Jesús, el
irresistible
(Mateo 8, 1-4) En Israel, solo un sacerdote podía ratificar la
purificación y, por tanto, la reintegración social de un leproso; de ahí la
consigna de discreción impuesta por Jesús. El leproso de Mateo la respeta, a
diferencia del leproso del relato de Marcos. Mateo concentra así su relato en
la salud irresistible y contagiosa de Jesús. Como este leproso, modelo de fe,
confiémosle nuestras lepras, dejándolo plenamente libre respecto al resultado.
Jean-Marc Liautaud, Fondacio
Primera lectura
Fue deportado
Judá lejos de su tierra
Lectura del segundo libro de los Reyes.
EL año noveno del reinado de Sedecías, el mes décimo, el diez del mes, vino
Nabucodonosor, rey de Babilonia, con todo su ejército contra Jerusalén. Acampó
contra ella y la cercaron con una tapia. Y la ciudad estuvo sitiada hasta el
año once de Sedecías.
El mes cuarto, el día noveno del mes, cuando arreció el hambre dentro de la
ciudad y no había pan para la gente del pueblo, abrieron una brecha en la
ciudad; todos los
hombres de guerra huyeron durante la noche por el camino de la puerta, entre
los dos muros que están sobre el parque del rey, mientras los caldeos estaban
apostados alrededor de la ciudad; y se fueron por el camino de la Arabá.
Las tropas caldeas persiguieron al rey, dándole alcance en los llanos de
Jericó. Entonces todo el ejército se dispersó, abandonándolo.
Capturaron al rey Sedecías y lo subieron a Riblá, adonde estaba el rey de
Babilonia, que lo sometió a juicio.
Sus hijos fueron degollados a su vista, y a Sedecías le sacó los ojos. Luego lo
encadenaron con doble cadena de bronce y lo condujeron a Babilonia.
En el mes quinto, el día séptimo del mes, el año diecinueve de Nabucodonosor,
rey de Babilonia, Nabuzardán, jefe de la guardia, servidor del rey de Babilonia,
vino a Jerusalén.
E incendió el templo del Señor y el palacio real y la totalidad de las casas de
Jerusalén.
Todas las tropas caldeas que estaban con el jefe de la guardia demolieron las
murallas que rodeaban Jerusalén.
En cuanto al resto del pueblo que quedaba en la ciudad, los desertores que se
habían pasado al rey de Babilonia y el resto de la gente, los deportó
Nabuzardán, jefe de la guardia.
El jefe de la guardia dejó algunos de los pobres del país para viñadores y
labradores.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Que
se me pegue la lengua al paladar
si no me acuerdo de ti.
V. Junto a los
canales de Babilonia
nos sentamos a llorar
con nostalgia de Sion;
en los sauces de sus orillas
colgábamos nuestras cítaras. R.
V. Allí los
que nos deportaron
nos invitaban a cantar;
nuestros opresores, a divertirlos:
«Cántennos un cantar de Sion». R.
V. ¡Cómo
cantar un cántico del Señor
en tierra extranjera!
Si me olvido de ti, Jerusalén,
que se me paralice la mano derecha. R.
V. Que se me
pegue la lengua al paladar
si no me acuerdo de ti,
si no pongo a Jerusalén
en la cumbre de mis alegrías. R.
Aclamación
V. Cristo tomó
nuestras dolencias
y cargó con nuestras enfermedades. R.
Evangelio
Si quieres,
puedes limpiarme
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
AL bajar Jesús del monte, lo siguió mucha gente.
En esto, se le acercó un leproso, se arrodilló y le dijo:
«Señor, si quieres, puedes limpiarme».
Extendió la mano y lo tocó diciendo:
«Quiero, queda limpio».
Y enseguida quedó limpio de la lepra.
Jesús le dijo:
«No se lo digas a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega la
ofrenda que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio».
Palabra del Señor.
**************
Queridos
hermanos y hermanas:
Celebramos esta Eucaristía con el corazón conmovido por el dolor de
nuestra hermana patria de Venezuela, recientemente sacudida por un fuerte
terremoto que ha dejado miedo, destrucción, heridos, familias afectadas y
muchas lágrimas. Ante una tragedia así, la Palabra de Dios de hoy parece
hablarnos con especial fuerza: Jerusalén aparece derrumbada en la primera
lectura; el salmo nos muestra a un pueblo que llora en el destierro; y el
Evangelio nos presenta a un leproso que, desde su sufrimiento, se acerca a
Jesús y le dice: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”.
Hoy hacemos
nuestra esa súplica. La ponemos en labios de quienes sufren en Venezuela, de
quienes han perdido seres queridos, de quienes sienten miedo ante las réplicas,
de quienes buscan a los suyos, de quienes han quedado sin techo o cargan
heridas en el cuerpo y en el alma. También nosotros, con espíritu penitencial,
reconocemos nuestras fragilidades y le decimos al Señor: toca nuestras heridas,
reconstruye nuestras ruinas, levanta a tu pueblo y haznos instrumentos de
solidaridad, consuelo y esperanza.
