Una fe libre
(Lc 11,29-32) Jesús
se niega a dar pruebas espectaculares. Él quiere una fe libre, que nace de la
escucha. En otro tiempo, unos extranjeros —los ninivitas— acogieron la Palabra
y se convirtieron. Hoy, el signo es Él mismo, Jesús vivo en medio de nosotros.
Su palabra sacude nuestras certezas y llama a cambiar de vida. ¿Estamos
dispuestos a dejarnos tocar o nos quedaremos como simples espectadores de sus
maravillas?
Jean-Paul Musangania, prêtre assomptionniste
Primera lectura
Jon 3, 1-10
Los ninivitas
habían abandonado el mal camino
Lectura de la profecía de Jonás.
EL Señor dirigió la palabra a Jonás:
«Ponte en marcha y ve a la gran ciudad de Nínive; allí les anunciarás el
mensaje que yo te comunicaré».
Jonás se puso en marcha hacia Nínive, siguiendo la orden del Señor. Nínive era
una ciudad inmensa; hacían falta tres días para recorrerla. Jonás empezó a
recorrer la ciudad el primer día, proclamando:
«Dentro de cuarenta días, Nínive será arrasada».
Los ninivitas creyeron en Dios, proclamaron un ayuno y se vistieron con rudo
sayal, desde el más importante al menor.
La noticia llegó a oídos del rey de Nínive, que se levantó de su trono, se
despojó del manto real, se cubrió con rudo sayal y se sentó sobre el polvo.
Después ordenó proclamar en Nínive este anuncio de parte del rey y de sus
ministros:
«Que hombres y animales, ganado mayor y menor no coman nada; que no pasten ni
beban agua. Que hombres y animales se cubran con rudo sayal e invoquen a Dios
con ardor. Que cada cual se convierta de su mal camino y abandone la violencia.
¡Quién sabe si Dios cambiará y se compadecerá, se arrepentirá de su violenta
ira y no nos destruirá!».
Vio Dios su comportamiento, cómo habían abandonado el mal camino, y se
arrepintió de la desgracia que había determinado enviarles. Así que no la
ejecutó.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Un
corazón quebrantado y humillado,
oh, Dios, tú no lo desprecias.
V. Misericordia,
Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado. R.
V. Oh,
Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme.
No me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu. R.
V. Los
sacrificios no te satisfacen:
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
El sacrificio agradable a Dios
es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado,
tú, oh, Dios, tú no lo desprecias. R.
Aclamación
porque soy compasivo y misericordioso.
Evangelio
A esta
generación no se le dará más signo que el signo de Jonás
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
EN aquel tiempo, la gente se apiñaba alrededor de Jesús, y él se puso a
decirles:
«Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más
signo que el signo de Jonás. Pues como Jonás fue un signo para los habitantes
de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación.
La reina del Sur se levantará en el juicio contra los hombres de esta
generación y hará que los condenen, porque ella vino desde los confines de la
tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que
Salomón.
Los hombres de Nínive se alzarán en el juicio contra esta generación y harán
que la condenen; porque ellos se convirtieron con la proclamación de Jonás, y
aquí hay uno que es más que Jonás».
Palabra del Señor.
1
Hermanos,
en Cuaresma el Señor nos educa en lo esencial: la conversión no nace del espectáculo, sino de la escucha.
Hoy la Palabra nos pone frente a una tentación muy actual: querer “pruebas”,
“señales”, “garantías” para creer… como si la fe fuera un contrato y no una
relación viva.
1) Nínive: cuando el corazón se deja alcanzar
(Jon 3,1-10)
El
libro de Jonás es desconcertante: el profeta anuncia, la ciudad escucha, y la conversión sucede.
¡Nínive era pagana, extranjera! Y, sin embargo, se abre a Dios.
Esto nos hace una pregunta incómoda y saludable: ¿será que a veces los “de fuera”
escuchan mejor que los “de dentro”? No porque sean mejores,
sino porque no están tan blindados por la costumbre religiosa. A veces el
corazón acostumbrado a lo sagrado corre el riesgo de volverse “inmune”: oye,
pero no se deja afectar.
