viernes, 19 de junio de 2026

19 de junio del 2026: viernes de la undécima semana del tiempo ordinario-II

 

Caza del tesoro

(Mateo 6, 19-23) Más que saber cuál es el tesoro, se trata de conocer el lugar donde está escondido y de elegir entre la tierra o el cielo. Poner nuestro corazón del lado del verdadero tesoro, no del tesoro de la tierra que consumen las polillas o roban los ladrones, sino del tesoro del cielo.

¿Dónde está mi tesoro? ¿Del lado de la cartera, del poder o de Dios? La diferencia de lugar revela la manera de administrar el tesoro: ¿acumular o compartir?

Colette Hamza, xavière

 


Primera lectura

2 Re 11, 1-4. 9-18. 20
Ungieron a Joás y gritaron: «¡Viva el rey!»

Lectura del segundo libro de los Reyes.

EN aquellos días, cuando la madre del rey Ocozías, Atalía, vio que su hijo había muerto, se dispuso a eliminar a toda la estirpe real. Pero Josebá, hija del rey Jorán y hermana de Ocozías, tomó a Joás, hijo de Ocozías, de entre los hijos del rey que estaban siendo asesinados, lo escondió y lo instaló, a él y a su nodriza, en su dormitorio, manteniéndolo oculto a la vista de Atalía y así no lo mataron. Estuvo seis años con ella, escondido en el templo del Señor, mientras Atalía reinaba en el país.
El séptimo año, el sacerdote Yehoyadá mandó buscar a los centuriones de los carios y de los guardias y los condujo junto a sí al templo del Señor para establecer un pacto con ellos y hacerles prestar juramento. Luego les presentó al hijo del rey.
Los centuriones cumplieron cuanto Yehoyadá les ordenó. Cada uno tomó sus hombres, los que entraban y los que salían de servicio el sábado, y se presentaron ante el sacerdote. Yehoyadá entregó a los centuriones las lanzas y escudos del rey David que había depositados en el templo del Señor.
Los guardias se apostaron, arma en mano, desde el extremo sur hasta el extremo norte del templo, ante el altar y el templo, en torno al rey, por un lado y por otro.
El sacerdote hizo salir al hijo del monarca y le impuso la diadema y las insignias reales. Luego lo proclamaron rey y lo ungieron. Aplaudieron y gritaron:
«¡Viva el rey!».
Cuando Atalía oyó el griterío de los guardias y del pueblo, se fue hacia la muchedumbre que se hallaba en el templo del Señor. Miró y vio al rey de pie junto a la columna, según la costumbre: los jefes con sus trompetas con él, y a todo el pueblo de la tierra en júbilo, tocando sus instrumentos.
Atalía rasgó entonces sus vestiduras y gritó:
«¡Traición!, ¡traición!».
Entonces el sacerdote Yehoyadá dio orden a los jefes de las tropas:
«Háganla salir de entre las filas. Quien la siga será pasado a espada» (pues el sacerdote pensaba: «No debe ser ejecutada en el templo del Señor»).
Le abrieron paso y, cuando entró en el palacio real por la puerta de los Caballos, fue ejecutada.
Luego Yehoyadá hizo una alianza entre el Señor, el rey y el pueblo, por la que el pueblo se convertía en pueblo del Señor; hizo también una alianza entre el rey y el pueblo.
Y todo el pueblo de la tierra acudió al templo de Baal para derribarlo. Hicieron pedazos sus altares e imágenes, y ejecutaron a Matán, sacerdote de Baal, frente a los altares.
El sacerdote puso entonces centinelas en el templo del Señor.
Todo el pueblo de la tierra exultaba de júbilo y la ciudad quedó tranquila: Atalía ya había muerto a espada en palacio.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 131, 11. 12. 13-14. 17-18 (R.: cf. 13)

R. El Señor ha elegido Sion
para vivir en ella.

V. El Señor ha jurado a David
una promesa que no retractará:
«A uno de tu linaje
pondré sobre tu trono». 
R.

V. «Si tus hijos guardan mi alianza
y los mandatos que les enseño,
también sus hijos, por siempre,
se sentarán sobre tu trono». 
R.

V. Porque el Señor ha elegido a Sion,
ha deseado vivir en ella:
«Esta es mi mansión por siempre,
aquí viviré, porque la deseo».
 R.

