Primero y 2 de noviembre: Solemnidad de Todos los Santos y Conmemoración de los Fieles Difuntos (para celebrar ambos días)

 

Todos los santos

«Es por nuestro bien, y no por el bien de los santos, por lo que honramos su memoria. Pensar en ellos es, en cierto modo, verlos. De esta manera, somos transportados, por lo más elevado de nuestro espíritu, hacia la tierra de los vivientes».

— San Bernardo de Claraval, Sermones.

 

 

Caminos de alegría

El evangelio de Todos los Santos nos permite descubrir qué es la santidad a través de las Bienaventuranzas. Nos recuerda que la peregrinación hacia la santidad no es austera, sino que nos abre a la alegría de vivir en el amor de Dios. Jesús nos invita a recorrer este camino con un corazón humilde, misericordioso y dispuesto a construir la paz. Incluso entre lágrimas y dificultades, su presencia sostiene nuestra esperanza.

Los santos conocieron el cansancio, las dudas y el sufrimiento. En medio de todo ello aprendieron a confiar, a perdonar y a entregarse. Su alegría echaba raíces en la certeza de ser amados por Dios.

También nosotros podemos avanzar por estos caminos: acompañando a quien está solo, consolando a quien llora y haciendo el bien en silencio. La santidad crece en esos pequeños gestos cotidianos en los que dejamos actuar la gracia de Dios.

 


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LOS SANTOS NOS ESPERAN, NUESTROS DIFUNTOS NECESITAN NUESTRAS ORACIONES

 

Solemnidad de Todos los Santos y Conmemoración de los Fieles Difuntos

 

«Los santos nos enseñan cómo vivir; nuestros difuntos nos recuerdan que un día hemos de morir; y Jesucristo resucitado nos promete que estamos llamados a vivir eternamente con Él».

 

Queridos hermanos y hermanas:

Durante estos días, la Iglesia nos invita a mirar hacia el cielo, pero también a mirar hacia nuestro corazón.

Celebramos a Todos los Santos y recordamos con cariño y gratitud a nuestros fieles difuntos.

Son dos celebraciones diferentes, pero están profundamente unidas. Porque los santos nos recuerdan hacia dónde vamos, mientras que nuestros difuntos nos recuerdan de dónde venimos, a quiénes hemos amado y cuánto necesitamos de la misericordia de Dios.

Podríamos decirlo de una manera muy sencilla: el primero de noviembre celebramos a quienes ya llegaron a la casa del Padre; el dos de noviembre oramos por quienes han partido de este mundo, confiando en que también ellos puedan disfrutar de esa felicidad eterna.

Y nosotros, que todavía estamos caminando por esta vida, ¿qué debemos hacer?

¡Prepararnos para llegar también al cielo!

1. EL CIELO NO ES PARA UNOS POCOS

En la primera lectura, tomada del libro del Apocalipsis, san Juan contempla una visión maravillosa.

Ve una multitud inmensa, tan grande que nadie puede contarla. Hay personas de todas las naciones, pueblos, razas y lenguas.

Todos están delante del trono de Dios, vestidos con túnicas blancas y llevando palmas en sus manos.

¡Qué imagen tan hermosa!

El cielo está lleno de gente de todas partes.

Allí no hay distinción entre ricos y pobres, entre personas importantes y personas sencillas.

Allí están quienes, durante su vida, permanecieron fieles al Señor.

Y yo quisiera que hoy pensáramos en algo.

Entre esa multitud puede haber personas que nosotros conocimos.

Tal vez una madre que nos enseñó a rezar.

Un padre que trabajó toda su vida para sacar adelante a sus hijos.

Una abuelita que nunca faltaba a la Eucaristía.

Un campesino que cultivó la tierra con honradez.

Una mujer que soportó muchas dificultades, pero nunca perdió la fe.

Un vecino que siempre estuvo dispuesto a ayudar.

¡Cuántos santos desconocidos para el mundo, pero conocidos y amados por Dios!

Porque para ser santo no hace falta aparecer en un calendario, tener una estatua en una iglesia o realizar cosas extraordinarias.

Para ser santo hay que aprender a amar a Dios y al prójimo en las cosas sencillas de cada día.

La santidad también se construye trabajando honestamente, perdonando, compartiendo el pan, cuidando a los enfermos y llevando con paciencia las dificultades de la vida.

2. TODOS SOMOS HIJOS DE DIOS Y ESTAMOS LLAMADOS A SER SANTOS

La segunda lectura contiene una de las expresiones más hermosas de toda la Biblia.

Nos dice san Juan:

«Miren qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!».

¡Hijos de Dios!

Hermanos, pensemos un momento en lo que esto significa.

No somos unos desconocidos para Dios.

