domingo, 22 de febrero de 2026

23 de febrero del 2026: lunes de la primera semana de Cuaresma

 

Vivir de Dios

Cristo nos juzgará según el amor vivido. Lo que hacemos a los más pequeños, a Él se lo hacemos. Acoger, visitar, cuidar, alimentar: ahí es donde nuestra fe se vuelve viva a través de nuestros gestos. Vivir de Dios es aprender a amar como Él, a ver en cada rostro un hermano, una hermana. Y nosotros, cuando Cristo pasa por nuestro camino, ¿lo reconocemos en aquel que necesita de nosotros?

Jean-Paul Musangania, prêtre assomptionniste

 


Primera lectura

Lev 19, 1-2. 11-18
Juzga con justicia a tu prójimo

Lectura del libro del Levítico.

EL Señor habló así a Moisés:
«Di a la comunidad de los hijos de Israel:
“Sean santos, porque yo, el Señor, su Dios, soy santo.
No robarán ni defraudarán ni se engañarán unos a otros.
No jurarán en falso por mi nombre, profanando el nombre de tu Dios. Yo soy el Señor.
No explotarás a tu prójimo ni le robarás. No dormirá contigo hasta la mañana siguiente el jornal del obrero.
No maldecirás al sordo ni pondrás tropiezo al ciego. Teme a tu Dios. Yo soy el Señor.
No darán sentencias injustas. No serás parcial ni por favorecer al pobre ni por honrar al rico. Juzga con justicia a tu prójimo.
No andarás difamando a tu gente, ni declararás en falso contra la vida de tu prójimo. Yo soy el Señor.
No odiarás de corazón a tu hermano, pero reprenderás a tu prójimo, para que no cargues tú con su pecado.
No te vengarás de los hijos de tu pueblo ni les guardarás rencor, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor”».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 18, 8. 9. 10. 15 (R.: cf. Jn 6, 63)

R. Tus palabras, Señor, son espíritu y vida.

V. La ley del Señor es perfecta
y es descanso del alma;
el precepto del Señor es fiel
e instruye a los ignorantes. 
R.

V. Los mandatos del Señor son rectos
y alegran el corazón;
la norma del Señor es límpida
y da luz a los ojos. 
R.

V. El temor del Señor es puro
y eternamente estable;
los mandamientos del Señor son verdaderos
y enteramente justos. 
R.

V. Que te agraden las palabras de mi boca,
y llegue a tu presencia el meditar de mi corazón,
Señor, Roca mía, Redentor mío. 
R.

 

Aclamación

V. Ahora es el tiempo favorable,
ahora es el día de la salvación.

 

Evangelio

Mt 25, 31-46

Cada vez que lo hicieron con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones.
Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras.
Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda.
Entonces dirá el rey a los de su derecha:
“Vengan ustedes, benditos de mi Padre; hereden el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo.
Porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, fui forastero y me hospedaron, estuve desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron, en la cárcel y vinieron a verme”.
Entonces los justos le contestarán:
“Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?”.
Y el rey les dirá:
“En verdad les digo que cada vez que lo hicieron con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron”.
Entonces dirá a los de su izquierda:
“Apártense de mí, malditos, vayan al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me dieron de comer, tuve sed y no me dieron de beber, fui forastero y no me hospedaron, estuve desnudo y no me vistieron, enfermo y en la cárcel y no me visitaron”.
Entonces también estos contestarán:
“Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?”.
Él les replicará:
“En verdad les digo: lo que no hicieron con uno de estos, los más pequeños, tampoco lo hicieron conmigo”.
Y estos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Hermanos, la Cuaresma nos pone de frente una verdad sencilla y exigente: la santidad no es una idea, es una manera de tratar al otro. La primera lectura lo dice con fuerza: “Sean santos, porque yo, el Señor, soy santo” (Lv 19,2). Y de inmediato Dios traduce esa santidad en cosas muy concretas: no robar, no mentir, no explotar, no humillar, no guardar rencor… y culmina con una frase que nos persigue toda la vida: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lv 19,18).

Pero el Evangelio de hoy va aún más lejos: Jesús nos describe el juicio final (Mt 25,31-46) y nos revela el criterio decisivo: no será un examen de teoría religiosa, sino de amor encarnado. “Tuve hambre… tuve sed… fui forastero… estuve desnudo… enfermo… preso…” Y el Rey responde: “Cada vez que lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron”.

1. La fe se vuelve “viva” cuando se vuelve gesto

Alguien comentando este evangelio, lo resume bellamente: acoger, visitar, cuidar, alimentar. Ahí la fe se hace real. Porque hay una tentación cuaresmal muy común: creer que todo se resuelve con “cosas religiosas” —algunas prácticas, unos rezos, algún sacrificio—, pero sin tocar el corazón. Y Jesús nos corrige: la oración verdadera desemboca en misericordia, y la penitencia auténtica nos vuelve más humanos, más atentos, más compasivos.

