viernes, 26 de junio de 2026

27 de junio del 2026: sábado de la decimosegunda semana del tiempo ordinario-II-Memoria de San Cirilo de Alejandría, Obispo y Doctor de la Iglesia

 

SANTO DEL DIA

San Cirilo de Alejandría

378-444. Este enérgico patriarca de Alejandría fue el impulsor del concilio ecuménico de Éfeso que, en 431, condenó a Nestorio y el nestorianismo y aceptó la fórmula “María, Madre de Dios”. Doctor de la Iglesia.



Una relación compleja

(Lamentaciones 2, 2.10-14.18-19; Mateo 8, 5-17) Jeremías llora la catástrofe infligida a su pueblo por los babilonios. Mateo, en el episodio del centurión, medita sobre el rechazo de Jesús por parte de las autoridades judías y el éxito del Evangelio entre los paganos de su tiempo. Son dos ejemplos, entre otros, de la complejidad de la relación entre Israel y las naciones, a lo largo de una historia saturada de violencia. ¿Sabremos algún día dar cuerpo, juntos, a una verdadera fraternidad?

Jean-Marc Liautaud, Fondacio

 


Primera lectura

Lam 2, 2. 10-14. 18-19
Sus corazones claman al Señor sobre la muralla de la hija de Sion

Lectura del libro de las Lamentaciones.

HA destruido el Señor, sin piedad,
todas las moradas de Jacob;
ha destrozado, lleno de cólera,
las fortalezas de la hija de Judá;
echó por tierra y profanó
el reino y a sus príncipes.
Se sientan silenciosos en el suelo
los ancianos de la hija de Sion;
cubren de polvo su cabeza
y se ciñen con saco;
humillan hasta el suelo su cabeza
las doncellas de Jerusalén.
Se consumen en lágrimas mis ojos,
se conmueven mis entrañas;
muy profundo es mi dolor
por la ruina de la hija de mi pueblo;
los niños y lactantes desfallecen
por las plazas de la ciudad.
Preguntan a sus madres:
«¿Dónde hay pan y vino?»,
mientras agonizan, como los heridos,
por las plazas de la ciudad,
exhalando su último aliento
en el regazo de sus madres.
¿A quién te compararé,
a quién te igualaré, hija de Jerusalén?;
¿con quién te equipararé para consolarte,
doncella, hija de Sion?;
pues es grande como el mar tu desgracia:
¿quién te podrá curar?
Tus profetas te ofrecieron
visiones falsas y vanas;
no denunciaron tu culpa
para que cambiara tu suerte,
sino que te anunciaron
oráculos falsos y seductores.
Sus corazones claman al Señor.
Muralla de la hija de Sion,
¡derrama como un torrente
tus lágrimas día y noche;
no te des tregua,
no descansen tus ojos!
Levántate, grita en la noche,
al relevo de la guardia;
derrama como agua tu corazón
en presencia del Señor;
levanta tus manos hacia él
por la vida de tus niños,
que desfallecen de hambre
por las esquinas de las calles.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 73, 1b-2. 3-4. 5-7. 20-21 (R.: 19b)

R. No olvides sin remedio la vida de los pobres.

V. ¿Por qué, oh, Dios, nos rechazas para siempre
y está ardiendo tu cólera contra las ovejas de tu rebaño?
Acuérdate de la comunidad que adquiriste desde antiguo,
de la tribu que rescataste para posesión tuya,
del monte Sion donde pusiste tu morada. 
R.

V. Dirige tus pasos a estas ruinas sin remedio;
el enemigo ha arrasado del todo el santuario.
Rugían los agresores en medio de tu asamblea,
levantaron sus propios estandartes. 
R.

V. Como quien se abre paso
entre la espesa arboleda,
todos juntos derribaron sus puertas,
las abatieron con hachas y mazas.
Prendieron fuego a tu santuario,
derribaron y profanaron
la morada de tu nombre. 
R.

V. Piensa en tu alianza: que los rincones del país
están llenos de violencias.
Que el humilde no se marche defraudado,
que pobres y afligidos alaben tu nombre. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Cristo tomó nuestras dolencias
y cargó con nuestras enfermedades. 
R.

