31 de octubre del 2026: sábado de la trigésima semana del tiempo ordinario II
Vista desde atrás
Ocupar
el último lugar es, en el fondo, unirse a Cristo, que quiso hacerse pobre con
los pobres. Desde ese último lugar, podemos mirar el mundo desde el punto de
vista de quienes suelen quedar olvidados: los pequeños, los pobres, aquellos a
quienes nadie reserva un puesto de honor. Desde allí descubrimos rostros que
pasan inadvertidos cuando buscamos estar por encima de los demás.
Jesús
no nos invita a despreciarnos, sino a abandonar la necesidad de sobresalir. La
humildad no consiste en negar los dones recibidos, sino en ponerlos al servicio
de los hermanos. Elegir el último lugar por amor nos acerca a quien hizo de
toda su vida una entrega.
En
la mesa del Reino, nuestro valor no depende del asiento que ocupamos ni de los
aplausos que recibimos. Somos amados por el Padre antes de haber conseguido
reconocimiento alguno. Por eso podemos dejar de competir por los primeros
puestos y empezar a hacer sitio a los demás.
Señor Jesús, líbranos del afán de figurar. Enséñanos a
mirar el mundo junto a los pequeños y a descubrir la alegría de servir sin
esperar honores.
Amén.
Primera lectura
Flp
1, 18b-26
Para
mí la vida es Cristo y el morir una ganancia
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses.
HERMANOS:
De la manera que sea, con hipocresía o con sinceridad, se anuncia a Cristo, y
yo me alegro, y seguiré alegrándome. Porque sé que esto será para mi bien
gracias a sus oraciones y a la ayuda del Espíritu de Jesucristo. Lo espero con
impaciencia, porque en ningún caso me veré defraudado, al contrario, ahora como
siempre, Cristo será glorificado en mi cuerpo, por mi vida o por mi muerte.
Para mí la vida es Cristo y el morir una ganancia. Pero, si el vivir esta vida
mortal me supone trabajo fructífero, no sé qué escoger.
Me encuentro en esta alternativa: por un lado, deseo partir para estar con
Cristo, que es con mucho lo mejor; pero, por otro, quedarme en esta vida veo
que es más necesario para ustedes. Convencido de esto, siento que me quedaré y
estaré a su lado, para su progreso en la alegría y en la fe, de modo que el
orgullo que en Cristo Jesús sienten rebose cuando me encuentre de nuevo entre
ustedes.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
41, 2. 3. 5cdef (R.: 3a)
R. Mi alma tiene sed
del Dios vivo.
V.
Como busca la cierva corrientes de agua,
así mi alma te busca a ti, Dios mío. R.
V. Mi alma tiene sed de
Dios, del Dios vivo:
¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios? R.
V. Cómo entraba en el
recinto santo,
cómo avanzaba hacia la casa de Dios
entre cantos de júbilo y alabanza,
en el bullicio de la fiesta. R.
Aclamación
R.
Aleluya, aleluya, aleluya.
V.
Tomen mi yugo sobre ustedes —dice el Señor—,
y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón. R.
Evangelio
Lc
14, 1. 7-11
Todo
el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
UN sábado, entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer y
ellos lo estaban espiando.
Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les decía una
parábola:
«Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea
que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y venga el que los convidó
a ti y al otro, y te diga:
“Cédele el puesto a este”.
Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto.
Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que,
cuando venga el que te convidó, te diga:
“Amigo, sube más arriba”.
Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales.
Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será
enaltecido».
Palabra del Señor.
***************
Mirar el mundo desde el último lugar
Queridos
hermanos:
Hay
lugares desde los cuales vemos mejor algunas cosas. Desde una montaña
contemplamos el paisaje; desde una ventana observamos el camino. Pero hay un
lugar desde el cual aprendemos a mirar mejor a las personas: el lugar de los pequeños, de quienes
sirven, de quienes casi nunca reciben reconocimiento.
Como
dice alguien comentando este pasaje, ocupar el último lugar es acercarnos a
Cristo, que quiso hacerse pobre con los pobres. Desde allí cambia nuestra
mirada. Empezamos a descubrir a quienes tantas veces pasan inadvertidos.
