La Palabra incomoda
(2 Timoteo 4,1-8) Pablo invita a Timoteo a vivir en la presencia de
Dios, a centrarse en Cristo. Porque es en su nombre donde podemos encontrar la
fuerza para proclamar la Palabra, y proclamarla sin buscar ponernos nosotros en
el centro, sino dejando a Cristo el lugar que le corresponde. Pablo advierte
sobre las dificultades que encierra esta transmisión. En efecto, la Palabra de
Dios incomoda; no se acomoda a las modas del ambiente, sino que las cuestiona,
llevando a cada persona a confrontarse con la verdad y con la plenitud de su
fe.
Emmanuelle Billoteau, ermite
Primera lectura
2
Tim 4, 1-8
Cumple
tu tarea de evangelizador. Pues yo estoy a punto de ser derramado en libación y
el Señor me dará la corona de la justicia
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo.
QUERIDO hermano:
Te conjuro delante de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y a
muertos, por su manifestación y por su reino: proclama la palabra, insiste a
tiempo y a destiempo, arguye, reprocha, exhorta con toda magnanimidad y
doctrina.
Porque vendrá un tiempo en que no soportarán la sana doctrina, sino que se
rodearán de maestros a la medida de sus propios deseos y de lo que les gusta
oír; y, apartando el oído de la verdad, se volverán a las fábulas.
Pero tú sé sobrio en todo, soporta los padecimientos, cumple tu tarea de
evangelizador, desempeña tu ministerio. Pues yo estoy a punto de ser derramado
en libación y el momento de mi partida es inminente.
He combatido el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe. Por
lo demás, me está reservada la corona de la justicia, que el Señor, juez justo,
me dará en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que hayan
aguardado con amor su manifestación.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
70, 8-9. 14-15ab. 16-17. 22 (R.: cf. 15ab)
R. Mi boca
contará tu salvación, Señor.
V. Llena estaba mi boca
de tu alabanza
y de tu gloria todo el día.
No me rechaces ahora en la vejez;
me van faltando las fuerzas, no me abandones. R.
V. Yo, en cambio,
seguiré esperando,
redoblaré tus alabanzas;
mi boca contará tu justicia,
y todo el día tu salvación. R.
V. Contaré tus
proezas, Señor mío;
narraré tu justicia, tuya entera.
Dios mío, me instruiste desde mi juventud,
y hasta hoy relato tus maravillas. R.
V. Yo te daré gracias,
Dios mío,
con el arpa, por tu lealtad;
tocaré para ti la cítara,
Santo de Israel. R.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya.
V. Bienaventurados
los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. R.
Evangelio
Mc
12, 38-44
Esta
viuda pobre ha echado más que nadie
Lectura del santo Evangelio según san Marcos.
EN aquel tiempo, Jesús, instruyendo al gentío, les decía:
«¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les
hagan reverencias en las plazas, buscan los asientos de honor en las sinagogas
y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas y
aparentan hacer largas oraciones. Esos recibirán una condenación más rigurosa».
Estando Jesús sentado enfrente del tesoro del templo, observaba a la gente que
iba echando dinero: muchos ricos echaban mucho; se acercó una viuda pobre y
echó dos moneditas, es decir, unos centavos.
Llamando a sus discípulos, les dijo:
«En verdad les digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas
más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que
pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir».
Palabra del Señor.
1
La Palabra que incomoda y la fe
que se entrega entera
Queridos
hermanos y hermanas:
Este sábado de la novena semana del Tiempo
Ordinario, en el año par, la liturgia nos pone ante una verdad muy profunda: la
Palabra de Dios no está hecha para adornar nuestra vida, sino para
transformarla. No es un discurso bonito para tranquilizar conciencias; es
una voz viva que consuela, sí, pero también despierta, corrige, desnuda
nuestras máscaras y nos llama a una entrega más auténtica.
