lunes, 31 de agosto de 2026

31 de agosto del 2026: lunes de la vigésima segunda semana del tiempo ordinario II


Testigos de la fe:

Santos José de Arimatea y Nicodemo

Siglo I

El Martirologio Romano celebra hoy a estos dos discípulos que, después de recoger el cuerpo de Jesús bajado de la cruz, lo envolvieron en lienzos y lo depositaron en un sepulcro.

José de Arimatea, miembro respetado del Sanedrín y discípulo secreto de Jesús, pidió valientemente a Pilato su cuerpo. Nicodemo, el fariseo que había acudido de noche a conversar con el Señor, llevó mirra y áloe para la sepultura. En la hora del aparente fracaso, ambos salieron de las sombras y manifestaron públicamente su fe mediante un gesto lleno de ternura, dignidad y valentía.

Su testimonio nos recuerda que nunca es demasiado tarde para reconocer a Cristo y servirlo con amor, especialmente cuando hacerlo exige superar el miedo y comprometerse públicamente. (Cf. Jn 19,38-42).

(Prions en Église)

 

 

La Buena Noticia en nuestra vida cotidiana

Jesús proclama: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha enviado a llevar la Buena Noticia a los pobres». Su palabra resuena con especial fuerza en nuestro contexto colombiano, donde muchas familias afrontan dificultades económicas, enfermedad, violencia, desplazamiento, desempleo y falta de oportunidades.

Jesús no anuncia una esperanza lejana: viene a liberar, sanar y levantar aquí y ahora. También nosotros somos enviados a llevar esperanza en nuestros hogares, comunidades, escuelas, campos y lugares de trabajo. Estamos llamados a acercarnos al que sufre, acompañar al enfermo, escuchar al desanimado y defender la dignidad de los más vulnerables.

La Buena Noticia se anuncia con palabras, pero especialmente mediante una caridad concreta. Pidamos al Espíritu Santo que haga de nuestra vida cotidiana una misión, para que, por medio de nosotros, los pobres y afligidos puedan sentir que Dios no los ha olvidado.

 



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Primera lectura

1 Cor 2, 1-5
Les anuncié a Cristo crucificado

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

YO, hermanos, cuando vine a ustedes a anunciarles el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre ustedes me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado.
También yo me presenté a ustedes débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que su fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 118, 97. 98. 99. 100. 101. 102 (R.: 97a)

R. ¡Cuánto amo tu ley, Señor!

V. ¡Cuánto amo tu ley!:
todo el día la estoy meditando.
R.

V. Tu mandato me hace más sabio
que mis enemigos,
siempre me acompaña.
R.

V. Soy más docto que todos mis maestros,
porque medito tus preceptos.
R.

V. Soy más sagaz que los ancianos,
porque cumplo tus mandatos.
R.

V. Aparto mi pie de toda senda mala,
para guardar tu palabra.
R.

V. No me aparto de tus mandamientos,
porque tú me has instruido.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El Espíritu del Señor está sobre mí;
me ha enviado a evangelizar a los pobres.
R.

 

Evangelio

Lc 4, 16-30

Me ha enviado a evangelizar a los pobres… Ningún profeta es aceptado en su pueblo

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, Jesús fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:
«El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque él me ha ungido.
Me ha enviado a evangelizar a los pobres,
a proclamar a los cautivos la libertad,
y a los ciegos, la vista;
a poner en libertad a los oprimidos;
a proclamar el año de gracia del Señor».
Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él.
Y él comenzó a decirles:
«Hoy se ha cumplido esta Escritura que acaban de oír».
Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca.
Y decían:
«¿No es este el hijo de José?».
Pero Jesús les dijo:
«Sin duda me dirán aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”, haz también aquí, en tu pueblo, lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún».
Y añadió:
«En verdad les digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. Puedo asegurarles que en Israel había muchas viudas en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, el sirio».
Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo.
Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino.

Palabra del Señor.

 

**********

 

“Hoy se cumple esta Escritura”

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios nos presenta hoy el corazón de la misión de Jesús: anunciar la Buena Noticia a los pobres, liberar a los cautivos, devolver la vista a los ciegos y poner en libertad a los oprimidos. San Pablo, por su parte, nos recuerda que esta misión no se realiza confiando solamente en la elocuencia o la sabiduría humana, sino en el poder del Espíritu. El salmo nos invita a amar y meditar la ley del Señor, porque ella ilumina nuestros pasos y nos hace verdaderamente sabios.

