jueves, 25 de junio de 2026

26 de junio del 2026: viernes de la decimosegunda semana del tiempo ordinario-II

 

Jesús, el irresistible

(Mateo 8, 1-4) En Israel, solo un sacerdote podía ratificar la purificación y, por tanto, la reintegración social de un leproso; de ahí la consigna de discreción impuesta por Jesús. El leproso de Mateo la respeta, a diferencia del leproso del relato de Marcos. Mateo concentra así su relato en la salud irresistible y contagiosa de Jesús. Como este leproso, modelo de fe, confiémosle nuestras lepras, dejándolo plenamente libre respecto al resultado.

Jean-Marc Liautaud, Fondacio

 


Primera lectura

2 Re 25, 1-12
Fue deportado Judá lejos de su tierra

Lectura del segundo libro de los Reyes.

EL año noveno del reinado de Sedecías, el mes décimo, el diez del mes, vino Nabucodonosor, rey de Babilonia, con todo su ejército contra Jerusalén. Acampó contra ella y la cercaron con una tapia. Y la ciudad estuvo sitiada hasta el año once de Sedecías.
El mes cuarto, el día noveno del mes, cuando arreció el hambre dentro de la ciudad y no había pan para la gente del pueblo, abrieron una brecha en la ciudad; todos los
hombres de guerra huyeron durante la noche por el camino de la puerta, entre los dos muros que están sobre el parque del rey, mientras los caldeos estaban apostados alrededor de la ciudad; y se fueron por el camino de la Arabá.
Las tropas caldeas persiguieron al rey, dándole alcance en los llanos de Jericó. Entonces todo el ejército se dispersó, abandonándolo.
Capturaron al rey Sedecías y lo subieron a Riblá, adonde estaba el rey de Babilonia, que lo sometió a juicio.
Sus hijos fueron degollados a su vista, y a Sedecías le sacó los ojos. Luego lo encadenaron con doble cadena de bronce y lo condujeron a Babilonia.
En el mes quinto, el día séptimo del mes, el año diecinueve de Nabucodonosor, rey de Babilonia, Nabuzardán, jefe de la guardia, servidor del rey de Babilonia, vino a Jerusalén.
E incendió el templo del Señor y el palacio real y la totalidad de las casas de Jerusalén.
Todas las tropas caldeas que estaban con el jefe de la guardia demolieron las murallas que rodeaban Jerusalén.
En cuanto al resto del pueblo que quedaba en la ciudad, los desertores que se habían pasado al rey de Babilonia y el resto de la gente, los deportó Nabuzardán, jefe de la guardia.
El jefe de la guardia dejó algunos de los pobres del país para viñadores y labradores.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 136, 1-2. 3. 4-5. 6 (R.: 6ab)

R. Que se me pegue la lengua al paladar
si no me acuerdo de ti.


V. Junto a los canales de Babilonia
nos sentamos a llorar
con nostalgia de Sion;
en los sauces de sus orillas
colgábamos nuestras cítaras. 
R.

V. Allí los que nos deportaron
nos invitaban a cantar;
nuestros opresores, a divertirlos:
«Cántennos un cantar de Sion». 
R.

V. ¡Cómo cantar un cántico del Señor
en tierra extranjera!
Si me olvido de ti, Jerusalén,
que se me paralice la mano derecha. 
R.

V. Que se me pegue la lengua al paladar
si no me acuerdo de ti,
si no pongo a Jerusalén
en la cumbre de mis alegrías. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Cristo tomó nuestras dolencias
y cargó con nuestras enfermedades. 
R.

 

Evangelio

Mt 8, 1-4

Si quieres, puedes limpiarme

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

AL bajar Jesús del monte, lo siguió mucha gente.
En esto, se le acercó un leproso, se arrodilló y le dijo:
«Señor, si quieres, puedes limpiarme».
Extendió la mano y lo tocó diciendo:
«Quiero, queda limpio».
Y enseguida quedó limpio de la lepra.
Jesús le dijo:
«No se lo digas a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio».

Palabra del Señor.

 

 

**************

 

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos esta Eucaristía con el corazón conmovido por el dolor de nuestra hermana patria de Venezuela, recientemente sacudida por un fuerte terremoto que ha dejado miedo, destrucción, heridos, familias afectadas y muchas lágrimas. Ante una tragedia así, la Palabra de Dios de hoy parece hablarnos con especial fuerza: Jerusalén aparece derrumbada en la primera lectura; el salmo nos muestra a un pueblo que llora en el destierro; y el Evangelio nos presenta a un leproso que, desde su sufrimiento, se acerca a Jesús y le dice: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”.

