¿Por dónde empezar?
(Mateo 5,20-26) Enojarse,
insultar, guardar rencor debilita nuestras relaciones y nos aleja del Reino. “Quien
no peca con palabras es capaz ya de dominar todo su cuerpo”, nos recuerda
santa Teresita del Niño Jesús.
La vida auténtica comienza por
el perdón y la reconciliación, antes de toda ofrenda.
¿Nos tomamos el tiempo de
reparar nuestros vínculos o dejamos que la ira vaya minando nuestra vida?
Jean-Paul Musangania, prêtre
assomptionniste
Primera lectura
Lectura de la profecía de Ezequiel (18,21-28):
ESTO dice el Señor Dios:
«Si el malvado se convierte de todos los pecados cometidos y observa todos mis preceptos, practica el derecho y la justicia, ciertamente vivirá y no morirá. No se tendrán en cuenta los delitos cometidos; por la justicia que ha practicado, vivirá. ¿Acaso quiero yo la muerte del malvado —oráculo del Señor Dios—, y no que se convierta de su conducta y viva?
Si el inocente se aparta de su inocencia y comete maldades, como las acciones detestables del malvado, ¿acaso podrá vivir? No se tendrán en cuenta sus obras justas. Por el mal que hizo y por el pecado cometido, morirá.
Insistis: No es justo el proceder del Señor. Escuchad, casa de Israel: ¿Es injusto mi proceder? ¿No es más bien vuestro proceder el que es injusto?
Cuando el inocente se aparta de su inocencia, comete la maldad y muere, muere por la maldad que cometió. Y cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él salva su propia vida. Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá».
Palabra de Dios
Salmo
Sal 129,1-2.3-4.5-7a.7bc-8
R/. Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
V/. Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica. R/.
V/. Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes temor. R/.
V/. Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.
Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora. R/.
V/. Porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y el redimirá a Israel
de todos sus delitos. R/.
Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,20-26):
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil” tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la “gehena” del fuego.
Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.
Con el que te pone pleito procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo».
Palabra del Señor
1
Hermanos y hermanas, en esta Cuaresma el Señor nos
hace una pregunta muy concreta: ¿por dónde empezar de verdad? A veces
pensamos que empezar es “hacer más cosas”: más sacrificios, más rezos, más
promesas. Y todo eso puede ser hermoso. Pero hoy Jesús nos lleva al inicio más
decisivo: empezar por sanar el corazón y las relaciones, porque ahí se
juega la verdad de nuestra fe.
1) Dios no se complace en la
caída: quiere la vida (Ezequiel 18)
En la primera lectura, el profeta Ezequiel nos
presenta el rostro verdadero de Dios: un Dios que no se cansa de abrir la
puerta del regreso. Si el malvado se convierte, vive; si el justo se
tuerce, muere. No es una contabilidad fría: es una llamada seria a la libertad.
Dios no dice: “ya es tarde”; Dios dice: “vuelve”. Y eso es medicina para
quien lleva culpas antiguas, para quien está cansado por dentro, para quien
siente que no puede cambiar. En Cuaresma, el Señor nos recuerda: tu historia
no está cerrada.
2) “Desde lo hondo a ti grito,
Señor” (Salmo 130)
El salmo es el grito de los que sufren: “Desde lo
profundo…”. Hay profundidades del cuerpo (dolor, enfermedad, cansancio) y hay
profundidades del alma (ansiedad, tristeza, soledad, culpa, rencores). Y el
salmo no niega esa noche; la ora.
Y añade algo precioso: “si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá
resistir? Pero de ti procede el perdón”. O sea: el perdón no es un premio
para los perfectos; es el clima donde el corazón vuelve a respirar.
3) Jesús va a la raíz: la
violencia empieza en el corazón (Mt 5,20-26)
En el Evangelio, Jesús eleva el listón: “si tu
justicia no es mayor…”. ¿Mayor que cuál? Mayor que una justicia de apariencia,
de cumplimiento externo. Jesús no se queda solo en el “no matarás”; va al
origen: la ira que se instala, el insulto que humilla, el rencor que se
cocina a fuego lento.
Y aquí viene una frase que golpea con ternura: antes de presentar la
ofrenda, reconcíliate. Como si Jesús dijera: “No me traigas flores al altar
mientras mantienes espinas en el corazón”. Porque la relación con Dios y la
relación con el hermano no se separan: o caminan juntas, o se quiebran
las dos.
