miércoles, 25 de febrero de 2026

26 de febrero del 2026: jueves de la primera semana de Cuaresma

 

Perseverancia y tenacidad

(Mateo 7,7-12) ¿Quién no se ha topado alguna vez con una puerta cerrada, con una oración sin respuesta? Jesús, en cambio, nos invita a no quedarnos afuera: pedir, buscar, llamar. Estos verbos nos llaman a actuar, a perseverar, a creer que Dios siempre abre, a veces de un modo distinto al que esperábamos. No se trata de esperar pasivamente, sino de buscar a Dios con fe. En esta Cuaresma, ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar para dejar que Dios nos abra su corazón?

Jean-Paul Musangania, prêtre assomptionniste

 


Primera lectura

Lectura del libro de Ester (14,1.3-5.12-14):

EN aquellos días, la reina Ester, presa de un temor mortal, se refugió en el Señor.
Y se postró en tierra con sus doncellas desde la mañana a la tarde, diciendo:
«¡Bendito seas, Dios de Abrahán, Dios de Isaac y Dios de Jacob! Ven en mi ayuda, que estoy sola y no tengo otro socorro fuera de ti, Señor, porque me acecha un gran peligro.
Yo he escuchado en los libros de mis antepasados, Señor, que tú libras siempre a los que cumplen tu voluntad. Ahora, Señor, Dios mío, ayúdame, que estoy sola y no tengo a nadie fuera de ti. Ahora, ven en mi ayuda, pues estoy huérfana, y pon en mis labios una palabra oportuna delante del león, y hazme grata a sus ojos. Cambia su corazón para que aborrezca al que nos ataca, para su ruina y la de cuantos están de acuerdo con él.
Líbranos de la mano de nuestros enemigos, cambia nuestro luto en gozo y nuestros sufrimientos en salvación».

Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 137,1-2ª.2bc.3.7c-8

R/.
 Cuando te invoqué, me escuchaste, Señor

V/. Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
porque escuchaste las palabras de mi boca;
delante de los ángeles tañeré para ti,
me postraré hacia tu santuario. R/.

V/. Daré gracias a tu nombre:
por tu misericordia y tu lealtad,
porque tu promesa supera tu fama.
Cuando te invoqué, me escuchaste,
acreciste el valor en mi alma. R/.

V/. Tu derecha me salva.
El Señor completará sus favores conmigo.
Señor, tu misericordia es eterna,
no abandones la obra de tus manos. R/.

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo (7,7-12):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre.
Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le dará una piedra?; y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente? Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡Cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden!
Así, pues, todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos; pues esta es la Ley y los Profetas».

Palabra del Señor

 

 

1

 

En Cuaresma, el Señor nos educa en una fe realista: una fe que no se desmorona cuando la puerta tarda en abrirse. Porque, seamos sinceros, todos hemos vivido ese momento incómodo: “Estoy orando… y no pasa nada”. Y ahí nace la tentación: resignarnos, enfriarnos, o concluir —por cansancio— que Dios no escucha.

Hoy la Palabra viene a sanarnos justamente en ese punto.

1) Ester: cuando la oración nace desde la fragilidad

La reina Ester aparece en uno de los momentos más dramáticos del pueblo. No reza desde la comodidad, sino desde el riesgo, el miedo, la impotencia. Y precisamente por eso su oración es tan auténtica: no se disfraza. Se presenta “como está”, con el alma en la mano, y se abandona a Dios.

Esto es clave para nuestra vida espiritual: a veces el problema no es que Dios esté lejos, sino que nosotros queremos orar “perfectos”, “bien”, “sin grietas”. Y la Biblia muestra lo contrario: Dios abre su corazón al que ora con verdad. Ester no negocia con Dios; se confía. No presume fuerzas; se apoya en el Señor.

2) “Pidan, busquen, llamen”: tres verbos, una escuela de perseverancia

En el Evangelio, Jesús no ofrece una fórmula mágica; propone un camino.

·        Pedir: es reconocer que necesito. Pedir cura el orgullo espiritual.

·        Buscar: es moverse, ordenar la vida, tomar decisiones, abrir espacio a Dios.

·        Llamar: es insistir con amor. No es “acosar a Dios”; es permanecer en relación.

Aquí hay una verdad fina: Dios siempre responde, pero no siempre del modo que nuestro cálculo esperaba. A veces abre la puerta que pedimos; otras veces abre una puerta mejor; y otras veces, antes de abrir la puerta, nos abre por dentro: cambia la mirada, fortalece la paciencia, limpia la intención, ensancha el corazón.