 

Evangelio

Mt 8, 5-17

Vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole:
«Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho».
Le contestó:
«Voy yo a curarlo».
Pero el centurión le replicó:
«Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: “Ve”, y va; al otro: “Ven”, y viene; a mi criado: “Haz esto”, y lo hace».
Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que lo seguían:
«En verdad les digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Les digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; en cambio, a los hijos del reino los echarán fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes».
Y dijo Jesús al centurión:
«Vete; que te suceda según has creído».
Y en aquel momento se puso bueno el criado.
Al llegar Jesús a la casa de Pedro, vio a su suegra en cama con fiebre; le tocó su mano y se le pasó la fiebre; se levantó y se puso a servirle.
Al anochecer, le llevaron muchos endemoniados; él, con su palabra, expulsó los espíritus y curó a todos los enfermos para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:
«Él tomó nuestras dolencias
y cargó con nuestras enfermedades».

Palabra del Señor.

 

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Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este sábado nos pone delante de una realidad muy humana y muy dolorosa: el sufrimiento de un pueblo, la oración que brota de las ruinas y la fe que se abre camino incluso donde menos se espera.

La primera lectura, tomada del libro de las Lamentaciones, es un grito. Jerusalén ha sido destruida, el pueblo ha sido humillado, los ancianos están sentados en silencio, las jóvenes bajan la cabeza, los niños desfallecen. No es una lectura fácil. No es un texto para leerlo de prisa. Es una página escrita con lágrimas. El profeta contempla el dolor de su pueblo y no lo disfraza. No dice: “no pasa nada”. No maquilla la tragedia. Mira de frente la destrucción y la convierte en oración: “Levanta hacia él tus manos por la vida de tus pequeños”.

Esta lectura nos recuerda que la fe no consiste en negar el sufrimiento, sino en llevarlo delante de Dios. Hay momentos en que no tenemos explicaciones, pero sí podemos tener una oración. Hay heridas personales, familiares, sociales y comunitarias que no se resuelven con frases fáciles. Ante el dolor, la Palabra nos enseña a llorar con los que lloran, a interceder por los que sufren y a no abandonar la esperanza.

El salmo continúa ese clamor: “No olvides sin remedio la vida de tus pobres”. Es una súplica profunda. El orante siente que el pueblo está como una tórtola expuesta, frágil, indefensa. Y precisamente por eso clama a Dios. Cuando el ser humano se siente pequeño, cuando las fuerzas no alcanzan, cuando parece que el mal tiene la última palabra, la oración se vuelve refugio y resistencia. Orar no es huir de la realidad; es poner la realidad en manos de Aquel que puede salvarla.

Y en el Evangelio aparece Jesús. Pero aparece de un modo sorprendente: no solo como maestro, sino como sanador; no solo como predicador, sino como servidor de la vida. Mateo nos presenta tres escenas: la fe del centurión, la curación de la suegra de Pedro y la sanación de muchos enfermos y endemoniados al caer la tarde.

La primera escena es impresionante. Un centurión romano, un pagano, un hombre perteneciente al poder ocupante, se acerca a Jesús para pedir por su criado enfermo. No pide para sí mismo. Intercede por otro. Y lo hace con una humildad que la Iglesia repite en cada Eucaristía: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”.

Qué grande es esta frase. Qué grande es esta fe. El centurión reconoce su indignidad, pero también reconoce el poder de la palabra de Jesús. No necesita signos espectaculares. No exige pruebas. Confía. Cree que la palabra de Cristo basta.

Jesús se admira de él. El Evangelio dice que Jesús quedó admirado. ¡Qué hermoso pensar que también nosotros podemos “sorprender” el corazón de Jesús con nuestra fe humilde! No con una fe arrogante, no con una fe que se cree superior, sino con una fe sencilla que dice: “Señor, yo no lo puedo todo, pero tú sí; yo no soy digno, pero tú eres misericordioso; yo no tengo control sobre la vida, pero tu Palabra puede sanar”.

Este episodio también nos abre a una reflexión muy importante: Dios no se deja encerrar en nuestras fronteras. Al comentar la primera lectura vemos cómo nos habla de la compleja relación entre Israel y las naciones, una historia muchas veces marcada por violencia, rechazo, heridas y desconfianzas. Pero en Jesús se abre un camino nuevo: el camino de la fraternidad universal. El centurión, que para muchos podía ser visto como extranjero, enemigo o impuro, aparece en el Evangelio como modelo de fe.

Esto nos debe cuestionar. A veces pensamos que la fe verdadera solo está “entre los nuestros”, en nuestra cultura, en nuestro grupo, en nuestra forma de pensar. Pero Dios puede encontrar fe donde nosotros solo vemos distancia. Dios puede hacer brotar bondad donde nosotros solo vemos etiquetas. Dios puede encontrar humildad y compasión en aquel que nosotros habíamos descartado.

