29 de octubre del 2026: jueves de la trigésima semana del tiempo ordinario II

 

¿Una mamá gallina?

«Jerusalén, Jerusalén, cuántas veces he querido reunir a tus hijos como la gallina reúne a sus polluelos bajo sus alas». ¿Será Jesús un poco mamá gallina? Tal vez. Pero atención, no una madre que, por querer proteger demasiado a sus hijos, les impide crecer. Su amor cobija, fortalece y enseña a vivir en libertad.

Jesús escoge una imagen sencilla y entrañable para revelar la ternura de Dios: una gallina que reúne a sus polluelos, les ofrece calor y los resguarda del peligro. ¡Qué cerca está Dios de nuestra fragilidad! Conoce nuestros temores, nuestras heridas y ese deseo profundo de encontrar un lugar donde sentirnos acogidos.

Sin embargo, el lamento de Jesús contiene unas palabras dolorosas: «Y no habéis querido». Sus alas están abiertas, pero podemos resistirnos a su llamada. Dios nos ofrece su amor sin imponérnoslo. Desea reunirnos, pero espera nuestra respuesta libre. En ese encuentro entre su deseo de salvarnos y nuestra posibilidad de rechazarlo se juega el drama de la fe.

La ternura de Jesús también es valiente. En este mismo evangelio, ante la amenaza de Herodes, a quien llama «zorro», permanece firme en su misión. Sigue curando, liberando y caminando hacia Jerusalén. Sabe que amar lo conducirá a entregar la vida y continúa adelante.

Podemos contemplar sus brazos abiertos en la cruz como esas alas extendidas para acoger a una humanidad herida. Allí su amor llega hasta el extremo: se entrega incluso por quienes lo rechazan.

Hoy podemos preguntarnos: ¿me dejo reunir por Jesús? ¿Acepto su cercanía cuando estoy cansado, confundido o herido? ¿Ayudo a que mi familia y mi comunidad sean un lugar de acogida para los demás?

Señor Jesús, tantas veces has querido reunirnos y tantas veces nos hemos alejado. Acógenos bajo tus alas, sana nuestras resistencias y enséñanos a cuidar con tu ternura. Que, al sentirnos amados por ti, aprendamos a ofrecer refugio, consuelo y esperanza a nuestros hermanos. Amén.

 



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Primera lectura

Ef 6, 10-20

Tomen las armas de Dios para poder mantenerse firmes después de haber superado todas las pruebas

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios.

HERMANOS:
Busquen su fuerza en el Señor y en su invencible poder. Pónganse las armas de Dios, para poder afrontar las asechanzas del diablo, porque nuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos del aire.
Por eso, tomen las armas de Dios para poder resistir en el día malo y manténganse firmes después de haber superado todas las pruebas. Estén firmes; cíñanse la cintura con la verdad, y revistan la coraza de la justicia; calcen los pies con la prontitud para el evangelio de la paz. Tomen en brazos el escudo de la fe, donde se apagarán las flechas incendiarias del maligno. Pónganse el casco de la salvación y empuñen la espada del Espíritu que es la palabra de Dios.
Siempre en oración y súplica, oren en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con constancia, y suplicando por todos los santos. Pidan también por mí, para que cuando abra mi boca, se me conceda el don de la palabra, y anuncie con valentía el misterio del Evangelio, del que soy embajador en cadenas, y tenga valor para hablar de él como debo.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 143, 1bcd. 2. 9-10 (R.: cf. 1a)

R. ¡Bendito el Señor, mi alcázar!

V. Bendito el Señor, mi Roca,
que adiestra mis manos para el combate,
mis dedos para la pelea.
R.

V. Mi bienhechor, mi alcázar,
baluarte donde me pongo a salvo,
mi escudo y refugio,
que me somete los pueblos.
R.

V. Dios mío, te cantaré un cántico nuevo,
tocaré para ti el arpa de diez cuerdas:
para ti que das la victoria a los reyes,
y salvas a David, tu siervo, de la espada maligna.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bendito el rey que viene en nombre del Señor;
paz en el cielo y gloria en las alturas.
R.

