Y, sin embargo…
(Mateo 5, 43-48) Amar
a quienes nos hieren, rezar por quienes nos atacan, es difícil. Y, sin embargo,
ahí es donde Jesús actúa. Ofrecer o acoger el perdón es derribar los muros del
rencor y de la incomprensión. En Cristo, todos estamos llamados a vivir juntos.
Hoy, ¿podemos dejar que Cristo
transforme nuestros corazones, para que se vuelvan capaces de sembrar amor a
nuestro alrededor?
Jean-Paul Musangania, prêtre assomptionniste
Primera lectura
Lectura
del libro del Deuteronomio (26,16-19):
MOISÉS habló al pueblo, diciendo:
«Hoy el Señor, tu Dios, te manda que cumplas estos mandatos y decretos.
Acátalos y cúmplelos con todo tu corazón y con toda tu alma.
Hoy has elegido al Señor para que él sea tu Dios y tú vayas por sus caminos,
observes sus mandatos, preceptos y decretos, y escuches su voz. Y el Señor te
ha elegido para que seas su propio pueblo, como te prometió, y observes todos
sus preceptos.
Él te elevará en gloria, nombre y esplendor, por encima de todas las naciones
que ha hecho, y serás el pueblo santo del Señor, tu Dios, como prometió».
Palabra de Dios
Salmo
Sal
118,1-2.4-5.7-8
R/. Dichoso el que camina en la voluntad del Señor
V/. Dichoso el que, con vida intachable,
camina en la ley del Señor;
dichoso el que, guardando sus preceptos,
lo busca de todo corazón. R/.
V/. Tú promulgas tus mandatos
para que se observen exactamente.
Ojalá esté firme mi camino,
para cumplir tus decretos. R/.
V/. Te alabaré con sincero corazón
cuando aprenda tus justos mandamientos.
Quiero guardar tus decretos exactamente,
tú no me abandones. R/.
Lectura
del santo evangelio según san Mateo (5,43-48):
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo’ y aborrecerás a tu enemigo”.
Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen,
para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre
malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.
Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo
también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de
extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed
perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto».
Palabra del Señor
1
Hermanos, la Cuaresma no es solo una “temporada” de
prácticas piadosas: es una escuela del corazón. Y hoy la Palabra nos lleva al
punto más alto, y quizá más exigente, del Evangelio: amar al enemigo y orar
por el que nos persigue.
1) “Hoy” renuevas tu alianza (Dt
26,16-19)
En el Deuteronomio aparece una palabra que pesa: “hoy”.
No dice “algún día, cuando estés listo”. Dice: hoy te comprometes a
guardar los mandamientos; hoy el Señor te declara su pueblo.
La alianza con Dios no es un contrato frío; es pertenencia: Dios te elige
para que tú elijas su camino. Y ese camino no se reduce a cumplir normas:
es aprender a vivir como vive Dios.
A veces queremos una fe que nos deje “correctos”,
pero sin transformarnos. Sin embargo, el Señor no busca solo nuestra corrección;
busca nuestra conversión.
2) Felices los que caminan “sin
tacha”… aunque cueste (Sal 118/119)
El salmo canta la belleza de caminar según la
voluntad de Dios. Pero seamos honestos: cuando el Evangelio nos pide amar a
quien nos ha hecho daño, el corazón protesta.
Aquí conviene entender algo: Jesús no nos manda sentir simpatía, nos
manda decidir el bien. El amor cristiano no es primero emoción; es una
voluntad iluminada por la gracia.
Y por eso el salmo se vuelve oración realista: “Que
mi corazón aprenda tus caminos”. En otras palabras: “Señor, enséñame lo que no
me sale solo”.
3) “Amen a sus enemigos” (Mt
5,43-48): la cima del Evangelio
Jesús no está proponiendo un ideal romántico. Está
revelando el modo de ser del Padre:
“Él hace salir el sol sobre malos y buenos”.
El Padre no es ingenuo; es fiel a su amor.