Por eso Jesús anuncia que muchos vendrán de oriente y occidente y se sentarán a la mesa en el Reino de los cielos. La mesa de Dios es más amplia que nuestros prejuicios. El Reino de Dios no se construye con exclusiones orgullosas, sino con corazones abiertos a la gracia.

Después, Jesús entra en la casa de Pedro y cura a su suegra. Ella estaba en cama, con fiebre. Jesús le toca la mano, la fiebre desaparece, y ella se levanta y se pone a servir. Aquí hay un detalle hermoso: Jesús sana para devolvernos la capacidad de amar y servir. La sanación no es solo alivio personal; es reintegración a la comunidad, recuperación de la dignidad, posibilidad de entregar la vida.

Cuántas fiebres nos paralizan también a nosotros: la fiebre del resentimiento, de la tristeza, del cansancio espiritual, del egoísmo, del miedo, de la desesperanza. Necesitamos que Jesús nos toque la mano. Necesitamos que su gracia nos levante. Y cuando Él nos levanta, no es para quedarnos encerrados en nosotros mismos, sino para servir.

El Evangelio termina diciendo que Jesús curó a muchos enfermos y expulsó espíritus con su palabra, cumpliendo lo anunciado por el profeta Isaías: “Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades”. Esta frase nos lleva al corazón del misterio cristiano. Jesús no mira el dolor humano desde lejos. Lo toma sobre sí. No es un Dios indiferente. Es el Dios que entra en nuestra casa, toca nuestra fiebre, escucha nuestro clamor y carga nuestras heridas.

En este sábado, la memoria de la Virgen María nos ayuda a vivir esta Palabra. María es la mujer que creyó en la eficacia de la Palabra de Dios. Ella también pudo decir, con su vida: “Una palabra tuya basta”. En la Anunciación no lo entendía todo, pero confió. En Caná intercedió por una necesidad concreta. En el Calvario permaneció de pie ante el dolor. María nos enseña a creer, a interceder y a permanecer.

También recordamos hoy a San Cirilo de Alejandría, obispo y doctor de la Iglesia, gran defensor de la fe en Cristo verdadero Dios y verdadero hombre, y de María como Madre de Dios. Su memoria nos ayuda a contemplar el misterio central de nuestra fe: en Jesús, Dios se ha hecho verdaderamente cercano. El que cura al criado del centurión, el que toca la mano de la suegra de Pedro, el que carga nuestras dolencias, no es simplemente un profeta poderoso; es el Hijo de Dios hecho carne, el Emmanuel, Dios con nosotros.

Por eso, hermanos, esta Palabra nos deja varias invitaciones.

Primero: no escondamos el dolor. Como en Lamentaciones, llevémoslo a Dios. Presentemos ante Él nuestras ruinas, nuestras heridas, nuestros pueblos sufrientes, nuestras familias cansadas, nuestros enfermos, nuestros pobres, nuestros niños y ancianos.

Segundo: aprendamos la humildad del centurión. Antes de comulgar repetimos sus palabras: “Señor, no soy digno…”. Que no sean palabras dichas por costumbre. Que sean un acto sincero de fe. No somos dignos, pero somos amados. No merecemos todo, pero Dios nos da su misericordia. No tenemos poder para salvarnos solos, pero una palabra de Cristo basta.

Tercero: dejémonos sanar para servir. Jesús no nos levanta para la comodidad, sino para el amor. La suegra de Pedro, sanada por Jesús, se pone a servir. Esa es la señal de una gracia recibida de verdad: la vida se abre al servicio.

Y cuarto: construyamos fraternidad. En un mundo todavía marcado por muros, sospechas, guerras, rivalidades y prejuicios, el Evangelio nos recuerda que la fe puede aparecer en el corazón del extranjero, del distinto, del que no pertenece a nuestro círculo. La mesa del Reino tiene lugar para muchos que vienen de oriente y occidente. Pidamos la gracia de no cerrar lo que Dios quiere abrir.

Que María Santísima, Madre de Dios y Madre nuestra, interceda por nosotros. Que San Cirilo de Alejandría nos ayude a confesar con claridad la fe en Cristo. Y que el Señor Jesús, médico de los cuerpos y de las almas, toque hoy nuestra vida, sane nuestras heridas y nos haga servidores de su misericordia.

