domingo, 31 de mayo de 2026

1 de junio del 2026: lunes de la novena semana del tiempo ordinario-San Justino, mártir-Memoria

 

 Santo del día:

 San Justino


100-165

Fue uno de los primeros apologistas cristianos. En sus obras estableció un diálogo entre la fe y la razón.

 

Fructificación

(2 Pedro 1,2-7) La segunda carta de Pedro nos invita a tomar conciencia de lo que hemos recibido de Dios por medio de Jesucristo y a establecernos en la gratitud.

Nuestro Dios se ha dado a conocer; nos ha hecho “partícipes de su naturaleza divina”, un misterio que debemos profundizar. A cada uno le corresponde abrirse a este don y hacerlo fructificar, poniéndolo concretamente en práctica en su relación con Dios y con los demás. Esto supone perseverancia en el combate espiritual y trabajo sobre uno mismo.

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura

2 Pe 1, 2-7
Se nos han concedido las preciosas promesas, para que, por medio de ellas, sean partícipes de la naturaleza divina

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pedro.

QUERIDOS hermanos:
A ustedes gracia y paz abundantes por el conocimiento de Dios y de Jesús nuestro Señor.
Pues su poder divino nos ha concedido todo lo que conduce a la vida y a la piedad, mediante el conocimiento del que nos ha llamado con su propia gloria y potencia, con las cuales se nos han concedido las preciosas y sublimes promesas, para que, por medio de ellas, sean partícipes de la naturaleza divina, escapando de la corrupción que reina en el mundo por la ambición; en vista de ello, pongan todo empeño en añadir a su fe la virtud, a la virtud el conocimiento, al conocimiento la templanza, a la templanza la paciencia, a la paciencia la piedad, a la piedad el cariño fraterno, y al cariño fraterno el amor.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 90, 1-2. 14-15ab. 15c-16 (R.: cf. 2b)

R. Dios mío, confío en ti.

V. Tú que habitas al amparo del Altísimo,
que vives a la sombra del Omnipotente,
di al Señor: «Refugio mío, alcázar mío,
Dios mío, confío en ti». 
R.

V. «Se puso junto a mí: lo libraré;
lo protegeré porque conoce mi nombre;
me invocará y lo escucharé.
Con él estaré en la tribulación». 
R.

V. «Lo defenderé, lo glorificaré,
lo saciaré de largos días
y le haré ver mi salvación». 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Jesucristo, eres el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos; nos amaste y nos has librado de nuestros pecados
con tu sangre.
 R.

 

Evangelio

Mc 12, 1-12

Agarrando al hijo amado, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, Jesús se puso a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes, a los escribas y a los ancianos:
«Un hombre plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos. A su tiempo, envió un criado a los labradores, para percibir su tanto del fruto de la viña. Ellos lo agarraron, lo azotaron y lo despidieron con las manos vacías. Les envió de nuevo otro criado; a este lo descalabraron e insultaron. Envió a otro y lo mataron; y a otros muchos, a los que azotaron o los mataron.
Le quedaba uno, su hijo amado. Y lo envió el último, pensando:
“Respetarán a mi hijo”.
Pero los labradores se dijeron:
“Este es el heredero. Venga, lo matamos y será nuestra la herencia”.
Y, agarrándolo, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña.
¿Qué hará el dueño de la viña? Vendrá, hará perecer a los labradores y arrendará la viña a otros.
¿No han leído aquel texto de la Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”?».
Intentaron echarle mano, porque comprendieron que había dicho la parábola por ellos; pero temieron a la gente y, dejándolo allí, se marcharon.

Palabra del Señor.

 

**************

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy nos habla de una realidad muy concreta: la vida no es una propiedad absoluta, sino una viña confiada por Dios. Todo lo que somos, todo lo que tenemos, todo lo que hemos recibido —la fe, la familia, la comunidad, los talentos, el tiempo, la salud, la vocación, incluso las pruebas— es una viña que el Señor ha plantado con amor y que espera ver dar fruto.

En la primera lectura, san Pedro nos recuerda algo impresionante: Dios no solamente nos ha dado mandamientos, normas o enseñanzas. Nos ha dado algo mucho más grande: nos ha hecho partícipes de su naturaleza divina. Es decir, por la gracia, por la fe, por el bautismo, por la vida en Cristo, Dios nos introduce en su propia vida. No somos simples espectadores de lo sagrado; somos invitados a vivir desde dentro la vida de Dios.

Por eso san Pedro nos invita a no quedarnos quietos. Nos dice que añadamos a la fe la virtud; a la virtud, el conocimiento; al conocimiento, el dominio de sí; al dominio de sí, la perseverancia; a la perseverancia, la piedad; a la piedad, el cariño fraterno; y al cariño fraterno, el amor.

Es como una escalera espiritual. La fe no puede quedarse en palabras. La fe debe madurar, debe crecer, debe encarnarse. Una fe que no se vuelve paciencia, servicio, dominio propio, fraternidad y amor, corre el riesgo de convertirse en una fe estéril. Y Dios no quiere una vida estéril. Dios quiere una vida fecunda.

El Evangelio de san Marcos nos presenta la parábola de los viñadores homicidas. Un hombre planta una viña, la cerca, cava un lagar, construye una torre y la arrienda a unos labradores. Luego envía criados para recoger los frutos, pero los labradores los maltratan, los golpean y los matan. Finalmente envía a su hijo amado, pensando: “A mi hijo lo respetarán”. Pero ellos también lo matan.

Esta parábola resume dramáticamente la historia de la salvación. La viña es el pueblo de Dios. Los enviados son los profetas. El hijo amado es Jesucristo. Y los labradores homicidas representan a quienes se adueñan de lo que no les pertenece, a quienes rechazan la voz de Dios, a quienes quieren una religión sin conversión, una fe sin obediencia, una vida sin rendir cuentas.

