viernes, 27 de febrero de 2026

28 de febrero del 2026: sábado de la primera semana de Cuaresma

 

Y, sin embargo…

(Mateo 5, 43-48) Amar a quienes nos hieren, rezar por quienes nos atacan, es difícil. Y, sin embargo, ahí es donde Jesús actúa. Ofrecer o acoger el perdón es derribar los muros del rencor y de la incomprensión. En Cristo, todos estamos llamados a vivir juntos.

Hoy, ¿podemos dejar que Cristo transforme nuestros corazones, para que se vuelvan capaces de sembrar amor a nuestro alrededor?

Jean-Paul Musangania, prêtre assomptionniste

 


Primera lectura

 Lectura del libro del Deuteronomio (26,16-19):


MOISÉS habló al pueblo, diciendo:
«Hoy el Señor, tu Dios, te manda que cumplas estos mandatos y decretos. Acátalos y cúmplelos con todo tu corazón y con toda tu alma.
Hoy has elegido al Señor para que él sea tu Dios y tú vayas por sus caminos, observes sus mandatos, preceptos y decretos, y escuches su voz. Y el Señor te ha elegido para que seas su propio pueblo, como te prometió, y observes todos sus preceptos.
Él te elevará en gloria, nombre y esplendor, por encima de todas las naciones que ha hecho, y serás el pueblo santo del Señor, tu Dios, como prometió».


Palabra de Dios

 

 

Salmo

 

Sal 118,1-2.4-5.7-8

R/.
 Dichoso el que camina en la voluntad del Señor

V/. Dichoso el que, con vida intachable,
camina en la ley del Señor;
dichoso el que, guardando sus preceptos,
lo busca de todo corazón. R/.

V/. Tú promulgas tus mandatos
para que se observen exactamente.
Ojalá esté firme mi camino,
para cumplir tus decretos. R/.

V/. Te alabaré con sincero corazón
cuando aprenda tus justos mandamientos.
Quiero guardar tus decretos exactamente,
tú no me abandones. R/.

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,43-48):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo’ y aborrecerás a tu enemigo”.
Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.
Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto».

Palabra del Señor

 

 

 

1

 

Hermanos, la Cuaresma no es solo una “temporada” de prácticas piadosas: es una escuela del corazón. Y hoy la Palabra nos lleva al punto más alto, y quizá más exigente, del Evangelio: amar al enemigo y orar por el que nos persigue.

1) “Hoy” renuevas tu alianza (Dt 26,16-19)

En el Deuteronomio aparece una palabra que pesa: “hoy”. No dice “algún día, cuando estés listo”. Dice: hoy te comprometes a guardar los mandamientos; hoy el Señor te declara su pueblo.
La alianza con Dios no es un contrato frío; es pertenencia: Dios te elige para que tú elijas su camino. Y ese camino no se reduce a cumplir normas: es aprender a vivir como vive Dios.

A veces queremos una fe que nos deje “correctos”, pero sin transformarnos. Sin embargo, el Señor no busca solo nuestra corrección; busca nuestra conversión.

2) Felices los que caminan “sin tacha”… aunque cueste (Sal 118/119)

El salmo canta la belleza de caminar según la voluntad de Dios. Pero seamos honestos: cuando el Evangelio nos pide amar a quien nos ha hecho daño, el corazón protesta.
Aquí conviene entender algo: Jesús no nos manda sentir simpatía, nos manda decidir el bien. El amor cristiano no es primero emoción; es una voluntad iluminada por la gracia.

Y por eso el salmo se vuelve oración realista: “Que mi corazón aprenda tus caminos”. En otras palabras: “Señor, enséñame lo que no me sale solo”.

3) “Amen a sus enemigos” (Mt 5,43-48): la cima del Evangelio

Jesús no está proponiendo un ideal romántico. Está revelando el modo de ser del Padre:

“Él hace salir el sol sobre malos y buenos”.

