jueves, 25 de junio de 2026

25 de junio del 2026: jueves de la decimosegunda semana del tiempo ordinario-II

 

La fe en acción

(Mateo 7,21-29) Mateo es severo con algunos bautizados cuya fe hacía prodigios, pero que, según él, descuidaban el corazón del Sermón de la montaña: la unificación interior y el servicio al prójimo en la mansedumbre y la misericordia. Fiel a la tradición judía, insiste en que la fe no es solamente un “creer”, sino un “hacer” que necesariamente tiene consecuencias en nuestras conductas sociales.

Jean-Marc Liautaud, Fondacio

 


Primera lectura

2 Re 24, 8-17
Llevó deportados a Babilonia a Joaquín y a todos los hombres pudientes

Lectura del segundo libro de los Reyes.

DIECIOCHO años tenía Joaquín cuando inició su reinado y reinó tres meses en Jerusalén.
El nombre de su madre era Nejustá, hija de Elnatán, de Jerusalén.
Hizo el mal a los ojos del Señor exactamente lo mismo que había hecho su padre.
En aquel tiempo las gentes de Nabucodonosor, rey de Babilonia, subieron contra Jerusalén y la ciudad fue asediada. Vino Nabucodonosor, rey de Babilonia, a la ciudad, mientras sus servidores la estaban asediando.
Entonces Joaquín, rey de Judá, se rindió al rey de Babilonia, que hizo prisioneros a él, a su madre, a sus servidores, a sus jefes y eunucos.
Era el año octavo de su reinado.
Luego se llevó de allí todos los tesoros del templo del Señor y los del palacio real y deshizo todos los objetos de oro que había fabricado Salomón, rey de Israel, para el santuario del Señor, según la palabra del Señor.
Deportó a todo Jerusalén, todos los jefes y notables —diez mil deportados—; a todos los herreros y cerrajeros, no dejando más que a la gente pobre del país.
Deportó a Babilonia a Joaquín, a la madre del rey y a las mujeres del rey, a sus eunucos y a los notables del país; los hizo partir al destierro, de Jerusalén a Babilonia.
También llevó deportados a Babilonia a todos los hombres pudientes en número de siete mil; los herreros y cerrajeros, un millar; así como a todos los aptos para la guerra.
Y, en lugar de Joaquín, puso por rey a su tío Matanías, cambiando su nombre por el de Sedecías.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 78, 1b-2. 3-5. 8. 9 (R.: 9b)

R. Por el honor de tu nombre, Señor, líbranos.

V. Dios mío, los gentiles han entrado en tu heredad,
han profanado tu santo templo,
han reducido Jerusalén a ruinas.
Echaron los cadáveres de tus siervos
en pasto a las aves del cielo,
y la carne de tus fieles a las fieras de la tierra. 
R.

V. Derramaron su sangre como agua
en torno a Jerusalén,
y nadie la enterraba.
Fuimos el escarnio de nuestros vecinos,
la irrisión y la burla de los que nos rodean.
¿Hasta cuándo, Señor?
¿Vas a estar siempre enojado?
¿Arderá como fuego tu cólera? 
R.

V. No recuerdes contra nosotros las culpas
de nuestros padres;
que tu compasión nos alcance pronto,
pues estamos agotados. 
R.

V. Socórrenos, Dios, Salvador nuestro,
por el honor de tu nombre;
líbranos y perdona nuestros pecados
a causa de tu nombre. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El que me ama guardará mi palabra —dice el Señor—,
y mi Padre lo amará, y vendremos a él. 
R.

 

Evangelio

Mt 7, 21-29

La casa edificada sobre roca y la casa edificada sobre arena

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.
Aquel día muchos dirán:
“Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre y en tu nombre hemos echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros?”.
Entonces yo les declararé:
“Nunca los he conocido. Aléjense de mí, los que obran la iniquidad”.
El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca.
El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se derrumbó. Y su ruina fue grande».
Al terminar Jesús este discurso, la gente estaba admirada de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como sus escribas.

 

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Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este jueves nos pone frente a una pregunta muy seria: ¿sobre qué estamos construyendo nuestra vida? Jesús termina el Sermón de la montaña con una imagen que todos entendemos: una casa edificada sobre roca y una casa edificada sobre arena. La diferencia no se nota necesariamente cuando brilla el sol, sino cuando llegan la lluvia, los torrentes y los vientos. Allí se revela la verdad del fundamento.

En el Evangelio, Jesús nos advierte: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre”. Son palabras fuertes. No basta pronunciar el nombre de Dios. No basta parecer religiosos. No basta tener lenguaje de fe, hacer muchas cosas en nombre del Señor o incluso realizar obras admirables si el corazón no está convertido y si la vida no está sostenida por la obediencia amorosa a Dios.

Sobre este pasaje que leemos hoy, podemos decir que san Mateo es exigente con ciertos creyentes que podían hacer prodigios, pero olvidaban el corazón del Sermón de la montaña: la unidad interior, la mansedumbre, la misericordia y el servicio al prójimo. La fe cristiana no es solo decir “yo creo”. La fe verdadera se vuelve vida, conducta, decisión, caridad concreta. Creer en Cristo implica vivir como Cristo nos enseña.