 

Evangelio

Lc 13, 31-35

No cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel día, se acercaron unos fariseos a decir a Jesús:
«Sal y marcha de aquí, porque Herodes quiere matarte».
Jesús les dijo:
«Vayan y digan a ese zorro: “Mira, yo arrojo demonios y realizo curaciones hoy y mañana, y al tercer día mi obra quedará consumada.
Pero es necesario que camine hoy y mañana y pasado, porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén”.
¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que se te envían!
Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus polluelos bajo las alas, y no han querido.
Miren, su casa va a ser abandonada.
Les digo que no me verán hasta el día en que digan: “¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”».

Palabra del Señor.

 

 

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La ternura de Jesús y la misión de la Iglesia

 

Queridos hermanos:

Quienes conocen la vida del campo han visto a una gallina reunir a sus polluelos bajo las alas. Esa imagen sencilla le sirve hoy a Jesús para hablarnos de su amor. Él quiere acogernos, resguardarnos y mantenernos unidos. Al escuchar este evangelio, podemos reconocer cuánto necesitamos su cercanía: también nosotros llegamos a veces cansados, heridos o dispersos por tantas preocupaciones.

Pero en el corazón de Jesús hay un dolor: quiere reunir a los hijos de Jerusalén y encuentra resistencia. «Y no habéis querido». El Señor respeta nuestra libertad y sigue llamando. También nosotros podemos resistirnos cuando aplazamos una reconciliación, cerramos el oído a su Palabra o pensamos que podemos arreglarnos solos. Hoy nos invita a dejarnos amar y a volver a Él.

Esta ternura va acompañada de una enorme fortaleza. Cuando le advierten que Herodes quiere matarlo, Jesús permanece fiel a su misión. Seguirá curando y liberando; continuará su camino hacia Jerusalén. Su fidelidad al Padre sostiene su entrega. ¡Cuánto necesitamos aprender de Él cuando el cansancio o una decepción nos hacen pensar en abandonar el bien que estamos haciendo!

La primera lectura nos ayuda a comprender de dónde viene esa fuerza. San Pablo invita a los cristianos a revestirse de la armadura que Dios les ofrece para resistir al Maligno. Aclara que el combate es espiritual. Por eso, al escuchar esta imagen, debemos cuidar de no convertir al hermano en un enemigo. La persona que piensa distinto o que nos ha herido sigue siendo alguien a quien Dios ama.

Las armas que Pablo presenta orientan nuestra vida: la verdad, la justicia, la fe, la confianza en Cristo Salvador, la Palabra de Dios y la disposición para anunciar la paz. Podemos llevarlas a situaciones muy concretas. Vivir en la verdad exige reconocer un error. Practicar la justicia implica pagar lo debido y tratar dignamente al trabajador. Anunciar la paz comienza también cuando frenamos un chisme que está dividiendo a la comunidad.

Y todo esto necesita oración. Podemos trabajar mucho en la parroquia y terminar agotados si dejamos de encontrarnos con el Señor. La oración nos ayuda a reconocer lo que debemos corregir, a pedir fuerzas y a perseverar cuando todavía no vemos frutos.

El salmo pone en nuestros labios esta confianza: «Bendito sea el Señor, mi fortaleza». Lo reconocemos como roca y refugio. Esa protección de Dios se acerca a nosotros en la imagen de las alas de Jesús. Podemos apoyarnos en Él en medio de las dificultades. Su presencia nos sostiene para acompañar a una familia que sufre, cuidar a un enfermo o continuar una tarea evangelizadora que parece dar pocos resultados.

Al final de la primera lectura, Pablo pide que oren también por él, para poder anunciar el Evangelio con valentía. El apóstol, aun estando encadenado, necesita la oración de la comunidad. Esta petición ilumina la intención de nuestra Eucaristía: hoy oramos por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones.

Presentemos al Señor a nuestros pastores, a los misioneros, a los catequistas y a quienes anuncian la fe en las familias, en las escuelas y a través de los medios de comunicación. Pidamos que sepan escuchar y acompañar, y que transmitan con fidelidad la Palabra. Que una persona que se acerque herida a nuestras comunidades encuentre acogida y ayuda para caminar hacia Cristo.