Psicológicamente
pasa algo parecido: cuando uno ha visto mucho, cuando cree saberlo todo, se
defiende con frases hechas. Y una defensa típica es esta: “Demuéstrame… convénceme… dame una
señal”. Pero en el fondo, muchas veces no es búsqueda sincera; es
miedo a cambiar.
2) “Esta generación pide un signo” (Lc 11,29-32):
la fe no es un show
Jesús
no entra en el juego de la fe espectacular. ¿Por qué? Porque Dios no quiere súbditos hipnotizados,
sino hijos libres.
La fe que depende de fuegos artificiales dura lo que dura la emoción. En
cambio, la fe que nace de
la escucha se vuelve convicción, camino, fidelidad… incluso
cuando el corazón está cansado o cuando el cuerpo está enfermo.
Jesús
dice que el gran signo es “el signo de Jonás”. ¿Y cuál es? Para Nínive, Jonás
fue un llamado urgente a cambiar. Para nosotros, el signo es Cristo mismo:
su presencia, su Evangelio, su cruz y su resurrección. Él no es un mago: es el
Salvador. No vino a impresionar; vino a transformar.
3) El Salmo 51: el milagro que Dios desea (Sal
51[50])
“Un
corazón contrito y humillado tú no lo desprecias.”
Este salmo nos enseña el milagro que Dios quiere hacer: no tanto cambiar
circunstancias externas, sino rehacer
el corazón por dentro:
·
“Crea
en mí, oh Dios, un corazón puro…”
·
“Devuélveme
la alegría de tu salvación…”
Aquí
está el punto: la
conversión no es maquillaje moral; es un corazón que se deja
tocar. No es teatro penitencial; es verdad. Y esa verdad empieza cuando dejamos
de ser espectadores y nos volvemos discípulos: no solo “ver”, sino escuchar y obedecer (en
el sentido bíblico: escuchar con el corazón y responder con la vida).
4) Pregunta final: ¿espectadores o tocados?
El
comentario lo decía muy bien: Jesús está vivo en medio de nosotros; su Palabra
sacude nuestras certezas. Entonces la pregunta es directa:
¿Estoy dispuesto a dejarme
tocar… o solo a mirar?
Porque se puede “mirar” misa, “mirar” Biblia, “mirar” devociones, “mirar”
milagros… y quedarse igual. Pero cuando uno escucha de verdad, algo se quiebra:
el orgullo, la excusa, la comodidad. Y entonces comienza la conversión.
5) Intención orante: por nuestros enfermos
Hoy
ponemos en el altar a nuestros enfermos: los del cuerpo y los del alma. Señor
Jesús, Tú no eres un espectáculo: eres
compañía, eres presencia, eres consuelo.
A veces el enfermo también puede decir: “Señor, si me das esta señal… creeré”.
Y el Señor responde con ternura: “Aquí estoy. No te suelto. Escúchame. Confía”.
Pidámosle la gracia de una fe libre y profunda: no la fe que exige, sino la fe que se abandona;
no la fe que negocia, sino la fe que ama.
Oración breve para cerrar
Señor
Jesús, signo vivo del Padre,
rompe en nosotros la dureza del corazón.
Que no busquemos solo lo extraordinario,
sino que sepamos escucharte en lo cotidiano.
Concede alivio y esperanza a nuestros enfermos,
y danos un corazón contrito,
para volver a Ti con toda el alma. Amén.
2
Hermanos,
en esta Cuaresma el Señor nos lleva al corazón del Evangelio: no una fe de “pruebas”, sino una fe de
conversión. Hoy Jesús pronuncia una frase fuerte: “Esta
generación es una generación malvada; pide un signo…” (Lc 11,29). No lo hace
para humillar, sino para despertar.
Porque hay una manera de pedir signos que, en el fondo, es una excusa para no
cambiar.
1) Cuando el corazón se vuelve exigente… para
no obedecer
Pensemos
en la escena: Jesús ya había predicado, sanado, liberado, consolado, incluso resucitado
muertos. Y aun así, algunos piden más señales.
Eso revela una tentación humana muy común: “Señor,
si me demuestras… entonces creeré; si me garantizas… entonces cambiaré; si me
das una señal indiscutible… entonces obedeceré.”
