martes, 2 de junio de 2026

3 de junio del 2026: miércoles de la novena semana del tiempo ordinario-II-San Carlos Lwanga y compañeros mártires, memoria obligatoria

 

SANTO DEL DÍA:
San Carlos Lwanga y sus compañeros

Siglo XIX. De 1885 a 1887, veintidós jóvenes cristianos de Uganda —entre ellos el jefe de los pajes, Carlos Lwanga— fueron quemados vivos por orden del rey Mwanga, quien veía en esta religión desconocida una amenaza para su trono. Fueron canonizados en 1964.

 

No ceder al miedo

(Timoteo 1, 1-3.6-12) Porque Dios no nos ha dado un espíritu de temor, sino un espíritu de fortaleza, de amor y de prudencia.”

Estas palabras nos invitan a trabajar sobre nuestros miedos en un contexto histórico desestabilizador: el miedo que paraliza o descontrola e impide avanzar; el miedo que nos encierra en nosotros mismos y aplasta la solidaridad; el miedo que engendra vergüenza y lleva a huir de las propias responsabilidades.
Fortaleza, amor y prudencia son dones del Espíritu que debemos hacer fructificar en la confrontación con la Palabra, para el anuncio del Evangelio.
Emmanuelle Billoteau, ermitaña


Primera lectura

2 Tim 1, 1-3. 6-12

Reaviva el don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos

Comienzo de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo.

PABLO, apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios para anunciar la promesa de vida que hay en Cristo Jesús, a Timoteo, hijo querido: gracia, misericordia y paz de parte de Dios Padre y de Cristo Jesús, Señor nuestro.
Doy gracias a Dios, a quien sirvo, como mis antepasados, con conciencia limpia, porque te tengo siempre presente en mis oraciones noche y día.
Por esta razón te recuerdo que reavives el don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos, pues Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de templanza.
Así pues, no te avergüences del testimonio de nuestro Señor ni de mí, su prisionero; antes bien, toma parte en los padecimientos por el Evangelio, según la fuerza de Dios.
Él nos salvó y nos llamó con una vocación santa, no por nuestras obras, sino según su designio y según la gracia que nos dio en Cristo Jesús desde antes de los siglos, la cual se ha manifestado ahora por la aparición de nuestro Salvador, Cristo Jesús, que destruyó la muerte e hizo brillar la vida y la inmortalidad por medio del Evangelio.
De este Evangelio fui constituido heraldo, apóstol y maestro. Esta es la razón por la que padezco tales cosas, pero no me avergüenzo, porque sé de quién me he fiado, y estoy firmemente persuadido de que tiene poder para velar por mi depósito hasta aquel día.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 122, 1b-2b. 2cdefg (R.: 1b)

R. A ti, Señor, levanto mis ojos.

V. A ti levanto mis ojos,
a ti que habitas en el cielo.
Como están los ojos de los esclavos
fijos en las manos de sus señores. 
R.

V. Como están los ojos de la esclava
fijos en las manos de su señora,
así están nuestros ojos
en el Señor, Dios nuestro,
esperando su misericordia. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo soy la resurrección y la vida —dice el Señor—; el que cree en mí no morirá para siempre. R.

 

Evangelio

Mc 12, 18-27

No es Dios de muertos, sino de vivos

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, se acercan a Jesús unos saduceos, los cuales dicen que no hay resurrección, y le preguntan:
«Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero no hijos, que se case con la viuda y dé descendencia a su hermano”.
Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos; el segundo se casó con la viuda y murió también sin hijos; lo mismo el tercero; y ninguno de los siete dejó hijos. Por último murió la mujer.
Cuando llegue la resurrección y resuciten, ¿de cuál de ellos será mujer? Porque los siete han estado casados con ella».
Jesús les respondió:
«¿No están equivocados, por no entender la Escritura ni el poder de Dios? Pues cuando resuciten, ni los hombres se casarán ni las mujeres serán dadas en matrimonio, serán como ángeles del cielo.
Y a propósito de que los muertos resucitan, ¿no han leído en el libro de Moisés, en el episodio de la zarza, lo que le dijo Dios: “Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob”? No es Dios de muertos, sino de vivos. Están muy equivocados».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos y hermanas:

El Evangelio de hoy nos presenta una escena de controversia. Se acercan a Jesús unos saduceos, grupo religioso que no creía en la resurrección, y le plantean un caso complicado, casi absurdo, para ridiculizar la fe en la vida eterna. No buscan sinceramente la verdad; quieren poner a Jesús en aprietos.

