Santo del día:
San Bernardino de Siena
1381-1444.
Con sus sermones, este gran predicador franciscano
contribuyó a la conversión de muchos de sus oyentes y propagó la devoción al
santo Nombre de Jesús, simbolizado por las tres letras “IHS”: Jesús,
Salvador de los hombres.
En realidad
(Juan 17, 11b-19) El Jesús del Evangelio de Juan no
tiene nada de un dulce soñador desconectado de la realidad. Él sabe, como el
Jesús de los Evangelios sinópticos, que será causa de división —cf. Mt 10,34—,
porque revela una verdad que incomoda, que obliga a salir de las seguridades
aparentes, a tomar decisiones que no siempre van en la dirección del “espíritu
del mundo”. De ahí surge lo que otros llamarán el combate espiritual: la lucha
para no ceder a las sirenas de la facilidad, del bienestar egoísta, del
encerrarse en uno mismo… Todas estas cosas son obstáculo para la alegría que
Cristo quiere darnos.
Emmanuelle Billoteau, ermite
Primera lectura
Los
encomiendo a Dios, que tiene poder para construirlos y hacerlos partícipes de
la herencia
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
EN aquellos días, dijo Pablo a los presbíteros de la Iglesia de Éfeso:
«Tengan cuidado de ustedes y de todo el rebaño sobre el que el Espíritu Santo
los ha puesto como guardianes para pastorear la Iglesia de Dios, que él se
adquirió con la sangre de su propio Hijo.
Yo sé que, cuando los deje, se meterán entre ustedes lobos feroces, que no
tendrán piedad del rebaño. Incluso de entre ustedes mismos surgirán algunos que
hablarán cosas perversas para arrastrar a los discípulos en pos de sí. Por eso,
estén alerta: acuérdense de que durante tres años, de día y de noche, no he
cesado de aconsejar con lágrimas en los ojos a cada uno en particular.
Ahora los encomiendo a Dios y a la palabra de su gracia, que tiene poder para
construirlos y hacerlos partícipes de la herencia con todos los santificados.
De ninguno he codiciado dinero, oro ni ropa. Bien saben que estas manos han
bastado para cubrir mis necesidades y las de los que están conmigo. Siempre les
he enseñado que es trabajando como se debe socorrer a los necesitados,
recordando las palabras del Señor Jesús, que dijo: “Hay más dicha en dar que en
recibir”».
Cuando terminó de hablar, se puso de rodillas y oró con todos ellos. Entonces
todos comenzaron a llorar y, echándose al cuello de Pablo, lo besaban; lo que
más pena les daba de lo que había dicho era que no volverían a ver su rostro. Y
lo acompañaron hasta la nave.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Reyes
de la tierra, canten a Dios.
O bien:
R. Aleluya.
V. Oh, Dios,
despliega tu poder,
tu poder, oh, Dios, que actúa en favor nuestro.
A tu templo de Jerusalén
traigan los reyes su tributo. R.
V. Reyes
de la tierra, canten a Dios,
toquen para el Señor, toquen para Dios,
que avanza por los cielos, los cielos antiquísimos;
que lanza su voz, su voz poderosa.
«Reconozcan el poder de Dios». R.
V. Sobre
Israel resplandece su majestad,
y su poder sobre las nubes.
¡Dios sea bendito! R.
Aclamación
V. Tu
palabra, Señor, es verdad; santifícanos en la verdad. R.
Evangelio
Que sean uno,
como nosotros
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
EN aquel tiempo, levantando los ojos al cielo, oró Jesús diciendo:
«Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno,
como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me
diste, y los custodiaba, y ninguno se perdió, sino el hijo de la perdición,
para que se cumpliera la Escritura. Ahora voy a ti, y digo esto en el mundo
para que tengan en sí mismos mi alegría cumplida.
Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo,
como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los
guardes del maligno. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.
Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo,
así yo los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para
que también ellos sean santificados en la verdad».
Palabra del Señor.
1
Queridos
hermanos:
La
Palabra de Dios de este miércoles de la séptima semana de Pascua nos pone ante
un tema muy profundo: la
Iglesia vive en medio del mundo, pero no pertenece al espíritu del mundo.
Jesús no quiere discípulos escapistas, personas que huyan de la realidad,
encerradas en una espiritualidad cómoda. Jesús ora al Padre no para que nos
saque del mundo, sino para que nos guarde del Maligno: “No te ruego que los
retires del mundo, sino que los guardes del maligno”.
Esto
es muy importante. A veces uno quisiera que la fe fuera una especie de refugio
donde nada duele, donde no hay problemas, donde no existen conflictos,
enfermedades, cansancios ni luchas. Pero Jesús nunca prometió una vida sin
pruebas. Lo que Él prometió fue su presencia, su verdad, su alegría y su
protección en medio de las pruebas.
