miércoles, 20 de mayo de 2026

21 de mayo del 2026: jueves de la séptima semana de Pascua

 

La unidad no es uniformidad

(Juan 17,20-26) La unidad a la que Cristo nos llama tiene como modelo la que Él vive con su Padre. Es una unidad de naturaleza —la naturaleza divina— y una unidad de voluntades, pero que no suprime las diferencias. El Padre no es el Hijo y el Hijo no es el Padre. Cada uno tiene una identidad propia y un papel diferenciado en la historia de la salvación.

Ser uno con el Padre y el Hijo, ser uno entre nosotros: he aquí algo más complejo, porque siempre estamos tentados a confundir unidad con uniformidad, debido al desafío que representa la alteridad, es decir, la presencia del otro, distinto de mí.

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura

Hch 22, 30; 23, 6-11

Tienes que dar testimonio en Roma

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, queriendo el tribuno conocer con certeza los motivos por los que los judíos acusaban a Pablo, mandó desatarlo, ordenó que se reunieran los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno y, bajando a Pablo, lo presentó ante ellos.
Pablo sabía que una parte eran fariseos y otra saduceos y gritó en el Sanedrín:
«Hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseo, se me está juzgando por la esperanza en la resurrección de los muertos».
Apenas dijo esto, se produjo un altercado entre fariseos y saduceos, y la asamblea quedó dividida. (Los saduceos sostienen que no hay resurrección ni ángeles ni espíritus, mientras que los fariseos admiten ambas cosas). Se armó un gran griterío, y algunos escribas del partido fariseo se pusieron en pie, porfiando:
«No encontramos nada malo en este hombre; ¿y si le ha hablado un espíritu o un ángel?».
El altercado arreciaba, y el tribuno, temiendo que hicieran pedazos a Pablo, mandó bajar a la guarnición para sacarlo de allí y llevárselo al cuartel.
La noche siguiente, el Señor se le presentó y le dijo:
«¡Ánimo! Lo mismo que has dado testimonio en Jerusalén de lo que a mí se refiere, tienes que darlo en Roma».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 15, 1b-2a y 5. 7-8. 9-10. 11 (R.: 1b)

R. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.

O bien:

R. Aleluya.

V. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.
Yo digo al Señor: «Tú eres mi Dios».
El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,
mi suerte está en tu mano. R.

V. Bendeciré al Señor que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré. R.

V. Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa esperanzada.
Porque no me abandonarás en la región de los muertos
ni dejarás a tu fiel ver la corrupción. R.

V. Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha. R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Que todos sean uno —dice el Señor—,
como tú, Padre, en mí, y yo en ti,
para que el mundo crea que tú me has enviado. R.

 

Evangelio

Jn 17, 20-26

¡Que sean completamente uno!

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, oró diciendo:
«No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado.
Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí.
Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo.
Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te he conocido, y estos han conocido que tú me enviaste. Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos, y yo en ellos».

Palabra del Señor.

 

1

 

Hermanos y hermanas:

En estos días finales del tiempo pascual, la Iglesia nos hace escuchar con insistencia la oración de Jesús antes de su pasión. No son palabras cualesquiera. Son palabras pronunciadas desde lo más hondo de su corazón, cuando se acerca la hora de entregar la vida. Jesús no está haciendo un discurso para quedar bien. Está orando. Está abriendo su intimidad ante el Padre. Y en esa oración aparecemos nosotros.

El Evangelio de hoy nos deja una frase que debería estremecernos:
“No ruego solo por ellos, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos.”

Jesús ora por los apóstoles, sí; pero también ora por todos los que, a lo largo de la historia, creerán gracias al testimonio de la Iglesia. Allí estamos nosotros. Allí están nuestras comunidades. Allí están los catequistas, los misioneros, los sacerdotes, los diáconos, los religiosos, las religiosas, los laicos comprometidos, las familias que transmiten la fe, los jóvenes llamados por Dios, los enfermos que evangelizan desde su cama, los ancianos que sostienen la Iglesia con su oración silenciosa.

Jesús ora por todos nosotros y pide una gracia fundamental:
“Que todos sean uno.”