V. «Haré germinar el vigor de David,
enciendo una lámpara para mi Ungido.
A sus enemigos los vestiré de ignominia,
sobre él brillará mi diadema».
 R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. R.

 

Evangelio

Mt 6, 19-23

Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No atesoren para ustedes tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen y donde los ladrones abren boquetes y los roban. Háganse tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que los roen, ni ladrones que abren boquetes y roban. Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón.
La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; pero si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Si, pues, la luz que hay en ti está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!».

Palabra del Señor.

 

1

 

Hermanos y hermanas:

El Evangelio de hoy nos pone ante una pregunta sencilla, pero decisiva: ¿dónde está nuestro tesoro? Jesús dice: “No acumulen tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los destruyen, y donde los ladrones perforan muros y roban. Acumulen más bien tesoros en el cielo”. Y concluye con una frase que toca el centro de nuestra vida espiritual: “Donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón”.

Todos tenemos un tesoro. A veces es el dinero, la seguridad, el reconocimiento, el poder, la imagen, la salud, la familia, los proyectos, los afectos. El problema no está en amar lo bueno, ni en cuidar responsablemente lo que Dios nos ha dado. El problema aparece cuando algo creado ocupa el lugar que sólo le pertenece a Dios. Entonces el corazón se vuelve esclavo. Y cuando el corazón se vuelve esclavo, también la mirada se oscurece.

Por eso Jesús añade: “La lámpara del cuerpo es el ojo”. Es decir, según lo que miremos, según lo que deseemos, según lo que valoremos, así se ilumina o se oscurece nuestra vida. Un corazón centrado en Dios mira distinto. Un corazón dominado por la ambición, por el resentimiento, por el egoísmo o por el miedo, termina viendo todo con sombras.

La primera lectura del segundo libro de los Reyes nos muestra una escena dramática. Atalía, movida por la ambición de poder, pretende destruir la descendencia real. Quiere asegurar su trono eliminando todo lo que pueda amenazarla. Su tesoro era el poder, y por conservarlo fue capaz de sembrar muerte. Pero Dios no abandona su promesa. Joás, el pequeño heredero, es protegido en el templo, y más tarde será proclamado rey. La fidelidad de Dios vence las intrigas humanas. La alianza es renovada, el pueblo vuelve al Señor, y la paz llega a la ciudad.

Aquí aparece una enseñanza muy clara: cuando el poder se convierte en tesoro absoluto, destruye; cuando Dios vuelve a ocupar el centro, la vida se ordena. Atalía representa el corazón oscurecido por la ambición. El pueblo que renueva la alianza representa el corazón que regresa a Dios. Y el templo, donde se protege la vida amenazada, nos recuerda que Dios sigue siendo refugio para los pequeños, los débiles y los vulnerables.

El salmo confirma esta esperanza: “El Señor ha elegido a Sión, ha deseado vivir en ella”. Dios quiere habitar en medio de su pueblo. Dios no es un tesoro lejano ni frío. Él quiere poner su morada entre nosotros. Él quiere ser luz en nuestras oscuridades, descanso en nuestras fatigas, consuelo en nuestras heridas.

Por eso hoy oramos de manera especial por quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Hay sufrimientos visibles: la enfermedad, el dolor físico, la limitación, el cansancio, la pobreza, la soledad. Pero también hay sufrimientos escondidos: la tristeza, la ansiedad, el duelo, la culpa, la depresión, las heridas familiares, el miedo al futuro, el vacío interior. Muchas personas parecen estar bien por fuera, pero por dentro llevan una batalla silenciosa.

A todos ellos, el Evangelio les anuncia una buena noticia: nuestro verdadero tesoro no puede ser destruido por la enfermedad, ni robado por la muerte, ni consumido por el paso del tiempo. Nuestro verdadero tesoro es Dios mismo: su amor, su misericordia, su promesa, su Reino. Cuando una persona descubre que Dios es su tesoro, no desaparecen automáticamente todos los dolores, pero aparece una luz nueva para atravesarlos.

Jesús no nos invita a despreciar la tierra, sino a vivirla con el corazón puesto en el cielo. No nos invita a abandonar nuestras responsabilidades, sino a administrarlas desde el amor. No nos invita a vivir sin bienes, sino a no convertir los bienes en ídolos. Por eso este evangelio hoy nos deja una pregunta muy concreta: ¿mi tesoro me lleva a acumular o me lleva a compartir?

