sábado, 13 de junio de 2026

14 de junio del 2026: undécimo domingo del tiempo ordinario-Ciclo A

 

Desde el corazón compasivo de Cristo

Jesús llama a sus discípulos, los envía, les da poder y les detalla sus indicaciones. La misión que les confía nace de su corazón compasivo. En efecto, el Evangelio se abre con una mirada de Jesús sobre las multitudes “desconcertadas y abatidas”. Así, antes incluso de enviar a los discípulos hacia esas multitudes, Jesús ve; antes de dar instrucciones, ama; y antes de confiar la misión, se compadece.

Para los discípulos, la misión comienza con la oración. Nadie se envía a sí mismo: uno es enviado. La iniciativa pertenece al Dueño de la mies. El poder que reciben no es suyo: les es dado. Los discípulos no hablan en nombre propio, sino que proclaman lo mismo que Jesús proclama: “El Reino de los Cielos está cerca”. No actúan con autoridad propia, sino que ejercen la autoridad recibida de Cristo.

La enumeración de sus nombres nos hace pensar que la misión es confiada a hombres concretos, diversos y frágiles. El contenido y el marco de la misión son claros: ir hacia “las ovejas perdidas de la casa de Israel”, proclamar la cercanía del Reino, curar enfermos, resucitar muertos, purificar leprosos y expulsar demonios. La misión es palabra y acción. Anuncia y restaura. Proclama un Reino que se acerca y, al mismo tiempo, ofrece ya sus signos.

Finalmente, lo que los discípulos han recibido gratuitamente, deben darlo gratuitamente. Ahí está todo. El discípulo no es dueño de la gracia: es su servidor. Lo que ha recibido sin mérito, debe transmitirlo sin cálculo. La gratuidad es la marca del Reino.

¿Qué lugar doy a la compasión en mi vida?

¿Qué he recibido gratuitamente en mi vida y estoy dispuesto a dar gratuitamente a los demás?

Jean-Paul Sagadou, prêtre assomptionniste, rédacteur en chef de Prions en Église Afrique



Primera lectura

Éx 19, 2-6a

Serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa

Lectura del libro del Éxodo.

EN aquellos días, llegaron los hijos de Israel al desierto del Sinaí y acamparon allí, frente a la montaña.
Moisés subió hacia Dios. El Señor lo llamó desde la montaña diciendo:
«Así dirás a la casa de Jacob y esto anunciarás a los hijos de Israel: “Han visto lo que he hecho con los egipcios y cómo a ustedes los he llevado sobre alas de águila y los he traído a mí. Ahora, pues, si de veras me obedecen y guardan mi alianza, serán mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra. Serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa”».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 99, 1b-2. 3. 5 (R.: 3c)

R. Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño.

V. Aclama al Señor, tierra entera,
sirvan al Señor con alegría,
entren en su presencia con vítores. 
R.

V. Sepan que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
 R.

V. El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades. 
R.

 

Segunda lectura

Rom 5, 6-11

Si fuimos reconciliados por la muerte del Hijo, ¡con cuánta más razón seremos salvados por su vida!

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

HERMANOS:
Cuando nosotros estábamos aún sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros.
¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvados del castigo!
Si, cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvados por su vida!
Y no solo eso, sino que también nos gloriamos en Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido ahora la reconciliación.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Está cerca el reino de Dios; conviértanse y crean en el Evangelio. R.

 

Evangelio

Mt 9, 36 — 10, 8

Llamó a sus doce discípulos y los envió

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, al ver Jesús a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor». Entonces dice a sus discípulos:
«La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rueguen, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».
Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia.
Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, el de Zebedeo, y Juan, su hermano; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; Simón el de Caná, y Judas Iscariote, el que lo entregó.
A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones:
«No vayan a tierra de paganos ni entren en las ciudades de Samaría, sino vayan a las ovejas descarriadas de Israel.
Vayan y proclamen que ha llegado el reino de los cielos. Curen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos, arrojen demonios. Gratis han recibido, den gratis».

Palabra del Señor.

 

 

***************

 

Desde el corazón compasivo de Cristo: elegidos, reconciliados y enviados


Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios que escuchamos hoy nos sitúa ante una verdad profunda y hermosa: Dios no mira a su pueblo con indiferencia. Dios ve, Dios escucha, Dios se conmueve, Dios llama, Dios salva y Dios envía. La historia de la salvación no nace de una idea fría ni de una orden lejana, sino del corazón de un Dios que ama, que se acerca y que hace alianza con su pueblo.

