martes, 16 de junio de 2026

16 de junio del 2026: martes de la undécima semana del tiempo ordinario-II

 

 Desarmante

(Mateo 5,43-48) Amar a los enemigos: violentos, tiranos, abusadores, perseguidores… ¡imposible! Jesús no dice que haya que aceptarlo todo ni bendecirlo todo. Pero sí nos pide bendecir al otro, sin reducirlo a lo que ha hecho; mirarlo a la altura del rostro, devolverle una dignidad que quizá él mismo no sabe reconocer. No convertirlo en enemigo ni convertirme yo mismo en enemigo. Señor, desármalo a él, pero desármame también a mí, para invertir la espiral del odio y de la violencia.

Colette Hamza, xavière

 


Primera lectura

1 Re 21, 17-29
Has hecho pecar a Israel

Lectura del primer libro de los Reyes.

DESPUÉS que hubo muerto Nabot, la palabra del Señor llegó a Elías tesbita para decirle:
«Levántate, baja al encuentro de Ajab, rey de Israel, que está en Samaría. Ahora se encuentra en la viña de Nabot, adonde ha bajado para tomar posesión de ella. Le hablarás diciendo: “Así habla el Señor: ‘¿Has asesinado y pretendes tomar posesión?’ Por esto, así habla el Señor: ‘En el mismo lugar donde los perros han lamido la sangre de Nabot, lamerán los perros también tu propia sangre’”».
Entonces Ajab se dirigió a Elías diciendo:
«Así que has dado conmigo, enemigo mío».
Respondió Elías:
«He dado contigo. Así, por haberte vendido, haciendo el mal a los ojos del Señor, yo mismo voy a traer sobre ti el desastre. Barreré tu descendencia y exterminaré en Israel a todos los varones de la familia de Ajab, del primero al último. Dispondré de tu casa como de la de Jeroboán, hijo de Nebat, y de la de Baasá, hijo de Ajías, por la irritación que me has producido y por haber hecho pecar a Israel. También contra Jezabel ha hablado el Señor diciendo: “Los perros devorarán a Jezabel en el campo de Yezrael”, y los perros devorarán a los de Ajab que mueran en la ciudad y las aves del cielo a los que mueran en el campo».
No hubo otro como Ajab que, instigado por su mujer Jezabel, se vendiera para hacer el mal a los ojos del Señor. Actuó del modo más abominable, yendo tras los ídolos,
procediendo en todo como los amorreos a quienes el Señor había expulsado frente a los hijos de Israel.
Ajab, al oír estas palabras, rasgó sus vestiduras, se echó un sayal sobre el cuerpo y ayunó. Con el sayal puesto se acostaba y andaba pesadamente.
Llegó a Elías tesbita la palabra del Señor:
«¿Has visto cómo se ha humillado Ajab ante mí? No traeré el mal en los días de su vida, por haberse humillado ante mí, sino en vida de su hijo».

Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 50, 3-4. 5-6b. 11 y 16 (R.: cf. 3a)

R. Misericordia, Señor, hemos pecado.

V. Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado.
 R.

V. Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado.
Contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad en tu presencia. 
R.

V. Aparta de mi pecado tu vista,
borra en mí toda culpa.
Líbrame de la sangre, oh, Dios,
Dios, Salvador mío,
y cantará mi lengua tu justicia.
 R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Les doy un mandamiento nuevo —dice el Señor—: que se amen unos a otros, como yo los he amado. R.

 

Evangelio

Mt 5, 43-48

Amen a sus enemigos

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Han oído que se dijo: “‘Amarás a tu prójimo’ y aborrecerás a tu enemigo”. Pero yo les digo: amen a sus enemigos y recen por los que los persiguen, para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.
Porque, si aman a los que los aman, ¿qué premio tendrán? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludan solo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este martes nos pone ante una de las exigencias más altas y más desconcertantes del Evangelio: “Amen a sus enemigos y oren por los que los persiguen”. No se trata de una frase bonita ni de un ideal ingenuo. Jesús sabe muy bien que amar al enemigo parece imposible. Amar a quien nos ha herido, a quien ha sido injusto, a quien ha sembrado violencia o dolor, no nace espontáneamente del corazón humano.

Pero Jesús no nos pide aprobar el mal. No nos dice que llamemos bueno a lo que es malo, ni que bendigamos la injusticia, ni que nos dejemos destruir por quienes abusan o persiguen. Lo que Jesús nos pide es algo más profundo: no dejar que el mal del otro destruya también nuestro corazón. No permitir que el odio del otro nos convierta a nosotros en personas dominadas por el odio.

La primera lectura nos ayuda a comprender esto. Después del pecado de Ajab y Jezabel contra Nabot, Dios envía al profeta Elías para denunciar la injusticia. Dios no es indiferente ante el abuso, el despojo, la mentira y la muerte del inocente. La fe no consiste en cerrar los ojos ante el mal. El Señor ve, escucha y juzga. Pero cuando Ajab se humilla, Dios también muestra misericordia. Aquí aparece el rostro de un Dios justo, pero también capaz de abrir caminos de conversión.

El salmo nos hace rezar desde esa misma conciencia: “Misericordia, Señor, hemos pecado”. Antes de mirar solamente el pecado ajeno, la Palabra nos invita a mirar también nuestro propio corazón. Porque muchas veces queremos que Dios sea misericordioso con nosotros, pero implacable con los demás. Queremos perdón para nuestras heridas, pero castigo para quienes nos han herido.