Al pedir vocaciones, roguemos por quienes sienten la llamada al sacerdocio y a la vida consagrada. Que encuentren personas que los ayuden a discernir con libertad y que tengan generosidad para responder. Oremos también por quienes ya han entregado su vida y atraviesan momentos de soledad o desaliento. Como Pablo, necesitan sentirse sostenidos por la oración y el afecto de sus hermanos.

Cada bautizado participa en esta misión. Un hogar donde se reza y se aprende a perdonar prepara el corazón para escuchar a Dios. Una comunidad que acompaña a sus jóvenes y valora el servicio les ayuda a descubrir que vale la pena entregar la vida por amor.

En esta Eucaristía, Jesús vuelve a reunirnos. Podemos contemplar en sus brazos abiertos en la cruz la plenitud de ese amor que desea acogernos bajo sus alas. Al recibirlo, pidámosle que transforme nuestra manera de tratar a los demás. Su ternura puede pasar por nuestras manos, por nuestras palabras y por el tiempo que dedicamos a quien necesita compañía.

María acogió la llamada de Dios y permaneció fiel junto a la cruz. Le confiamos la misión de la Iglesia y a todos los llamados a servirla. Que nos enseñe a escuchar y a responder con confianza.

Señor Jesús, reúnenos bajo tus alas. Fortalece a quienes anuncian tu Evangelio y renueva a quienes están cansados. Suscita vocaciones y acompaña su crecimiento. Haz de nuestra comunidad un hogar donde se aprenda a creer, a servir y a responder a tu llamada. Amén.

 

2

 

Consolar el Corazón dolorido de Jesús

 

Queridos hermanos:

Hay palabras que permiten asomarse al corazón de quien las pronuncia. Así sucede hoy cuando escuchamos a Jesús: «Jerusalén, Jerusalén… ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos como la gallina reúne a sus polluelos bajo sus alas, y no habéis querido!»

En este lamento descubrimos cuánto nos ama el Señor. Jesús recuerda el rechazo sufrido por los profetas enviados para llamar al pueblo a la fidelidad. Jerusalén, la ciudad del Templo y del culto a Dios, había sido también escenario de violencia contra sus mensajeros. Ahora Jesús camina hacia su propia pasión, consciente del rechazo que encontrará.

Sus palabras expresan una tristeza santa, llena de compasión. También contienen una advertencia seria: rechazar la visita de Dios tiene consecuencias. El amor de Jesús le permite ver la gravedad del pecado y, al mismo tiempo, seguir deseando la salvación de quienes se alejan.

Podemos reconocer aquí el dolor de un padre o de una madre que contempla cómo un hijo toma un camino que le hace daño. Lo han aconsejado, lo han acompañado, le han ofrecido ayuda, pero él se resiste. Cuanto más aman a ese hijo, más les duele verlo perderse. Algo de ese amor nos ayuda a comprender el lamento de Jesús.

«¡Cuántas veces he querido reunirte!» Podemos escuchar estas palabras dirigidas a nosotros. Cuántas veces el Señor nos ha llamado mediante su Palabra, una persona cercana, una invitación a reconciliarnos o esa inquietud de conciencia que nos impulsa a cambiar. Y cuántas veces hemos dejado su llamada para después.

Al examinar nuestros pecados, miremos también el amor al que hemos dejado de responder. Detrás de cada mandamiento está el deseo de Dios de conducirnos a la vida. La mentira rompe la confianza; la injusticia hiere al hermano; el rencor encierra el corazón. Jesús conoce esas heridas y quiere sanarnos.

La devoción al Sagrado Corazón nos invita a responder a ese amor con conversión y reparación. Consolar el Corazón de Jesús significa acoger su misericordia y corresponder a su entrega con una vida que ame. Nuestra fidelidad no aumenta la perfección de Dios; es su gracia la que nos transforma y nos permite agradarle. Cada regreso sincero, cada reconciliación y cada esfuerzo por abandonar el pecado participan de la alegría que el Señor desea compartir con nosotros.