Entre Jerusalén destruida y el leproso purificado
hay un hilo espiritual muy profundo: el ser humano herido necesita ser
levantado, purificado y devuelto a la comunión. La ciudad santa queda devastada
por la infidelidad, por el pecado, por las consecuencias de haberse alejado de
Dios. El leproso, por su enfermedad, vive separado, excluido, marcado por el
dolor físico y también por la soledad del alma. En ambos casos aparece la misma
necesidad: volver a Dios, volver a la vida, volver a la esperanza.
La primera lectura del segundo libro de los Reyes
nos narra uno de los momentos más dolorosos de la historia de Israel:
Nabucodonosor, rey de Babilonia, sitia Jerusalén; el hambre se apodera de la
ciudad; el rey Sedecías intenta huir, pero es capturado; sus hijos son
asesinados ante sus ojos; luego le sacan los ojos y lo llevan encadenado a
Babilonia. Después, el templo del Señor, el palacio real y las casas de
Jerusalén son incendiados. Las murallas son derribadas. El pueblo es llevado al
destierro.
No es solo una derrota política o militar. Es una
tragedia espiritual. Jerusalén, la ciudad de la alianza, queda reducida a
ruinas. El templo, signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo, es
destruido. La infidelidad trae consecuencias. El pecado desordena, rompe,
divide, enceguece, destruye.
Esta lectura nos invita a una actitud penitencial.
No para caer en la culpa estéril, sino para reconocer con humildad que también
nosotros podemos dejar que se derrumben los muros interiores de nuestra vida. A
veces se derrumba la oración, se enfría la fe, se debilita la caridad, se apaga
la esperanza. A veces dejamos entrar en el corazón la soberbia, el
resentimiento, la indiferencia, la impureza, la ambición o la dureza con los
demás. Y cuando Dios deja de ocupar el centro, algo comienza a romperse por
dentro.
El salmo 137 expresa el dolor del pueblo en el
exilio: “Junto a los canales de Babilonia nos sentamos a llorar con nostalgia
de Sión”. Es el canto de quienes han perdido su tierra, su templo, su libertad.
Es el lamento de quienes recuerdan lo que tenían y ahora sienten el vacío de la
ausencia.
Pero ese dolor no es inútil. El llanto de Israel
junto a los ríos de Babilonia se convierte en memoria, en examen de conciencia,
en deseo de volver. El pueblo no quiere olvidar Jerusalén. No quiere
acostumbrarse al destierro. No quiere resignarse a vivir lejos de Dios. Por eso
dice: “Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti”.
También nosotros necesitamos esa santa memoria. No
olvidar quiénes somos. No olvidar de dónde nos sacó el Señor. No olvidar
nuestra vocación cristiana. No olvidar que fuimos creados para la comunión con
Dios. En medio de nuestras caídas, heridas y exilios interiores, el Señor nos
llama a regresar.
Y entonces llega el Evangelio como una luz
poderosa. Jesús baja del monte y mucha gente lo sigue. En ese momento se acerca
un leproso. Humanamente, aquel hombre no debía acercarse. La lepra lo hacía
impuro según la mentalidad religiosa y social de su tiempo. Debía mantenerse
lejos. Debía gritar su impureza. Debía vivir marginado.
Pero este hombre se atreve. Se acerca a Jesús, se
postra ante Él y pronuncia una oración breve, humilde y llena de fe: “Señor, si
quieres, puedes limpiarme”.
Qué oración tan hermosa. No exige. No manipula. No
reclama. No le dicta a Dios lo que debe hacer. Reconoce el poder de Jesús, pero
deja a Jesús en libertad: “Si quieres”. Esa es la fe verdadera. La fe no
consiste en obligar a Dios a cumplir nuestros deseos, sino en confiarle
nuestras heridas, sabiendo que Él puede sanarnos, y dejando en sus manos el
modo, el tiempo y el camino de nuestra purificación.
Alguien comentando este evangelio, dice que Mateo
concentra su relato en “la salud irresistible y contagiosa de Jesús”. Es una
expresión muy bella. En el mundo del leproso, lo contagioso era la enfermedad.
Lo impuro contaminaba. Lo enfermo separaba. Pero con Jesús ocurre algo nuevo:
no es la lepra la que contagia a Jesús, sino Jesús quien comunica salud, vida,
pureza y dignidad.
Jesús extiende la mano y toca al leproso. Ese gesto
es inmenso. Antes de sanarlo con la palabra, lo toca con la misericordia. Toca
a quien nadie tocaba. Se acerca a quien todos evitaban. No tiene miedo de la
herida humana. No huye de nuestra miseria. No se escandaliza de nuestras
llagas. Allí donde el mundo pone distancia, Jesús pone cercanía.
