se acostumbren a la violencia, a la corrupción, al reclutamiento de menores, al desplazamiento de comunidades, a las amenazas contra líderes sociales y al desprecio por la vida. Según la Defensoría del Pueblo, solamente durante los primeros cinco meses de 2026 fueron asesinados 67 líderes, lideresas y defensores de derechos humanos. Detrás de cada cifra hay una familia, una comunidad y un proyecto de esperanza truncado.

¿Podemos llamarnos cristianos y permanecer indiferentes? ¿Podemos celebrar la Eucaristía mientras cerramos los ojos ante quien sufre? La fe no nos autoriza para odiar, pero tampoco nos permite callar cobardemente. El Evangelio nos llama a defender la dignidad humana sin violencia, sin deseos de venganza y sin convertir al que piensa distinto en enemigo.

«Mi alma está sedienta de ti»

El salmo nos permite comprender de dónde nace la fortaleza del profeta:

«Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo;
mi alma está sedienta de ti».

Quien ha contemplado la fuerza y la gloria de Dios no puede vivir como si Dios no existiera. Los testigos del Evangelio no perseveran solamente por su temperamento o valentía personal. Los sostiene la certeza de que «la misericordia del Señor vale más que la vida» y de que su mano nunca abandona a quien se refugia en Él.

Esa sed de Dios sostuvo a los apóstoles, a san Óscar Romero, al beato Jesús Emilio Jaramillo, al beato Pedro María Ramírez y a tantos sacerdotes, religiosas, catequistas, campesinos, maestros y líderes comunitarios que han servido a Colombia aun en medio de amenazas. Algunos entregaron literalmente su vida; otros viven un martirio cotidiano, silencioso, manteniéndose fieles en medio de enormes dificultades.

Quizá nosotros no tengamos que derramar la sangre por Cristo, pero sí estamos llamados a ese martirio cotidiano: morir al egoísmo, al resentimiento, a la mentira, a la comodidad y a la indiferencia.

No acomodarse a los criterios del mundo

San Pablo expresa hoy la misma exigencia:

«No se amolden a este mundo, sino transfórmense por la renovación de la mente, para que sepan discernir cuál es la voluntad de Dios».

Pablo nos invita a ofrecer nuestra existencia como «sacrificio vivo, santo y agradable a Dios». El verdadero culto no termina cuando salimos del templo. Continúa en la casa, en el trabajo, en la carretera, en la escuela, en las redes sociales, en el manejo del dinero y en el trato que damos a los demás.

Ofrecerse como sacrificio vivo significa:

tener el valor de no robar, aunque otros roben; no hacer fraude, aunque parezca normal; no comprar votos ni vender la conciencia; rechazar la corrupción, aunque pueda producir ganancias; proteger a los niños frente a cualquier forma de abuso; respetar la fidelidad matrimonial; cuidar al enfermo y al anciano; defender al pobre; hablar con verdad sin destruir la reputación ajena; y no convertir las redes sociales en trincheras de odio.

Significa también conservar la humanidad en medio de la polarización. No podemos pedir paz para Colombia mientras sembramos odio en nuestras conversaciones. No podemos rechazar la violencia armada y, al mismo tiempo, disparar insultos, calumnias y desprecios contra quien piensa diferente.

La cruz de una Colombia herida

En estos días nuestra nación sigue llevando la cruz del terremoto que golpeó especialmente al Chocó, al Eje Cafetero y a otras regiones. Hay familias de luto, heridos, damnificados y comunidades que han perdido viviendas, templos y medios de subsistencia. Algunos hermanos que ya habían sido desplazados por el conflicto han vuelto a perderlo todo por el desastre.

Ante esta realidad, cargar con la cruz significa no limitar nuestra solidaridad a la emoción de unos días. Significa acompañar, compartir, reconstruir y permanecer cerca cuando las cámaras y las noticias se hayan ido. La cruz del damnificado debe convertirse también en responsabilidad de la comunidad cristiana.

Pero la última palabra de Jesús no es la cruz. Él anuncia que padecerá, morirá y resucitará. La cruz no es el destino definitivo: es el camino hacia la vida. Por eso afirma:

«El que pierda su vida por mí, la encontrará».

La vida se pierde cuando se encierra en el egoísmo; se encuentra cuando se entrega. Se pierde cuando solo busca dinero, apariencia, poder y placer; se encuentra cuando se convierte en servicio. Se pierde cuando vive para sí misma; se salva cuando aprende a amar.

Hermanos, seguir a Jesucristo hoy exige una fe profunda, una esperanza perseverante y un amor capaz de ensuciarse las manos por los demás. Este valor no se improvisa. Nace de la oración, de la escucha de la Palabra, de la contemplación de Cristo crucificado y de la participación fiel en la Eucaristía.

Pidamos al Señor que no nos deje convertirnos en obstáculos para su Evangelio. Que en los días sombríos no nos desanimemos; que en los días luminosos no nos olvidemos de agradecer; y que, llevando cada día nuestra cruz, podamos seguir los pasos de Cristo hasta participar de su resurrección.

Oración

Señor Jesús,
seguir tus pasos no es una invitación
a la comodidad ni a la indiferencia.

Tú no prometiste un camino sin dificultades,
pero aseguraste tu presencia
a quienes cargan la cruz por amor.

Cuando el miedo nos invite a callar,
enciende tu Palabra en nuestros corazones.
Cuando nos venza el cansancio,
sostennos con tu mano.

Danos valor para defender la vida,
servir a quienes sufren,
trabajar por la paz
y permanecer fieles al Evangelio.

En los días sombríos,
no permitas que nos desanimemos;
y en los días luminosos,
enséñanos a darte gracias.

Hemos puesto nuestra confianza en Ti.
Guíanos por el camino de la cruz
hasta la alegría de la resurrección.

Amén.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Gracias por visitar mi blog, Deje sus comentarios que si son hechos con respeto y seriedad, contestaré con mucho gusto. Gracias. Bendiciones




30 de agosto del 2026: vigésimo segundo domingo del tiempo ordinario-Ciclo A

  Bajo apariencia de sensatez La mayoría de las veces, las tentaciones no aparecen bajo la forma de pequeños demonios. De ser así, sería f...