Pero es importante entender bien esta unidad. La unidad que Jesús pide no significa que todos pensemos exactamente igual en todo, que tengamos el mismo temperamento, la misma sensibilidad, la misma manera de expresarnos o los mismos gustos pastorales. Jesús no pide una Iglesia de copias. No pide uniformidad. Pide comunión.

Alguien lo ha expresado muy bien: la unidad no es unicidad, no es borrar las diferencias. El modelo de nuestra unidad es la unidad entre el Padre y el Hijo. El Padre no es el Hijo, y el Hijo no es el Padre. Hay distinción, hay relación, hay identidad propia, pero hay amor perfecto, voluntad unida, entrega mutua.

Así debería ser también la Iglesia: diversa en carismas, ministerios, culturas, sensibilidades y vocaciones; pero una sola en la fe, en el amor, en la misión y en la fidelidad a Cristo.

A veces, en nuestras comunidades, confundimos unidad con que todos hagan lo que yo quiero. Decimos que queremos comunión, pero en el fondo queremos que los demás se parezcan a nosotros. Nos cuesta aceptar al que piensa distinto, al que trabaja de otra manera, al que tiene otro ritmo, otra historia, otro modo de servir.

Pero la unidad cristiana no nace de imponer una personalidad dominante. Nace de mirar juntos a Cristo. Una parroquia no está unida porque todos sean iguales, sino porque todos ponen a Jesús en el centro. Una comunidad no está unida porque no haya tensiones, sino porque sabe resolverlas desde la caridad. Una Iglesia no está unida porque no existan diferencias, sino porque el amor de Cristo es más grande que nuestras diferencias.

En la primera lectura vemos a san Pablo en medio del conflicto. Está ante el Sanedrín, entre fariseos y saduceos. El ambiente es tenso. Hay división, acusaciones, confusión. Pablo, sin embargo, permanece firme en lo esencial: su esperanza está puesta en la resurrección. Él no predica una idea personal ni defiende un interés propio. Da testimonio de Cristo vivo.

Y en medio de esa noche difícil, el Señor se le aparece y le dice:
“¡Ánimo! Lo mismo que has dado testimonio de mí en Jerusalén, tienes que darlo también en Roma.”

Qué palabra tan hermosa para quienes evangelizan: “¡Ánimo!”

La obra evangelizadora de la Iglesia no se realiza siempre en condiciones ideales. A veces se evangeliza en medio de incomprensiones, cansancios, críticas, divisiones, limitaciones humanas, escasez de recursos o falta de vocaciones. A veces quien anuncia el Evangelio siente que siembra mucho y recoge poco. A veces el sacerdote, el catequista, el misionero, el agente de pastoral o la familia cristiana pueden sentirse solos.

Pero el Señor sigue diciendo: “¡Ánimo!”

Ánimo, porque la misión no es nuestra: es de Cristo.
Ánimo, porque la Iglesia no camina sostenida solo por estrategias humanas, sino por la fuerza del Espíritu.
Ánimo, porque aun en medio de las crisis, Dios sigue llamando.
Ánimo, porque donde parece haber noche, también puede comenzar una misión nueva.

La oración de Jesús por la unidad tiene una finalidad misionera muy clara:
“Para que el mundo crea que tú me has enviado.”

Esto significa que la unidad de los cristianos evangeliza. Una comunidad reconciliada evangeliza. Una parroquia donde se respira fraternidad evangeliza. Un presbiterio unido evangeliza. Una familia que, aun con dificultades, permanece en el amor evangeliza. Un grupo apostólico que no compite sino que sirve evangeliza.

Por el contrario, nuestras divisiones oscurecen el Evangelio. Cuando la Iglesia se convierte en lugar de rivalidades, celos, murmuraciones o luchas de poder, se debilita el testimonio. La gente no solo escucha lo que decimos de Jesús; también mira cómo nos tratamos entre nosotros.