Su amor no depende de quién lo merece, sino de quién es Él. Y Jesús nos dice:
“Ustedes, hijos, parezcan a su Padre.
“Y, sin
embargo…”
- Amar
a quien me hirió: difícil. Y, sin embargo, ahí actúa Jesús.
- Orar
por quien me atacó: difícil. Y, sin embargo, ahí se abre el Reino.
- Perdonar
o pedir perdón: difícil. Y, sin embargo, ahí caen los muros.
Una mirada muy humana (y muy
cuaresmal)
Muchos cargamos heridas viejas. Y cuando una herida
no se trabaja, se convierte en resentimiento; y el resentimiento se convierte
en una “muralla” interior. Esa muralla parece protegernos, pero por dentro nos
va endureciendo.
El perdón cristiano no niega el daño; no dice “no pasó nada”. Dice:
“Pasó… y aun así, con la gracia de Dios, no voy a dejar que eso me gobierne”.
Perdonar es dejar de vivir atados al agresor, aunque el agresor ya ni
esté.
Y atención: amar al enemigo no significa permitir
abusos, ni renunciar a la justicia, ni exponerse al daño. Significa que,
incluso buscando justicia y cuidando límites sanos, yo no cultivo odio,
y puedo pedirle a Dios que al otro le cambie el corazón… y que sane el mío.
4) María en sábado: la escuela
del corazón nuevo
En este sábado, miramos a María. ¿Quién amó como
Ella?
- María
no fue una mujer “sin dolor”: conoció la espada que atraviesa el alma.
- Y
aun así, no se encerró en amargura: permaneció abierta a Dios.
- En
la cruz, junto al Hijo, María nos enseña que el amor verdadero no se
evapora cuando duelen las cosas: se purifica.
María no predica venganza; predica esperanza. Por
eso hoy le pedimos: Madre, préstanos tu corazón para aprender el corazón de
Cristo.
5) Tres decisiones concretas para
vivir esta Palabra
1. Nombre una persona difícil (no para justificarla, sino para
presentarla a Dios).
2. Ore por esa persona al menos una vez al día esta
semana: “Señor, bendícela y conviértenos a ambos”.
3. Derribe un muro: un saludo, un gesto de respeto,
cortar un chisme, detener una palabra hiriente. A veces la santidad empieza con
algo así de pequeño.
Oración final
Señor
Jesús, Tú conoces nuestros conflictos, nuestras heridas y esas resistencias que
llevamos por dentro. Hoy nos dices: “Amen… oren… sean perfectos como el Padre”.
Y nosotros te respondemos con humildad: no podemos solos.
Pero creemos que tu gracia puede hacer lo que nuestra voluntad no alcanza.
Rompe, Señor, los muros del rencor; sana lo que está endurecido; líbranos de
devolver mal por mal. Y haznos sembradores de amor, incluso donde parece
imposible.
María,
Madre de la Misericordia, acompáñanos en esta Cuaresma: enséñanos a guardar la
Palabra, a permanecer en la esperanza y a amar como tu Hijo. Amén.
2
1) Punto de partida: el
mandamiento imposible… y la razón de Jesús (Mt 5,43-44)
Hermanos, Jesús hoy nos pone una frase que suena
casi irreal: “Amen a sus enemigos y oren por los que los persiguen.”
La mente “natural”, herida por el pecado, reacciona al revés: “Al enemigo se
le combate, se le evita, se le devuelve.” Y Jesús sabe que, sin la gracia, no
entendemos ni podemos vivir esto.
Por eso Él mismo da la razón: “para que sean
hijos de su Padre que está en el cielo”. No es un mandamiento para héroes
solitarios, sino la señal de familia: así actúan los hijos que se
parecen al Padre.
2) Primera lectura: “Hoy” eliges
pertenecer… y vivir en consecuencia (Dt 26,16-19)
Deuteronomio nos habla también con una palabra
fuerte: “hoy”.
- Hoy tú te comprometes a caminar
por sus caminos.
- Hoy Dios te declara su pueblo.
