sábado, 6 de junio de 2026

7 de enero del 2026: Solemnidad del Cuerpo y la Sangre Santísimos de Cristo

 

“En nosotros”

«¿Cómo puede este darnos a comer su carne?» La pregunta, planteada por los judíos y retomada por Juan, ¿acaso no ha habitado en cada una y cada uno de nosotros en algún momento de nuestra vida de creyentes?

Al hablar de un pan que baja del cielo, el auditorio de Jesús tiene necesariamente presente el maná caído del cielo en el libro del Éxodo, sin el cual el pueblo hebreo habría muerto de hambre. Pero aquí la promesa es distinta, y eso es lo que Jesús quiere subrayar. Esta vez, el pan que Él ofrece por medio de su carne da la vida eterna.

Tal vez sea precisamente sobre esta eternidad donde debemos fijar nuestra atención. Más que ser un futuro hipotético, el don de Jesús nos hace participar, desde aquí y ahora, de esa vida abundante que no termina. En esta comunión, donde Dios viene a habitar en nosotros, el tejido de nuestra existencia se abre a otra manera de ser, orientada hacia esa promesa de eternidad y hacia lo que ella implica para nuestras vidas, si la tomamos en serio.

Este Dios que viene a habitar en nosotros es lo que nos impide reducir nuestra fe a una simple ética. Pero también es el aguijón del amor que nos impulsa a vivir la comunión tal como Cristo la enseñó. Y si necesariamente hay algo que nos supera en este medio que es la hostia, su humildad corresponde muy bien a la sencillez evangélica. En un pedazo de pan puede estar contenida una fuerza de salvación.

¿Cómo puede la promesa de la vida eterna dar una dimensión nueva a mi vida cotidiana?

¿Me permito, como los judíos que interrogan a Jesús, asombrarme ante esta sorprendente manifestación de Dios que es el Santísimo Sacramento?

Marie Leduc-Larivé, théologienne

 


Primera lectura

Dt 8, 2-3. 14b-16a

Te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres

Lectura del libro del Deuteronomio.

MOISÉS habló al pueblo diciendo:
«Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto, para afligirte, para probarte y conocer lo que hay en tu corazón: si observas sus preceptos o no.
Él te afligió, haciéndote pasar hambre, y después te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres, para hacerte reconocer que no solo de pan vive el hombre, sino que vive de todo cuanto sale de la boca de Dios.
No olvides al Señor, tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud, que te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible, con serpientes abrasadoras y alacranes, un sequedal sin una gota de agua, que sacó agua para ti de una roca de pedernal; que te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 147, 12-13. 14-15. 19-20 (R.: 12a)

R. Glorifica al Señor, Jerusalén.

O bien:

R. Aleluya.

V. Glorifica al Señor, Jerusalén;
alaba a tu Dios, Sion.
Que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti. 
R.

V. Ha puesto paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.
Él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz. 
R.

V. Anuncia su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos. 
R.

 

Segunda lectura

1 Cor 10, 16-17

El pan es uno; nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión de la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión del cuerpo de Cristo?
Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan.

Palabra de Dios.



Hoy puede decirse la secuencia 
Lauda, Sion, Salvatorem.

Secuencia (forma breve)

He aquí el pan de los ángeles,
hecho viático nuestro;
verdadero pan de los hijos,
no lo echemos a los perros.

Figuras lo representaron:
Isaac fue sacrificado;
el cordero pascual, inmolado;
el maná nutrió a nuestros padres.

Buen Pastor, Pan verdadero,
¡oh, Jesús!, ten piedad.
Apaciéntanos y protégenos;
haz que veamos los bienes
en la tierra de los vivientes.

Tú, que todo lo sabes y puedes,
que nos apacientas aquí siendo aún mortales,
haznos allí tus comensales,
coherederos y compañeros
de los santos ciudadanos.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya
V. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo - dice el Señor-; el que coma de este pan vivirá para siempre. R.