Amén.

 

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27 de junio: 

San Cirilo de Alejandría, Obispo y Doctor

Memoria opcional

C. 376–444 Santo patrón de Alejandría, Egipto Invocado contra las herejías cristológicas 

 Declarado Doctor de la Iglesia por el Papa León XIII en 1883 



Cita:
Toda la población de la ciudad permaneció desde el amanecer hasta el anochecer, esperando la decisión del santo concilio. Cuando oyeron que el desgraciado había sido depuesto, todos comenzaron a clamar a una sola voz en alabanza del santo concilio, glorificando a Dios porque el enemigo de la fe había caído. Cuando salimos de la iglesia, hicieron una procesión delante de nosotros hasta la posada, porque ya estaba oscureciendo, y hasta las mujeres salieron con incienso para perfumar el camino que teníamos delante.

~Carta de San Cirilo, describiendo el Concilio de Éfeso, 431

 

Reflexión: 

Después de la vida, muerte y resurrección de Jesús, se cree que San Marcos, evangelista y apóstol, predicó en Alejandría, Egipto, estableciendo así la fe cristiana en esa ciudad. Alejandría, fundada en el año 331 a.C. por Alejandro Magno, estaba situada en el extremo norte de África, a lo largo de la costa del mar Mediterráneo. Esta ubicación estratégica lo convirtió rápidamente en un importante centro comercial para Egipto, así como en un renombrado centro de ciencia, arte y aprendizaje. En el año 30 a.C., Alejandría se convirtió en provincia del Imperio Romano, estatus que mantendría durante los siguientes 700 años.

El cristianismo fue legalizado en el Imperio Romano por Constantino el Grande en 313. Después de eso, los principales centros de aprendizaje cristiano, como Roma, Jerusalén, Antioquía, Constantinopla y Alejandría se convirtieron en escenario de intensos debates y desarrollos en teología. En particular, estos debates a menudo giraban en torno a las naturalezas divina y humana de Cristo, su relación con el Padre y el Espíritu Santo y el título apropiado para la Santísima Virgen María. Los resultados de estos debates proporcionaron a la Iglesia una comprensión clara y fundamental de la fe, que continúa profundizándose y evolucionando incluso hoy.

El siglo IV vio surgir la herejía arriana, que enseñaba que el Hijo estaba subordinado al Padre y no coeterno. San Atanasio, entonces obispo de Alejandría, luchó incansablemente contra esta herejía y, como resultado, soportó años de exilio. Tras la derrota del arrianismo, surgieron otras herejías. Cincuenta años después de la muerte de Atanasio, el obispo Cirilo de Alejandría lucharía contra el nestorianismo. 

Cirilo nació en la ciudad de Teodosio, a unas ochenta y cinco millas al este de Alejandría. Dada su proximidad a Alejandría, Teodosio compartió la rica cultura y el aprendizaje grecorromanos. Su ubicación cercana al delta del Nilo también significó que la agricultura y la pesca fueran actividades comunes. Cuando era joven, el tío de Cirilo, Teófilo, el patriarca de Alejandría, se aseguró de que Cirilo recibiera una excelente educación en teología, filosofía, retórica y ciencia. Sin embargo, su tío era una figura controvertida en la Iglesia. Menos intelectual y más político, Teófilo estaba hambriento de poder, era duro, a menudo contrariaba a judíos y paganos, y era conocido por provocar controversias y violencia. Incluso fue responsable de deponer a San Juan Crisóstomo como Patriarca de Constantinopla.

Alrededor del año 412, Cirilo sucedió a su tío como Patriarca, descubriendo rápidamente el desafío de seguir sus controvertidos pasos. Después de que un grupo de monjes violentos asesinara a un destacado filósofo, astrónomo y matemático pagano, se culpó a Cirilo, a pesar de su falta de participación. Ser sobrino del patriarca Teófilo tenía sus inconvenientes, y Cirilo procedió en su ministerio con cautela. Con el tiempo salió de la sombra de su tío y se estableció como un siervo inteligente y fiel de Dios y Su Iglesia. Comenzó a escribir comentarios de las Escrituras con precisión teológica, especialmente en lo que respecta a la naturaleza de Cristo, abordando las diversas herejías de la época. Una década después de ser obispo, Cirilo se había ganado la reputación de ser un maestro de la fe digno de confianza y elocuente.