Por eso el salmo canta que la ley del Señor “reconforta el alma” y “da luz a los ojos” (Sal 19). ¿Y qué es “dar luz a los ojos”? Es aprender a mirar como mira Dios: no por encima del hombro, no con prejuicio, no con indiferencia, sino reconociendo un rostro, una historia, una necesidad.

2. “¿Lo reconocemos cuando pasa por nuestro camino?”

Podemos hacer una pregunta tremenda: cuando Cristo pasa, ¿lo reconozco? Porque Cristo no siempre pasa como yo lo imagino. A veces pasa con la cara del migrante, del enfermo, del anciano solo, del vecino con depresión, de la madre agotada, del joven confundido, del preso, del que pide una oportunidad.

Y aquí conviene una luz psicológica y espiritual: muchas veces no es mala voluntad; es ceguera por costumbre. Nos acostumbramos al dolor ajeno, normalizamos la miseria, aprendemos a “pasar de largo” para no sentir. El corazón se defiende: “no mires, no te involucres, no te desgastes”. Pero Jesús nos propone otra defensa: la compasión, que no destruye, sino que humaniza. La compasión no siempre resuelve todo, pero sí cambia el mundo de alguien… y también cambia el nuestro.

3. “Sean santos” significa: no guardar rencor, no vengarse, no odiar

Levítico hoy aterriza la santidad en el terreno más difícil: las relaciones. “No odiarás… no te vengarás… no guardarás rencor” (Lv 19,17-18). ¡Qué fuerte para Cuaresma! A veces pensamos que amar al pobre es solo dar algo; pero hay otro “pobre” muy cercano: el que vive conmigo, el que me hirió, el que me irrita, el que me decepcionó. La caridad comienza por la casa, por la comunidad, por el barrio, por la parroquia: con palabras limpias, con justicia, con reconciliación, con respeto.

Y entonces entendemos el Evangelio: Cristo está en “los pequeños”. Y “pequeño” no es solo el que carece de pan; también el que carece de paz, de compañía, de escucha, de dignidad.

4. Una Cuaresma con obras concretas (no solo propósitos)

Para no quedarnos en lo bonito, hagamos una propuesta sencilla para esta semana:

  • Un gesto de alimento: apoyar a alguien con mercado, un almuerzo, o sumarse a una obra de caridad de la comunidad.
  • Un gesto de visita: llamar o visitar a un enfermo, a un anciano, a alguien que está solo.
  • Un gesto de acogida: tratar con respeto a quien normalmente ignoramos; saludar, mirar a los ojos, ofrecer ayuda real.
  • Un gesto de reconciliación: soltar un rencor, pedir perdón, o dar el primer paso.
  • Un gesto de fe: unirlo a la oración: “Señor, que hoy te reconozca donde tú eliges estar”.

Porque al final, el juicio de Mt 25 no nos asusta para paralizarnos; nos despierta para vivir: Cristo no viene a complicarnos la vida, viene a enseñarnos dónde está la vida.

5. Intención por nuestros hermanos difuntos

Y hoy oramos por nuestros difuntos. ¿Qué tiene que ver con este Evangelio? Muchísimo. Porque el amor no se pierde: lo que se hizo por amor queda en Dios. Nuestros seres queridos han pasado al umbral definitivo; nosotros los encomendamos a la misericordia del Padre, y al mismo tiempo pedimos la gracia de vivir de tal modo que, cuando llegue nuestra hora, podamos escuchar esas palabras: “Vengan, benditos de mi Padre”.


Oración final (breve)

Señor Jesús,
abre nuestros ojos para reconocerte en los pequeños,
abre nuestras manos para servirte en los necesitados,
y ablanda nuestro corazón para amar sin rencor.
Acuérdate hoy de nuestros hermanos difuntos:
purifícalos en tu misericordia y llévalos a la paz eterna.
Amén.

 

2

Hermanos, el Evangelio de hoy nos sitúa ante una escena solemne: Cristo viene en su gloria, se sienta en su trono y todas las naciones son reunidas delante de Él (Mt 25,31-32). Y como un pastor separa ovejas de cabritos, así el Señor separará lo verdadero de lo aparente. Pero el criterio no será un examen de ideas: será la caridad vivida.

