Bajo apariencia de sensatez
La mayoría de las veces, las tentaciones no
aparecen bajo la forma de pequeños demonios. De ser así, sería fácil decir con
Jesús: «¡Apártate de mí, Satanás!». Más bien se presentan con apariencia de
prudencia, comodidad o buenas intenciones. Pedro quiere evitarle el sufrimiento
a Jesús; sin embargo, sin darse cuenta, intenta apartarlo del camino querido
por el Padre.
En la primera lectura, Jeremías experimenta el peso
de su misión: quisiera callar para evitar burlas y persecuciones, pero la
Palabra de Dios arde dentro de él como fuego incontenible. El salmo descubre el
secreto de su perseverancia: «Mi alma está sedienta de ti, Señor». Quien ha
probado el amor de Dios no puede vivir lejos de Él.
San Pablo nos invita a no acomodarnos a los
criterios de este mundo, sino a transformar nuestra mentalidad para discernir
la voluntad de Dios y convertir la vida entera en una ofrenda agradable.
Finalmente, Jesús nos recuerda en el Evangelio que seguirlo no consiste en
buscar el sufrimiento, sino en permanecer fieles al amor cuando este exige
renuncia, entrega y cruz.
Para reflexionar:
- ¿Qué
decisión evangélica estoy evitando bajo la apariencia de prudencia,
comodidad o sentido común?
- ¿Arde
en mí la Palabra de Dios como en Jeremías, o prefiero callarla cuando
puede traerme dificultades?
- ¿Qué debo cambiar para no acomodarme a la mentalidad del mundo y seguir a Jesús con mayor libertad y fidelidad?
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Primera lectura
La palabra
del Señor me ha servido de oprobio
Lectura del libro de Jeremías.
ME sedujiste, Señor, y me dejé seducir;
has sido más fuerte que yo y me has podido.
He sido a diario el hazmerreír,
todo el mundo se burlaba de mí.
Cuando hablo, tengo que gritar,
proclamar violencia y destrucción.
La palabra del Señor me ha servido
de oprobio y desprecio a diario.
Pensé en olvidarme del asunto y dije:
«No lo recordaré; no volveré a hablar en su nombre»;
pero había en mis entrañas como fuego,
algo ardiente encerrado en mis huesos.
Yo intentaba sofocarlo, y no podía.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Mi
alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.
V. Oh, Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua. R.
V. ¡Cómo
te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios. R.
V. Toda
mi vida te bendeciré
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré de manjares exquisitos,
y mis labios te alabarán jubilosos. R.
V. Porque
fuiste mi auxilio,
y a la sombra de tus alas canto con júbilo.
Mi alma está unida a ti,
y tu diestra me sostiene. R.
Segunda
lectura
Presenten sus
cuerpos como sacrificio vivo
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.
LOS exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presenten sus cuerpos
como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; este es su culto espiritual.
Y no se amolden a este mundo, sino transfórmense por la renovación de la mente,
para que sepan discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que
le agrada, lo perfecto.
Palabra de Dios.
Aclamación
V. El
Padre de nuestro Señor Jesucristo ilumine los ojos de nuestro corazón, para que
comprendamos cuál es la esperanza
a la que nos llama. R.
Evangelio
Si alguno
quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a
Jerusalén y padecer allí
mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que
ser ejecutado y resucitar al tercer día.
Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo:
«¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte».
Jesús se volvió y dijo a Pedro:
«¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú
piensas como los hombres, no como Dios».
Entonces dijo a los discípulos:
«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y
me siga.
Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí,
la encontrará.
¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?
¿O qué podrá dar para recobrarla?
Porque el Hijo del hombre vendrá, con la gloria de su Padre, entre sus ángeles,
y entonces pagará a cada uno según su conducta.
Palabra del Señor.
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Seguir a Cristo hoy: una fe que
no huye de la cruz
Hermanos:
El domingo pasado escuchábamos a Pedro proclamar
con entusiasmo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Parecía haber
comprendido quién era Jesús. Sin embargo, cuando el Señor anuncia que debe ir a
Jerusalén, padecer, morir y resucitar, Pedro se escandaliza y trata de
apartarlo del camino.