En 428, el emperador nombró a Nestorio patriarca de Constantinopla. Poco después, el patriarca Nestorio asignó a un sacerdote de Antioquía para que predicara por toda Constantinopla. El sacerdote comenzó a cuestionar la noción ampliamente aceptada de que María era correctamente llamada Madre de Dios ( Theotokos ), sugiriendo que en lugar de eso sólo debería ser referida como Madre de Cristo ( Christotokos ). Esta proclamación provocó controversia entre los fieles de Constantinopla, y la noticia se difundió rápidamente por todo el imperio, llegando finalmente al patriarca Cirilo, a más de 1.000 millas de distancia, en Alejandría.

Cirilo no estuvo de acuerdo con esta nueva herejía, que más tarde se conoció como nestorianismo. Comenzó a predicar y enseñar contra esto entre su propio pueblo, aclarando que María era legítimamente llamada Madre de Dios. Explicó que este título no se refería únicamente a la Santísima Madre, sino también a la esencia de Cristo. Si María no era la Madre de Dios, entonces la esencia de Cristo estaba dividida. El nestorianismo proponía que Jesús era una persona divina unida de alguna manera a una persona humana distinta, y que María era sólo la madre de Su humanidad. Cirilo corrigió esta mala interpretación, enfatizando que había una sola Persona en Cristo, tanto humana como divina. Esto convirtió a María no sólo en la madre de su Hijo humano sino también en la madre de Su persona, justificando así su título de Madre de Dios. Después de enseñar a su pueblo, Cirilo escribió cartas privadas a Nestorio para corregirlo. Nestorio rechazó la corrección. En consecuencia, Cirilo amplió su correspondencia, involucrando a otros obispos, miembros de la corte del emperador y al Papa en Roma. Esto agradó a los fieles de Constantinopla, pero enfureció a Nestorio. El Papa investigó y autorizó a Cirilo a tratar con Nestorio con la autoridad del Papa.

En el año 431, el emperador romano sintió la necesidad de intervenir y convocó un Concilio eclesiástico en Éfeso para resolver la disputa. Los cristianos de Éfeso eran conocidos por su devoción a la Madre de Dios, en parte debido a la arraigada tradición de que María se había establecido en Éfeso más tarde en su vida con San Juan. Por lo tanto, la ubicación del concilio señaló la oposición del emperador a Nestorio. Una vez que muchos de los obispos de todo el imperio se habían reunido, pero antes de que Nestorio y sus partidarios llegaran, Cirilo abrió el concilio. Tomó la iniciativa y articuló elocuentemente su posición, que era coherente con las enseñanzas de los Padres de la Iglesia anteriores. Los obispos presentes en el concilio aceptaron su explicación y votaron condenar a Nestorio. Al llegar, Nestorio y sus partidarios se indignaron porque el concilio había procedido sin ellos. En represalia, celebraron su propia reunión, votaron en contra e intentaron deponer a Cirilo. Cuando el emperador se enteró de esto, su representante intentó resolver la disputa encarcelando tanto a Nestorio como a Cirilo para forzar un acuerdo. Sin embargo, finalmente el emperador se puso del lado de Cirilo, debido al apoyo popular que tenía entre el pueblo. Cuando Nestorio se negó a aceptar este puesto, fue exiliado al desierto egipcio.

Al regresar a Alejandría, Cirilo continuó escribiendo y enseñando. Las generaciones posteriores le confirieron los títulos de “Guardián de la Exactitud” y “Sello de los Padres”, porque sintetizó con éxito las enseñanzas de los Padres de la Iglesia que lo precedieron, aplicándolas a las disputas actuales.

Mientras lo honramos hoy, reflexione sobre el significado de la precisión en su fe. Sin una precisión que sea coherente con todo lo que se ha enseñado antes de nosotros, corremos el riesgo de no comprender plenamente a Cristo. Reflexione sobre du compromiso con una comprensión profunda y clara de Dios y de nuestra fe, y reafirme su fidelidad a la verdad.

 

Oración: 

San Cirilo, fuiste valiente, firme y exacto en tu fidelidad a la verdad. Pusiste tus dones al servicio de Cristo y de su Iglesia, y edificaste la fe del pueblo de Dios. Por favor ora por mí, para que siempre permanezca firme en mi fidelidad a la verdad, incluso en el más mínimo grado, para que pueda conocer y amar más plenamente a nuestro Señor, Su Santísima Madre y nuestra única, santa, católica y apostólica. fe. San Cirilo de Alejandría, ruega por mí. Jesús, en Ti confío.


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