 

Evangelio

Jn 6, 51-58

Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:
«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».
Disputaban los judíos entre sí:
«¿Cómo puede este darnos a comer su carne?».
Entonces Jesús les dijo:
«En verdad, en verdad les digo: si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.
Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de sus padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos:

Hoy la Iglesia nos invita a contemplar uno de los misterios más grandes, más humildes y más cercanos de nuestra fe: el misterio de la Eucaristía. Celebramos la solemnidad del Cuerpo y la Sangre Santísimos de Cristo. Celebramos que Dios no quiso quedarse lejos, no quiso hablarnos solamente desde las alturas, no quiso ser únicamente una idea, una doctrina o un recuerdo. Dios quiso hacerse carne, quiso hacerse pan, quiso hacerse alimento, quiso quedarse con nosotros y, más todavía, quiso quedarse en nosotros.

El Evangelio de san Juan nos presenta una afirmación de Jesús que escandalizó a muchos de sus oyentes:
“Yo soy el pan vivo bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.”

No es extraño que algunos se preguntaran: “¿Cómo puede este darnos a comer su carne?” Aquella pregunta no fue solamente de ellos. También puede ser nuestra. A veces nos hemos acostumbrado tanto a comulgar, a ver la hostia, a celebrar la misa, que olvidamos el asombro. Pero, si lo pensamos bien, lo que creemos es inmenso: en un pequeño pedazo de pan consagrado está realmente Cristo, vivo y verdadero; está su Cuerpo entregado, su Sangre derramada, su vida ofrecida por la salvación del mundo.

La primera lectura, tomada del Deuteronomio, nos recuerda la experiencia del pueblo de Israel en el desierto. Dios permitió que su pueblo sintiera hambre, no para destruirlo, sino para educarlo. Lo alimentó con el maná, aquel pan misterioso venido del cielo, para enseñarle una verdad profunda:
“No solo de pan vive el hombre, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios.”

Israel descubrió en el desierto que la vida no se sostiene solamente con alimentos materiales. El ser humano necesita pan, sí; necesita trabajo, casa, salud, afecto, seguridad. Pero necesita también sentido, esperanza, perdón, amor, Palabra de Dios. Hay hambres que no se calman con dinero. Hay vacíos que no se llenan con entretenimiento. Hay cansancios del alma que no se curan con descanso físico. Hay heridas que solo Dios puede tocar.

Por eso la Eucaristía es el alimento del peregrino. Así como Israel caminó por el desierto sostenido por el maná, nosotros caminamos por los desiertos de la vida sostenidos por Cristo. Cada Eucaristía nos recuerda que no vamos solos. Dios alimenta a su pueblo. Dios acompaña a su Iglesia. Dios se hace pan para que no desfallezcamos en el camino.

Pero Jesús, en el Evangelio, va más allá del maná. El maná alimentó al pueblo en el desierto, pero quienes lo comieron murieron. En cambio, el pan que Cristo da comunica vida eterna. Y aquí conviene entender bien esta expresión. La vida eterna no es únicamente algo que esperamos después de la muerte. Es también una vida nueva que comienza ya, aquí y ahora, cuando Cristo habita en nosotros.

Cuando comulgamos con fe, no recibimos simplemente “algo sagrado”. Recibimos a Alguien. Recibimos al Señor. Y Él viene a transformar nuestra existencia desde dentro. La comunión no es un premio para los perfectos; es alimento para los débiles, medicina para los heridos, fuerza para los que caminan, luz para los que buscan, consuelo para los que lloran, esperanza para los que no quieren rendirse.

Por eso Jesús dice:
“El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.”

Esta es una de las frases más hermosas del Evangelio. Comulgar es entrar en una relación de permanencia. No se trata solo de visitar a Dios por un momento. Se trata de dejar que Dios haga morada en nosotros. La Eucaristía es Cristo en nosotros, y nosotros en Cristo. Es intimidad, alianza, amistad, vida compartida.

Ahora bien, esta presencia de Cristo en nosotros no puede quedarse encerrada en una devoción privada. San Pablo, en la segunda lectura, nos lo dice con claridad:
“El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo.”

La Eucaristía nos une a Cristo, pero también nos une entre nosotros. No puedo comulgar con Cristo y vivir indiferente ante mi hermano. No puedo recibir el Cuerpo de Cristo y despreciar el cuerpo sufriente de los pobres, de los enfermos, de los ancianos, de los migrantes, de los que están solos, de los que cargan heridas en silencio. No puedo decir “Amén” al Cuerpo de Cristo en el altar y luego decir “no me importa” al Cristo que sufre en la calle, en la familia, en la comunidad, en la historia.