Santa Teresita lo resumía con sabiduría: quien
cuida las palabras, va aprendiendo a cuidar todo su ser. ¿Por qué? Porque la
palabra es la punta del iceberg del corazón: cuando el corazón está herido, la
boca dispara; cuando el corazón sana, la lengua deja de ser arma y se vuelve
bálsamo.
4) Un paso muy humano (y muy
cristiano): reparar los vínculos
El comentario preguntaba: “¿Nos tomamos el
tiempo de reparar nuestros vínculos o dejamos que la ira mine nuestra vida?”
La ira sostenida mina la vida por dentro: nos roba el sueño, nos endurece el
rostro, nos vuelve reactivos; y muchas veces termina enfermando también el
cuerpo. Por eso hoy el Evangelio es profundamente realista: la
reconciliación no es romanticismo; es higiene del alma.
Reconciliarse no siempre significa que todo se
resuelve de inmediato, ni que se vuelve a lo de antes. A veces reconciliarse
es:
- dejar
de alimentar el rencor (no repetir la película una y otra vez),
- dar
el primer paso humilde (“perdóname” / “me dolió” / “hablemos”),
- buscar
un puente posible (un mensaje, una conversación serena, un mediador),
- y,
en casos difíciles, también poner límites sanos sin odio.
Pero Jesús es claro: no normalices la ruptura.
No te acostumbres a vivir “en guerra fría”. La Cuaresma no es solo dejar carne
o dejar dulces: es dejar el veneno.
5) Intención orante: por quienes
sufren en el alma y en el cuerpo
Hoy queremos poner ante el Señor a los que cargan
dolores visibles e invisibles: los enfermos, los que están en duelo, los que
viven con depresión o ansiedad, los que arrastran culpa, los que han sido
heridos por palabras, los que no pueden perdonarse, los que viven conflictos
familiares, y los que sienten el corazón agotado.
Pidamos la gracia de un corazón nuevo: que el Señor nos saque de “lo hondo”
y nos devuelva a la esperanza.
6) Tres decisiones cuaresmales
para hoy
1. Revisar una relación que necesito sanar (aunque sea
con un paso pequeño).
2. Cuidar mis palabras: hoy no insulto, no ironizo para
herir, no humillo.
3. Orar el Salmo 130 cuando me suba la ira: “Señor,
en ti espero”.
Que esta Eucaristía sea verdadera: no solo una
ofrenda en el altar, sino una ofrenda de vida reconciliada. Y que el Señor, que
no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva, nos regale el
milagro más grande de la Cuaresma: volver a amar. Amén.
2
1) Una anécdota que nos desnuda
por dentro
Cuenta el comentario algo simpático: una esposa le
pide al esposo “recógeme una libra de papas” y él, literalista, va, las
levanta, las vuelve a poner en tierra y regresa sin nada: “¡Usted solo me
pidió que las recogiera!”.
Nos reímos… pero la escena retrata una tentación muy humana y muy religiosa: cumplir
lo mínimo y creer que ya amamos, ya obedecimos, ya somos justos. Cumplimos
la “letra”, pero no el “corazón” del mandamiento.
2) “Si su justicia no es mayor…”:
¿mayor que qué?
Jesús dice: “Si su justicia no supera la de los
escribas y fariseos…” (Mt 5,20).
Los fariseos no eran ateos; eran practicantes. El problema es que, muchas
veces, convirtieron la Ley en un reglamento, y al corazón en un trámite.
Jesús, en cambio, revela el fondo:
- Dios
no quiere solo conductas “correctas”.
- Dios
quiere un corazón “convertido”.
Y por eso en Cuaresma el Señor nos pregunta: ¿soy creyente de apariencias o discípulo de entrañas?
3) Ezequiel: Dios abre futuro,
pero no banaliza el pecado
La primera lectura (Ez 18,21-28) es clarísima: Dios
no se complace en la muerte del pecador; quiere que se convierta y viva.
Pero también nos sacude: nadie se salva por “historial”, sino por la
decisión real de volver. Un pasado bueno no justifica un presente torcido; y un
pasado torcido no impide un presente nuevo.
Esto es esperanza pura para quien sufre por dentro: si hoy vuelvo, hoy vivo.
La misericordia de Dios no es una excusa para seguir igual; es una fuerza para
cambiar.