En
el Evangelio, Jesús participa en una comida y observa cómo los invitados buscan
los primeros puestos. Es una escena muy humana. A todos nos agrada que nos
tengan en cuenta, que reconozcan nuestro esfuerzo, que nos hagan sentir
importantes. El problema aparece cuando esa necesidad de reconocimiento nos
lleva a competir, a despreciar a otros o a vivir resentidos porque no recibimos
el lugar que creemos merecer.
También
puede sucedernos en la familia, en el trabajo y en la comunidad cristiana.
Podemos estar haciendo algo bueno y, al mismo tiempo, esperar que todos lo
vean. Podemos servir con generosidad, pero entristecernos demasiado si nadie
nos agradece.
Jesús
nos invita a revisar el corazón: ¿por
quién hacemos lo que hacemos? ¿Por amor o por el deseo de sobresalir?
Su
enseñanza sobre el último puesto no es una estrategia para que después nos
hagan subir delante de todos. Sería seguir buscando honores por otro camino.
Jesús quiere hacernos libres de esa preocupación constante por nuestra propia
importancia.
La
humildad tampoco consiste en pensar que no valemos, ni en permitir que nos
maltraten. Somos hijos amados de Dios y tenemos una dignidad que nadie debe
pisotear. Ser humildes es reconocer que nuestros dones son recibidos y que
podemos ponerlos al servicio de otros sin necesitar estar siempre en el centro.
Jesús
puede enseñarnos este camino porque él mismo lo recorrió. Se acercó a los
enfermos, acogió a los despreciados, lavó los pies de sus discípulos y entregó
su vida. En el último
lugar podemos encontrarnos con el Señor que se inclina para servir.
La
primera lectura nos muestra a san Pablo viviendo esa libertad. Está prisionero,
pero su preocupación principal es que Cristo sea anunciado. Su situación
personal no ha borrado el sentido de su existencia. Por eso puede decir: «Para mí la vida es Cristo».
¡Qué
hermosa pregunta para nuestra oración! Si tuviéramos que completar esa frase,
¿qué diríamos nosotros? Para mí, vivir es… ¿tener dinero?, ¿estar tranquilo?,
¿ser reconocido?, ¿tener siempre la razón?
Pablo
encuentra en Cristo el centro que sostiene todo lo demás. Desea estar con el
Señor, pero también reconoce cuánto necesitan los hermanos su presencia y su
servicio. Su amor a Cristo lo mantiene atento al bien de la comunidad. No se
encierra en sí mismo.
También
nosotros podemos vivir así cuando acompañamos a un enfermo, escuchamos con
paciencia, cumplimos una responsabilidad que nadie ve o seguimos haciendo el
bien sin recibir aplausos. Allí podemos decir con nuestra vida: «Señor, estoy
aquí porque te amo y porque estos hermanos también son tuyos».
El
salmo nos ayuda a profundizar en esa entrega: «Mi alma tiene sed del Dios vivo». Presenta
la imagen de la cierva que busca el agua. Esa sed nos permite comprender algo
de nuestro propio corazón: necesitamos a Dios.
A
veces queremos saciar esa necesidad con elogios, cargos o atención. Pero el
reconocimiento humano nunca es suficiente para sostener toda una vida. Cuando
lo recibimos, pronto deseamos más; cuando falta, sentimos que no valemos.
La
oración nos devuelve a una verdad que fácilmente olvidamos: antes de cualquier
logro, somos amados por Dios. Podemos agradecer un reconocimiento sin depender
de él. Podemos aceptar una corrección sin sentir que nuestra vida se derrumba.
Podemos alegrarnos del bien que hace otro sin verlo como una amenaza.
En
esta memoria de María en sábado, miramos a la mujer que vivió enteramente
abierta a Dios. Ella se reconoce como su servidora y, en el Magníficat,
proclama que el Señor ha mirado su humildad.
María
recibe un don inmenso y se pone en camino para ayudar a Isabel. En Caná está
atenta a una necesidad que podría pasar inadvertida. Al pie de la cruz
permanece junto a su Hijo. Su humildad tiene pasos, manos, atención y
fidelidad. Es una humildad
que ama y actúa.
Con
ella podemos aprender a mirar desde el último lugar: descubrir al que está
solo, escuchar al que casi nunca habla, agradecer a quien trabaja
silenciosamente, acercarnos a quien nadie invita.
Llevemos
hoy una decisión sencilla a nuestra vida: realizar un servicio sin anunciarlo,
dejar que otro sea escuchado primero o dar las gracias a alguien cuyo esfuerzo
hemos pasado por alto.
