lunes, 8 de junio de 2026

8 de junio del 2026: lunes de la décima semana del tiempo ordinario-II

 

El arte y la manera

(Mateo 5, 1-12) Una página magnífica del Evangelio. Pero precisamente por eso… ¿no será un poco demasiado hermosa para ser verdadera? ¿Una especie de dulce sueño, condenado tarde o temprano a chocar con la dura realidad?

La expresión “por causa de mí” quizá nos ofrece una clave de lectura. La felicidad no viene, ante todo, de lo que vivimos y hacemos, sino de la manera como lo vivimos y lo hacemos: “por causa de Él”, el Señor Jesús; es decir, para Él, con Él y en Él.

Bertrand Lesoing, prêtre de la communauté Saint-Martin

 


Primera lectura

1 Re 17, 1-6
Elías sirve al Señor, Dios de Israel

Lectura del primer libro de los Reyes.

EN aquellos días, Elías, el tesbita, de Tisbé de Galaad, dijo a Ajab:
«Vive el Señor, Dios de Israel, ante quien sirvo, que no habrá en estos años rocío ni lluvia si no es por la palabra de mi boca».
La palabra del Señor llegó a Elías diciendo:
«Sal de aquí, dirígete hacia oriente y escóndete en el torrente de Querit, frente al Jordán. Habrás de beber sus aguas y he ordenado a los cuervos que allí te suministren alimento».
Fue a establecerse en el torrente de Querit, frente al Jordán, procediendo según la palabra del Señor.
Los cuervos le llevaban pan y carne por la mañana y lo mismo al atardecer; y bebía del torrente.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 120, 1bc-2. 3-4. 5-6. 7-8 (R.: cf. 2)

R. Nuestro auxilio es el nombre del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.


V. Levanto mis ojos a los montes:
¿de dónde me vendrá el auxilio?
El auxilio me viene del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.
 R.

V. No permitirá que resbale tu pie,
tu guardián no duerme;
no duerme ni reposa
el guardián de Israel. 
R.

V. El Señor te guarda a su sombra,
está a tu derecha;
de día el sol no te hará daño,
ni la luna de noche. 
R.

V. El Señor te guarda de todo mal,
él guarda tu alma;
el Señor guarda tus entradas y salidas,
ahora y por siempre. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en el cielo. R.

 

Evangelio

Mt 5, 1-12

Bienaventurados los pobres en el espíritu

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos,
porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que lloran,
porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia,
porque ellos quedarán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados ustedes cuando los insulten y los persigan y los calumnien de cualquier modo por mi causa. Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a ustedes».

Palabra del Señor.

 

 

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Queridos hermanos:

Hoy la Palabra de Dios nos pone ante dos escenas muy distintas, pero profundamente unidas por un mismo mensaje: Dios no abandona a quienes ponen su confianza en Él.

En la primera lectura, del primer libro de los Reyes, aparece el profeta Elías en un momento difícil. El país vive una crisis, una sequía, una situación de hambre y amenaza. Elías no tiene seguridades humanas. No tiene despensa llena, no tiene un plan cómodo, no tiene garantías visibles. Pero tiene una palabra de Dios: “Vete de aquí… escóndete junto al torrente… beberás del torrente y he mandado a los cuervos que te lleven alimento”.

Es una imagen fuerte y bella: Dios sostiene a su profeta en medio de la precariedad. No lo libra mágicamente de toda dificultad, pero le da lo necesario para seguir viviendo. Le da agua, pan, carne, refugio. Le da, sobre todo, la certeza de que no está solo.

Y el salmo responde con una profesión de confianza:
“El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra”.

Cuántas veces también nosotros levantamos los ojos a los montes y nos preguntamos: ¿de dónde vendrá mi ayuda? ¿De dónde vendrá la fuerza para soportar esta enfermedad, esta pérdida, esta tristeza, esta soledad, esta preocupación familiar, esta incertidumbre? Y la fe nos responde: el auxilio viene del Señor. Él no duerme. Él no se desentiende. Él guarda nuestra entrada y nuestra salida. Él cuida nuestra vida.

Esta certeza ilumina de manera especial la intención de hoy: oramos por nuestros difuntos. Al recordarlos, quizás sentimos nostalgia, vacío, lágrimas. Pero no los recordamos como quienes han desaparecido en la nada. Los confiamos al Dios que guarda la vida. Los ponemos en manos del Señor que no abandona a sus hijos ni siquiera cuando atraviesan el umbral de la muerte.

Para la mirada cristiana, la muerte no tiene la última palabra. La última palabra la tiene Dios. La última palabra la tiene Cristo resucitado. Por eso, al orar por nuestros difuntos, decimos con fe: “Señor, si en esta vida ellos confiaron en Ti, si lucharon, si amaron, si sufrieron, si también tuvieron fragilidades y pecados, recíbelos ahora en tu misericordia”.

El Evangelio nos presenta hoy las Bienaventuranzas. Y el comentario que hemos escuchado nos ayuda a entrar en ellas con una pregunta muy humana: ¿no serán demasiado bellas para ser verdaderas? “Felices los pobres de espíritu… felices los que lloran… felices los mansos… felices los que tienen hambre y sed de justicia… felices los misericordiosos… felices los limpios de corazón… felices los que trabajan por la paz… felices los perseguidos por causa de la justicia”.