San Pablo, en la primera lectura, se dirige a
Timoteo con palabras solemnes, casi testamentarias. Pablo sabe que su vida está
llegando al final. Por eso habla con la autoridad de quien no predica teorías,
sino de quien ha gastado su existencia por Cristo:
“Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, reprocha,
exhorta, con toda paciencia y doctrina.”
Qué frase tan fuerte: a tiempo y a destiempo.
Es decir, cuando agrada y cuando molesta; cuando es bien recibida y cuando
provoca rechazo; cuando parece oportuna y cuando la gente preferiría escuchar
otra cosa. Pablo sabe que llegará un tiempo en que muchos no soportarán la sana
doctrina y buscarán maestros a su medida, palabras cómodas, mensajes que no
exijan conversión.
Y eso no es solo una advertencia para los tiempos
antiguos. También hoy vivimos en un mundo donde muchas veces queremos una fe
“suave”, una religión que nos acompañe, pero que no nos cuestione demasiado;
una espiritualidad que nos consuele, pero que no nos pida cambiar; una Palabra
de Dios que confirme lo que ya pensamos, pero que no toque nuestras heridas,
nuestros egoísmos, nuestras incoherencias.
Pero la Palabra verdadera no funciona así. La
Palabra de Dios es como una luz: ilumina, pero también muestra el polvo que hay
en la casa. Es como una medicina: cura, pero a veces arde en la herida. Es como
una espada fina que separa lo verdadero de lo falso, la apariencia de la
autenticidad, la vanidad de la humildad.
Por eso se dice con mucha razón: “La Palabra incomoda.”
Incomoda porque no se somete a las modas. Incomoda porque no aplaude todo lo
que el mundo aplaude. Incomoda porque nos pone frente a la verdad de nuestra
fe. Incomoda porque nos pregunta: ¿estás viviendo de verdad lo que dices creer?
El salmo de hoy pone en labios del creyente una
oración bellísima:
“Mi boca contará tu justicia.”
El salmista no quiere callar las maravillas de Dios. Desde su juventud ha sido
instruido por el Señor, y aun en la vejez desea seguir proclamando su
fidelidad. Dice:
“No me rechaces ahora en la vejez, no me abandones cuando decae mi vigor.”
Aquí aparece una dimensión preciosa de la fe: la
perseverancia. No basta haber creído alguna vez. No basta haber tenido momentos
fervorosos en la juventud. La fe verdadera pide continuidad, fidelidad,
paciencia, resistencia espiritual. Pablo lo dice también con palabras
emocionantes:
“He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la
fe.”
Qué hermoso poder llegar al final de la vida y
decir: no fui perfecto, caí muchas veces, tuve luchas, pasé noches oscuras,
pero mantuve la fe. No abandoné a Cristo. No solté su mano. No dejé de
confiar.
Y precisamente el Evangelio de Marcos nos presenta
dos maneras muy distintas de vivir la religión.
Primero, Jesús denuncia a los escribas que buscan
honores, saludos, primeros puestos, reconocimiento, prestigio religioso. Son
personas que aparentemente están muy cerca de las cosas de Dios, pero en el
fondo están centradas en sí mismas. Usan la religión como vitrina, como traje
elegante, como escenario para ser admirados.
Jesús es muy claro:
“Cuidado con los escribas.”
No dice: cuidado con los pecadores públicos. No
dice: cuidado con los alejados. Dice: cuidado con aquellos que pueden convertir
la fe en apariencia, el servicio en poder, la oración en exhibición, la
autoridad espiritual en dominio.
Esta advertencia también nos toca a todos. Porque
todos podemos caer en la tentación de vivir pendientes de la imagen: qué
piensan de mí, cómo me ven, cuánto me reconocen, cuánto me agradecen, cuánto me
aplauden. Hay una vanidad mundana, pero también puede existir una vanidad
religiosa. Y esa es más peligrosa, porque se disfraza de piedad.
Jesús no soporta esa religiosidad vacía, porque
sabe que detrás de ella puede haber injusticia. Por eso dice que esos escribas
“devoran los bienes de las viudas” mientras aparentan hacer largas oraciones.
