28 de octubre del 2026: Santos Simón y Judas, apóstoles

                            

Testigos de la fe:

Santos Simón y Judas Tadeo, apóstoles


Simón, llamado el Zelote, y Judas, conocido como Tadeo, fueron dos de los doce apóstoles de Cristo. Según la tradición, después de Pentecostés anunciaron el Evangelio y murieron mártires, probablemente en Persia. La Iglesia celebra conjuntamente su fiesta este día. Aunque conocemos pocos detalles de sus vidas, conservamos el testimonio de su entrega al Señor.

San Simón aparece en los Evangelios con los sobrenombres de «Cananeo» y «Zelote», relacionados con el celo y el fervor religioso. Estos nombres evocan su entrega a Dios y a su pueblo, aunque no permiten asegurar que perteneciera al movimiento político de los zelotas. Jesús lo llamó a formar parte de los Doce y a poner su vida al servicio del Reino.

San Judas Tadeo, distinto de Judas Iscariote, aparece también como «Judas de Santiago». Durante la última cena preguntó a Jesús por qué se manifestaría a sus discípulos y no al mundo. El Señor le respondió hablando del amor, de la fidelidad a su palabra y de la presencia del Padre y del Hijo en quienes lo aman (cf. Jn 14,22-23). La tradición le atribuye la Carta de Judas, que exhorta a perseverar en la fe, orar y permanecer en el amor de Dios.

La piedad popular venera especialmente a san Judas Tadeo como patrono de las causas difíciles y desesperadas. Muchos fieles acuden a su intercesión cuando atraviesan situaciones que parecen no tener salida, confiando sus necesidades a la misericordia de Dios.

La memoria de estos apóstoles nos invita a vivir una fe perseverante, incluso cuando nuestro servicio pasa inadvertido. También nosotros podemos anunciar a Cristo con una palabra que consuela, una ayuda concreta y una esperanza que sostiene a quienes sufren.

Santos Simón y Judas Tadeo, intercedan por nosotros. Ayúdennos a permanecer unidos a Jesús, a servir con generosidad y a mantener la esperanza en las pruebas. Amén.


En medio de la noche

¿Qué hace Jesús por la noche? Ora. Las noches de insomnio, las noches de inquietud, las noches interrumpidas una y otra vez no son solamente cargas que debemos llevar. Son también ocasiones para abrir el corazón a Dios y confiarle aquello que, en el ajetreo del día, apenas hemos podido expresar.

Antes de elegir a los doce apóstoles, Jesús pasó la noche en oración (cf. Lc 6,12-13). En el silencio de la montaña, puso ante el Padre los nombres, los rostros y la misión de quienes caminarían con él. Sus decisiones brotaron de esa comunión profunda.

También nuestras noches están pobladas de nombres y rostros: un hijo que nos preocupa, una persona enferma, alguien a quien echamos de menos, una relación que necesita sanar. Podemos transformar cada recuerdo en una intercesión: «Señor, cuídalo; acompáñala; ayúdanos».

El cansancio puede hacer difícil encontrar palabras. Entonces basta una oración sencilla, repetida con calma: «Padre, aquí estoy. Tú sabes lo que llevo dentro». Incluso nuestras lágrimas y nuestros silencios pueden convertirse en oración.

Habrá noches en las que la paz llegue poco a poco, y otras en las que sigamos sintiendo el peso de la preocupación. El Padre acoge también esa oración frágil, hecha de suspiros y de confianza apenas sostenida.

Jesús, que oraste en medio de la noche, acompaña a quienes hoy permanecen despiertos: los enfermos, quienes los cuidan, quienes trabajan y quienes lloran. Recibe nuestras preocupaciones, concede descanso a nuestro cuerpo y renueva nuestra esperanza. Que al llegar la mañana podamos dar el siguiente paso de tu mano. Amén.

 



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Primera lectura

Ef 2, 19-22

Están edificados sobre el cimiento de los apóstoles

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios.

