Para venir al mundo
(Mc 6, 7-13) Jesús envía a sus discípulos por los caminos, del mismo modo que María se puso en camino para la Visitación. Los envía de dos en dos y los envía pobres, despojados de todo. De todo… excepto de Aquel que ya habita en ellos. Como María, que llevaba en su seno al Dios hecho carne, los discípulos llevan dentro al Señor para entregarlo al mundo.
No cargan provisiones ni seguridades: sólo un bastón —la fe que sostiene el caminar— y unas sandalias —la prontitud para anunciar el Evangelio de la paz—. Salen como sale Dios: confiando, vulnerables, disponibles. Salen para encontrarse con el mundo tal como es y para descubrir, en la experiencia de la misión, la hospitalidad que Dios mismo ha sembrado en el corazón humano.
Colette Hamza, Javiera
(1
Reyes 2, 1-4.10-12) David muere después de una vida de lealtad e
infidelidades a Dios, seguida de muchas conversiones. Sus cuarenta años de
poder sobre su gente le enseñaron una cosa que desea transmitir a su hijo
Salomón: seguir sin descanso los caminos del Señor respetando todo lo que está
escrito en la Ley de Moisés.
Primera lectura
Lectura del primer libro de los Reyes
(2,1-4.10-12):
Estando ya próximo a morir, David hizo estas recomendaciones a su hijo
Salomón: «Yo emprendo el viaje de todos. ¡Ánimo, sé un hombre! Guarda las
consignas del Señor, tu Dios, caminando por sus sendas, guardando sus
preceptos, mandatos, decretos y normas, como están escritos en la ley de
Moisés, para que tengas éxito en todas tus empresas, dondequiera que vayas;
para que el Señor cumpla la promesa que me hizo: "Si tus hijos saben
comportarse, caminando sinceramente en mi presencia, con todo el corazón y con
toda el alma, no te faltará un descendiente en el trono de Israel."»
David fue a reunirse con sus antepasados y lo enterraron en la Ciudad de David.
Reinó en Israel cuarenta años: siete en Hebrón y treinta y tres en Jerusalén.
Salomón le sucedió en el trono, y su reino se consolidó.
Palabra de Dios
Salmo
1Cro 29,10.11ab.11d-12a.12bcd
R/. Tú
eres Señor del universo
Bendito eres, Señor,
Dios de nuestro padre Israel,
por los siglos de los siglos. R/.
Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder,
la gloria, el esplendor, la majestad,
porque tuyo es cuanto hay en cielo y tierra. R/.
Tú eres rey y soberano de todo.
De ti viene la riqueza y la gloria. R/.
Tú eres Señor del universo,
en tu mano está el poder y la fuerza,
tú engrandeces y confortas a todos. R/.
Lectura del santo evangelio según san Marcos
(6,7-13):
En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos,
dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para
el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la
faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto.
Y añadió: «Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel
sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo
de los pies, para probar su culpa.»
Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con
aceite a muchos enfermos y los curaban.
Palabra del Señor
Un
proceso de tres pasos
llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles
autoridad sobre los espíritus inmundos.
Lo primero que conviene destacar en este pasaje es que Jesús “llamó” a los Doce. Este verbo encierra una riqueza que no deberíamos pasar por alto. No se trata simplemente de una convocatoria funcional, como quien reúne a un grupo para dar instrucciones. Jesús los llama para atraerlos hacia Sí, para introducirlos en una relación más profunda con su persona. En ese gesto de llamada, los Apóstoles se encuentran con Él de manera personal, reciben su gracia y su poder, y son transformados desde dentro. Antes de enviarlos, Jesús los hace permanecer con Él.
Desde esa experiencia de comunión, los envía de dos en dos. También este detalle es revelador. Jesús conoce bien nuestra fragilidad humana: sabe que, solos, fácilmente nos desanimamos o fracasamos; en cambio, acompañados por un hermano en la fe, nos fortalecemos. La misión no es una empresa individual ni un heroísmo solitario; es esencialmente comunitaria. Cada discípulo es parte de un cuerpo, y para sostener la misión necesitamos el amor, la cercanía y el apoyo mutuo. Por eso, el envío “de dos en dos” nos recuerda que el combate evangélico se libra siempre en comunión.
Luego está la autoridad que Jesús les confiere, un aspecto que a menudo se comprende de manera limitada. El Señor sabe que el mal y sus fuerzas nos superan con creces, y por eso no nos deja indefensos. Nos concede su propia autoridad, no como un poder mágico o espectacular, sino como una fuerza espiritual profunda, capaz de vencer al maligno en todas sus formas.
Esta autoridad se manifiesta, ante todo, en el poder de la verdadera caridad cristiana. El amor vivido con autenticidad desarma al mal y lo deja sin fuerza. El desinterés, el sacrificio, la humildad, la fe, la verdad y la fidelidad cotidiana son armas poderosísimas en esta lucha. El maligno no sabe cómo responder ante un corazón que ama de verdad. No siempre es necesario entrar en confrontaciones dramáticas: basta amar a Dios y traducir ese amor en la vida diaria. Allí, muchas veces sin notarlo, estamos expulsando demonios y construyendo el Reino. La victoria no depende de nosotros, sino de Dios, porque la misión es suya: Él llama, Él envía y Él actúa.
Por eso, no tengamos miedo de seguir su ejemplo. Hoy estamos invitados a contemplar este proceso en tres momentos que Jesús vivió con los Apóstoles y que desea realizar también en cada uno de nosotros:
-
Él te llama cada día a estar con Él.
-
Él te envía a llevar su amor a los demás.
-
Él te concede la autoridad y la gracia necesarias para cumplir su voluntad.
Ábrete con confianza a este camino y deja que el Señor obre abundantemente en tu vida.
Oración final
Señor Jesús, Tú que me llamas cada día, concédeme el amor, el valor y la fortaleza que necesito para vivir tu designio. Escucho tu llamada y quiero responder con un corazón generoso. Acojo la autoridad de tu gracia en mi vida, para que Tú realices en mí todo lo que deseas.
Jesús, en Ti confío.
Hola hermanito...
ResponderBorrarMuy lindo pasaje, a ve es necesitamos de alguien para fortalecernos.
Dios te bendiga