martes, 24 de febrero de 2026

25 de febrero del 2026: miércoles de la primera semana de Cuaresma

 

Una fe libre

(Lc 11,29-32) Jesús se niega a dar pruebas espectaculares. Él quiere una fe libre, que nace de la escucha. En otro tiempo, unos extranjeros —los ninivitas— acogieron la Palabra y se convirtieron. Hoy, el signo es Él mismo, Jesús vivo en medio de nosotros. Su palabra sacude nuestras certezas y llama a cambiar de vida. ¿Estamos dispuestos a dejarnos tocar o nos quedaremos como simples espectadores de sus maravillas?

Jean-Paul Musangania, prêtre assomptionniste


Primera lectura

Jon 3, 1-10

Los ninivitas habían abandonado el mal camino

Lectura de la profecía de Jonás.

EL Señor dirigió la palabra a Jonás:
«Ponte en marcha y ve a la gran ciudad de Nínive; allí les anunciarás el mensaje que yo te comunicaré».
Jonás se puso en marcha hacia Nínive, siguiendo la orden del Señor. Nínive era una ciudad inmensa; hacían falta tres días para recorrerla. Jonás empezó a recorrer la ciudad el primer día, proclamando:
«Dentro de cuarenta días, Nínive será arrasada».
Los ninivitas creyeron en Dios, proclamaron un ayuno y se vistieron con rudo sayal, desde el más importante al menor.
La noticia llegó a oídos del rey de Nínive, que se levantó de su trono, se despojó del manto real, se cubrió con rudo sayal y se sentó sobre el polvo. Después ordenó proclamar en Nínive este anuncio de parte del rey y de sus ministros:
«Que hombres y animales, ganado mayor y menor no coman nada; que no pasten ni beban agua. Que hombres y animales se cubran con rudo sayal e invoquen a Dios con ardor. Que cada cual se convierta de su mal camino y abandone la violencia. ¡Quién sabe si Dios cambiará y se compadecerá, se arrepentirá de su violenta ira y no nos destruirá!».
Vio Dios su comportamiento, cómo habían abandonado el mal camino, y se arrepintió de la desgracia que había determinado enviarles. Así que no la ejecutó.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 50, 3-4. 12-13. 18-19 (R.: 19cd)

R. Un corazón quebrantado y humillado,
oh, Dios, tú no lo desprecias.

V. Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado. 
R.

V. Oh, Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme.
No me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu. 
R.

V. Los sacrificios no te satisfacen:
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
El sacrificio agradable a Dios
es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado,
tú, oh, Dios, tú no lo desprecias. 
R.

 

Aclamación

V. Ahora —dice el Señor—, conviértanse a mí de todo corazón,
porque soy compasivo y misericordioso.

 

Evangelio

Lc 11, 29-32

A esta generación no se le dará más signo que el signo de Jonás

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, la gente se apiñaba alrededor de Jesús, y él se puso a decirles:
«Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Pues como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación.
La reina del Sur se levantará en el juicio contra los hombres de esta generación y hará que los condenen, porque ella vino desde los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón.
Los hombres de Nínive se alzarán en el juicio contra esta generación y harán que la condenen; porque ellos se convirtieron con la proclamación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás».

Palabra del Señor.

 

1

 

Hermanos, en Cuaresma el Señor nos educa en lo esencial: la conversión no nace del espectáculo, sino de la escucha. Hoy la Palabra nos pone frente a una tentación muy actual: querer “pruebas”, “señales”, “garantías” para creer… como si la fe fuera un contrato y no una relación viva.

1) Nínive: cuando el corazón se deja alcanzar (Jon 3,1-10)

El libro de Jonás es desconcertante: el profeta anuncia, la ciudad escucha, y la conversión sucede. ¡Nínive era pagana, extranjera! Y, sin embargo, se abre a Dios.
Esto nos hace una pregunta incómoda y saludable: ¿será que a veces los “de fuera” escuchan mejor que los “de dentro”? No porque sean mejores, sino porque no están tan blindados por la costumbre religiosa. A veces el corazón acostumbrado a lo sagrado corre el riesgo de volverse “inmune”: oye, pero no se deja afectar.