Pero muchas veces esa condición no es búsqueda sincera: es resistencia disfrazada de prudencia.
En
nuestra cultura sucede igual: pedimos evidencias para todo, y está bien ser
razonables. Pero cuando esa lógica se mete en la fe, puede convertirse en una
trampa: querer controlar a
Dios. Exigirle que se ajuste a mi manera, a mis tiempos, a mis
gustos. Y si no lo hace, entonces “yo no creo”, “yo no cambio”, “yo sigo
igual”.
2) Nínive nos da una lección (Jon 3,1-10)
La
primera lectura es un golpe de humildad: Nínive —una ciudad pagana— escucha una
predicación breve y dura, y se
convierte. Hasta el rey desciende de su trono.
¿Qué significa? Que el milagro más grande no fue el pez, ni el profeta, ni el
ayuno colectivo… El milagro fue que un pueblo entero se dejó tocar.
¡Cuánta
diferencia con quien ha visto “mil cosas” y ya no se conmueve por nada! A veces
el exceso de información, de imágenes, de ruido, nos vuelve espectadores:
miramos todo, opinamos de todo… pero cambiamos
poco.
3) “El signo de Jonás”: el centro de la fe (Lc
11,29-32)
Jesús
es clarísimo: “No se le dará más signo que el signo de Jonás.” Jonás estuvo
tres días en el vientre del pez; Jesús estará tres días en el sepulcro.
En otras palabras: el gran signo no es un truco espectacular, sino la Pascua: la Pasión,
Muerte y Resurrección del Señor.
Esto
es decisivo:
·
Los
milagros físicos ayudan, sí… pero no
son la base de la fe.
·
La
base es Cristo crucificado y resucitado, el Amor que vence al pecado y a la
muerte.
Por
eso, si alguien pregunta: “¿Cuál es la prueba definitiva?” El cristiano
responde: la Cruz vacía y
el sepulcro vacío, y el Espíritu Santo que sigue transformando
vidas.
4) El mayor milagro: un corazón nuevo (Sal 51)
El
Salmo 51 nos pone el lenguaje de esa transformación:
“Crea en mí, oh Dios, un corazón puro… Un corazón contrito y humillado tú no lo
desprecias.”
Aquí está el milagro que Dios quiere obrar en Cuaresma: la conversión.
Porque
hay gente que pide un milagro para el cuerpo, pero no quiere el milagro del
alma. Y sin embargo, el Señor desea ambos: aliviar, sostener, sanar… pero sobre
todo salvar,
es decir, devolvernos a la vida verdadera.
5) Oración e intención: por los enfermos
Hoy
miramos con especial ternura a quienes están enfermos. Para ellos, el Evangelio
es consuelo: Jesús no es indiferente al dolor. Él sanó a muchos, y hoy sigue
actuando.
Pero también es luz: aun cuando no llega la curación como la esperamos, el signo mayor permanece:
Cristo ha vencido la muerte; nuestra historia no termina en la cama de un
hospital ni en una prueba médica. En Él, el sufrimiento no es absurdo: puede
convertirse en ofrenda, en unión con la Cruz, en esperanza.
Pidamos,
entonces, una fe profunda: no la fe que exige a Dios “a mi manera”, sino la fe
que se abandona en sus manos; no la fe del espectáculo, sino la fe de la
Pascua.
Conclusión
Hermanos,
si de verdad queremos ver un milagro, el Evangelio nos dice hoy dónde mirar: a Cristo muerto y resucitado,
y al cambio que su gracia puede hacer en nosotros.
Que esta Cuaresma no sea “otra más”, sino una vuelta real del corazón. Como
Nínive: escuchar, humillarnos, y dejar que Dios nos recree por dentro.
Oración final
Señor
Jesús, signo verdadero del Padre,
líbranos de la dureza y de la incredulidad que pide pruebas para no
convertirse.
Danos la gracia de creer en tu Pascua con todo el corazón.
Crea en nosotros un corazón nuevo.
Y mira con misericordia a nuestros enfermos:
dales consuelo, fortaleza, paz y, si es tu voluntad, salud del cuerpo;
y a todos, la salud del alma y la esperanza que no defrauda.
Jesús, en Ti confiamos. Amén.

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