La
oración que nos vincula
Eclesiástico
48, 1-14; Mateo 6, 7-15
La
oración no es palabrería ni fórmula mágica que concede nuestros deseos. Es
presencia, encuentro, escucha, diálogo. Si bien es personal, no es
individualista, porque el “Padre nuestro” nos une a Dios y a los demás. Toma en
serio la vida de otros que esperan pan y perdón. Nos saca de la autosuficiencia
y nos introduce en la intimidad del Totalmente Otro, y en la necesidad de todos
los demás.
Colette Hamza, xavière
Primera lectura
Elías fue
arrebatado en el torbellino, y Eliseo se llenó de su espíritu
Lectura del libro del Eclesiástico.
SURGIÓ el profeta Elías como un fuego,
su palabra quemaba como antorcha.
Él hizo venir sobre ellos el hambre,
y con su celo los diezmó.
Por la palabra del Señor cerró los cielos
y también hizo caer fuego tres veces.
¡Qué glorioso fuiste, Elías, con tus portentos!
¿Quién puede gloriarse de ser como tú?
Tú despertaste a un cadáver de la muerte
y del abismo, por la palabra del Altísimo;
tú precipitaste reyes a la ruina
y arrebataste del lecho a hombres insignes;
en el Sinaí escuchaste palabras de reproche
y en el Horeb sentencias de castigo;
tú ungiste reyes vengadores
y profetas para que te sucedieran;
fuiste arrebatado en un torbellino ardiente,
en un carro de caballos de fuego;
tú fuiste designado para reprochar los tiempos futuros,
para aplacar la ira antes de que estallara,
para reconciliar a los padres con los hijos
y restablecer las tribus de Jacob.
Dichosos los que te vieron
y se durmieron en el amor,
porque también nosotros viviremos.
Cuando Elías fue arrebatado en el torbellino,
Eliseo se llenó de su espíritu.
Durante su vida ningún príncipe lo hizo temblar,
nadie pudo dominarlo.
Nada era imposible para él,
incluso muerto, su cuerpo profetizó.
Durante su vida realizó prodigios,
y después de muerto fueron admirables sus obras.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Alégrense,
justos, con el Señor.
V. El Señor
reina, la tierra goza,
se alegran las islas innumerables.
Tiniebla y nube lo rodean,
justicia y derecho sostienen su trono. R.
V. Delante de
él avanza el fuego,
abrasando en torno a los enemigos;
sus relámpagos deslumbran el orbe,
y, viéndolos, la tierra se estremece. R.
V. Los
montes se derriten como cera ante el Señor,
ante el Señor de toda la tierra;
los cielos pregonan su justicia,
y todos los pueblos contemplan su gloria. R.
V. Los
que adoran estatuas se sonrojan,
los que ponen su orgullo en los ídolos.
Adórenlo todos sus ángeles. R.
Aclamación
V. Han
recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: «¡“Abba”,
Padre!». R.
Evangelio
Ustedes oren
así
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuando recen, no usen muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que
por hablar mucho les harán caso. No sean como ellos, pues su Padre sabe lo que
les hace falta antes de que lo pidan. Ustedes oren así:
“Padre nuestro que estás en el cielo,
santificado sea tu nombre,
venga a nosotros tu reino,
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo,
danos hoy nuestro pan de cada día,
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden,
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal”.
Porque si perdonan a los hombres sus ofensas, también a ustedes los perdonará
su Padre celestial, pero si no perdonan a los hombres, tampoco su Padre
perdonará sus ofensas».
Palabra del Señor.
Queridos hermanos:
El Evangelio de hoy nos lleva al corazón mismo de
la vida cristiana: la oración. Jesús dice a sus discípulos: “Cuando oren, no
hablen mucho, como los paganos, que se imaginan que por hablar mucho les harán
caso”. Y enseguida les entrega la oración más bella, más sencilla y más
profunda: el Padre nuestro.
Jesús no condena la oración larga cuando nace del
amor; lo que corrige es la oración vacía, repetida sin corazón, como si Dios fuera
un juez distraído al que hay que convencer con muchas palabras, o como si la
oración fuera una fórmula mágica para obtener lo que queremos. La oración
cristiana no es palabrería. No es comercio con Dios. No es manipulación de lo
sagrado. La oración es encuentro, presencia, escucha, confianza, diálogo
filial.
Por eso Jesús comienza diciendo: “Padre nuestro”.
No dice simplemente “Padre mío”, aunque cada uno pueda dirigirse a Dios con
intimidad personal. Dice “nuestro”, porque la oración nunca nos encierra en
nosotros mismos. La oración verdadera nos abre a Dios y nos une a los hermanos.
Nadie reza de verdad si se olvida del hambre, del dolor, de la necesidad y del
perdón que otros esperan.