No somos unos extraños que tienen que pedir permiso para acercarse a su casa.

¡Somos sus hijos!

Y si somos sus hijos, estamos llamados a vivir un día eternamente con Él.

Un buen padre quiere tener a sus hijos cerca. Y Dios, que es el mejor de los padres, quiere que ninguno de nosotros se pierda.

Por eso nos ha enviado a Jesucristo.

Por eso nos ha regalado la Iglesia, los sacramentos, su Palabra y tantas oportunidades para convertirnos.

Y por eso, mientras tengamos vida, siempre tendremos la posibilidad de volver a Él.

Quizás alguno de nosotros piense:

«Padre, pero yo tengo muchos pecados. He cometido muchos errores. No creo que pueda llegar a ser santo».

¡Cuidado con pensar así!

Los santos no fueron personas que nunca tuvieron dificultades o tentaciones.

Muchos fueron pecadores que se arrepintieron, que reconocieron sus errores y que se dejaron transformar por la gracia de Dios.

La santidad no consiste en no haberse caído nunca, sino en levantarse, con la ayuda de Dios, cada vez que hemos caído.

Por eso, hermanos, nunca perdamos la esperanza.

Dios todavía está trabajando en nosotros.

3. JESÚS NOS ENSEÑA EL CAMINO PARA LLEGAR AL CIELO

En el Evangelio hemos escuchado las bienaventuranzas.

Jesús sube a la montaña, se sienta y comienza a enseñar a sus discípulos.

Y les dice:

«Bienaventurados los pobres de espíritu».

«Bienaventurados los que lloran».

«Bienaventurados los misericordiosos».

«Bienaventurados los limpios de corazón».

«Bienaventurados los que trabajan por la paz».

Estas palabras son como un mapa que nos indica el camino hacia el cielo.

Pero fíjense en algo muy interesante.

Jesús no dice: «Felices los que tienen mucho dinero».

Tampoco dice: «Felices los que nunca sufren».

Ni siquiera dice: «Felices los que reciben aplausos y reconocimientos».

¡No!

Jesús llama felices a los humildes, a los misericordiosos, a quienes buscan la justicia, a quienes trabajan por la paz y a quienes permanecen fieles a Dios en medio de las dificultades.

Porque la verdadera felicidad no consiste en tener muchas cosas, sino en tener a Dios en el corazón.

Pensemos, por ejemplo, en una madre que se levanta de madrugada para preparar los alimentos de sus hijos.

En un padre que trabaja bajo el sol para llevar el sustento a su familia.

En una persona que visita a un enfermo.

En alguien que, pudiendo vengarse, decide perdonar.

En una familia que comparte lo poco que tiene con otra más necesitada.

¡Allí se está viviendo el Evangelio!

¡Allí comienza la santidad!

Hermanos, el cielo no se improvisa el último día de nuestra vida. El camino hacia el cielo comienza aquí, en nuestra manera de vivir, de amar y de tratar a los demás.

4. NUESTROS DIFUNTOS NO HAN DESAPARECIDO DEL CORAZÓN DE DIOS

Y llegamos ahora a la segunda gran celebración de estos días: la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos.

Seguramente muchos de nosotros llevamos en el corazón el recuerdo de alguien que ya murió.

Nuestros padres, nuestros abuelos, hermanos, esposos, hijos, familiares, amigos o vecinos.

Hay personas cuya ausencia todavía nos duele.

Hay una silla vacía en la casa.

Una voz que ya no escuchamos.

Un rostro que seguimos recordando.

Un consejo que quisiéramos volver a recibir.

Y hay momentos en los que la nostalgia nos hace llorar.

Pero precisamente a nosotros, que hemos experimentado el dolor de la separación, Jesús nos dice en el Evangelio:

«Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados».

¡Qué hermosa promesa!

Jesús no nos dice que está prohibido llorar.

Él mismo lloró ante la muerte de su amigo Lázaro.

Lo que nos enseña es que nuestras lágrimas no tienen por qué ser lágrimas sin esperanza.

Porque Cristo ha resucitado.

Y porque Él ha vencido a la muerte, nosotros creemos que la muerte no tiene la última palabra.

Cuando un ser querido muere, su vida terrena termina, pero no desaparece de la mirada amorosa de Dios.

Por eso rezamos por nuestros difuntos.

No porque podamos decidir nosotros quién está en el cielo, sino porque confiamos en la misericordia del Señor.

La Iglesia nos enseña que debemos orar por quienes han muerto, especialmente por aquellos que todavía necesitan ser purificados para entrar plenamente en la presencia de Dios.

Y aquí quisiera recordarles algo importante.

A nuestros difuntos no los honramos solamente llevando flores a sus tumbas. Los honramos también ofreciendo por ellos la Santa Eucaristía, rezando y practicando obras de caridad.