HERMANOS:
Ustedes ya no son extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios.
Están edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por él también ustedes entran con ellos en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 18, 2-3. 4-5b (R.: 5a)

R. A toda la tierra alcanza su pregón.

V. El cielo proclama la gloria de Dios,
el firmamento pregona la obra de sus manos:
el día al día le pasa el mensaje,
la noche a la noche se lo susurra. R.

V. Sin que hablen, sin que pronuncien,
sin que resuene su voz,
a toda la tierra alcanza su pregón
y hasta los límites del orbe su lenguaje. R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. A ti, oh, Dios, te alabamos, a ti, Señor, te reconocemos; a ti te ensalza el glorioso coro de los apóstoles, Señor. R

 

Evangelio

Lc 6, 12-19

Escogió de entre ellos a doce, a los que también nombró apóstoles

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquellos días, Jesús salió al monte a orar y pasó la noche orando a Dios.
Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió de entre ellos a doce, a los que también nombró apóstoles: Simón, al que puso de nombre Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo, Simón, llamado el Zelote; Judas el de Santiago y Judas Iscariote, que fue el traidor.
Después de bajar con ellos, se paró en una llanura con un grupo grande de discípulos y una gran muchedumbre del pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón.
Venían a oírlo y a que los curara de sus enfermedades; los atormentados por espíritus inmundos quedaban curados, y toda la gente trataba de tocarlo, porque salía de él una fuerza que los curaba a todos.

Palabra del Señor.

 

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 1

En medio de la noche Dios nos reúne y nos sostiene

 

Queridos hermanos:

Hoy ponemos ante el Señor a nuestros hermanos enfermos. Pensamos especialmente en sus noches: cuando el dolor impide dormir, cuando se espera un resultado o cuando el silencio de la casa hace más pesada la soledad. Pensemos también en quienes permanecen despiertos junto a una cama, atentos a una llamada. La Palabra de esta fiesta nos acerca a esas situaciones desde la oración de Jesús.

San Lucas nos cuenta que Jesús subió al monte y permaneció toda la noche orando. Al amanecer llamó a sus discípulos y eligió a los Doce. Entre ellos estaban Simón el Zelote y Judas Tadeo. La elección de los apóstoles nace de ese encuentro con el Padre. Antes de enviarlos, Jesús ora.

Esta escena nos invita a poner nuestras propias noches en sus manos. A veces, quien está enfermo tiene fuerzas para rezar; otras veces apenas puede concentrarse. El cansancio, el miedo o los medicamentos pueden dificultar hasta la oración más sencilla. El Señor acoge también ese silencio. Podemos decirle: «Jesús, aquí estoy; acompáñame». Y cuando a un hermano le faltan las fuerzas, la comunidad puede sostenerlo con su oración.

La primera lectura nos ayuda a comprender por qué. San Pablo les recuerda a los cristianos de Éfeso que pertenecen a la «familia de Dios». Describe a la Iglesia como una construcción asentada sobre los apóstoles y los profetas, unida y sostenida por Cristo. En él vamos creciendo juntos para que Dios habite entre nosotros por su Espíritu.

Escuchemos lo que esto significa para quien está enfermo. Aunque hoy no puedas venir al templo, sigues siendo parte de esta familia. Tu nombre tiene un lugar en nuestra oración. Tu dignidad permanece entera cuando necesitas ayuda para levantarte o cuando dependes del cuidado de otra persona. El amor de Dios por ti sigue presente en medio de tu fragilidad.

Y quienes hoy podemos estar aquí tenemos una responsabilidad. Una familia se hace cercana a sus miembros que sufren. Tal vez podamos visitar a alguien, respetando su descanso; llevar una comida; acompañarlo a una cita, o dar un tiempo de descanso a quien lo cuida. También podemos facilitar, cuando lo desee, la visita de un sacerdote, la comunión y la unción de los enfermos. Así se vuelve concreta nuestra pertenencia a la Iglesia.

