martes, 19 de mayo de 2026

20 de mayo del 2026: miércoles de la séptima semana de Pascua- San Bernardino de Siena, presbítero-Memoria libre

 

Santo del día:

San Bernardino de Siena

1381-1444.

Con sus sermones, este gran predicador franciscano contribuyó a la conversión de muchos de sus oyentes y propagó la devoción al santo Nombre de Jesús, simbolizado por las tres letras “IHS”: Jesús, Salvador de los hombres.

 

 

En realidad

(Juan 17, 11b-19) El Jesús del Evangelio de Juan no tiene nada de un dulce soñador desconectado de la realidad. Él sabe, como el Jesús de los Evangelios sinópticos, que será causa de división —cf. Mt 10,34—, porque revela una verdad que incomoda, que obliga a salir de las seguridades aparentes, a tomar decisiones que no siempre van en la dirección del “espíritu del mundo”. De ahí surge lo que otros llamarán el combate espiritual: la lucha para no ceder a las sirenas de la facilidad, del bienestar egoísta, del encerrarse en uno mismo… Todas estas cosas son obstáculo para la alegría que Cristo quiere darnos.

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura

Hch 20, 28-38
Los encomiendo a Dios, que tiene poder para construirlos y hacerlos partícipes de la herencia

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, dijo Pablo a los presbíteros de la Iglesia de Éfeso:
«Tengan cuidado de ustedes y de todo el rebaño sobre el que el Espíritu Santo los ha puesto como guardianes para pastorear la Iglesia de Dios, que él se adquirió con la sangre de su propio Hijo.
Yo sé que, cuando los deje, se meterán entre ustedes lobos feroces, que no tendrán piedad del rebaño. Incluso de entre ustedes mismos surgirán algunos que hablarán cosas perversas para arrastrar a los discípulos en pos de sí. Por eso, estén alerta: acuérdense de que durante tres años, de día y de noche, no he cesado de aconsejar con lágrimas en los ojos a cada uno en particular.
Ahora los encomiendo a Dios y a la palabra de su gracia, que tiene poder para construirlos y hacerlos partícipes de la herencia con todos los santificados. De ninguno he codiciado dinero, oro ni ropa. Bien saben que estas manos han bastado para cubrir mis necesidades y las de los que están conmigo. Siempre les he enseñado que es trabajando como se debe socorrer a los necesitados, recordando las palabras del Señor Jesús, que dijo: “Hay más dicha en dar que en recibir”».
Cuando terminó de hablar, se puso de rodillas y oró con todos ellos. Entonces todos comenzaron a llorar y, echándose al cuello de Pablo, lo besaban; lo que más pena les daba de lo que había dicho era que no volverían a ver su rostro. Y lo acompañaron hasta la nave.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 67, 29-30. 33-35a. 35bc y 36d (R.: 33a)

R. Reyes de la tierra, canten a Dios.

O bien:

R. Aleluya.

V. Oh, Dios, despliega tu poder,
tu poder, oh, Dios, que actúa en favor nuestro.
A tu templo de Jerusalén
traigan los reyes su tributo. 
R.

V. Reyes de la tierra, canten a Dios,
toquen para el Señor, toquen para Dios,
que avanza por los cielos, los cielos antiquísimos;
que lanza su voz, su voz poderosa.
«Reconozcan el poder de Dios». 
R.

V. Sobre Israel resplandece su majestad,
y su poder sobre las nubes.
¡Dios sea bendito! 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Tu palabra, Señor, es verdad; santifícanos en la verdad. R.

 

Evangelio

Jn 17, 11b-19

Que sean uno, como nosotros

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, levantando los ojos al cielo, oró Jesús diciendo:
«Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste, y los custodiaba, y ninguno se perdió, sino el hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura. Ahora voy a ti, y digo esto en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría cumplida.
Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.
Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este miércoles de la séptima semana de Pascua nos pone ante un tema muy profundo: la Iglesia vive en medio del mundo, pero no pertenece al espíritu del mundo. Jesús no quiere discípulos escapistas, personas que huyan de la realidad, encerradas en una espiritualidad cómoda. Jesús ora al Padre no para que nos saque del mundo, sino para que nos guarde del Maligno: “No te ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno”.

Esto es muy importante. A veces uno quisiera que la fe fuera una especie de refugio donde nada duele, donde no hay problemas, donde no existen conflictos, enfermedades, cansancios ni luchas. Pero Jesús nunca prometió una vida sin pruebas. Lo que Él prometió fue su presencia, su verdad, su alegría y su protección en medio de las pruebas.

