lunes, 18 de mayo de 2026

19 de mayo del 2026: martes de la séptima semana de Pascua

 

El Padre está con Jesús

(Juan 17, 1-11a) Sabemos que, a pesar de las debilidades de sus amigos y de las nuestras, Jesús no está solo, “porque el Padre está con Él” (cf. Jn 16). Esa presencia la honra Jesús, como lo testimonia su oración por sí mismo y por aquellos que el Padre le ha dado.

Ora por sí mismo, porque la perspectiva de la Cruz es motivo de turbación (cf. Jn 12), aunque Él ha elegido libremente ir hasta el extremo del don de sí. Jesús sabe que en su corazón habita un deseo profundo: la glorificación del Padre, que pasa por su propia glorificación, y la vida eterna para toda carne.

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura

Hch 20, 17-27
Completo mi carrera y consumo el ministerio que recibí del Señor Jesús

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, Pablo, desde Mileto, envió recado a Éfeso para que vinieran los presbíteros de la Iglesia. Cuando se presentaron, les dijo:
«Ustedes han comprobado cómo he procedido con ustedes todo el tiempo que he estado aquí, desde el primer día en que puse el pie en Asia, sirviendo al Señor con toda humildad, con lágrimas y en medio de las pruebas que me sobrevinieron por las maquinaciones de los judíos; cómo no he omitido por miedo nada de cuanto les pudiera aprovechar, predicando y enseñando en público y en privado, dando solemne testimonio tanto a judíos como a griegos, para que se convirtieran a Dios y creyeran en nuestro Señor Jesús.
Y ahora, miren, me dirijo a Jerusalén, encadenado por el Espíritu.
No sé lo que me pasará allí, salvo que el Espíritu Santo, de ciudad en ciudad, me da testimonio de que me aguardan cadenas y tribulaciones. Pero a mí no me importa la vida, sino completar mi carrera y consumar el ministerio que recibí del Señor Jesús: ser testigo del Evangelio de la gracia de Dios.
Y ahora, miren: sé que ninguno de ustedes, entre quienes he pasado predicando el reino, volverá a ver mi rostro. Por eso testifico en el día de hoy que estoy limpio de la sangre de todos: pues no tuve miedo de anunciarles enteramente el plan de Dios».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 67, 10-11. 20-21 (R.: 33a)

R. Reyes de la tierra, canten a Dios.

O bien:

R. Aleluya.

V. Derramaste en tu heredad, oh, Dios, una lluvia copiosa,
aliviaste la tierra extenuada;
y tu rebaño habitó en la tierra
que tu bondad, oh, Dios,
preparó para los pobres. 
R.

V. Bendito el Señor cada día,
Dios lleva nuestras cargas, es nuestra salvación.
Nuestro Dios es un Dios que salva,
el Señor Dios nos hace escapar de la muerte. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Le pediré al Padre que les dé otro Paráclito, que esté siempre con ustedes. R

 

Evangelio

Jn 17, 1-11a

Padre, glorifica a tu Hijo

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, levantando los ojos al cielo, dijo Jesús:
«Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a todos los que le has dado. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo.
Yo te he glorificado sobre la tierra, he llevado a cabo la obra que me encomendaste. Y ahora, Padre, glorifícame junto a ti, con la gloria que yo tenía junto a ti antes que el mundo existiese.
He manifestado tu nombre a los que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado.
Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por estos que tú me diste, porque son tuyos. Y todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos:

Estamos ya en los días finales del tiempo pascual, acercándonos a Pentecostés. La liturgia nos va preparando para recibir nuevamente el don del Espíritu Santo, y hoy nos pone delante dos grandes despedidas: la despedida de Pablo a los presbíteros de Éfeso, en la primera lectura, y la oración de Jesús antes de su Pasión, en el Evangelio.

En ambas escenas hay emoción, profundidad y entrega. San Pablo sabe que su camino no será fácil. Les dice a los responsables de la comunidad que ha servido al Señor “con toda humildad, entre lágrimas y pruebas”. No se presenta como un funcionario religioso, sino como un testigo apasionado del Evangelio. Pablo no se reservó nada. Predicó, enseñó, acompañó, sufrió y se gastó por la causa de Cristo. Por eso puede decir: “No me siento responsable de la sangre de ninguno, pues no tuve miedo de anunciarles enteramente el plan de Dios”.

¡Qué bella conciencia pastoral! Pablo no vivió para sí mismo. Vivió para cumplir la misión que recibió del Señor Jesús: dar testimonio del Evangelio de la gracia de Dios.