4) “Desde lo hondo”: el salmo de
los que no pueden más
El Salmo 130 es la oración de quienes están en el
fondo: “Desde lo hondo a ti grito, Señor…”
Hay gente que hoy está “en lo hondo” en el cuerpo (dolor, enfermedad,
agotamiento) y “en lo hondo” en el alma (duelos, ansiedad, culpa, depresión,
resentimiento).
Y el salmo no niega la herida: la presenta. Y añade lo decisivo:
“Pero de ti procede el perdón.”
No es solo que Dios “perdona”; es que su perdón nos devuelve el aire,
nos saca del pozo, nos reordena por dentro.
5) Jesús va a la raíz: tres
escalones del pecado contra el hermano
El Evangelio (Mt 5,20-26) es una cirugía
espiritual. Jesús toma el “no matarás” y muestra su profundidad: antes del
golpe, hay una raíz. Y esa raíz suele tener tres escalones:
a) La ira que se cultiva (interior)
Sentir una emoción no siempre es pecado; somos humanos. El problema es darle
casa a la ira: rumiar, despreciar, condenar por dentro. Eso endurece el
corazón y ya nos pone “en juicio”.
b) La palabra que humilla (exterior)
Cuando la ira sale por la boca, hiere la dignidad del otro. Insultar es decirle
al hermano: “no vales”. Y eso es gravísimo, porque el otro tiene el rostro
de hijo de Dios.
c) La condena moral (“tú eres así…”)
Lo más serio es cuando no critico un acto sino que sentencio a la persona:
“eres un perdido”, “no tienes remedio”, “eres malo”. Eso es invadir el lugar de
Dios, porque solo el Señor conoce el corazón y juzga con verdad y
misericordia.
El pecado, muchas veces, no empieza con un gran
escándalo, sino con un pensamiento de desprecio que se vuelve emoción,
luego palabra, luego ruptura.
6) “Primero reconcíliate”: el
orden de Dios
Jesús dice algo desconcertante: si vas a ofrecer en
el altar y recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja la ofrenda
y ve a reconciliarte.
No es que Jesús desprecie el culto; es que ama el culto verdadero. La
Eucaristía no es maquillaje espiritual: es comunión. Y la comunión con Dios
pide, al menos, el deseo sincero de reparar los vínculos.
Reconciliarse no siempre significa “volver a ser
amigos como antes”. A veces significa:
- reconocer
el daño,
- pedir
perdón sin excusas,
- ofrecer
una conversación serena,
- cortar
la cadena del veneno,
- y,
cuando haga falta, poner límites sin odio.
7) Aplicación cuaresmal: ¿dónde
está mi raíz?
Cuaresma no es solo “controlar actos”; es desenmascarar
raíces.
Si lucho con la ira, preguntémonos con valentía:
- ¿Qué
juicio rápido estoy haciendo?
- ¿Qué
herida no he sanado?
- ¿Qué
miedo o frustración me está volviendo agresivo?
- ¿A
quién estoy castigando con mi silencio o con mis palabras?
Dios no revela la raíz para avergonzarnos, sino
para sanarnos.
8) Intención orante: por quienes
sufren en el alma y en el cuerpo
Hoy oramos por los enfermos y por los que cargan
dolores invisibles:
- por
quienes viven “en lo hondo” de la tristeza,
- por
quienes no logran perdonarse,
- por
quienes han sido heridos por palabras y desprecios,
- por
los que viven conflictos familiares,
- por
quienes están agotados en su cuerpo y en su espíritu.
Que el Señor nos regale lo que el salmo promete: “en
el Señor está la misericordia y la redención abundante”.
9) Tres decisiones concretas para
hoy
1. Ayuno de palabras hirientes (hoy no humillo, no etiqueto, no
condeno).
2. Un paso de reconciliación (un mensaje, una llamada, un
“perdóname”, un “hablemos”).
3. Confesar la raíz (en oración y, si hace falta, en
el sacramento): no solo “lo que hice”, sino “lo que guardé”.
10) Oración final (en el espíritu
del comentario)
Señor
Jesús, manso y humilde de corazón:
arranca de mí la raíz del desprecio y del juicio apresurado.
Sana mis heridas, para que no hiera a los demás.
Pon un centinela en mi lengua y misericordia en mi mirada.
Enséñame a reconciliarme antes de ofrecerte mis dones,
para que mi fe no sea solo de letra, sino de vida.
Amén.

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