Pero la respuesta del Señor va directamente al corazón del problema:
“Están equivocados, porque no entienden la Escritura ni el poder de Dios.”

Esta frase también puede iluminar nuestra vida. Muchas veces nos equivocamos no porque seamos malos, sino porque pretendemos entenderlo todo desde nuestros propios esquemas. Queremos encerrar a Dios dentro de nuestra lógica, dentro de nuestras ideas, dentro de nuestras preguntas humanas. Y cuando Dios no cabe en nuestros cálculos, entonces pensamos que Dios no actúa, que Dios no responde, que Dios está ausente.

Los saduceos pensaban la resurrección como una simple continuación de esta vida terrena. Por eso Jesús les muestra que la vida futura no es una copia de esta vida, sino una realidad nueva, transformada por el poder de Dios. La resurrección no es volver a lo mismo; es entrar en la plenitud de Dios. Por eso Jesús afirma:
“Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.”

Esta es una palabra de enorme esperanza. Nuestro Dios no es Señor de tumbas cerradas, sino de vidas abiertas a la eternidad. No es un Dios que abandona a sus hijos en la muerte, sino el Dios fiel que sostiene la vida incluso cuando nuestros ojos solo ven pérdida, dolor o silencio.

La primera lectura nos ayuda a profundizar esta confianza. San Pablo escribe a Timoteo desde la prueba, desde el sufrimiento, desde la experiencia de persecución. Y, sin embargo, no habla como un derrotado. Le recuerda a Timoteo:
“Reaviva el don de Dios que recibiste.”
Y añade:
“Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de templanza.”

Qué palabras tan necesarias para nosotros. La fe no elimina automáticamente las dificultades, pero nos da una fuerza interior para atravesarlas. La fe no nos ahorra las lágrimas, pero nos enseña a llorar con esperanza. La fe no nos libra siempre del miedo, pero nos recuerda que no estamos solos.

Por eso Pablo puede decir:
“Sé de quién me he fiado.”
Esta es una de las frases más hermosas de toda la Escritura. No dice: “Sé todo lo que va a pasar”. No dice: “Tengo explicaciones para todo”. Dice: “Sé de quién me he fiado.” Esa es la verdadera sabiduría cristiana: no entenderlo todo, pero confiar en Aquel que lo sostiene todo.

El salmo también nos enseña esta actitud espiritual:
“A ti levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo.”
El creyente no vive con la mirada hundida solamente en sus problemas. Levanta los ojos. Mira a Dios. Espera de Él misericordia. El salmista se compara con los siervos que miran la mano de su señor, aguardando una señal, una ayuda, una palabra. Así también nosotros estamos llamados a mirar al Señor con humildad, especialmente cuando no comprendemos sus caminos.

Hoy celebramos la memoria de San Carlos Lwanga y sus compañeros mártires, jóvenes cristianos de Uganda que prefirieron morir antes que renunciar a Cristo y traicionar su conciencia. Ellos sí entendieron el poder de Dios. No porque fueran invulnerables, sino porque dejaron que el Espíritu venciera en ellos el miedo. Humanamente eran frágiles; espiritualmente fueron fuertes. Su martirio nos recuerda que la fe no es teoría, sino entrega; no es solo doctrina aprendida, sino vida ofrecida.

Ellos hicieron realidad lo que Pablo decía a Timoteo: no recibieron un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, amor y dominio de sí. En medio de la persecución, supieron levantar los ojos al cielo. En medio de la amenaza de muerte, creyeron en el Dios de la vida.