El Evangelio nos presenta a Jesús mirando a la multitud. No es una mirada superficial, no es la mirada rápida de quien ve gente pasando por el camino. Jesús mira de verdad. Mira el cansancio, la confusión, la soledad, las heridas, la desorientación espiritual de la gente. El texto dice que al ver a las multitudes, se compadeció de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor.

Esta imagen es muy fuerte. Las ovejas sin pastor están expuestas al peligro, no saben hacia dónde ir, no encuentran alimento seguro, se dispersan fácilmente. Así ve Jesús a la humanidad: no con desprecio, no con juicio duro, no con impaciencia, sino con compasión. El corazón de Cristo no se acostumbra al dolor humano. Jesús no se queda indiferente ante la gente cansada de luchar, ante los enfermos, ante los pobres, ante los pecadores, ante los que han perdido el rumbo, ante los que buscan una palabra de esperanza.

Y aquí encontramos la raíz de toda misión cristiana: la compasión. Antes de enviar a los discípulos, Jesús contempla. Antes de darles autoridad, ama. Antes de pedirles que salgan, les muestra con su propio corazón cómo se debe mirar al mundo. Porque una misión sin compasión se vuelve oficio, rutina, propaganda o poder. Pero una misión que nace del corazón de Cristo se vuelve servicio, cercanía, misericordia y anuncio gozoso del Reino.

La primera lectura, tomada del libro del Éxodo, nos recuerda que Dios ya había actuado así con Israel. El pueblo llega al Sinaí después de haber sido liberado de Egipto. Había vivido la esclavitud, la humillación, el trabajo duro, el miedo y la opresión. Pero Dios no se olvidó de su pueblo. Él mismo les dice: “Ustedes han visto lo que hice con los egipcios, y cómo los he llevado sobre alas de águila y los he traído a mí”.

Qué expresión tan bella: “sobre alas de águila”. Dios no dice simplemente: “Los saqué de Egipto”. Dice: “Los llevé sobre alas de águila”. Es decir, los cargué, los sostuve, los protegí, los conduje. Cuando ustedes no podían salvarse por sí mismos, yo los llevé. Cuando estaban indefensos, yo los levanté. Cuando no tenían camino, yo abrí el camino.

Así es Dios. Él no comienza pidiéndole al pueblo que sea perfecto. Comienza recordándole su amor. Antes del mandamiento está la gracia. Antes de la respuesta humana está la iniciativa divina. Antes de la fidelidad de Israel está la fidelidad de Dios. Por eso el Señor dice: “Si escuchan mi voz y guardan mi alianza, serán mi especial tesoro entre todos los pueblos… serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa”.

Aquí aparece una clave muy importante: Dios libera para hacer alianza, y hace alianza para confiar una misión. Israel no es elegido para encerrarse en sí mismo ni para sentirse superior a los demás pueblos. Es elegido para pertenecer a Dios y para ser signo de su presencia en medio del mundo. Ser “reino de sacerdotes” significa ser un pueblo llamado a ofrecer a Dios la vida, la historia, el trabajo, el sufrimiento y la esperanza de la humanidad. Ser “nación santa” no significa vivir apartados de todos con orgullo, sino vivir unidos a Dios para transparentar su santidad, su justicia y su misericordia.

Lo mismo ocurre con nosotros. Dios nos ha elegido en Cristo. Nos ha llamado por el Bautismo. Nos ha hecho su pueblo. Nos alimenta con su Palabra y con la Eucaristía. Pero no nos llama para que vivamos una fe cómoda, encerrada en el templo o reducida a devociones privadas. Nos llama para ser signos vivos de su Reino. Nos llama para que nuestra vida diga algo de Dios. Nos llama para que otros puedan experimentar, a través de nosotros, que Dios no abandona, que Dios perdona, que Dios consuela, que Dios salva.

Por eso el salmo nos invita a aclamar al Señor con alegría: “Reconozcan que el Señor es Dios, que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño”. Esta frase ilumina de manera preciosa el Evangelio. Jesús ve a las multitudes como ovejas sin pastor. El salmo, en cambio, proclama la verdad de la fe: somos su pueblo y ovejas de su rebaño. Es decir, no estamos destinados a vivir perdidos, abandonados o dispersos. Tenemos Pastor. Tenemos Dueño amoroso. Tenemos un Dios que nos conoce, nos llama por nuestro nombre y nos reúne.