El Evangelio va más lejos: “Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto”. Esa perfección no significa no equivocarse nunca. Significa amar con un corazón parecido al de Dios. Dios hace salir el sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos. Su amor no se reduce a simpatías, méritos o conveniencias. Dios ama porque Él es amor.

Por eso, amar al enemigo es una gracia que debemos pedir. No siempre podremos sentir afecto. No siempre podremos acercarnos. A veces será necesario poner límites, tomar distancia, protegernos y buscar justicia. Pero aun así, el cristiano está llamado a no desear la destrucción del otro, a no alimentar la venganza, a no convertir su corazón en un campo de batalla.

Podemos decirle hoy al Señor: “Señor, desarma al violento, desarma al injusto, desarma al que hace daño; pero desármame también a mí. Desarma mi orgullo, mi resentimiento, mis deseos de venganza. Rompe en mí la espiral del odio y enséñame a vencer el mal con el bien”.

Hoy oramos de manera especial por nuestros benefactores, familiares y amigos. Ellos son signos concretos de la bondad de Dios en nuestro camino. Que el Señor los bendiga, los proteja y recompense todo el bien que han sembrado. Y que también nosotros aprendamos a ser bendición para otros: no solo para quienes nos aman, sino incluso para aquellos con quienes nos cuesta vivir la caridad.

Que esta Eucaristía nos conceda un corazón más libre, más humilde y más parecido al corazón del Padre. Amén.



2

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este día nos sitúa ante dos realidades profundas del corazón humano: por una parte, la fuerza destructiva del pecado; por otra, la fuerza transformadora de la misericordia y del amor sin límites.

En la primera lectura, después del crimen cometido contra Nabot, Dios envía al profeta Elías a denunciar al rey Ajab. El pecado no queda oculto ante los ojos de Dios. La ambición, el abuso de poder, la injusticia y la muerte del inocente claman al cielo. Ajab ha permitido que la codicia destruya la vida de un hombre justo. Y Dios, que es justo, no permanece indiferente.

Pero la lectura también nos sorprende: cuando Ajab escucha la palabra de Dios, se humilla, hace penitencia y reconoce su pecado. Entonces el Señor muestra misericordia. Esto no borra la gravedad de lo ocurrido, pero revela algo esencial: Dios no desea la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. Su justicia nunca está separada de su deseo de salvar.

Por eso el salmo 50 pone en nuestros labios una oración humilde: “Misericordia, Señor, hemos pecado”. Es el grito del corazón que reconoce su culpa y se abre al perdón. Antes de mirar el pecado de los demás, la Palabra nos invita a mirar nuestro propio corazón. Todos necesitamos ser purificados de la soberbia, del resentimiento, de la dureza y de la violencia interior.

Y en el Evangelio, Jesús nos lleva todavía más lejos: “Amen a sus enemigos y oren por los que los persiguen”. Esta es una de las enseñanzas más exigentes del cristianismo. Amar al enemigo no significa aprobar el mal, justificar la injusticia o permitir el abuso. Jesús no nos pide llamar bueno a lo que es malo. Lo que nos pide es no responder al odio con más odio, no dejar que la violencia del otro engendre violencia en nosotros.

El amor cristiano no tiene límites porque nace del corazón de Dios. El Padre hace salir el sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos. Así ama Dios: no de manera selectiva, no solo a quienes lo merecen, no solo a quienes responden bien. Dios ama porque Él es amor.

Por eso Jesús nos dice: “Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto”. Esta perfección no consiste en no equivocarse nunca, sino en aprender a amar con un corazón cada vez más parecido al de Dios. Es la perfección de la misericordia, de la paciencia, del perdón y de la oración por todos, incluso por quienes nos han herido.

Jesús mismo vivió este amor en la cruz, cuando oró por sus perseguidores: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Allí nos enseñó que el amor verdadero no es solo sentimiento; es decisión, gracia, entrega y victoria sobre el mal.

Hoy podemos preguntarnos: ¿a quién me cuesta amar? ¿Por quién me cuesta orar? ¿Qué resentimiento necesito entregar al Señor? Tal vez no podamos cambiar inmediatamente nuestros sentimientos, pero sí podemos comenzar por pedir a Dios que purifique nuestro corazón.

En esta Eucaristía, pidamos la gracia de amar más allá de nuestras simpatías, de nuestras heridas y de nuestros límites humanos. Que el Señor nos libre de toda amargura, nos conceda un corazón reconciliado y nos enseñe a vencer el mal con el bien.

Y oremos también hoy por nuestros benefactores, familiares y amigos. Que Dios recompense su generosidad, bendiga sus vidas, sostenga sus hogares y les conceda experimentar siempre la luz de su amor. Que nosotros, agradecidos por tanto bien recibido, aprendamos también a ser instrumentos de misericordia, perdón y paz. Amén.

 

 

 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Gracias por visitar mi blog, Deje sus comentarios que si son hechos con respeto y seriedad, contestaré con mucho gusto. Gracias. Bendiciones




2 de agosto del 2026: decimoctavo domingo del tiempo ordinario-Ciclo A

  «Denles ustedes de comer». (Is 55,1-3 / Sal 145(144),8-9.15-16.17-18 (R. cf. 16) / Rm 8,35.37-39 / Mt 14,13-21) El Evangelio nos prese...