También nosotros, en menor o mayor medida, enfrentamos pruebas: enfermedades, duelos, cansancios, incertidumbres familiares, crisis personales, heridas interiores. Y en esas situaciones podemos caer en la tentación de “pensar, pensar y pensar”, queriendo resolverlo todo con la mente, pero olvidando la oración. Pensar es necesario, pero no basta. La oración nos pone en otra actitud: no solo analizamos la vida, sino que dejamos que Dios la ilumine.

Orar es reconocer humildemente: “Señor, yo no lo entiendo todo. Yo no puedo controlarlo todo. Pero quiero confiar en Ti. Enséñame a mirar con tus ojos. Enséñame a esperar con tu esperanza.”

Pidamos hoy esa gracia: no vivir engañados por nuestros miedos, por nuestros cálculos o por nuestras falsas seguridades. Pidamos conocer mejor las Escrituras y confiar más en el poder de Dios. Que el Señor reavive en nosotros el don de la fe. Que, como San Pablo, podamos decir: “Sé de quién me he fiado.” Que, como el salmista, levantemos nuestros ojos al cielo. Y que, como San Carlos Lwanga y sus compañeros, permanezcamos fieles al Dios vivo, al Dios que no abandona, al Dios que resucita.

Amén.

 

2

 

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de hoy nos pone frente a una realidad que todos conocemos: el miedo. Miedo al sufrimiento, miedo al fracaso, miedo a la enfermedad, miedo a la muerte, miedo al futuro. Y, sin embargo, San Pablo le recuerda a Timoteo una verdad profunda: “Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de dominio de sí”.

Pablo no escribe estas palabras desde la comodidad. Él mismo está preso, encadenado, sufriendo por causa del Evangelio. Pero no se presenta como un derrotado. Al contrario, dice con firmeza: “Sé de quién me he fiado”. Esta frase podría ser el lema de todo creyente. La fe no consiste en saberlo todo, ni en tener todas las respuestas, ni en no sentir temor. La fe consiste en saber en quién hemos puesto nuestra confianza.

Y aquí aparece una luz muy bella para este día en que oramos por nuestros enfermos. Muchas veces la enfermedad nos hace sentir frágiles, dependientes, vulnerables. Puede despertar preguntas, angustias, cansancios y hasta momentos de oscuridad espiritual. Pero la Palabra nos recuerda que Dios no abandona a sus hijos en la prueba. Él no siempre quita inmediatamente la cruz, pero sí da la fuerza para cargarla. No siempre evita la noche, pero enciende una lámpara en medio de ella.

Por eso el salmo nos hace decir: “A ti levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo”. Esa es la actitud del creyente: levantar los ojos. No vivir mirando solamente el dolor, la enfermedad, el problema o la tumba, sino mirar más alto. Levantar los ojos hacia Dios, como el servidor mira la mano de su señor, esperando misericordia, auxilio y consuelo.

En el Evangelio, los saduceos se acercan a Jesús con una pregunta tramposa sobre la resurrección. Ellos no creen en la vida eterna y quieren ridiculizar la esperanza. Pero Jesús les responde con fuerza: “Dios no es Dios de muertos, sino de vivos”.

Esta frase es el corazón del Evangelio de hoy. Nuestro Dios no es un Dios que abandona en la muerte. No es un Dios de sepulcros cerrados, sino de vida plena. Para Jesús, la resurrección no es una idea bonita para consolar a los tristes; es una verdad fundada en la fidelidad de Dios. Si Dios ama, no ama por un rato. Si Dios llama hijos a los suyos, no los llama hijos solo hasta la muerte. Su amor es más fuerte que el sepulcro.

Hoy celebramos también a San Carlos Lwanga y sus compañeros mártires, jóvenes cristianos de Uganda que prefirieron morir antes que traicionar su fe y su dignidad. Ellos nos enseñan que la fe verdadera no se reduce a palabras piadosas; la fe se demuestra cuando llega la hora de la prueba. Ellos no cedieron al miedo, porque sabían en quién habían puesto su confianza. Su martirio nos recuerda que el Espíritu Santo puede hacer fuerte al débil, valiente al temeroso y fiel al perseguido.