El salmo introduce una expresión que ilumina esta homilía: «una noche se lo transmite a la otra noche». En su sentido primero, el salmista contempla la creación: el cielo, el paso de los días y de las noches manifiestan la gloria de Dios. Al escucharlo junto al Evangelio, podemos llevar esa imagen a nuestras horas oscuras y pedir la gracia de reconocer en ellas alguna señal de su cercanía.

A veces esa señal llega en una enfermera que escucha con paciencia, en una visita breve o en la mano de un familiar. Hay gestos que comunican el amor de Dios con muy pocas palabras. Quien cuida también necesita recibir ese amor: ser escuchado, descansar y encontrar a alguien que lo releve.

Respondemos al salmo: «El mensaje del Señor resuena en toda la tierra». En esta fiesta, esas palabras nos recuerdan la misión de los apóstoles. Ellos llevaron el Evangelio a otros pueblos; nosotros estamos llamados a hacerlo llegar a los lugares donde transcurre nuestra vida. Una habitación de hospital también necesita escuchar, mediante nuestra presencia, que la persona que está allí es amada.

Celebramos a Simón y a Judas Tadeo, de quienes los Evangelios conservan pocos datos. Su lugar entre los Doce nos recuerda que la fidelidad puede dar fruto sin hacerse famosa. Pensemos en tantas personas que acompañan durante meses a un enfermo y cuyo servicio apenas se ve. El Señor conoce ese amor paciente, con su cansancio y con sus pequeños actos de cada día.

Muchos acudimos a la intercesión de san Judas Tadeo en situaciones especialmente difíciles. Hoy le confiamos a quienes sienten que sus fuerzas se agotan. Pedimos con confianza la curación y el alivio del dolor. Pedimos también serenidad para afrontar los tratamientos y ayuda para quienes encuentran obstáculos al buscar atención. Mientras la enfermedad continúa, seguimos necesitando el cuidado de los demás y la esperanza que nace de Cristo.

Volvamos a la escena del Evangelio. Después de la noche, Jesús llama a sus discípulos. Nuestra oración de hoy también puede disponernos para una tarea concreta. Traigamos a la memoria el nombre de una persona enferma y pensemos cómo acercarnos a ella esta semana. Una llamada hecha con tiempo para escuchar puede ser el comienzo.

Al acercarnos a la mesa de la Eucaristía, llevemos en el corazón a quienes no han podido venir. Cristo nos reúne y nos alimenta para que aprendamos a cuidarnos como hermanos. Que, por la intercesión de los santos Simón y Judas Tadeo, nuestros enfermos encuentren una comunidad cercana, capaz de orar con ellos y de permanecer a su lado. Amén.

Intención para la oración de los fieles

Por nuestros hermanos enfermos, especialmente por quienes pasan noches de dolor, ansiedad o soledad; para que el Señor les conceda alivio y salud, los sostenga en la esperanza y les haga sentir la cercanía de nuestra comunidad. Por sus familias, cuidadores y profesionales de la salud, para que encuentren fortaleza y los medios necesarios para atenderlos con dignidad. Roguemos al Señor.

 

2

 

Llamados por Jesús para llevar su amor a todos

 

Queridos hermanos:

Celebramos la fiesta de los santos Simón y Judas Tadeo poniendo ante el Señor a nuestros hermanos enfermos. La Palabra nos invita a reconocer que también ellos participan de la vida de la Iglesia y que nosotros tenemos una misión junto a ellos: hacerles llegar la cercanía de Cristo.

El Evangelio comienza en el silencio de la noche. Jesús sube al monte y permanece en oración. Al amanecer llama a sus discípulos y elige a los Doce. La misión de los apóstoles nace de ese encuentro con el Padre. También nuestra vida cristiana necesita ese tiempo de escucha en el que ponemos ante Dios a las personas y las decisiones que nos preocupan.

Pensemos en nuestras noches de inquietud y en las de quienes sufren una enfermedad. A veces se hacen largas por el dolor, por la espera de un diagnóstico o por el temor al futuro. Podemos llevar todo eso a la oración de Jesús. Y cuando el cansancio nos deja sin palabras, basta decir: «Señor, aquí estoy; quédate conmigo». La comunidad puede rezar por quien hoy apenas tiene fuerzas.