Y en el Evangelio encontramos a Jesús levantando los ojos al cielo y orando al Padre. No es una oración cualquiera. Es la llamada oración sacerdotal de Jesús. Él ora en la hora decisiva, cuando se acerca la cruz. Pero no ora con desesperación, sino con confianza. Sabe que no está solo. El Padre está con Él. Y aunque se aproxima el sufrimiento, Jesús contempla la cruz como el lugar donde se revelará el amor más grande.

“Padre, ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique”. Para el mundo, la cruz parece fracaso; para Dios, es glorificación. Para el mundo, perder la vida parece derrota; para Jesús, entregarla por amor es el camino de la vida eterna.

Aquí está el centro del mensaje de hoy: la vida cristiana solo tiene sentido cuando se convierte en entrega. Jesús se entrega al Padre y a la humanidad. Pablo se entrega al Evangelio y a la Iglesia. Y nosotros estamos llamados a preguntarnos: ¿a quién estoy entregando mi vida?, ¿qué lugar ocupa Dios en mis decisiones?, ¿vivo solamente para mis intereses o también para servir, acompañar y sostener a otros?

Hoy oramos especialmente por nuestros benefactores. Ellos, de muchas maneras, nos recuerdan que la vida cristiana también se expresa en la generosidad concreta. Hay personas que tal vez no aparecen en público, que no ocupan lugares visibles, que no buscan aplausos, pero sostienen silenciosamente la obra de Dios: con su oración, con su tiempo, con su ayuda material, con su cercanía, con una palabra de ánimo, con una colaboración humilde y fiel.

Los benefactores son, muchas veces, como esas lluvias abundantes de las que habla el salmo: “Derramaste en tu heredad, oh Dios, una lluvia copiosa”. Dios sostiene a su pueblo también a través de corazones generosos. Cuando alguien ayuda una obra evangelizadora, cuando apoya una comunidad, cuando comparte lo que tiene para que el bien se extienda, está participando de esa lógica pascual de Jesús: dar vida, servir, entregarse.

Pero la Palabra también nos recuerda algo importante: todo bien verdadero nace de Dios y vuelve a Dios. Jesús no busca su propia gloria desligada del Padre. Pablo no busca reconocimiento personal. El benefactor cristiano tampoco da para alimentar vanidades, sino para colaborar con la obra de Dios. La generosidad, cuando es evangélica, se vuelve oración hecha gesto.

Pidamos hoy tres gracias.

Primero, la gracia de vivir unidos al Padre, como Jesús. Que en medio de las pruebas no olvidemos que no estamos solos.

Segundo, la gracia de cumplir nuestra misión con fidelidad, como Pablo. Que no tengamos miedo de anunciar el Evangelio entero, con palabras y con obras.

Y tercero, la gracia de agradecer. Agradecer a Dios por quienes nos ayudan, nos sostienen y nos acompañan en el camino. Que nuestros benefactores reciban del Señor abundancia de bendiciones, salud, paz, fortaleza espiritual y, sobre todo, la alegría de saber que todo bien hecho por amor queda guardado en el corazón de Dios.

Que esta Eucaristía sea hoy acción de gracias por ellos. Y que nosotros también aprendamos a ser benefactores de otros: no solo con dinero, sino con fe, tiempo, escucha, oración, servicio y amor.

Amén.

 

2

 

 

La verdadera gloria no la da el mundo, la da el Padre

 

Queridos hermanos:

En estos días finales del tiempo pascual, la liturgia nos introduce en un clima de despedida, de testamento espiritual y de preparación para Pentecostés. Hoy escuchamos dos escenas profundamente conmovedoras: san Pablo despidiéndose de los presbíteros de Éfeso, y Jesús orando al Padre antes de entrar en su Pasión.

En la primera lectura, Pablo se presenta como un servidor probado. Les recuerda a los responsables de la comunidad que ha servido al Señor “con toda humildad, entre lágrimas y pruebas”. No habla como quien presume de sus logros, sino como quien sabe que su vida ha sido gastada por el Evangelio. Pablo no busca aplausos, prestigio ni reconocimiento humano. Su gloria no está en ser admirado, sino en haber sido fiel a la misión recibida: “dar testimonio del Evangelio de la gracia de Dios”.

Esta palabra nos prepara para comprender mejor el Evangelio. Jesús, levantando los ojos al cielo, dice: “Padre, ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique”. Humanamente, esa hora es la hora de la cruz, del abandono, del sufrimiento, de la aparente derrota. Pero para Jesús, esa hora es también la hora de la gloria.

Aquí aparece una gran enseñanza cristiana: la gloria de Dios no se parece a la gloria del mundo.