Hay personas que se desaniman porque creen que la oración es un botón: aprieto y obtengo. Jesús enseña otra cosa: la oración es vínculo, camino, confianza. Por eso la perseverancia no es terquedad vacía: es fidelidad en el amor.

3) El Salmo: Dios no suelta la obra de sus manos

El salmo nos regala una frase para sostener el alma: el Señor “completa” su obra y su misericordia es eterna. Esto es esperanza pura: si Dios empezó algo en usted, no lo abandona. Si Dios sembró una vocación, una gracia, un llamado, no lo olvida. Si Dios puso en la Iglesia el deseo de evangelizar, no la dejará sin luz ni sin obreros.

Pero aquí está el punto: Dios completa su obra con nuestra colaboración. La gracia no anula la responsabilidad; la despierta.

4) La “regla de oro” y la evangelización: cómo se abre una puerta en el mundo

Jesús culmina con algo muy concreto: “Traten a los demás como quieren que ellos los traten”. No es una frase bonita: es una brújula diaria. Y esto toca de lleno la evangelización.

Porque muchas puertas se cierran no por falta de argumentos, sino por falta de caridad, de escucha, de paciencia, de ternura. Evangelizar no es “ganar discusiones”; es abrir caminos para que otros se encuentren con Cristo.

Una comunidad que trata con misericordia, que acoge, que no humilla, que acompaña procesos, que respeta tiempos… se vuelve una “puerta abierta” hacia Dios. Y ahí nacen vocaciones: donde hay fe viva, alegría humilde y amor concreto.


Aplicación cuaresmal: tres decisiones sencillas (para esta semana)

1.    Persevere en una intención concreta: elija una sola petición y sosténgala cada día (sin ansiedad), ofreciendo también un sacrificio pequeño.

2.    Busque a Dios con hechos: haga un gesto de caridad “oculto”, sin aplausos; eso afina el corazón para escuchar.

3.    Llame a la puerta de la vocación: ore por un joven, una familia, un seminarista, una religiosa; y si usted acompaña gente, atrévase a decir una palabra de ánimo: “Dios podría estar llamándolo”.


Intención orante final (por la obra evangelizadora y las vocaciones)

Señor Jesús, que nos mandas pedir, buscar y llamar:
danos un corazón perseverante cuando la puerta parezca cerrada,
una fe humilde que confíe en tus tiempos,
y una caridad concreta que haga creíble el Evangelio.

Sostén la obra evangelizadora de tu Iglesia:
renueva el ardor de los misioneros, fortalece a los catequistas,
alienta a los sacerdotes en su entrega,
y suscita santas vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada y al matrimonio cristiano.

Que en esta Cuaresma no nos quedemos “afuera”,
sino que dejemos que Tú nos abras tu corazón.
Amén.

 

2

 

1) “Recibir cosas buenas”: ¿Dios concede todo lo que pedimos?

Jesús nos dice hoy con una promesa que suena inmensa: “Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá” (Mt 7,7). Y uno podría pensar: “Entonces, si pido con fe, Dios me lo da”. Pero el mismo Señor matiza: el Padre “da cosas buenas a los que se las piden” (cf. Mt 7,11).

Aquí está el corazón del Evangelio de hoy: Dios siempre responde, pero responde como Padre. Y un padre verdadero no da cualquier cosa; da lo que hace bien. A veces nuestra petición es sincera, pero lo que pedimos no necesariamente es “bueno” para nuestra salvación, para nuestra libertad interior, para la paz del corazón.

Por eso, en la oración, la pregunta no es solo: “¿Me lo dará?”, sino: “Señor, enséñame a desear lo que es bueno de verdad.”

2) ¿Qué es “bueno” para Dios?

Nosotros solemos llamar “bueno” a lo que facilita la vida: más comodidad, más reconocimiento, más éxito, más seguridades. Pero Dios mira más lejos: mira el corazón.

A veces un “sí” inmediato nos haría superficiales; un “no” providente nos vuelve humildes; una “espera” nos madura. Dios no juega con nosotros: nos educa.

Hay cosas que pedimos como si fueran indispensables y, sin embargo, el Señor —con delicadeza— nos conduce hacia algo mejor: sencillez, desprendimiento, confianza, paciencia, verdad. Y eso… sí es oro para el alma.