Después de aquella noche, Jesús llama a hombres concretos, con nombre e historia. En la lista aparecen personas muy diferentes. Algunos llegarán a comprender lentamente sus palabras; otros tendrán que reconocer sus miedos y pedir perdón por sus caídas. El Señor los forma caminando con ellos. También nosotros vamos aprendiendo a responderle en medio de nuestras limitaciones.

Simón es llamado el Zelote, un sobrenombre que evoca el celo y el fervor religioso. Su vida nos invita a examinar hacia dónde dirigimos nuestras fuerzas. El amor a Dios debe hacerse reconocible en la paciencia con los demás, en la honestidad y en la disposición a servir. El fervor madura cuando nos ayuda a amar mejor.

De Judas Tadeo conservamos una pregunta que dirigió a Jesús durante la última cena: «Señor, ¿por qué te vas a manifestar a nosotros y no al mundo?» (Jn 14,22). Esa pregunta puede despertar también en nosotros el deseo de que otros conozcan al Señor. Pensemos en quienes están lejos de la fe o han dejado de esperar. Nuestra manera de acercarnos a ellos puede abrirles una puerta hacia el Evangelio.

Conocemos pocos detalles seguros sobre la actividad misionera de Simón y Judas. La tradición los recuerda anunciando a Cristo y entregando su vida por él. Su memoria nos anima a perseverar en el servicio, incluso cuando los frutos tardan en aparecer y cuando nuestro trabajo pasa inadvertido.

La primera lectura nos permite comprender lo que sostiene esta misión. San Pablo recuerda a los cristianos de Éfeso que pertenecen a la familia de Dios. Habla de un edificio asentado sobre los apóstoles y los profetas, cuya «piedra angular» es Jesucristo. Él mantiene unida la construcción y hace posible que crezca como morada de Dios por el Espíritu.

Esta imagen nos pide cuidar la comunión. Una comunidad se debilita cuando dejamos que los resentimientos decidan nuestras relaciones. Necesitamos volver a Cristo, escuchar su palabra y aprender a reconciliarnos. La fe que recibimos de los apóstoles nos reúne como hermanos y nos compromete con la vida de los demás.

Por eso, a quien está enfermo podemos decirle: sigues perteneciendo a esta familia. Aunque no puedas venir al templo o participar como antes, tu lugar permanece. Tu dignidad y el amor que mereces siguen intactos cuando necesitas ayuda. Y a nosotros nos corresponde hacer visible esa pertenencia mediante una presencia fiel, especialmente cuando la enfermedad se prolonga.

El salmo ensancha nuestra mirada: «El mensaje del Señor resuena en toda la tierra». En su sentido primero, contempla la creación que anuncia la gloria de Dios. El día comunica ese mensaje al día siguiente, y también la noche lo transmite. En esta fiesta escuchamos esas palabras pensando en los apóstoles, enviados para que el Evangelio llegara a todos los pueblos.

También hoy ese anuncio debe llegar a una habitación de hospital, a una casa donde alguien vive solo o al corazón de quien está desanimado. A veces lo comunicamos con palabras; otras veces, escuchando sin prisa, llevando una comida o dando descanso a quien cuida de un enfermo. La caridad permite que el anuncio de Cristo se vuelva cercano.

La misión apostólica continúa en la Iglesia. Los obispos, en comunión con el sucesor de Pedro, han recibido la responsabilidad de custodiar y transmitir la fe y de apacentar al pueblo de Dios. Todos los bautizados participamos también, según nuestra vocación, en el anuncio del Evangelio. La Confirmación fortalece nuestra unión con Cristo y nos concede la fuerza del Espíritu para dar testimonio de él.

Cada uno puede preguntarse hoy a quién está llamado a acercarse. Tal vez haya una persona enferma a la que hace tiempo no visitamos, un familiar que necesita ser escuchado o alguien con quien debemos reconciliarnos. Pongamos un nombre concreto en nuestra oración y busquemos la manera de acompañar a esa persona durante esta semana.