Y
al acercarnos a la Eucaristía, reconozcamos a Jesús, que se nos entrega bajo la
sencillez del pan. Recibirlo es abrirle también nuestra manera de pensar, de
mirar y de tratar a los demás.
Santa María, humilde servidora del Señor, enséñanos a vivir
para Cristo. Ayúdanos a buscar a Dios con un corazón sediento y a servir con
alegría. Que, junto a ti, aprendamos a reconocer a Jesús en los pequeños y a
hacerles un lugar en nuestra mesa y en nuestra vida. Amén.
2
Cuando el orgullo hincha el alma
Queridos
hermanos:
La
Palabra de Dios nos invita hoy a examinar nuestro corazón: qué lugar ocupa
Cristo en nuestra vida y cuánto necesitamos todavía el reconocimiento de los
demás. San Pablo nos presenta el centro de su existencia: «Para mí la vida es Cristo».
El salmo expresa el deseo más profundo del creyente: «Mi alma tiene sed del Dios vivo».
Y Jesús, en el Evangelio, nos enseña a reconocer y sanar una enfermedad que
puede crecer silenciosamente dentro de nosotros: el orgullo.
Escuchemos
sus palabras:
«Cuando alguien te invite a un banquete de bodas, no te
sientes en el puesto de honor. Puede que haya sido invitado alguien más
distinguido que tú, y que quien los invitó a ambos se acerque y te diga: “Cede
tu lugar a este hombre”; y entonces, avergonzado, tengas que ir a ocupar el
último puesto».
Jesús
contó esta parábola durante una comida en casa de uno de los principales
fariseos. Se nos dice que los presentes «lo observaban cuidadosamente». Por una
parte, semejante atención podría parecer encomiable. Podríamos imaginarnos a
nosotros mismos escuchando cada una de sus palabras, cautivados por su
enseñanza divina. Esa clase de atención ciertamente podría describirse como
«observarlo cuidadosamente».
Sin
embargo, el verbo griego empleado aquí transmite un tono de sospecha, incluso
de vigilancia hostil. Jesús, plenamente consciente de sus juicios ocultos,
responde sin ponerse a la defensiva, mediante una acción deliberada. En el
pasaje que precede al Evangelio de hoy, cura a un hombre con hidropesía —una
hinchazón anormal causada por la retención de líquidos— al comienzo de la
comida y en sábado. Aunque era claramente un acto de compasión, aquella
curación era también una provocación, destinada, en parte, a suscitar una
respuesta de quienes creían que semejante acción violaba la ley del descanso
sabático.
Jesús
observa después cómo los invitados se apresuran a ocupar los puestos de honor
en la mesa. Aprovechando el momento, les presenta la parábola que encontramos
en el Evangelio de hoy. Una vez más, provoca intencionadamente a sus oyentes.
Aquellos invitados, relacionados con un fariseo destacado, probablemente
pertenecían a la élite social y religiosa. Al desafiar sus expectativas y sus
costumbres sociales, Jesús los interpela con lo que bien podría llamarse una santa provocación.
Habitualmente,
provocar a los demás sería contrario a la caridad. Como cristianos, estamos
llamados a la amabilidad, la paciencia y la unidad. Pero, en su sabiduría
divina, Jesús veía un bien mayor: la conversión de aquellos hombres. Los provocaba
para sacar a la luz sus pecados ocultos, sin buscar avergonzarlos. Una vez
reconocidos esos pecados y suscitado el arrepentimiento, podía comenzar la
curación.
El
pecado al que se dirige es el deseo orgulloso de posición, reconocimiento y
honor. Al observar cómo los invitados buscan lugares destacados, Jesús ve una
dolencia más profunda: una
hinchazón espiritual. Su condición era más grave que la
enfermedad física de la hidropesía: estaban inflados por el sentimiento de su
propia importancia. Así como el cuerpo de aquel hombre retenía líquido, sus
almas estaban hinchadas de ego y de necesidad de estima. Su afán de ensalzarse
ocultaba inseguridad, una comprensión desordenada de sí mismos y una
incapacidad para reconocer su verdadero valor a los ojos de Dios.
Hermanos,
esta imagen también nos invita a examinarnos. Podemos llenar el corazón de
preocupaciones por nuestro prestigio: quién nos saluda, quién nos agradece,
quién reconoce nuestro trabajo, quién recibe el lugar que nosotros esperábamos.