La comunión eucarística nos exige comunión fraterna. Nos convierte en Iglesia. Nos saca del individualismo. Nos recuerda que nadie se salva solo, que nadie cree solo, que nadie camina solo. El mismo pan nos hace un solo cuerpo.

Qué hermoso sería que cada vez que nos acercamos a comulgar nos preguntáramos: ¿a quién debo perdonar?, ¿con quién debo reconciliarme?, ¿qué hambre puedo ayudar a saciar?, ¿a quién puedo consolar?, ¿qué gesto concreto de amor me está pidiendo Cristo?

Porque la Eucaristía no termina cuando salimos del templo. La misa continúa en la vida. Continúa cuando compartimos el pan, cuando somos pacientes en casa, cuando servimos sin buscar aplausos, cuando visitamos al enfermo, cuando escuchamos al triste, cuando perdonamos una ofensa, cuando defendemos la dignidad de alguien, cuando ponemos amor donde hay frialdad.

Alguien, hoy comentando este evangelio dice algo muy bello: la humildad de la hostia corresponde a la sencillez del Evangelio. Dios se manifiesta en un pedazo de pan. ¡Qué misterio tan grande! El Dios inmenso se hace pequeño. El Todopoderoso se hace alimento. El Señor del universo se deja tomar en nuestras manos. El Santo se acerca a nuestra pobreza.

Y ahí hay una lección espiritual muy profunda. Dios no siempre viene de manera espectacular. Muchas veces viene en lo humilde, en lo sencillo, en lo cotidiano. Viene en una palabra de consuelo, en un gesto de ternura, en una visita inesperada, en el silencio de la oración, en el pan compartido, en la misa sencilla de cada día. Quien no aprende a reconocer a Dios en lo pequeño, difícilmente lo reconocerá en lo grande.

Hoy, solemnidad del Corpus Christi, pidámosle al Señor que nos devuelva el asombro eucarístico. Que no comulguemos por rutina. Que no asistamos a misa como quien cumple una costumbre vacía. Que cada Eucaristía vuelva a estremecernos el alma. Que al mirar la hostia consagrada podamos decir con fe: “Señor mío y Dios mío. Tú estás aquí. Tú vienes a mí. Tú quieres vivir en mí.”

Y pidámosle también que la Eucaristía nos haga más humanos, más fraternos, más compasivos, más generosos. Porque una comunidad eucarística debe ser una comunidad donde hay pan para el hambriento, palabra para el desanimado, perdón para el caído, acogida para el excluido y esperanza para el que sufre.

Hermanos, Cristo es el pan vivo bajado del cielo. No nos da solamente ideas. No nos da solamente mandamientos. No nos da solamente recuerdos. Se nos da Él mismo. Se parte, se reparte y se queda. Se hace alimento para que tengamos vida. Se hace comunión para que seamos hermanos. Se hace pan humilde para enseñarnos el camino del amor.

Que al celebrar hoy el Cuerpo y la Sangre de Cristo podamos renovar nuestra fe y decirle:

Señor Jesús, Pan vivo bajado del cielo,
aliméntanos en nuestros cansancios,
fortalécenos en nuestras luchas,
sana nuestras heridas,
une nuestras familias,
haznos un solo cuerpo en tu amor,
y enséñanos a vivir desde ahora
la vida eterna que Tú nos prometes.

Amén.

 

2

 

Queridos hermanos:

Celebramos hoy una de las solemnidades más entrañables y profundas de nuestra fe: el Cuerpo y la Sangre Santísimos de Cristo. Hoy la Iglesia se detiene ante el misterio de la Eucaristía, no como quien explica completamente un misterio, sino como quien se arrodilla ante él, lo adora, lo contempla y se deja alimentar por él.

El Evangelio nos pone delante unas palabras de Jesús que, desde el primer momento, provocaron asombro, desconcierto y hasta rechazo:

“Yo soy el pan vivo bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.”

Aquellos que escuchaban a Jesús comenzaron a discutir:
“¿Cómo puede este darnos a comer su carne?”