Y dice: “Quiero, queda limpio”. La voluntad de
Jesús es salvar, levantar, limpiar, reintegrar. Su querer no es caprichoso; es
misericordioso. Su poder no humilla; restaura. Su santidad no rechaza al
pecador arrepentido; lo purifica.
Hoy, en esta intención penitencial, podemos
ponernos espiritualmente en el lugar del leproso. Cada uno conoce sus propias
lepras: heridas antiguas, pecados repetidos, tristezas escondidas, miedos,
resentimientos, enfermedades del cuerpo, cansancios del alma, soledades,
dependencias, culpas, amarguras, desesperanzas.
Y también podemos pensar en tantas personas que
sufren en el cuerpo y en el alma: enfermos, ancianos, personas deprimidas,
quienes viven duelos, quienes cargan angustias familiares, quienes se sienten
excluidos, quienes han perdido la paz, quienes viven una enfermedad silenciosa,
quienes lloran en secreto. Por todos ellos oramos hoy. Los ponemos ante Jesús.
Le decimos: “Señor, si quieres, puedes limpiarlos, puedes consolarlos, puedes
fortalecerlos, puedes devolverles la esperanza”.
Después de sanar al leproso, Jesús le dice que no
lo cuente a nadie, sino que vaya a presentarse al sacerdote y ofrezca lo
prescrito por Moisés. Ese detalle es importante. En Israel, el sacerdote debía
certificar la purificación del leproso para que pudiera reintegrarse a la vida
comunitaria. Jesús no solo sana el cuerpo; devuelve al hombre a la comunidad, a
la oración, a la familia, al pueblo.
Toda verdadera sanación nos devuelve a la comunión.
Cuando Cristo nos perdona, nos reintegra. Cuando nos purifica, nos hace capaces
de volver a amar. Cuando nos toca, nos devuelve nuestra dignidad de hijos de
Dios.
Por eso, esta Palabra nos llama hoy a tres
actitudes.
Primero, reconocer nuestras ruinas. Como Jerusalén,
a veces nuestra vida espiritual necesita ser reconstruida. No tengamos miedo de
reconocer lo que se ha dañado. Dios no desprecia un corazón contrito y
humillado.
Segundo, llorar con esperanza. Como Israel en
Babilonia, podemos experimentar nostalgia de Dios, dolor por el pecado,
tristeza por lo perdido. Pero ese llanto, unido a la fe, puede convertirse en
camino de regreso.
Tercero, acercarnos a Jesús con confianza. Como el
leproso, digámosle: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”. Dejemos que Él toque
nuestras heridas. Dejemos que su misericordia sea más contagiosa que nuestro
pecado, más fuerte que nuestra tristeza y más profunda que nuestra enfermedad.
Queridos hermanos, Jesús es el irresistible porque
su amor vence nuestras resistencias. Él no se cansa de acercarse. No se cansa
de tocar. No se cansa de sanar. No se cansa de perdonar. Su pureza no se
contamina con nuestra miseria; al contrario, su misericordia transforma nuestra
miseria en lugar de encuentro con Dios.
Que esta Eucaristía sea hoy para nosotros un acto
penitencial profundo, una súplica confiada y una oración por todos los que
sufren en el cuerpo y en el alma. Presentemos al Señor nuestras lepras
personales, familiares y comunitarias. Presentemos también las ruinas de
nuestro mundo: guerras, injusticias, enfermedades, soledades, corazones endurecidos.
Hoy esas ruinas no son solo una imagen antigua
de Jerusalén. También tienen nombres concretos: hogares destruidos, templos
agrietados, hospitales sobrecargados, familias que lloran, cuerpos heridos y
almas estremecidas por el miedo. Pensamos de manera especial en Venezuela,
nuestra hermana patria, golpeada por la fuerza de la tierra. Y allí, en medio del
polvo, del temblor y de la incertidumbre, la fe cristiana no ofrece respuestas
fáciles, pero sí una presencia: Cristo que se acerca, Cristo que toca, Cristo
que consuela, Cristo que nos llama a no pasar de largo ante el dolor del
hermano.
Y pidámosle humildemente:
Señor Jesús, toca nuestras heridas.
Purifica nuestros pecados.
Reconstruye lo que se ha derrumbado.
Consuela a los que sufren.
Fortalece a los enfermos.
Levanta a los caídos.
Devuélvenos la alegría de vivir en comunión contigo.
Y, como el leproso del Evangelio, que podamos
escuchar en lo profundo del alma tu palabra sanadora:
“Quiero, queda limpio”.
Señor Jesús, hoy te presentamos especialmente
al pueblo venezolano.
Acompaña a las víctimas, consuela a quienes lloran, fortalece a los heridos,
protege a los rescatistas, mueve los corazones a la solidaridad y haz que, en
medio de los escombros, renazca la esperanza.
Toca, Señor, las heridas del cuerpo y del alma, y danos un corazón penitente,
fraterno y compasivo.
Amén.
Amén.

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