Testigos de la fe:
Santos José de Arimatea y
Nicodemo
Siglo I
El Martirologio Romano celebra hoy a estos dos
discípulos que, después de recoger el cuerpo de Jesús bajado de la cruz, lo
envolvieron en lienzos y lo depositaron en un sepulcro.
José de Arimatea, miembro respetado del Sanedrín y
discípulo secreto de Jesús, pidió valientemente a Pilato su cuerpo. Nicodemo,
el fariseo que había acudido de noche a conversar con el Señor, llevó mirra y
áloe para la sepultura. En la hora del aparente fracaso, ambos salieron de las
sombras y manifestaron públicamente su fe mediante un gesto lleno de ternura,
dignidad y valentía.
Su testimonio nos recuerda que nunca es demasiado
tarde para reconocer a Cristo y servirlo con amor, especialmente cuando hacerlo
exige superar el miedo y comprometerse públicamente. (Cf. Jn 19,38-42).
La
Buena Noticia en nuestra vida cotidiana
Jesús proclama: «El
Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha enviado a llevar la Buena
Noticia a los pobres». Su palabra resuena con especial fuerza en
nuestro contexto colombiano, donde muchas familias afrontan dificultades
económicas, enfermedad, violencia, desplazamiento, desempleo y falta de
oportunidades.
Jesús no anuncia una
esperanza lejana: viene a liberar, sanar y levantar aquí y ahora. También
nosotros somos enviados a llevar esperanza en nuestros hogares, comunidades,
escuelas, campos y lugares de trabajo. Estamos llamados a acercarnos al que
sufre, acompañar al enfermo, escuchar al desanimado y defender la dignidad de
los más vulnerables.
La
Buena Noticia se anuncia con palabras, pero especialmente mediante una caridad
concreta. Pidamos al Espíritu Santo que haga de nuestra vida cotidiana una
misión, para que, por medio de nosotros, los pobres y afligidos puedan sentir
que Dios no los ha olvidado.
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Primera lectura
Les anuncié a
Cristo crucificado
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.
YO, hermanos, cuando vine a ustedes a anunciarles el misterio de Dios, no lo
hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre ustedes me precié de
saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado.
También yo me presenté a ustedes débil y temblando de miedo; mi palabra y mi
predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y
el poder del Espíritu, para que su fe no se apoye en la sabiduría de los
hombres, sino en el poder de Dios.
Palabra de Dios.
Salmo
R. ¡Cuánto amo
tu ley, Señor!
V. ¡Cuánto
amo tu ley!:
todo el día la estoy meditando. R.
V. Tu
mandato me hace más sabio
que mis enemigos,
siempre me acompaña. R.
V. Soy más
docto que todos mis maestros,
porque medito tus preceptos. R.
V. Soy más
sagaz que los ancianos,
porque cumplo tus mandatos. R.
V. Aparto
mi pie de toda senda mala,
para guardar tu palabra. R.
V. No me
aparto de tus mandamientos,
porque tú me has instruido. R.
Aclamación
V. El Espíritu
del Señor está sobre mí;
me ha enviado a evangelizar a los pobres. R.
Evangelio
Me ha enviado
a evangelizar a los pobres… Ningún profeta es aceptado en su pueblo
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
EN aquel tiempo, Jesús fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la
sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la
lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró
el pasaje donde estaba escrito:
«El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque él me ha ungido.
Me ha enviado a evangelizar a los pobres,
a proclamar a los cautivos la libertad,
y a los ciegos, la vista;
a poner en libertad a los oprimidos;
a proclamar el año de gracia del Señor».
Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la
sinagoga tenía los ojos clavados en él.
Y él comenzó a decirles:
«Hoy se ha cumplido esta Escritura que acaban de oír».
Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia
que salían de su boca.
Y decían:
«¿No es este el hijo de José?».
Pero Jesús les dijo:
«Sin duda me dirán aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”, haz también aquí,
en tu pueblo, lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún».
Y añadió:
«En verdad les digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. Puedo
asegurarles que en Israel había muchas viudas en los días de Elías, cuando
estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo
el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de
Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en
tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino
Naamán, el sirio».
Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo
echaron del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que
estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo.
Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino.
Palabra del Señor.
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“Hoy se cumple esta Escritura”
Queridos
hermanos:
La
Palabra de Dios nos presenta hoy el corazón de la misión de Jesús: anunciar la
Buena Noticia a los pobres, liberar a los cautivos, devolver la vista a los ciegos
y poner en libertad a los oprimidos. San Pablo, por su parte, nos recuerda que
esta misión no se realiza confiando solamente en la elocuencia o la sabiduría
humana, sino en el poder del Espíritu. El salmo nos invita a amar y meditar la
ley del Señor, porque ella ilumina nuestros pasos y nos hace verdaderamente
sabios.