Esa es una buena manera de examinar el corazón. Si mi tesoro me encierra, me endurece, me hace indiferente al dolor ajeno, probablemente no viene de Dios. Pero si mi tesoro me abre a los demás, me hace generoso, me vuelve compasivo, me impulsa a servir, entonces estoy acumulando tesoros en el cielo.

En este viernes, día en que recordamos de modo especial el amor entregado de Cristo, miremos nuestro corazón con sinceridad. Preguntémonos: ¿qué ocupa mi mente? ¿Qué me quita la paz? ¿Qué defiendo con más fuerza? ¿Qué temo perder? ¿Dónde busco seguridad? ¿En la cartera, en el poder, en la aprobación de los demás, o en Dios?

Pidamos al Señor una mirada limpia. Que nuestros ojos no se oscurezcan por la codicia, la tristeza o la desesperanza. Que sepamos ver a Cristo en el hermano enfermo, en el que sufre en silencio, en quien necesita una palabra de consuelo, una visita, una ayuda, una oración.

Y que la Eucaristía, tesoro escondido y ofrecido, nos enseñe a vivir con el corazón en el cielo y los pies comprometidos en la tierra. Porque donde está Cristo, allí está nuestro verdadero tesoro. Y donde está nuestro tesoro, allí debe descansar también nuestro corazón.

Amén.

 

2

 

Hermanos y hermanas:

El Evangelio de hoy nos coloca ante una de las preguntas más importantes de la vida cristiana: ¿dónde está nuestro tesoro? Jesús nos dice: “No acumulen tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los destruyen, y donde los ladrones perforan muros y roban. Acumulen más bien tesoros en el cielo”. Y luego añade una frase que deberíamos guardar en la memoria y en el corazón: “Donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón”.

Todos tenemos un tesoro. Nadie vive sin aferrarse a algo. Para unos, el tesoro puede ser el dinero; para otros, la salud, el prestigio, la seguridad, el poder, la imagen, el éxito, los afectos, los proyectos personales. Muchas de esas realidades no son malas en sí mismas. El problema comienza cuando ocupan el lugar de Dios; cuando de medios se convierten en fines; cuando dejamos de poseerlas y empezamos a ser poseídos por ellas.

Jesús no está condenando simplemente los bienes materiales. Él nos está advirtiendo sobre el peligro de poner en ellos nuestra seguridad más profunda. Los bienes de la tierra pasan. La riqueza puede perderse, la fama se desvanece, la salud puede quebrarse, los aplausos se apagan, los cargos terminan, las posesiones se deterioran. Pero los tesoros del cielo permanecen: la fe, la caridad, la misericordia, la humildad, el servicio, el perdón, la santidad, las obras hechas por amor.

Hermanos muchas veces intentamos suavizar el evangelio al decir: “Quiero tener mucho, pero también ayudaré a los pobres”. Y ciertamente, quien tiene bienes está llamado a administrarlos con responsabilidad y generosidad. Pero el Evangelio va más hondo. No pregunta sólo cuánto tenemos, sino qué lugar ocupa eso en nuestro corazón. Se puede tener poco y vivir esclavizado por el deseo de tener más. Y se puede tener bienes y vivir desprendido, usando todo para servir a Dios y al prójimo. La cuestión central es la libertad interior.

Por eso Jesús habla también del ojo: “La lámpara del cuerpo es el ojo”. La mirada revela el corazón. Cuando el corazón está sano, la mirada es limpia. Cuando el corazón está atado al egoísmo, al dinero, al resentimiento o a la ambición, la mirada se oscurece. Entonces dejamos de ver al hermano y sólo vemos intereses; dejamos de ver la vida como don y la vemos como conquista; dejamos de ver a Dios como Padre y comenzamos a vivir como huérfanos que tienen que asegurarlo todo por sus propias fuerzas.

La primera lectura nos ofrece un ejemplo dramático de lo que ocurre cuando el poder se convierte en tesoro absoluto. Atalía, movida por la ambición, pretende destruir la descendencia real para asegurarse el trono. Su tesoro es el poder, y por conservarlo es capaz de sembrar muerte. Pero Dios no abandona su promesa. El pequeño Joás es protegido en el templo y, en el momento oportuno, es proclamado rey. Después, el pueblo renueva la alianza con el Señor y destruye los signos de idolatría.

