Este 20 de mayo, se recuerda el nacimiento de
Honoré de Balzac, uno de esos nombres que muchos oímos primero en las aulas,
quizá antes de haberlo leído de verdad. En mi caso, su nombre llegó en aquellas
clases de español y literatura de la infancia y la adolescencia, cuando los
profesores mencionaban a los grandes autores europeos como si fueran montañas
lejanas: Víctor Hugo, Flaubert, Zola, Dickens, Dostoievski… y, por supuesto,
Balzac.
Pero Balzac no se quedó solamente en una referencia escolar. En mi memoria de niño hay una huella más viva: la adaptación televisiva de Piel de zapa, emitida por PUNCH en la televisión colombiana. Aquella historia del hombre que, al poseer un talismán mágico, veía cómo cada deseo cumplido le acortaba la vida, me impresionó profundamente. Tal vez uno no entendía entonces toda la profundidad filosófica de la obra, pero sí percibía algo inquietante: que desear sin medida puede devorar el alma; que no todo lo que se quiere conviene; que la vida se achica cuando el corazón se entrega a la ambición, al placer o al poder sin freno. La telenovela colombiana de Piel de zapa, producida por PUNCH en 1979 y basada en la obra de Balzac, forma parte de esa época en que la televisión nacional se atrevía a acercar grandes obras literarias al público masivo.
Honoré de Balzac nació en Tours, Francia, el 20
de mayo de 1799, y murió en París el 18 de agosto de 1850. Su gran
proyecto literario fue La comedia humana, un inmenso conjunto de
novelas y relatos con el que quiso retratar la sociedad francesa posterior a la
Revolución y al Imperio napoleónico. Britannica lo presenta como uno de los
grandes artífices de la forma moderna de la novela, y como uno de los
novelistas más importantes de todos los tiempos. (Encyclopedia Britannica)
Balzac fue un trabajador desmesurado, casi
volcánico. Vivió entre deudas, proyectos editoriales fallidos, sueños de
grandeza, amores difíciles y una disciplina feroz de escritura. Antes de
alcanzar la gloria literaria, intentó abrirse camino como impresor, editor y
hombre de negocios, pero esos intentos lo dejaron cargado de deudas. De esa
experiencia nació, en parte, su conocimiento del dinero, de los acreedores, de
las apariencias sociales, de la ambición y de la fragilidad humana. Balzac no
escribía desde una torre de marfil: escribía desde la batalla.
Su obra no es solamente literatura: es un gran mapa
moral y social. En La comedia humana quiso hacerle, como se ha
dicho muchas veces, “la competencia al registro civil”: crear una humanidad
paralela, con personajes que aparecen, desaparecen y vuelven a surgir en
distintas novelas, como sucede en la vida real. Se habla de alrededor de
noventa obras y de más de dos mil personajes. Allí están los pobres, los
banqueros, los artistas, los arribistas, los sacerdotes, las mujeres
sacrificadas, los políticos, los provincianos que sueñan con París, los padres
destruidos por el amor a sus hijos, los jóvenes devorados por el deseo de
ascender. (EBSCO)
Entre sus obras más recordadas están Eugenia
Grandet, Papá Goriot, Las ilusiones perdidas,
Esplendores y miserias de las cortesanas, La prima Bette,
El lirio en el valle y, por supuesto, La piel de zapa.
En todas ellas aparece una mirada implacable, pero no superficial. Balzac
observa la ropa, los muebles, las calles, los gestos, las habitaciones, las
deudas y los silencios porque sabe que la vida moral también se esconde en los
objetos. Una casa, un vestido, una mesa pobre, una pensión oscura o un salón
elegante pueden revelar el alma de sus habitantes.
Por eso Balzac es considerado uno de los padres del
realismo literario. Pero su realismo no es una simple fotografía de la
realidad. Es una radiografía. Balzac no se conforma con contar qué pasa: quiere
mostrar por qué pasa, qué fuerzas invisibles mueven a los hombres, cómo el
dinero puede deformar los afectos, cómo la ambición puede disfrazarse de virtud,
cómo la sociedad premia a veces al astuto y humilla al justo. La Biblioteca
Nacional de Francia destaca precisamente esa ambición de mirar
“científicamente” a los hombres para describir los engranajes de la sociedad. (Essentiels)
Y aquí aparece una pregunta importante: ¿qué
lugar ocupaba Dios en la vida y en la obra de Balzac?
Balzac no fue un santo de vitral ni un escritor
piadoso en el sentido convencional. Su vida personal fue compleja, apasionada,
contradictoria, marcada por relaciones sentimentales, excesos, deudas y una
búsqueda casi febril de reconocimiento. Pero tampoco fue un materialista plano
ni un enemigo de la religión. Fue, más bien, un hombre fascinado por el
misterio, por el alma, por la lucha entre lo visible y lo invisible.
