La fe
en acción
(Mateo 7,21-29) Mateo es severo con algunos bautizados cuya
fe hacía prodigios, pero que, según él, descuidaban el corazón del Sermón de la
montaña: la unificación interior y el servicio al prójimo en la mansedumbre y
la misericordia. Fiel a la tradición judía, insiste en que la fe no es
solamente un “creer”, sino un “hacer” que necesariamente tiene consecuencias en
nuestras conductas sociales.
Jean-Marc Liautaud, Fondacio
Primera lectura
Llevó
deportados a Babilonia a Joaquín y a todos los hombres pudientes
Lectura del segundo libro de los Reyes.
DIECIOCHO años tenía Joaquín cuando inició su reinado y reinó tres meses en
Jerusalén.
El nombre de su madre era Nejustá, hija de Elnatán, de Jerusalén.
Hizo el mal a los ojos del Señor exactamente lo mismo que había hecho su padre.
En aquel tiempo las gentes de Nabucodonosor, rey de Babilonia, subieron contra
Jerusalén y la ciudad fue asediada. Vino Nabucodonosor, rey de Babilonia, a la
ciudad, mientras sus servidores la estaban asediando.
Entonces Joaquín, rey de Judá, se rindió al rey de Babilonia, que hizo
prisioneros a él, a su madre, a sus servidores, a sus jefes y eunucos.
Era el año octavo de su reinado.
Luego se llevó de allí todos los tesoros del templo del Señor y los del palacio
real y deshizo todos los objetos de oro que había fabricado Salomón, rey de
Israel, para el santuario del Señor, según la palabra del Señor.
Deportó a todo Jerusalén, todos los jefes y notables —diez mil deportados—; a
todos los herreros y cerrajeros, no dejando más que a la gente pobre del país.
Deportó a Babilonia a Joaquín, a la madre del rey y a las mujeres del rey, a
sus eunucos y a los notables del país; los hizo partir al destierro, de
Jerusalén a Babilonia.
También llevó deportados a Babilonia a todos los hombres pudientes en número de
siete mil; los herreros y cerrajeros, un millar; así como a todos los aptos
para la guerra.
Y, en lugar de Joaquín, puso por rey a su tío Matanías, cambiando su nombre por
el de Sedecías.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Por el
honor de tu nombre, Señor, líbranos.
V. Dios
mío, los gentiles han entrado en tu heredad,
han profanado tu santo templo,
han reducido Jerusalén a ruinas.
Echaron los cadáveres de tus siervos
en pasto a las aves del cielo,
y la carne de tus fieles a las fieras de la tierra. R.
V. Derramaron
su sangre como agua
en torno a Jerusalén,
y nadie la enterraba.
Fuimos el escarnio de nuestros vecinos,
la irrisión y la burla de los que nos rodean.
¿Hasta cuándo, Señor?
¿Vas a estar siempre enojado?
¿Arderá como fuego tu cólera? R.
V. No
recuerdes contra nosotros las culpas
de nuestros padres;
que tu compasión nos alcance pronto,
pues estamos agotados. R.
V. Socórrenos,
Dios, Salvador nuestro,
por el honor de tu nombre;
líbranos y perdona nuestros pecados
a causa de tu nombre. R.
Aclamación
V. El
que me ama guardará mi palabra —dice el Señor—,
y mi Padre lo amará, y vendremos a él. R.
Evangelio
La casa
edificada sobre roca y la casa edificada sobre arena
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino
el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.
Aquel día muchos dirán:
“Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre y en tu nombre hemos echado
demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros?”.
Entonces yo les declararé:
“Nunca los he conocido. Aléjense de mí, los que obran la iniquidad”.
El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel
hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron
los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió,
porque estaba cimentada sobre roca.
El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel
hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se desbordaron
los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se derrumbó. Y su
ruina fue grande».
Al terminar Jesús este discurso, la gente estaba admirada de su enseñanza,
porque les enseñaba con autoridad y no como sus escribas.
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Queridos
hermanos y hermanas:
La
Palabra de Dios de este jueves nos pone frente a una pregunta muy seria: ¿sobre
qué estamos construyendo nuestra vida? Jesús termina el Sermón de la montaña
con una imagen que todos entendemos: una casa edificada sobre roca y una casa
edificada sobre arena. La diferencia no se nota necesariamente cuando brilla el
sol, sino cuando llegan la lluvia, los torrentes y los vientos. Allí se revela
la verdad del fundamento.
En
el Evangelio, Jesús nos advierte: “No todo el que me dice: Señor, Señor,
entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre”.
Son palabras fuertes. No basta pronunciar el nombre de Dios. No basta parecer
religiosos. No basta tener lenguaje de fe, hacer muchas cosas en nombre del
Señor o incluso realizar obras admirables si el corazón no está convertido y si
la vida no está sostenida por la obediencia amorosa a Dios.
Sobre
este pasaje que leemos hoy, podemos decir que san Mateo es exigente con ciertos
creyentes que podían hacer prodigios, pero olvidaban el corazón del Sermón de
la montaña: la unidad interior, la mansedumbre, la misericordia y el servicio
al prójimo. La fe cristiana no es solo decir “yo creo”. La fe verdadera se
vuelve vida, conducta, decisión, caridad concreta. Creer en Cristo implica
vivir como Cristo nos enseña.
