lunes, 23 de febrero de 2026

24 de febrero del 2026: martes de la primera semana de Cuaresma

 

Transformación

 

Decir “Padre nuestro” es poner nuestras vidas en sus manos, confiar como un niño, incluso cuando todo parece complicado. Es confiar nuestros miedos, nuestros proyectos y a nuestros seres queridos en las manos del Padre.

Esta oración se vuelve verdadera cuando inspira nuestros gestos: perdonar, ayudar, escuchar, amar de manera concreta.

Si Dios es nuestro Padre, ¿cómo transforma su presencia nuestra manera de vivir cada día?

 

Jean-Paul Musangania, prêtre assomptionniste

 



Primera lectura

Is 55, 10-11

Mi palabra cumplirá mi deseo

Lectura del libro de Isaías

ESTO dice el Señor:
«Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo,
y no vuelven allá sino después de empapar la tierra,
de fecundarla y hacerla germinar,
para que dé semilla al sembrador
y pan al que come,
así será mi palabra que sale de mi boca:
no volverá a mí vacía,
sino que cumplirá mi deseo
y llevará a cabo mi encargo».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 33, 4-5. 6-7. 16-17. 18-19 (R.: cf. 18b)

R. Dios libra a los justos de sus angustias.

V. Proclamen conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor, y me respondió,
me libró de todas mis ansias. 
R.

V. Contémplenlo, y quedarán radiantes,
su rostro no se avergonzará.
El afligido invocó al Señor,
él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. 
R.

V. Los ojos del Señor miran a los justos,
sus oídos escuchan sus gritos;
pero el Señor se enfrenta con los malhechores,
para borrar de la tierra su memoria. 
R.

V. Cuando uno grita, el Señor lo escucha
y lo libra de sus angustias;
el Señor está cerca de los atribulados,
salva a los abatidos. 
R.

 

Aclamación

V. No solo de pan vive el hombre,
sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

 

Evangelio

Mt 6, 7-15

Ustedes oren así

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuando recen, no usen muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No sean como ellos, pues su Padre sabe lo que les hace falta antes de que lo pidan. Ustedes oren así:
“Padre nuestro que estás en el cielo,
santificado sea tu nombre,
venga a nosotros tu reino,
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo,
danos hoy nuestro pan de cada día,
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden,
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal”.
Porque si perdonan a los hombres sus ofensas, también a ustedes los perdonará su Padre celestial, pero si no perdonan a los hombres, tampoco su Padre perdonará sus ofensas».

Palabra del Señor.

 

 

 

1

 

“Padre nuestro”: una oración que cambia la vida

En Cuaresma, la Iglesia nos invita a volver a lo esencial. Y hoy Jesús nos entrega lo más esencial que un discípulo puede aprender: cómo hablar con Dios. No nos da un discurso complicado; nos regala una oración sencilla, directa, familiar: “Padre nuestro” (Mt 6,9).

Pero atención: no es solo una fórmula para recitar. Es una puerta para vivir de otro modo. El Evangelio de hoy nos pregunta, sin decirlo explícitamente: ¿tu oración te está transformando? Porque, si no nos cambia por dentro, corremos el riesgo de hacer de la religión un hábito sin alma.

1. La Palabra no cae en el vacío

La primera lectura, Isaías, nos ofrece una imagen preciosa: así como la lluvia y la nieve bajan del cielo y no vuelven sin fecundar la tierra, así es la Palabra de Dios: “no vuelve a mí vacía” (Is 55,10-11).
En Cuaresma, Dios está “regando” una tierra concreta: tu corazón, tu historia, tus heridas, tu familia, tus decisiones. Y su Palabra busca fruto: reconciliación, serenidad, verdad, esperanza.

A veces uno dice: “Padre, yo escucho la Palabra, pero sigo igual”. Quizás el problema no es la semilla, ni la lluvia: es la prisa, la superficialidad, el ruido interior. Hoy Jesús comienza por ahí: “cuando recen, no hablen mucho… no sean palabreros” (Mt 6,7). No es que Dios se canse; es que nosotros nos dispersamos. Mucha palabra puede ser una manera elegante de evitar lo profundo.