Esta lectura nos muestra dos caminos. El camino de Atalía es el de quien acumula tesoros en la tierra: poder, control, dominio, seguridad humana. Pero ese camino termina en violencia, miedo y destrucción. El camino de la alianza, en cambio, es el de quien vuelve a poner a Dios en el centro. Cuando Dios ocupa su lugar, el pueblo recupera la paz. Por eso la lectura termina diciendo que la ciudad quedó tranquila.

El salmo responde a esta historia con una promesa: “El Señor ha elegido a Sión, ha deseado vivir en ella”. Dios quiere habitar en medio de su pueblo. Él es el verdadero tesoro de Israel. No lo es el trono, ni el templo entendido sólo como edificio, ni la fuerza militar, ni la riqueza del reino. El verdadero tesoro es la presencia fiel de Dios, que sostiene su promesa y no abandona a los suyos.

Esta Palabra ilumina también nuestra intención orante de hoy: oramos por quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Hay personas que sufren por una enfermedad física, por el cansancio, por los tratamientos, por el dolor crónico, por la fragilidad de los años. Pero también hay muchos que sufren en el alma: por la depresión, la ansiedad, el duelo, la soledad, el abandono, la culpa, las heridas familiares, la angustia económica, el vacío interior. A veces esos sufrimientos no se ven, pero pesan profundamente.

A quienes sufren, el Evangelio no les ofrece una frase superficial. Les ofrece una verdad firme: hay un tesoro que nadie puede robar. La enfermedad puede tocar el cuerpo, pero no puede destruir la dignidad de un hijo de Dios. La tristeza puede oscurecer un tiempo del camino, pero no puede apagar definitivamente la luz de Cristo. La muerte puede arrebatarnos muchas cosas, pero no puede quitarnos la esperanza de la vida eterna.

Por eso necesitamos ordenar el corazón. Cuando nuestro único tesoro está en la tierra, cualquier pérdida nos destruye. Pero cuando nuestro tesoro está en Dios, incluso en medio de las pérdidas seguimos teniendo una roca donde apoyarnos. No significa que no lloremos. No significa que no nos duela. No significa que todo sea fácil. Significa que nuestra vida no queda reducida a lo que tenemos, a lo que perdemos, a lo que nos falta o a lo que otros piensan de nosotros. Nuestra vida está escondida en Dios.

Jesús nos invita hoy a una vida de sencillez y desprendimiento. No una pobreza amargada, ni una irresponsabilidad disfrazada de espiritualidad, sino una libertad profunda. Usar las cosas sin adorarlas. Trabajar sin convertir el éxito en ídolo. Cuidar la salud sin hacer de ella un absoluto. Amar a la familia sin olvidar que Dios es el primero. Tener bienes, si los tenemos, para compartir y servir. Y si tenemos poco, no dejar que el deseo de tener más nos robe la paz.

Acumular tesoros en el cielo es vivir cada día con amor. Es perdonar cuando cuesta. Es visitar al enfermo. Es consolar al triste. Es compartir con el necesitado. Es orar por quien sufre. Es servir sin buscar aplausos. Es hacer el bien aunque nadie lo vea. Es confiar en Dios cuando las seguridades humanas se tambalean.

Hoy podemos preguntarnos con sinceridad: ¿dónde está mi tesoro? ¿Qué ocupa más mi mente y mi corazón? ¿Qué me quita la paz? ¿Qué temo perder? ¿Qué estoy acumulando: cosas que pasan o bienes que permanecen? ¿Mi vida está orientada hacia Dios o hacia una seguridad que tarde o temprano se acaba?

Que el Señor purifique nuestra mirada. Que no vivamos con el ojo enfermo de la codicia, del miedo o de la ambición. Que tengamos ojos limpios para reconocer a Dios como nuestro verdadero tesoro y para mirar con compasión a quienes sufren en el alma y en el cuerpo.

Y que esta Eucaristía nos recuerde que el tesoro más grande no se compra ni se acumula: se recibe. Cristo mismo se nos da como Pan de Vida. Él es la riqueza de los pobres, la fortaleza de los débiles, el consuelo de los afligidos, la luz de los que caminan en la oscuridad.

Pidamos hoy: Señor, libera nuestro corazón de los apegos desordenados. Enséñanos a vivir con sencillez, a compartir con generosidad y a buscar primero tu Reino. Que donde esté nuestro tesoro, allí esté también nuestro corazón; y que nuestro corazón descanse siempre en Ti.

Amén.

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