En
la primera lectura, san Pablo recuerda cómo llegó a la comunidad de Corinto: no
se presentó con discursos brillantes ni pretendiendo impresionar a nadie. Llegó
sintiéndose débil, temeroso y vacilante, pero llevaba consigo lo esencial:
«Jesucristo, y este crucificado». Pablo comprendió que la fe no puede apoyarse
únicamente en la capacidad del predicador, sino en la acción poderosa de Dios.
Esta
palabra nos ayuda a reconocer que no necesitamos ser personas extraordinarias
para anunciar el Evangelio. No todos sabemos pronunciar grandes discursos ni
poseemos una preparación excepcional, pero todos podemos ofrecer una palabra de
consuelo, escuchar al que está solo, visitar al enfermo, compartir con el
necesitado y acompañar a quien atraviesa una dificultad. Cuando estas acciones
nacen del amor, el Espíritu Santo actúa por medio de nuestra fragilidad.
El
salmo responde: «¡Cuánto amo tu ley, Señor!». Para el salmista, la ley de Dios
no es una carga pesada, sino una luz que orienta la existencia. Quien medita la
Palabra adquiere una sabiduría distinta: aprende a distinguir lo verdadero de
lo engañoso, el bien del mal y el servicio del egoísmo. En medio de tantas
voces, noticias y opiniones que recibimos diariamente, necesitamos volver a la
Palabra para no perder el rumbo.
El
Evangelio nos lleva a la sinagoga de Nazaret. Jesús abre el libro del profeta
Isaías y proclama: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido
y me ha enviado a llevar la Buena Noticia a los pobres». Después afirma
solemnemente: «Hoy se cumple esta Escritura que acaban de oír».
Ese
“hoy” es muy importante. Jesús no habla de una salvación reservada solamente
para el futuro. Dios está actuando en el presente. Allí donde una persona es
consolada, un enfermo es acompañado, un cautivo recupera su libertad, un pobre
es acogido y alguien vuelve a experimentar esperanza, la Palabra continúa
cumpliéndose.
Esta
Buena Noticia resuena con fuerza en nuestro contexto colombiano. Muchas
familias padecen dificultades económicas, enfermedad, violencia,
desplazamiento, desempleo, soledad o falta de oportunidades. Ante estas
situaciones no podemos permanecer indiferentes. También nosotros hemos sido
ungidos por el Espíritu desde nuestro bautismo y enviados a convertir nuestra
vida cotidiana en instrumento de la misericordia de Dios.
Sin
embargo, los habitantes de Nazaret pasan rápidamente de la admiración al
rechazo. Conocían a Jesús desde pequeño y creían saberlo todo sobre Él: «¿No es
este el hijo de José?». La familiaridad les impidió reconocer la presencia de
Dios. Además, querían que Jesús realizara milagros para ellos, como si la
gracia de Dios fuera un privilegio reservado exclusivamente a su pueblo.
Jesús
les recuerda entonces a la viuda de Sarepta y a Naamán, el sirio: dos
extranjeros que recibieron la acción misericordiosa de Dios. Con ello enseña
que la salvación no conoce fronteras. Dios no pertenece exclusivamente a un
pueblo, una familia o un grupo. Su misericordia alcanza también al extranjero,
al despreciado, al que piensa diferente y a aquel que nosotros podríamos
considerar indigno.
Esta
enseñanza provoca la indignación de sus paisanos. Quieren expulsarlo y
despeñarlo, pero Jesús pasa en medio de ellos y continúa su camino. La misión
no se detiene por el rechazo. Tampoco nosotros debemos abandonar el bien cuando
no se nos comprende, cuando nuestras palabras no son acogidas o cuando nuestros
esfuerzos parecen inútiles. Como san Pablo, seguimos adelante apoyados no en
nuestros éxitos, sino en la fuerza de Dios.
En
esta Eucaristía presentamos una intención especial por nuestros fieles
difuntos. Ante la muerte también nos sentimos débiles y sin palabras. Ninguna
sabiduría humana puede eliminar completamente el dolor de la separación. Por
eso, como san Pablo, fijamos nuestra mirada en Jesucristo crucificado. Él entró
en nuestra muerte y, por su resurrección, abrió para nosotros el camino de la
vida eterna.
Confiamos
a nuestros seres queridos a la misericordia del Padre. Pedimos que sean
liberados de toda atadura del pecado, que contemplen la luz del rostro de Dios
y participen plenamente del año de gracia anunciado por Jesús. Recordarlos no
significa quedarnos atrapados en la tristeza, sino agradecer su vida, conservar
el bien que sembraron y mantener viva la esperanza del reencuentro.
Que
el Espíritu del Señor repose sobre nosotros. Que nos conceda amar su Palabra,
anunciar a Jesucristo con humildad y llevar una Buena Noticia concreta a
quienes sufren. Y que nuestros fieles difuntos, por la misericordia de Dios,
descansen en paz. Amén.

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