La pregunta es comprensible. Humanamente hablando, lo que Jesús dice parece demasiado fuerte. Él no habla solo de creer en Él, de escuchar sus enseñanzas o de imitar sus ejemplos. Habla de comer su carne y beber su sangre. Y cuando sus oyentes se escandalizan, Jesús no suaviza sus palabras. No dice: “No me entendieron, era solo una metáfora”. Al contrario, insiste con más fuerza:

“Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes.”

Aquí está el corazón del misterio eucarístico. La Eucaristía no es solamente un símbolo bonito. No es solamente un recuerdo de la Última Cena. No es solamente una reunión comunitaria. Es Cristo mismo que se nos da como alimento. Es su Cuerpo entregado y su Sangre derramada. Es su presencia real, viva y salvadora en medio de nosotros.

Por eso hoy necesitamos pedir una gracia muy concreta: recuperar el asombro. Tal vez muchos de nosotros hemos asistido a tantas misas, hemos visto tantas veces la hostia consagrada, hemos comulgado tantas veces, que corremos el peligro de acostumbrarnos. Y cuando uno se acostumbra demasiado a lo sagrado, puede dejar de estremecerse ante el amor de Dios.

San Juan María Vianney decía: “Si comprendiéramos bien la Misa, moriríamos de alegría.” Y también afirmaba: “No hay nada tan grande como la Eucaristía. Si Dios tuviera algo más precioso, nos lo habría dado.”

Qué palabras tan fuertes. Si comprendiéramos la Misa, moriríamos de alegría. Quizá no morimos de alegría porque todavía no comprendemos del todo lo que sucede en cada Eucaristía. Venimos a misa, escuchamos la Palabra, presentamos el pan y el vino, el sacerdote pronuncia las palabras de la consagración, y ante nuestros ojos sencillos sucede el mayor milagro de la tierra: Cristo se hace presente. El pan ya no es solo pan. El vino ya no es solo vino. Es el Señor. Está ahí como está en el cielo, aunque escondido bajo la humildad de las especies sacramentales.

La primera lectura, tomada del Deuteronomio, nos ayuda a entender este misterio desde la experiencia del pueblo de Israel. Moisés recuerda al pueblo su camino por el desierto. Les dice que Dios los condujo, los probó, los hizo experimentar el hambre y luego los alimentó con el maná. El desierto fue una escuela. Allí Israel aprendió que la vida no depende solamente del pan material, sino de Dios:

“No solo de pan vive el hombre, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios.”

El maná fue alimento para el camino. Sin él, el pueblo habría desfallecido. Pero Jesús, en el Evangelio, nos dice que ahora hay un pan superior al maná. Quienes comieron el maná en el desierto murieron. Pero quien come el pan que Cristo da tiene vida eterna.

Y aquí conviene detenernos. La vida eterna no es solamente algo que comienza después de la muerte. La vida eterna comienza ya cuando Cristo habita en nosotros. La comunión no es un gesto vacío. Cuando recibimos el Cuerpo de Cristo, Él entra en nuestra historia, en nuestras heridas, en nuestros cansancios, en nuestras luchas, en nuestras alegrías, en nuestras decisiones. Él viene a darnos una vida distinta, una vida con sabor de eternidad.

Por eso Jesús dice:

“El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.”

La palabra clave es “permanecer”. Comulgar es permitir que Cristo permanezca en nosotros y nosotros en Él. No venimos a recibir una cosa. Venimos a recibir a una Persona. No recibimos una simple bendición. Recibimos al Señor mismo. No nos acercamos a una idea religiosa, sino al Pan vivo bajado del cielo.

Pero este misterio exige una respuesta. En el mismo capítulo sexto de san Juan, muchos discípulos dijeron: “Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?” Y se fueron. Jesús no salió corriendo detrás de ellos para rebajar sus palabras. Miró a los Doce y les preguntó: “¿También ustedes quieren marcharse?”

Entonces Pedro respondió con una de las frases más bellas del Evangelio:

“Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.”

Esa debe ser también nuestra respuesta ante la Eucaristía. Hay misterios que nos superan. Hay verdades que no caben del todo en nuestra inteligencia. Hay realidades divinas que no se pueden medir solo con los sentidos. Pero la fe nos permite decir: “Señor, no lo entiendo todo, pero creo en Ti. No puedo explicar completamente este misterio, pero confío en tu Palabra. Si Tú dices que este pan es tu Cuerpo y este cáliz es tu Sangre, yo creo, adoro y me postro.”