El Padre no es ingenuo; es fiel a su amor. Su amor no depende de quién lo merece, sino de quién es Él. Y Jesús nos dice: “Ustedes, hijos, parezcan a su Padre.

 “Y, sin embargo…”

  • Amar a quien me hirió: difícil. Y, sin embargo, ahí actúa Jesús.
  • Orar por quien me atacó: difícil. Y, sin embargo, ahí se abre el Reino.
  • Perdonar o pedir perdón: difícil. Y, sin embargo, ahí caen los muros.

Una mirada muy humana (y muy cuaresmal)

Muchos cargamos heridas viejas. Y cuando una herida no se trabaja, se convierte en resentimiento; y el resentimiento se convierte en una “muralla” interior. Esa muralla parece protegernos, pero por dentro nos va endureciendo.
El perdón cristiano no niega el daño; no dice “no pasó nada”. Dice: “Pasó… y aun así, con la gracia de Dios, no voy a dejar que eso me gobierne”. Perdonar es dejar de vivir atados al agresor, aunque el agresor ya ni esté.

Y atención: amar al enemigo no significa permitir abusos, ni renunciar a la justicia, ni exponerse al daño. Significa que, incluso buscando justicia y cuidando límites sanos, yo no cultivo odio, y puedo pedirle a Dios que al otro le cambie el corazón… y que sane el mío.

4) María en sábado: la escuela del corazón nuevo

En este sábado, miramos a María. ¿Quién amó como Ella?

  • María no fue una mujer “sin dolor”: conoció la espada que atraviesa el alma.
  • Y aun así, no se encerró en amargura: permaneció abierta a Dios.
  • En la cruz, junto al Hijo, María nos enseña que el amor verdadero no se evapora cuando duelen las cosas: se purifica.

María no predica venganza; predica esperanza. Por eso hoy le pedimos: Madre, préstanos tu corazón para aprender el corazón de Cristo.

5) Tres decisiones concretas para vivir esta Palabra

1.    Nombre una persona difícil (no para justificarla, sino para presentarla a Dios).

2.    Ore por esa persona al menos una vez al día esta semana: “Señor, bendícela y conviértenos a ambos”.

3.    Derribe un muro: un saludo, un gesto de respeto, cortar un chisme, detener una palabra hiriente. A veces la santidad empieza con algo así de pequeño.


Oración final

Señor Jesús, Tú conoces nuestros conflictos, nuestras heridas y esas resistencias que llevamos por dentro. Hoy nos dices: “Amen… oren… sean perfectos como el Padre”. Y nosotros te respondemos con humildad: no podemos solos.
Pero creemos que tu gracia puede hacer lo que nuestra voluntad no alcanza. Rompe, Señor, los muros del rencor; sana lo que está endurecido; líbranos de devolver mal por mal. Y haznos sembradores de amor, incluso donde parece imposible.

María, Madre de la Misericordia, acompáñanos en esta Cuaresma: enséñanos a guardar la Palabra, a permanecer en la esperanza y a amar como tu Hijo. Amén.

 

2

 

1) Punto de partida: el mandamiento imposible… y la razón de Jesús (Mt 5,43-44)

Hermanos, Jesús hoy nos pone una frase que suena casi irreal: “Amen a sus enemigos y oren por los que los persiguen.”
La mente “natural”, herida por el pecado, reacciona al revés: “Al enemigo se le combate, se le evita, se le devuelve.” Y Jesús sabe que, sin la gracia, no entendemos ni podemos vivir esto.

Por eso Él mismo da la razón: “para que sean hijos de su Padre que está en el cielo”. No es un mandamiento para héroes solitarios, sino la señal de familia: así actúan los hijos que se parecen al Padre.


2) Primera lectura: “Hoy” eliges pertenecer… y vivir en consecuencia (Dt 26,16-19)

Deuteronomio nos habla también con una palabra fuerte: “hoy”.

  • Hoy tú te comprometes a caminar por sus caminos.
  • Hoy Dios te declara su pueblo.