En el Evangelio, Jesús está despidiéndose de sus discípulos. Sabe que ellos quedarán expuestos a muchas dificultades. Sabe que el mundo no siempre recibirá con agrado la verdad del Evangelio. La verdad de Cristo incomoda porque nos saca de la mediocridad, nos pide amar cuando preferiríamos encerrarnos, perdonar cuando quisiéramos vengarnos, servir cuando quisiéramos ser servidos, confiar cuando todo parece oscuro.

Por eso Jesús dice: “Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad”. La santidad cristiana no consiste en vivir fuera de la realidad, sino en vivir la realidad desde Dios. El cristiano no niega el dolor, no niega la enfermedad, no niega la fragilidad humana. Pero tampoco se deja vencer por ellas. La fe nos enseña a mirar la vida con los ojos de Cristo.

También san Pablo, en la primera lectura, se despide de los presbíteros de Éfeso. Sus palabras tienen tono de testamento espiritual. Les dice: “Tengan cuidado de ustedes y de todo el rebaño”. Pablo sabe que vendrán dificultades, que aparecerán lobos rapaces, que habrá peligros externos e internos. Pero no deja a la comunidad abandonada al miedo. La encomienda a Dios y a la palabra de su gracia.

Qué hermoso mensaje para nosotros: la Iglesia no se sostiene por nuestras fuerzas humanas, sino por la gracia de Dios. Los pastores, las comunidades, las familias, los enfermos, los ancianos, los que sufren en silencio, todos estamos sostenidos por esa gracia que no abandona.

Hoy queremos orar especialmente por nuestros hermanos enfermos. La enfermedad es una de esas realidades donde se vive un verdadero combate espiritual. El cuerpo duele, el ánimo se debilita, la paciencia se agota, la esperanza puede tambalear. Pero precisamente allí, en la fragilidad, Cristo ora por nosotros. Jesús no mira al enfermo desde lejos: lo acompaña, lo sostiene, lo santifica en la verdad de su amor.

El Salmo nos recuerda que Dios es fuerza para su pueblo. Él da vigor al cansado, levanta al caído, acompaña al que se siente solo. Por eso, cuando oramos por los enfermos, no pedimos solamente salud física, aunque también la pedimos con fe. Pedimos además fortaleza interior, paz del alma, paciencia, compañía, consuelo y esperanza.

Pidamos hoy al Señor que nos libre del espíritu del mundo: de la indiferencia, del egoísmo, de la comodidad que nos vuelve insensibles. Y pidámosle que nos dé un corazón semejante al suyo, capaz de cuidar, acompañar y sostener a quienes sufren.

Que María, Madre de la Iglesia y salud de los enfermos, acompañe a nuestros hermanos que padecen en el cuerpo y en el alma. Y que Jesús, que oró por sus discípulos en la hora difícil, siga orando por nosotros ante el Padre.

Amén.

 

2

 

Queridos hermanos:

Estamos en los últimos días del tiempo pascual, acercándonos a Pentecostés. La Iglesia nos invita a contemplar a Jesús que ora por sus discípulos antes de su pasión. No ora solamente por los apóstoles de aquel tiempo; ora también por nosotros, por la Iglesia de hoy, por nuestras comunidades, por nuestras familias, por quienes anuncian el Evangelio, por quienes sufren, por quienes sienten el peso de la soledad o de la prueba.

En el Evangelio escuchamos una petición hermosa y profunda: “Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros”.

Jesús pide al Padre que nos guarde “en su nombre”. En la Biblia, el nombre no es solamente una palabra para identificar a alguien. El nombre expresa la identidad, la presencia, la autoridad y la misión de una persona. Cuando Dios revela su nombre a Moisés en la zarza ardiente, dice: “Yo soy el que soy”. Es decir, Dios es el que existe desde siempre, el que sostiene la historia, el que acompaña a su pueblo, el que no abandona.

Y en el Evangelio de Juan, Jesús se presenta muchas veces con esa expresión divina: “Yo soy”. “Yo soy el pan de vida”, “Yo soy la luz del mundo”, “Yo soy el buen pastor”, “Yo soy el camino, la verdad y la vida”, “Antes de que Abrahán existiera, Yo soy”. Jesús no es simplemente un maestro sabio ni un líder religioso admirable. Jesús es el Hijo eterno del Padre, Dios hecho hombre, el rostro visible del Dios invisible.