Pero muchas veces el ser humano vive como si no tuviera pastor. A veces se deja guiar por voces que prometen felicidad y terminan dejando vacío. A veces se deja conducir por el orgullo, el dinero, la fama, el placer, la violencia, la desesperanza. A veces las familias se sienten como ovejas sin pastor: cansadas, divididas, heridas. A veces los jóvenes buscan rumbo entre tantas voces contradictorias. A veces los enfermos se sienten solos. A veces los ancianos se sienten olvidados. A veces los pobres sienten que nadie los mira. A veces incluso dentro de la Iglesia podemos sentir cansancio, desánimo o pérdida de entusiasmo.

Por eso necesitamos volver siempre al corazón de Cristo. Él es el Pastor que no abandona. Él es quien mira con compasión. Él es quien reúne lo disperso. Él es quien levanta al caído. Él es quien cura, perdona, restaura y envía.

San Pablo, en la segunda lectura de la carta a los Romanos, nos lleva todavía más hondo: “Cuando todavía estábamos sin fuerzas, Cristo murió por los impíos”. Y añade: “La prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores”.

Esta palabra es fundamental. Cristo no murió por nosotros porque ya éramos buenos. No nos amó porque lo mereciéramos. No esperó a que fuéramos perfectos para entregarse. Nos amó cuando éramos débiles, pecadores, enemigos, necesitados de reconciliación. Ahí está la gratuidad del amor de Dios. Ahí está la fuente de la misión. Ahí está la razón de nuestra esperanza.

A veces nosotros amamos con medida. Amamos a quien nos ama. Ayudamos a quien nos cae bien. Perdonamos cuando el otro ya ha pagado bastante. Damos cuando nos sobra. Servimos si nos reconocen. Pero Dios no actúa así. Dios nos amó primero. Dios tomó la iniciativa. Dios no calculó. En Cristo, Dios nos lo dio todo.

Por eso la misión cristiana no puede vivirse desde el mérito, sino desde la gratitud. El discípulo no anuncia porque se crea superior. No sirve porque sea dueño de la gracia. No predica porque sea perfecto. No acompaña porque tenga todas las respuestas. El discípulo anuncia porque ha sido amado. Sirve porque ha sido servido por Cristo. Perdona porque ha sido perdonado. Consuela porque ha sido consolado. Da gratuitamente porque gratuitamente lo recibió todo.

En el Evangelio, Jesús llama a los Doce por su nombre. Esta lista de nombres podría pasar desapercibida, pero es muy importante. Allí están Pedro y Andrés, Santiago y Juan, Felipe y Bartolomé, Tomás, Mateo, Santiago, Tadeo, Simón y Judas. Son hombres concretos, con historias distintas, temperamentos diversos, límites, fragilidades y hasta contradicciones. Pedro negará a Jesús. Tomás dudará. Mateo fue publicano. Judas lo traicionará. Y, sin embargo, Jesús los llama.

Esto nos consuela y nos compromete. Nos consuela porque Dios no llama solo a los perfectos. Si esperara perfección absoluta, no llamaría a nadie. Dios llama a personas reales. Llama con nuestra historia, con nuestras heridas, con nuestro carácter, con nuestras luchas. Llama a matrimonios concretos, jóvenes concretos, sacerdotes concretos, religiosas concretas, catequistas concretos, servidores concretos, comunidades concretas.

Pero también nos compromete, porque ser frágiles no es excusa para no responder. Jesús llama a los discípulos y los envía. No los deja contemplando la necesidad del mundo desde lejos. Los involucra. Les dice: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rueguen, pues, al dueño de la mies que mande trabajadores a su mies”.

Lo primero que Jesús pide no es activismo, sino oración. La misión comienza de rodillas. La Iglesia no se envía a sí misma. El sacerdote no se envía a sí mismo. El catequista no se envía a sí mismo. El evangelizador no se envía a sí mismo. Todo verdadero envío nace de Dios. Por eso hay que pedir trabajadores. Hay que orar por las vocaciones. Hay que suplicar al Señor que despierte corazones generosos. Hay que pedir que nuestras comunidades no sean espectadoras pasivas de la evangelización, sino tierra fecunda donde broten servidores del Reino.