Hermanos, la muerte, la enfermedad y el sufrimiento no tienen la última palabra. La última palabra la tiene Dios. Y esa palabra es vida. Esa palabra es resurrección. Esa palabra es esperanza.

Pidamos hoy por nuestros enfermos: por los que sufren en el cuerpo, en la mente, en el corazón y en el alma. Que el Señor les conceda fortaleza, amor y serenidad. Que no se sientan solos. Que encuentren en sus familias, en sus cuidadores, en la comunidad y en la Iglesia una presencia cercana y misericordiosa.

Y pidamos también por nosotros, para que no cedamos al miedo. Que, como Pablo, podamos decir: “Sé de quién me he fiado”. Que, como el salmista, levantemos los ojos al Señor. Que, como San Carlos Lwanga y sus compañeros, permanezcamos fieles. Y que, como discípulos de Cristo, vivamos convencidos de que nuestro Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.

Amén.

 

3

 

Queridos hermanos y hermanas:

El Evangelio de hoy nos presenta a los saduceos acercándose a Jesús con una pregunta tramposa. Ellos no creían en la resurrección, ni en la vida después de la muerte, y por eso le plantean al Señor un caso exagerado: una mujer que, según la ley del levirato, llegó a casarse sucesivamente con siete hermanos. La pregunta parece inteligente: “Cuando resuciten, ¿de cuál de ellos será esposa?” Pero en el fondo no buscan la verdad; buscan ridiculizar la esperanza.

Jesús les responde con claridad: “Están equivocados, porque no entienden la Escritura ni el poder de Dios.” Esta frase es fuerte, pero profundamente iluminadora. El error de los saduceos no era solamente doctrinal; era espiritual. Querían medir las cosas de Dios con categorías demasiado humanas. Pensaban la eternidad como una simple prolongación de esta vida, como si el cielo fuera una repetición de nuestras estructuras terrenas. Pero Jesús eleva la mirada: la resurrección no es volver a lo mismo, sino entrar en una vida transformada por Dios.

Y añade una de las afirmaciones más consoladoras del Evangelio: “Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.” Nuestro Dios no es el Dios del final vacío, del sepulcro cerrado, de la muerte como última palabra. Es el Dios que llama a la vida, que sostiene la existencia, que no olvida a quienes ama. Abraham, Isaac y Jacob no pertenecen simplemente al pasado; viven en Dios, porque el amor de Dios no caduca.

Esta verdad cambia nuestra manera de vivir. Quien cree en la resurrección no desprecia esta vida, sino que la toma más en serio. Sabe que cada acto de amor, cada gesto de servicio, cada sacrificio ofrecido, cada perdón concedido, cada fidelidad vivida en silencio tiene valor de eternidad. No vivimos para acumular cosas que se acaban; vivimos para sembrar bienes que permanecen.

La primera lectura nos muestra a San Pablo animando a Timoteo: “Reaviva el don de Dios que hay en ti.” Y le recuerda: “Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de templanza.” Pablo habla desde la prueba, desde la persecución, desde el sufrimiento, pero no se deja vencer por el miedo. Su fuerza nace de una convicción: “Sé de quién me he fiado.”

Esta frase puede acompañarnos hoy. No siempre sabemos qué va a pasar. No siempre entendemos los caminos de Dios. No siempre encontramos respuestas inmediatas ante el dolor, la enfermedad, la injusticia o la muerte. Pero el creyente puede decir: “Sé de quién me he fiado.” Me he fiado del Dios vivo. Me he fiado de Cristo resucitado. Me he fiado de Aquel que venció la muerte.

El salmo también nos pone en la actitud correcta: “A ti levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo.” Levantar los ojos es no quedarnos encerrados en la angustia, en el miedo o en la visión limitada de las cosas. Levantar los ojos es esperar la misericordia de Dios. Es decirle: “Señor, no lo comprendo todo, pero confío en Ti. No controlo todo, pero me pongo en tus manos.”