Por eso, cuando Jesús ora para que seamos guardados en el nombre del Padre, está pidiendo que nuestra vida quede sostenida por Dios, protegida por su amor, iluminada por su verdad y orientada hacia la unidad. Nuestra verdadera identidad no está en el prestigio, en el dinero, en los cargos, en los títulos, en la fama ni en las apariencias. Nuestra identidad más profunda está en Dios: somos hijos en el Hijo, llamados a vivir en comunión con Él.

Pero Jesús no pide que seamos sacados del mundo. Dice claramente: “No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno”. El cristiano no es alguien que huye de la realidad. El cristiano vive en medio del mundo, con sus conflictos, tentaciones, heridas y desafíos, pero no se deja dominar por el espíritu del mundo. No se deja gobernar por el egoísmo, la mentira, la división, la ambición o la indiferencia.

Aquí se entiende también la primera lectura. San Pablo se despide de los presbíteros de Éfeso con palabras llenas de afecto y responsabilidad: “Tengan cuidado de ustedes y de todo el rebaño”. Pablo sabe que la comunidad cristiana va a enfrentar peligros. Habla incluso de “lobos feroces” que pueden dispersar el rebaño. Por eso recomienda vigilancia, fidelidad y entrega.

Estas palabras son muy actuales. También hoy la Iglesia necesita pastores vigilantes, comunidades maduras, cristianos firmes en la fe y humildes en el servicio. No podemos cuidar a los demás si no cuidamos primero nuestra propia unión con Cristo. No podemos anunciar el Evangelio si dejamos que nuestro corazón se enfríe. No podemos construir unidad si vivimos alimentando divisiones, críticas destructivas o rivalidades.

San Pablo nos deja además una frase preciosa de Jesús: “Hay más dicha en dar que en recibir”. Esa frase resume el corazón del Evangelio. La verdadera alegría no nace de poseer más, sino de amar más. No nace de encerrarnos en nosotros mismos, sino de entregarnos. No nace de defender nuestro pequeño mundo personal, sino de abrir la vida a Dios y a los hermanos.

Hoy celebramos también la memoria libre de San Bernardino de Siena, gran predicador franciscano del siglo XV. Él fue un apasionado del santo Nombre de Jesús. Propagó la devoción al monograma IHS, signo del Nombre de Jesús, Salvador de los hombres. Su predicación buscaba renovar la vida cristiana, llamar a la conversión, sanar divisiones y llevar a todos a poner a Cristo en el centro.

Qué providencial resulta esta memoria en el día en que el Evangelio nos habla del nombre de Dios. San Bernardino entendió que el Nombre de Jesús no es un adorno piadoso ni una simple fórmula religiosa. El Nombre de Jesús es salvación, consuelo, fuerza, esperanza. Invocar el Nombre de Jesús es poner nuestra vida bajo su señorío; es reconocer que no nos pertenecemos a nosotros mismos, sino que somos de Cristo.

Por eso, en medio de nuestras luchas, podemos decir con fe: Jesús, guárdame en tu nombre. Jesús, santifícame en la verdad. Jesús, hazme instrumento de unidad. Jesús, no permitas que el mal venza en mi corazón.

El Salmo nos recuerda que Dios da fuerza y poder a su pueblo. Esta es una palabra de ánimo para todos, especialmente para quienes se sienten cansados, enfermos, débiles o probados. La oración de Jesús sigue viva. Cristo sigue intercediendo por nosotros ante el Padre. No caminamos solos. La Iglesia no camina sola. Nuestras comunidades no caminan solas. La gracia de Dios nos sostiene.

Pidamos hoy al Señor tres gracias.

Primero, vivir nuestra identidad en Dios. Que no olvidemos que somos hijos amados, consagrados por la verdad y llamados a la santidad.

Segundo, permanecer unidos. Jesús pidió que fuéramos uno. La división es una herida en el Cuerpo de Cristo. La unidad no significa pensar todos exactamente igual, sino vivir todos desde el mismo amor, la misma fe y la misma misión.

Tercero, actuar en el Nombre de Jesús. Que nuestras palabras, decisiones, trabajos, sufrimientos y servicios lleven la marca de Cristo. Que no anunciemos nuestro ego, sino su Evangelio. Que no busquemos nuestra gloria, sino la gloria de Dios.

Que San Bernardino de Siena nos ayude a amar, invocar y honrar el santo Nombre de Jesús. Y que María, Madre de la Iglesia, nos enseñe a permanecer unidos a Cristo, para vivir en el mundo sin pertenecer al espíritu del mundo.

Que así sea.

 

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