Hoy hacemos nuestra esa súplica. La ponemos en labios de quienes sufren en Venezuela, de quienes han perdido seres queridos, de quienes sienten miedo ante las réplicas, de quienes buscan a los suyos, de quienes han quedado sin techo o cargan heridas en el cuerpo y en el alma. También nosotros, con espíritu penitencial, reconocemos nuestras fragilidades y le decimos al Señor: toca nuestras heridas, reconstruye nuestras ruinas, levanta a tu pueblo y haznos instrumentos de solidaridad, consuelo y esperanza.

 

Entre Jerusalén destruida y el leproso purificado hay un hilo espiritual muy profundo: el ser humano herido necesita ser levantado, purificado y devuelto a la comunión. La ciudad santa queda devastada por la infidelidad, por el pecado, por las consecuencias de haberse alejado de Dios. El leproso, por su enfermedad, vive separado, excluido, marcado por el dolor físico y también por la soledad del alma. En ambos casos aparece la misma necesidad: volver a Dios, volver a la vida, volver a la esperanza.

La primera lectura del segundo libro de los Reyes nos narra uno de los momentos más dolorosos de la historia de Israel: Nabucodonosor, rey de Babilonia, sitia Jerusalén; el hambre se apodera de la ciudad; el rey Sedecías intenta huir, pero es capturado; sus hijos son asesinados ante sus ojos; luego le sacan los ojos y lo llevan encadenado a Babilonia. Después, el templo del Señor, el palacio real y las casas de Jerusalén son incendiados. Las murallas son derribadas. El pueblo es llevado al destierro.

No es solo una derrota política o militar. Es una tragedia espiritual. Jerusalén, la ciudad de la alianza, queda reducida a ruinas. El templo, signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo, es destruido. La infidelidad trae consecuencias. El pecado desordena, rompe, divide, enceguece, destruye.

Esta lectura nos invita a una actitud penitencial. No para caer en la culpa estéril, sino para reconocer con humildad que también nosotros podemos dejar que se derrumben los muros interiores de nuestra vida. A veces se derrumba la oración, se enfría la fe, se debilita la caridad, se apaga la esperanza. A veces dejamos entrar en el corazón la soberbia, el resentimiento, la indiferencia, la impureza, la ambición o la dureza con los demás. Y cuando Dios deja de ocupar el centro, algo comienza a romperse por dentro.

El salmo 137 expresa el dolor del pueblo en el exilio: “Junto a los canales de Babilonia nos sentamos a llorar con nostalgia de Sión”. Es el canto de quienes han perdido su tierra, su templo, su libertad. Es el lamento de quienes recuerdan lo que tenían y ahora sienten el vacío de la ausencia.

Pero ese dolor no es inútil. El llanto de Israel junto a los ríos de Babilonia se convierte en memoria, en examen de conciencia, en deseo de volver. El pueblo no quiere olvidar Jerusalén. No quiere acostumbrarse al destierro. No quiere resignarse a vivir lejos de Dios. Por eso dice: “Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti”.

También nosotros necesitamos esa santa memoria. No olvidar quiénes somos. No olvidar de dónde nos sacó el Señor. No olvidar nuestra vocación cristiana. No olvidar que fuimos creados para la comunión con Dios. En medio de nuestras caídas, heridas y exilios interiores, el Señor nos llama a regresar.

Y entonces llega el Evangelio como una luz poderosa. Jesús baja del monte y mucha gente lo sigue. En ese momento se acerca un leproso. Humanamente, aquel hombre no debía acercarse. La lepra lo hacía impuro según la mentalidad religiosa y social de su tiempo. Debía mantenerse lejos. Debía gritar su impureza. Debía vivir marginado.

Pero este hombre se atreve. Se acerca a Jesús, se postra ante Él y pronuncia una oración breve, humilde y llena de fe: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”.

Qué oración tan hermosa. No exige. No manipula. No reclama. No le dicta a Dios lo que debe hacer. Reconoce el poder de Jesús, pero deja a Jesús en libertad: “Si quieres”. Esa es la fe verdadera. La fe no consiste en obligar a Dios a cumplir nuestros deseos, sino en confiarle nuestras heridas, sabiendo que Él puede sanarnos, y dejando en sus manos el modo, el tiempo y el camino de nuestra purificación.

Alguien comentando este evangelio, dice que Mateo concentra su relato en “la salud irresistible y contagiosa de Jesús”. Es una expresión muy bella. En el mundo del leproso, lo contagioso era la enfermedad. Lo impuro contaminaba. Lo enfermo separaba. Pero con Jesús ocurre algo nuevo: no es la lepra la que contagia a Jesús, sino Jesús quien comunica salud, vida, pureza y dignidad.

Jesús extiende la mano y toca al leproso. Ese gesto es inmenso. Antes de sanarlo con la palabra, lo toca con la misericordia. Toca a quien nadie tocaba. Se acerca a quien todos evitaban. No tiene miedo de la herida humana. No huye de nuestra miseria. No se escandaliza de nuestras llagas. Allí donde el mundo pone distancia, Jesús pone cercanía.