Pedro acepta al Mesías glorioso, pero rechaza al
Mesías crucificado. Quiere el triunfo sin sacrificio, la resurrección sin
Calvario, el Reino sin conversión. Y, si somos sinceros, también nosotros
podemos caer en esa tentación: queremos un cristianismo que consuele, pero que
no cuestione; una fe que bendiga nuestros planes, pero que no transforme
nuestras decisiones; un Evangelio que prometa bienestar, pero que no nos pida
renuncias.
Por eso Jesús dice con claridad:
«El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí
mismo, que cargue con su cruz y me siga».
Negarse a sí mismo no significa despreciarse,
anular la personalidad o renunciar a la propia dignidad. Significa dejar de
colocarnos en el centro; renunciar al egoísmo, al orgullo, al deseo de dominar
y a la pretensión de que todo se haga según nuestra voluntad.
Y cargar con la cruz no significa buscar
sufrimientos ni resignarse pasivamente ante las injusticias. Dios no pide a una
persona maltratada que permanezca en peligro, ni al pobre que considere sagrada
su pobreza, ni a las víctimas que callen ante sus agresores. La cruz cristiana
no es el sufrimiento provocado por el capricho de los poderosos. Es el precio
que, muchas veces, debe pagar quien ama, sirve, defiende la verdad y permanece
fiel a Dios.
Un fuego que no puede apagarse
Jeremías conoció ese precio. Dios lo llamó para
anunciar su Palabra en medio de una sociedad que no quería escuchar. Por
denunciar la violencia, la corrupción y la injusticia, fue insultado, perseguido
y encarcelado. Llegó a sentirse cansado y engañado. Por eso exclama: «Me
sedujiste, Señor, y me dejé seducir».
Jeremías quiso guardar silencio. Pensó: «No volveré
a hablar en su nombre». Pero no pudo hacerlo, porque la Palabra de Dios se
había convertido dentro de él en «un fuego ardiente encerrado en los huesos».
El profeta continúa, no porque sea insensible ni
porque tenga un carácter obstinado, sino porque ha sido alcanzado por Dios. La
Palabra le duele, pero también lo sostiene. Lo persiguen, pero no pueden apagar
el fuego que lleva dentro.
Colombia necesita hoy cristianos con ese fuego:
hombres y mujeres que no se acostumbren a la violencia, a la corrupción, al
reclutamiento de menores, al desplazamiento de comunidades, a las amenazas
contra líderes sociales y al desprecio por la vida. Según la Defensoría del
Pueblo, solamente durante los primeros cinco meses de 2026 fueron asesinados 67
líderes, lideresas y defensores de derechos humanos. Detrás de cada cifra hay
una familia, una comunidad y un proyecto de esperanza truncado.
¿Podemos llamarnos cristianos y permanecer
indiferentes? ¿Podemos celebrar la Eucaristía mientras cerramos los ojos ante
quien sufre? La fe no nos autoriza para odiar, pero tampoco nos permite callar
cobardemente. El Evangelio nos llama a defender la dignidad humana sin
violencia, sin deseos de venganza y sin convertir al que piensa distinto en
enemigo.
«Mi alma está sedienta de ti»
El salmo nos permite comprender de dónde nace la
fortaleza del profeta:
«Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo;
mi alma está sedienta de ti».
Quien ha contemplado la fuerza y la gloria de Dios
no puede vivir como si Dios no existiera. Los testigos del Evangelio no
perseveran solamente por su temperamento o valentía personal. Los sostiene la
certeza de que «la misericordia del Señor vale más que la vida» y de que su
mano nunca abandona a quien se refugia en Él.
Esa sed de Dios sostuvo a los apóstoles, a san
Óscar Romero, al beato Jesús Emilio Jaramillo, al beato Pedro María Ramírez y a
tantos sacerdotes, religiosas, catequistas, campesinos, maestros y líderes
comunitarios que han servido a Colombia aun en medio de amenazas. Algunos
entregaron literalmente su vida; otros viven un martirio cotidiano, silencioso,
manteniéndose fieles en medio de enormes dificultades.