La secuencia de esta solemnidad, atribuida a Santo Tomás de Aquino, canta con belleza este misterio: “Alaba, alma mía, a tu Salvador.” Y el mismo Santo Tomás compuso el hermoso himno Pange Lingua, del cual nace el conocido Tantum Ergo, que tantas veces cantamos ante el Santísimo Sacramento. Allí la Iglesia nos enseña que, cuando los sentidos no alcanzan, la fe viene en nuestra ayuda.

Eso sucede en la Eucaristía. Los ojos ven pan. La lengua saborea pan. Las manos tocan pan. Pero la fe dice: es Cristo. Los sentidos se quedan cortos, pero la fe se arrodilla y adora.

Ahora bien, la Eucaristía no solo nos une a Cristo; también nos une entre nosotros. San Pablo lo dice en la segunda lectura:

“El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo.”

Aquí aparece una consecuencia esencial de la comunión. Si todos comemos del mismo Pan, entonces todos estamos llamados a vivir como hermanos. La Eucaristía no puede convivir con el egoísmo, la indiferencia, la división, el desprecio o la falta de perdón. Comulgar con Cristo implica aprender a comulgar con el hermano.

No puedo decir “Amén” al Cuerpo de Cristo en la misa y luego cerrar el corazón ante el Cristo que sufre en los pobres, en los enfermos, en los ancianos, en los migrantes, en los solos, en los que lloran, en los que tienen hambre de pan, de justicia, de ternura y de esperanza.

Cada comunión debería hacernos más parecidos a Jesús. Si comulgamos y seguimos igual de duros, igual de indiferentes, igual de orgullosos, igual de rencorosos, algo nos falta por abrir al Señor. Porque la Eucaristía no es magia automática. Es gracia ofrecida, pero necesita un corazón disponible.

Cristo se nos da para que nosotros aprendamos también a darnos. Él se parte para enseñarnos a partir nuestra vida por amor. Él se reparte para enseñarnos a compartir. Él se hace pan humilde para enseñarnos que la verdadera grandeza está en servir.

Por eso, Corpus Christi no es solo una fiesta para adorar la hostia consagrada. Es también una fiesta para revisar nuestra vida eucarística. ¿Cómo participo en la misa? ¿Vengo por rutina o con fe viva? ¿Me preparo para comulgar? ¿Hago silencio interior? ¿Dejo que la Palabra me cuestione? ¿Recibo al Señor con gratitud? ¿Salgo de la misa dispuesto a amar más, perdonar más y servir mejor?

Hoy Jesús nos vuelve a decir:
“Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.”

Y el mundo, aunque no siempre lo sepa, tiene hambre de este Pan. Tiene hambre de Dios. Hambre de sentido. Hambre de verdad. Hambre de amor limpio. Hambre de esperanza. Hambre de una vida que no termine en la muerte. Y la Iglesia existe para llevar este Pan al mundo. Una Iglesia eucarística no puede encerrarse en sí misma. Debe convertirse en pan partido para la humanidad.

Que nuestras comunidades sean más eucarísticas. Que en ellas nadie se sienta extraño. Que haya lugar para el pobre, para el herido, para el que vuelve después de mucho tiempo, para el que busca a Dios entre dudas, para el que necesita misericordia. Que cada misa nos enseñe a ser menos espectadores y más discípulos. Menos consumidores religiosos y más testigos del Evangelio.

Hermanos, hoy adoremos con humildad. Hoy comulguemos con fe. Hoy pidamos al Señor que nos libre de la rutina. Que nos dé hambre de su Cuerpo y sed de su Sangre. Que nos haga comprender que en la Eucaristía está el tesoro más grande de la Iglesia.

Y cuando nos acerquemos a comulgar, digámosle interiormente:

Señor Jesús, Pan vivo bajado del cielo,
yo creo que estás realmente presente en la Eucaristía.
Creo que eres mi alimento, mi fuerza y mi vida.
No permitas que me acostumbre a tu presencia.
Dame un corazón agradecido, humilde y adorador.
Hazme vivir en comunión contigo
y enséñame a vivir en comunión con mis hermanos.

Porque, Señor, ¿a quién iremos?
Solo Tú tienes palabras de vida eterna.

Amén.

 


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