Psicológicamente pasa algo parecido: cuando uno ha visto mucho, cuando cree saberlo todo, se defiende con frases hechas. Y una defensa típica es esta: “Demuéstrame… convénceme… dame una señal”. Pero en el fondo, muchas veces no es búsqueda sincera; es miedo a cambiar.

2) “Esta generación pide un signo” (Lc 11,29-32): la fe no es un show

Jesús no entra en el juego de la fe espectacular. ¿Por qué? Porque Dios no quiere súbditos hipnotizados, sino hijos libres.
La fe que depende de fuegos artificiales dura lo que dura la emoción. En cambio, la fe que nace de la escucha se vuelve convicción, camino, fidelidad… incluso cuando el corazón está cansado o cuando el cuerpo está enfermo.

Jesús dice que el gran signo es “el signo de Jonás”. ¿Y cuál es? Para Nínive, Jonás fue un llamado urgente a cambiar. Para nosotros, el signo es Cristo mismo: su presencia, su Evangelio, su cruz y su resurrección. Él no es un mago: es el Salvador. No vino a impresionar; vino a transformar.

3) El Salmo 51: el milagro que Dios desea (Sal 51[50])

“Un corazón contrito y humillado tú no lo desprecias.”
Este salmo nos enseña el milagro que Dios quiere hacer: no tanto cambiar circunstancias externas, sino rehacer el corazón por dentro:

·        “Crea en mí, oh Dios, un corazón puro…”

·        “Devuélveme la alegría de tu salvación…”

Aquí está el punto: la conversión no es maquillaje moral; es un corazón que se deja tocar. No es teatro penitencial; es verdad. Y esa verdad empieza cuando dejamos de ser espectadores y nos volvemos discípulos: no solo “ver”, sino escuchar y obedecer (en el sentido bíblico: escuchar con el corazón y responder con la vida).

4) Pregunta final: ¿espectadores o tocados?

El comentario lo decía muy bien: Jesús está vivo en medio de nosotros; su Palabra sacude nuestras certezas. Entonces la pregunta es directa:
¿Estoy dispuesto a dejarme tocar… o solo a mirar?
Porque se puede “mirar” misa, “mirar” Biblia, “mirar” devociones, “mirar” milagros… y quedarse igual. Pero cuando uno escucha de verdad, algo se quiebra: el orgullo, la excusa, la comodidad. Y entonces comienza la conversión.

5) Intención orante: por nuestros enfermos

Hoy ponemos en el altar a nuestros enfermos: los del cuerpo y los del alma. Señor Jesús, Tú no eres un espectáculo: eres compañía, eres presencia, eres consuelo.
A veces el enfermo también puede decir: “Señor, si me das esta señal… creeré”. Y el Señor responde con ternura: “Aquí estoy. No te suelto. Escúchame. Confía”.
Pidámosle la gracia de una fe libre y profunda: no la fe que exige, sino la fe que se abandona; no la fe que negocia, sino la fe que ama.


Oración breve para cerrar

Señor Jesús, signo vivo del Padre,
rompe en nosotros la dureza del corazón.
Que no busquemos solo lo extraordinario,
sino que sepamos escucharte en lo cotidiano.
Concede alivio y esperanza a nuestros enfermos,
y danos un corazón contrito,
para volver a Ti con toda el alma.
Amén.

 

2

 

Hermanos, en esta Cuaresma el Señor nos lleva al corazón del Evangelio: no una fe de “pruebas”, sino una fe de conversión. Hoy Jesús pronuncia una frase fuerte: “Esta generación es una generación malvada; pide un signo…” (Lc 11,29). No lo hace para humillar, sino para despertar. Porque hay una manera de pedir signos que, en el fondo, es una excusa para no cambiar.

1) Cuando el corazón se vuelve exigente… para no obedecer

Pensemos en la escena: Jesús ya había predicado, sanado, liberado, consolado, incluso resucitado muertos. Y aun así, algunos piden más señales.
Eso revela una tentación humana muy común: “Señor, si me demuestras… entonces creeré; si me garantizas… entonces cambiaré; si me das una señal indiscutible… entonces obedeceré.”
Pero muchas veces esa condición no es búsqueda sincera: es resistencia disfrazada de prudencia.

