La unidad no es uniformidad
(Juan 17,20-26) La unidad a la que Cristo nos llama tiene como
modelo la que Él vive con su Padre. Es una unidad de naturaleza —la naturaleza
divina— y una unidad de voluntades, pero que no suprime las diferencias. El
Padre no es el Hijo y el Hijo no es el Padre. Cada uno tiene una identidad
propia y un papel diferenciado en la historia de la salvación.
Ser uno con el Padre y el Hijo, ser uno entre
nosotros: he aquí algo más complejo, porque siempre estamos tentados a
confundir unidad con uniformidad, debido al desafío que representa la
alteridad, es decir, la presencia del otro, distinto de mí.
Emmanuelle Billoteau, ermite
Primera lectura
Tienes que dar testimonio en Roma
EN aquellos días, queriendo el tribuno conocer con certeza los motivos por los
que los judíos acusaban a Pablo, mandó desatarlo, ordenó que se reunieran los
sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno y, bajando a Pablo, lo presentó ante
ellos.
Pablo sabía que una parte eran fariseos y otra saduceos y gritó en el Sanedrín:
«Hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseo, se me está juzgando por la
esperanza en la resurrección de los muertos».
Apenas dijo esto, se produjo un altercado entre fariseos y saduceos, y la
asamblea quedó dividida. (Los saduceos sostienen que no hay resurrección ni
ángeles ni espíritus, mientras que los fariseos admiten ambas cosas). Se armó
un gran griterío, y algunos escribas del partido fariseo se pusieron en pie,
porfiando:
«No encontramos nada malo en este hombre; ¿y si le ha hablado un espíritu o un
ángel?».
El altercado arreciaba, y el tribuno, temiendo que hicieran pedazos a Pablo,
mandó bajar a la guarnición para sacarlo de allí y llevárselo al cuartel.
La noche siguiente, el Señor se le presentó y le dijo:
«¡Ánimo! Lo mismo que has dado testimonio en Jerusalén de lo que a mí se
refiere, tienes que darlo en Roma».
Palabra de Dios.
Salmo
R.
Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.
O bien:
R. Aleluya.
V. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.
Yo digo al Señor: «Tú eres mi Dios».
El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,
mi suerte está en tu mano. R.
V. Bendeciré al Señor que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré. R.
V. Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa esperanzada.
Porque no me abandonarás en la región de los muertos
ni dejarás a tu fiel ver la corrupción. R.
V. Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha. R.
Aclamación
V. Que todos sean uno —dice el Señor—,
como tú, Padre, en mí, y yo en ti,
para que el mundo crea que tú me has enviado. R.
Evangelio
¡Que sean completamente uno!
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
EN aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, oró diciendo:
«No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra
de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos
también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado.
Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros
somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo
que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has
amado a mí.
Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y
contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación
del mundo.
Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te he conocido, y estos han
conocido que tú me enviaste. Les he dado a conocer y les daré a conocer tu
nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos, y yo en ellos».
Palabra del Señor.
1
Hermanos
y hermanas:
En estos días finales
del tiempo pascual, la Iglesia nos hace escuchar con insistencia la oración de
Jesús antes de su pasión. No son palabras cualesquiera. Son palabras
pronunciadas desde lo más hondo de su corazón, cuando se acerca la hora de
entregar la vida. Jesús no está haciendo un discurso para quedar bien. Está
orando. Está abriendo su intimidad ante el Padre. Y en esa oración aparecemos
nosotros.
El Evangelio de hoy nos
deja una frase que debería estremecernos:
“No
ruego solo por ellos, sino también por los que crean en mí por la palabra de
ellos.”
Jesús ora por los
apóstoles, sí; pero también ora por todos los que, a lo largo de la historia,
creerán gracias al testimonio de la Iglesia. Allí estamos nosotros. Allí están
nuestras comunidades. Allí están los catequistas, los misioneros, los
sacerdotes, los diáconos, los religiosos, las religiosas, los laicos
comprometidos, las familias que transmiten la fe, los jóvenes llamados por
Dios, los enfermos que evangelizan desde su cama, los ancianos que sostienen la
Iglesia con su oración silenciosa.
Jesús ora por todos
nosotros y pide una gracia fundamental:
“Que
todos sean uno.”