Pero también esta parábola nos interroga personalmente. Porque cada uno de nosotros ha recibido una viña. Nuestra alma es una viña. Nuestra familia es una viña. Nuestra comunidad parroquial es una viña. Nuestra misión en el mundo es una viña. Y el Señor nos pregunta: ¿qué frutos estoy dando?

No nos pregunta solamente si sabemos cosas de Dios. No nos pregunta solamente si cumplimos externamente. Nos pregunta si estamos dando frutos de justicia, de misericordia, de perdón, de humildad, de caridad, de paciencia, de esperanza.

A veces podemos parecernos a aquellos viñadores cuando vivimos como si la vida fuera solo nuestra. Cuando decimos: “mi tiempo, mis planes, mi dinero, mis gustos, mi voluntad, mi manera de ver las cosas”. Y poco a poco podemos ir sacando a Dios de la viña. Él plantó la viña, pero nosotros queremos administrarla como si Él no tuviera derecho a pedir frutos.

La memoria de San Justino, mártir, ilumina mucho esta Palabra. Justino fue un buscador de la verdad. Antes de ser cristiano recorrió diversas escuelas filosóficas, buscando sentido, buscando sabiduría, buscando una respuesta profunda para la existencia. Y encontró en Cristo la Verdad plena, el Logos, la Palabra eterna de Dios. Desde entonces puso su inteligencia, su palabra y su vida al servicio del Evangelio.

San Justino no fue un cristiano superficial. No vivió una fe cómoda. Defendió la fe con argumentos, con valentía y con coherencia. Y finalmente dio su vida por Cristo. Su martirio fue el fruto maduro de una existencia entregada. Él entendió que la verdad no es una idea para admirar, sino una Persona por la cual vale la pena vivir y morir: Jesucristo.

Hoy, en un mundo donde muchas veces se relativiza todo, donde cada uno quiere fabricar su propia verdad, San Justino nos recuerda que buscar la verdad sinceramente conduce a Dios, y que encontrar a Cristo exige dar frutos concretos. No basta decir: “creo”. Hay que vivir como creyentes. No basta admirar el Evangelio. Hay que dejarse transformar por él.

El salmo 91 nos ofrece una palabra de consuelo: “Tú eres mi refugio y mi alcázar, mi Dios, en quien confío”. Es un salmo de confianza. Nos habla de un Dios que protege, acompaña, escucha y salva. “Se puso junto a mí: lo libraré; lo protegeré porque conoce mi nombre”.

Esta confianza es especialmente importante hoy, cuando oramos por nuestros difuntos. Al celebrar esta Eucaristía, traemos al altar a quienes han partido de este mundo. Los ponemos en las manos de Dios, nuestro refugio. Creemos que la muerte no tiene la última palabra. Creemos que Cristo, el Hijo amado rechazado y crucificado, resucitó y se convirtió en la piedra angular.

La parábola dice: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular”. Eso es Cristo. Rechazado por los hombres, glorificado por el Padre. Crucificado en la viña, resucitado para dar vida eterna. Por eso, cuando oramos por nuestros difuntos, no lo hacemos desde la desesperación, sino desde la esperanza pascual. Los confiamos a Aquel que venció la muerte.

También nuestros difuntos tuvieron una viña. Con sus luces y sombras, con sus luchas y fragilidades, con sus aciertos y pecados, vivieron una historia ante Dios. Hoy pedimos que el Señor purifique lo que haya que purificar, perdone lo que haya que perdonar y lleve a plenitud todo fruto de amor que ellos sembraron en esta vida.

Y al mismo tiempo, la oración por los difuntos nos recuerda que nuestra propia viña no estará para siempre en nuestras manos. Un día también nosotros deberemos presentarnos ante el Dueño de la viña. No para mostrar títulos, posesiones o apariencias, sino frutos. Frutos de amor. Frutos de fe. Frutos de misericordia. Frutos de servicio.

La vida cristiana, como decía el comentario inicial, exige gratitud, perseverancia, combate espiritual y trabajo sobre uno mismo. La santidad no se improvisa. La fecundidad espiritual no aparece de la noche a la mañana. Hay que cultivar la viña: arrancar malezas, podar egoísmos, cuidar la tierra del corazón, regar con la oración, alimentar con la Eucaristía, proteger con la Palabra de Dios.

Cada día el Señor nos envía mensajeros. A veces nos habla por una lectura bíblica, por una homilía, por un pobre, por un enfermo, por una corrección, por una pérdida, por una alegría, por una persona que nos necesita. La pregunta es: ¿escuchamos a esos enviados o los rechazamos? ¿Dejamos que Dios nos pida frutos o nos cerramos en nuestra autosuficiencia?

Hermanos, pidamos hoy una fe fecunda. Una fe que no sea solo devoción externa, sino transformación interior. Una fe que produzca paciencia donde había impaciencia, perdón donde había resentimiento, humildad donde había orgullo, servicio donde había comodidad, esperanza donde había tristeza.

Que San Justino, mártir, interceda por nosotros para que sepamos buscar la verdad, amar la verdad y dar testimonio de la verdad con valentía. Que nuestros difuntos descansen en la paz del Señor, bajo la sombra del Altísimo. Y que nosotros, mientras caminamos todavía en esta vida, sepamos cuidar la viña que Dios nos ha confiado.

Que al final de nuestra jornada, cuando el Dueño de la viña venga a pedirnos cuentas, pueda encontrar en nosotros no violencia, no egoísmo, no esterilidad, sino frutos maduros de amor.

Amén.

 

 

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