Por eso, pedir vocaciones no es solamente pedir que haya más sacerdotes, religiosas o misioneros. Es pedir también que existan comunidades capaces de acoger, acompañar y sostener esas vocaciones. Una vocación nace muchas veces en un ambiente donde se respira fe, alegría, servicio y fraternidad. Cuando un joven ve una comunidad viva, puede preguntarse: “¿Y si Dios me está llamando también a mí?” Pero cuando ve una comunidad dividida, herida por chismes o indiferencias, puede cerrarse al llamado.

Hoy oremos por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Oremos para que el Señor siga llamando obreros a su mies. Oremos por los jóvenes que sienten inquietud vocacional, para que no tengan miedo. Oremos por los sacerdotes, para que vivan unidos a Cristo y sirvan con alegría. Oremos por los religiosos y religiosas, para que sean signo del Reino. Oremos por los laicos comprometidos, para que descubran que también su vida familiar, profesional y social es lugar de misión.

Pero pidamos también algo muy concreto: que nuestras comunidades sean terreno bueno para las vocaciones. Que no espantemos los llamados de Dios con nuestras divisiones. Que no apaguemos el entusiasmo de los jóvenes con nuestra frialdad. Que no reduzcamos la evangelización a eventos, sino que la vivamos como testimonio de comunión.

El salmo de hoy nos pone en los labios una súplica sencilla y profunda:
“Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.”

Necesitamos refugiarnos en Dios para vivir la unidad. Porque solos no podemos. La unidad no se fabrica con decretos ni con buenas intenciones superficiales. La unidad se recibe como gracia y se trabaja como tarea. Hay que pedirla y construirla. Hay que orarla y practicarla. Hay que defenderla en lo pequeño: evitando una palabra que hiere, frenando una murmuración, pidiendo perdón, escuchando al otro, reconociendo el valor del servicio ajeno.

Jesús termina el Evangelio expresando su deseo más profundo:
“Padre, quiero que los que me diste estén conmigo donde yo estoy.”

Ese es el destino final de la evangelización: llevar a los hijos de Dios a la comunión plena con Cristo. No evangelizamos para aumentar números, ni para ganar prestigio, ni para llenar estadísticas. Evangelizamos para que todos conozcan el amor del Padre revelado en Jesús. Evangelizamos para que nadie se sienta huérfano de Dios. Evangelizamos para que el mundo crea que Cristo vive.

Hermanos y hermanas, que esta Eucaristía nos ayude a comprender que la unidad no borra la diversidad, sino que la purifica y la pone al servicio del Reino. Que cada uno, desde su vocación, pueda decir: “Señor, aquí estoy; hazme instrumento de comunión y de misión.”

Y que Jesús, que oró por nosotros antes de entregar su vida, siga intercediendo por su Iglesia, para que seamos uno, para que el mundo crea, y para que nunca falten corazones generosos dispuestos a anunciar el Evangelio.

Amén.

 

2

 

Hermanos y hermanas:

En el Evangelio de hoy escuchamos una de las expresiones más hermosas de la oración sacerdotal de Jesús:
“Padre, este es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria.”

Jesús está orando al Padre antes de su pasión. Sabe que se acerca la cruz, sabe que sus discípulos serán probados, sabe que la Iglesia nacerá en medio de fragilidades, persecuciones y divisiones. Pero en ese momento decisivo, Jesús no piensa solo en el sufrimiento que le espera; piensa en nosotros. Ora por los que creen y por los que creerán. Ora por la Iglesia. Ora por cada uno de nosotros.

Y hay una frase que puede iluminar profundamente nuestra vida espiritual: nosotros somos un regalo del Padre para Jesús. No somos un accidente, no somos un número más, no somos simples espectadores dentro de la historia de la salvación. Somos amados, llamados, entregados por el Padre al Hijo. Cada creyente, cada bautizado, cada vocación, cada vida entregada al Evangelio es un don precioso en el corazón de Cristo.