Y, casi sin darnos cuenta, podemos terminar más pendientes de nuestra imagen
que del bien que estamos llamados a realizar.
Precisamente
aquí ilumina nuestra vida la primera lectura. Pablo está prisionero y su futuro
es incierto, pero encuentra alegría en que Cristo sea anunciado. Confía en la
oración de sus hermanos y en la ayuda del Espíritu de Jesucristo. Su esperanza
es que Cristo sea glorificado en él, tanto por su vida como por su muerte. Su
corazón tiene un centro firme: «Para
mí la vida es Cristo».
Pablo
desea estar con el Señor, pero reconoce que permanecer junto a los hermanos es
necesario para ayudarlos a crecer en la fe. Esa es la libertad de un corazón
humilde: poder preguntarse, incluso en medio del sufrimiento, qué necesitan los
demás. Cuando Cristo ocupa el centro, nuestros dones se convierten en servicio
y dejamos de medirlo todo por el reconocimiento que recibimos.
Jesús
afronta el orgullo con sabiduría divina, sin limitarse a condenar. No denuncia
el honor en sí mismo; enseña, más bien, que el verdadero honor es un don, nunca algo de lo que debamos
apoderarnos. En la parábola, el invitado humilde ocupa el
último lugar y después es enaltecido por el anfitrión. Apenas cabe duda de que
quienes estaban a la mesa podían imaginar la vergüenza de que les pidieran
bajar de puesto o la alegría de ser invitados a subir. Jesús utilizó su deseo
mundano para enseñarles una lección espiritual.
Resulta
llamativo que transforme su orgullo en un momento de revelación y en una
invitación a la gracia. En la vida espiritual, debemos descender en humildad
para que Dios pueda levantarnos. Él desea revestirnos de gloria y permitir que
otros se alegren de ese honor, pero solo él puede concederlo. Cuando nos
exaltamos a nosotros mismos, el honor que obtenemos es vacío y, finalmente,
seremos humillados. Solo la gloria concedida por Dios es verdadera.
El
salmo nos ayuda a descubrir hacia dónde dirigir nuestros deseos: «Mi alma tiene sed del Dios vivo».
Como la cierva busca las corrientes de agua, nuestro corazón busca al Señor. Conviene
detenernos y preguntarnos: ¿de qué tengo sed? ¿De Dios, de su presencia, de su
voluntad? ¿O de aprobación, de elogios, de sentirme superior?
Los
aplausos no pueden saciar la sed de Dios. Podemos recibir muchos y seguir
sintiéndonos vacíos. Por eso necesitamos volver a la oración, presentarnos ante
el Señor con sencillez y permitirle que nos recuerde cuánto valemos para él.
Desde esa certeza podemos servir sin reclamar continuamente una recompensa.
Reflexionemos
hoy sobre la humildad que Cristo nos invita a abrazar. ¿Hay ámbitos de nuestra
vida en los que buscamos reconocimiento o estima? Pidamos la gracia de ocupar
el último lugar, confiando en que nuestra verdadera dignidad no procederá del
mundo ni de nuestro propio ensalzamiento, sino de Aquel que ve el corazón y
eleva a los humildes.
En
esta memoria de María en sábado, contemplemos a la humilde servidora del Señor.
Ella reconoce las maravillas que Dios ha realizado en su vida y le atribuye
toda la gloria. Su Magníficat anuncia que el Señor derriba del trono a los
poderosos y enaltece a los humildes. María nos enseña a recibir agradecidos los
dones de Dios y a ponerlos al servicio de los demás. Su humildad es fecunda:
acoge la Palabra, visita a Isabel, está atenta en Caná y permanece fiel junto a
la cruz.
Con
ella, hagamos nuestra esta oración:
Señor humildísimo, descendiste a la pobreza y a una vida
escondida, y te sometiste al cruel destino de morir en una cruz. Tu humildad
llevó al Padre a exaltarte por encima de todo nombre, elevándote sobre los coros
de los ángeles y los santos, y otorgándote gloria eterna, mientras tú
glorificas al Padre.
Atráeme hacia tu santa humildad. Despójame de todo deseo de
honores mundanos o de alabanzas procuradas por mí mismo. Que busque únicamente
la gloria que tú concedes a quienes son fieles a tu santa voluntad.
Jesús, en
ti confío. Amén.

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