Está muy bien visitar el cementerio.

Está muy bien limpiar y adornar las tumbas.

Está muy bien conservar las fotografías y los recuerdos.

Pero no olvidemos lo más importante: ¡orar por ellos!

Una flor es una hermosa expresión de cariño, pero una oración es un acto de fe y de amor que confiamos a la misericordia de Dios.

Y la Eucaristía, memorial del sacrificio de Cristo, es la oración más grande que la Iglesia ofrece por vivos y difuntos.

5. ¿QUIÉN PUEDE SUBIR AL MONTE DEL SEÑOR?

El salmo que hemos proclamado nos hace una pregunta:

«¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?».

Y responde:

«El hombre de manos inocentes y puro corazón».

¡Qué hermosa enseñanza!

Dios quiere que lleguemos a su presencia con las manos limpias y el corazón puro.

¿Y qué significa tener las manos limpias?

No haberlas utilizado para hacer daño.

Haberlas empleado para trabajar honradamente.

Para ayudar al necesitado.

Para acariciar a un niño.

Para levantar al que ha caído.

Para acompañar a un enfermo.

Y tener el corazón puro significa vivir sin odio, sin rencor, sin maldad, procurando siempre hacer el bien.

Hermanos, no sabemos cuánto tiempo nos queda de vida.

No sabemos cuándo llegará el momento de presentarnos delante del Señor.

Pero sí sabemos lo que debemos hacer mientras estamos aquí.

Amar más, perdonar más, rezar más y hacer más el bien.

Porque llegará el día en que dejaremos esta tierra.

Y entonces, ¿qué nos llevaremos?

No nos llevaremos la finca.

No nos llevaremos el dinero.

No nos llevaremos la casa.

No nos llevaremos los animales ni las cosechas.

Nos presentaremos delante de Dios con nuestra vida, con el amor que hayamos sembrado y con nuestra necesidad de su misericordia.

6. UNA MISMA FAMILIA, UNIDA POR EL AMOR DE DIOS

Queridos hermanos:

Hay algo muy hermoso que nos enseña nuestra fe católica.

La muerte no destruye la comunión que existe entre los miembros de la Iglesia.

Los santos del cielo interceden por nosotros.

Nosotros, que todavía caminamos por este mundo, podemos pedir su intercesión.

Y también podemos orar por nuestros hermanos difuntos que necesitan purificación.

Es lo que llamamos la comunión de los santos.

¡Somos una sola familia!

Una familia que se extiende más allá de las fronteras de este mundo.

Por eso, cuando celebramos la Eucaristía, no estamos solos.

Nos unimos a la alabanza de los ángeles y de los santos.

Y cuando oramos por nuestros difuntos, expresamos que el amor cristiano no termina ante una tumba.

¡Qué consuelo saber que nuestra fe nos mantiene unidos en Cristo!

CONCLUSIÓN: QUE UN DÍA PODAMOS ENCONTRARNOS TODOS EN EL CIELO

Hermanos queridos:

Durante estos días, al recordar a los santos y a nuestros difuntos, quisiera que nos quedáramos con tres enseñanzas muy sencillas.

Primera: todos estamos llamados a ser santos. No solamente los sacerdotes, las religiosas o las personas que viven en los conventos. También los campesinos, los trabajadores, los padres de familia, los jóvenes, los ancianos y los niños.

Segunda: no dejemos de orar por nuestros difuntos. Recordémoslos con gratitud, perdonemos sus errores, conservemos sus buenos ejemplos y confiémoslos a la misericordia de Dios.

Tercera: vivamos de tal manera que, cuando llegue nuestra hora, podamos presentarnos delante del Señor con un corazón lleno de amor.

Y terminemos mirando a la Santísima Virgen María.

Ella, a quien invocamos como Reina de todos los Santos y Madre de la esperanza, nos acompaña durante nuestra peregrinación por este mundo.

Pidámosle que nos enseñe a vivir como verdaderos hijos de Dios.

Que consuele a quienes lloran la muerte de sus seres queridos.

Que interceda por nuestros fieles difuntos.

Y que, cuando termine nuestro camino por esta tierra, podamos reunirnos con ella, con todos los santos y con nuestros seres queridos que hayan alcanzado la gloria del cielo.

Porque, hermanos, nuestra vida no termina en el cementerio. Nuestra verdadera patria está en el cielo.

Y ojalá que un día, por la infinita misericordia de Dios, podamos encontrarnos todos allí.

¡Que así sea! Amén.

 

«Los santos nos enseñan cómo vivir; nuestros difuntos nos recuerdan que un día hemos de morir; y Jesucristo resucitado nos promete que estamos llamados a vivir eternamente con Él».

 

 

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