Hoy celebramos a San Carlos Lwanga y sus compañeros mártires, jóvenes cristianos de Uganda que dieron testimonio de Cristo hasta la muerte. Ellos creyeron de verdad que Dios es Dios de vivos. Por eso no se dejaron intimidar por la persecución. Humanamente eran vulnerables, pero espiritualmente estaban firmes. En ellos se cumplió la palabra de Pablo: recibieron un espíritu de fortaleza, de amor y de dominio de sí.

Su memoria nos interpela. Tal vez a nosotros no se nos pida derramar la sangre por Cristo, pero sí se nos pide fidelidad diaria: fidelidad en la enfermedad, en la prueba, en el cansancio, en la vida familiar, en la misión, en el servicio, en la defensa de la dignidad humana, en la coherencia cristiana cuando el ambiente se vuelve adverso.

Y hoy, de manera especial, al orar por nuestros enfermos, recordemos que la fe en la resurrección no elimina el dolor, pero le da un horizonte. La enfermedad nos recuerda nuestra fragilidad, pero también puede abrirnos a una confianza más profunda. Cristo no abandona al que sufre. El Dios de vivos acompaña también las camas de los hospitales, las casas donde hay dolor, los corazones cansados y las almas que esperan consuelo.

Hermanos, no vivamos como si esta vida fuera lo único. No reduzcamos nuestra esperanza a lo inmediato. No pensemos la eternidad con una mente cerrada, como los saduceos. Dejemos que Jesús ensanche nuestra mirada. Estamos hechos para Dios, para la vida plena, para la comunión eterna con Él.

Pidamos al Señor que reavive en nosotros el don de la fe. Que nos conceda fortaleza ante el miedo, amor en medio de la prueba y esperanza ante la muerte. Y que, como San Pablo, como San Carlos Lwanga y sus compañeros, podamos decir con paz y valentía: “Sé de quién me he fiado.”

Amén.

 

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3 de junio: San Carlos Lwanga y Compañeros, Mártires — Memoria
1860–1886
Santos patronos de la juventud africana, los conversos y las víctimas de tortura
Canonizados por el Papa Pablo VI el 18 de octubre de 1964



Cita:

Este es el lugar donde la luz de Cristo brilló en vuestra tierra con un esplendor particular. Este fue el lugar de la oscuridad, Namugongo, donde la luz de Cristo resplandeció en el gran fuego que consumió a San Carlos Lwanga y a sus compañeros. ¡Que la luz de ese holocausto nunca deje de brillar en África! El sacrificio heroico de los mártires ayudó a atraer a Uganda y a toda África a Cristo, la verdadera luz que ilumina a todo hombre (cf. Jn 1,9). Hombres y mujeres de toda raza, lengua, pueblo y nación (cf. Ap 5,9) han respondido al llamado de Cristo, lo han seguido y se han hecho miembros de su Iglesia, como las multitudes que acuden en peregrinación, año tras año, a Namugongo. Hoy, el Obispo de Roma, el Sucesor de San Pedro, también ha venido en peregrinación al Santuario de los Santos Mártires de Uganda. Siguiendo los pasos del Papa Pablo VI, quien elevó a estos hijos de vuestra tierra a la gloria de los altares y fue el primer Papa en visitar África, yo también deseo plantar un beso especial de paz en esta tierra santa.
~San Juan Pablo II


Reflexión:

Cada año, millones de peregrinos de Kenia, Tanzania, Ruanda, Uganda, Nigeria y otras naciones africanas se reúnen en el Santuario de los Mártires de Namugongo, en Uganda, para una de las concentraciones católicas anuales más grandes del mundo. La celebración se realiza en el lugar del martirio de San Carlos Lwanga y sus veintiún jóvenes compañeros, el 3 de junio, fecha en que la mayoría de ellos fue asesinado.