Acudimos especialmente a la intercesión de san Judas Tadeo cuando atravesamos situaciones difíciles. Hoy le confiamos a quienes sienten que sus fuerzas se agotan. Pedimos al Señor la curación y el alivio del dolor; pedimos también que encuentren atención digna y personas que los sostengan. Confiar en Dios nos anima a perseverar en la oración y a ofrecer la ayuda que está a nuestro alcance.

Al acercarnos a la Eucaristía, traigamos con nosotros los nombres de nuestros enfermos. Cristo nos reúne y nos alimenta para que aprendamos a vivir como su familia. Que los santos Simón y Judas Tadeo intercedan por nosotros y nos ayuden a responder a la llamada de Jesús con una fe que se haga servicio. Amén.

Intención para la oración de los fieles

Por nuestros hermanos enfermos, especialmente por quienes pasan noches de dolor, ansiedad o soledad; para que el Señor les conceda alivio y salud, los sostenga en la esperanza y les haga sentir la cercanía de nuestra comunidad. Por sus familias, cuidadores y profesionales de la salud, para que encuentren fortaleza y los medios necesarios para atenderlos con dignidad. Roguemos al Señor.

               

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28 de octubre:

San Simón y San Judas, Apóstoles — Fiesta

Siglo I
Patronos: de los curtidores, leñadores y peleteros (Simón); de las causas imposibles y de los trabajadores hospitalarios (Judas).


Cita bíblica:

“Por aquellos días, Jesús se fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió de entre ellos a doce, y los nombró apóstoles: Simón, al que llamó Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago, hijo de Alfeo; Simón, llamado el Zelote; Judas, hijo de Santiago, y Judas Iscariote, que llegó a ser el traidor.”
(Lucas 6, 12–16)


Reflexión

Hoy la Iglesia honra a San Simón y San Judas, dos de los Doce Apóstoles elegidos por nuestro Señor.
Fueron dos de los primeros obispos por medio de los cuales el Señor estableció su Iglesia, y de quienes todo obispo, sacerdote y diácono son descendientes espirituales.

Se sabe muy poco de estos dos Apóstoles, salvo lo que se menciona brevemente en el Nuevo Testamento, y aun eso resulta confuso. Ambos aparecen en las listas de los Doce a quienes Jesús nombró Apóstoles: Mateo 10,2–4; Marcos 3,16–19; Lucas 6,13–16; Hechos 1,13.

El Simón que hoy celebramos no es Simón Pedro, el príncipe de los Apóstoles, sino “Simón el Cananeo” (como dicen Mateo y Marcos) o “Simón el Zelote” (según Lucas y Hechos).
Ambos nombres significan lo mismo: “Cananeo” no se refiere a la Tierra de Canaán, sino que traduce una palabra aramea que significa “celoso” o “entusiasta”.

Es interesante notar que Jesús eligió una gran variedad de personas como sus apóstoles. Quizás el contraste más marcado se encuentra entre Simón el Zelote y Mateo el recaudador de impuestos.
Como zelote, Simón habría estado muy comprometido con su identidad judía y se habría opuesto con firmeza a la opresión y los tributos del Imperio romano.
Por su parte, Mateo había trabajado precisamente para los romanos, cobrando impuestos a los suyos.
El hecho de que Jesús eligiera a hombres tan distintos demuestra su apertura a todos los pueblos: no tenía un tipo de persona favorita, ni se dejaba condicionar por ideologías, clases sociales o vínculos culturales.
No fue nacionalista ni separatista: su interés fue todo ser humano, sin importar su origen o historia.
Tal vez Jesús escogió a Simón para llegar, por medio de él, a los más apegados a las tradiciones y creencias judías, a quienes el propio Simón podía hablar con autoridad.