Qué importante es recordar esto en un mundo donde tantas personas se sienten inútiles, descartadas, solas o sin valor. El Evangelio nos dice hoy: tú eres un regalo para Dios. Tu vida tiene una dignidad inmensa. Tu existencia está envuelta en el amor eterno del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Jesús no nos mira como extraños. Nos mira como aquellos que el Padre le ha confiado. Nos mira con amor, con ternura, con esperanza. Por eso pide que estemos con Él, que contemplemos su gloria, que participemos de su vida. La meta de la fe no es simplemente cumplir normas, sino vivir unidos a Cristo, entrar en comunión con la Trinidad, dejarnos transformar por ese amor divino.

La primera lectura nos presenta a Pablo en medio de una situación difícil. Está siendo juzgado, cuestionado, rodeado de tensiones. Sin embargo, permanece firme en su testimonio. Pablo no se predica a sí mismo; anuncia a Cristo resucitado. Su fuerza no viene de la comodidad ni del reconocimiento humano, sino de saberse enviado por Dios.

Y en medio de la noche, el Señor se le aparece y le dice:
“¡Ánimo! Lo mismo que has dado testimonio de mí en Jerusalén, tienes que darlo también en Roma.”

Esta palabra es también para nosotros: ¡ánimo!
Ánimo para la Iglesia que evangeliza en medio de dificultades.
Ánimo para los sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y laicos comprometidos.
Ánimo para quienes anuncian el Evangelio aunque no siempre vean frutos inmediatos.
Ánimo para los jóvenes que sienten una inquietud vocacional y tienen miedo de responder.
Ánimo para las familias que quieren transmitir la fe a sus hijos en un ambiente muchas veces indiferente o contrario a Dios.

La obra evangelizadora de la Iglesia nace precisamente de esta certeza: somos amados por Dios y enviados a compartir ese amor. Nadie puede evangelizar de verdad si antes no se ha sentido amado, elegido y sostenido por el Señor. La misión no comienza con técnicas ni estrategias, sino con una experiencia profunda: Cristo me ama, Cristo me llama, Cristo me envía.

Por eso, pedir vocaciones no es solo pedir que haya más sacerdotes o religiosas. Es pedir que haya corazones capaces de descubrir que su vida puede ser un don. Una vocación nace cuando alguien comprende: “Mi vida no es solo para mí; mi vida puede ser entregada por amor.” Así nace la vocación sacerdotal, religiosa, misionera, matrimonial, laical y evangelizadora.

Toda vocación auténtica es una respuesta al amor recibido. Dios nos regala a Cristo y Cristo nos devuelve al Padre como una ofrenda viva. El Espíritu Santo habita en nosotros para que nuestra vida sea cada vez más bella, más generosa, más fecunda, más disponible.

El salmo de hoy nos ayuda a poner esta confianza en oración:
“Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.”

Quien se sabe regalo de Dios no vive desde el miedo, sino desde la confianza. No significa que no haya pruebas, como las tuvo Pablo. No significa que no haya cansancio, incomprensiones o dificultades. Significa que, aun en medio de todo, sabemos en quién hemos puesto nuestra esperanza.

La Iglesia necesita evangelizadores que vivan desde esta certeza. No personas perfectas, sino personas habitadas por el amor de Dios. No servidores que busquen protagonismo, sino discípulos que se sepan don recibido y don entregado. No comunidades encerradas en sí mismas, sino comunidades que comuniquen la alegría de pertenecer a Cristo.

Jesús pide al Padre que el amor con que Él lo amó esté también en nosotros. Esa es la raíz de toda evangelización: dejar que el amor de Dios habite en nosotros para que otros puedan descubrirlo.

Hermanos y hermanas, hoy demos gracias porque somos regalo de Dios. Y pidamos la gracia de vivir como tal. Que nuestra vida no sea una carga para los demás, sino una bendición. Que nuestras palabras no dividan, sino que animen. Que nuestro servicio no busque aplausos, sino que revele a Cristo. Que nuestras comunidades sean lugares donde puedan nacer y crecer nuevas vocaciones.

Oremos hoy por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Que el Señor llame muchos corazones generosos. Que los llamados respondan sin miedo. Que los evangelizadores no se cansen. Que la Iglesia siga anunciando con alegría que cada vida, cuando se deja tocar por Dios, puede convertirse en un regalo de amor para el mundo.

Amén.

 

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