Quizá nosotros no tengamos que derramar la sangre
por Cristo, pero sí estamos llamados a ese martirio cotidiano: morir al
egoísmo, al resentimiento, a la mentira, a la comodidad y a la indiferencia.
No acomodarse a los criterios del
mundo
San Pablo expresa hoy la misma exigencia:
«No se amolden a este mundo, sino transfórmense por
la renovación de la mente, para que sepan discernir cuál es la voluntad de
Dios».
Pablo nos invita a ofrecer nuestra existencia como
«sacrificio vivo, santo y agradable a Dios». El verdadero culto no termina
cuando salimos del templo. Continúa en la casa, en el trabajo, en la carretera,
en la escuela, en las redes sociales, en el manejo del dinero y en el trato que
damos a los demás.
Ofrecerse como sacrificio vivo significa:
tener el valor de no robar, aunque otros roben; no
hacer fraude, aunque parezca normal; no comprar votos ni vender la conciencia;
rechazar la corrupción, aunque pueda producir ganancias; proteger a los niños
frente a cualquier forma de abuso; respetar la fidelidad matrimonial; cuidar al
enfermo y al anciano; defender al pobre; hablar con verdad sin destruir la
reputación ajena; y no convertir las redes sociales en trincheras de odio.
Significa también conservar la humanidad en medio
de la polarización. No podemos pedir paz para Colombia mientras sembramos odio
en nuestras conversaciones. No podemos rechazar la violencia armada y, al mismo
tiempo, disparar insultos, calumnias y desprecios contra quien piensa
diferente.
La cruz de una Colombia herida
En estos días nuestra nación sigue llevando la cruz
del terremoto que golpeó especialmente al Chocó, al Eje Cafetero y a otras
regiones. Hay familias de luto, heridos, damnificados y comunidades que han
perdido viviendas, templos y medios de subsistencia. Algunos hermanos que ya
habían sido desplazados por el conflicto han vuelto a perderlo todo por el
desastre.
Ante esta realidad, cargar con la cruz significa no
limitar nuestra solidaridad a la emoción de unos días. Significa acompañar,
compartir, reconstruir y permanecer cerca cuando las cámaras y las noticias se
hayan ido. La cruz del damnificado debe convertirse también en responsabilidad
de la comunidad cristiana.
Pero la última palabra de Jesús no es la cruz. Él
anuncia que padecerá, morirá y resucitará. La cruz no es el destino definitivo:
es el camino hacia la vida. Por eso afirma:
«El que pierda su vida por mí, la encontrará».
La vida se pierde cuando se encierra en el egoísmo;
se encuentra cuando se entrega. Se pierde cuando solo busca dinero, apariencia,
poder y placer; se encuentra cuando se convierte en servicio. Se pierde cuando
vive para sí misma; se salva cuando aprende a amar.
Hermanos, seguir a Jesucristo hoy exige una fe
profunda, una esperanza perseverante y un amor capaz de ensuciarse las manos
por los demás. Este valor no se improvisa. Nace de la oración, de la escucha de
la Palabra, de la contemplación de Cristo crucificado y de la participación
fiel en la Eucaristía.
Pidamos al Señor que no nos deje convertirnos en
obstáculos para su Evangelio. Que en los días sombríos no nos desanimemos; que
en los días luminosos no nos olvidemos de agradecer; y que, llevando cada día
nuestra cruz, podamos seguir los pasos de Cristo hasta participar de su
resurrección.
Oración
Señor
Jesús,
seguir tus pasos no es una invitación
a la comodidad ni a la indiferencia.
Tú no
prometiste un camino sin dificultades,
pero aseguraste tu presencia
a quienes cargan la cruz por amor.
Cuando el
miedo nos invite a callar,
enciende tu Palabra en nuestros corazones.
Cuando nos venza el cansancio,
sostennos con tu mano.
Danos
valor para defender la vida,
servir a quienes sufren,
trabajar por la paz
y permanecer fieles al Evangelio.
En los
días sombríos,
no permitas que nos desanimemos;
y en los días luminosos,
enséñanos a darte gracias.
Hemos
puesto nuestra confianza en Ti.
Guíanos por el camino de la cruz
hasta la alegría de la resurrección.
Amén.

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