Pero es importante
entender bien esta unidad. La unidad que Jesús pide no significa que todos
pensemos exactamente igual en todo, que tengamos el mismo temperamento, la
misma sensibilidad, la misma manera de expresarnos o los mismos gustos
pastorales. Jesús no pide una Iglesia de copias. No pide uniformidad. Pide
comunión.
Alguien lo ha expresado
muy bien: la
unidad no es unicidad, no es borrar las diferencias. El modelo
de nuestra unidad es la unidad entre el Padre y el Hijo. El Padre no es el
Hijo, y el Hijo no es el Padre. Hay distinción, hay relación, hay identidad
propia, pero hay amor perfecto, voluntad unida, entrega mutua.
Así debería ser también
la Iglesia: diversa en carismas, ministerios, culturas, sensibilidades y
vocaciones; pero una sola en la fe, en el amor, en la misión y en la fidelidad
a Cristo.
A veces, en nuestras
comunidades, confundimos unidad con que todos hagan lo que yo quiero. Decimos
que queremos comunión, pero en el fondo queremos que los demás se parezcan a
nosotros. Nos cuesta aceptar al que piensa distinto, al que trabaja de otra
manera, al que tiene otro ritmo, otra historia, otro modo de servir.
Pero la unidad
cristiana no nace de imponer una personalidad dominante. Nace de mirar juntos a
Cristo. Una parroquia no está unida porque todos sean iguales, sino porque
todos ponen a Jesús en el centro. Una comunidad no está unida porque no haya
tensiones, sino porque sabe resolverlas desde la caridad. Una Iglesia no está
unida porque no existan diferencias, sino porque el amor de Cristo es más
grande que nuestras diferencias.
En la primera lectura
vemos a san Pablo en medio del conflicto. Está ante el Sanedrín, entre fariseos
y saduceos. El ambiente es tenso. Hay división, acusaciones, confusión. Pablo,
sin embargo, permanece firme en lo esencial: su esperanza está puesta en la
resurrección. Él no predica una idea personal ni defiende un interés propio. Da
testimonio de Cristo vivo.
Y en medio de esa noche
difícil, el Señor se le aparece y le dice:
“¡Ánimo!
Lo mismo que has dado testimonio de mí en Jerusalén, tienes que darlo también
en Roma.”
Qué palabra tan hermosa
para quienes evangelizan: “¡Ánimo!”
La obra evangelizadora
de la Iglesia no se realiza siempre en condiciones ideales. A veces se
evangeliza en medio de incomprensiones, cansancios, críticas, divisiones,
limitaciones humanas, escasez de recursos o falta de vocaciones. A veces quien
anuncia el Evangelio siente que siembra mucho y recoge poco. A veces el
sacerdote, el catequista, el misionero, el agente de pastoral o la familia
cristiana pueden sentirse solos.
Pero el Señor sigue
diciendo: “¡Ánimo!”
Ánimo, porque la misión
no es nuestra: es de Cristo.
Ánimo, porque la Iglesia no camina sostenida solo por estrategias humanas, sino
por la fuerza del Espíritu.
Ánimo, porque aun en medio de las crisis, Dios sigue llamando.
Ánimo, porque donde parece haber noche, también puede comenzar una misión
nueva.
La oración de Jesús por
la unidad tiene una finalidad misionera muy clara:
“Para
que el mundo crea que tú me has enviado.”
Esto significa que la
unidad de los cristianos evangeliza. Una comunidad reconciliada evangeliza. Una
parroquia donde se respira fraternidad evangeliza. Un presbiterio unido
evangeliza. Una familia que, aun con dificultades, permanece en el amor
evangeliza. Un grupo apostólico que no compite sino que sirve evangeliza.
Por el contrario,
nuestras divisiones oscurecen el Evangelio. Cuando la Iglesia se convierte en
lugar de rivalidades, celos, murmuraciones o luchas de poder, se debilita el
testimonio. La gente no solo escucha lo que decimos de Jesús; también mira cómo
nos tratamos entre nosotros.