La
primera lectura nos muestra una casa que se derrumba: Jerusalén cae, el rey
Joaquín es deportado, los tesoros del templo son saqueados y gran parte del
pueblo es llevado al exilio. Humanamente es una tragedia nacional y espiritual.
El pueblo elegido, que tenía templo, culto, sacerdotes, historia sagrada y
promesas, experimenta el desmoronamiento. ¿Por qué? Porque durante mucho tiempo
se había ido separando el culto de la vida, la alianza de la justicia, la fe de
la obediencia.
Jerusalén
no cayó solo por la fuerza de Babilonia. La Escritura nos hace leer este
acontecimiento también como consecuencia de una vida construida sobre arena:
idolatrías, injusticias, infidelidades, corazones divididos. Cuando se abandona
a Dios, tarde o temprano la casa interior se debilita. Y cuando vienen los
vientos, aparece la fragilidad.
El
salmo recoge el dolor de ese pueblo humillado: “Socórrenos, Dios, salvador
nuestro, por el honor de tu nombre; líbranos y perdona nuestros pecados”. Es
una oración que nace de las ruinas. El pueblo no se presenta con orgullo, sino
con súplica. Reconoce su necesidad de perdón. Pide que Dios vuelva a levantar
lo que el pecado ha destruido.
También
nosotros podemos hacer nuestra esa oración. Hay momentos en que descubrimos
grietas en nuestra vida: incoherencias, cansancios, tibiezas, autosuficiencias,
palabras bonitas que no siempre corresponden a nuestras obras. Entonces
necesitamos volver a la roca. Y la roca no es una idea. La roca es Cristo. La roca
es escuchar su Palabra y ponerla en práctica.
Jesús
no dice simplemente: “El que escucha mis palabras es prudente”. Dice: “El que
escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a un hombre
prudente que edificó su casa sobre roca”. La escucha sin conversión puede
quedarse en emoción pasajera. La oración sin caridad puede volverse apariencia.
La doctrina sin humildad puede endurecer el corazón. La misión sin obediencia
puede transformarse en protagonismo personal.
Por
eso la fe debe hacerse acción. Acción humilde. Acción misericordiosa. Acción
fiel. Acción evangelizadora. La Iglesia no existe para anunciarse a sí misma,
sino para anunciar a Cristo. Pero la evangelización será creíble si está
edificada sobre la roca de la Palabra vivida. Un cristiano evangeliza no solo
cuando habla de Dios, sino cuando perdona, sirve, consuela, escucha, acompaña,
comparte y vive con coherencia.
Hoy
oramos de manera especial por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las
vocaciones. Pidamos al Señor que nuestra Iglesia no edifique sobre la arena de
la fama, del número, del aplauso o de la simple organización externa. Que
edifique sobre la roca de Cristo, sobre la fidelidad al Evangelio, sobre la
oración, sobre la Eucaristía, sobre la caridad y la misericordia.
Pidamos
también por las vocaciones sacerdotales, religiosas, misioneras, matrimoniales
y laicales. Una vocación verdadera no se construye sobre entusiasmo momentáneo,
sino sobre roca: escucha de Dios, discernimiento, renuncia, entrega y
perseverancia. Muchos jóvenes sienten inquietudes buenas, deseos de servir,
preguntas profundas. Pero necesitan testigos que les muestren que vale la pena
edificar la vida sobre Cristo.
Y
quienes ya hemos respondido a una vocación necesitamos revisar cada día nuestro
fundamento. ¿Estoy construyendo sobre Cristo o sobre mis seguridades? ¿Sirvo al
Señor o me sirvo de su nombre? ¿Mi fe se nota en mis obras, en mi trato, en mi
misericordia, en mi paciencia, en mi disponibilidad?
Jesús
habla de lluvias, ríos y vientos. Nadie está exento de pruebas. Vienen crisis
personales, cansancios pastorales, dificultades familiares, enfermedades,
incomprensiones, cambios sociales, momentos de oscuridad en la Iglesia y en el
mundo. Pero quien está cimentado en Cristo no queda destruido. Puede ser
golpeado, pero no vencido. Puede llorar, pero no desesperar. Puede tambalear,
pero no derrumbarse.
La
casa sobre roca es la vida del discípulo que escucha y practica. Es el hogar
donde se ora y se perdona. Es la comunidad que no vive de apariencias, sino de
fraternidad. Es la Iglesia que evangeliza con palabras y obras. Es la vocación
que permanece fiel incluso cuando soplan vientos contrarios.
Pidamos
hoy al Señor que nos libre de una fe de fachada. Que no nos contentemos con
decir: “Señor, Señor”, mientras nuestro corazón permanece lejos. Que nuestra
oración se traduzca en servicio; nuestra Eucaristía, en caridad; nuestra
predicación, en testimonio; nuestra fe, en vida concreta.
Que
María, discípula fiel, mujer de escucha y obediencia, nos enseñe a construir
sobre la roca. Ella no solo escuchó la Palabra: la acogió, la encarnó y la
sirvió. Que por su intercesión la Iglesia sea cada día más evangelizadora, más
humilde, más fiel; y que muchos corazones respondan generosamente al llamado
del Señor.
Amén.
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