La fe no es un carnet; es pertenencia. Y
pertenecer implica estilo de vida. Si elegimos a Dios como Padre, entramos en
su casa… y en su casa se aprende a amar como Él ama. Ahí se entiende la
exigencia del Evangelio: el amor al enemigo es un fruto de la alianza,
no una simple “buena educación”.
3) El Salmo 118(119): aprender el
camino con el corazón (no solo con la cabeza)
El salmo canta: “Dichosos los que van por el
camino del Señor”. Suena hermoso… hasta que ese camino pasa por perdonar, por
orar por quien me hiere, por no hablar mal, por cortar la cadena del odio.
Por eso el salmo es también súplica: “Haz que mi
corazón se afirme en tus mandatos”. La Palabra no busca solo informarnos;
busca formarnos. El discípulo verdadero no dice: “Señor, ya entendí”,
sino: “Señor, cámbiame por dentro”.
4) El “ADN” del Padre: parecerse
a Dios (Mt 5,45-48)
Alguien lo dice con una imagen muy clara: en una
familia se heredan rasgos, se imitan hábitos, se aprende un modo de ser.
Pues bien: si Dios es mi Padre, debo recibir su “ADN” espiritual: misericordia,
paciencia, fidelidad, bondad.
Jesús lo explica con un hecho simple: el Padre hace
salir el sol y manda la lluvia sobre buenos y malos. Eso no
significa que Dios apruebe el mal, sino que su amor es mayor que nuestra
lógica de venganzas.
Y por eso remata: “Sean perfectos como su Padre es perfecto.”
Esa “perfección” no es ser impecables, sino ser plenos en el amor,
completos, sin recortes: amar al que me ama… y también al que me cuesta.
5) Realismo cuaresmal: perdonar
no es ingenuidad
Aquí conviene ser claros: amar al enemigo no
es:
- justificar
el abuso,
- renunciar
a la justicia,
- permitir
que me destruyan,
- fingir
que no dolió.
Amar al enemigo significa: con límites sanos, con
prudencia y verdad, yo no dejo que el odio mande en mi corazón.
Orar por quien me persigue es decir: “Señor, toca su vida… y sobre todo, libera
mi corazón de la prisión del resentimiento.” Porque el rencor parece
castigar al otro, pero en realidad me encadena a mí.
6) Memoria de María en sábado: la
Madre que nos enseña el corazón del Hijo
En este sábado miramos a María: hija perfecta del
Padre, discípula perfecta del Hijo.
Ella conoce el dolor, la incomprensión, la espada en el alma… pero no se
convirtió en amargura. María es la prueba viviente de que la gracia puede
sostener un corazón sin endurecerlo.
Cuando sentimos que “no podemos”, María nos toma de
la mano y nos dice: “Mira a Jesús. Aprende su mansedumbre. Pídele su corazón.”
7) Aplicación concreta: una
pequeña práctica de familia (para esta semana)
Te propongo tres pasos sencillos, pero verdaderos:
1. Nombra (en silencio) a esa persona con
la que tienes un nudo: resentimiento, herida, distancia.
2. Ora por ella cada día con una frase
breve:
“Señor, bendícela y conviérteme a mí también.”
3. Derriba un muro: evita un comentario hiriente,
corta un chisme, ofrece un gesto mínimo de respeto, o al menos decide: “No
alimentaré esto más.”
A veces la santidad no empieza con grandes
discursos, sino con una decisión pequeña que cambia la dirección del corazón.
Oración final (en sintonía con el
comentario)
Padre bueno y misericordioso: tu amor no falla, no
disminuye, no cambia.
Mi amor, en cambio, es frágil, egoísta y variable. Hoy acepto tu invitación a
ser parte de tu familia. Dame tu sabiduría para mirar a todos con tus ojos y tu
gracia para amar con tu corazón. Perdona mi falta de amor, rompe mis cadenas de
resentimiento y transfórmame, día a día, en un verdadero hijo tuyo.
María, Madre del Amor hermoso, enséñanos a amar como Jesús.
Jesús, en Ti confío. Amén.
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