En nuestra cultura sucede igual: pedimos evidencias para todo, y está bien ser razonables. Pero cuando esa lógica se mete en la fe, puede convertirse en una trampa: querer controlar a Dios. Exigirle que se ajuste a mi manera, a mis tiempos, a mis gustos. Y si no lo hace, entonces “yo no creo”, “yo no cambio”, “yo sigo igual”.

2) Nínive nos da una lección (Jon 3,1-10)

La primera lectura es un golpe de humildad: Nínive —una ciudad pagana— escucha una predicación breve y dura, y se convierte. Hasta el rey desciende de su trono.
¿Qué significa? Que el milagro más grande no fue el pez, ni el profeta, ni el ayuno colectivo… El milagro fue que un pueblo entero se dejó tocar.

¡Cuánta diferencia con quien ha visto “mil cosas” y ya no se conmueve por nada! A veces el exceso de información, de imágenes, de ruido, nos vuelve espectadores: miramos todo, opinamos de todo… pero cambiamos poco.

3) “El signo de Jonás”: el centro de la fe (Lc 11,29-32)

Jesús es clarísimo: “No se le dará más signo que el signo de Jonás.” Jonás estuvo tres días en el vientre del pez; Jesús estará tres días en el sepulcro.
En otras palabras: el gran signo no es un truco espectacular, sino la Pascua: la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.

Esto es decisivo:

·        Los milagros físicos ayudan, sí… pero no son la base de la fe.

·        La base es Cristo crucificado y resucitado, el Amor que vence al pecado y a la muerte.

Por eso, si alguien pregunta: “¿Cuál es la prueba definitiva?” El cristiano responde: la Cruz vacía y el sepulcro vacío, y el Espíritu Santo que sigue transformando vidas.

4) El mayor milagro: un corazón nuevo (Sal 51)

El Salmo 51 nos pone el lenguaje de esa transformación:
“Crea en mí, oh Dios, un corazón puro… Un corazón contrito y humillado tú no lo desprecias.”
Aquí está el milagro que Dios quiere obrar en Cuaresma: la conversión.

Porque hay gente que pide un milagro para el cuerpo, pero no quiere el milagro del alma. Y sin embargo, el Señor desea ambos: aliviar, sostener, sanar… pero sobre todo salvar, es decir, devolvernos a la vida verdadera.

5) Oración e intención: por los enfermos

Hoy miramos con especial ternura a quienes están enfermos. Para ellos, el Evangelio es consuelo: Jesús no es indiferente al dolor. Él sanó a muchos, y hoy sigue actuando.
Pero también es luz: aun cuando no llega la curación como la esperamos, el signo mayor permanece: Cristo ha vencido la muerte; nuestra historia no termina en la cama de un hospital ni en una prueba médica. En Él, el sufrimiento no es absurdo: puede convertirse en ofrenda, en unión con la Cruz, en esperanza.

Pidamos, entonces, una fe profunda: no la fe que exige a Dios “a mi manera”, sino la fe que se abandona en sus manos; no la fe del espectáculo, sino la fe de la Pascua.


Conclusión

Hermanos, si de verdad queremos ver un milagro, el Evangelio nos dice hoy dónde mirar: a Cristo muerto y resucitado, y al cambio que su gracia puede hacer en nosotros.
Que esta Cuaresma no sea “otra más”, sino una vuelta real del corazón. Como Nínive: escuchar, humillarnos, y dejar que Dios nos recree por dentro.


Oración final

Señor Jesús, signo verdadero del Padre,
líbranos de la dureza y de la incredulidad que pide pruebas para no convertirse.
Danos la gracia de creer en tu Pascua con todo el corazón.
Crea en nosotros un corazón nuevo.
Y mira con misericordia a nuestros enfermos:
dales consuelo, fortaleza, paz y, si es tu voluntad, salud del cuerpo;
y a todos, la salud del alma y la esperanza que no defrauda.
Jesús, en Ti confiamos.
Amén.


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