Pero notemos algo hermoso: Jesús manda orar por trabajadores, y enseguida llama a los Doce y los envía. Es como si les dijera: “Oren para que haya trabajadores… y estén dispuestos ustedes mismos a ser respuesta a esa oración”. Muchas veces pedimos que Dios envíe personas buenas, catequistas, sacerdotes, misioneros, servidores, líderes, voluntarios. Pero quizá el Señor nos responde: “Empieza tú. Da tú el primer paso. Sé tú una señal de mi compasión”.

El envío de Jesús tiene una misión concreta: proclamar que el Reino de los Cielos está cerca, curar enfermos, resucitar muertos, purificar leprosos, expulsar demonios. Es decir, la misión no se reduce a palabras, pero tampoco puede quedarse sin palabras. La misión anuncia y sana. Proclama y restaura. Predica y toca la vida concreta de la gente.

La Iglesia debe anunciar claramente que el Reino está cerca. Debe hablar de Dios, de conversión, de salvación, de esperanza, de vida eterna. Pero ese anuncio debe ir acompañado por signos concretos: cercanía a los enfermos, consuelo a los tristes, acogida a los descartados, perdón a los pecadores arrepentidos, defensa de la dignidad humana, lucha contra todo lo que desfigura la vida.

Curar enfermos hoy significa también acompañar a quienes sufren en el cuerpo y en el alma. Resucitar muertos significa anunciar la vida donde parece que todo está perdido: en una familia rota, en un joven sin esperanza, en una persona hundida por la culpa, en una comunidad cansada. Purificar leprosos significa acercarse a los excluidos, a los que la sociedad prefiere no mirar. Expulsar demonios significa combatir el mal que esclaviza: el odio, la mentira, la corrupción, la violencia, las adicciones, la indiferencia, la desesperanza.

Y al final Jesús dice una frase que resume todo: “Gratis lo recibieron, denlo gratis”. Esta es una de las frases más evangélicas y más exigentes. Nos recuerda que la gracia no se vende, no se manipula, no se usa para dominar, no se convierte en negocio ni en prestigio personal. La gracia se recibe con humildad y se comparte con generosidad.

¿Qué hemos recibido gratuitamente? La vida. La fe. El perdón. La Palabra de Dios. La Eucaristía. El amor de nuestras familias. La paciencia de quienes nos han soportado. La enseñanza de quienes nos formaron. La oración de quienes intercedieron por nosotros. La misericordia de Dios en momentos en que no la merecíamos. Todo eso lo hemos recibido como don. Y si todo es don, entonces nuestra vida debe convertirse también en don.

Hoy podríamos preguntarnos sinceramente: ¿qué lugar ocupa la compasión en mi vida? ¿Miro a los demás como Jesús los mira? ¿O los miro con juicio, fastidio, indiferencia o superioridad? ¿Soy capaz de detenerme ante el sufrimiento ajeno? ¿Me duele el dolor del otro? ¿Me conmueve la soledad del hermano? ¿Me importa la suerte de los pobres, de los enfermos, de los alejados, de los que viven sin pastor?

Y también: ¿qué he recibido gratuitamente que puedo dar gratuitamente? Tal vez puedo dar tiempo, escucha, perdón, consejo, oración, servicio, compañía, una palabra de ánimo, un gesto de reconciliación. Tal vez puedo poner mis dones al servicio de la comunidad. Tal vez puedo visitar a un enfermo, acompañar a un anciano, enseñar la fe a un niño, apoyar una obra evangelizadora, orar por las vocaciones, servir sin buscar aplausos.

Hermanos, la Eucaristía que celebramos es el signo supremo de la gratuidad de Dios. Aquí Cristo se nos da sin medida. Aquí el Pastor alimenta a sus ovejas. Aquí el Señor nos recuerda que somos su pueblo y ovejas de su rebaño. Aquí se renueva la alianza. Aquí se nos entrega el amor de Cristo, que murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores. Aquí el corazón compasivo de Jesús nos mira, nos sana, nos reconcilia y nos envía.

Que al acercarnos a esta mesa no vengamos solo a recibir consuelo, sino también a dejarnos transformar en instrumentos de compasión. Que la Iglesia, nuestras familias y nuestra comunidad sean reflejo del corazón de Cristo. Que no seamos discípulos encerrados, sino enviados. Que no seamos dueños de la gracia, sino servidores humildes. Que no demos con cálculo lo que recibimos sin mérito. Y que nuestra vida entera proclame, con palabras y obras, que el Reino de Dios está cerca.

Amén.

 

 

 

 

 

 

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