2. Decir “Padre” es entregar el control

Decir “Padre” es poner la vida en sus manos y confiar como un niño incluso cuando todo parece complicado.

Aquí hay una clave psicológica y espiritual: muchas personas no sufren por falta de fe, sino por exceso de control. Queremos dominar el futuro, asegurar todo, anticipar todo… y eso nos deja agotados.
Decir “Padre nuestro” es reconocer: “Yo no soy Dios; tú sí. Yo no llevo el universo sobre mis hombros; lo llevas tú.”

Y además decimos “nuestro”. La fe cristiana nunca es un “sálvese quien pueda”. Quien reza de verdad, se vuelve más humano, más fraterno, más comunitario. Si Dios es Padre, nadie puede ser para mí un estorbo: es un hermano.

3. “Danos… perdona… no nos dejes…”: el Padrenuestro aterriza

Jesús nos enseña una oración que toca la vida diaria:

  • “Danos hoy nuestro pan…”: no solo el pan material, también el pan del ánimo, del trabajo digno, de la paciencia, del diálogo en casa, del consuelo.
  • “Perdona nuestras ofensas…”: aquí está el punto donde la oración se vuelve real o se queda en teatro.
  • “Como también nosotros perdonamos…” (Mt 6,12): ¡qué frase tan exigente! No porque Dios sea mezquino, sino porque el corazón rencoroso se vuelve incapaz de recibir la gracia. El perdón no es aprobar el mal; es romper la cadena que me ata al daño. Perdonar es decir: “No le daré a esta herida el poder de gobernar mi vida.”

El salmo de hoy nos acompaña como una escuela de confianza: “El Señor está cerca de los atribulados” (Sal 34). La oración cristiana no niega la tristeza; la atraviesa con Dios. Por eso el salmista puede decir: “Busqué al Señor y me respondió” (Sal 34,4). No siempre responde como yo quiero, pero responde como Padre: con presencia, con luz, con fuerza para dar el siguiente paso.

4. La Cuaresma se mide en gestos concretos

Esta oración se vuelve verdadera cuando inspira nuestros gestos: perdonar, ayudar, escuchar, amar concretamente.

Entonces, para que la homilía no se quede en ideas bonitas, propongo tres “pruebas” sencillas para esta semana:

1.    Prueba de la confianza: cada día, al levantarte, reza despacio: “Padre, hoy pongo mi vida en tus manos.” Y nombra una preocupación concreta.

2.    Prueba del perdón: pregunta honesta: ¿a quién tengo castigado con mi silencio, con mi dureza, con mi resentimiento? Da un paso, aunque sea pequeño: un mensaje, una llamada, una oración sincera por esa persona.

3.    Prueba de la fraternidad: como decimos “Padre nuestro”, hoy voy a hacer un gesto concreto por alguien: escuchar sin interrumpir, ayudar sin humillar, servir sin publicar.

Intención orante

Hoy, Señor, ponemos ante ti a nuestras familias, amigos y benefactores. Bendice a quienes nos han sostenido con cariño, con consejo, con ayuda material o espiritual. Sana los hogares heridos, fortalece los matrimonios, acompaña a los que crían con esfuerzo, consuela a quienes están solos. Y haz que nosotros también seamos “pan” para los demás: personas que dan vida, no que la quitan.

Conclusión

Hermanos, si Dios es Padre, la vida cambia: cambia cómo trabajo, cómo reacciono, cómo trato al otro, cómo perdono, cómo espero.
Que esta Cuaresma no sea solo “más rezos”, sino más Evangelio vivido. Y que cada “Padre nuestro” sea una rendición confiada: “Aquí estoy, Señor… haz fecunda tu Palabra en mí.” Amén.

 

2

 

1. ¿Rezar mucho… o rezar de verdad?

Jesús hoy nos desarma:

“No hablen mucho como los paganos… su Padre sabe lo que necesitan” (Mt 6,7-8).

En otras palabras: la oración no es convencer a Dios, ni torcerle el brazo, ni repetir fórmulas hasta que “ceda”.
A veces tratamos a Dios como un funcionario que necesita solicitudes bien redactadas y muchas firmas para aprobar algo. Pero Jesús corrige esa imagen: Dios es Padre. Y un padre no necesita discursos interminables para saber lo que su hijo necesita.