Aquí podemos comprender mejor el don del temor de Dios. El temor al castigo puede ser un comienzo del arrepentimiento. Pensemos en un niño que obedece porque teme una sanción. Sin embargo, el amor puede madurar hasta llevarlo a actuar bien porque reconoce cuánto lo aman sus padres y desea corresponderles.

Así sucede en nuestra relación con Dios. El temor filial nace del amor y del respeto: reconocemos su santidad, confiamos en su bondad y deseamos cuidar nuestra amistad con Él. Nos duele ofender a quien tanto nos ama. Buscamos su voluntad porque hemos descubierto que en ella está nuestro bien.

Este don nos hace humildes y confiados. Nos ayuda a reconocer nuestra fragilidad y a pedir auxilio. Cuando caemos, nos mueve a regresar al Padre. Y cuando debemos elegir, nos recuerda que nuestra vida tiene un valor demasiado grande para entregarla al pecado.

La primera lectura nos muestra cómo sostener esta fidelidad. San Pablo nos invita a buscar nuestra fuerza en el Señor y a revestirnos de las armas que Él nos ofrece. Necesitamos la verdad para reconocer lo que somos; la justicia para tratar dignamente a los demás; la fe para perseverar; la Palabra para orientar nuestras decisiones y la oración para mantenernos unidos a Dios.

Pablo habla también de estar preparados para anunciar el Evangelio de la paz. Esto nos ayuda a comprender el sentido del combate espiritual. Luchamos contra el mal y sus engaños, procurando que nuestro corazón siga siendo capaz de amar a las personas. Podemos corregir un error y, al mismo tiempo, desear sinceramente el bien de quien lo comete.

El salmo recoge nuestra confianza: «Bendito sea el Señor, mi fortaleza». Dios es nuestra roca y nuestro refugio. Cuando descubrimos nuestras debilidades, podemos apoyarnos en Él. Bajo las alas de Jesús encontramos acogida y fuerzas para levantarnos, reparar lo que hemos dañado y volver a caminar.

Al terminar la primera lectura, Pablo pide que oren por él para anunciar el Evangelio con valentía. Esta petición nos introduce en la intención de nuestra Eucaristía: hoy oramos por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones.

Pidamos por nuestros pastores, los misioneros, los catequistas y todos los que comunican la fe. Que conozcan de cerca el Corazón de Jesús y aprendan de Él a mirar a las personas. Quien evangeliza necesita escuchar, acompañar y anunciar la verdad con un amor que se pueda reconocer en sus gestos.

Roguemos también por quienes sienten la llamada al sacerdocio o a la vida consagrada. Que puedan discernirla con libertad y responder generosamente. Presentemos al Señor a quienes ya han consagrado su vida y atraviesan momentos de cansancio. Nuestra oración y nuestra cercanía pueden ayudarles a perseverar.

La compasión de Jesús nos enseña también a mirar a quienes se han alejado de la fe. Podemos llevar sus nombres a la oración, mantener abierta la posibilidad del encuentro y ofrecer un testimonio paciente. El deseo de su conversión debe hacernos más disponibles para acompañarlos.

Hoy, al acercarnos a la Eucaristía, escuchemos de nuevo: «¡Cuántas veces he querido reunirte!». Respondamos con una decisión concreta: buscar el sacramento de la reconciliación, pedir perdón, reparar una injusticia o retomar la oración que hemos abandonado.

María permaneció junto a Jesús en la hora de la cruz. Que ella nos enseñe a acoger su amor y a responder con fidelidad. A su intercesión confiamos la misión de la Iglesia y todas las vocaciones.

Señor compasivo, amas a tus hijos con infinita ternura y deseas que volvamos a ti de todo corazón. Llénanos del don del santo temor, para que evitemos con prontitud y sinceridad cuanto te ofende. Haznos instrumentos de tu Sagrado Corazón, para que, a través de nosotros, otros puedan conocer y experimentar tu amor. Fortalece a quienes anuncian el Evangelio y suscita vocaciones generosas al servicio de tu Iglesia. Jesús, en ti confiamos. Amén.

 

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