Es una crítica durísima: rezan mucho, pero no aman de verdad; hablan de Dios,
pero se aprovechan de los débiles; conocen la Ley, pero no tienen misericordia.
Luego el Evangelio cambia de escena. Jesús se
sienta frente al arca de las ofrendas y observa. Muchos ricos echan grandes
cantidades. Después llega una viuda pobre y deposita dos moneditas. Humanamente
hablando, aquello era casi nada. Pero Jesús ve lo que nadie ve. Los demás ven
la cantidad; Jesús ve el corazón.
Y entonces dice:
“Esa viuda pobre ha echado más que todos.”
Qué revolución espiritual hay en esta frase. Para
Dios, el valor de una ofrenda no se mide por el monto, sino por el amor. No se
mide por lo que sobra, sino por lo que cuesta. No se mide por el espectáculo
exterior, sino por la entrega interior.
Los ricos daban de lo que les sobraba. La viuda dio
todo lo que tenía para vivir.
Ella no pronuncia ningún discurso. No busca que la
vean. No reclama protagonismo. No tiene títulos. No pertenece al grupo de los
importantes. Sin embargo, Jesús la pone como maestra del Evangelio.
San Pablo dice a Timoteo: proclama la Palabra. El
salmo dice: mi boca contará tu justicia. Y el Evangelio nos muestra que a veces
la predicación más fuerte no se hace con palabras, sino con una vida entregada.
La viuda predica con sus dos monedas. Predica confianza. Predica humildad.
Predica abandono en Dios. Predica una fe sin teatro.
Aquí podemos mirar también a la Bienaventurada
Virgen María, cuya memoria honramos en sábado. María es la mujer que escuchó la
Palabra, la guardó en su corazón y se entregó entera. Ella no dio dos monedas:
dio su vida. En Nazaret dijo:
“Hágase en mí según tu palabra.”
María no buscó primeros puestos. No buscó aplausos.
No quiso aparecer. Su grandeza estuvo en su disponibilidad. Como la viuda del
Evangelio, María puso todo en manos de Dios. Su pobreza fue confianza; su
humildad fue grandeza; su silencio fue fecundo.
María nos enseña que la Palabra de Dios incomoda,
pero también fecunda. A ella la Palabra le cambió los planes, la sacó de la
comodidad, la puso en camino, la llevó hasta la cruz. Pero también la convirtió
en Madre del Salvador y Madre de la Iglesia.
Hoy podríamos preguntarnos: ¿qué parte de la
Palabra de Dios me incomoda más? ¿Qué Evangelio me cuesta vivir? ¿Qué verdad de
Cristo estoy tratando de suavizar para no cambiar? ¿Soy como los escribas,
preocupado por la apariencia, o como la viuda, capaz de dar desde mi pobreza?
¿Mi fe se alimenta de confianza o de prestigio? ¿Doy a Dios lo que me sobra o
le entrego mi vida?
Porque a veces damos a Dios las sobras del tiempo,
las sobras de la atención, las sobras del corazón. Rezamos cuando ya no tenemos
otra salida. Servimos cuando no nos incomoda. Amamos cuando nos resulta fácil.
Perdonamos cuando no nos cuesta demasiado. Pero la viuda nos recuerda que la fe
verdadera empieza cuando dejamos de calcular tanto y comenzamos a confiar más.
La Palabra de Dios hoy nos incomoda, sí, pero para
sanarnos. Nos quita las máscaras para devolvernos el rostro verdadero. Nos baja
de los primeros puestos para sentarnos en la escuela de los humildes. Nos
arranca de la religión del aplauso para llevarnos a la fe de la entrega.
Pidamos al Señor la gracia de San Pablo: combatir
bien el combate, correr hasta la meta y mantener la fe. Pidamos la confianza
del salmista: que nuestra boca anuncie la justicia de Dios en todas las etapas
de la vida. Pidamos el corazón de la viuda pobre: dar no solo algo, sino darnos
nosotros mismos. Y pidamos a María Santísima, memoria viva de la Palabra
acogida, que nos enseñe a decir cada día:
Señor, aquí estoy.