En
el Evangelio, Jesús está despidiéndose de sus discípulos. Sabe que ellos
quedarán expuestos a muchas dificultades. Sabe que el mundo no siempre recibirá
con agrado la verdad del Evangelio. La verdad de Cristo incomoda porque nos
saca de la mediocridad, nos pide amar cuando preferiríamos encerrarnos,
perdonar cuando quisiéramos vengarnos, servir cuando quisiéramos ser servidos,
confiar cuando todo parece oscuro.
Por
eso Jesús dice: “Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad”. La santidad
cristiana no consiste en vivir fuera de la realidad, sino en vivir la realidad
desde Dios. El cristiano no niega el dolor, no niega la enfermedad, no niega la
fragilidad humana. Pero tampoco se deja vencer por ellas. La fe nos enseña a
mirar la vida con los ojos de Cristo.
También
san Pablo, en la primera lectura, se despide de los presbíteros de Éfeso. Sus
palabras tienen tono de testamento espiritual. Les dice: “Tengan cuidado de
ustedes y de todo el rebaño”. Pablo sabe que vendrán dificultades, que
aparecerán lobos rapaces, que habrá peligros externos e internos. Pero no deja
a la comunidad abandonada al miedo. La encomienda a Dios y a la palabra de su
gracia.
Qué
hermoso mensaje para nosotros: la
Iglesia no se sostiene por nuestras fuerzas humanas, sino por la gracia de Dios.
Los pastores, las comunidades, las familias, los enfermos, los ancianos, los
que sufren en silencio, todos estamos sostenidos por esa gracia que no
abandona.
Hoy
queremos orar especialmente por nuestros hermanos enfermos. La enfermedad es
una de esas realidades donde se vive un verdadero combate espiritual. El cuerpo
duele, el ánimo se debilita, la paciencia se agota, la esperanza puede
tambalear. Pero precisamente allí, en la fragilidad, Cristo ora por nosotros.
Jesús no mira al enfermo desde lejos: lo acompaña, lo sostiene, lo santifica en
la verdad de su amor.
El
Salmo nos recuerda que Dios es fuerza para su pueblo. Él da vigor al cansado,
levanta al caído, acompaña al que se siente solo. Por eso, cuando oramos por
los enfermos, no pedimos solamente salud física, aunque también la pedimos con
fe. Pedimos además fortaleza interior, paz del alma, paciencia, compañía,
consuelo y esperanza.
Pidamos
hoy al Señor que nos libre del espíritu del mundo: de la indiferencia, del
egoísmo, de la comodidad que nos vuelve insensibles. Y pidámosle que nos dé un
corazón semejante al suyo, capaz de cuidar, acompañar y sostener a quienes
sufren.
Que
María, Madre de la Iglesia y salud de los enfermos, acompañe a nuestros
hermanos que padecen en el cuerpo y en el alma. Y que Jesús, que oró por sus
discípulos en la hora difícil, siga orando por nosotros ante el Padre.
Amén.
2
Queridos
hermanos:
Estamos
en los últimos días del tiempo pascual, acercándonos a Pentecostés. La Iglesia
nos invita a contemplar a Jesús que ora por sus discípulos antes de su pasión.
No ora solamente por los apóstoles de aquel tiempo; ora también por nosotros,
por la Iglesia de hoy, por nuestras comunidades, por nuestras familias, por
quienes anuncian el Evangelio, por quienes sufren, por quienes sienten el peso
de la soledad o de la prueba.
En
el Evangelio escuchamos una petición hermosa y profunda: “Padre santo, guárdalos en tu nombre, a
los que me has dado, para que sean uno, como nosotros”.
Jesús
pide al Padre que nos guarde “en su nombre”. En la Biblia, el nombre no es
solamente una palabra para identificar a alguien. El nombre expresa la
identidad, la presencia, la autoridad y la misión de una persona. Cuando Dios
revela su nombre a Moisés en la zarza ardiente, dice: “Yo soy el que soy”. Es
decir, Dios es el que existe desde siempre, el que sostiene la historia, el que
acompaña a su pueblo, el que no abandona.
Y
en el Evangelio de Juan, Jesús se presenta muchas veces con esa expresión
divina: “Yo soy”.
“Yo soy el pan de vida”, “Yo soy la luz del mundo”, “Yo soy el buen pastor”,
“Yo soy el camino, la verdad y la vida”, “Antes de que Abrahán existiera, Yo
soy”. Jesús no es simplemente un maestro sabio ni un líder religioso admirable.
Jesús es el Hijo eterno del Padre, Dios hecho hombre, el rostro visible del
Dios invisible.