Por eso, pedir
vocaciones no es solamente pedir que haya más sacerdotes, religiosas o
misioneros. Es pedir también que existan comunidades capaces de acoger,
acompañar y sostener esas vocaciones. Una vocación nace muchas veces en un
ambiente donde se respira fe, alegría, servicio y fraternidad. Cuando un joven
ve una comunidad viva, puede preguntarse: “¿Y si Dios me está llamando también
a mí?” Pero cuando ve una comunidad dividida, herida por chismes o
indiferencias, puede cerrarse al llamado.
Hoy oremos por la obra
evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Oremos para que el Señor
siga llamando obreros a su mies. Oremos por los jóvenes que sienten inquietud vocacional,
para que no tengan miedo. Oremos por los sacerdotes, para que vivan unidos a
Cristo y sirvan con alegría. Oremos por los religiosos y religiosas, para que
sean signo del Reino. Oremos por los laicos comprometidos, para que descubran
que también su vida familiar, profesional y social es lugar de misión.
Pero pidamos también
algo muy concreto: que nuestras comunidades sean terreno bueno para las
vocaciones. Que no espantemos los llamados de Dios con nuestras divisiones. Que
no apaguemos el entusiasmo de los jóvenes con nuestra frialdad. Que no
reduzcamos la evangelización a eventos, sino que la vivamos como testimonio de
comunión.
El salmo de hoy nos
pone en los labios una súplica sencilla y profunda:
“Protégeme,
Dios mío, que me refugio en ti.”
Necesitamos refugiarnos
en Dios para vivir la unidad. Porque solos no podemos. La unidad no se fabrica
con decretos ni con buenas intenciones superficiales. La unidad se recibe como
gracia y se trabaja como tarea. Hay que pedirla y construirla. Hay que orarla y
practicarla. Hay que defenderla en lo pequeño: evitando una palabra que hiere,
frenando una murmuración, pidiendo perdón, escuchando al otro, reconociendo el
valor del servicio ajeno.
Jesús termina el
Evangelio expresando su deseo más profundo:
“Padre,
quiero que los que me diste estén conmigo donde yo estoy.”
Ese es el destino final
de la evangelización: llevar a los hijos de Dios a la comunión plena con
Cristo. No evangelizamos para aumentar números, ni para ganar prestigio, ni
para llenar estadísticas. Evangelizamos para que todos conozcan el amor del
Padre revelado en Jesús. Evangelizamos para que nadie se sienta huérfano de
Dios. Evangelizamos para que el mundo crea que Cristo vive.
Hermanos y hermanas,
que esta Eucaristía nos ayude a comprender que la unidad no borra la
diversidad, sino que la purifica y la pone al servicio del Reino. Que cada uno,
desde su vocación, pueda decir: “Señor, aquí estoy; hazme instrumento de
comunión y de misión.”
Y que Jesús, que oró
por nosotros antes de entregar su vida, siga intercediendo por su Iglesia, para
que seamos uno, para que el mundo crea, y para que nunca falten corazones
generosos dispuestos a anunciar el Evangelio.
Amén.
2
Hermanos
y hermanas:
En
el Evangelio de hoy escuchamos una de las expresiones más hermosas de la
oración sacerdotal de Jesús:
“Padre, este es mi deseo:
que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria.”
Jesús
está orando al Padre antes de su pasión. Sabe que se acerca la cruz, sabe que
sus discípulos serán probados, sabe que la Iglesia nacerá en medio de
fragilidades, persecuciones y divisiones. Pero en ese momento decisivo, Jesús
no piensa solo en el sufrimiento que le espera; piensa en nosotros. Ora por los
que creen y por los que creerán. Ora por la Iglesia. Ora por cada uno de
nosotros.
Y
hay una frase que puede iluminar profundamente nuestra vida espiritual: nosotros somos un regalo del Padre para
Jesús. No somos un accidente, no somos un número más, no somos
simples espectadores dentro de la historia de la salvación. Somos amados,
llamados, entregados por el Padre al Hijo. Cada creyente, cada bautizado, cada
vocación, cada vida entregada al Evangelio es un don precioso en el corazón de
Cristo.
Qué
importante es recordar esto en un mundo donde tantas personas se sienten
inútiles, descartadas, solas o sin valor. El Evangelio nos dice hoy: tú eres un regalo para Dios.
Tu vida tiene una dignidad inmensa. Tu existencia está envuelta en el amor
eterno del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Jesús
no nos mira como extraños. Nos mira como aquellos que el Padre le ha confiado.