La fe no es un carnet; es pertenencia. Y pertenecer implica estilo de vida. Si elegimos a Dios como Padre, entramos en su casa… y en su casa se aprende a amar como Él ama. Ahí se entiende la exigencia del Evangelio: el amor al enemigo es un fruto de la alianza, no una simple “buena educación”.


3) El Salmo 118(119): aprender el camino con el corazón (no solo con la cabeza)

El salmo canta: “Dichosos los que van por el camino del Señor”. Suena hermoso… hasta que ese camino pasa por perdonar, por orar por quien me hiere, por no hablar mal, por cortar la cadena del odio.

Por eso el salmo es también súplica: “Haz que mi corazón se afirme en tus mandatos”. La Palabra no busca solo informarnos; busca formarnos. El discípulo verdadero no dice: “Señor, ya entendí”, sino: “Señor, cámbiame por dentro”.


4) El “ADN” del Padre: parecerse a Dios (Mt 5,45-48)

Alguien lo dice con una imagen muy clara: en una familia se heredan rasgos, se imitan hábitos, se aprende un modo de ser.
Pues bien: si Dios es mi Padre, debo recibir su “ADN” espiritual: misericordia, paciencia, fidelidad, bondad.

Jesús lo explica con un hecho simple: el Padre hace salir el sol y manda la lluvia sobre buenos y malos. Eso no significa que Dios apruebe el mal, sino que su amor es mayor que nuestra lógica de venganzas.
Y por eso remata: “Sean perfectos como su Padre es perfecto.”
Esa “perfección” no es ser impecables, sino ser plenos en el amor, completos, sin recortes: amar al que me ama… y también al que me cuesta.


5) Realismo cuaresmal: perdonar no es ingenuidad

Aquí conviene ser claros: amar al enemigo no es:

  • justificar el abuso,
  • renunciar a la justicia,
  • permitir que me destruyan,
  • fingir que no dolió.

Amar al enemigo significa: con límites sanos, con prudencia y verdad, yo no dejo que el odio mande en mi corazón.
Orar por quien me persigue es decir: “Señor, toca su vida… y sobre todo, libera mi corazón de la prisión del resentimiento.” Porque el rencor parece castigar al otro, pero en realidad me encadena a mí.


6) Memoria de María en sábado: la Madre que nos enseña el corazón del Hijo

En este sábado miramos a María: hija perfecta del Padre, discípula perfecta del Hijo.
Ella conoce el dolor, la incomprensión, la espada en el alma… pero no se convirtió en amargura. María es la prueba viviente de que la gracia puede sostener un corazón sin endurecerlo.

Cuando sentimos que “no podemos”, María nos toma de la mano y nos dice: “Mira a Jesús. Aprende su mansedumbre. Pídele su corazón.”


7) Aplicación concreta: una pequeña práctica de familia (para esta semana)

Te propongo tres pasos sencillos, pero verdaderos:

1.    Nombra (en silencio) a esa persona con la que tienes un nudo: resentimiento, herida, distancia.

2.    Ora por ella cada día con una frase breve:
“Señor, bendícela y conviérteme a mí también.”

3.    Derriba un muro: evita un comentario hiriente, corta un chisme, ofrece un gesto mínimo de respeto, o al menos decide: “No alimentaré esto más.”

A veces la santidad no empieza con grandes discursos, sino con una decisión pequeña que cambia la dirección del corazón.


Oración final (en sintonía con el comentario)

Padre bueno y misericordioso: tu amor no falla, no disminuye, no cambia.
Mi amor, en cambio, es frágil, egoísta y variable. Hoy acepto tu invitación a ser parte de tu familia. Dame tu sabiduría para mirar a todos con tus ojos y tu gracia para amar con tu corazón. Perdona mi falta de amor, rompe mis cadenas de resentimiento y transfórmame, día a día, en un verdadero hijo tuyo.
María, Madre del Amor hermoso, enséñanos a amar como Jesús.
Jesús, en Ti confío. Amén.

 

 

 

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