Judas es mencionado como “Judas, hijo de Santiago” (en Lucas y Hechos) y como “Tadeo” (en Mateo y Marcos).
La única referencia cierta sobre él aparece en el Evangelio de san Juan, durante la Última Cena, donde se aclara: “Judas, no el Iscariote…” (Juan 14,22).
En esa cena, Jesús les había dicho con ternura a sus apóstoles que pronto se iría, pero que debían tener valor y esperar al Abogado prometido, el Espíritu Santo.
Entonces Judas, confundido, le preguntó:

“Maestro, ¿qué ha sucedido para que te reveles a nosotros y no al mundo?”

En otras palabras, Judas quería saber por qué Jesús no manifestaba su divinidad abiertamente para que todos creyeran.
La respuesta del Señor es misteriosa, pero esencialmente señala que la fe no nace de pruebas externas, sino del don interior del Espíritu, y que la obediencia a esa fe y a la voluntad de Dios es lo que conduce a la unión divina.

En dos Evangelios se menciona además a Simón y Judas como “hermanos de Jesús”:

“¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas?”
(Mateo 13,55; Marcos 6,3).

Sin embargo, la mayoría de los estudiosos actuales creen que estos “hermanos” no son los mismos apóstoles, sino primos de Jesús, ya que en aquella época era costumbre llamar “hermanos” a los parientes cercanos.
Es posible que el “Judas” mencionado como hermano de Jesús sea el autor de la Carta de Judas en el Nuevo Testamento, más que el propio apóstol.
No obstante, esto sigue siendo debatido, y el papa Benedicto XVI, en una Audiencia General del año 2006, señaló la tradición según la cual la Epístola de Judas sí fue escrita por el apóstol.
De ser así, podría tratarse de una misma persona.

Respecto a sus muertes, no existen datos históricos fiables, sino solo fuentes apócrifas como la Pasión de Simón y Judas y otros textos de los siglos IV y posteriores.
Una de las tradiciones más difundidas afirma que ambos viajaron a Persia para predicar el Evangelio y fueron martirizados allí hacia el año 65.
Se dice que Simón fue aserrado en dos, y que Judas fue golpeado con una maza.
Por eso, en el arte sacro suelen representarse con los instrumentos de su martirio.
Otras tradiciones los sitúan predicando en Armenia, Beirut, Líbano, Britania romana, Egipto o Samaria, donde habrían muerto por flechas, crucifixión o incluso de forma pacífica.

La Carta atribuida a San Judas Apóstol es breve pero apasionada.
En ella exhorta a los cristianos a mantenerse fieles frente a la inmoralidad y las herejías que amenazaban a la Iglesia naciente.
Algunos sugieren que fue esta firmeza la que lo convirtió en patrono de las causas imposibles, por su ardor en defender la fe.
Otra tradición señala que, como Judas compartía nombre con el traidor, su intercesión rara vez era invocada.
Solo después de acudir a todos los demás apóstoles y santos, los primeros cristianos se dirigían a él como última esperanza.
Y desde entonces, numerosos testimonios atribuyen a su intercesión milagros y favores concedidos a lo largo de los siglos.

Al honrar hoy a estos apóstoles, sabemos con certeza que fueron instrumentos fundamentales en la Iglesia primitiva.
Como los primeros obispos, tuvieron la sagrada responsabilidad de transmitir los sacramentos y las enseñanzas de Jesús a una Iglesia en formación.
Un día, en el cielo, comprenderemos plenamente los frutos de su ministerio pastoral.
Hoy nos gozamos en lo que no conocemos del todo, confiando en que sus vidas dieron gloria a Dios y salvación a muchos.


Oración

Santos Simón y Judas:
Ustedes tuvieron el privilegio de aprender directamente de Jesús.
Después de su Ascensión, estuvieron entre los primeros en recibir el Espíritu Santo y la ordenación episcopal.
Dios los envió a cumplir el mandato de llevar el Evangelio hasta los confines de la tierra.

Intercedan por mí, para que comprenda más plenamente mi misión dentro del Cuerpo de Cristo,
y la cumpla con diligencia, amor y esperanza.

Santos Simón y Judas, rueguen por mí.
Jesús, en Ti confío.

 

 

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