El mundo entiende la gloria como fama, poder, éxito, reconocimiento, aplauso, imagen pública, superioridad sobre los demás. Es la tentación de querer ser vistos, admirados, valorados por lo que aparentamos. Esa gloria mundana puede seducirnos. Incluso en la vida religiosa, pastoral, familiar o comunitaria, podemos caer en la tentación de hacer el bien buscando que nos miren, que nos agradezcan, que nos aplaudan o que nos consideren indispensables.

Pero Jesús nos muestra otra gloria: la gloria de amar hasta el extremo. La gloria de obedecer al Padre. La gloria de servir. La gloria de entregarse sin reservarse nada. La gloria de la cruz.

Por eso, cuando Jesús dice: “Yo he sido glorificado en ellos”, está hablando de sus discípulos, de aquellos que el Padre le ha confiado. Jesús es glorificado en quienes creen en Él, en quienes viven su Palabra, en quienes continúan su misión. La gloria de Cristo se manifiesta cuando un cristiano ama de verdad, cuando perdona, cuando sirve, cuando anuncia el Evangelio, cuando permanece fiel en medio de las pruebas.

Se ha dicho que el pecado suele brotar de tres fuentes: la carne, el mundo y el demonio. La carne representa nuestras pasiones desordenadas; el demonio, la mentira que nos aparta de Dios; y el mundo, esa mentalidad que nos hace buscar una gloria falsa, pasajera, vacía. Frente a la carne necesitamos templanza; frente al demonio, discernimiento y fidelidad a la voz de Dios; frente al mundo, necesitamos buscar la verdadera gloria: la que viene del Padre.

Y esa verdadera gloria se alcanza por el camino de Jesús: entrega, sacrificio, humildad, servicio, amor fiel.

San Pablo entendió esto muy bien. Él no mide su vida por los honores recibidos, sino por la fidelidad al Evangelio. Sabe que le esperan persecuciones y dificultades, pero puede decir: “No me importa la vida, sino completar mi carrera y cumplir el ministerio que recibí del Señor Jesús”. ¡Qué frase tan fuerte! Pablo no está despreciando la vida; está diciendo que la vida solo alcanza su plenitud cuando se entrega a una misión que vale más que uno mismo.

El salmo también ilumina esta verdad: “Bendito sea el Señor cada día; Dios lleva nuestras cargas, es nuestra salvación”. La gloria verdadera no nace de la autosuficiencia. Nace de dejarnos sostener por Dios. El creyente no camina solo. Dios carga con nosotros, nos levanta, nos fortalece, nos conduce hacia la vida.

Por eso, en este martes de la séptima semana de Pascua, podríamos preguntarnos: ¿qué gloria estoy buscando? ¿La gloria de quedar bien ante los demás o la gloria de agradar al Padre? ¿La gloria de ser reconocido o la gloria de servir en silencio? ¿La gloria del éxito inmediato o la gloria de una vida fiel al Evangelio?

Jesús no rechaza nuestro deseo de gloria. Lo purifica. Dios ha puesto en el corazón humano el deseo de plenitud, de grandeza, de eternidad. Pero ese deseo solo se realiza cuando nos unimos a Cristo. La gloria que buscamos no se encuentra en la vanidad del mundo, sino en la comunión con Jesús crucificado y resucitado.

Por eso los santos son gloriosos. No porque hayan sido famosos, sino porque dejaron transparentar a Cristo. Por eso los mártires son gloriosos. No porque amaran el sufrimiento, sino porque amaron más a Cristo que a su propia vida. Por eso también es gloriosa la vida humilde de una madre que se sacrifica por sus hijos, de un padre que trabaja con honestidad, de un enfermo que ofrece su dolor con fe, de un catequista que enseña sin buscar aplausos, de un sacerdote que sirve con entrega, de una comunidad que persevera en la fe.

La verdadera gloria comienza aquí, cuando Cristo vive en nosotros. Y se consumará en el cielo, cuando participemos plenamente de la gloria que el Hijo comparte eternamente con el Padre.

Pidamos hoy al Señor que nos libre de la gloria falsa del mundo. Que no vivamos pendientes de la aprobación de los demás. Que no reduzcamos nuestra vida cristiana a apariencia, imagen o prestigio. Que podamos decir, como Pablo: “Quiero cumplir la misión que el Señor me ha confiado”. Y que Jesús pueda decir también de nosotros: “Yo he sido glorificado en ellos”.

Señor Jesús,
Tú que eres la gloria eterna del Padre,
purifica nuestro corazón de toda vanidad,
líbranos de buscar la gloria pasajera del mundo
y enséñanos a participar de tu verdadera gloria:
la gloria del amor, del servicio, de la cruz y de la vida eterna.

Amén.


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