La primera lectura nos muestra una casa que se derrumba: Jerusalén cae, el rey Joaquín es deportado, los tesoros del templo son saqueados y gran parte del pueblo es llevado al exilio. Humanamente es una tragedia nacional y espiritual. El pueblo elegido, que tenía templo, culto, sacerdotes, historia sagrada y promesas, experimenta el desmoronamiento. ¿Por qué? Porque durante mucho tiempo se había ido separando el culto de la vida, la alianza de la justicia, la fe de la obediencia.

Jerusalén no cayó solo por la fuerza de Babilonia. La Escritura nos hace leer este acontecimiento también como consecuencia de una vida construida sobre arena: idolatrías, injusticias, infidelidades, corazones divididos. Cuando se abandona a Dios, tarde o temprano la casa interior se debilita. Y cuando vienen los vientos, aparece la fragilidad.

El salmo recoge el dolor de ese pueblo humillado: “Socórrenos, Dios, salvador nuestro, por el honor de tu nombre; líbranos y perdona nuestros pecados”. Es una oración que nace de las ruinas. El pueblo no se presenta con orgullo, sino con súplica. Reconoce su necesidad de perdón. Pide que Dios vuelva a levantar lo que el pecado ha destruido.

También nosotros podemos hacer nuestra esa oración. Hay momentos en que descubrimos grietas en nuestra vida: incoherencias, cansancios, tibiezas, autosuficiencias, palabras bonitas que no siempre corresponden a nuestras obras. Entonces necesitamos volver a la roca. Y la roca no es una idea. La roca es Cristo. La roca es escuchar su Palabra y ponerla en práctica.

Jesús no dice simplemente: “El que escucha mis palabras es prudente”. Dice: “El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a un hombre prudente que edificó su casa sobre roca”. La escucha sin conversión puede quedarse en emoción pasajera. La oración sin caridad puede volverse apariencia. La doctrina sin humildad puede endurecer el corazón. La misión sin obediencia puede transformarse en protagonismo personal.

Por eso la fe debe hacerse acción. Acción humilde. Acción misericordiosa. Acción fiel. Acción evangelizadora. La Iglesia no existe para anunciarse a sí misma, sino para anunciar a Cristo. Pero la evangelización será creíble si está edificada sobre la roca de la Palabra vivida. Un cristiano evangeliza no solo cuando habla de Dios, sino cuando perdona, sirve, consuela, escucha, acompaña, comparte y vive con coherencia.

Hoy oramos de manera especial por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Pidamos al Señor que nuestra Iglesia no edifique sobre la arena de la fama, del número, del aplauso o de la simple organización externa. Que edifique sobre la roca de Cristo, sobre la fidelidad al Evangelio, sobre la oración, sobre la Eucaristía, sobre la caridad y la misericordia.

Pidamos también por las vocaciones sacerdotales, religiosas, misioneras, matrimoniales y laicales. Una vocación verdadera no se construye sobre entusiasmo momentáneo, sino sobre roca: escucha de Dios, discernimiento, renuncia, entrega y perseverancia. Muchos jóvenes sienten inquietudes buenas, deseos de servir, preguntas profundas. Pero necesitan testigos que les muestren que vale la pena edificar la vida sobre Cristo.

Y quienes ya hemos respondido a una vocación necesitamos revisar cada día nuestro fundamento. ¿Estoy construyendo sobre Cristo o sobre mis seguridades? ¿Sirvo al Señor o me sirvo de su nombre? ¿Mi fe se nota en mis obras, en mi trato, en mi misericordia, en mi paciencia, en mi disponibilidad?

Jesús habla de lluvias, ríos y vientos. Nadie está exento de pruebas. Vienen crisis personales, cansancios pastorales, dificultades familiares, enfermedades, incomprensiones, cambios sociales, momentos de oscuridad en la Iglesia y en el mundo. Pero quien está cimentado en Cristo no queda destruido. Puede ser golpeado, pero no vencido. Puede llorar, pero no desesperar. Puede tambalear, pero no derrumbarse.

La casa sobre roca es la vida del discípulo que escucha y practica. Es el hogar donde se ora y se perdona. Es la comunidad que no vive de apariencias, sino de fraternidad. Es la Iglesia que evangeliza con palabras y obras. Es la vocación que permanece fiel incluso cuando soplan vientos contrarios.

Pidamos hoy al Señor que nos libre de una fe de fachada. Que no nos contentemos con decir: “Señor, Señor”, mientras nuestro corazón permanece lejos. Que nuestra oración se traduzca en servicio; nuestra Eucaristía, en caridad; nuestra predicación, en testimonio; nuestra fe, en vida concreta.

Que María, discípula fiel, mujer de escucha y obediencia, nos enseñe a construir sobre la roca. Ella no solo escuchó la Palabra: la acogió, la encarnó y la sirvió. Que por su intercesión la Iglesia sea cada día más evangelizadora, más humilde, más fiel; y que muchos corazones respondan generosamente al llamado del Señor.

Amén.

 

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