Nos mira con amor, con ternura, con esperanza. Por eso pide que estemos con Él,
que contemplemos su gloria, que participemos de su vida. La meta de la fe no es
simplemente cumplir normas, sino vivir unidos a Cristo, entrar en comunión con
la Trinidad, dejarnos transformar por ese amor divino.
La
primera lectura nos presenta a Pablo en medio de una situación difícil. Está
siendo juzgado, cuestionado, rodeado de tensiones. Sin embargo, permanece firme
en su testimonio. Pablo no se predica a sí mismo; anuncia a Cristo resucitado.
Su fuerza no viene de la comodidad ni del reconocimiento humano, sino de
saberse enviado por Dios.
Y
en medio de la noche, el Señor se le aparece y le dice:
“¡Ánimo! Lo mismo que has
dado testimonio de mí en Jerusalén, tienes que darlo también en Roma.”
Esta
palabra es también para nosotros: ¡ánimo!
Ánimo para la Iglesia que evangeliza en medio de dificultades.
Ánimo para los sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y laicos
comprometidos.
Ánimo para quienes anuncian el Evangelio aunque no siempre vean frutos
inmediatos.
Ánimo para los jóvenes que sienten una inquietud vocacional y tienen miedo de
responder.
Ánimo para las familias que quieren transmitir la fe a sus hijos en un ambiente
muchas veces indiferente o contrario a Dios.
La
obra evangelizadora de la Iglesia nace precisamente de esta certeza: somos
amados por Dios y enviados a compartir ese amor. Nadie puede evangelizar de
verdad si antes no se ha sentido amado, elegido y sostenido por el Señor. La
misión no comienza con técnicas ni estrategias, sino con una experiencia
profunda: Cristo me ama,
Cristo me llama, Cristo me envía.
Por
eso, pedir vocaciones no es solo pedir que haya más sacerdotes o religiosas. Es
pedir que haya corazones capaces de descubrir que su vida puede ser un don. Una
vocación nace cuando alguien comprende: “Mi vida no es solo para mí; mi vida
puede ser entregada por amor.” Así nace la vocación sacerdotal, religiosa,
misionera, matrimonial, laical y evangelizadora.
Toda
vocación auténtica es una respuesta al amor recibido. Dios nos regala a Cristo
y Cristo nos devuelve al Padre como una ofrenda viva. El Espíritu Santo habita
en nosotros para que nuestra vida sea cada vez más bella, más generosa, más
fecunda, más disponible.
El
salmo de hoy nos ayuda a poner esta confianza en oración:
“Protégeme, Dios mío, que
me refugio en ti.”
Quien
se sabe regalo de Dios no vive desde el miedo, sino desde la confianza. No
significa que no haya pruebas, como las tuvo Pablo. No significa que no haya
cansancio, incomprensiones o dificultades. Significa que, aun en medio de todo,
sabemos en quién hemos puesto nuestra esperanza.
La
Iglesia necesita evangelizadores que vivan desde esta certeza. No personas
perfectas, sino personas habitadas por el amor de Dios. No servidores que
busquen protagonismo, sino discípulos que se sepan don recibido y don
entregado. No comunidades encerradas en sí mismas, sino comunidades que
comuniquen la alegría de pertenecer a Cristo.
Jesús
pide al Padre que el amor con que Él lo amó esté también en nosotros. Esa es la
raíz de toda evangelización: dejar que el amor de Dios habite en nosotros para
que otros puedan descubrirlo.
Hermanos
y hermanas, hoy demos gracias porque somos regalo de Dios. Y pidamos la gracia
de vivir como tal. Que nuestra vida no sea una carga para los demás, sino una
bendición. Que nuestras palabras no dividan, sino que animen. Que nuestro
servicio no busque aplausos, sino que revele a Cristo. Que nuestras comunidades
sean lugares donde puedan nacer y crecer nuevas vocaciones.
Oremos
hoy por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Que el Señor
llame muchos corazones generosos. Que los llamados respondan sin miedo. Que los
evangelizadores no se cansen. Que la Iglesia siga anunciando con alegría que
cada vida, cuando se deja tocar por Dios, puede convertirse en un regalo de
amor para el mundo.
Amén.

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