Aquí hay una diferencia clave:

·        Decir oraciones no es lo mismo que orar.

·        Repetir palabras no siempre significa abrir el corazón.

La oración auténtica no cambia a Dios; nos cambia a nosotros.


2. La oración que transforma

La verdadera oración es pedirle a Dios que nos conforme a su voluntad.

Esto es profundamente cuaresmal. En Cuaresma no venimos a decirle a Dios lo que debe hacer; venimos a preguntarle:
“Señor, ¿qué quieres hacer conmigo?”

La primera lectura lo confirma con una imagen bellísima:

La lluvia no vuelve al cielo sin empapar la tierra (Is 55,10-11).

La Palabra que hoy escuchamos no es teoría; es lluvia. Si dejamos que penetre, producirá fruto: paciencia, serenidad, perdón, confianza.

Pero si rezamos sin abrirnos, somos como tierra endurecida.


3. “Padre nuestro”: sentimientos y contenido de la verdadera oración

Jesús no solo nos dice cómo no orar; nos enseña cómo hacerlo. Y lo hace regalándonos el Padrenuestro.

a) Reconocer quién es Dios

“Padre nuestro que estás en el cielo…”

Dios es Padre cercano, pero también Señor trascendente. No es un colega ni un ídolo moldeado a nuestra medida. Es santo.
Por eso decimos:

“Santificado sea tu Nombre.”

Adorar es reconocer que Dios es Dios… y yo no.


b) No imponer mi voluntad, sino abrazar la suya

“Venga tu Reino… hágase tu voluntad.”

Este es el corazón de la oración cristiana.
La oración madura no es: “Señor, haz lo que yo quiero.”
Es: “Señor, haz en mí lo que Tú quieres.”

Eso requiere confianza. Requiere soltar el control. Requiere fe adulta.


c) Confiar en su providencia

“Danos hoy nuestro pan de cada día.”

Pan material, sí. Pero también pan espiritual: fortaleza, consuelo, claridad interior.

Quien confía solo en el dinero, el prestigio o la seguridad humana puede terminar espiritualmente vacío. El que confía en Dios descubre que nunca es abandonado.

El Salmo 34 lo proclama:

“Busqué al Señor y me respondió… El Señor está cerca de los atribulados.”


d) Pedir y ofrecer perdón

“Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos…”

Aquí la oración se vuelve exigente. Dios siempre está dispuesto a perdonar, pero el corazón cerrado al perdón se vuelve incapaz de recibir plenamente la misericordia.

El que ha experimentado el perdón verdadero no puede guardarlo para sí. Se convierte en un canal.


e) Reconocer la batalla espiritual

“No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal.”

Jesús no ignora la existencia del mal. La Cuaresma nos recuerda que hay lucha interior, tentaciones, fragilidades.
Pero también nos recuerda que no estamos solos. La gracia de Dios y el auxilio del cielo nos sostienen.


4. Examen personal: ¿cómo rezo yo?

Hoy la pregunta es muy concreta:

·        ¿Rezo mecánicamente o con conciencia?

·        ¿Entiendo lo que digo cuando pronuncio el Padrenuestro?

·        ¿Creo de verdad que Dios es Padre?

·        ¿Acepto su voluntad aunque no coincida con mis planes?

Si rezamos así, la oración dejará de ser rutina y se convertirá en transformación.


Intención orante

Señor, hoy te presentamos a nuestras familias, amigos y benefactores.
Tú conoces sus necesidades antes de que las nombremos.
Dales el pan material y espiritual.
Sana heridas familiares.
Fortalece vínculos de amistad.
Bendice a quienes nos han ayudado en el camino.
Y haznos también a nosotros generosos instrumentos de tu providencia.


Conclusión

Hermanos, Jesús no nos enseñó una oración para repetirla sin pensar. Nos enseñó un estilo de vida.

Si cada vez que digamos “Padre nuestro” confiamos, adoramos, aceptamos su voluntad, perdonamos y dependemos de su gracia… entonces estaremos orando como Él desea.

Que esta Cuaresma nos enseñe a pasar de muchas palabras…
a un corazón verdaderamente entregado.

Padre nuestro… Amén.

 

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