No
olvidar a Jesús
(2 Timoteo 2, 8-15) «Acuérdate de Jesucristo».
¿No es ahí donde Pablo saca su fuerza en medio de las pruebas que debe
afrontar? Este “hacer memoria” conviene practicarlo a lo largo de los días, en
nuestros momentos concretos de oración, pero también en nuestras relaciones y en
nuestras decisiones. Un himno latino habla de la “dulce memoria de Jesús”;
dulce, porque está movida por el amor que le tenemos, pero de la cual nos
dejamos distraer fácilmente si no está sostenida por una meditación asidua de
la Palabra.
Emmanuelle Billoteau, ermite
Primera lectura
2
Tim 2, 8-15
La
palabra de Dios no está encadenada. Si morimos con él, también viviremos con él
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo.
QUERIDO hermano:
Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, nacido del linaje de
David, según mi evangelio, por el que padezco hasta llevar cadenas, como un
malhechor; pero la palabra de Dios no está encadenada.
Por eso lo aguanto todo por los elegidos, para que ellos también alcancen la
salvación y la gloria eterna en Cristo Jesús.
Es palabra digna de crédito:
Pues si morimos con él, también viviremos con él;
si perseveramos, también reinaremos con él;
si lo negamos, también él nos negará.
Si somos infieles, él permanece fiel,
porque no puede negarse a sí mismo.
Esto es lo que has de recordar, advirtiéndoles seriamente delante de Dios que
no discutan sobre palabras; no sirve para nada y es funesto para los oyentes.
Procura con toda diligencia presentarte ante Dios como digno de aprobación,
como un obrero que no tiene de qué avergonzarse, que imparte con rectitud la
palabra de la verdad.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
24, 4-5a. 8-9. 10 y 14 (R.: 4a)
R. Señor,
enséñame tus caminos.
V. Señor, enséñame tus
caminos,
instrúyeme en tus sendas:
haz que camine con lealtad;
enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador. R.
V. El Señor es bueno y
es recto,
y enseña el camino a los pecadores;
hace caminar a los humildes con rectitud,
enseña su camino a los humildes. R.
V. Las sendas del Señor
son misericordia y lealtad
para los que guardan su alianza y sus mandatos.
El Señor se confía a los que le temen,
y les da a conocer su alianza. R.
Aclamación
R. Aleluya,
aleluya, aleluya.
V. Nuestro Salvador,
Cristo Jesús, destruyó la muerte, e hizo brillar la vida por medio del
Evangelio. R.
Evangelio
Mc
12, 28b-34
No
hay mandamiento mayor que estos
Lectura del santo Evangelio según san Marcos.
EN aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó:
«¿Qué mandamiento es el primero de todos?».
Respondió Jesús:
«El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor:
amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu
mente, con todo tu ser”. El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti
mismo”. No hay mandamiento mayor que estos».
El escriba replicó:
«Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo
y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el
entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más
que todos los holocaustos y sacrificios».
Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo:
«No estás lejos del reino de Dios».
Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.
Palabra del Señor.
1
Hermanos y hermanas:
La Palabra de Dios de hoy nos regala una frase
sencilla, pero capaz de sostener una vida entera: “Acuérdate de Jesucristo”.
San Pablo se la dice a Timoteo, su discípulo, como quien entrega un secreto
espiritual. Pablo está preso, encadenado, probado por el sufrimiento; pero no
está derrotado. ¿Por qué? Porque su memoria no está llena solamente de heridas,
cansancios o frustraciones: su memoria está habitada por Cristo.
También nosotros necesitamos recordar a Jesús. No
recordarlo como quien mira una fotografía vieja, sino como quien vuelve al amor
primero, a la fuente, al centro de su vocación. Recordar a Jesús es
preguntarnos cada día: ¿qué haría Él en mi lugar? ¿Cómo miraría Él a esta
persona? ¿Cómo respondería Él ante esta dificultad? ¿Qué palabra suya ilumina
hoy mi decisión?
El salmo nos hace pedir: “Señor, enséñame tus
caminos”. Esa es la oración de quien no quiere caminar a ciegas. En medio
de tantas voces, opiniones, miedos y distracciones, el creyente necesita volver
una y otra vez al camino del Señor. Y ese camino no es una teoría: es una Persona
viva, Jesucristo.
En el Evangelio, un escriba se acerca a Jesús y le
pregunta cuál es el mandamiento principal. Jesús responde uniendo dos amores
inseparables: amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la
mente y con todas las fuerzas; y amar al prójimo como a uno mismo. Ahí está
el corazón de la fe. No basta saber mucho de Dios si no amamos. No basta hablar
de religión si el corazón se vuelve duro. No basta cumplir normas si olvidamos
la misericordia.
La verdadera memoria de Jesús nos lleva al amor.
Quien recuerda a Jesús aprende a mirar al hermano de otra manera. Quien
recuerda a Jesús no puede vivir encerrado en sí mismo. Quien recuerda a Jesús
descubre que la evangelización no es propaganda, sino testimonio de un amor que
nos ha cambiado la vida.
Por eso hoy oramos especialmente por la obra
evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. La Iglesia necesita
hombres y mujeres que no olviden a Jesús; sacerdotes, religiosos, religiosas,
matrimonios, catequistas, misioneros, jóvenes y laicos comprometidos que tengan
el corazón encendido por el Evangelio. Las vocaciones nacen allí donde alguien
ha hecho memoria viva de Cristo y ha sentido que su amor merece la vida entera.