En 1879, los Padres Blancos, una sociedad católica francesa de vida apostólica fundada en 1868, llegaron a la corte del rey Mutesa I de Buganda (actual Uganda) y recibieron permiso para establecer una misión y enseñar la fe católica. En ese entonces, católicos, protestantes y musulmanes buscaban convertir a los habitantes del reino, lo cual generaba descontento entre los sacerdotes paganos locales. Sin embargo, el rey Mutesa, con sus 87 esposas y 98 hijos, fue tolerante con las tres religiones.

Cuando murió en 1884, su hijo Mwanga II, fruto de su décima esposa, asumió el trono a los 16 años. Al principio fue tolerante, pero pronto se convenció de que los cristianos amenazaban su trono y su estilo de vida sexualmente pervertido.

Era costumbre que los reyes de Buganda tuvieran muchos jóvenes en su corte, conocidos como “pajes”, para cumplir funciones domésticas. Entre sus expectativas estaba la sumisión a los avances sexuales del rey. Algunos jóvenes, desde los 13 años, comenzaron a rechazar esas exigencias por motivos de fe. Esto enfureció al rey, quien temió perder el control de su reino.

El 29 de octubre de 1885, el obispo anglicano James Harrington y algunos de sus acompañantes fueron asesinados por orden del rey. Poco después, José Mukasa Balikuddembe, de 25 años, jefe de la casa real y catequista católico, reprendió al rey por sus acciones. Como castigo, fue decapitado el 5 de noviembre de 1885, y los católicos fueron arrestados. Ese mismo día, el catecúmeno Carlos Lwanga fue nombrado jefe de la casa real. Temiendo por su vida, recibió el bautismo junto a varios de sus alumnos catequizandos.

El 25 de mayo de 1886, el rey asesinó a otros dos cristianos. Ante el temor de que los demás jóvenes murieran sin bautismo, Carlos bautizó a los que aún eran catecúmenos. Ese mismo día, el rey exigió a todos renunciar a la fe cristiana o enfrentar tortura y muerte. Carlos confesó con valentía su fe, y muchos lo siguieron. El rey ordenó que fueran ejecutados en Namugongo, lugar tradicional de ejecuciones públicas.

Namugongo estaba a dos días de caminata. Durante el trayecto, muchos fueron azotados y atados. Tres fueron asesinados antes de llegar, uno de ellos por su propio padre por no renegar de la fe. Una vez allí, esperaron siete días para su ejecución. En ese tiempo fueron hambrientos, golpeados y atados de pies y manos.

Carlos fue asesinado primero. Para prolongar su sufrimiento, encendieron el fuego lentamente bajo sus pies. Se cuenta que dijo:

“Me están quemando, pero es como si me echaran agua para lavarme. Por favor, arrepiéntanse y sean cristianos como yo.”
Antes de morir, exclamó como Jesús:
“¡Dios mío! ¡Dios mío!”

Después, los demás jóvenes fueron torturados y asesinados de igual forma, rezando en voz alta el Padre Nuestro. En total, 22 jóvenes católicos fueron martirizados y posteriormente canonizados. Además, 23 anglicanos también fueron martirizados con ellos.

En aquel momento, Carlos Lwanga (26 años) y sus compañeros nunca imaginaron que, en el lugar donde murieron, millones de personas acudirían cada año a honrarlos y pedir su intercesión. El rey Mwanga pensó que podía acabar con el cristianismo matando a uno... pero eso solo encendió la conversión de muchos.

Uganda y muchas otras naciones africanas son hoy profundamente cristianas gracias al testimonio de fe de estos mártires. Como dice Romanos 8,28:

“Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman.”

En el caso de los Mártires de Uganda, sus muertes produjeron bien, y su carne quemada fue como un perfume que transformó aquella nación pagana en tierra cristiana.


Oración

San Carlos Lwanga y Compañeros,
la llama de la fe ardía en sus corazones
mientras las llamas de sus verdugos consumían sus cuerpos.
Su testimonio encendió la fe de toda Uganda y de África.
Rueguen por mí,
para que tenga la fe que ustedes tuvieron,
y que Dios transforme cada sufrimiento y cruz que yo cargue
en bien y salvación.
San Carlos y Compañeros, rueguen por mí.
Jesús, en Ti confío.

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