3) El bien más grande: Dios mismo

Alguien comentando este evangelio lo dice con fuerza: el bien supremo que podemos pedir es Dios mismo. Porque Dios no solo da bienes: se da a sí mismo.

Cuando una persona pide: “Señor, dame tu gracia, dame tu Espíritu, cambia mi corazón, muéstrame tu voluntad”, esa oración nunca queda sin respuesta. Y cuando buscamos sinceramente su voluntad, Él abre la puerta que conduce a la misericordia, a la verdad y a la plenitud de su plan.

En Cuaresma, esto es decisivo: no se trata de “conseguir cosas”, sino de convertir el deseo, de reordenar lo que anhelamos.

4) Nuestra lucha: confundir mi voluntad con la de Dios

Uno de los combates más frecuentes de la vida espiritual es este: yo quiero una cosa… pero Dios quiere mi bien, y no siempre coinciden en el corto plazo.

En nuestra condición herida, podemos apegarnos a “bienes” que terminan siendo falsos bienes: la obsesión por tener, por figurar, por controlar, por “ganar”. Y entonces la oración se vuelve una lista de pedidos para sostener esos apegos.

Pero Jesús, al enseñarnos a pedir, buscar y llamar, en realidad nos enseña a depurarnos: a descubrir qué parte de mí pide por amor, y qué parte pide por miedo o por vanidad.

5) El remedio: el desprendimiento que ordena el corazón

La medicina se llama desprendimiento: soltarnos de deseos desordenados para quedar disponibles para Dios.

Desprenderse no es despreciar las cosas; es ponerlas en su lugar. Es dejar de exigirle a la vida (y a Dios) que me cumpla caprichos, para empezar a decir: “Padre, dame lo que me haga santo; lo demás, si me conviene, vendrá”.

Cuaresma es justamente esta escuela: el ayuno, la limosna y la oración no son castigos; son cirugía del corazón. Van cortando lo que me esclaviza para que pueda amar más.

6) Ester: una oración pura que no negocia, se abandona

La primera lectura nos pone delante a Ester: orando en angustia, intercediendo por su pueblo. Ella no se apoya en su poder, sino en Dios. Y esa es una clave preciosa: la oración verdadera nace cuando dejamos de sentirnos autosuficientes.

Ester no controla la situación, pero confía. Y Dios actúa en la historia cuando encuentra un corazón así: humilde, real, entregado.

7) El Salmo: Dios no abandona la obra de sus manos

El salmo responde como un ancla: el Señor sostiene, acompaña, completa su obra. Aunque atravesemos dificultades, “tu diestra me salva… el Señor completará sus favores conmigo” (cf. Sal 137/138).

Esa frase es para quienes evangelizan y a veces se cansan: Dios no abandona. La obra es suya.

8) “Como quieren que los traten”: evangelizar es dar lo bueno

El Evangelio termina con la regla de oro: “Traten a los demás como quieren que ellos los traten” (Mt 7,12). Y aquí aterriza todo: lo “bueno” que Dios nos da, se vuelve misión.

Evangelizar es ofrecer bienes verdaderos: misericordia, escucha, verdad con caridad, paciencia, compañía, esperanza. La Iglesia anuncia a Cristo no solo con palabras, sino con un estilo: el estilo del Padre que da “cosas buenas”.

Y en ese clima nacen vocaciones: donde alguien experimenta que Dios no humilla, sino que levanta; no apaga, sino que enciende; no usa, sino que ama.


Tres llamadas concretas para vivir hoy

1.    Pida con fe, pero pida “lo bueno”: “Señor, dame tu gracia; ordéneme por dentro; muéstrame tu voluntad”.

2.    Busque con decisiones: en algo concreto hoy, elija lo que le hace más libre, no lo que más le seduce.

3.    Llame con perseverancia: no abandone la oración porque “no siente nada”. La fidelidad abre puertas.


Intención orante (Obra evangelizadora y vocaciones)

Padre bueno, que siempre das cosas buenas a tus hijos:
purifica nuestros deseos, para que no te pidamos migajas cuando Tú quieres darnos el Reino.
Renueva en tu Iglesia el ardor por anunciar a Jesucristo con alegría y coherencia.
Suscita vocaciones santas: sacerdotes según tu Corazón, consagrados con fuego misionero, familias firmes en la fe, laicos valientes en medio del mundo.

Señor Jesús, confiamos en Ti. Amén.

 

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