En la primera lectura, san Pablo recuerda cómo llegó a la comunidad de Corinto: no se presentó con discursos brillantes ni pretendiendo impresionar a nadie. Llegó sintiéndose débil, temeroso y vacilante, pero llevaba consigo lo esencial: «Jesucristo, y este crucificado». Pablo comprendió que la fe no puede apoyarse únicamente en la capacidad del predicador, sino en la acción poderosa de Dios.

Esta palabra nos ayuda a reconocer que no necesitamos ser personas extraordinarias para anunciar el Evangelio. No todos sabemos pronunciar grandes discursos ni poseemos una preparación excepcional, pero todos podemos ofrecer una palabra de consuelo, escuchar al que está solo, visitar al enfermo, compartir con el necesitado y acompañar a quien atraviesa una dificultad. Cuando estas acciones nacen del amor, el Espíritu Santo actúa por medio de nuestra fragilidad.

El salmo responde: «¡Cuánto amo tu ley, Señor!». Para el salmista, la ley de Dios no es una carga pesada, sino una luz que orienta la existencia. Quien medita la Palabra adquiere una sabiduría distinta: aprende a distinguir lo verdadero de lo engañoso, el bien del mal y el servicio del egoísmo. En medio de tantas voces, noticias y opiniones que recibimos diariamente, necesitamos volver a la Palabra para no perder el rumbo.

El Evangelio nos lleva a la sinagoga de Nazaret. Jesús abre el libro del profeta Isaías y proclama: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido y me ha enviado a llevar la Buena Noticia a los pobres». Después afirma solemnemente: «Hoy se cumple esta Escritura que acaban de oír».

Ese “hoy” es muy importante. Jesús no habla de una salvación reservada solamente para el futuro. Dios está actuando en el presente. Allí donde una persona es consolada, un enfermo es acompañado, un cautivo recupera su libertad, un pobre es acogido y alguien vuelve a experimentar esperanza, la Palabra continúa cumpliéndose.

Esta Buena Noticia resuena con fuerza en nuestro contexto colombiano. Muchas familias padecen dificultades económicas, enfermedad, violencia, desplazamiento, desempleo, soledad o falta de oportunidades. Ante estas situaciones no podemos permanecer indiferentes. También nosotros hemos sido ungidos por el Espíritu desde nuestro bautismo y enviados a convertir nuestra vida cotidiana en instrumento de la misericordia de Dios.

Sin embargo, los habitantes de Nazaret pasan rápidamente de la admiración al rechazo. Conocían a Jesús desde pequeño y creían saberlo todo sobre Él: «¿No es este el hijo de José?». La familiaridad les impidió reconocer la presencia de Dios. Además, querían que Jesús realizara milagros para ellos, como si la gracia de Dios fuera un privilegio reservado exclusivamente a su pueblo.

Jesús les recuerda entonces a la viuda de Sarepta y a Naamán, el sirio: dos extranjeros que recibieron la acción misericordiosa de Dios. Con ello enseña que la salvación no conoce fronteras. Dios no pertenece exclusivamente a un pueblo, una familia o un grupo. Su misericordia alcanza también al extranjero, al despreciado, al que piensa diferente y a aquel que nosotros podríamos considerar indigno.

Esta enseñanza provoca la indignación de sus paisanos. Quieren expulsarlo y despeñarlo, pero Jesús pasa en medio de ellos y continúa su camino. La misión no se detiene por el rechazo. Tampoco nosotros debemos abandonar el bien cuando no se nos comprende, cuando nuestras palabras no son acogidas o cuando nuestros esfuerzos parecen inútiles. Como san Pablo, seguimos adelante apoyados no en nuestros éxitos, sino en la fuerza de Dios.

En esta Eucaristía presentamos una intención especial por nuestros fieles difuntos. Ante la muerte también nos sentimos débiles y sin palabras. Ninguna sabiduría humana puede eliminar completamente el dolor de la separación. Por eso, como san Pablo, fijamos nuestra mirada en Jesucristo crucificado. Él entró en nuestra muerte y, por su resurrección, abrió para nosotros el camino de la vida eterna.

Confiamos a nuestros seres queridos a la misericordia del Padre. Pedimos que sean liberados de toda atadura del pecado, que contemplen la luz del rostro de Dios y participen plenamente del año de gracia anunciado por Jesús. Recordarlos no significa quedarnos atrapados en la tristeza, sino agradecer su vida, conservar el bien que sembraron y mantener viva la esperanza del reencuentro.

Que el Espíritu del Señor repose sobre nosotros. Que nos conceda amar su Palabra, anunciar a Jesucristo con humildad y llevar una Buena Noticia concreta a quienes sufren. Y que nuestros fieles difuntos, por la misericordia de Dios, descansen en paz. Amén.


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