No quiero darte solo lo que me sobra.
Quiero darte mi corazón entero.
Amén.
2
Darlo todo, como la viuda y como
María
Queridos
hermanos y hermanas:
La
Palabra de Dios de este sábado nos pone ante una pregunta sencilla, pero muy
exigente: ¿qué le estamos dando realmente a Dios? No solo cuánto damos,
sino desde dónde damos: desde lo que nos sobra o desde el corazón.
En la
primera lectura, san Pablo le dice a Timoteo: “Proclama la Palabra, insiste
a tiempo y a destiempo”. Pablo está al final de su vida. Ha luchado, ha
predicado, ha sufrido, ha mantenido la fe. Por eso puede decir: “He combatido
bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe.” San Pablo
no le dio a Dios unas sobras de su vida; le entregó su existencia entera.
El salmo
también expresa esa fidelidad perseverante: “Mi boca contará tu salvación,
Señor.” El salmista pide no ser abandonado en la vejez, cuando disminuyen
las fuerzas. Es la oración de quien quiere seguir confiando, alabando y
anunciando a Dios hasta el final. La verdadera fe no es solo entusiasmo de un
momento; es una entrega sostenida, humilde, diaria.
Y en el
Evangelio, Jesús nos muestra una escena conmovedora. En el templo, muchos ricos
echan grandes cantidades en el arca de las ofrendas. Luego llega una viuda
pobre y deposita dos moneditas. A los ojos humanos, aquello era casi nada. Pero
Jesús ve más allá de la apariencia y dice: “Esta viuda pobre ha echado más
que todos.”
¿Por qué
más? Porque los demás dieron de lo que les sobraba; ella dio desde su pobreza, todo
lo que tenía para vivir.
Jesús no
mide como nosotros. Nosotros solemos mirar la cantidad, el brillo, la
apariencia, el reconocimiento. Dios mira el corazón. Dios ve el sacrificio
escondido, la lágrima silenciosa, la generosidad humilde, la fe que no hace
ruido.
Por eso
el Evangelio comienza con una advertencia contra los escribas: aquellos que
buscaban honores, primeros puestos y largas apariencias de piedad. Jesús
denuncia una religión de fachada, una espiritualidad que se exhibe, pero que no
ama; que reza mucho, pero no se compadece; que habla de Dios, pero descuida al
pobre.
La viuda,
en cambio, no habla. No presume. No ocupa primeros puestos. Simplemente
entrega. Y en ese gesto silencioso se convierte en maestra de fe.
Hoy, en
la memoria de la Bienaventurada Virgen María en sábado, podemos mirar también a
María. Ella fue la mujer de la entrega total. No dio a Dios unas monedas; le
dio su vida entera: “Hágase en mí según tu palabra.” María no buscó
protagonismo, pero Dios la hizo grande por su humildad. Como la viuda del
Evangelio, María confió plenamente.
Esta
Palabra nos invita a revisar nuestra generosidad. A veces damos a Dios lo que
nos queda: el tiempo que sobra, la oración que cabe, el servicio cuando no
incomoda, el amor cuando no cuesta. Pero el Señor nos llama a una generosidad
más radical: darle el corazón, la vida, los talentos, el tiempo, la fe, incluso
nuestras pobrezas.
No todos
podemos dar lo mismo, pero todos podemos darlo con amor. No todos tenemos
grandes recursos, pero todos tenemos algo que ofrecer: una oración, una visita,
una palabra de consuelo, un perdón, una ayuda discreta, una fidelidad diaria.
Pidamos
al Señor que nos conceda la gracia de San Pablo: combatir bien el combate y
mantener la fe. Que nos dé la confianza del salmista: seguir anunciando su
salvación en todas las etapas de la vida. Y que, por intercesión de María,
aprendamos de la viuda pobre a no darle a Dios solo lo que nos sobra, sino a
entregarnos a Él con todo el corazón.
Amén.

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