Y dice: “Quiero, queda limpio”. La voluntad de Jesús es salvar, levantar, limpiar, reintegrar. Su querer no es caprichoso; es misericordioso. Su poder no humilla; restaura. Su santidad no rechaza al pecador arrepentido; lo purifica.

Hoy, en esta intención penitencial, podemos ponernos espiritualmente en el lugar del leproso. Cada uno conoce sus propias lepras: heridas antiguas, pecados repetidos, tristezas escondidas, miedos, resentimientos, enfermedades del cuerpo, cansancios del alma, soledades, dependencias, culpas, amarguras, desesperanzas.

Y también podemos pensar en tantas personas que sufren en el cuerpo y en el alma: enfermos, ancianos, personas deprimidas, quienes viven duelos, quienes cargan angustias familiares, quienes se sienten excluidos, quienes han perdido la paz, quienes viven una enfermedad silenciosa, quienes lloran en secreto. Por todos ellos oramos hoy. Los ponemos ante Jesús. Le decimos: “Señor, si quieres, puedes limpiarlos, puedes consolarlos, puedes fortalecerlos, puedes devolverles la esperanza”.

Después de sanar al leproso, Jesús le dice que no lo cuente a nadie, sino que vaya a presentarse al sacerdote y ofrezca lo prescrito por Moisés. Ese detalle es importante. En Israel, el sacerdote debía certificar la purificación del leproso para que pudiera reintegrarse a la vida comunitaria. Jesús no solo sana el cuerpo; devuelve al hombre a la comunidad, a la oración, a la familia, al pueblo.

Toda verdadera sanación nos devuelve a la comunión. Cuando Cristo nos perdona, nos reintegra. Cuando nos purifica, nos hace capaces de volver a amar. Cuando nos toca, nos devuelve nuestra dignidad de hijos de Dios.

Por eso, esta Palabra nos llama hoy a tres actitudes.

Primero, reconocer nuestras ruinas. Como Jerusalén, a veces nuestra vida espiritual necesita ser reconstruida. No tengamos miedo de reconocer lo que se ha dañado. Dios no desprecia un corazón contrito y humillado.

Segundo, llorar con esperanza. Como Israel en Babilonia, podemos experimentar nostalgia de Dios, dolor por el pecado, tristeza por lo perdido. Pero ese llanto, unido a la fe, puede convertirse en camino de regreso.

Tercero, acercarnos a Jesús con confianza. Como el leproso, digámosle: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”. Dejemos que Él toque nuestras heridas. Dejemos que su misericordia sea más contagiosa que nuestro pecado, más fuerte que nuestra tristeza y más profunda que nuestra enfermedad.

Queridos hermanos, Jesús es el irresistible porque su amor vence nuestras resistencias. Él no se cansa de acercarse. No se cansa de tocar. No se cansa de sanar. No se cansa de perdonar. Su pureza no se contamina con nuestra miseria; al contrario, su misericordia transforma nuestra miseria en lugar de encuentro con Dios.

Que esta Eucaristía sea hoy para nosotros un acto penitencial profundo, una súplica confiada y una oración por todos los que sufren en el cuerpo y en el alma. Presentemos al Señor nuestras lepras personales, familiares y comunitarias. Presentemos también las ruinas de nuestro mundo: guerras, injusticias, enfermedades, soledades, corazones endurecidos.

Hoy esas ruinas no son solo una imagen antigua de Jerusalén. También tienen nombres concretos: hogares destruidos, templos agrietados, hospitales sobrecargados, familias que lloran, cuerpos heridos y almas estremecidas por el miedo. Pensamos de manera especial en Venezuela, nuestra hermana patria, golpeada por la fuerza de la tierra. Y allí, en medio del polvo, del temblor y de la incertidumbre, la fe cristiana no ofrece respuestas fáciles, pero sí una presencia: Cristo que se acerca, Cristo que toca, Cristo que consuela, Cristo que nos llama a no pasar de largo ante el dolor del hermano.

Y pidámosle humildemente:

Señor Jesús, toca nuestras heridas.
Purifica nuestros pecados.
Reconstruye lo que se ha derrumbado.
Consuela a los que sufren.
Fortalece a los enfermos.
Levanta a los caídos.
Devuélvenos la alegría de vivir en comunión contigo.

Y, como el leproso del Evangelio, que podamos escuchar en lo profundo del alma tu palabra sanadora:
“Quiero, queda limpio”.

Señor Jesús, hoy te presentamos especialmente al pueblo venezolano.
Acompaña a las víctimas, consuela a quienes lloran, fortalece a los heridos, protege a los rescatistas, mueve los corazones a la solidaridad y haz que, en medio de los escombros, renazca la esperanza.
Toca, Señor, las heridas del cuerpo y del alma, y danos un corazón penitente, fraterno y compasivo.
Amén.

Amén.

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