Por
eso, cuando Jesús ora para que seamos guardados en el nombre del Padre, está
pidiendo que nuestra vida quede sostenida por Dios, protegida por su amor,
iluminada por su verdad y orientada hacia la unidad. Nuestra verdadera
identidad no está en el prestigio, en el dinero, en los cargos, en los títulos,
en la fama ni en las apariencias. Nuestra identidad más profunda está en Dios:
somos hijos en el Hijo, llamados a vivir en comunión con Él.
Pero
Jesús no pide que seamos sacados del mundo. Dice claramente: “No ruego que los retires del mundo,
sino que los guardes del maligno”. El cristiano no es alguien
que huye de la realidad. El cristiano vive en medio del mundo, con sus
conflictos, tentaciones, heridas y desafíos, pero no se deja dominar por el
espíritu del mundo. No se deja gobernar por el egoísmo, la mentira, la
división, la ambición o la indiferencia.
Aquí
se entiende también la primera lectura. San Pablo se despide de los presbíteros
de Éfeso con palabras llenas de afecto y responsabilidad: “Tengan cuidado de ustedes y de todo el
rebaño”. Pablo sabe que la comunidad cristiana va a enfrentar
peligros. Habla incluso de “lobos feroces” que pueden dispersar el rebaño. Por
eso recomienda vigilancia, fidelidad y entrega.
Estas
palabras son muy actuales. También hoy la Iglesia necesita pastores vigilantes,
comunidades maduras, cristianos firmes en la fe y humildes en el servicio. No
podemos cuidar a los demás si no cuidamos primero nuestra propia unión con
Cristo. No podemos anunciar el Evangelio si dejamos que nuestro corazón se
enfríe. No podemos construir unidad si vivimos alimentando divisiones, críticas
destructivas o rivalidades.
San
Pablo nos deja además una frase preciosa de Jesús: “Hay más dicha en dar que en recibir”.
Esa frase resume el corazón del Evangelio. La verdadera alegría no nace de
poseer más, sino de amar más. No nace de encerrarnos en nosotros mismos, sino
de entregarnos. No nace de defender nuestro pequeño mundo personal, sino de
abrir la vida a Dios y a los hermanos.
Hoy
celebramos también la memoria libre de San
Bernardino de Siena, gran predicador franciscano del siglo XV.
Él fue un apasionado del santo Nombre de Jesús. Propagó la devoción al
monograma IHS,
signo del Nombre de Jesús, Salvador de los hombres. Su predicación buscaba
renovar la vida cristiana, llamar a la conversión, sanar divisiones y llevar a
todos a poner a Cristo en el centro.
Qué
providencial resulta esta memoria en el día en que el Evangelio nos habla del
nombre de Dios. San Bernardino entendió que el Nombre de Jesús no es un adorno
piadoso ni una simple fórmula religiosa. El Nombre de Jesús es salvación,
consuelo, fuerza, esperanza. Invocar el Nombre de Jesús es poner nuestra vida
bajo su señorío; es reconocer que no nos pertenecemos a nosotros mismos, sino
que somos de Cristo.
Por
eso, en medio de nuestras luchas, podemos decir con fe: Jesús, guárdame en tu nombre. Jesús,
santifícame en la verdad. Jesús, hazme instrumento de unidad. Jesús, no
permitas que el mal venza en mi corazón.
El
Salmo nos recuerda que Dios da fuerza y poder a su pueblo. Esta es una palabra
de ánimo para todos, especialmente para quienes se sienten cansados, enfermos,
débiles o probados. La oración de Jesús sigue viva. Cristo sigue intercediendo
por nosotros ante el Padre. No caminamos solos. La Iglesia no camina sola.
Nuestras comunidades no caminan solas. La gracia de Dios nos sostiene.
Pidamos
hoy al Señor tres gracias.
Primero,
vivir nuestra identidad en
Dios. Que no olvidemos que somos hijos amados, consagrados por
la verdad y llamados a la santidad.
Segundo,
permanecer unidos.
Jesús pidió que fuéramos uno. La división es una herida en el Cuerpo de Cristo.
La unidad no significa pensar todos exactamente igual, sino vivir todos desde
el mismo amor, la misma fe y la misma misión.
Tercero,
actuar en el Nombre de
Jesús. Que nuestras palabras, decisiones, trabajos,
sufrimientos y servicios lleven la marca de Cristo. Que no anunciemos nuestro
ego, sino su Evangelio. Que no busquemos nuestra gloria, sino la gloria de
Dios.
Que
San Bernardino de Siena nos ayude a amar, invocar y honrar el santo Nombre de
Jesús. Y que María, Madre de la Iglesia, nos enseñe a permanecer unidos a
Cristo, para vivir en el mundo sin pertenecer al espíritu del mundo.
Que
así sea.

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