A primera vista, pareciera que Jesús está hablando de un mundo ideal, muy lejano de nuestra realidad. Porque nosotros vemos que los pobres sufren, que los que lloran no siempre son consolados pronto, que los mansos a veces son pisoteados, que los justos son perseguidos, que los misericordiosos pueden ser tratados como ingenuos, que los limpios de corazón pueden parecer débiles en un mundo astuto y calculador.

Pero Jesús no está pronunciando frases bonitas para decorar una pared. Jesús está revelando el corazón del Reino de Dios. Nos está diciendo dónde se encuentra la verdadera felicidad. Y esa felicidad no depende primero de tenerlo todo resuelto, ni de vivir sin lágrimas, ni de no tener problemas. Depende de vivirlo todo con Él, por Él y en Él.

Ahí está la clave: “por mi causa”. Jesús no bendice el sufrimiento por el sufrimiento. No dice que llorar sea agradable, ni que pasar hambre sea bueno, ni que ser perseguido sea deseable. Lo que Jesús proclama es que, cuando una persona vive unida a Dios, incluso las situaciones más difíciles pueden convertirse en camino de salvación, de purificación, de esperanza y de vida eterna.

Elías, junto al torrente, no era feliz porque estuviera escondido, amenazado y en tiempos de hambre. Era sostenido porque estaba obedeciendo a Dios. Los pobres de espíritu no son felices porque carezcan de seguridades, sino porque han puesto su riqueza en Dios. Los que lloran no son felices porque lloren, sino porque Dios promete consolarlos. Los perseguidos no son felices porque los maltraten, sino porque su fidelidad a Cristo tiene un valor eterno.

Aquí hay una enseñanza muy importante para nuestra vida: la felicidad cristiana no consiste en que todo nos salga bien, sino en que todo lo vivamos unidos al Señor.

Hay personas que tienen mucho y viven vacías. Hay personas que poseen comodidades y no tienen paz. Hay personas que aparentemente triunfan y, sin embargo, llevan el alma seca. Y también hay personas sencillas, enfermas, pobres, ancianas, viudas, campesinas, madres sacrificadas, trabajadores humildes, servidores silenciosos, que poseen una luz especial porque viven mirando a Dios. No se explican por lo que tienen. Se explican por Aquel en quien confían.

Las Bienaventuranzas nos enseñan el arte y la manera de vivir. No basta vivir; hay que saber para quién vivimos. No basta sufrir; hay que saber con quién cargamos la cruz. No basta hacer cosas buenas; hay que hacerlas con un corazón unido a Cristo. No basta ser religiosos por costumbre; hay que dejar que el Evangelio transforme nuestra manera de mirar, de actuar, de sufrir, de amar y de esperar.

Y esto tiene mucho que decirnos cuando oramos por los difuntos. Porque al final de la vida no nos llevamos cargos, títulos, casas, dinero, prestigio ni aplausos. Al final de la vida nos llevamos el amor que dimos, la fe que guardamos, el perdón que ofrecimos, la misericordia que practicamos, las lágrimas que pusimos en manos de Dios, las cruces que cargamos con esperanza.

Quizás muchos de nuestros difuntos no fueron famosos, no aparecieron en grandes noticias, no tuvieron reconocimientos públicos. Pero pudieron haber vivido las bienaventuranzas en lo escondido: una madre que lloró y siguió amando; un padre que trabajó con sacrificio; un abuelo que rezaba en silencio; una hermana que perdonó; un amigo que ayudó sin hacer ruido; un enfermo que ofreció su dolor; un pobre que compartió lo poco que tenía.

Para el mundo, esas vidas pueden pasar desapercibidas. Para Dios, no. Dios conoce cada lágrima. Dios recuerda cada gesto de amor. Dios no olvida la fidelidad humilde de sus hijos.

Por eso hoy pedimos: Señor, mira a nuestros difuntos con misericordia. Si tuvieron hambre y sed de justicia, sacia ahora su corazón. Si lloraron, consuélalos definitivamente. Si fueron misericordiosos, recíbelos en tu misericordia. Si buscaron la paz, introdúcelos en la paz eterna. Si fueron pobres de espíritu, dales el Reino de los cielos.

Y para nosotros, que todavía caminamos, la Palabra nos deja una invitación clara: vivamos de tal manera que nuestra vida sea bienaventurada, no según los criterios del mundo, sino según el corazón de Cristo.

Cuando tengamos que atravesar sequías interiores, recordemos a Elías: Dios puede alimentar nuestra esperanza aun en el desierto.

Cuando sintamos miedo, repitamos el salmo: “El auxilio me viene del Señor”.

Cuando lloremos a nuestros seres queridos, miremos a Cristo resucitado y digamos: ellos están en tus manos, Señor.

Cuando nos preguntemos dónde está la verdadera felicidad, volvamos al monte de las Bienaventuranzas y escuchemos a Jesús: felices los que viven para Dios, felices los que no pierden la esperanza, felices los que aman sin cálculo, felices los que hacen de su vida una ofrenda.

Hermanos, que esta Eucaristía nos ayude a vivir así: para Cristo, con Cristo y en Cristo. Y que nuestros difuntos, por la misericordia del Señor, participen ya de la bienaventuranza eterna, donde no habrá más llanto, ni dolor, ni muerte, sino la alegría plena de ver a Dios cara a cara.

Amén.

 

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