Cuando decimos “danos hoy nuestro pan de cada día”,
no pedimos solamente mi pan, mi seguridad, mi tranquilidad. Pedimos el pan de
todos: el pan del pobre, del enfermo, del migrante, del anciano abandonado, del
niño que no tiene lo necesario, de la familia que vive con angustia, del joven
que busca sentido. Y cuando decimos “perdona nuestras ofensas”, reconocemos que
todos necesitamos misericordia, que nadie se salva solo, que todos somos
deudores ante Dios.
El comentario que inspira esta reflexión lo dice
muy bien: la oración es personal, pero no individualista. El “Padre nuestro”
nos vincula. Nos saca de la autosuficiencia y nos introduce en la intimidad de
Dios y en la necesidad de los demás. Rezar es aprender a vivir como hijos y
como hermanos.
La primera lectura nos presenta la grandeza del
profeta Elías. El libro del Eclesiástico lo describe con imágenes fuertes:
“surgió como un fuego”, “su palabra quemaba como antorcha”. Elías fue un hombre
de Dios, un profeta lleno de celo, un servidor apasionado de la verdad. Su
fuerza no venía de sí mismo, sino de su comunión con el Señor. Era un hombre de
oración, y por eso pudo ser también un hombre de misión.
Aquí encontramos una enseñanza preciosa para la
obra evangelizadora de la Iglesia. La evangelización no nace primero de
estrategias, reuniones, estructuras o planes pastorales, aunque todo eso sea
necesario. La evangelización nace de un corazón que ha estado con Dios. La
Iglesia anuncia mejor cuando primero escucha. Predica con más fuerza cuando
primero se arrodilla. Sirve con más alegría cuando primero se deja amar por el
Padre.
Elías fue fuego porque estaba encendido por Dios.
También la Iglesia necesita ese fuego: no el fuego del fanatismo, no el fuego
de la imposición, no el fuego de la soberbia religiosa, sino el fuego del
Espíritu Santo, que purifica, ilumina, consuela y envía. Una comunidad que ora
de verdad se vuelve misionera. Una parroquia que dice sinceramente “Padre
nuestro” aprende a salir de sí misma para anunciar el Evangelio, acompañar a
los heridos, buscar a los alejados y sembrar esperanza.
El salmo de hoy proclama: “El Señor reina, la
tierra goza”. Es una invitación a reconocer que Dios es el centro, que el
mundo no está abandonado al azar, que la historia no está fuera de sus manos.
Si el Señor reina, entonces la Iglesia no evangeliza desde el miedo, sino desde
la confianza. Si el Señor reina, las vocaciones no nacen de la presión humana,
sino de la llamada amorosa de Dios. Si el Señor reina, podemos pedir con
esperanza que siga enviando obreros a su mies.
Hoy oramos de manera especial por la obra
evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Pedimos por los sacerdotes,
diáconos, religiosos, religiosas, misioneros, catequistas, familias cristianas
y laicos comprometidos. Pedimos también por los jóvenes que sienten una
inquietud en el corazón, por aquellos a quienes Dios llama al sacerdocio, a la
vida consagrada, al matrimonio santo, al servicio generoso en la Iglesia y en
el mundo.
Pero pedir vocaciones no significa solamente
decirle a Dios: “manda a otros”. También significa preguntarnos: “Señor, ¿qué
quieres de mí?”. Toda vocación comienza cuando dejamos de poner el yo en el
centro y aprendemos a decir: “hágase tu voluntad”. Por eso el Padre nuestro es
una oración vocacional. En ella decimos: “Venga tu Reino”, “hágase tu
voluntad”. Quien reza así se pone disponible. Quien reza así deja que Dios
oriente su vida.
También Jesús añade una palabra exigente al final
del Evangelio: si perdonamos, seremos perdonados. La oración no puede separarse
de la vida. No puedo llamar Padre a Dios y negarme a reconocer al otro como
hermano. No puedo pedir misericordia y vivir alimentando rencores. No puedo
pedir el Reino y vivir cerrado en mis intereses. La oración auténtica
transforma el corazón.
Queridos hermanos, pidamos hoy la gracia de orar
como Jesús nos enseñó: con pocas palabras, pero con mucho corazón; con
confianza de hijos, pero también con responsabilidad de hermanos. Que nuestra
oración no sea evasión, sino compromiso; no sea rutina vacía, sino encuentro
vivo; no sea refugio egoísta, sino escuela de fraternidad y misión.
Que el Señor encienda en su Iglesia el fuego de
Elías, el fuego del Espíritu, para que sigamos anunciando el Evangelio con
valentía y humildad. Que suscite vocaciones santas, alegres y generosas. Y que
cada vez que digamos “Padre nuestro”, recordemos que pertenecemos a Dios y que
también pertenecemos, por amor, a nuestros hermanos.
Amén.
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