Pidamos al Señor que no se nos enfríe la memoria
del corazón. Que no olvidemos a Jesús en la oración, en el trabajo, en la
familia, en la comunidad, en las decisiones difíciles y en el servicio
cotidiano. Porque cuando Cristo permanece vivo en nuestra memoria, también
permanece vivo en nuestras palabras, en nuestras obras y en nuestra manera de
amar.
Que el Señor nos conceda vivir cerca de su Reino,
como aquel escriba del Evangelio, y dar un paso más: no solo admirar la
respuesta de Jesús, sino hacer de ella nuestra vida. Amén.
2
Hermanos y
hermanas:
El
Evangelio de hoy nos lleva al corazón de la fe. Un escriba se acerca a Jesús y
le pregunta: “¿Cuál es el
primero de todos los mandamientos?” No parece venir con mala
intención, como otros que antes habían buscado tenderle trampas. Este hombre
pregunta con sinceridad. Quiere saber, quiere comprender, quiere acercarse a la
verdad.
Y
Jesús no le responde con una norma fría, ni con una teoría complicada. Jesús va
al centro: “Amarás al
Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con
todas tus fuerzas”, y añade: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” En
estas dos frases está resumida toda la Ley, toda la vida espiritual, toda la
vocación cristiana.
Jesús
nos enseña que la fe no consiste ante todo en cumplir por cumplir, ni en
discutir quién tiene más razón, ni en multiplicar normas sin alma. La fe
verdadera nace del amor y conduce al amor. Amar a Dios con todo el corazón
significa que Él no puede ser un adorno de nuestra vida, ni un recurso solo
para los momentos difíciles. Dios debe ocupar el centro: de nuestras
decisiones, de nuestros afectos, de nuestro tiempo, de nuestros proyectos.
Pero
Jesús une inseparablemente el amor a Dios con el amor al prójimo. No podemos
decir que amamos a Dios si despreciamos al hermano. No podemos rezar con las
manos levantadas al cielo y cerrar el corazón ante quien sufre a nuestro lado.
No podemos defender la verdad con palabras duras, soberbias o hirientes, porque
la verdad de Dios siempre debe estar vestida de caridad.
San
Pablo, en la primera lectura, le dice a Timoteo: “Acuérdate de Jesucristo.”
Esa frase es preciosa. Pablo está encarcelado, sufre, pero no está vencido.
Puede estar encadenado, pero dice con fuerza: “La Palabra de Dios no está encadenada.”
Qué hermoso mensaje para la obra evangelizadora de la Iglesia: pueden existir
dificultades, cansancios, rechazos, crisis, persecuciones, falta de vocaciones,
escasez de recursos; pero la Palabra de Dios no está encadenada. El Evangelio
sigue abriéndose camino cuando encuentra corazones disponibles.
Por
eso, evangelizar no es simplemente organizar actividades, hacer discursos o
llenar agendas pastorales. Evangelizar es ayudar a otros a recordar a
Jesucristo. Es hacer presente su amor. Es mostrar, con la vida, que vale la
pena seguirlo. Es testimoniar que en Él hay perdón, sentido, esperanza y vida
nueva.
También
hoy el salmo nos hace orar: “Señor,
enséñame tus caminos.” Esa es la oración de quien reconoce que
necesita ser guiado. Muchas veces creemos saberlo todo, discutimos mucho,
opinamos demasiado, pero escuchamos poco. El escriba del Evangelio nos da una
lección: se acerca, pregunta, escucha y reconoce la verdad. Por eso Jesús le
dice: “No estás lejos del
Reino de Dios.”
No
estar lejos del Reino significa estar en camino. Pero todavía falta dar un paso:
pasar de saber el mandamiento del amor a vivirlo. Porque una cosa es saber que
debemos amar a Dios y al prójimo, y otra cosa es amar concretamente cuando el
prójimo nos incomoda, cuando piensa distinto, cuando nos exige paciencia,
cuando necesita perdón, cuando reclama nuestra compasión.
Hoy,
al orar por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones, pidamos
que el Señor suscite corazones enamorados de Él. La Iglesia necesita sacerdotes
que amen a Dios y a su pueblo; religiosos y religiosas que sean signos vivos
del Reino; matrimonios que evangelicen desde la fidelidad y la ternura; jóvenes
que no tengan miedo de preguntarle al Señor: “¿Qué quieres de mí?”;
catequistas, misioneros y laicos que anuncien el Evangelio no desde la
imposición, sino desde la alegría del amor.
Toda
vocación auténtica nace de este doble amor: amar a Dios con todo el ser y amar
al prójimo con un corazón generoso. Quien descubre que Dios lo ama, ya no puede
vivir solo para sí mismo. Quien se sabe llamado por Cristo, entiende que su
vida se vuelve misión.
Pidamos,
entonces, la gracia de no reducir la fe a costumbre, ni la evangelización a
estrategia, ni la vocación a simple función. Que todo nazca del amor y conduzca
al amor. Que podamos recordar siempre a Jesucristo, porque cuando Cristo está
vivo en la memoria del corazón, la Palabra no se encadena, la misión no se
apaga y las vocaciones florecen.
Que
el Señor nos enseñe sus caminos, nos haga humildes buscadores de la verdad y
nos convierta en instrumentos de su caridad, para que muchos, al ver nuestra
vida, puedan acercarse también al Reino de Dios.
Amén.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por visitar mi blog, Deje sus comentarios que si son hechos con respeto y seriedad, contestaré con mucho gusto. Gracias. Bendiciones