1) Un solo Rey, una sola santidad concreta

La primera lectura lo deja claro desde el inicio: “Sean santos, porque Yo, el Señor, su Dios, soy santo” (Lv 19,2). Y enseguida Dios traduce esa santidad en acciones muy concretas:

  • no robar, no mentir, no engañar,
  • no explotar al trabajador,
  • no maldecir ni poner tropiezos,
  • no juzgar injustamente,
  • no sembrar odio ni guardar rencor,
  • y culmina con la síntesis: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lv 19,18).

Esto es importantísimo: la santidad bíblica no es una “aureola” en la cabeza; es un estilo de vida en la verdad, la justicia y la misericordia. Por eso el Evangelio encaja perfecto: cuando Cristo nos juzga, nos pregunta justamente por eso… por lo que hicimos en lo cotidiano, con los más frágiles.

2) La Palabra que ilumina y despierta

El salmo de hoy nos ofrece una clave preciosa: “La ley del Señor es perfecta y reconforta el alma… los preceptos del Señor son rectos y alegran el corazón… el mandato del Señor es claro y da luz a los ojos” (Sal 19).

¡Qué expresión tan fuerte!: “da luz a los ojos”.
Eso significa que la Palabra de Dios no solo informa; transforma la mirada. Nos enseña a ver como Dios ve: a notar al que sufre, a percibir al que nadie mira, a reconocer el valor del pequeño. Por eso la antífona que se propone hoy (cf. Jn 6,63) lo resume: la Palabra es espíritu y vida. Cuando uno escucha de verdad, se despierta por dentro.

3) La tentación: vivir como si esto fuera lo único

A veces terminamos viviendo como si esta vida fuera el final. Entonces nos dominan las luchas por poder, el enojo, la frustración, el afán de acumular, la comparación constante.

Y aquí Cuaresma nos rescata: nos enseña a vivir con vigilancia y esperanza. Vigilancia para no dejarnos adormecer por lo superficial. Esperanza para no absolutizar lo pasajero. Lo político, lo económico, lo material importan, sí, pero no son el último horizonte. El horizonte final es Cristo Rey.

4) Ovejas y cabritos: una decisión interior que se ve en obras

Jesús toma una imagen conocida: durante el día ovejas y cabritos pueden mezclarse; al final se separan. Eso significa que en la historia conviven el bien y el mal, lo generoso y lo egoísta. Pero también significa algo más cercano: la separación comienza dentro del corazón.

  • Oveja: la docilidad a Dios, la humildad, la obediencia del amor.
  • Cabrito: la terquedad del ego, la autosuficiencia, la vida centrada en mí.

¿Y cómo se nota de verdad? En lo que Jesús enumera: dar de comer, dar de beber, acoger, vestir, visitar, cuidar (Mt 25,35-36). Ahí se vuelve concreta la santidad de Levítico: no dañar, no mentir, no explotar, no vengarse, no guardar rencor… y sí amar.

5) Misericordia y justicia: la conversión como abrazo

Dios es perfectamente misericordioso y perfectamente justo. Pero la misericordia hay que acogerla. Y la forma de acogerla se llama conversión: reconocer el pecado, pedir perdón, cambiar de rumbo, reparar en lo posible.

En Cuaresma, esto es muy práctico:

  • ¿a quién le miento?
  • ¿a quién estoy explotando o usando?
  • ¿a quién no saludo?
  • ¿a quién tengo en la lista negra del corazón?
    Levítico hoy es un espejo. Y el salmo nos dice que esa Palabra, aunque duela, reconforta el alma y alegra el corazón porque nos vuelve libres.

6) Oración por nuestros hermanos difuntos

Hoy rezamos por nuestros difuntos. Ellos ya han sido llamados a la presencia del Rey. Los confiamos a su misericordia, y pedimos que el Señor les conceda descanso y paz.

Y al orar por ellos, aprendemos a vivir con perspectiva eterna: lo único que se lleva uno no es lo que acumuló, sino lo que amó. Por eso, la caridad no es un “adorno” del cristiano: es lo que permanece.


Tres gestos cuaresmales para vivir esta Palabra

1.    Un gesto de misericordia corporal: ayudar a alguien con comida/medicina/visita concreta.

2.    Un gesto de misericordia interior: soltar un rencor o dar el primer paso hacia la reconciliación.

3.    Un gesto de escucha de la Palabra: leer Mt 25,31-46 despacio y preguntarle al Señor: “¿Dónde estabas hoy esperándome?”


Oración final

Señor Jesús, Rey eterno,
tu Palabra ilumina nuestros ojos y despierta el corazón.
Haznos santos con la santidad concreta del amor:
verdaderos, justos, misericordiosos.
Que te reconozcamos en los pequeños
y vivamos vigilantes y llenos de esperanza.
Recibe en tu paz a nuestros hermanos difuntos
y concédenos caminar hacia Ti con obras de caridad.

Amén.

 

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