En el prólogo de La comedia humana,
Balzac afirma que escribe bajo la luz de dos verdades que él considera
fundamentales: la Religión y la Monarquía. Esta afirmación revela su
visión conservadora de la sociedad, pero también su convicción de que el ser
humano no puede entenderse sin una referencia moral y espiritual superior. (Balzac Analyse)
¿Era católico Balzac? En el contexto francés de su
tiempo, puede decirse que Balzac estaba profundamente marcado por el
catolicismo cultural y por una visión cristiana del orden moral. Defendía la
religión como fundamento social, veía en la Iglesia una fuerza de cohesión y
reconocía que sin trascendencia el hombre quedaba expuesto al dominio del
dinero, del orgullo y del deseo. Pero su espiritualidad no fue sencilla ni
estrictamente doctrinal. También se interesó por corrientes místicas, por
Swedenborg, por el ocultismo y por especulaciones espirituales propias del
siglo XIX. En Séraphîta, por ejemplo, se adentra en un mundo
místico, simbólico y casi angelical, inspirado en ideas de Swedenborg sobre la
elevación espiritual del ser humano. (Balzac Analyse)
En su obra, Dios no siempre aparece nombrado
directamente, pero sí aparece la pregunta por el juicio moral. Balzac nos
muestra un mundo donde cada deseo tiene consecuencias, donde la codicia
destruye, donde el egoísmo seca el corazón, donde el dinero puede convertirse
en falso dios. En La piel de zapa, el talismán que se encoge con
cada deseo es una parábola estremecedora: el hombre que quiere poseerlo todo
termina perdiéndose a sí mismo. Leída desde una sensibilidad cristiana, la
novela recuerda aquella pregunta evangélica: “¿De qué le sirve al hombre ganar
el mundo entero si pierde su alma?”
Balzac comprendió como pocos que el pecado no
siempre se presenta con rostro monstruoso. Muchas veces llega vestido de éxito,
de ascenso social, de refinamiento, de deseo legítimo llevado al exceso. Sus
personajes no son caricaturas: son seres humanos ambiguos, capaces de ternura y
de ruindad, de sacrificio y de egoísmo, de grandeza y de caída. Por eso siguen
siendo actuales. Porque seguimos viviendo en una sociedad donde el dinero, la
fama, el prestigio, la apariencia y el consumo pueden devorar la interioridad.
Sus últimos años fueron duros. Después de una larga
relación epistolar y sentimental con la condesa polaca Ewelina Hańska,
Balzac logró casarse con ella en 1850, pocos meses antes de morir. Llegó a
París ya enfermo, debilitado por años de trabajo excesivo, mala salud y una
vida llevada al límite. Estudios médicos modernos han señalado que murió a los
51 años por una gangrena asociada a insuficiencia cardíaca congestiva. (Encyclopedia Britannica)
La muerte de Balzac tuvo algo de escena literaria.
Victor Hugo lo visitó en sus últimos momentos y luego pronunció palabras
memorables en su funeral. Balzac fue sepultado en el cementerio Père-Lachaise
de París. Moría el hombre, pero quedaba en pie una de las arquitecturas narrativas
más impresionantes de la literatura universal.
Hoy, más de dos siglos después de su nacimiento,
Balzac sigue hablándonos. Su influencia llega a Flaubert, Zola, Proust,
Dickens, Dostoievski, Henry James y a tantos narradores modernos que han
entendido la novela como un gran laboratorio del alma humana. La crítica
literaria sigue reconociendo su lugar central en la tradición de la novela
europea y su condición de maestro del realismo. (Cambridge University Press & Assessment)
Pero quizá su actualidad no está solo en la técnica
narrativa. Está en su diagnóstico espiritual. Balzac vio venir un mundo donde
el dinero iba a organizar los deseos, las relaciones, los matrimonios, las
vocaciones y hasta la conciencia. Vio que la sociedad moderna podía producir
hombres brillantes y vacíos, triunfadores y derrotados al mismo tiempo. Vio que
la ambición podía comerse la vida como aquella piel mágica que se encogía con
cada deseo.
Por eso, recordar a Balzac no es solamente rendir
homenaje a un clásico. Es mirarnos en un espejo incómodo. Es preguntarnos qué
deseos están achicando nuestra alma. Es reconocer que la literatura, cuando es
grande, no envejece: cambia de lectores, cambia de época, cambia de pantalla,
pero sigue interrogando el corazón humano.
Y para quienes, como yo, lo conocimos primero por
una mención escolar y luego por una telenovela que dejó huella en la
imaginación infantil, Balzac representa también algo entrañable: el poder de la
cultura para sembrar preguntas que solo los años nos ayudan a comprender.
Aquella Piel de zapa que impresionó mi mente de niño era mucho
más que una historia fantástica. Era una advertencia. Era una parábola moderna.
Era, sin que yo lo supiera entonces, una puerta hacia uno de los grandes
exploradores del alma humana.
Honoré de Balzac nos recuerda que la vida no se
mide por la cantidad de deseos cumplidos, sino por la profundidad con que
aprendemos a vivir, amar, renunciar y buscar aquello que no se encoge: la
verdad, el bien, la belleza y, en último término, Dios.

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